Suelo despistarme, pero vaya aquí un agradecimiento personal a los usuarios Guest, a quienes no les puedo dar las gracias por PM.

Y un saludo especial a las almas amables que perseveraron a través de los problemas técnicos de FF para dejarme sus impresiones sobre el capítulo 50.

NOTA: Sobre la historia de Raji y su prometida, véanse los capítulos 17 y 18.


VOLUNTAD REAL

Shirayuki apenas podía respirar… Quizás fuera el miedo que le atenazaba el corazón, quizás fuera tan solo que había demasiada gente… En la antesala de los aposentos de Izana aguardaban, cual buitres o aves de mal agüero, una caterva de nobles de alto rango y funcionarios, junto con todo un ejército silencioso de sirvientes y asistentes, prestos a ejecutar cualquier orden que les fuera confiada. El aire pesaba, lleno de las voces —susurros mal disimulados— de los que hablaban del futuro del reino. ¿Qué será de ellos si su rey moría? El heredero es demasiado joven, un niño aún… Los precios caerían en picado y luego se dispararían, y el mercado y la política serían una merienda de perros… La monarquía se debilitaría… Clarines ya ha perdido demasiado… Demasiadas muertes, demasiado luto…

Shirayuki sintió encenderse en su pecho las llamas de la indignación. A su lado, Kain alzaba el mentón con más orgullosa indiferencia que nunca. Pero ella lo conocía mejor… Sabía que tras esa fría apariencia, había también miedo y enojo, las mismas turbulentas emociones que sentía ella. ¿Por qué hablan de Izana como si ya estuviera muerto? ¿Por qué no guardan la esperanza? ¿Por qué no bajan la voz? ¿Y si él les oye? Por todos los dioses del cielo, Kain sí que les oye… Qué falta de respeto para con el enfermo y su hijo… ¿Por qué no se muerden la lengua y se callan de una buena vez?

Izana no puede morir, hatajo de imbéciles… Sobrevivió a la epidemia, vivió cuando todos decían que moriría… Izana persuadiría a la muerte misma de que no ganaba nada llevándoselo antes de tiempo…

Cuando Izana colapsó en sus brazos y aparecieron los guardias a sus gritos, se desencadenó un vertiginoso revuelo y el palacio entero pareció ponerse en movimiento. En cuanto lo dejó al cuidado de los sanadores, Shirayuki corrió a avisar a Kain, que apenas despertaba, alarmado por la inusual actividad a horas tan tardías. Pero cuando se abrió la puerta y vio la expresión desencajada de su tía, el muchacho lo supo.

En lo que tardó en vestirse y someter la inquietud —al menos, externamente—, los aposentos reales ya estaban atestados…

Shirayuki apretó los labios y echaron a andar entre ellos. Se negó a que Kain abriera el camino y se le adelantó, con paso firme y decidido. Con la excusa de que sus faldas eran voluminosas —por lo demás, cosa bien cierta—, Shirayuki propinó más de un 'casual y delicado' codazo en las costillas de aquellos tiburones que olían la sangre, buscando una oportunidad para medrar si su rey caía.

—Oh, mis disculpas, señor —decía ella, con bien fingida inocencia.

—No hay por qué darlas, alteza… —le respondían, con la misma artificiosa amabilidad.

Ella también sabía jugar a este juego de falsas cortesías…

Pero cuando alcanzan el umbral del dormitorio real, cualquier pensamiento de vacía y superflua satisfacción se marchita y muere. El olor de las velas, a cera y a enfermedad, les asalta los sentidos. Hay candelabros y lámparas prendidas por todas partes, que incluso así, no parecían arrojar la suficiente luz a la gris estancia.

