¡Buenas noches! Acá estoy, no me olvidé de subir capítulos, sépanlo. Es que a veces necesito sentirme segura con las reservas de los mismos. Nada más es eso.
Muchas gracias por tantas palabras hermosas. Me place muchísimo que se sientan de esa manera. Mi fin es llenarlas de emociones, así como yo me siento. Soy una mujer muy emocional, especialmente estos últimos meses de tantos cambios. Cada una de ustedes también me llena de sentimientos; nunca dejen de hacerlo, por favor. Nunca dejen de contarme historias que hablen de sus vidas y sus recuerdos.
Es verdad que, a veces, las personas juzgan a aquellos que trabajan dentro de los sectores más vulnerados socialmente, sin embargo, y por suerte, son pocas. Hay que apiadarse de los vacíos existenciales de aquellos y seguir nuestro camino, convencidas de que es el correcto.
MaríaJ ¡entonces el fuego existe! ¿Pero no sabés qué lo enciende? Mmm… Nos hicieron creer, especialmente a las mujeres, que lo más importante que prende la mecha dentro de nosotras es el amor romántico, que hay que esperar esa chispa y que tiene que llegar en nuestros albores, o de lo contrario nos marchitamos. Una cosa es cierta: NOS MARCHITAMOS mientras pasa el tiempo haciendo caso a esa tontería. Yo refuto ese legado obsecuente y patriarcal. Somos seres constituidos por infinitos momentos de goce, que no tienen que ver solamente con ese amor. Ciertas veces hay que verlo de manera distante para encontrar otras mixturas y construir otras formas.
¡Deseen explotar de disfrute sin culpas! Y lo más importante… MaríaJ, reencontrate todos los días, no te olvides por ahí, porque las sombras son difíciles de surcar.
¿Se detuvieron alguna vez a ver crisantemos? ¡Háganlo urgente!
Fuegos de verano.
La charla había sido todo un éxito, no solo porque los chicos habían tenido una muy buena recepción de ella y dentro del aula reafirmarían conceptos, sino también por los adultos y su acercamiento posterior: su curiosidad, sus preguntas lo habían demostrado.
Debido a todo ese movimiento, Rachel no se había podido despedir de Beth ni había hablado con Quinn. Mientras era interceptada por los adultos buscó a esta última y se encontró con su atención en ella a la distancia. Con un par de señas le indicó que saldría por una puerta lateral hacia el patio interno de la preparatoria. Luego de lanzarle una señal afirmativa, fue bombardeada a preguntas por madres y padres, deseosos de firmar el petitorio.
Estaba feliz de esa llegada, ya que el reconocimiento se repartía entre ella y los verdaderos hacedores de la fundación; sin embargo eso no la distrajo de pensar que en cuanto tuviera un segundo libre compraría algo para que Quinn comiese.
Aun sin haber ingerido alimento, Quinn se sentía llena. Llena de un amor especial, de un remordimiento particular, de emociones indescriptibles e inasibles. En su mente se visualizaban los años de lejanía y soledad… mientras ella recorría el mundo, una madre y una hija, exactamente en la misma posición que la integrante más pequeña, le daban amor a esa niña, le enseñaban, se enteraban de sus dificultades y se afanaban en cambiar la realidad de muchos, desde ese lugar de humildad y gran altruismo que era firma personal de esas mujeres. Esa era otra prueba de las bellezas increíbles que existían, y que no tenían que ver con lo superficial.
Quinn se sentía bendecida y agradecida por ello.
Se había sentado sobre un cantero que delimitaba algunas de las porciones de césped de aquel espacio abierto, porque no la sostenían las piernas, mucho más luego de un descubrimiento fugaz acaecido instantes atrás. De entre todas las ventanas que pertenecían a los diferentes cursos, la dulce casualidad quiso que en una de ellas, la que le permitía un ángulo de visualización perfecto, la imagen de Beth se le presentara claramente, riendo o levantando el brazo desde su asiento; tal cual sucedió al comienzo del día, cuando sorpresivamente la vio llegar a Rachel. Así, de la nada, salida de una cascada de crisantemos y risas, hechizándola para que se acercara pese a su asombro petrificante, y lo hizo… Si tan solo consiguiera acercársele una vez más, que todos desaparecieran para permitirle un rato más con ella.
