Disclaimer:Los pjs de OUAT no me pertecen, yo solo escribo por y para entretener.

Hola chicos. Hoy toca especial. Espero que les guste y comenten si les gustaría más capítulos especiales más a menudo ¡Gracias por todo el apoyo!


Inframundo. Tiempo atrás. FÉLIX POV (todo el capítulo).

Hoy era el día treinta y dos. Tenía más de un mes en aquel lugar con olor desagradable y ambiente desesperanzador. Me sentía encerrado en un reloj de arena donde no cae ni un gramo. Atrapado en el tiempo; en el límite de la vida y la muerte. No podía avanzar pero tampoco podía mirar atrás. Y, aunque quisiera observar los pasos que me llevaron hasta aquel punto, no me arrepentía de nada.

Pan me tomó por sorpresa el día de mi muerte, es verdad, aquel día me prometí que si lo veía en el Inframundo se lo haría pasar de la forma más miserable que pudiese. Pero no pude cumplir lo que me había planteado. No después de la conversación que tuve con él cuando cayó en el mismo hoyo que yo.

Aquel recuerdo siempre estaría impreso en mi cerebro. —

— ¿Quieres luchar contra mí, Félix? Veamos de lo que eres capaz. —Pan bufó con una mirada maliciosa. —Si vienes a escuchar que lo siento, lamento decirte, que jamás podrás obtener esas palabras de mí.

Mis manos se aferraron más a su cuello. Este empezó a adquirir una tonalidad rojiza por la sangre acumulada en su cuello. —Tú me diste la espalda. —Farfullé entre dientes. —Dijiste que… ¡tú me prome-

—Jamás rompo mis promesas, Félix. —Interrumpió Pan con voz grave y forzada por la falta de aire. El antiguo líder de los niños perdidos colocó una de sus manos en mis muecas y presionó con excesiva fuerza. Mi cuerpo se movió ante el dolor y un grito desgarró mi garganta. Pan se acomodó el cuello de la gabardina oscura mientras me miraba con ojos inexpresivos. —Lamentablemente no podía compartir mis planes antes contigo. —Admitió. Peter se inclinó hasta quedar a mi altura. Mis piernas me habían fallado cuando fracturó mis huesos.

— ¿Qué… eres?

—No he cambiado en nada, pequeño niño. —Musitó. Mis ojos se desviaron de los casi ennegrecidos esmeraldas de Pan. El dolor empezó a aumentar con los pasados segundos. Mi mano, la cual sostenía a la otra, apenas y podía moverla porque con cada milímetro sentía que me quebraba en dos. Sabía que si me enfrentaba a Pan terminaría pasando algo parecido pero había esperado que al menos hubiese durado más en combate, o al menos, le hubiese herido de alguna forma. Pero ahí estaba él, intacto y sin inmutarse. — ¿Vas a llorar? — Aquellas palabras me impulsaron y provocaron que mi otra mano se cerrara en un puño para asestarle un golpe. Peter detuvo mi mano cerrada con una suya; parecía que no le costara trabajo batallar con aquello. Sus reflejos eran mejores que cuando vivíamos en Nunca Jamás. —Félix, pensé que te había enseñado mejor. —Pan me empujó y provocó que retrocediera unos pasos. Mi respiración era irregular y podía sentir la ira carcomiéndome. —Oh, no me mires así. He venido a hablar contigo ¿me escucharás o prefieres que continúe con esto? —Soltó tranquilamente.

Mi mano volvió a impulsarse y él, como siempre, pudo detenerla. Pero en ese momento aproveché la fuerza de su mano y, con mi pierna derecha, le asesté un golpe en el costado del rostro. Peter retrocedió unos pasos. —Continuaré con esto hasta tener suficiente. Hasta verte arrastrando y, sino puedo llegar a observarlo, con verte sangrar… —El labio partido de Pan me hizo alzar una de las comisuras de mis labios con orgullo. —… será suficiente.

Pan me miró unos segundos mientras se limpiaba la comisura de los labios con el dorso de su mano. Cuando quitó ésta de su rostro el golpe había desaparecido. Lo siguiente que supe es que Pan había aparecido en frente mío y su puño se dirigió a mi estómago; mi cuerpo se dobló y caí en la oscuridad.

Cuando desperté me encontraba tumbado en uno de los sofás de una tienda de antigüedades. Pan me daba la espalda mientras se encontraba enfrascado leyendo un libro, con un caldero enfrente, y con sus manos añadiendo un objeto tras otro. —Despertaste.

