NOTAS DEL AUTOR: ¡Achtung, Herr Tarmo Flake ist hier!
Bueno, después de demorarme tanto por concentrarme en escribir otra historia, el trabajo, las lluvias y hasta terremotos, finalmente las aventuras de la araña más demente y sáfica en esta faz de la tierra vuelven de su largo sueño.
¡¿Cómo que no querían que regresara?! ¡Pues se aguantan, que ni aunque me caiga el techo encima, podrán deten-¡Ay, mi cabeza!
Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena es inmune a desastres naturales porque en el mar, la vida es más sabrosa!
NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE
CAPÍTULO 54
¡Ah, qué buena estuvo la fiesta!
Y lo anterior no fue hipérbole exagerada, en verdad se trató de una apoteósica experiencia. No sólo me di un banquete internacional de las más finas viandas, preparadas por los mejores cocineros de la región Kanto (según mi opinión) y bebí suficiente té de durazno como para acabar con la sed mundial, sino que también conviví con toda la familia y todos nuestros buenos compañeros. Y lo mejor, lo disfruté a lado de mis dos amadas mujeres, quienes por sí solas ya son como una celebración eterna para mi corazón. Satisfacción gastronómica, diversiones varias y regocijarse en el amor; la vida es una sinfonía de sempiterna dicha y felicidad. Y sabe tan bien como ese pastel de vainilla con relleno de mermelada de fresitas que hizo Mio; ahora ya sé que pedirle a Lala para mi cumpleaños.
Pero al contrario de los guerreros en el Valhalla, toda buena celebración no dura para siempre y la nuestra llegó a su fin a las once de la noche con siete minutos. La festejada y su pareja nos agradecieron por la inolvidable noche y nuestra caritativa ayuda, la cual convirtió un cumpleaños fantástico en un aniversario glorioso; con todo y románticos besos a la luz de las velas y las sinfonías de los instrumentos de tecla. Eso, sin contar la revelación de familiares escamosos ofidios, las amnistías concedidas a sáficas dracónidas y las inesperadas confesiones de infatuación hacia cierta pelirroja anteriormente occisa fraguadas por una maliciosa y astuta escórpida.
Y también por culpa de una Heteropoda venatoria que debería aprender a controlar esa bocota tan floja que tiene.
Por suerte, eso ya había terminado también y sólo obtuve un dolor de garganta que desaparecerá hasta mañana como castigo. Ya no me sorprende que aquello me parezca tan normal. Además, ahora nos encontrábamos de mejor humor después que Steno y la pequeña Ami aceptaran la proposición de Miia para pasar la noche en nuestra casa. La mayor de las hermanas Sprins deseaba no sólo presumir la enorme vivienda que pronto pasaría a ser propiedad de la futura señora Kurusu (aunque no mencionó que la compartiría con cinco esposas más), sino también seguir enmendando los lazos con su consanguínea y el retoño de ésta. La mangaka y la niña aceptaron y ahora reptaban junto al grupo camino a la residencia.
– "Y te lo repito, hermana; ni siquiera ser la hija de la matriarca de Lamnius se compara con la vida a lado de mi Cariño." – Opinó la lamia. – "Hasta aprendí a cocinar, ¿alguna vez creíste posible que pudiera hacer siquiera sopa sin terminar con el agua en llamas?"
– "Dudo que eso último sea motivo de orgullo, Miia." – Contestó Steno, a su lado. – "Además, quizás si en primer lugar hubieras prestado más atención a las clases de mamá en lugar de seguirte fantaseando con tus cuentos de hadas, tal vez tus habilidades culinarias se hubieran manifestado con mayor celeridad."
– "Aún así, me alegra que ella haya descubierto ese talento con nosotros." – Agregó Kimihito. – "Todos dicen que mis platillos son exquisitos, pero los de Miia mejoran a cada iteración."
– "Muchas gracias, Cariño." – Le agradeció la serpiente pelirroja, dándole un beso en la mejilla a su casero. – "Y seguiré progresando para ser la mejor esposa de todo el mundo."
– "Te recuerdo que no serás la única que obtenga ese puesto, sierpe." – Injirió Rachnera, empujando la silla de Meroune. – "Aunque no negaré que serás útil cuando mi Querido o Lala no se encuentren en casa."
– "Por cierto, Mi Señor…" – Habló Centorea. – "¿Fue productiva su charla con la señorita Aizawa sobre hallarle un empleo?"
– "Sin duda, Cerea; gracias por preguntar." – Sonrió el muchacho. – "Si bien no había vacante en su restaurante, me ayudó a asegurar una entrevista con los dueños del American Food. Iré mañana al lugar, me presentaré como es debido y, con suerte, seré aceptado."
– "Le deseo la mejor de las suertes, Herr Kommandant." – Expresé.
– "Gracias, Aria."
– "Disculpe que lo interrumpa, mi Amado, ¿pero no fue ese lugar recientemente escenario de un intento de secuestro hace dos días?" – Cuestionó Lorelei. – "No pensé que estuvieran en condiciones hábiles después de lo sucedido, especialmente para contratar más personal."
– "Puedes tomarlo como una muestra del indomable espíritu japonés, Mero." – Respondió el chico. – "Al igual que Mio, los propietarios no dejarán que algo como un percance con criminales merme su deseo de seguir sirviendo."
– "Además que pueden convertir tal evento en excelente publicidad." – Acotó Lala, tomada de mi brazo. – "Mi jefa pensó lo mismo y funcionó."
– "Y creo que la intervención de MON en el asunto generará mayores afluencias de clientes." – Añadió Cetania, tomada del otro. – "Serían muy ingenuos en desaprovechar tal oportunidad."
La razón de que la arpía de presa se hallara entre nuestro grupo no se debía que ella finalmente haya aceptado mi plan de relación polígama con la dullahan y ahora se hubiera mudado a nuestra morada; por mucho que yo lo deseara. En realidad, la causa era a que después de que la celebración concluyera, la capitana Smith le informara (de improviso, como siempre) al escuadrón MOE que debido a que nuestra asistencia a la fiesta fue posible gracias a postergar los entrenamientos que se nos tenían reservados y que no se podían seguir retrasando, estos debían iniciar cuanto antes.
Por lo tanto, y para desgracia de quienes deseaban pasar una amorosa noche con una bella irlandesa, Kuroko nos ordenó el mudarnos a los recién terminados cuarteles de MON localizados en Asaka. Si bien sabíamos que eventualmente sucedería, esperábamos que al menos nos permitiera disfrutar un día más para convivir con la familia, pero también entendíamos que los recursos que costeaban nuestro adiestramiento no eran infinitos y era obligación de las tres el evitar que los tan preciados fondos desaparecieran por nuestra holgazanería. Y conociendo a la coordinadora, el dinero es asunto de vida o muerte.
