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Guerra


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LVI

«You can't hide yourself

You can't run

We're fighting for our lives

And we just can't lose again

There's not much time

Be ready to fight.»

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11 de Marzo de 1979

La puerta se abrió con un chirrido que fue ignorado por completo, dando paso a un encadenamiento de personas que buscaban no trastabillar. Dorcas farfullaba incoherencias y se removía tratando de deshacerse del agarre de Alice y de Frank, que la sujetaban por la cintura y la habían obligado a pasar los brazos por encima de sus hombros para llevarla por el camino correcto. Ella se había resistido y casi parecía una niña, a punto de flotar sobre el suelo gracias a la altura de sus dos amigos que se habían hartado de intentar razonar con ella.

Benji y Caradoc cerraban la comitiva, asegurándose que nadie los hubiese seguido.

—Recuéstenla en la cama —había pedido el último, sin quitarse por completo el rasto de orden en la voz. A Dearborn le costaba salirse de su papel de jefe, pero los demás se habían acostumbrado tanto que ya prácticamente no le prestaban atención. Alice, farfullando, le hizo señas a Frank y entre los dos la plantaron en el sillón, haciendo que Dorcas enseguida cayera hacia atrás con una risa descontrolada.

Benji cerró y Caradoc enarcó una ceja, en una pregunta muda. Al rodó los ojos.

—Ya está bien —comentó, reforzada por un asentimiento de Frank.

—Va a enfermarse así —replicó Dearborn, sin ceder. Dor no parecía enterarse de que hablaban de ella, retorciéndose en el sillón como una maníaca entre risitas veladas.

—Claro que no —sonrió Frank, haciéndole otra seña a Al con la cabeza. Llegó hasta Caradoc para darle una palmadita condescendiente. —Dor jamás se siente mal con la borrachera.

—Solo resaca —aclaró Al con el índice levantado. —No la vi jamás vomitar, la muy maldita.

—Algunos toleran mejor el alcohol que otros —intervino Benji con tranquilidad, pasando las manos por los bolsillos. —Dorcas debería aprender cuál es su límite. Ya no es una niña.

Alice se encogió de hombros.

—Ya la conoces.

—Ya me encargo yo de ella —se ofreció el rubio, mirando de reojo hacia donde estaba la joven. —Pueden ir, tranquilos —despuntó una sonrisa hacia Alice, que pilló al vuelo y la coloreó de un rojo intenso. Frank se rió, y volvió a hacer señas para dirigirse a la puerta.

—¿Están seguros de eso? —inquirió Caradoc, a pesar de que estaba siendo arrastrado a la salida por la pareja. Tenía el ceño fruncido como cuando no conseguía mantener sus papeles en orden en la oficina.

Alice se despidió de Benji con una mirada antes de regresar la atención hacia su jefe, sonriendo con melancolía.

—Tienes que ser menos permisiva con ella, Caradoc —le recomendó, abriendo la puerta para salir del apartamento. —Te lo digo yo que llevo siendo permisiva con ella más de diez años.

Benji desde su sitio solo llegó a ver la mueca torcida de su jefe antes de admitir.

—Me recuerda un poco a mi hija.

No pudo oír más pues Frank cerró, dejándolo a solas con la risita incontrolable de Dorcas sobre el sillón. Él se giró, frotándose el rostro cansado antes de dirigirse a ella.

—Vamos, Dor. La fiesta terminó.

Benji no había bebido más de dos copas, pues aunque le agradaban las bebidas espumeantes, le incordiaba que disminuyera sus reflejos. No le gustaba no poder sentirte por completo dueño de sí mismo, por lo que jamás había pillado una borrachera. Dorcas, claro, era otro cantar.

—¿Pero qué dices? —se extrañó ella, tardando un poco en enfocarlo. —Espera. ¿En dónde estamos?

Benji suspiró.

—En tu casa —respondió con simpleza. —Al y Frank ya se marcharon.

—¿Al se fue? —se lamentó la aludida, poniendo morritos ridículos. —¡No es justo! Frank siempre se la lleva en la mejor parte.

—Te digo que la fiesta terminó, Dorcas —repitió, poniendo los ojos en blanco. —Vamos, debes irte a la cama. Y deberías tomarte una poción, mañana vas a despertarte con una resaca imposible —ella parpadeó, sin terminar de entender lo que decía. —Vale, aunque te la mereces.

Dorcas chasqueó la lengua, desestimando todo lo que el rubio estaba diciendo y se incorporó apenas para poder extenderle los brazos como una niña pequeña.

—Al menos llévame, anda.

Su aspecto era ridículo. Tenía el elaborado peinado deshecho, había confabulado con Alice para conseguir unas pociones o cremas —Benji no había prestado suficiente atención— para que aquel día el cabello le cayera ondulado en vez del lacio de siempre, aunque las horas de fiesta habían acabado sin remedio con toda su pulcritud. La túnica de plata con ese escote de infierno parecía haber perdido la capacidad de enredar a los hombres gracias a su mueca infantil y los brazos extendidos, al borde de hacer una pataleta si él no la tomaba. El rubio suspiró apenas antes de inclinarse y pasar un brazo por detrás de sus rodillas para levantarla en andas.

Dorcas se carcajeó con el movimiento y enseguida se acomodó, encerrándolo con las manos tras su nuca. Era pesada, pero Benji no protestó, empujando con la pierna la puerta del dormitorio para poder tener acceso.

—Por qué eres tan aburrido, Ben —canturreaba pataleando sin importarle la túnica ni el esfuerzo que estaba haciendo el joven para sostenerla sin caer. —Es lo que siempre me pregunto. Por qué nuestro bobo Ben se aburre tanto... —le había impreso una entonación que no encajaba, pero le importaba bien poco.

Él la ignoró y la soltó sobre el colchón, dejando que Dorcas cayera desparramada de espaldas, sonriente. Tenía los ojos brillantes.

—Buenas noches —dijo Benji despacio, dispuesto a darse la vuelta y marcharse.

—¿Estás seguro que la fiesta terminó? —tartamudeó la muchacha, riéndose sin causa. —¿Por qué insistes tanto en morirte de seriedad?

Benji no quiso seguirle el juego y solo la miró con algo de exasperación antes de darle la espalda. Estaba pensando en poner algún hechizo para impedirle salir de allí hasta la mañana siguiente, Dorcas podía ser un peligro borracha como estaba. Y no eran tiempos para andar correteando por ahí. Por eso mismo no se dió cuenta el salto que pegó ella para incorporarse y jalarle la muñeca, riéndose de su expresión sorprendida.

Tiró tan fuerte, y de manera tan desbalanceada, que el rubio terminó encima de ella, con las narices rozándose. Benji podía oler el aliento dulzón y cálido que salía de Dorcas, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Ya no pareces tan aburrido —le dijo, enarcando ambas cejas. —No tengo nada debajo de la túnica.

Los ojos claro del joven se clavaron en los desafiantes de Dorcas, que parecía estar pasándose la broma de su vida.

—Ya lo sabía.

Se deshizo de un ademán brusco del agarre para hincar los codos sobre el colchón y retirar su peso de encima de Dorcas, pero ella aprovechó, risueña, para apoyar la palma sobre el pecho de Benji. No estaba tan borracha como para no darse cuenta de que latía a un ritmo desbocado. El rubio se quedó muy quieto ante el contacto, desviando la mirada hacia el espacio entre sus cuerpos, el brazo desnudo de Dor y su túnica desastrosa revelando demasiada piel.

Había bajado la guardia, y ella no esperó confirmación.

Bajó despacio la palma, recorriéndole el estómago con sinuosidad de ensueño, descendiendo sin remilgos hasta la entrepierna de Benji, a una temperatura mucho más alta que el resto de su cuerpo. Sonrió, felina, y se relamió los labios a propósito antes de apretar, recibiendo de inmediato la respuesta abultada en la zona. Benji estaba tieso como un palo, con las aletas de la nariz dilatadas.