— ¿Lanzarás alguna maldición y por eso me necesitas, otra vez? —Escupí. Pan al escucharme soltó una risita, como si con el recuerdo le trajera un amargo recuerdo. —No lo encuentro divertido. —Musité observando el techo de madera.

—Tampoco te has movido.

— ¿Tiene sentido? —Solté de forma retórica. —Eres más fuerte que antes. Ahora sería una pérdida de tiempo tratar de llevarte la contraria.

—No pensabas lo mismo hace unas horas. —Soltó con tranquilidad. Escuché la efervescencia de lo que sea que estuviese preparando Pan tras un rato de silencio.

—Termina conmigo, Peter. Dame el golpe de gracia.

—Hmm. —Pan murmuró algo mientas estaba absorto en sus pensamientos. Suspiré cuando supe que no me haría ningún caso. —Félix, no entrené a un débil, me lo demostraste hoy. —Prosiguió después de un rato. —Saldremos de aquí. No creerías que rompería mi promesa ¿no? Te dije que no te dejaría solo.

Sus palabras me tomaron por sorpresa. Fruncí el ceño y mis ojos se clavaron en la espalda de mi líder. —Disculpa que no te crea. —Aquellas palabras las quise decir de la forma más inexpresiva que pude, pero a pesar de eso, Pan giró su rostro ligeramente y alzó la comisura de sus labios al notar la esperanza en mi voz. Solté un bufido y me giré para darle la espalda.

Maldita sea Pan y sus promesas vacías.

—Tendrás que repetir eso hasta que te convenzas y luego, solo entonces, podrás tratar de engañarme, Félix.

—¡Me mataste! —Exclamé con furia. El rencor volviendo a tomar el control de mi cuerpo. Me senté abruptamente en el sillón y me afiancé a este para no brincarle encima.

—Era parte del juego, Félix. Tú lo decías: Peter Pan nunca falla.

—Estás muerto. —Solté de forma burlona y cínica. —Así que técnicament-

—Lo estoy. —Admitió. —Pero no será por mucho.

— ¿Huh? —Me levanté con la intención de darle un puñetazo. Quizás el golpe que le había dado había afectado su cerebro de alguna forma. Le haría un favor y haría que Pan pusiese los pies en la tierra.

—Muchacho, pareces vacío. — Una tercera voz se escuchó en aquellas cuatro paredes. Pan se movió ligeramente y me mostró a un hombre, a un adulto, con miraba benevolente y enigmática. Sus facciones se me hacían terriblemente familiares. La sonrisa de astucia que se pintó en sus labios me trajeron a le mente a cierta chica de cabellos rubios. —Soy Merlín. — La figura se veía de forma nítida a pesar de visualizarse en el humo que salía del caldero.

— ¿Una ilusión? —Cuestioné en voz baja. — ¿Realmente eres el padre de Rapunzel?

—No. —Pan contestó por el viejo hechicero a mi primera pregunta. —Es un aliado.

Mis ojos se abrieron más de lo normal ¿Rapunzel sabía de todo esto? Aunque realmente ¿qué era "todo esto"?

—He cumplido con mi parte el trato, Merlín. Cumple lo que has prometido.

Pan sonaba demandante. Merlín sonrió con simpatía a pesar de los malos tratos de Peter. Tenía un remolino de sensaciones bombardeándome cada segundo. Y es que, aquel hombre con mirada compasiva pero llena de misterio con esa sonrisa amable pero orgullosa, era el vivo reflejo de su hija. En esos momentos, y a pesar de la distancia, pude sentir a Rapunzel más cerca de mí que en años. Me di cuenta que ella también era humana; tenía familia, sentimientos y deseos. Especialmente el anhelo de proteger lo que más quería.

Me hizo recordar lo que viví en el país de las Maravillas. Buscando a mis padres biológicos, respuestas.

— ¿De qué hablan? —Cuestioné cuando hubo una lucha de miradas entre Pan y el hechicero. Merlín desvió su atención y su mirada se suavizó. Me sentía perdido en todo aquello. Me molestó sentirme excluido, parecía estar ahí más como decoración.

—Hice un trato con Peter Pan. —Se explicó Merlín. Bajé un poco el rostro y estreché los ojos.