Afortunadamente, la agente nos aseguró que las cosas que aún residían en las habitaciones de Tokio ya habían sido propiamente transportadas a las barracas nuevas. Nos dio hora para arreglar todo, despedirnos de nuestros seres queridos e iniciar los primeros pasos a tan exhaustiva, pero noble labor que elegimos desempeñar. Dado que Dyne únicamente poseía todo lo que se encontraban en aquellas cajas, se fue con la capitana en la furgoneta; luego enviarían a alguien a recogernos a mi morada. La rapaz ya tenía preparada otra caja con sus pertenencias con anterioridad, así que sólo fue cuestión de recogerla y decirle adiós a su casera. No relataré lo embarazosa que fue la despedida entre Yuuko y su "Duraznín", pero admito que compartí el sentimiento con la segadora al verla tan abochornada por la actitud tan maternal de Honda.
– "Gracias por cargar mis cosas nuevo, flaquita." – Agradeció la castaña, dándome un beso en la mejilla. – "Me traje todo para que no extrañar la casa. Ropa, uno que otro disco; lo esencial."
– "Es un placer, Süsse. Además, no pesa nada." – Sonreí, llevando sus pertenencias en mi tórax arácnido. – "¿También estás nerviosa por lo de mañana?"
– "¿Y cómo no? Seguramente esa enana fastidiosa nos levantará con la punta del pie." – Respondió, haciendo ademanes con sus alas. – "Aunque parece que es a ti a quien trata peor. ¿Acaso le dijiste que se regresara a su lado del muro o algo así?"
– "Nah, sólo está loca." – Contesté, disintiendo con la cabeza. – "¿Sabes que es lo peor? Tantos días sin verla me hacen echarla de menos."
– "Ojalá la tal psicóloga de la que nos habló Smith te de una sesión intensa, flaca, porque ya perdiste la cabeza." – Rió ligeramente la americana. Entonces, volteó a ver a la peliblanca. – "¿Soy yo o te has mantenido callada todo este tiempo, decapitada?"
– "Hallo tu peripatética presencia tan irrisoria que la encuentro dentro de los límites aceptables de tolerancia." – Arguyó la Abismal, apenas girando los ojos en su dirección. – "Deberías agradecer mi magnanimidad al permitirte un contacto tan íntimo con la descendiente de Arachne, peste alada, pero sé que no lo harás debido a ese ínfimo sentimiento de petulancia que confundes con orgullo."
– "¿No te mordiste la lengua, engreída?" – La estadounidense le sacó la suya. – "¿Ahora debo besarte los pies para retribuir esta ligera ausencia de tu tiranía sobre mi pobre cazadora?"
– "Considero la idea de tus gérmenes bucales entrando en contacto con mis extremidades inferiores sumamente execrable." – Replicó la irlandesa. – "Sin contar la poca higiene de realizar tal acto."
– "¿Lo dices porque nunca te lavas las patas, mugrosa?"
– "No, lo digo porque tu saliva podría desencadenar una reacción desfavorable en mis hermosos pies, hija de Electra. El castigo del Caos Eterno es un deífico paraíso comparado con el tormento de una infección fúngica proveniente de ti."
– "Mi boca está más limpia que tu oxidada guadaña, mamá pitufo. De lo contrario, Aria ya estaría enferma" – La falconiforme torció la suya. – "Y estoy más que segura que a ella la obligas a chupártelos como si fueran paletas de zarzamora, como la déspota degenerada que eres."
– "La podofilia no figura entre mis fetiches, descendiente de Taumas."
– "Ni tampoco en los míos, Süsse." – Añadí. – "Además, la última vez que lo intentamos, Spatzi se resbaló y me dio una patada en l-¡Ay!"
– "Jaëgersturm, no te autoricé hablar de más." – Ordenó la dullahan después de pellizcarme el brazo. – "Concéntrate en disfrutar nuestros momentos juntas antes de que partas."
– "Jawohl, meine Königin."
– "Dictadora hasta el final, ¡no tienes remedio, bruja azulada!" – Espetó la halcón. – "Ush, que bueno que no la verás en tres meses, flaca. Así la purgarás de tu sistema y entenderás que esta pajarita es la más tierna y bonita."
– "Y también la más ilusa." – Rió tenuemente la segadora. – "La inocuidad de una mortal es fuente inagotable de diversión."
Yo hubiera contestado que ella tendría más de esos hilarantes momentos si aceptara mi propuesta, pero preferí hacer caso a sus mandatos y regocijarme en el tiempo restante que tenía para seguir en compañía de mi amada de añil epidermis. La familia estaba concentrada hablando entre ellos como para prestar atención a nuestras discusiones, que en este punto ya comenzaban a sonar más a peleas de pareja que discrepancias entre rivales. Sonreí internamente por ese pensamiento, era precisamente la clase de rápido avance que deseaba, aunque aún faltara mucho. Incluso admito que notaba la anterior reyerta algo diferente de las anteriores, con la mordacidad aún en altos niveles pero la agresión muy tenue, menos ácida. Ignoraba si ese sutil pero agradable cambio haya surgido durante o después de la fiesta, pero estaba muy contenta de que las asperezas prosiguieran limándose paulatinamente. Con ambas reinas a mi lado, proseguimos el camino.
– "Por cierto, Miia…" – Centorea volvió a tomar la palabra. – "Dices que ustedes provienen del territorio libio, ¿verdad? Sin embargo, su acento no me parece el típico esperado del África árabe. No deseo ofender, claro."
– "No voy a gritar '¡Kurusu Akbar!' y explotar, Cerea." – Rió ligeramente la sierpe. Diría algo sobre hacer chistes de tal índole, pero una araña vestida cómo fascista no tiene derecho a ello. – "Correcto, Lamnius se halla en Libia, pero nuestro idioma actual es un sincretismo entre nuestra etnia griega y el latín posterior a la conquista romana. Si recorrieras los barrios de la aldea, escucharías una amalgamación de tres lenguas distintas."
– "¿Han escuchado la expresión 'lengua de serpiente'? Dominar un idioma es relativamente sencillo para una lamia." – Añadió Steno. – "Aunque me parece que ese es el caso para muchos liminales, tomando en cuenta que la mayoría hablan perfectamente japonés sin importar su procedencia."