—Al menos ahora sé que hay una parte de ti que sabe divertirse —declaró ella con la voz pastosa, volviendo a apretarle y riendo entre dientes por la evidencia cada vez más palpable de su excitación. Frotó un poco sobre la tela, con la mente demasiado nublada para volver a comentar algo más, y mareada ante la falta de reacción de Benji.

Del resto de Benji.

Con los ojos brillantes encontró su mirada y se retorció, divertidísima, antes de tirar de su túnica para obligarlo a perder el equilibro y volver a aplastarla. La mano le había quedado en el miembro pulsante de Benji, y con maestría buscó el hueco para poder alcanzarlo por debajo de la ropa. Irguió el cuello y, paladeando de antemano la victoria, le susurró

—¿Qué vas a hacer ahora, Ben? —su aliento le lamió la oreja, rozándose las mejillas. —¿Vas a volver a rechazarme?

Dorcas dio con la erección del rubio pero antes de poder rodearla e iniciar lo que tenía en mente, su mano se congeló con el tacto de Benji sujetándole la muñeca y quitándosela de encima en un tris.

La borrachera de la muchacha no pudo con la sucesión tan rápida de acciones, por lo que lo siguiente que supo era que estaba estupefacta, tumbada en la cama vacía, con un portazo resonando en los oídos.

El tacto de la excitación de Benji todavía le cosquilleaba en las manos.

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14 de Marzo de 1979

Llevaba más de veinte minutos de pie en la puerta, y estaba segura que para ese momento, Edgar ya se habría dado cuenta.

Sin embargo, cuando su pulso tembloroso se arriesgó a llamar, el hombre abrió con normalidad, esa sonrisa taimada bajo la barba espesa y la pregunta de seguridad en la punta de la lengua.

—Ey —saludó una vez que corroboró que fuese ella. —Pasa.

Las excusas que Hestia tenía anudadas en la garganta se apretaron más mientras entraba en aquella casa de ensueño.

O pesadilla.

El silencio duró solo un segundo, en el que la bruja se deleitó con la tosca cercanía que estaba teniendo con Edgar en el hall, queriendo arrancarse la piel en vez del abrigo por ser tan débil.

—¿Cómo has...?

—¡Hestia!

Las dos niñas se dieron cuenta de la visita y corrieron a saludarla, encerrerrándola entre sus bracitos delgados.

Adoraba a las hijas de Edgar. Eran pura bondad, siempre felices a pesar de las horribles circunstancias que les tocaba vivir, y no podía resistirse a pasar una tarde de juegos con ellas. Fabian se burlaba a menudo, alegando lo extraño que era que Hestia las fuese a visitar o les llevase alguna tontería cuando tenía un tropel de niños pelirrojos en lo de Molly Weasley.

Pero ella sabía que no era lo mismo. Los sobrinos de los Prewett eran divertidísimos, pero no eran hijos de Edgar.

Cuando Hestia se sentía deprimida, jugar a las muñecas con aquellas niñas le hacía volver a confiar en el mundo. Luego, en la noche, dejaba escapar lágrimas de culpa por haber vuelto a fingir que eran también sus hijas, las que podría haber tenido con él.

—¿Vendrás con nosotras? —preguntó la mayor, aplastándole la mejilla contra el vientre. —Papá nos regaló unos crayones nuevos, ¡cambian de color con el tiempo!

Edgar intercambió una rápida mirada con ella, antes de hacer un ademán para apartarlas.

—Hestia acaba de llegar —explicó en voz baja. —Tenemos asuntos que atender primero, ¿está bien? Luego si ella quiere irá a jugar con ustedes.

—Sí quieres, ¿cierto? —inquirió la más pequeña, que también era la más parecida a su papá. La aludida asintió con una sonrisa remachada.

—A su cuarto, vamos —las instó Edgar, obligándolas a soltar a la recién llegada. Hestia se inclinó para susurrarles promesas que no debería cumplir que hizo que las niñas se iluminaran de felicidad antes de regresar por donde habían venido.

—Lo siento —se disculpó él, haciéndole una seña para que lo siguiese a la cocina. —Las consiento demasiado.

—Está bien —se apresuró a aclarar Hestia, con la mirada baja.

—¿Un poco de té?

—Vale, gracias.

Un silencio algo violento se instaló en el lugar mientras la varita de Edgar servía la infusión, sin preguntar preferencias. Hestia se sentía ridícula de estar nerviosa, como si no fuese la primera vez que estaba a solas con él. En su casa.

Las ganas de salir corriendo de allí tiraban contra la imperiosa necesidad de sentirlo un poquito más cerca.

—La boda fue hermosa, ¿no crees? —soltó de golpe, mientras Edgar sorbía su taza con tranquilidad. Este la dejó con cuidado antes de cabecear.

—Sí. Lily y James se veían muy felices —hizo una pausa en la que sus miradas se encontraron. —Hacen una pareja estupenda.

Hestia ladeó la cabeza, dejando despuntar una sonrisa.

—Sí, lo son —se perdió por un segundo en el regusto dulce que le había quedado en la boca antes de preguntar lo que quería. —¿Por qué te marchaste tan temprano?

La culpa la estaba corroyendo, pero la necesidad de bailar un poco más, de fingir que todo estaba bien en una noche ebria de felicidad ajena le había quebrado la determinación de mantenerse al margen. Había querido dejar de esconderse para sentirse bonita, querida, en los brazos de Edgar aunque solo fuese como amigos girando en la pista. Quería robarse su momento de felicidad fingida, aunque fuese de papel y terminase arrugado bajo la cama.

—Las niñas... —empezó Edgar, pero la excusa se detuvo, flotando en el aire. Hestia sabía leerlo demasiado bien. —Lo lamento.

—¿Por qué?

—¿De verdad quieres saber?

—Si te preocupa, cuéntamelo —la mano de Hestia reaccionó antes que sus pensamientos, serpenteando por la superficie de la mesa hasta dar con el puño del hombre. Si notó la crispación que le provocó el roce, decidió ignorarlo. —Puedes confiar en mí.

Edgar sonrió sin poder diluir la amargura que se había instalado en su expresión, antes de retirar con delicadeza la mano de Hestia de su palma.

—Addie está en reposo —explicó, rehuyendo su mirada. El puslo de la bruja se congeló.

—¿Se encuentra bien? —tartamudeó, sin poder pensar algo más. Edgar volvió a sonreír, completamente amargo.

—Sí. Ella... —se miró el puño cerrado sobre la mesa, ese del que había apartado el consuelo de Hestia. —Me convenció para volver a intentarlo. No sé por qué accedí, pero... —el mundo de Hestia volvía a girar demasiado aprisa, y ella no tenía idea cómo detenerlo para poder bajarse. —Estamos intentándolo —repitió, esta vez como afirmación.

—¿Va a tener otro bebé? —inquirió ella, con la voz ahogada. El baile con el que había fantaseado también empezaba a dar vueltas con demasiada rapidez, desdibujando su contorno para crear el de Addie en su lugar. Edgar se veía más feliz.

—Eso es lo que quiere —contestó el hombre, serio. —Pero no sabemos si es buena idea. Ya tuvimos dos pérdidas y... No estoy seguro que sea lo mejor. Pero Addie está demasiado ilusionada.

—Tiene a las niñas —señaló Hestia sin aliento.

«Lo tiene todo». Su interior estaba gritando, aderezado con el sudor frío que la recorría de imaginar que él podría escucharlo. Edgar suspiró y encontró al fin su mirada.

—Sí, las tiene —consintió. —Pero no se trata de eso.

—Consúltalo con Mar —le recomendó de manera atropellada. —No creo que sea buena idea considerando el histor...

—Vamos a hacer, Hest —la interrumpió el hombre, sin rastro de duda. —Es lo que Addie quiere. Voy a hacerla feliz.

—¿Por qué? —la pregunta salió como una exigencia, a pesar de que era consciente de que no tenía nada qué hacer allí. Edgar esbozó la primer sonrisa genuina de la tarde.