—¿Qué clase de trato? —Cuestioné con desinterés. Cuanto más observaba a aquel hombre más me percataba de las semejanzas y diferencias que había con su primogénita. La comisura de mi labio derecho se elevó ligeramente cuando escuché lo siguiente que dijo.

—Mantener apartada a Rapunzel cuando sea la hora; Ahora que Emma está en Camelot solo es cuestión de tiempo para que fallezca. —Soltó Merlín como si fuera un tema trivial. Mis manos se volvieron puños y me mordí la mejilla interna para evitar hablar de más. El sabor a hierro impregnó mi paladar. —No me malinterpretes, Felipe, no es que deseche todo el esfuerzo que ha puesto mi hija para sacarme de este luga-

—Cállese. —Solté frívolamente. No podía dar crédito a lo que estaba escuchando ¿Merlín, el padre de aquella niña terca y egoísta, iba a darse por vencido? No, no solo iba a rendirse. Él se estaba entregando en bandeja de oro al ángel de la muerte: a Hades.

Y, por un segundo, simpaticé con Rapunzel. Yo había dado todo para buscar a mis padres biológicos, para reunirme con ellos y empezar una vida nueva. La hija de Merlín me había ayudado, o al menos tratado de ayudar, en mi camino para conseguir mi objetivo. Y lo había hecho porque sabía lo que era perder a un ser querido; a su familia. Pero ahora ella iba a experimentar lo que era fallar y perderlo todo.

Como yo lo hice.

Miré a los dos individuos que me miraban; como si supieran lo que pasaría con sus actos, pero estaban equivocados, ellos no conocían lo que era perderlo todo. Yo sí. Yo había perdido a mi familia biológica y adoptiva. Habían destruido mi hogar: Nunca Jamás. Y había sido traicionado una y otra vez por el mismo motivo: por el poder. Siempre el poder, ya sea mágico o de cualquier índole, me había arrebatado todo lo que había apreciado.

—¿Cuál es su pretexto para menospreciar el trabajo de su hija? —Susurré entre dientes.

—Félix. —Mi nombre salió de los labios de Pan como si fuera una advertencia.

—Su libertad. —Soltó Merlín lentamente sin apartar sus ojos de los míos. Mi sonrisa cínica creció.

—Divertido ¿no es así? Su hija había estado buscando su libertad y ahora usted sale que quiere otorgarle ésta con su muerte. —Desvíe la mirada. —No importa cuántas vidas dejó atrás por usted.

—La he estado observando, Felipe, no como me gustaría pero si sigue en este camino solo se destruirá. La amo demasiado como para permitirlo.

—¡Deja que ella escoja su propio camino! — Grité exaltado. — ¡Usted es quien le está arrebatando la oportunidad de elegir! ¡Uste-

—Es mi vida. —Sentenció. —Debí morir hace mucho tiempo.

—¿Y le estás pidiendo a Pan que le asesine? —Siseé con rencor. —Usted solo es un cobarde.

—¡Félix! — Pan se giró y me miró con seriedad. —Es suficiente.

—Por supuesto, tú solo lo haces porque te conviene ¿no es así? ¿Por qué otro motivo habrías dado tu propia vida para cumplir con la petición de un tercero?

Pan desvió la mirada y se centró en el reflejo del viejo brujo; el antiguo líder sonrió con cierto fastidio. —Esos motivos son entre mi yerno y yo. — Mis labios se secaron cuando escuché la voz impasible de Merlín nombrar a Pan de aquel modo. Mi boca se abrió y cerró pero no podía encontrar las palabras correctas.

País de las Maravillas. Años atrás.

Era la décima casa que visitaba y no había obtenido nada; mis padres no habían dejado rastro. Clavé la espada en la tierra con brusquedad y ahogué mis gritos mordiéndome la lengua. Llevaba meses buscándolos y siempre que parecía estar más cerca de hallarlos parecía que solo estuviesen más distantes.

La música a mitad del bosque detuvo todo pensamiento. Era una flauta. Una melodía que entraba por mis oídos como si fuera una nana; relajaba mis músculos y me quitó aquel sentimiento que originaba mi coraje y frustración: la soledad.