– "En mi caso, es comprensible. Dado que el Reino Sirena del Pacífico abarca extensiones internacionales, ser políglota es casi imperativo para mi familia." – Acotó Meroune. – "Mi profesor particular me instruyó tanto en la lengua nipona como en una pequeña diversidad cosmopolita. Por supuesto, no manejo ninguna con maestría a excepción del japonés y el francés."
– "Espere, Mero-san, ¿usted es francesa?" – Cuestioné, sorprendida. – "Siempre creí que tendría ascendencia germana, por su apellido."
– "La familia Lorelei posee una ancestral influencia gala, Aria-sama. Aunque, no podría asegurar que mi patria étnica sea precisamente tal nación europea." – Explicó. – "Dado a que mis progenitores generalmente se encontraban ausentes debido a sus atareados cargos como regentes, jamás pude indagar profundamente en los orígenes de mi linaje. Sin embargo, las conversaciones entre nosotros se desarrollaban mayoritariamente con un dialecto muy francófono, así que las posibilidades son altas."
– "Sabía que reconocía ese acento cuando conocimos a tu madre, sirenita." – Comentó Rachnera, empujándola en su silla. – "Deberías usarlo más, como lo hacía esa minotauro en la fiesta; o incluso yo, en ocasiones. Sonaría muy bien en ti."
– "Merci beaucoup, Rachnee-sama." – Sonrió la chica de rosados cabellos. – "La razón de no haber recurrido a tan peculiar tonalidad antes se debía a que no hallé necesidad de usarla. Estoy segura que Centorea-san también comparte el sentimiento al no manifestar sus raíces británicas en sus entonaciones."
– "Pero no en su manera de hablar." – Mencionó burlonamente Miia. – "Antes de ti y Lala, ella era la que recurría al lenguaje trabajado."
– "O quizás no saliste tan lista para aprender el japonés, hermana." – Respondió mordazmente su consanguínea. – "Está bien, la genética no siempre favorece equitativamente a las gemelas. Descuidar, nosotros ayudarte a comprender mejor lengua, uga uga."
– "¡Ay, no molestes, Steno! ¡Le estás dando mal ejemplo a Ami!"
– ¡No me salgas ahora con tu teatrito de santurrona, lombricienta! ¡Tú eras la que andaba en ropa interior por la casa porque según tú, todas éramos mujeres!"
– "¡Pero todas éramos mujeres en la casa!"
– "¡¿Por eso salías así a la calle?!"
– "¡Es una aldea monogénero!"
– "¡¿Esa era la razón para ir desnuda por la plaza?!"
– "¡Hacía calor!"
Dejamos a las hermanas seguir con su reyerta familiar en el resto del trayecto. Por suerte, la pequeña sobrina de nuestra lamia residente se encontraba demasiado entretenida con Papi y Suu como para prestar atención a su madre y su tía intercambiando improperios en medio de la calle. Al menos sirvió para despejar algunas dudas respecto a los orígenes de nuestra peculiar familia. Supongo nunca hubiera podido adivinar que la princesa ojizarca era actualmente de gálica estirpe. Aunque por suerte ella resultó ser una francesa remarcable, como Amanda y la muñequita viviente en esa tienda de ropa, y no una franchute detestable, como esa arachne parisina en mi nación. Por supuesto, hubiera sido mejor si ese 'Lorelei' actualmente significara ascendencia teutona, pero nadie puede ser perfecto.
Finalmente y luego de una sesión de insultos en grecorromano argot ofidio, llegamos a nuestro destino. Entrando a la casa, deposité la caja con las cosas de Cetania a un lado del genkan y mi casero le ofreció algo de tomar a ella, así como a su futura cuñada y su sobrina. Agradeciéndole, se sentaron en la sala mientras se decidía en dónde pasarían la noche las ofidias. Naturalmente, se decidió que las gemelas compartirían la habitación, a pesar de que dos mujeres de siete metros de largo fueran demasiado para la ahora diminuta recámara. Ellas jugaron a piedras, papel o tijeras para decidir quién sería la desafortunada que dormiría en el suelo al tiempo que el dúo plumitas-gelatina guiaba a la niña de doradas escamas a sus aposentos.
Mientras tanto, la dullahan y yo nos encaminamos a nuestra habitación para comenzar a empacar. A pesar de la presencia de cierta gnómida molesta, estaba entusiasmada por empezar nuestras prácticas. Aún así, también estaba decaída porque debería partir sin saber cuándo vería de nuevo a la familia o a mi segadora. La última vez fue una semana e incluso con un día para poder regresar, me pareció una eternidad en ausencia de la mujer que amo. Deseaba que Crono dilatara la despedida, pero sabía que era imposible.
– "¿Estás bien, A chuisle?" – Preguntó la irlandesa, ayudándome a colocar mis uniformes en una caja. – "Sé que marcharte y estar lejos de tu familia te acongoja, pero sabes que de qué hablo."
– "Tres meses, Spatzi. Trece semanas sin descanso, noventa y un días preparándonos en el Tártaro para combatir en el infierno." – Dije, observando la Cruz de Hierro de mi difunto abuelo. – "2,190 horas sin ti a mi lado. Cierto, tendré a mi amada Cetania, pero tú eres tan necesaria como ella para mi felicidad. No sé si podré soportarlo tan bien como la vez anterior."
– "Te comprendo, pero no es momento para desmoralizarse. Es tu deber como arachne y guerrera, A chuisle." – Me dio un beso rápido en la mejilla. – "Puede que duerma intranquila al no sentir tu cálida respiración en mi cuello, sabiendo que arriesgas todos los días tu vida, pero el mundo podrá estar en paz gracias a tu esfuerzo."
– "Danke, Spatzi. Es sólo que…" – Me pausé. Entonces, con una mirada decidida invocada en mi rostro, tallé mis ojos. – "No, tienes razón; tienes toda la razón. No puedo entristecerme por la titánica responsabilidad que acepté cumplir. Soy una Sparassediana, por el amor de Ares; debo derramar sudor, no lágrimas."
– "Esto es lo más rápido que te has repuesto de la incertidumbre, A chuisle." – Mencionó la peliblanca. – "Generalmente sueles expulsar tus sentimientos hasta que lentamente la convicción regresa a tu persona."
– "¿Te parece raro que actúe con tanta seguridad, linda?"
– "Quizás, pero me parece más inspirador verte con ese denuedo brillando en tus ojos." – Sonrió. – "Sólo ha pasado un mes desde que llegaste a mi vida, cuando estabas temerosa de arruinar las cosas. Y ahora, aquí estás; a mi lado y luciendo como la valiente soldado que siempre fuiste en el interior. Te amo."