Figuras de batas blancas se ciernen sobre Izana. Él está pálido, con el color ceniciento de los que luchan por mantener la consciencia, y en sus ojos medio ausentes no brilla esa chispa vivaz de antaño. Uno de los cirujanos extiende su brazo y con una lanceta perfora la blanda carne del interior del codo, allí donde late el pulso y se dobla el brazo. Unas gotas escarlatas escapan de la bacinilla dispuesta debajo y tiñen las sábanas blancas. Es un grito… El rojo es un grito… Si el que Shirayuki escucha en su cabeza o el de la vida que se le escapa a Izana, ella no lo sabe. ¿Por qué lo hacen sufrir así? ¿No ven que así lo debilitarán más? Cruza una mirada rápida con Garack Gazelt, y esta le hace una seña para que no diga nada. Pero Shirayuki está escandalizada… Las sangrías hace eternidades que no se emplean en la medicina moderna, es un procedimiento primitivo, pintado de supersticiones y poco efectivo… Es inútil y un signo de barbarie…

Pero estamos hablando del rey…

Físicos, cirujanos, doctores, farmacéuticos…, expertos de cada área del conocimiento, habrán de someter al rey a torturas —mal llamadas experimentos médicos— que deben al menos intentarse una vez… Alguien comprime unas gasas sobre la herida incisa y procede a vendar la ofensa que otros denominan sangría. Shirayuki contempla, horrorizada, cómo la venda se torna roja mientras los sanadores deliberan. A su lado, Kain se lleva las manos a la espalda y planta los pies en esa postura firme que tantas veces le viera a su padre, sin apartar los ojos de la escena que se desarrolla ante él. Unos afirman, otros niegan y alzan la voz, discuten, consideran, argumentan y se interrumpen entre sí, y el murmullo crece y crece, extendiendo sus alas de confusión por la estancia, pero poco a poco (y Shirayuki sabe que es gracias a Garack y al médico real) se alcanza un consenso mientras el resto de los que se hallan en la habitación asisten con el aliento contenido a su dictamen:

—Su Majestad debe ser intervenido en quirófano inmediatamente para extirparle el apéndice inflamado.

Y las palabras no dichas, si no se hace, morirá, se escuchan alto y claro…

Izana hace un gesto demandante con la cabeza y Lord Haruka, tenso y con los labios apretados, se inclina con rigidez sobre el lecho. Izana susurra unas palabras en su oído y el marqués asiente. Se incorpora entonces y sus ojos recorren los rostros de la habitación, como buscando a alguien, hasta que se detienen en ellos.

Shirayuki no puede evitar envararse y que el pánico de nuevo la asalte cuando Lord Haruka se acerca a ellos, ignorando a los demás —nobles, ministros, consejeros, gerifaltes—, y con un ademán cortés los invita a acompañarle. Kain asiente con la cabeza, en un gesto seco, pero ella se queda inmóvil, paralizada.

—Vos también, mi señora… —le dice el marqués, en voz tan baja, que Shirayuki casi falla en advertir la honesta amabilidad en sus palabras.

Y Kain —su joven caballero— le ofrece su brazo para que lo acompañe. Un nuevo murmullo nace cuando Lord Haruka los conduce junto al lecho y a ella se le encoge el corazón al ver los ojos azules (otrora audaces, desafiantes), atravesados por el dolor.

—Lady Shirayuki, Príncipe Kain… —saluda formalmente Izana, con una voz tan firme que contradice la evidente debilidad de su condición.

—Su Majestad —responde ella, realizando la reverencia debida, y dando gracias porque el brazo de Kain aún la sostiene.

Y allí delante de testigos, Izana lo dijo:

—Júrame que si algo me pasa cuidarás de mis hijos.

Y de nuevo, un grito de pánico resuena en su cabeza. Ella vacila un instante, y trata de hallarse la voz para responderle.

—Eso no será necesario, Majestad… —le contesta finalmente ella, con el corazón agitado y el alma a punto de quebrarse. Porque si lo hace, si le jura eso, sería reconocer la posibilidad de que él no despierte nunca de la intervención quirúrgica.