Una mano se posó sobre mi hombro y en acto reflejo agarré el mango de la espada con firmeza y el filo de ésta quedó en el cuello de mi oponente. Fruncí el ceño al ver a Rapunzel a mitad del bosque a media noche. — ¿Qué rayos? — Rodé los ojos al vislumbrar aquella sonrisa traviesa y enigmática que caracterizaba a mi reina. — ¿Qué se supone que estás haciendo aquí? —Mascullé mientras la observaba. Sus ojos resplandecían con el furor de la luna llena. Su mirada me penetró unos instantes y supuse que estaba pensando a toda velocidad; cuidando sus palabras. La chica era demasiado calculadora e incluso paranoica. Me intrigaba saber qué pasaba por su mente pero al mismo tiempo me sacaba de quicio que casi siempre se guardara todo; era como si no pudiese confiar en nadie y eso a veces hería. —Puedes decirme; te he jurado lealtad, Rapunzel. —Solté de forma inexpresiva. No me gustaba su silencio; me inquietaba y me ponía ansioso.

—Felipe, la verdadera pregunta es: ¿qué haces tú aquí? —Cuestionó en voz baja. Alcé una ceja y estuve a punto de contestarle: siguiendo la pista que me diste para encontrar a mis padres; pero si esa fuese la respuesta que ella quería no habría formulado tal pregunta.

—¿Por qué en vez de preguntar no puedes contestar de formar clara? Siempre das demasiados rodeos, mi reina. —Musité con cansancio. Hasta ahora podía notar la sensación de cuerpo cortado por las largas jornadas de guardias que estuve haciendo todo el día.

Rapunzel me miró unos segundos más antes de desviar la mirada. —Estás lejos. —Musitó. Miré a mí alrededor, imitando sus acciones, y parpadeé confundido ¿Cuándo había caminado hasta aquella zona del bosque? —Muy lejos de casa. —Agregó lentamente. Mis ojos se toparon con los suyos al escuchar aquella última palabra. Casa. Hacía mucho tiempo que no le daba ese nombre a un lugar. Sonreí de forma ladina al sentir la calidez inundar mi cuerpo. —Tenemos que irnos. —Volvió a hablar un poco más apurada. La chica extendió su mano hacia mi dirección.

— ¿Por qué ese temblor en tu voz? —Cuestioné intrigado. — ¿Acaso le temes a lo que pueda estar oculto en el bosque? — El movimiento del tragar grueso proveniente de la garganta de Rapunzel no me pasó desapercibido. Los ojos esmeraldas de la chica se movían inquietos por el espesor de la vegetación.

—Temo por ti.

Rodé los ojos al escucharla. —¿Por qué no lo admites? ¿Qué podría haber que incluso tú le puedes llegar a temer?

—¿Sigues escuchando la melodía, Félix? Hablo de la flauta de Pan ¿Aún la oyes? —Insistió mientras me ignoraba olímpicamente. Fruncí el ceño. Aquel sonido había sido lo último que había entrado por mis oídos antes de iniciar el trance y, al segundo siguiente, fue cuando me encontré con Rapunzel. Pero había llegado un punto, cuando empecé a hablar con su majestad, que había dejado de escuchar aquel sonido.

—No.

—Bien. —Murmuró aliviada. —Te lo explicaré todo en el castillo. Vamos.

Fruncí el ceño. Podía escucharla más tranquila pero su ansiedad, que estaba impresa en las facciones de su rostro, no había desaparecido en lo más mínimo, e incluso podía decir esta había aumentado. —Tú la escuchas ¿No es así? La melodía. — La mano de Rapunzel rodeó mi muñeca y su rostro se volvió una máscara impenetrable, o al menos eso es lo que podría pensar ella, más yo podía observar a una niña vulnerable e impaciente tomar control de su cuerpo en esos momentos. Me zafé de su agarre y coloqué ambas manos en sus hombros. —Eres la reina. No huyas de lo que sea que temas. Desde el baile que celebraste te has estado comportando raro ¿Qué está sucediendo? —Cuestioné con voz suave. La capucha que cubría su rostro creaba una sombra en sus ojos, los cuales estaban fijos en el suelo; no obtuve respuesta alguna.

—Bien. Si tú no le pones fin seré yo quien lo haga. —Me giré. Su mano voló a mi antebrazo y yo me moví bruscamente para que me soltara. Estaba molesto de que siempre se apartara y excluyera al resto. No llegaba a nada con eso. —Soy su caballero, su majestad, y también su consejero, Mi trabajo es protegerla y qué mejor que destruir a lo que más teme. —Susurré mientras caminaba en la dirección donde había escuchado la melodía.