– "Y yo a ti, amor." – Besé sus labios. – "Pero es verdad, ya he pasado demasiado tiempo inhibiéndome. Después de convivir con nuestras amistades, ver lo increíblemente unidos que somos y compartir más de una cosa con todos ellos, me di cuenta que mi irresoluta actitud debe cambiar si pretendo que mis acciones tengan efecto real. Es decir, mira lo que un simple momento de sincerar su corazón provocó entre Rachnera y el resto de la casa; todo por abandonar la inseguridad y atreverse. Yo quiero eso, amor, quiero que mi mundo también brille con esa intensidad."
– "Realmente el ver a tu congénere unir sus labios idílicamente con nuestro casero te impactó profundo, ¿cierto, A chuisle?"
– "Fue hermoso, Spatzi." – Sonreí. – "Por primera vez, pude contemplar la felicidad pura y absoluta en mi hermana tejedora. Estoy más que segura que ella experimentó esa explosión de dicha y perfección que yo sentí al compartir mi primer beso contigo. ¿Lo recuerdas?"
– "¿Piensas que alguna vez olvidaré ese paradisiaco momento cuando tú y yo nos unimos en cuerpo y alma, sellando nuestro maravilloso destino?" – Me abrazó, reposando su cabeza en mi pecho. – "Esos criminales te obligaron a actuar para evitar fenecer, y ahora regresas para asegurarte que nadie perezca en manos de aquellos monstruos. El ciclo se completa, y tú saldrás victoriosa, como la primera vez."
– "Danke schön, Lala. Tus palabras siempre sosiegan mis inquietudes." – Besé su cabeza y acaricié su espalda. – "¿Estarás bien sin mí?"
– "Puedo esperar eternamente por tu regreso. Y sabes que lo digo literalmente." – Rió, mimando mi barbilla. – "¿Qué hay de ti, Jaëgersturm? ¿Soportarás toda la campaña sin tener a tu reina Abismal para acompañarte en las frías y solitarias noches?"
– "Es lo bueno del siglo XXI, linda. Podremos mantenernos en contacto vía inalámbrica." – Sonreí maliciosamente. – "Y si requieres de liberar la tensión provocada por tus pasiones implícitas, puedo auxiliarte en estimularte vía telefónica. Usaré todo mi repertorio de frases sucias para ayudarte a alcanzar el orgasmo. A menos que desees enviarme fotografías subidas de tono o un video de tus diestros dedos recorriendo tu gloriosa feminidad."
Separándose, supe que ella iba a responder con un golpecito en mi brazo u otra acción inofensiva, pero se detuvo por unos momentos y su expresión molesta cambió a una más triste. Ahí, en lugar de su puño, me abrazó nuevamente y reposó sobre mi cuerpo. Comprendiendo que ella no deseaba que nuestra partida se sellara con actos agresivos, regresé el gesto y pasamos unos minutos en completo silencio, sintiendo nuestros corazones latir al unísono y nuestra respiración llenando los vacíos entre pulsaciones. Me dolía abandonar a mi irlandesa, pero ya estaba decidida y no claudicaría a mi trabajo.
Y siendo sincera, a final de cuentas, me encontraría en la misma ciudad que ella, sólo algo más lejos de lo acostumbrado. Incluso podría ser posible que Smith nos otorgara uno que otro momento para poder volver a nuestras moradas y remendar la ausencia. Con eso consolándonos, nos separamos y, sonriendo, volvimos a degustar el sabor de nuestros labios. La segadora no hizo mención desdeñosa sobre la extendida interacción que tendría con su rival alada ni tocó el tema sobre la posibilidad de que ella o yo intentáramos algo a sus espaldas, especialmente después de obtener permiso para demostrarnos cariño libremente. Lala me amaba, confiaba plenamente en mí; y yo le sería fiel hasta la muerte. Por mucho que mis instintos me dominen en mis momentos de debilidad, no traicionaría a mi diosa azul.
De esa manera, volvimos a la tarea de empacar mis pertenencias. Guardando todo lo necesario, incluyendo el tierno dibujo que Papi y Suu nos regalaran y que ahora estaba protegido tras un marco, cerramos la caja con cinta adhesiva, listas para esperar al transporte. Empero, una pícara idea se formuló en mi cabeza en ese preciso momento. Era arriesgada y posiblemente la peliblanca se negaría, pero la euforia de la fiesta aún se mantenía activa dentro de mí y el saber que estaría lejos me impulsó a no retractarme. Además, sentía estar en una racha afortunada y la aprovecharía, por más inusual que fuera. Tomando a la Abismal de los hombros desde atrás, comencé con una suave sesión de besos en su cuello y mis manos exploraron las redondeces de su curvilínea figura europea.
– "A chuisle, aprecio el afectuoso trato de tu lengua peregrinando mi epidermis con ahínco, pero me temo que el tiempo para deleitarnos en tal placer es exiguo." – Dijo ella, su respiración agitándose ligeramente. – "Y ni hablar de que este no es momento indicado para tan amorosos despliegues; nos esperan afuera."
– "Sólo quiero disfrutar de nuestros últimos momentos antes de partir." – Parafraseé sus palabras, apretando sus senos. – "Después de todo, lo más suave que podré tocar en las próximas semanas será mi piel llena de hematomas."
– "¿Cuál es tu verdadero deseo, heredera de los Jaëgersturm?" – Preguntó la irlandesa, correspondiendo a mis caricias. – "¿Qué sicalíptica estratagema has fraguado en esa corrompida cabeza teutona?"
– "¿Acaso me tomas por alguien que únicamente busca placer carnal, Spatzi?"
– "¿Estoy equivocada en este momento?"
– "Por supuesto que no." – Reí ligeramente al tiempo que desabotonaba su saco, ella no opuso resistencia. – "No hay momento en el que no desee regocijarme en tus gloriosas delicias corporales, mi emperatriz del Inframundo. Soy un animal con una mente unidimensional, y también una irremediable adicta a tu erótico cuerpo. Y ahora, esta bestia tan primitiva que tienes por novia necesita su dosis de amor o será incapaz de concentrarse correctamente durante sus intensivas prácticas."
– "Encuentro intrigante tu osado atrevimiento, descendiente de Arachne, pero admiro tu pecaminosa sinceridad." – Me besó en la boca al tiempo que su camisa cedía también. – "Admito que comparto tu idea de sumergirnos en el sensual mundo de las artes amatorias; empero, me temo que deberemos postergar tan atractiva actividad para tu regreso."