—Porque la estoy haciendo sufrir —confesó en voz baja. —La Orden me tiene fuera demasiado tiempo y... Dice que teme perderme. Y siempre quiso más niños, ¿sabes? No va a dejar de intentarlo aunque su cuerpo no quiera sostenerlo.

—Claro —exhaló entonces Hestia, con el corazón atronándole en los oídos.

No podía seguir allí. —Entonces es estupendo, Ed, felicidades.

—Gracias.

—Ya tengo que irme.

Como siempre, el hombre no hizo preguntas ni acotaciones, simplemente asintió con la cabeza y abandonó los restos fríos de té para acompañarla a la salida. El beso en la mejilla que Hestia le hubiese querido ofrecer murió marchito en sus labios, antes de girarse sin saludar siquiera a las niñas y marcharse casi corriendo.

Lo había tenido claro desde el principio, pero se había aferrado de tal forma a esa fantasía robada que volver a la realidad la había mareado. No podía seguir fingiendo ser parte de esa familia, porque ya tenía dueña: era Addie, e iba a tener otro hijo con Edgar.

Otro hijo. Otro más, ese que ella hubiese querido llevar.

No lloró hasta que llegó a casa, furiosa por ser tan jodidamente débil y espantada por los niveles de hipocresía que podía alcanzar.

No podía odiar a Addie por tener lo que ella deseaba, ni a Edgar por querer ofrecérselo. La única culpable de toda esa mierda era ella y así merecía sentirse. Enterró el rostro en la almohada y lloró sin freno, sin darse cuenta que esa vez no tenía ningún abrazo pelirrojo en quién refugiarse.

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16 de Marzo de 1979

Cuando James y Lily se aparecieron en las cercanías de la mansión, se dieron cuenta de que no había tenido caso hacerlo tan lejos. Sirius ya había desmontado la cantidad ridícula de protección que había pendido sobre el lugar la noche de su boda, y con algunos movimientos de varita hubiesen podido aterrizar directamente en el jardín.

De cualquier manera, la pareja cogida de la mano, anduvo el corto trecho hasta la entrada, intentando no pensar demasiado en el renovado frío inglés que los envolvía.

—¿Crees que debamos tocar? —preguntó Lily, divertida, haciendo una mueca a medio camino entre la picardía y el asco.

—Te recuerdo que sigue siendo mi casa —se rió James, rodando los ojos.

—No sé por cuánto tiempo —aclaró la pelirroja. —Sirius bien puede querer venirse aquí, ahora que nos marchamos.

—Eso le daría algo de paz a Remus, no voy a negarlo.

—Aunque es enorme para una sola persona —siguió reflexionando Lily en voz alta. —Es enorme para cualquier cantidad de personas, en verdad.

—Voy a decirlo de nuevo —aclaró James, levantando ambas cejas. —Estás hablando de mi casa.

—De tu mansión de niño rico.

—No escuché quejarte de eso en los últimos días —la pinchó él, ya cerca de la edificación. Lily solo resopló. —Y no voy a tocar en mi propia casa.

—Si nos encontramos algo desagradable, será culpa tuya.

—Créeme, he visto cosas peores.

—No quiero preguntar.

Entraron riéndose bajito, con las miradas alertas y cómplices intentando dar con algún sonido que revelase quién estaba en casa.

Lily se deshizo de la pequeña maleta que habían llevado a París y de sus abrigos, oteando el silencio.

—¿Crees que Mar quiera venir a vivir aquí también? —inquirió James, retomando la conversación al ver que nada parecía perturbar el ambiente. La pelirroja torció el gesto.

—No creo. A menos que también traigan a Marilyn, pero... —se encogió de hombros dando a entender que no estaba segura. —Tal vez.

—Bueno, las paredes siguen en pie y no parece que estén por matarse arriba —sentenció el muchacho, ingresando a la sala. —Qué diferente se ve este sitio sin toda la decoración de la boda.

—¿Vas a ponerte nostálgico? —se burló ella, siguiendo sus pasos. —No pasó ni una semana.

—Discúlpame por querer recordar la mejor noche de mi vida —contrarrestó James con intención.

—Cursi.

—Así me quieres.

Lily volvió a rodar los ojos, divertida, y siguió las señas de James para dirigirse a la cocina. Tuvo que apretar mucho los labios para no echarse a reir ante la mirada incrédula de su reciente esposo al ver la ridícula postal que se abría ante sus ojos.

Sirius no los había escuchado, porque estaba con la cabeza gacha y los codos sobre la mesa, empecinado en conseguir que un papel negro y brillante se quedase en su sitio. La varita descansaba detrás de su oreja, parecía que había renunciado a la magia para tratar de lograrlo con sus propias manos.

En vano.

—¿Pero qué demonios...? —farfulló James, al borde de un ataque de risa. En ese momento, su amigo irguió la cabeza, sorprendido y mutó de inmediato a una mueca de mofa para ocultar el hecho de que había sido pillado con las manos en la masa.

—Así que ya regresaron los tórtolos —dijo, sonriendo a propósito, de la manera que sabía que ponía incómodas a las mujeres. —¿La pasaron bien, Lily?

—No te permito ningún comentario al respecto —replicó ella de inmediato, filosa. Sirius fingió asombrarse, dolido.

—¿No disfrutaron mi regalo?

—Si quieres conservar la cabeza en su sitio, no sigas por ese camino —lo amenazó la pelirroja, con el índice en alto. James volvió a reirse entre dientes y, a espaldas de la joven, hizo un gesto afirmativo. Sirius se carcajeó.

—Cualquiera diría que no te follaron demasiado, pelirroja —siguió tirando, con esa boca llena de promesas sucias. —Uno pensaría que...

—¿Por qué no nos dices mejor qué mierda estás haciendo? —lo interrumpió James conteniendo la carcajada, intentando contener la ira que le estaba subiendo por el cuello a Lily. —No sabía que te iban las manualidades.

—Me convertí en un puto marica como tu, casado y sin sexo —respondió él de inmediato, tratando de girar la conversación de nuvo en su favor. No tenía sentido ocultar lo que tenía desperdigado en la mesa, así que solo soltó el papel brillante y dejó que los lomos de los libros que había intentado envolver se viesen sin remilgos.

Lily se atragantó.

—Oh por Merlín —dijo, con expresión de desmayo.

—¿Qué?

—Por favor dime que no se casaron —murmuró, con los ojos como platos. James parpadeó, comprendiendo lo que decía y se volvió aturdido hacia Sirius. El aludido se permitió un segundo de silencio incrédulo.

—¿Pero te has vuelto loca? —casi chilló, con las facciones desfiguradas.

—¡Ustedes están locos! —se excusó Lily, al caer en la cuenta de que había sido una estupidez. —Vas y dices que van a volver y luego comentas eso... Yo ya no sé qué creer —masculló con las palmas elevadas, en gesto de incomprensión.

—Mira, aquí los únicos dementes para hacer esa clase de cosas son tu y tu querido esposo —aseguró Sirius, haciendo señas hacia ellos. —No me metas en la misma bolsa.

—Ya —intentó poner paz James, acercándose para tomar asiento en la mesa, seguido de Lily. —¿Entonces qué?

—¿Qué de qué?

—No te hagas el tonto —replicó la pelirroja, sonriendo peligrosamente. Demasiado tiempo con aquellos cuatro habían terminado por influenciarla en algo. —Con Mar.

—¿Está arriba? —inquirió James, mirando al techo como si la chica fuese a bajar en cualquier momento.

—No —la negación se contradecía con la sonrisa genuina de Sirius, ya libre de embustes. —Se marchó a Manchester, está arreglando unas cosas.

—¿Qué cosas? —se extrañó Lily.

—Ni puta idea, pero me prometió que regresaría —explicó el aludido encogiéndose de hombros. —Tal vez está hablando con el imbécil de su padre para arreglar ese acuerdo absurdo.

—¿Entonces de verdad van a intentarlo? —soltó James sin poder disimular su curiosidad. —Es decir...

—Como personas normales —acotó la pelirroja, cómplice.