—Si vas, Félix, posiblemente no regresarás jamás. No te perdonaré sino vuelves al castillo. —Musitó con la voz cortada. Me giré sobre mis talones al escuchar la vulnerabilidad de la reina. Sentí un nudo en la garganta al encontrarme solo. Me frustré ¿Qué podría ser la debilidad de aquella niña orgullosa que incluso sacaba lo peor de ella?

Inframundo. Actualidad.

—¿Podrías dejar de ser una reina del drama? — La voz de Pan sonaba firme y molesta. La escuchaba claramente a pesar de que los dos (Peter y Rapunzel) se encontraban en la parte trasera de la tienda del viejo, del Oscuro. —Me he cansado de ese juego ¿sabes? —El tono de él sonó más grave e intimidante tras pronunciar aquellas palabras. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.

Deslicé mi dedo índice por el borde de la hoja (la nota que le había dejado Pan al Oscuro) y cuando sentí un pinchazo alejé mi mano como acto reflejo. Una gota carmín empezó a acumularse en mi piel.

— ¿Y ahora que te has cansado debería si quiera importarme? No seas ridículo. —Rapunzel sonó ácida y hostil. Rodé los ojos. No sabía cómo querían estar uno al lado del otro si en cualquier momento podrían hacer explotar el lugar. Es una relación amor-odio que no comprendía y, estaba seguro, jamás querría entender.

Deslicé mi mano por la camisa, secándome la sangre, y presionando contra ésta para apaciguar el ardor. La reacción de Rapunzel al enterarse de que su padre había armado un plan con Pan a sus espaldas para arruinarle todo lo que había hecho había sido muy poco a comparación como creí que saldrían las cosas.

—¿Podrías dejar de evadir el tema? No seas una cobarde— Pan escupió. Escuché un forcejeo y después un suspiro profundo. —Ten el valor de escucharme antes de bloquear todo a tu alrededor; no eres débil, lo sé, solo tienes que agarrar el valor suficiente. — Y, ahora que lo decía, hablando de debilidades hacía tiempo que había escuchado que Pan le recriminó a Rapunzel por ser débil frente a los huérfanos; aunque yo tengo una diferente hipótesis; Peter Pan era el niño eterno, un sinónimo de crío sin padres que gozaba de toda libertad, ambos factores son la combinación perfecta para el desastre: para el desastre de ella. Tiene su debilidad, la soledad y la falta de una familia, y su deseo, su anhelo más grande, la libertad. Ambas características forjaron una cadena que atrajeron a la presa a las garras del cazador.

—Cállate. No eres juez de nada; no tienes derecho y punto, no quiero escucharle, no lo haré, no puedes obligarme. —Siseó la adolescente.

—No me tientes. —Soltó Pan casi al instante. Lo siguiente que se escuchó fueron murmullos lo suficientemente bajos para que no alcanzara a oír pero bastante claros para saber que él la estaba amenazando. Peter había llegado a su límite y era cuestión de tiempo antes de que Rapunzel perdiera la paciencia también.

—Félix, Félix, no es bueno escuchar a través de las paredes. —La voz suave de la mujer sonó a un costado mío. Cheshire me ponía tenso. Aquella mujer era impredecible y siempre aparecía cuando o le convencía o Pan se lo había pedido, y dudaba que fuera ésta última opción al saber cómo habían estado las cosas últimamente.

—Pan está ocupado.

—Lo sé, tontito. — La chica río y se apareció delante de mí, frente al mostrador. —Pero eres como… ¿Su mano derecha? —La mujer se relamió sus labios con cierta insinuación. Rodé los ojos y alcé ligeramente los labios.

—No piensas precisamente como una dama ¿No es así? —Solté burlón.

—Pero no lo has negado, entonces ¿también le haces ese tipo de trabajo? —Interrogó mientras apoyaba sus codos en el cristal del mostrador y recargaba su mentón en la palma de estas. Sus grandes y brillosos ojos achocolatados me miraron con travesura.

—Estás demente.

La chica me mostró sus blanquecinos dientes en una sonrisa que afirmaba la verdad en las palabras que yo acababa de pronunciar. — ¿El pobre Fely está triste porque no lo invitan? —Ronroneó mientras estrechaba los ojos. Mi cuerpo se tensó de inmediato y mis brazos se cruzaron sobre mi pecho. —Pero no te desanimes, yo puedo… ayudarte.