Quinn tragó saliva varias veces. Tras las gafas oscuras y el gorro de lana, se sentía más protegida; nadie la notaría emocionada, nostálgica y con una expresión de fuerte contención por quedarse allí y no correr hacia su niña. La había reconocido y…
—Te encontré.
La voz de Rachel la asustó, causándole un respingo. Su figura inclinada hacia ella extendiéndole un sándwich, la hizo sonreír con una exhalación.
—Me asustaste —murmuró, recibiendo la comida envuelta.
—Discúlpame. Te traje un sándwich de pollo: este tiene mucha berenjena, espero que te guste.
Quinn asintió sin dejar de sonreír ante su atención. No había olvidado su predilección por las berenjenas.
—Gracias. ¿De dónde ha salido?
—Estamos todos contribuyendo con la cafetería —respondió Rachel animada, entregándole también una lata de refresco.
—Ya… ¿Tú has comido algo? —menos escéptica que con la comida, esta vez abrió la lata y tomó un trago. Luego se la ofreció.
—Ya he comido algo —contestó antes de llevársela a la boca. Bebió un par de veces y se la devolvió.
Esos actos mínimos que podrían parecer naturales en otras circunstancias, para ellas tenían un significado especial de intimidad, mucho más que antes, y lo percibieron.
—Es una pena que Beth se haya ido tan rápido —dijo atropelladamente Rachel—; sucede que todos los cursos siempre se organizan así, si no, se dispersan demasiado.
—Lo sé —masculló la otra, y señaló con un dedo la ventana que había estado contemplando antes de su llegada—. Igual tengo una vista muy buena aquí.
Rachel observó hacia donde señalaba y se mordió los labios. Allí estaba la pequeña en su curso, atenta en copiar de la pizarra.
—Sí, es una muy buena vista —asintió, volviendo a ella con una cálida expresión—. Solo… tardaré unos minutos más y nos marchamos, ¿está bien?
—Ve tranquila.
Tras su afirmación, Rachel se volvió, pero una mano agarrándose de su abrigo la detuvo. No veía los ojos de Quinn, mas sentía sus emociones a flor de piel.
—Estuvieron increíbles. Tú estuviste sensacional; enérgica, contundente, brillante… a lo Berry.
Aquélla bajó la mirada y sonrió con vergüenza.
—Lo sé.
Como despedida, juguetona, sujetó el borde de su gorro de lana y lo bajó sobre la frente antes de marcharse. Suspirando, Quinn desenvolvió el sándwich lentamente. Comería mientras observaba a su hija.
Un cuarto de hora después, las dos caminaban hacia el auto y se detuvieron a un lado por pedido de la actriz. En el transcurso de la tarde, el cielo se había despejado un poco y el sol se mostraba en sus últimas horas.
—Me llamó Fran hace un rato, ya nos están esperando en la productora. De camino pasaré a recoger a Paolo —informó ésta, apesadumbrada. En verdad quería pasar el resto de la tarde con ella y hablar, pero los compromisos de último momento se lo impedían.
—No te preocupes, volveré en taxi —resolvió Quinn con el mismo sentimiento—. Caminaré hasta una calle más concurrida.
Rachel desvió el rostro.
—Si sigues por aquí, a tres manzanas hay una avenida. Yo regresaré lo más pronto posible.
Quinn movió la cabeza, se acercó y la besó fugaz en la mejilla.
—No importa a qué hora, nada más… regresa.
Con ese hondo pedido, con ese deseo agarrotado, Rachel la observó perderse en la calle. Mascullando, subió al Land Rover y se marchó en dirección contraria.
No regresó muy tarde, pero tampoco a la hora esperada. Luego de la reunión, los directivos del canal habían insistido en invitarlos a ella y a Paolo a cenar, y no pudo negarse. Había intentado llamar a Quinn varias veces, pero no había tenido éxito.