—Pues sí —respondió Sirius llanamente.

—¿Vendrá a vivir aquí?

—Si consigue arreglar eso con su padre... —reflexionó el muchacho en voz alta. —No sé, ella me juró que no se marcharía sin Marilyn. Pero luego me envió esa lechuza, que decía que quería arreglar sus asuntos en la casa, entonces...

—Tal vez quiere sorprenderte —aventuró James sin mucho convencimiento.

—Da igual. Volverá.

—Pueden quedarse aquí todo el tiempo que quieran.

—Claro, nos ofreces tu mansión porque a la señora Potter no le agrada —gesticuló el muchacho, provocando a Lily. Ella rodó los ojos.

—Todavía puedo hacer que Mar cambie de opinión sobre ti, ¿sabes? —lo contraatacó, aunque ambos sabían que no era cierto. —Todavía no sé qué pudo haber visto en ti, eres un cerdo.

—Si quieres te enseño, pero James va a ponerse celoso.

—Guarda tus guarradas para Mar —interrumpió el joven antes de que la pelirroja pudiese devolverle la pulla. —Y dinos, ¿qué es eso que tienes ahí?

Sirius bajó la mirada para recordar los dos libros perfectamente apilados sobre la superficie, y el papel negro, brillante, arrugado de tanto manoseo.

—Creo que estar tanto contigo me ha quemado la cabeza —contestó, evasivo. —Remus va a estar orgulloso de mí.

Lily chasqueó la lengua y estiró el brazo para tomar los libros, haciendo que el papel volviese a hacer sonido de quiebre.

—¿Qué son...? —captó los títulos y sus ganas de mofarse resbalaron de su rostro, para dar paso a una tibia expresión de ternura. —¿Son para Mar?

—Si te atreves a hacer algún comentario, te juro que te hechizo —ladró Sirius cruzándose de brazos. —Y James no es tan rápido para impedirlo.

Su amigo se atajó la sonrisa con los dientes, echando un vistazo a la encuadernación de dos gruesos y sobrios tomos de Medimagia avanzada y al papel de envoltorio arrugado y maltratado.

—Sabes que un regalo no se envuelve con negro, ¿verdad?

—Así funciona cuando sales con un puto inferi —replicó él con agudeza, empecinado en mantener la vista en algún punto perdido de la cocina.

—¿Entonces están saliendo? —insistió James, sin importarle la vena palpitante en el cuello de Sirius. Lily dejó con cuidado los libros sobre la mesa para sentir la felicidad barbotándole en el pecho.

Sirius parecía un crío enfurruñado, pero había conseguido un regalo para Mar. Quería intentarlo, y eso era tan bonito como inútil su intento por envolver los libros.

—Sirius Black tiene novia —dijo despacio, deleitándose con las palabras. El joven gruñó y James se carcajeó a su lado, igual de anonadado que ella. —Si mañana ganamos la guerra no voy a sentirme tan sorprendida.

—Tampoco te sentiste sorprendida cuando viste a James desnudo, tengo que decirte que tu capacidad de sorpresa deja mucho que des...

—¿Qué fue eso? —salto entonces su amigo, ignorando las palabras incisivas de Sirius, poniéndose de pie de un salto. Otro golpe en la puerta trasera reveló que no estaba imaginando cosas, y Lily dio un bote en el asiento antes de ponerse de pie.

—Es en el jardín.

Sirius cambió de inmediato su expresión, maquillándose con seriedad absoluta, y apartó a ambos para asomarse a la sala. Podría ser Mar, pero ella era demasiado sigilosa. Cruzó el pasillo hasta la entrada al jardín, con James a la zaga, y la varita preparada.

Una voz demasiado conocida los congeló en su sitio, antes de echar un vistazo al exterior.

—Bueno, bueno... ¿la fiesta ya terminó?

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16 de Marzo de 1979

La casa le respondió con silencio, cuandl Peter regresó pesado de amargura. Se había despedido de Remus minutos antes, mientras él seguía camino hacia Dover.

Su madre aún no estaba en casa, ajena al mundo. Había tenido una ronda pésima, estaba de mal humor y, para qué negarlo, estaba cagado de miedo.

Le estaba poniendo nervioso el hecho de no saber nada sobre Sirius o James. Suponía que el último todavía estaría estirando los resabios de felicidad con la pelirroja luego de la boda, pero no tenía idea en qué mierda se habría metido Sirius. Su silencio, como el de aquella casa que le iba demasiado grande, no auguraba nada bueno.

Era gracioso, pero Peter no había podido evitar sentirse deprimido esa noche luego del casamiento de su mejor amigo. Existía un egoísmo intrínseco a la humanidad que hacía que, luego de la alegría genuina por los grandes acontecimientos en la vida de otras personas, todo eso regresase en forma de preguntas sin respuesta y reflexiones amargas sobre la marcha de su propio destino.

Y Peter sabía que el suyo estaba yermo. Se sentía solo, rodeado de un aura de tristeza contagiado por Remus. No deseaba nada más que paz y amor para los nuevos señores Potter, sí, pero también lo hacía volverse a su camino y ver qué mierda había hecho en ese tiempo desde que habían salido del castillo.

Nada.

James tenía a Lily, la había tenido siempre. Sirius era Sirius, y aunque era un cretino, tenía a Dorcas. Y ese enredo ridículo que se traía con Mar. Remus había tenido a Mary, y luego, su propia mierda para regodearse a solas.

El no tenía a nadie. No era nada.

Se había preguntado infinidad de veces si había algo mal en él, si esa incapacidad crónica a enamorarse era la pesadilla con la que tendría que cargar hasta que la muerte que se escondía en la esquina de su casa viniese a morderle la piel. Estaba frustrado, porque esa guerra del demonio los estaba consumiendo y el frío de las noches era difícil de soportar sin otro cuerpo tendido a su lado.

Envidiaba un poco a sus amigos por tener la valentía de querer tan por fuera, como si fuese tan sencillo como agitar la varita.

No quería sexo. Quería compañía, alguien que lo escuchase cuando los demás estaban, como en ese momento, demasiado ocupados para tomar unas cervezas como en Hogwarts. Se sentía un poco ridículo añorar los tiempos como estudiantes, porque aunque cuando volvían a juntarse parecía que nada hubiese ocurrido, lo cierto era que ya no se veían de la misma manera: no convivían, ni discutían cada idea estúpida, ni comían juntos o estudiaban a último momento.

Ya no existía esa cotidianeidad, y Peter sentía que la distancia abierta entre sus amigos crecía y crecía sin que pudiece hacer absolutamente nada por evitarlo.

Y lo molestaba.

Como le molestaba y enojaba ser igual de inútil con el asunto de Remus. El licántropo estaba decaído y se alejaba cada vez más, resentido y dolido, buscando la soledad para lamerse las heridas que no se veían con la luz del día. Mary había abierto un hoyo demasiado profundo en el corazón maltrecho de Remus, y Peter no tenía la menor idea cómo podía hacer para remediarlo. También le frustraba darse cuenta que nadie más que él parecía haber notado el estado casi depresivo de su amigo. No podía culpar a James, lo sabía, quién al fin empezaba a vivir el sueño con su pelirroja, ni tampoco con Sirius que todavía intentaba arreglar las cosas con Mar y conseguir dar con Regulus. Todos tenían preocupaciones sí, pero parecía que solo Peter era el que sufría por los demás y nada pasaba en su vida.

Era un idiota, y un cobarde. Había creído con esa rabia que solo tienen los tontos, que una vez que James y Sirius se uniesen a las batallas de la Orden, la guerra tendría los días contados. Para él, no existían mejores magos que ellos: eran brillantes, diestros y muy, muy poderosos. Remus tenía mucha magia corriéndole por las venas, pero no hacía uso de ella con la misma determinación que lo hacían los otros dos. Él era el único mediocre y, en el fondo, estaba seguro que Dumbledore lo había considerado solo porque era amigo de ellos, no por mérito propio. No le había importado, si con eso conseguía ser de utilidad y frenar la oscuridad que serpenteaba por los caminos de tierra.