¿Qué estaba insinuando Cheshire? Aquella chica estaba loca. Jamás la había comprendido. —Lamento decir que tu fama te precede; ser caníbal no te ayudará si quieres divertirte, ve a buscar a alguien que no sepa tus antecedentes de cómo solían desaparecer… tus acompañantes.

Cheshire curveó sus comisuras en una mueca triste. —Aburrido. —Bufó y pronto recuperó su jovialidad. —Pero no importa, tarde o temprano vendrás a mí, pequeño Feli-no.

—Déjame dudarlo. —Repuse con monotonía.

—Permiso concedido.

La miré unos segundos y ella extendió su sonrisa de forma inocente antes de impulsarse y alejarse del mostrador. —Ahora, siendo sinceros ¿A qué has venido?

—A verte. —Soltó con naturalidad. Sus manos se extendieron hacia una taza que estaba en malas condiciones. —Pero también a advertirles. El niño encontró a Cruella e hizo un trato con ella ¡Ah! Además la bruja copiona, la come niños… —Hice una mueca de desagrado cuando escuché aquello. —… Quiere verla. —Sus ojos se desviaron hacia la habitación que estaba detrás de la tienda. —El rumor se expandió como la pólvora. Quieren saber a quién deben felicitar por traerla aquí abajo.

—¿Quieren? —Cuestioné con precaución. —¿Qué has dicho?

—Ajá, quieren. —Repitió sin añadir absolutamente nada. Bufé en exasperación. —Y dije que fue… Peter Pan. Además ¿No es gracioso? Incluso he pensado que Pan trajo aquí a Rapunzel para que ella vengue la muerte de su padre. Ya sabes, la última vez que Peter habló sobre Garfio parecía… que lo odiaba. —Soltó por lo bajo. —¡Ah, sí! Pero he culpado a Pan de traerla porque así tendrán más aliados. Ya sabes, el enemigo de mi enemigo es mi amigo. —Añadió mientras lanzaba la taza al aire y la cachaba del asa de ésta con su dedo índice. Cheshire estaba divagando demasiado, no era raro en ella que se saltara de un tema a otro, pero el temblor en sus manos, a pesar de su destreza, no me pasó desapercibido.

Alcé una ceja. —¿Y por qué no se lo dices a él cuando se desocupe?

—Oh, no quiero molestarlo… además parece que tardará. —Soltó inocente a pesar de que sonaba a la defensiva.

—¿Qué más hiciste, Cheshire? —Cuestioné con advertencia. Mis ojos buscaron los suyos pero estos jamás chocaron con los míos. Algo ocultaba.

—Estás siendo paranoico, Félix, necesitas relajarte un poco. —La chica dejó la baratija en el mismo sitio mientras giraba sobre sus talones. —Lástima que rechazaste mi oferta. —Añadió al tiempo que alzaba una mano y la sacudía para despedirse. La campana de la puerta sonó cuando la chica salió.

¿Qué clase de espía se había conseguido Pan? No se podía confiar en los habitantes del país de las Maravillas.

País de las Maravillas. Años atrás.

—Su majestad. —Llamé después de carraspear ligeramente. Rapunzel miraba distraídamente a través de uno de los grandes ventanales del salón principal. —¿Su majestad?

La reina se sobresaltó ligeramente pero sus ojos buscaron mi reflejo en el cristal. —Ah, eres tú, Félix ¿Qué sucede?

—¿Se encuentra bien? Es tarde ¿No debería estar en sus aposentos? —Interrogué con suavidad. La chica sonrió ligeramente, parecía ida, pero se acomodó la bata de seda y asintió ligeramente.

—Es verdad, pero he venido… a escuchar ¿No es eso por lo que estás despierto tú también? Normalmente tienes el sueño pesado. — Su acusación, y más la asertividad de esta, me incomodó. A veces Rapunzel tenía la habilidad de ser muy observadora y directa a pesar de su edad. Era sorprendente y abrumador.

—Así es. —Admití. —¿Es la misma persona? La que toca la flauta, quiero decir. — Rapunzel asintió más no dijo nada. —¿Estás bien? —Cuestioné acercándome a paso lento. La chica temblaba. Me quité la capa negruzca del uniforme y la pasé por los hombros de la chica. La joven me miró unos segundos y me sonrió de forma cálida.

