Eratia
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-Encantado, señorita Seastone. Mi nombre es Eratia.
-¿Eratia? Me suena de algo.
-Jeje… Deben ser imaginaciones suyas. Por cierto, ¿Puedo preguntarle que le ha traído a esta isla?
-Algunos asuntos personales. ¿Y a ti?
-Un encargo que me hicieron. Por cierto, no vi ninguna embarcación cuando llegué a la isla. ¿Cómo llegasteis?
-Yo… llegué nadando.
-Entiendo. Yo puedo llevaros a donde queráis, siempre que no esté muy lejos de estas islas. Eso si quieres, claro.
-Estaría encantada.
Eratia se levantó un momento mientras iba a por un poco mas de leña para la hoguera, y cuando regresó con eso y unos víveres, contempló sorprendido que su compañera mantenía exactamente la misma posición, aunque tenía una ligera sonrisa, como si se hubiera librado de un peso interior.
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Unas horas mas tarde, Seastone se había quedado dormida, mientras que Eratia, aunque tumbado en el suelo, permanecía despierto. Cuando pasó un rato prudencial, el navegante se levantó, y con cuidado, se alejó de la hoguera.
-Será mejor que busque al tipo ese. Puede montar un buen desaguisado si se le deja suelto.
Siguió las huellas que había dejado el hombre, que además estaban acompañadas por un pequeño rastro de sangre. Llevaban a una pequeña cala vacía, pero que mostraba signos de haber tenido hasta hace poco rato una embarcación.
-Vaya, parece que ya no molestará mas.
El hombre escudriño a lo lejos, pero no pudo ver la embarcación. Se encogió de hombros y empezó a cruzar la pequeña isla, teniendo cuidado de no pasar cerca de la hoguera.
Llegó hasta una especie de acantilado, el único que existía como tal en la isla. Miró alrededor, y empezó a descender por un pequeño camino oculto en uno de los extremos. Se podía descender en algunos trechos con facilidad, pero en otros había que pegarse a la pared. La fuerza de Eratia le permitió agarrarse en un par de lugares y no caerse, pero en el último tramo antes de llegar a una pequeña explanada con una cueva resbaló. No logró agarrarse a la pared de piedra, y cayó al agua.
En el momento en que el cuerpo de Eratia tocó el agua, el navegante sufrió una terrible descarga por todo su cuerpo. Al igual que cuando se acercó a Seastone, todos los tatuajes de su cuerpo empezaron a brillar, y sensación terriblemente dolorosa le recorrió el cuerpo. Salió del agua como pudo, mientras que su cuerpo se convulsionaba.
Pasaron unos minutos hasta que los espasmos cesaron, y unos minutos más hasta que Eratia se pudo sentar.
-Dios. Llevaba mucho tiempo sin bañarme en el mar.- Las manos aún le temblaban, pero hizo un esfuerzo para levantarse y ponerse sobre los dos pies.- Agh, agh.-Jadeó mientras entraba en la cueva que ocultaba la plataforma rocosa, que llevaba hacia lo que había estado guardando durante todos esos años.
Era una cueva natural, bastante grande y mostraba una curiosa luz que impedía que las penumbras se apoderasen del interior. El como se producían aún era un misterio para Eratia, aunque había intentado encontrar de donde venía la iluminación mas de una vez. Estos pensamientos huyeron de su mente cuando su mirada se fijó en lo que había ido a contemplar.
Un orgulloso barco estaba varado en un dique seco. No era excesivamente grande, con un mástil que se alzaba al cielo, en el que se veía una bandera negra sin desplegar. Tenía una feroz serpiente de mascaron, que sujetaba una piedra azul con sus anillos, y una mirada desafiante que hacía ver que no sería inteligente cruzarse en su camino. Los cañones amenazadores de los costados del barco reforzaban la impresión de fuerza del barco, al que solo faltaba una tripulación para que se dirigiese a cualquier lugar, incluso al fin del mundo. En uno de los costados del barco se leía el nombre de la nave que había puesto en jaque a la marina varios años atrás.
-El Zafiro de las Olas… Hacia tiempo que no me pasaba por aquí.
Eratia pasó la mano por encima de la madera, acariciándola, tras lo cual subió por una escalera que había colocado allí varios años atrás. Se paseó por la cubierta, mientras recordaba con cariño el tiempo en que el y sus nakamas navegaron libres por los mares.
El navegante pronto abandonó la cubierta y se puso a echar un vistazo a los camarotes y a la bodega, en la que se guardaba una pequeña parte del tesoro que habían reunido durante esos años de aventuras (El resto se lo habían llevado sus tripulantes cuando tuvieron que separarse la noche en que ocurrió el incidente de Picos Ocultos.
Sus sentidos estaban aún embotados por el baño en el mar, lo explicaba que a veces se tropezara con algún escalón, pero pudo hacer toda la inspección del barco. Cuando estaba subiendo las escaleras, una sensación extraña empezó a tomar cuerpo en su cabeza, pero se encogió de hombros mientras terminó su ascenso para salir del barco y regresar a la hoguera. Pero su sorpresa fue tremenda cuando, al salir del interior del barco, vio a Seastone.
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La cara de Seastone era de sorpresa, pero la de Eratia era un auténtico poema.
-¿Qué… que… que rayos haces aquí?
Seastone dejó de mirar el barco, y contempló al estupefacto Eratia.
-Bueno, es que desapareciste de pronto y cuando me desperté decidí buscarte. ¿De quien es este barco pirata?
-Oh rayos. Ahora Senka me va a hacer picadillo cuando me vea.
-¿Cómo?