– "Lo sé, mi amor, y te tengo una proposición para remediarlo, al menos parcialmente." – Retiré su prenda superior, dejándola en su sostén. – "Te parecerá algo atrevida, pero tampoco creo que te niegues. ¿Qué dices?"
– "Opinar me es imposible cuando desconozco los términos de tu tratado." – Gimió dulcemente al sentir mis dedos internarse en su sujetador. – "Aunque me hallo ansiosa de escuchar los dictámenes del concordato."
– "Sabía decisión, su hermosa Majestad." – Mordí suavemente su oreja. – "Quiero gozar de un lascivo contacto con tus labios."
– "¿Todo esto por un simple ósculo, arachne?" – Se los relamió. – "Demasiado inocente para provenir de ti."
– "No me refiero a los deliciosos pedacitos de carne que adornan tu virtuosa cara de diosa celta, mi bella nativa del Éire." – Lamí su mejilla lujuriosamente. Entonces, deslicé mi traviesa mano hasta su entrepierna. – "Hablo de tus dulces pétalos."
– "Aria…" – Se sonrojó completamente al instante. – "Aceptaría gustosa en otras circunstancias, pero…"
– "¿Y acaso el hecho de no vernos por tres meses es motivo insuficiente para persuadirte de cumplir tan obsceno capricho, mi amada?" – Usé un dedo para estimular superficialmente su área. Ella protestó, pero no me detuvo. – "Permíteme gozar del cielo ante de entrar al infierno. Una probada del Valhalla para esta heroína de la batalla final."
– "Ah… Aria… Detente…" – Gimió más fuerte. – "V-van a escucharnos…"
– "Compláceme, linda; sabes que quieres hacerlo." – Mi otra mano pellizcó con delicadeza uno de sus pezones. – "Prometo ser discreta, únicamente usaré mi habilidosa lengua. Y sobre todo, te satisfaré como una reina merece."
– "Demasiad-¡Ah!" – Su respiración se entrecortó al palpar mi dedo índice en su entrepierna uniéndose al medio para incitarla. – "D-demasiado arriesgado…"
– "Eso lo hace más tentador, ¿no te parece, querida?"
– "N-no…"
– "Sí…"
Retiré mi mano de su zona íntima, para alivio parcial de la agitada dullahan, cuyos sonidos de gozo amenazaban con delatar nuestro pervertido juego a los invitados. Sin embargo, no detuve mi asalto y sin dejar de jugar con su rosado y carnoso botón pectoral, ensalivé mis dos dedos minuciosamente. Los saqué de mi boca y se los ofrecí a mi animada segadora, quien sin dilación les permitió acceso a la suya y succionó tímidamente, sin dejarse llevar del todo por mi descarado ataque. Pero, entre pequeño gemido y exhalación para recuperar aire, ella cedía rápidamente a mi incesante asedio de lascivia.
Me deleité al contemplar como mis dígitos humedecidos se mantenían unidos a la boca de la peliblanca con un delgado hilo de saliva caliente. Conocía esos latidos tan fuertes, la coloración exacta en sus mejillas y la dureza de las rosadas cerezas en sus glándulas mamarias. Nuevamente, mi mano ensalivada se encaminó a su entrepierna y sutilmente la rocé por encima de su falda, respondiendo la Abismal con una exhalación de placer. Era mi oportunidad.
– "La próxima vez iniciaré mi sesión de espeleología personal, Spatzi." – Susurré a su oído. – "Déjame probarte…"
– "Pero…"
– "¿O es que deseas seguir prolongando nuestro juego y permitirle al resto descubrirnos? Eres tan traviesa; y eso me encanta."
– "No… es… eso…"
– "Vamos, linda…" – Mordí ligeramente su hombro descubierto. – "El culto a Safo es imperativo para dos de sus más ávidas practicantes. Y trece semanas sin los ritos correspondientes es demasiado hasta para una virgen. Sólo déjate llevar."
– "No me he bañado… Me encuentro sucia…"
– "Como yo…" – Reiteré. – "Adoro tu sabor…"
– "Yo… tú…" – Titubeó entre suspiros. – "Demasiado…"
– "Lo deseo… Lo necesito…"
– "…"
– "Y tú también…"
– "Aria…"
– "Dime, linda…"
– "Promete… promete que no demorarás, por favor…"
Repliqué usando ambas manos para girar su cabeza y verla directamente a sus áureos ojos. Mi mirada, llena de lujuria, también estaba cargada de sinceridad. Mis seis globos oculares color carmesí fueron respuesta suficiente y ella aceptó con una discreta afirmación y una sonrisa. Propinándole un ósculo, desabroché su falda azul y mi cuerpo se encendió al admirar el exquisito encaje de su ropa interior morada, cubriendo con pudor la hendidura que designaba a mi incomparable emperatriz como una mujer hecha y derecha. Salivé en anticipación al sentir el seductor aroma que ella despedía, invitándome a perder la compostura. Tuve que hacer un gran esfuerzo por no dejarme dominar por mis instintos y arrancar mis ropas de un jalón.
En lugar de ceder a mis impulsos animales, concentré mi atención en bajar lentamente las bragas de mi amada, descubriendo con júbilo que la humedad las había invadido también. Con ese transparente líquido pegajoso creando una acuosa cadena entre la tela y la glabra feminidad de la chica, la prenda se deslizó hasta abajo, con la elasticidad del diáfano lazo cediendo una vez alcanzada la longitud de las rodillas de su dueña. Habiéndose quitado el sostén y quedando únicamente en sus medias negras, la mujer se encontraba completamente desnuda y vulnerable. Con una discreta caricia, le ordené que se mantuviera en su lugar y abriera sus piernas para facilitarme el acceso y permitir a la gravedad inundarme con todo lo que esa abertura tenía reservada para mis papilas gustativas.
Lenta y suavemente me acerqué a su palpitante tesoro, brillante y humedecido por la excitación. Coloqué mis manos en sus torneados muslos e inhalé profundamente su gloria, inundando mis pulmones con esa lasciva fragancia que nublaba mi mente y encendía mi cuerpo como un volcán en erupción. Amaba cómo ese rosado de su delicado interior contrastaba con su añil epidermis; una almeja de piel cuyo interior albergaba una divina perla. Podía percibir su calor intenso, vivo, apasionado; esperando por mí detrás de esas finas paredes azules. Soplé tenuemente, provocándole emitir un pecaminoso e incitante gemido de deseo a mi arrebolada dullahan. Sacando mi roja lengua, me preparé para satisfacer a su órgano reproductor con mi ávido órgano bucal.