—Gracias, Félix, ahora lo estoy. —Añadió antes de tomarme de la mano y encaminarnos fuera del salón. Tragué grueso y mis ojos se desviaron hacia nuestras manos entrelazadas; era raro que tuviese contacto con otras personas pero siempre anhelaba estar con ella, estar juntos todo el tiempo que se pudiese, se sentía bien… como si fuera natural. Era lo único que sentía real.

Al escoltarla fuera de su habitación me tendió la capa y me dio una última sonrisa antes de entrar a sus aposentos. El olor de la tela, a pesar de haber durado unos minutos, se impregnó en esta; una sonrisa pequeña se escapó y se vislumbró en mi rostro. Los guardias que cuidaban las puertas me miraron extrañados de forma discreta, y al percatarme de ello, borré aquel gesto.

Incliné ligeramente la cabeza a modo de despedida y los soldados hicieron lo mismo.

Cada día después de aquel, absolutamente todas las noches, mis pies se movían mecánicamente hasta el salón principal para encontrarme siempre con la misma imagen: Rapunzel observando por la ventana con la mirada perdida y el ceño ligeramente fruncido y, cada vez que me veía, su mirada se volvía cálida y me extendía su mano para que la acompañara. Aquello se volvió rutina hasta que un día me pidió que no fuera.

—Es… peligroso. —Musitó.

—¿Qué clase de caballero seria si dejara a mi reina en momentos de peligro? —Cuestioné por enésima vez. Rapunzel me miró unos segundos.

—Bien, pero obedecerás mis órdenes. —Soltó de forma imperativa.

—Como usted ordene, su majestad.

Aquella noche la ventana estaba abierta. Rapunzel estaba en el aféizar de esta y miraba el bosque que se extendía a kilómetros y kilómetros. Ninguna luz se encontraba encendida pero a pesar de ello la luna iluminaba lo suficiente para percatarme de que algo no iba bien.

—¿Esas son ojeras? — Cuestioné sin acercarme a la reina. La chica me había pedido expresamente que me ocultara en las sombras y no me moviera de ahí.

—No he dormido muy bien, más bien, no lo he hecho. —Confirmó mis dudas. Fruncí el ceño pero antes de que le preguntase el por qué ella ya me había contestado. —He tenido ciertas premoniciones.

—¿Y qué preocupaciones te traen como para que te quite el sueño?

—Solo una; una sola preocupación. —Soltó por lo bajo. Sus ojos jamás se cruzaron con los míos. Veía algo fijamente en la oscuridad de la noche. —Pero pienso que lidiaré con él; por eso mismo, si sucede algo, no quiero que interfieras, Felipe.

Y ahí íbamos de nuevo con los rompecabezas. Suspiré. No sé si ella sabía pero yo no tenía ni la más mínima idea de lo que hablaba y eso me confundía aún más. — ¿Quién es él?

—Ese sería yo. —Murmuró un hombre en la oscuridad. Me giré bruscamente para toparme con un sujeto con sonrisa lúgubre y cordial. —Soy Hades. —El señor del Inframundo se presentó mientras me miraba de reojo. —Esperaba una bienvenida más animada, dado que me has invitado personalmente. —Añadió mientras recalcaba la última palabra. Mi mano voló hacia el mango de la espada al sentirme inquieto frente a la presencia de este hombre; quería mirar a Rapunzel pero no podía despejar la mirada de Hades. No podía perderlo de vista ni un solo segundo.

—Lo siento, ambos sabemos que tienes cosas más importantes que atender, así que no te robaré mucho tiempo. —Comenzó la reina. Sus pasos sonaron suaves contra el suelo. —Felipe cierra la ventana cuando regreses a tus aposentos. —Ordenó la reina; ella se encaminó junto con Hades fuera del gran salón pero antes me lanzó una mirada significativa ¿Qué demonios? ¿Que se suponía que hiciera? ¡Yo no leía mentes! Si Rapunzel me dejó presenciar la llegada de Hades al castillo y después no me llamó para que fuera con ellos algo quería que hiciera, pero ¿Qué?

—Es complicada ¿No es así?

Una voz tétrica y grave resonó en el salón como si fuera el eco de una cueva. Me giré y observé cada rincón pero no podía ver a otra persona. Aquello hizo que afianzara con más fuerza el mango de la espada. —¿Quién eres? Muéstrate.

—Me agradas. —Comentó una segunda persona con un tono más tranquilo pero no por eso menos amenazante. —No me sorprende que seas el consejero de la reina.