Sin embargo, la guerra no solo no había terminado a pesar de la energía brillante de sus amigos, sino que parecía cada vez más encarnizada.

Peter había subestimado a los mortífagos. Había creído que serían como los imbéciles Slytherin con los que peleaban a menudo en Hogwarts, con mucho para decir e inflamar pero poco para accionar.

Los Lestrange eran otra cosa.

Eran mortíferos, horriblemente poderosos. No dudaban y no les temblaba el pulso. Y querían matarlos, al precio que fuese. No eran juegos de niños y sus amigos no eran héroes.

Solo eran un puñado de idiotas intentando salvar a un mundo que no tenía ninguna intención de ser salvado.

Peter tenía miedo, como todos. No por James, o por Sirius. Ni siquiera por Remus o por Lily. Todos habían demostrado estar a la altura de las circunstancias, valerosos, determinados. El temor de Peter no era siquiera morir, sino no poder estar a la altura de los demás. No era idiota, sabía que era el más débil, que su magia no era nada de otro mundo, y que solo estaba ahí por los demás. Quería demostrar que tenía el mismo temple que Sirius, la misma valentía que James. Quería poder decirse a sí mismo que era digno de pelear al lado de sus amigos, como iguales.

Estaba cagado de miedo y eso, paradójicamente, era lo que le generaba ese malestar, ese pánico visceral a no ser suficiente. A no ser tan valiente como había creído ser.

Estaba harto y tenía sueño.

Sin embargo, los planes de ese día parecían ser otros, porque apenas había conseguido arrastrar los pies hacia su habitación, cabizbajo, cuando vio los delgados hilos de plata deslizándose por debajo de la puerta y arremolinándose frente a su rostro, para delinear con exactitud la figura de un enorme perro lanudo.

En esa guerra, había aprendido Peter, no había siquiera tiempo para lamentarse en acababa de terminar la ronda, estaba reventado y no quería volver a pensar en nada por veinticuatro horas, Peter volvió a calzarse, con la varita entre los dientes e intentó controlar los latidos desbordados de su corazón antes de aparecerse evitando respirar en el jardín de Canterbury.

—¡Pete! —rugió Sirius, antes de quitarse de encima a un mortífago, probablemente Rosier. —¡Menos mal que estás aquí! ¡Ven a patear los culos de estos imbéciles, te dejamos unos cuantos!

Aunque él siguiese dudando de su capacidad de salir en una pieza de ese puto conflicto, siempre podía contar con que los demás confiaran por él. Peter hizo un paneo de la situación caótica que se había desatado en el jardín de los Potter y decidió que, por una vez, podía fingir ser lo suficientemente valiente para pelear junto a sus amigos.

—¡No tenemos todo el día!

—Voy.

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16 de Marzo de 1979

Estaba tapado bajo una pila de papeles, apretujado en el pequeño cubículo que le daban a los Aurores sin mayor cargo. Caradoc solo le había gruñido cuando Benji le explicó en voz baja por qué estaba solo, le había lanzado el papeleo y se había marchado pitando a tratar de mantener el caos del Ministerio bajo cierto control.

El rubio estaba tenso, con la cabeza definitivamente en otra parte que no eran los líos provocados por la ineptitud del gobierno.

Volaba de nuevo hacia Dorcas, por supuesto.

Le había sorprendido que lo recogiese en Liverpool, pero en verdad no tenía por qué. La chica llevaba demasiados años intentando pillarlo por sorpresa —en vano— por lo que tendría que haber adivinado que fingiría que nada había pasado.

No era tan ingenuo para creer que Dorcas no recordaba cómo había terminado la noche de la boda. Era una excelente bebedora y era muy improbable que, al despertar a la mañana siguiente de su resaca, no hubiese tenido ningún atisbo de lo que había intentado hacer.

Esa vez habían estado peligrosamente cerca. Si Benji no hubiese tenido un poco de cordura, estaba seguro que habría terminado por ceder. Y aunque no quería admitirlo, la idea le provocaba un incómodo vacío en el centro del estómago.

Hacía tiempo que la joven no presumía alguna de sus conquistas. Estaba Sirius, pero Benji sabía que en verdad entre esos dos había nacido algo increíblemente semejante a la amistad que solo sabían expresar con sexo.

No le molestaba.

Pero Dorcas llevaba un tiempo sin presumir idiotas, y no recordaba la última vez que eso había ocurrido. En verdad, no había pasado nunca y por eso estaba tan descolocado.

Pero ella no lo había olvidado. Y él tampoco.

Así que fingir que nada había ocurrido era lo mejor que podía hacer, y permitir que las cosas siguieran su curso natural, hasta que Dorcas volviese a enredar a alguien y comenzara su nueva ronda de ligues. Prefería ese terreno conocido a la incertidumbre que empezaba a morderle los pies.

En vez de eso, creía que era más importante preocuparse por la increíble falta de sensatez de la muchacha y cómo lograr convencerla para que se mudase a otro sitio. Vivir sola en Londres no era algo que pudiese permitir, y le importaba una mierda que Dorcas no estuviese de acuerdo.

Hablaría con Frank. Estaba seguro que él estaría de acuerdo y también era el único que podía —a veces— hacerla razonar. Si era necesario, podría intentar conseguir la colaboración de Black para ello y...

—¡Mierda!

Benji se levantó de golpe, distinguiendo la voz de su jefe a la distancia. Se había sentido raro y alerta todo el día y el mal presentimiento volvió a asaltarlo cuando escuchó murmullos agitados provenientes del pasillo.

Caradoc entró exactamente tres minutos después, desencajado. A Benji le parecía ridículo, pero el hombre lucía diez años más viejo a cada mes que pasaba.

—Tengo un minuto —masculló, echando un silenciador con un solo gesto. El rubio tomó su varita. —Estos hijos de puta... La pista de Ojoloco era una celada.

—¿Qué?

—Me acaba de llegar el aviso de Canterbury —siguió, a la carrera, sin tiempo para explicar. —Están atacando la mansión.

—Demonios —se puso de pie con brusquedad, sorteando los archivadores y demás cosas que abarrotaban el cubículo. —Salgo para allá.

—Voy a intentar que estos imbéciles hagan algo aquí —explicó Dearborn, cabeceando. —Recoge a los que estaban en el perímetro de la ciudad y vayan. Potter y Black deben estar resistiendo, pero no sé cuántos mortífagos serán. Si en quince minutos no consigo algo, me voy a ayudarlos.

—De acuerdo —Benji no se detuvo a esperar nuevas indicaciones. Salió pitando, ignorando el caos del Departamento, directo hacia la salida.

Antes de darle aviso a Gideon a y Dorcas, se escabulló en un hueco sucio de Londres para poder cerrar los ojos y recordar una vieja —viejísima— tarde en los castillos de Hogwarts en la que él solo era un crío observando a una niña muy ruidosa.

Antes de que todo se fuera a la mierda.

Tenía que dar aviso a Frank y a Al. Caradoc no sabía a qué iban a enfrentarse, pero si los mortífagos habían logrado dar con la mansión de James, definitivamente no sería para un paseo por su jardín.

Repitió la acción, dándole las indicaciones a un tigre de plata que se deslizó imperceptible para alertar a los demás.

Menos de diez minutos después, el rostro enfadado de Dorcas llegaba al callejón, quejándose por anticipando.

—Si quieres seguir discutiendo tus estupideces y nos llamaste solo por eso, te juro que...

—Tenemos que irnos —interrumpió, midiendo el tiempo. —Ahora.

—¿A dónde?

—Están atacando Canterbury.

—Mierda —la reacción de ambos fue coordinada, mascullaron la maldición, intercambiaron una mirada y al instante, ni Dorcas ni Gideon estaban allí. Benji consideró aguardar a que Frank y Al respondiesen el llamado, pero estaba nervioso y sabía que Dorcas era demasiado imprudente cuando se trataba de pelear.