Pero no lo hice.
Torturadoramente, recreé una simulación de cunnilingus en el aire, sin hacer contacto con la entrepierna de la irlandesa. Aquello le hizo extrañarse y enojarse por mi pequeño engaño. Pero aquella pequeña falsedad sólo era parte de mi parsimonioso juego de tentación; ella respondió con sutiles señas que me dejara de vacilaciones y hundiera mi boca en su feminidad. Y eso era precisamente lo que yo buscaba. Ignorando su leve súplica, la primera parte de su cuerpo en recibir la mojada textura de mis papilas gustativas fueron sus perfectas piernas, específicamente sus muslos, muy cerca de su ingle. Degusté esa piel de azulado durazno que ella poseía, sudada por la faena. Ligeramente dulce, sutilmente salada, completamente deliciosa; esa era mi Lala.
La lengua prosiguió recorriendo su cuerpo, tentadoramente cerca a su caliente vulva, pero sin posarla en ésta. Su estómago fue mi víctima preferida, temblando ante el contacto de mi habilidosa y salivosa herramienta de carne bucal. Besé, succioné, relamí; ese hermoso campo de batalla carnoso estaba bajo mi control absoluto y lo devoré a mi gusto. Mi demora en proveerle sexo oral la desesperaba a cada segundo; pude observar cómo ella, discretamente, acercaba sus labios a mi rostro, invitándome. Yo seguía evitándola; disfrutaba el verla impacientarse. Generalmente, la segadora era quien tomaba las riendas en la cama, subyugándome bajo sus deseos innatos de superioridad Abismal. Pero ahora, que los papeles se invertían, me hallaba embriagada de las mieles del sometimiento, del éxtasis del dominio, de la sapidez del avasallamiento.
La ambrosía del poder.
Soy una arachne cazadora, una depredadora por excelencia; la supremacía está en mi sangre, mi naturaleza. Es el implícito apotegma axiomático de mi familia, mi nación, mi especie. Podría fácilmente separar su cabeza y dejar que su cuerpo, más instintivo y honesto, se arrebatara sobre mí y me rogara afanosamente por complacerlo; pero sería una victoria fácil. No, necesitaba que la dullahan se sometiera completamente estando en sus capacidades plenas; otro tipo de triunfo carecería de la apoteósica satisfacción de subyugar a un ser tan poderoso como la mensajera de la Muerte misma por mis propios medios. Quería gozarlo, disfrutar de un último bocado de autoridad antes de ser la víctima de mis superiores.
Y ella lo adoraba.
La irlandesa, a pesar de su evidente disconformidad por mi ausente actuar, igualmente se encontraba embelesada con nuestro pervertido pasatiempo. Sus eróticos gemidos y la forma en que su boca dejaba escapar gotas de saliva eran evidencia irrefutable de su extasiado estado. Amaba eso; me encantaba ver ese lado tan íntimo y vulnerable de la orgullosa hija del Éire. Era exclusiva para mí, únicamente yo podía regocijarme en contar con el deífico privilegio de contemplarla totalmente desinhibida y sin frenos. Oírla exclamar mi nombre, rogar por mis caricias, mi cuerpo, mi amor; así como yo la necesitaba a ella, era la victoria manifestada a través de un sensual despliegue de ardiente romance sáfico.
Empero, no podía prolongar más nuestra diversión. El tiempo restante era rígidamente el suficiente para asearme los dientes, lavar mi cara y regresar a la sala. Yo quería continuar, mi amada también, pero Crono seguía sin deshacerse de su estricto control de las manecillas de la vida. Resignándome a cesar el juego, me detuve y, con ternura, besé el centro de su feminidad, obteniendo un quejido de placer por parte de mi novia y que mis instintos primitivos casi reaparecieran al probar ese sabor tan gozoso impregnarse en mis labios y lengua. Cierto, había perdido mi oportunidad de practicar las artes orales y la Abismal estaría molesta por ello, pero al mismo tiempo, me había asegurado que sus deseos de completar la faena fueran más intensos conforme pasaran los días sin mi presencia.
Todo de acuerdo al plan.
– "Lo lamento, linda, pero me temo que es hora de regresar." – Dije, incorporándome y acariciando su barbilla. – "Proseguiremos esta candente sesión a mi retorno, ¿de acuerdo?"
– "Aria…" – Jadeó la segadora, con mueca disgustada. – "No te… atrevas a dejarme… en este estado…"
– "Perdona, amor, pero de dar rienda suelta a mis deseos, terminaríamos llamando la atención."
– "Descendiente de Arachne…" – Entrecerró sus ojos y mostró su trémulo puño. – "Eres una pérfida, desleal, alevosa, traicionera…"
– "Te amo, Lala."
Afásica por mi oportuna, pero absolutamente sincera declaración, la irlandesa se paralizó en su lugar, con las palabras en la boca. Pasados varios segundos, ella me abrazó con ternura y hundió su rostro en mi pecho. Correspondiendo el gesto, la dejé reposar sobre mí. Habíamos regresado al punto de partida, con nuestras respiraciones y latidos creando una armoniosa sinfonía entre el mutismo ambiental. Acaricié su cabello, su espalda, su cuerpo, besé su frente, sus labios y la ayudé a vestirse nuevamente. Todavía se mantenía inconforme (e insatisfecha) por el abrupto paro de actividades íntimas, pero sabía que no podíamos seguir demorándonos y, como mencionó con anterioridad, el riesgo de ser descubiertas sería mayor si optáramos por continuar. Ya arregladas y disimulando nuestro excitado estado tras una hábil máscara de circunspección, tomé la caja en mis manos y regresamos con el resto.
Al entrar a la sala, nos encontramos con una escena que nos recordó con nosotras dos no éramos las únicas arrobadas en las mieles del amor. Miia, quizás en un despliegue tanto de afecto puro para su contraparte como soberbia ante su consanguínea, se hallaba en medio de compartir un profundo ósculo con nuestro casero. Enfrascados en una unión bocal tan íntima, el rostro de ambos denotaba que estaban más que felices de mostrarse tan cercanos frente a todos. Quizás la ley aún prohibiera estrictamente tales acciones, pero con el permiso de Smith y la privacidad de la propiedad privada, no había porque preocuparse por las injustas restricciones del Acta.