—¿Quiénes son? —Cuestioné nuevamente. La risita siniestra que retumbó a un lado mío provocó que desenvainara la espada. Una persona de estatura baja tomó el filo de la espada con su dedo índice y pulgar.

—Cuidado con eso, podrías sacarle un ojo a alguien y no quieres eso ¿o sí? —Interrogó con una sonrisa ladina. Sus facciones eran irreconocibles por la oscuridad y por la capa que llevaba puesta. Mi mirada descendió y se topó con una extraña flauta que colgaba de su cuello. Aquella noche no había escuchado la tonada que resonaba en el bosque. Me quise apartar de él pero cuando alcé el rostro para verlo ya no estaba ahí. —Vine a saludar a la reina pero creo que se encuentra ocupada. —Su voz volvió a sonar a mis espaldas. Cuando me giré ahí estaba él.

Mi corazón dio un vuelco y di un paso hacia atrás. Aquella persona era la que provocaba el constante temblor y miedo en Rapunzel y eso me incitaba a cortarle la cabeza al propietario del mal de la reina. Y ahora estaba a escasos metros de mí y no podía hacerlo. Por otro lado solo deducía que era un adolescente, quizás de edad más grande o pequeño que la reina, y era un ser mágico pero no le encontraba nada extraordinario ¿Qué podría ser el origen del temor de la chica?

—Le das demasiadas vueltas al asunto, chico. —Comentó la primera voz; la siniestra y grave. Una silueta cuyos ojos brillantes relucieron en aquel salón en ese instante ¿Quizás Rapunzel le temía a aquella cosa que flotaba?

— ¿Tú eres el flautista? —Cuestioné para corroborar mi teoría.

— ¿Lo dices por esto? —Interrogó el chico de forma jocosa al momento que alzaba el instrumento que colgaba de su cuello. —Que increíble imaginación tienes, Félix. —Añadió con malicia. La molestia apareció en mí y tuve que morderme la lengua para evitar hablar de más.

—Me llamo Felipe. —Musité con la voz contenida. —Y no has respondido mi pregunta.

—Lo soy. —Confirmó con tono cansado. —Espero que hayan estado disfrutando éstas noches, envíale esto a la reina de mi parte. —El chico sacó de su capa una pluma de ave color carmín. —Es un regalo: es de un fénix.

—¿Por qué le daría algo como eso a mi reina? —Cuestioné de vuelta sin las intenciones de tomar el dichoso obsequio del misterioso hombre.

—Porque ella sabe lo que significa. Félix ¿sabes que los Fénix son aves que renacen de sus cenizas? —Soltó de forma inocente. —Le hice una promesa a tu reina tiempo atrás. Entrégale esto, lo haría yo, pero ahora no es el momento con aquella visita presente en el castillo.

Tome la pluma entre mis dedos con especial cuidado pero cuando quise preguntarle algo más había desaparecido del salón. Las luces de las antorchas se encendieron en ese momento. Rapunzel entró en los minutos siguientes y se quedó estática cuando sus ojos se posaron en el obsequio que me habían dejado.

—¿Esa es… una pluma de fénix? —Cuestionó por lo bajo. Asentí y su mirada se volvió a perturbar. Sus ojos esmeraldas se desviaron a la ventana. Corrió y cerró la ventana. —Tírala, Félix, quémala o haz lo que tengas que hacer pero apártala de mi vista. —Ordenó con voz trémula.

Jamás me habría imaginado que algo tan insignificante pudiese alterar tanto a la chica… pero ¿y si no fuera el objeto sino más bien quien la envió? Y tras aquella pregunta se empezaron a formar una tras otra en mi cabeza. Supongo que si quería obtener respuestas tendría que ir al origen de todo aquello. La noche siguiente iría a hablar con el flautista a pesar de que le prometí a Rapunzel jamás hacerlo y lo haría por ella, porque no me gustaba verla así de inestable y ansiosa.

Pero sobre todas las cosas era… porque la amaba.


N/A: ¡Halu chicos!

Pau: ¡Halu Pau! Perdona la demora nuevamente ji. He visto que te gustan mucho los momentos en el Inframundo así que pensaré en agregar más. Como sea espero que pasado mañana suba otra actualización. Y con lo de los capítulos largos tienes razón, mmm, ya veré que hago ¡Muchas gracias! y espero disfrutes el cap.

Un saludo a todos los que leen. Ya saben las criticas y tomatazos son bien recibidos también.

Nos vemos.

BCM.