Suspiró, dejando para después todo el enredo de pensamientos —cómo convencerla de que no viviese sola en Londres, por qué fingía que nada había pasado entre ellos y cómo dejar de pensar en ella todo el puto tiempo— y se concentró para girar sobre sí mismo y aterrizar varios kilómetros hacia el este.

El jardín de los Potter era un completo caos.

—¡Benji, cuidado! —exclamó Lily, a la vez que blandía la varita y lo expulsaba hacia atrás.

—¡Desmaius!

—¡Imbécil! —rugió Dorcas, saliendo de la nada al ver que el rubio había aterrizado en los pulcros setos de Dorea Potter. —¡Mira dónde te apareces! —Benji no respondió. —¿Puedes levantarte?

—Sí.

No le prestó atención a la mano extendida de la joven y se puso de pie, sintiéndose un poco idiota. Sacó su varita y hizo un rápido recuento de la situación.

—Está controlada —adelantó Dorcas antes de que pudiese emitir un juicio. —Cuando llegamos estaban jodidos, pero Sirius es demasiado. Ahora somos más que ellos.

—No lo juzgues tan rápido —previno el aludido, torciendo el gesto. Ella lo desestimó y le dio la espalda para regresar al medio de la batalla, donde había dejado a Gideon solo contra Lucius Malfoy.

En verdad, Dorcas tenía razón. Eran seis mortífagos en total, aunque entre ellos estaban Bellatrix y Rodolphus. Nada bueno podía salir de allí si los Lestrange entraban en la pelea.

—¡Ben! —la voz de Alice lo alertó, ya que no había oído el crack de la aparición por la sinfonía desproporcionada de explosiones. —¿Qué está pasando?

Llegó asustada, seguida de Frank. El rubio se encogió de hombros.

—Estarán resentidos porque no fueron invitados a la boda —comentó, sin gracia. Alice quiso dalre un manotazo.

—No es momento para bromas. Andando.

Frank le hizo un gesto con la cabeza y siguió los pasos de su novia, haciendo que Benji también se pusiera en movimiento.

—¡Pero si llegó el refuerzo del Ministerio! —chilló Rosier, con una sonrisa radiante al verlos, expulsando hacia atrás a Peter. —Qué honor tan grande.

—Vete a la mierda —espetó Frank, enojado, listo para responder.

—¿Deberíamos llamar nosotros también refuerzos, Bellatrix? —siguió el mortífago, canturreando sin importarle la varita amenazadora a pocos palmos de su rostro. Sus palabras hicieron tensarse a los demás, que se preguntaron si habría más de ellos escondidos cerca. Tenían ventaja en ese momento, pero si seguían apareciendo mortífagos, no estaban seguros de poder sostenerla.

—¡Impedimenta! —se escuchó detrás de él, haciendo que Rosier saliese despedido hacia adelante, colisionando contra la tierra apisonada. —Qué tipo imbécil —masculló Remus, saliendo de la nada.

—Uno menos —se resignó Alice. —¿Dónde necesitan ayuda?

—Iré a ver a Pete —indicó el licántropo, sin detenerse. —James y Sirius están intentando mantener a raya a los Lestrange.

—Mierda.

Al intercambió una rápida mirada alerta con Frank antes de seguir la estela del desastre, dejando a Benji sin estar seguro qué hacer. Entonces vio a Gideon cayendo por tierra, gracias a un altanero rubio que lo miraba con asco.

—Malditos traidores a la sangre.

—¡Dor!

—Claro que no, esta preciosa va a jugar conmigo —escuchó a sus espaldas, antes de sentir el roce de la maldición. —¡Expulso!

Dorcas era mucho mejor que eso. Lo esquivó con facilidad, dejando a Wilkies furioso, y le hizo señas para que fuese a auxiliar a Gideon mientras ella se encargaba de ese idiota. Era un crío, pero era enorme y creía que tenía la fuerza de mil demonios.

—¡Ve a ayudar! —le gritó la chica, haciéndole señas. Benji se volvió, sacudiéndose la estupidez y se puso en guardia.

Malfoy lo miraba con la ceja alzada, listo para el reto. Sin embargo, antes de que alguno pudiese mover un músculo, un cambio en la atmósfera los hizo envararse, anticipando el peligro. El mortífago sonrió con placer cuando entendió lo que estaba ocurriendo, y miró hacia la otra punta envuelta en el humo que habían provocado las explosiones de Rosier.

—No van a salir vivos de esto —afirmó, arrastrando las palabras. El miedo retrepó hasta la garganta de Benji cuando comprendió que alguien más estaba en el jardín de los Potter.

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16 de Marzo de 1979

—Sádico de mierda, ¡aléjate de ella! —rugió James, olvidando la varita por un momento y empujando a Rodolphus con ambas manos para desestabilizarlo y apartarlo de la pelirroja. El mortífago, pillado por sorpresa, tratabilló y terminó en el piso.

—Tu marido es un blando —se burló Sirius, que estaba unos pasos más allá provocando a Bellatrix. —No entiendo cómo lo escogiste, primita —la mujer estaba haciendo una mueca espantosa de rabia reprimida. —Ah, espera. Claro, no lo escogiste. Aunque no creo que hayas podido encontrar algo mejor.

—¡Crucio! —rugió ella, desencajada. Sirius lo esquivó con una contorsión ridícula, pero se mantuvo impasible. —Voy a acabar contigo, desgraciado —sonrió cuando el aludido se puso serio. —¿Dónde está tu ratita indefensa? —lo pinchó, sabiendo dónde dolía más. —¿Quieres que llame a los Burke?

—Maldita desquiciada —farfulló Sirius, poniéndose morado a toda prisa. —¡Impedimenta!

Bellatrix lo apartó con un movimiento amplio con el brazo.

—¡Crucio!

—¡Sirius, concéntrate! —chilló la voz de Lily de golpe a su lado. —¡Incendio!

Las llamas prendieron a los pies de la mujer, que saltó hacia atrás para que no le lamieran las puntas de los zapatos. La pelirroja aprovechó el momento de distracción, agitada, para tirar de la manga de Sirius y reclamar su atención.

—Está provocándote —advirtió entre dientes.

—Ya sé.

—No le des la satisfacción de alterarte por eso.

—Ya sé.

—Mar no está aquí. Está segura.

—¡Ya sé!

—¡Aguamenti! ¡Expulso!

El hechizo los golpeó en el rostro y los hizo volar hacia atrás, cortándoles la respiración al caer sobre la espalda. Lily hincó el codo en la tierra para incorporarse de inmediato.

—¡Protego! —el campo de protección desvió la maldición rabiosa que había enviado Bellatrix, aguardándolos con la respiración agitada.

Se terminaban los juegos.

—Manten la cabeza fría —repitió la pelirroja antes de dar un salto. —¡Tengo que ir a ayudar a James!

—¡Ya sé! —repitió Sirius antes de imitarla, ignorando el chillido de sus músculos para regresar a la acción. Había conseguido atisbar que Remus se había unido a la pelea con Rodolphus, pero Rosier no parecía dispuesto a permitirlo. —¡Vamos, ven con todo lo que tengas! —exclamó en dirección a su prima antes de ponerse en guardia.

Para variar, Lily tenía razón. Tenía que concentrarse o perdería.

—¡Bombarda!

La detonación provocada por Rosier hizo que la tierra destrozada del jardín le levantase casi flotando, creando una onda expansiva que provocó la pérdida del aliento de todos los que se encontraban peleando. Sirius volvió a caer hacia atrás, un poco aturdido, sin comprender si el silencio que había conquistado de pronto el lugar se debía a que había perdido la capacidad de escuchar.

Se quedó absorto asimilado aquel instante perdido en el tiempo, esos dos latidos que tardó el mundo en volver a correr, recordándole que estaba luchando contra la muerte.

Cuando el sonido regresó, lo hizo demasiado aprisa.

—¡Avada Kedavra!

—¡NO!