—¡Júramelo! —exige él entonces, alzando la voz. Y para espanto de físicos y médicos, se apoya sobre los codos y como puede, se incorpora un tanto para tomar su mano con la poca vehemencia que le permiten sus menguadas fuerzas.

Y Shirayuki mira su mano, retenida por la suya, y desvía el rostro, pero su mirada choca con los nublados ojos en los que arde el fuego de la determinación. No es la fiebre, no… Y ella lo sabe.

—Te lo juro —accede ella con un suspiro, vencida y doblegándose a su voluntad. Porque es lo correcto, porque no puede hacer otra cosa… Porque los hijos de Haki también son sus hijos—. Siempre.

—Bien —responde Izana, y luego cae sobre la almohada, exhausto—. No permitas que olviden nunca lo que de verdad importa…

Shirayuki tira levemente de su mano para liberarla, pero Izana se niega a soltarla aún, así que ella tiene que dar un paso hacia adelante y colocarse más cerca del lecho.

—Júrame que guiarás a Kain en su camino al trono —continúa él. E Izana ignora la marea creciente de murmullos a su alrededor, pendiente del rostro de Shirayuki—. Serás regente hasta que él alcance la edad.

—¡Izana! —exclama ella, olvidando la formalidad con la que debería dirigirse a él en público, a medias sorprendida, a medias escandalizada. No, no puede hacerle esto…

—Shirayuki, por favor… —le pide él, también haciendo a un lado su título. Y esta vez no exige, no demanda. Esta vez se lo pide, casi rogándolo, porque ahora no es el rey quien habla, sino el padre. Tan solo un padre que no quiere para su hijo el solitario sendero de la corona.

—Izana, yo… —continúa ella, buscando la forma de negarse a su solicitud—. La reina madre sería más adecuada que…

—Shirayuki… —le interrumpe él, y aprieta con suavidad la mano femenina—. Te lo pido a ti…

Y de nuevo, ella se rinde ante su voz y sus ojos…

—Lo haré… —dice, su voz apenas un susurro. Y solo entonces, él se permite exhalar algo parecido a un suspiro, porque con su aceptación, Shirayuki le trae la paz y el consuelo por dejar solos a sus hijos. Con la expresión de su rostro suavizada, Izana alza su otra mano hacia su hijo mayor, que se apresura a dar un paso al frente y a tomarla entre las suyas.

Hace rato que ya nadie susurra ni se atreve a romper la intimidad de esa escena, porque así es cómo lo ve la corte: a Izana, a su rey, sosteniendo las manos de quienes le sucederán en el trono si él faltara.

—Hijo —le dice, mirando esos ojos reflejos de los suyos, mientras pone la mano de Shirayuki sobre la de su hijo—, te encomiendo a su cuidado…

—Sí, padre… —le responde Kain, e Izana lo mira con indisimulado afecto y orgullo de padre. Cierra luego los ojos un momento, reuniendo las escasas fuerzas que aún le quedan, y cuando los vuelve a abrir, alza el rostro hacia los físicos y cortesanos presentes en su habitación de enfermo, clavando en ellos su mirada, desafiándolos a que lo contradigan, a que tengan el valor de hacerlo…

—Que conste que si no sobrevivo —declara con tono solemne, sin que la voz le flaquee—, yo, Izana Wistalia, soberano del reino de Clarines, he designado a Lady Shirayuki, viuda de Wistalia, princesa de Clarines, como reina regente, hasta que el primer príncipe, Kain Wistalia, tenga la edad de ceñir la corona.

—El Rey ha hablado —proclama Lord Haruka, con voz tonante. Y solo entonces, reaccionan como se espera de ellos.

—El Rey ha hablado —repiten las gargantas, entre susurros de telas y el eco suave de sus rodillas tocando el suelo en una reverencia reservada solo a las ceremonias de coronación.

—Bueno, ya pueden abrirme.

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NOTA:

Querida a92, este capítulo estaba planeado meses antes. No sabes cuántas veces tuve que morderme la lengua XD

Dedicado a ti, con mucho cariño.