-Nada.
Eratia bajó por las escaleras y se encaró a Seastone.
-Bien. Será mejor que me expliques que y quien eres. Porque ahora mismo acabas de descubrir una cosa que me puede dar muchos problemas con la marina.
-¿Eres un pirata?
-Eso parece. Pero no has contestado a mis preguntas.
-Yo también soy una pirata.
-¿Y entonces que haces en esta isla? Aquí no hay tesoros, de eso me aseguré antes de esconder el barco.
Seastone pareció incómoda, pero reaccionó pronto.
-Tenía unos cuantos asuntos personales que resolver en esta isla, y mi capitán me dio permiso para irme temporalmente de la tripulación.
Eratia seguía taladrándola con la mirada, pero pronto cedió y se cruzó de hombros mientras negaba con la cabeza.
-En fin, supongo que ya no se puede evitar.- Se giró hacia el barco y puso los brazos en jarras.- Será mejor que empecemos ya. La promesa de llevarte a donde quieras sigue en pie, pero voy a sacar el Zafiro de aquí. ¿Me echas una mano?.
A Eratia le había costado bastante ocultar el barco y dejarlo en dique seco. Tuvo que improvisar un dique, que caería cuando accionase una especie de palanca. Eratia pidió a Seastone que trajera todas las cosas que habían dejado en torno a la hoguera. Cuando regresó, ambos se encontraron con un pequeño problema. La palanca estaba a varios metros, y al de las gafas no le apetecía volver a darse un baño. Pero Seastone le dijo que se subiera al barco.
Cuando los dos estaban a bordo, la pirata sacó una bola de metal de entre sus opas y la sostuvo en su mano. De pronto la esfera se elevó, y ante el pasmo de Eratia, se dirigió hacia la palanca y tras transformarse en una mano, la acciono. Regresó a su mano mientras contemplaba la cara desencajada de Eratia con una sonrisa malévola. Mientras tanto, el agua empezó a llenar la cueva, alzando el barco de su lecho poco a poco. Las cuerdas que sujetaban el barco empezaron a tensarse mientras este cabeceaba como una bestia que deseaba salir de sus cadenas.
Cuando Eratia dejó de alucinar y se centró en el barco, sacó la espada de su funda y cortó todas las cuerdas (echándole de cuando en cuando una miradita sorprendida a Seastone ). Cuando se acercó a la última cuerda rozó un momento la madera del barco y le pareció sentir una alegría y un ansia de libertad salvajes.
-Ya vamos, viejo amigo.
Un tajo seco liberó la última amarra, y el Zafiro, libre al fin, empezó a moverse hacia la salida. Cuando salio al mar, la bandera, que hasta ese momento no se había ni movido, empezó a ondear. Mostraba una calavera con un enorme shuriken detrás y unas cuantos más de tamaño normal alrededor suya.
Seastone estaba contemplando la bandera cuando Eratia, aún con ojos de sorpresa la llamó.
-¿Adonde quieres que te lleve?
Seastone pensó durante unos momentos, hasta que estuvo segura de lo que iba a decirle.
-A la isla de Barbarrosa.
Eratia se giró muy lentamente.
-¿A esa "isla"? ¿Seguro?
-¿La conoces?
-No he estado nunca en ella, pero se cuentan algunas cosas...
-¿Por eso no vas a ir?
-No. Quiero decir que me creo esas habladurías tanto como las que oí sobre que Monkey D. Luffy sigue vivo o que Long_Jhon_Silver ha resucitado.- Ignoró la mirada de Seastone mientras seguía hablando.- Pero por alguna razón ni los marines se acercan allí. ¿Estas segura de querer ir?
-Mi tripulación se dirigía hacia allí cuando les dejé.
-De acuerdo... Vamos para allá.
El Zafiro cambió de dirección, encarándose a aquella isla que había permanecido siempre en el horizonte tan amenazadora como la sombra de un Sea King.
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Había pasado un rato de viaje cuando Eratia se decidió acercar a Seastone, que estaba sentada en la cubierta.
-Perdona por preguntar, pero, ¿Que hacías en la isla exactamente? Es algo que me he estado preguntando desde el momento en que tuve que salvarte la vida.
Seastone parpadeó cuando Eratia le hizo la pregunta, pero sacó la bola de Kairouseki y se la enseñó.
-Vine a por esto.
Eratia contempló la bola mientras su mente le daba vueltas al asunto.
-Así que buscabas poder, ¿no?
-Si.
Eratia se apoyó en la borda de la embarcación, mientras miraba a su interlocutora.
-¿Realmente necesitas ese poder?
-¿Que?
-Quiero decir, ¿lo buscas porque necesitas el poder o porque simplemente quieres poder?
Seastone se le quedó mirando, sorprendida por la pregunta.
-Simplemente porque quiero ese poder...
Eratia negó con la cabeza.
-Esto a lo mejor es muy arrogante por mi parte, pero creo que debería comentaros una cosa.- Eratia tomó aire.- Yo poseo un poder, que particularmente odio. Pero como es no necesito más poder, nunca se me ha pasado por la cabeza buscar otras habilidades especiales.
Seastone le miraba, interesada, mientras que el navegante se colocaba las gafas.
-Yo creo que una persona ha de buscar poder si lo necesita para lo que hace. Pero si esa persona no necesita realmente ese poder, no debería buscarlo, porque no puede salir nada bueno de una obsesión de esas características.
Eratia iba a seguir hablando cuando un trueno resonó en el cielo y la isla empezó a acercarse, pudiendo ver un barco en la orilla.
-Me parece que ya llegamos.
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