El polvo de la explosión le impedía ver la silueta que había gritado la maldición asesina, y tampoco lograba atisbar a quién mierda iba dirigida. No se le ocurría un hechizo para disipar la tierra y la polvoreda levantada que los rodeaba, por lo que clavó los codos y se arrastró con el cuerpo pegado a la hierba moribunda, buscando desesperado en dirección al destello de luz verde.

Dio con alguien al cabo de pocos segundos.

—¿Estás bien? —soltó, sin saber quién era, palpando el cuerpo con el corazón latiéndole sobre los oídos. —¡Ey!

—¿Sirius? —era la voz de Remus.

—¿Quién mierda lanzó la maldición?

—Mulciber —respondió, con voz pastosa. Se puso de rodillas apoyándose en el hombro de Sirius y escupió una mezcla de sangre y saliva. —Creo que no me tiene mucho aprecio.

—Imbécil, me asustaste.

—¿Quién hizo explotar todo? —inquirió el licántropo, haciendo caso omiso de las palabras. Al resguardo de la falta de visibilidad, tenían que aprovechar el momento para ponerse al tanto.

—El idiota de Rosier, ya sabes que tiene algo. Creo que es piromaníaco.

—No hay tiempo para chistes, Sirius —masculló Remus. Se puso de pie con cuidado. —¿James?

—No lo vi. Estaba contigo.

—Puto Rodolphus.

—Si prefieres, te lo cambio por Bellatrix —el aludido no le siguió el juego.

—¿Has visto a Pete?

—No, pero debe estar bien —dijo Sirius, convencido. —Ya pedimos más ayuda, Caradoc tiene que encargarse.

—No sé cuánto más vamos a aguantar.

—Encárgate de Mulciber —indicó su amigo, al ver que la visibilidad volvía a aumentar. —Iré con James.

—Vale.

Remus lo vio marcharse, en el momento que conseguía atisbar la silueta de Peter haciendo lo que podía contra Lucius Malfoy.

—¡Protego!

Desvió la maldición que el rubio acababa de lanzar, descolocándolo y permitiéndole a Peter reagruparse para contraatacar.

—Creí que estabas peleando conmigo —escuchó a su espalda. El licántropo no reflexionó.

—¡Impedimenta! —exclamó, girándose para ver cómo Mulciber salía despedido hacia atrás, de fondo sobre la lucha de los Lestrange contra James, Sirius y Lily. —Estoy empezando a hartarme de ti.

El mortífago se carcajeó, a pesar de la mueca de dolor al caer de culo al suelo, y se puso en guardia en un santiamén.

—Podría decir lo mismo —masculló, haciendo un gesto grosero. —¡Avada Kedavra!

Mulciber no estaba jugando. Remus lo evitó lo mejor que pudo, con el pánico en la garganta al saber que el tipo no iba a cejar en su empeño por matarlo. Él también tenía un resentimiento especial con el mortífago, pero no podía permitirse perder el control.

Podría estar muerto si eso ocurría.

—Maldito idiota.

—¿Cómo me llamaste? —espetó Mulciber, rojo de ira. —¡Voy a hacerte pedazos, imbécil!

—Eso me gustaría verlo. ¡Desmaius!

—¡Expulso! ¡Crucio! ¡No huyas, cobarde!

Remus lo fulminó con la mirada.

—¡Impedimenta!

—Deja esos hechizos de mierda y pelea como Merlín manda —lo provocó el mortífago, plantándose con las piernas separadas frente a él. —Eres un puto maricón. Voy a enseñarle a tu amiga Hufflepuff lo que es un hombre de verdad la próxima vez que la vea.

La respiración de Remus se cortó de golpe. Sabía perfectamente de qué hablaba. Mulciber se dio cuenta que lo tenía en su poder y paladeó la victoria por anticipado.

—Bonita, ¿eh? Todas las cosas que le haría a esa piel tan blanca... —masticó con deleite la expresión descompuesta antes de agregar. —Estoy teniendo problemas para encontrarla últimamente, ¿sabes dónde puedo dar con ella?

—¡Desmaius! —Mulciber cayó de bruces para revelar la mueca contrariada de Dorcas, con la varita lista. —Pero qué demonios le ocurre a este tipo.

Remus observó aliviado que los refuerzos empezaban a llegar. Dorcas no preguntó nada, se limitó a inmovilizar al mortífago caído mientra Gideon tomaba lugar junto a Peter para enfrentar a Malfoy.

—Enseguida llega el resto —explicó, parca. —¿Dónde están los demás?

—Ve con Sirius —soltó Remus, señalando el lugar donde estaba su amigo, haciendo rabiar a Bellatrix. La muchacha silbó por lo bajo.

—No parece necesitar ayuda.

Se dispersó, al ver que Benji aparecía y salía despedido por los aires ante un hechizo de Lily, que había quedado rezagada en la pelea contra Rodolphus y, atenta, había conseguido que al rubio no le diese una maldición de lleno en el pecho.

La lucha encarnizada contra los Lestrange no parecía decantarse hacia ningún lado. Lily regresó para ubicarse a la diestra de James, que blandía la varita como un loco. Sirius mantenía a raya a Bellatrix, a fuerza de pullas y destreza.

Luego, todo sucedió muy rápido.

El cambio se sintió en el aire, que se volvió pesado de golpe, solidificándose en los pulmones. Bellatrix amplió su sonrisa perturbadora y se irguió, intercambiando una rápida mirada con Rodolphus. Los demás también se detuvieron, como si fuese necesario permanecer inmóviles por un segundo para comprender lo que estaba pasando.

Voldemort los miraba desde la esquina, con sus ojos brillantes y los largos dedos blancos empuñando la varita, en el mismo momento en el que Alice y Frank se hacían sitio a su lado.

—Estamos jodidos —susurró el recién llegado en un hilo de voz, dando un paso al frente para cubrir a Al con su cuerpo. La presencia fantasmal de Voldemort detuvo por completo a todos en su sitio.

—Debo decir que pensé que llegaríamos a tiempo —dijo con esa voz fría e impersonal. Voldemort lucía más aterrados cuando sonreía de esa forma, calmado y sibilino. —Pero parece que la fiesta fue hace algunos días, ¿verdad? —sus ojos rasgados se clavaron en las figuras silenciosas de James y Lily. —Felicitaciones.

James quiso abrir la boca, pero el tirón disimulado en la manga por parte de la pelirroja lo disuadió.

—Vete de aquí —pronunció Lily con cuidado, alzando la barbilla. —Somos más que ustedes y no tienen nada qué hacer aquí.

La carcajada grotesca de Bellatrix quebró definitivamente la atmósfera, que estalló en mil esquirlas dolorosas.

—¡Crucio! —chilló, en dirección a ella. —¡Cómo te atreves a hablarle así a mi Señor!

La maldición no llegó hasta su víctima, pues James la empujó y Sirius se plantó para desviarla.

—Alto —indicó Voldemort, gélido. —He venido a hablar.

La ansiedad llenó los ojos de la mortífaga, que dio un paso atrás para quedar a la misma altura que el dueño de su devoción. Rodolphus torció el gesto, ninguno de los demás se atrevió a interrumpirlo.

—¿Qué mierda es lo que quieres? —espetó Sirius, que no había dejado la posición en guardia ni un segundo. Se había formado un pequeño grupo a su alrededor, con James y Lily a su lado, Frank tratando de cubrir a Alice y Dorcas, que parecía haber salido de debajo de la tierra.

—No nos interesa una puta mierda lo que quieras decir —añadió esta última, sonriendo con altanería. —Si llegaron hasta aquí, ahora peleen.

Voldemort levantó una mano, deteniendo en el acto la expresión furiosa de los Lestrange.

—Es mi último ofrecimiento —dijo despacio, permitiendo que sus ojos vagasen de uno en uno por los miembros de la Orden. Sabía que acababa de dar con los más valiosos. —No tendré más paciencia con ustedes luego.

—Metete tu paciencia por donde...

—Sirius.

James lo cortó sin mirarlo, con las facciones cinceladas en hiel. No apartaba su atención de Voldemort, apretando con demasiada fuerza la mano que Lily le había ofrecido.