En el pasado, tal escenario tan descarado hubiera sido el detonante instantáneo de un conflicto de escala global entre el resto de las pretendientes del dueño de la residencia y posiblemente que una unidad de policías armados terminaran esposando a todo el mundo; pero en esta ocasión, sólo provocó unas cuantas bocas torcidas y giros de globos oculares entre las chicas, con excepción de las pequeñas, que se encontraban ausentes y que no les hubiera importado. Miré a Lala y también a Cetania, sentada en un sillón y con un vaso en sus manos protéticas. Sonreímos; en verdad que esa fiesta marcó un antes y después definitivo en la morada; uno afortunadamente positivo.
– "Love is in the air, ¿right, Süsse?" – Le pregunté a la americana, jugando con su cabello castaño.
– "Y las feromonas también." – Replicó la falconiforme, riendo y acariciando mi mano. – "Ustedes también estuvieron dándose unos buenos achuchones ahí adentro, no necesitan ocultarlo."
– "El amor que tengo por Aria no es secreto ni se pretende camuflarlo, vástago de Taumas." – Respondió la peliblanca. – "Y si bien no puedo evitar que captes las evidencias aromáticas que dejamos como consecuencia, sería preferible que tuvieras la decencia de mantener hierático hermetismo respecto a nuestros encuentros privados."
– "No sé si deberías morderte la lengua por recurrir a esa germanía tan pretenciosa o por contradecirte con tan paradójicas declaraciones, enana." – La arpía le sacó la suya. – "¿Y puedes culparme? Están tan impregnadas de la fragancia en su sudor que podría distinguirlas incluso si tuviera catarro. ¿En verdad se encienden tanto en sus arrumacos? Porque huelen casi como si… Esperen, ¿acaso ustede-?"
La halcón no tuvo tiempo de finalizar su cuestión, pues mis atrevidos labios se encontraron con los suyos, denegando toda protesta que pudiera conjeturar a través del pecaminoso testimonio odorífero que nos empapaba las entidades corpóreas. La dullahan no estuvo muy de acuerdo con mi proceder, tanto por seguir intimando con su rival frente a sus narices como por el conocimiento de que mi boca había estado en contacto muy reciente con su zona privada y ni siquiera me había cepillado primero. Básicamente, le estaba regalando a la rapaz lo más cercano a una oportunidad de degustar el sabor de la nativa del Éire. Sí, era moralmente y socialmente cuestionable, en demasía, pero la segunda parte de mi plan estaba completa y eso me bastaba. Puedo permitirme ser intensamente egoísta de vez en cuando.
– "Te amo, Cetania."
Dos victorias en una sola noche no es cosa de todos los días, por ende, me regodeé en mi fatua soberbia al ver cómo esas palabras cerraron la discusión que la chica de Montana pudiera haber argüido. Mis palabras sonaban convincentes porque eran reales, y la emplumada lo sabía. Ella miró a la irlandesa y, aunque no podía verla a mis espaldas, el rubor intenso en la cara de la rapaz me aseguró que el afónico intercambio de miradas entre ella y la Abismal le confirmó sus temores. La expresión de la estadounidense pasó de incredulidad a sorpresa total, ahora estando consciente de mis acciones. Intentó manifestar su desaprobación con un furtivo ataque de sus poderosas piernas, pero mis seis ojos, brillando por mi embriaguez de poder, irradiaban una especie de aura hipnotizante en la castaña, sosegando sus ímpetus.
Y entonces, Lala me castigó.
Habiendo tolerado lo suficiente, la peliblanca giró mi cabeza al tiempo que Seely era invocada en sus manos para ser usada como una contundente herramienta de escarmiento a base de la aplicación precisa de magnitudes vectoriales sobre la implícita frontera entre el frontal y el parietal de la caja ósea que resguarda el órgano cefálico primordial del raciocinio. En palabras simples, golpearme en la cabezota con su guadaña. Antes que pudiera siquiera emitir un sonido de protesta, mi estómago se encontró con un miembro inferior recubierto de ocre queratina y terminado en cuatro afiladas garras predadoras, señalando que la americana se había unido a las represalias, inaugurando su participación con una fuerte patada.
– "¡Ay, ay! ¡No sean tan bruscas!" – Exclamé, cubriéndome. – "¡Las quiero, las quiero!"
– "Sabemos que tal declaración es verdadera, descendiente de Arachne…" – Afirmó la irlandesa, alzando su falce.
– "Y nosotras también sentimos un intenso amor por ti, Potato." – Afirmó la halcón, preparando su pierna. – "No podríamos vivir sin ti."
– "Pero la aquiescencia de tu reprobable comportamiento no puede permitirse sin el latente riesgo de continuar corrompiendo tus ideales, heredera de los Jaëgersturm." – Continuó la segadora, dándome un beso en la mejilla. – "Hacemos esto por tu bien."
– "Por eso nos aseguraremos que continúes con vida, flaquita." – Acotó la falconiforme, otorgándome un ósculo en la otra. – "Y esperamos que recapacites."
– "¿Me aprecian lo suficiente como para no recurrir a métodos tan draconianos?" – Imploré. – "¿O al menos prometer que los moretones desaparecerán en menos de veinticuatro horas?"
– "No." – Respondieron al unísono.
El entrenamiento aún no comenzaba y ya estaba sufriendo los estragos de la violencia sobre mi cuerpecito arácnido. Entre las vigorosas espinillas de la arpía de presa y el duro metal de la dalla de la peliblanca, mi epidermis comenzaba a formar su doloroso collage de equimosis subcutáneas. Lo peor, sabía que el resto de la familia no se atrevería a entrometerse en mi auxilio; no sólo porque no eran tan tontos como para arriesgar su integridad física contra una agente entrenada y una Abismal, sino porque me conocían perfectamente y sabía que nuevamente había hecho alguna de mis tonterías. No sería secreto que tan agresivo castigo era más que merecido. Incluso yo estaba consciente de que quizás fui algo lejos con mi estratagema.
Aún así, por dentro sonreía.
Incluso cuando por fuera manifestara afligidos quejidos, mi interior se iluminaba por contemplar nuevamente a las rivales haciendo a un lado sus diferencias para unirse por una meta común, trabajando en equipo armoniosamente. Cada patada de la rapaz me provocaba cubrirme el área afectada, dejando el resto libre para el asalto de la dullahan. Por supuesto, nunca dije que fuera la mejor razón para formar una alianza, pero al final del día, logré salirme con la mía. Habiendo descargado su vesánica venganza sobre mi inerme persona, ambas me dieron un ligero coscorrón que me esforcé en distinguir entre la marea de dolor que me atiborraba el sistema nervioso. O quizás fue un besito de consolación, no estaba segura ya.