Así fue como se encontró un departamento ordenado, iluminado tenuemente y sin la presencia de la ex rubia.
Lo que había sucedido era que Quinn había caído en la tentación, una vez más, de consumir sus psicofármacos, pero esta vez utilizando la mitad. Se sentía tremendamente cansada y abrumada; emociones muy fuertes, imposibles de manejar, la utilizaban como trofeo. A pesar de ello, hizo uso de toda su perseverancia y fragmentó la dosis antes de caer rendida en su cama, sin esperanzas de que Rachel regresara temprano.
Rachel ignoraba eso, y lo único que deseaba era verla, intercambiar un par de palabras por lo menos para concluir ese importante día. Estaba agotada, y aun así se duchó, se cepilló los dientes y directamente fue a la habitación de Beth.
A Quinn no le agradaba dormir dentro de una oscuridad plena, por lo que su silueta debajo de las cobijas, se vislumbraba muy bien. No le resultó difícil sentarse a su lado, ver sus contornos y seguirlos con una de sus manos.
Su hombro desnudo la atrajo, nada sutil, y como consecuencia, la imagen de su torso desnudo mojado por el agua de la ducha la subyugó. No solo tu torso, sino su dorso dibujado y…
—Por favor... —se susurró agitada, zarandeando su brazo. "Qué momentos para imaginar", se regañaba—. Quinn, Quinn —llamaba vacilante.
Y aquélla despertaba, atontada, creyendo que era un sueño.
—¿Rachel? —mascullaba ronca, estremeciendo a la otra.
—Lo siento, llegué hace una media hora —susurró—. La reunión se retrasó e insistieron en cenar después. Quise avisarte, pero no me respondías y me sentí tan mal…
—Ya, ya… —Quinn calmaba su parloteo pestañeando varias veces—. No le presté atención al móvil en todo el día, seguramente estará sin batería.
Se apoderó del vaso con agua encima de la mesilla, y tras beber, se hizo un bollo más cerca del cuerpo de la recién llegada. Eso era mejor que un sueño: el cuerpo de Rachel a un ápice. Por eso lo aprovechó y apoyó una mano en su muslo.
—¿Cómo te fue?
—B-bien —tartamudeó—. Estaba el presentador junto a algunos productores…
—Qué interesante —murmuró burlona, ya despierta.
Rachel se contrajo bajo la mano acariciadora.
—Tenía tantas ganas de volver, de saber cómo estabas.
—Estoy medio dormida, mujer, y si insistes en tu velocidad oral tendré que echarte de mi cuarto.
—Quinn… —espetó ella, sonrojándose en la oscuridad.
—Vamos, ven —ofreció Quinn, girándose para abrir el otro lado de las cobijas.
—¿Qué…? —interrogó Rachel sin voz.
—Que vengas. Hablemos así —volvió a invitar, tirando de su brazo.
Incrédula, con el corazón palpitando desenfrenado, Rachel se encontró trepando sobre ella para meterse en la cama, a su lado.
—Así estamos bien, ¿cierto?
Quinn nada más sentía su presencia. Entrelazaba sus manos, olía su aroma, intentaba seguir sus contornos entre las sombras y estaba en paz.
—Sí… —murmuró Rachel, cubierta hasta el mentón.
—Su mejor amiga está en silla de ruedas —continuó en susurros.
El sonido gutural de su actriz y un apretón de sus manos le indicaban que se encontraba receptiva a sus palabras.
—Se conocieron en segundo y son inseparables. También lo está asimilando: que no puedan hacer ciertas cosas juntas, las posibilidades de una y otra... Lydia ha sido un baluarte muy importante para nosotras. Es su psicopedagoga.
Quinn se sonrió.
—Son muy cómplices. Es encantador verlas juntas.
—Son terribles —aseveró Rachel con otra sonrisa.
—Yo… de pronto no puedo dejar de pensar en Artie. En esa etapa de mi vida… en lo que significó para mí.
—Nuestras historias siguen repitiéndose —expresó Rachel, concentrada en su relato pero también en su respiración cercana—. Él ha sido tu sostén en un momento muy difícil.