—Quiero que se unan a mí —sentenció él, con magnificencia. Bellatrix jadeó de odio, pero Voldemort la ignoró. —Perdonaremos sus faltas, incluso su sangre —encontró la mirada verde de Lily que se sostenía con tanto orgullo que quemaba. —Son magos excelentes, y lo han demostrado frente a mis mortífagos. Únanse a mí y nadie volverá a detenerlos nunca. Únanse a mí y...

—Estás desquiciado.

La interrupción provino del fondo del grupo compacto de figuras, ufanadas en ocultarla. Alice estiró el cuello y apartó con delicadeza a Frank para hacerle frente a Voldemort, con el pulso disparado oculto detrás de los puños.

Dorcas sonrió, visceralmente orgullosa.

—Lo siento, pero mi amiga tiene razón.

—No nos interesa nada de lo que quieras ofrecernos —sentenció Frank, más serio que nunca. —No nos...

—No nos interesa una puta mierda —completó enseguida Sirius, envalentonado por la reacción de los demás.

James dio un paso al frente, haciéndole una seña a Lily para que se quedase al abrigo de los demás. La pelirroja lo siguió.

—Váyanse de aquí —ordenó, con la varita lista. —No tienen nada para ofrecernos. No somos sus putos títeres. No vamos a dejar de enfrentarlos.

—Son escoria —masculló Rodolphus, con asco.

—Sangre sucias y traidores —aclaró Bellatrix, busacando con devoción la atención de Voldemort, quién seguía observando fijo a los miembros de la Orden.

—¿Van a seguir peleando en vano? —preguntó en un susurro. —Perderán. Lo saben.

—Vamos a patearles el maldito culo —aseveró Dorcas, provocando la risa entrecortada de Sirius. Voldemort la miró con desprecio.

—Mátenlos.

Sin embargo, antes de que Bellatrix pudiese retomar allí donde había dejado, en la alagarbía de hechizos descontrolados y pánico encendido, un sonoro crack los alertó al fondo del jardín, dónde los demás habían logrado mantener a raya a los restantes mortífagos.

Caradoc se materializó seguido de Ojoloco y con él, una manada abusiva de Aurores. Parecía que habían trasladado el mismísimo Departamento hasta Canterbury.

El aliento les faltó al descubrir en la esquina opuesta la figura alargada de Voldemort. Pero Ojoloco solo gruñó, desenvainando la varita y haciendo una seña hacia adelante decidido a emplear toda su fuerza de choque.

—Andando.

Voldemort hizo serpentear por última vez sus ojos por entre los miembros de la Orden, rabioso por su negativa y decidido a quebrarlos uno a uno, como la escoria que habían demostrado ser. Un instante después, cabeceó hacia donde estaban los Lestrange y se esfumó en el aire, dejando la indicación a su mortífagos que siguieron sus pasos antes de que los Aurores los hubiesen podido alcanzar.

—¡Mierda! —soltó James, cuando el frente quedó desierto, de pura tensión. Inspiró y cayó de rodillas, temblando.

—Maldito hijo de puta —masculló Dorcas detrás.

—¿Cómo se ateve a preguntar una cosa así? —chilló Alice, histérica. Frank la apretó contra sí. —¿¡Cómo puede...?!

Sirius palmeó la espalda de Dorcas, orgulloso, antes de esquivar a Caradoc y los demás que definitivamente iban a querer explicaciones. En vez de eso, alcanzó a Benji que estaba intentando despertar a un inconsciente Peter. Apartó al rubio que solo lo dejó hacer, yendo hasta donde habían conseguido apartar a Gideon, que a duras penas sostenía los párpados arriba.

—¿Qué ocurrió?

—Ya está todo bien —lo tranquilizó Benji, parco. Sirius probó despertar a su amigo con un hechizo, pero no respondía.

De algún sitio, en el súbito mar de personas que habían conquistado el jardín de los Potter, apareció Lily, pálida y preocupada.

—¿Está bien? —preguntó al ver a su amigo inconsciente.

—Ni puta idea —respondió Sirius con sinceridad. Paneó el sector donde se habían agrupado los heridos y cayó en la cuenta de quién era la que tenía que encargarse de aquello. —¿Dónde mierda se metió Marlenne?

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¡Hola a todos! Otra vez los vuelvo a encontrar el jueves, como prometí.

Vengo primero a comentarles que este capítulo no es muy emocionante, ya sé. Tengo que confesar que tuve un gigantesco error de cálculos en esta línea, que hizo que no pudiese retomar 1979 hasta ahora —lo que demuestra que aunque intento tener todo bajo control, a veces no me sale—. La cuestión es que no me di cuenta que me quedarían las dos apariciones de Voldemort tan cercanas una de la otra, así que intenté estirar todo lo que pude el espacio entre ambas, pero ya necesitaba volver a esta línea temporal porque llevábamos demasiado tiempo sin tocarla.

Así que espero que no les haya aburrido demasiado la escena de acción, se me da fatal. Lo peor de todo es que estuve revisando mis notas y planificaciones y me di cuenta que como ya avanzamos tanto, las escenas de batallas y enfrentamientos serán cada vez más frecuentes, porque nos adentramos más y más en los puntos críticos de la guerra. Espero hacer un trabajo más o menos decente, pero de verdad, sepan disculpar mi falta de manejo en estos temas. Hago lo mejor que puedo.

Con respecto a la situación, déjenme decirles que esto sería el último de los tres desafíos de James, Lily, Frank y Alice a Voldemort. Siempre creí que ellos no serían los únicos que lo enfrentaron de esa manera —después de todo, no eran excesivamente especiales, eran miembros de la Orden como tantos otros— así que dejé mis headcanons aquí para contarles que obviamente Sirius y Dorcas también se plantaron frente al Señor Oscuro. E incluso lo hicieron los demás, calculo que no podrías ser parte de la Orden sin tener esa valentía irracional de enfrentar a Voldemort en alguna ocasión. Lo que volvió a James y Lily y a Frank y Al diferentes es que ellos, además de hacerlo tres veces, tuvieron un hijo —nacido a finales de Julio, como indica la profecía—. Nadie dijo nunca que hubiesen sido los únicos.

Pasando ese tema, quería contarles que al fin, la próxima semana será el tan anunciado último capítulo en Hogwarts. A principios de año me había jurado a mí misma que terminaría esa línea antes de llegar a los cincuenta capítulos y ya ven cómo soy. No tengo control sobre esta historia, la verdad es que ella me controla a mí.

Por otro lado, quería hacerles un breve anuncio, porque hace pocos días estrené una nueva historia llamada «Paz» que pueden encontrar en mi perfil. Es un proyecto muy loco —y espero que no tan extenso como este—, que se desprende de Guerra y cuenta la historia de estos mismos personajes si la Orden hubiese ganado en 1981. Es decir, es como un AU dentro del mismo fic, que será principalmente Blackinnon aunque tendrá un poquito de todo.

Sí, ya sé. Estoy demente por crear mundos paralelos dentro mi propia historia, pero llevaba tanto tiempo pensando en eso que no pude evitarlo. No se preocupen, de cualquier manera Guerra sigue siendo mi prioridad máxima y principal.

Creo que eso es todo por ahora. Los estaré esperando ansiosa como siempre, por leer opiniones y comentarios. Creo que este es un buen momento para decirles que el otro proyecto que tengo en mente, «Reclutas», será mi regalo por los cuatrocientos reviews de Guerra, así que ¡anímense! Cuanto antes los alcancemos, más pronto tendremos ese pasado de Benji y Dor para empezar a comprenderlos un poco mejor.

Volví a intentar abrir una cuenta de Facebook, así que pueden encontrarme ahí como Ceci Tonks, o dentro del grupo Jily Squad. También en Twitter, como siempre, como CeciTonks.

Me despido aquí, y nos estamos leyendo el próximo jueves. ¡Les mando un beso enorme!

Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud,

Ceci Tonks.