—Por supuesto. Sin ustedes, sin él, no hubiera sabido dónde diablos ir.
Rachel se mojó los labios, indecisa de mencionar o no a Joe. Aquel chico de rastas también fue importante para ella, pero el solo hecho de recordarlo le provocó una mueca de celos.
—¿Por qué te dice Ral?
—Beth comenzó a escribir mi nombre de esa manera —entrecerró los ojos ante el recuerdo—. Y cuando empezó con la comprensión de la lectoescritura, a internalizar las formas correctas, ella decidió seguir llamándome así. Está orgullosa de ser la única que me distingue —concluyó, riendo.
Quinn cerró los ojos, acercándose un poco más a ella. Su cuerpo la atraía irresistiblemente a pesar del momento.
—¿Cuándo ha sido?
—No hay un tiempo determinado; dejamos de contar el tiempo con Beth, porque todos los días fueron y siguen siendo extremadamente importantes. Marcan su evolución, sus mesetas… Yo… recién me estaba acostumbrando a ser hija, hermana… y sucedió.
—Y yo tan invisible —soltó Quinn con la garganta apretada, escondiéndose en esa única almohada compartida.
—Nunca lo vimos de esa manera, no lo hagas tú tampoco —consoló Rachel, acariciándole el cabello—. Son decisiones que se han tomado mucho tiempo antes. Lo importante es hoy.
—Mi hoy está cautivo de las Corcoran-Berry —afirmó en un hondo murmullo, apretándose a ella en un impulso—. Y soy dichosa.
Rachel no respondió, únicamente asintió, agitada, y llevó su palma libre a la espalda hirviendo de la mujer.
—¿Piensas que te traicioné? —inquirió vacilante.
—No. Debía ser así.
Y acompañando esa rotunda respuesta, los labios de Quinn se acercaron a los suyos, creando chispas al segundo. Esos besos que arrancaban con fuerza, parecían ser la marca registrada Fabray y Rachel se desmayaba por ellos. La mujer tomaba un labio y doblaba la cabeza para enterrarlo dentro de su boca, y la actriz se fundía contra ellos, totalmente avasallada de humedad y calor. Sus manos acariciadoras viajaban por toda la espalda, pero las de Quinn eran más osadas y llegaban a su trasero, apretándolo; no contenta con su lengua, metió una pierna entre las de Rachel, buscando su sexo.
Aquélla gimió y se separó si aliento.
—N-no…
—Lo sé —susurró Quinn gutural, con el rostro pegado a su cuello—. Aquí solo se duerme.
—S-sí…
—Duerme conmigo entonces.
¿Dormir? ¿Cómo conseguiría dormir si su cuerpo era un solo latido? No obstante, los minutos pasaron en el bello silencio de esa habitación de niña. Los pulsos se tranquilizaron, las respiraciones menguaron casi al unísono, y esa tormenta abrupta de deseo, serenamente, se transformó en sueño para las dos.
—¡Desastre total! ¡Llegaré tarde, demonios, yo, el monumento a la puntualidad... y el agua sale fría! —gritaba la voz de Rachel desde el baño del camerino, maldiciendo cada dos palabras.
—¿Y por qué no has venido antes? Estuviste toda el día en las nubes, Rachel —retrucaba socarrona Rosemary, pasando lentamente la página de la revista que ojeaba.
—¡No me digas nada, Rose! ¡Mi día con decenas de compromisos no termina, estoy histérica, las horas no me alcanzan y la endemoniada agua sale helada!
—Ufff, lo siento, es duro ser Rachel Berry, ¿no?
Otro grito salió desde el baño y la morena sonrió, muy interesada de pronto en otra nota del corazón: Zack Efron había sido pillado desnudo en una playa paradisíaca. Santo cielo…
Rachel cerró la llave de agua y corrió la cortina de manera violenta. Temblando, tomó su toalla y se envolvió. Se apoyó agotada en el lavabo y limpió el vapor del espejo para ver su rostro nebuloso reflejado. Tal cual le había dicho a Rosemary su día no terminaba y ya estaba acabada. No por dibujar su enorme sonrisa ante una cámara para un programa, sino porque todavía le tocaba verse con Matthew, romper con él para siempre, causarle daño… y entregarse a Quinn, ya que su necesidad era cada vez mayor. Su cuerpo la llamaba a gritos, pero su corazón la reclamaba de igual manera.
Su compañera de elenco tenía razón: estuvo en las nubes desde que despertó… al lado de ella. En un principio sintió el frío de su ausencia, mas luego se dio cuenta de que estaba siendo escrutada por su mirada adormilada, apoyada en la cabecera, abrazada a sus rodillas.
Había rechazado su beso matinal, puesto que los odiaba antes del cepillado de dientes, y con esa excusa había saltado de la cama al ver la hora en el reloj despertador infantil. Seguida por sus carcajadas, se había ido a su cuarto para asearse y marcharse después de un beso como aleteo de pájaro. Finalmente se lo había dado, y el corazón revoloteó como ese pájaro invisible entre sus pechos. Aquel roce y unos susurros de "suerte… hoy" habían significado más que una simple despedida y deseo de éxito. Querían decir que aguardaría por ese final prometido con ansias.
—Ey, ¡¿qué pasa allí dentro?! ¡Vamos, Raquel!
El bramido de Paolo desde el otro lado de la puerta del camerino la asustó y la hizo jadear.
—¡Ahh, ese bocón! ¡Avísale que se calle o le daré de patadas en el trasero! —gritó ella, buscando su ropa. Empezó a secarse a la vez que atrapaba su sujetador de un perchero.
—Silencio gaucho, que nuestra actriz está histérica porque saldrá en Dancing with the stars.
Rachel gruñó, colocándose una camiseta por la cabeza.
—¿Tú también? ¡Rayos!
—¡Dile que si no se apresura, yo mismo le pondré las bragas! ¡Será un sacrificio, pero se las pondré!
Las carcajadas la encolerizaron todavía más.
—Idiotas… —murmuró, justamente buscando las bragas debajo de sus medias negras altas, de su pollera—. No están… ¿cómo que no están?
Tragando saliva abrió y se asomó.
—Rose, busca mis bragas en el bolso.
La morena quitó sus largas piernas del tocador y hurgueteó donde Rachel le pidió.
—Oye, quién diría que serías de esas —canturreó aquélla con voz placentera.
—¿De que hablas? Vamos mujer, tengo frío…
—¡De esto! —la bailarina se volvió y zarandeó la prenda ante sus ojos—. ¡Una original y sexy Victoria's Secret!
El rojo carmesí del borde hirió la vista de Rachel, y el satén junto a la transparencia la empalidecieron. Se sostuvo más de la puerta entreabierta. Su trofeo magnánimo, su fetiche, ese que le había robado a la mujer que ocupaba todos sus sueños, bailaba en las manos de Rosemary, esperando ser atrapado. ¡Que había hecho! Simple: como se había quedado dormida había recogido la ropa sin mirar. Recordaba el bollo de prendas íntimas que había metido en su bolso. ¡Tendría que haber otras bragas!
—Me a… atrapaste —se animó a decir sin aire, con una falsa risilla—. Igual fíjate si hay otras… esas me dan pena…
La risa de la mujer le crispó los nervios y los golpes de Paolo la hicieron estallar.
—¡Vete Paolo, o te haré besarme el trasero y eso sí será un sacrificio!
La exaltación impactó a Rose, que desorbitó los ojos con una risotada, entretanto revolvía sus cosas con los ecos enfadados del atractivo Emmanuel.
—Lo siento reina, solo hay calcetines y pantys. ¡Toma éstas y cámbiate de una buena vez!
Después de tanto prólogo, las bragas de Quinn volaron por los aires hasta sus manos. Rachel las sujetó y volvió al baño. Cerrando los ojos empezó a colocárselas y a sentir un calor enervante en su sexo desnudo.
—¡Olvídate de usas las sucias! —se reprochó, sujetando las medias bucaneras impetuosamente.