Su tregua terminó ahí y las dos retornaron a su silente desprecio mutuo, con la segadora retirándose a asearse y la americana dirigiéndose a la cocina para reponer los líquidos perdidos durante la transpiración. Yo permanecí extendida boca abajo en el piso, inerte como una alfombra. Luego de unos minutos, cuando mis capacidades motrices regresaron bajo mis dominios, fui a la cocina, donde se me fue ofrecido un frío vaso de té por una comprensiblemente reticente estadounidense. Intenté regresar la generosidad con un ósculo rápido, pero sus manos postizas me detuvieron a centímetros de su rostro y apretaron mis labios, negándome el placer de besarla. Un tirón de orejas, regalo de la peliblanca, me alejaron de la cercanía de la boca de la falconiforme, devolviéndome a la sala.
Asentándome junto a la irlandesa, permanecimos en silencio hasta que solicité permiso para asearme y lavar mis dientes, siéndome concedido. Me encaminé al baño y procedí a limpiar mi dentadura y retirarme algunas plumas que quedaron atrapadas en mi ropa durante la agitada lección. Lavé mi cara, ignorando las punzadas de los recién formados hematomas y volví con los demás. La arpía ya estaba allí, sentada tranquilamente, oyendo la plática de los inquilinos pero sin hacer contacto visual con la segadora, o conmigo. No mencioné nada y continué escuchando las conversaciones entre Kimihito y las chicas sobre el próximo trabajo del muchacho, la visita a la universidad de Cerea y el futuro de la empresa del dúo sirena-tejedora. Miia estaba dándose una ducha con su hermana y las niñas ya se encontraban dormidas.
El sonido de un motor captó nuestra atención. Había pocos vehículos circulando por la avenida a aquellas horas de la noche, además de que ese sonido tan grave sólo podía corresponder a las furgonetas usadas por MON. La visitas de Smith y compañía eran frecuentes, así que ya nos habíamos familiarizado con el ruido provocado por la máquina. Miré a Cetania de reojo, ella hizo lo mismo; ambas estábamos nerviosas. El transporte finalmente se detuvo frente a la residencia, con las amarillentas luces de los faros entrando por las ventanas y cegándonos del resplandor, a pesar de que había iluminación interior. Del vehículo, observamos salir un muslo pálido y una rodilla de tono epidérmico más oscuro; tal contraste pertenecía a Zombina. De otro lado, el cuerno y la rubia cabellera delataron a la imponente Tionishia, las dos todavía vistiendo los atuendos que llevaron a la fiesta.
El momento había llegado.
Observé a mi familia anfitriona, Miia y Steno saliendo del baño oportunamente para unirse al grupo. La rapaz se incorporó y se posó a mi lado. Volvimos a intercambiar miradas, esta vez directas. Sonreímos. Imitamos el gesto para con los demás, y ellos emularon la mueca en sus bocas. Entendían perfectamente nuestro sentir y nos ofrecieron sinceros abrazos de buena suerte y deseos de bienaventuranza. Rachnera, mi congénere y 'hermana' mayor, me estrechó con fuerza y se dio un par de golpecitos en la zona de su corazón, recordándome con ese silente ademán mi fortaleza y coraje como orgullosa arachne. Asintiéndole con la cabeza, agradeciéndole, me dirigí a la puerta. La dullahan no soltó mi brazo en todo momento desde que escuchó el vago eco de los neumáticos acercarse en la lejanía.
La castaña y yo, con cajas en mano y junto a la segadora, nos dirigimos a la puerta, recibiendo a las veteranas de Monster Ops. Éstas nos sonrieron, calmándonos un poco. Con un movimiento de cabeza, la teniente pelirroja nos indicó que partiéramos de una vez. Inhalé profundamente y exhalé de la misma manera. Depositando el contenedor de cartón en el suelo, coloqué mis manos sobre los hombros de Lala y la miré directamente. Sus áureas ventanas del alma se hallaban temblorosas y acuosas por la incertidumbre, igual que los míos; era inevitable. Pero, también se encontraban brillantes de esperanza; y eso era suficiente para darme el valor necesario de no rendirme. La abracé, prolongando el momento lo más que pudiéramos sin dejarnos traicionar por las lágrimas.
– "Es hora de despedirnos, Spatzi." – Rompí el silencio, mi corazón no podía quedarse callado por más tiempo. – "Prometo comunicarme contigo cuando pueda. Y, de tener la oportunidad de regresar a tu lado, será mi mayor prioridad el aprovecharla, ¿vale?"
– "Por supuesto, A chuisle. Sé que así lo harás." – Respondió, con su voz casi quebrada. – "Sé fuerte, no te rindas y obtén la victoria, como siempre lo has hecho."
– "Danke, Spatzi." – La mía también se tornaba más sentimental. – "No deseo separarme de tu lado…"
– "Pero el deber te llama…" – Completó. – "Está bien, Aria; ve a cumplir tu trabajo, aquí te esperaré fielmente, como Penélope a Ulises."
– "Ruega porque mi odisea no termine prematuramente y la Escila me devore junto a Caribdis." – Intenté aligerar el taciturno ambiente con algo de humor. – "Descuida, estaré bien."
– "No olvides protegerte de las artimañas de las pérfidas criaturas aladas, cuyas mefistofélicas voces engañan hacia el camino de la perdición."
– "También te aprecio, enana." – Se quejó la arpía, sacándole la lengua. – "Ya te dije que no soy tan mezquina, aunque me estás tentando."
– "Yo hablaba de la representación helénica de las sirenas en la obra de Homero, pero veo alguien se ha visto ofendida sin ser directamente aludida." – La dullahan sonrió maliciosamente. – "¿Quizás reconoces tu verdadera naturaleza, peste alada?"
– "Ash, ya es tarde para tus fruslerías, decapitada." – La americana disintió con la cabeza. – "Ya vámonos, flaca. Dale su beso a esta chaparra canosa y larguémonos, que quiero estrenar residencia."
– "Debo irme, linda, se nos hace tarde." – Estreché a la segadora. – "Cuídate mucho, te lo ruego."
– "Lo mismo te pido, amor. Vuelve incólume y victoriosa." – Sus manos me abrazaron con mayor ahínco. – "Incluso lejos, estaremos juntas en todo momento."
– "Lo sé. Auf Wiedersehen."
– "Slán go fóill."
Nos separarnos para volver a unirnos con un apasionado ósculo. Me di el lujo de prolongar el saborear su boca, incluso cuando el tiempo ya se había dilatado lo suficiente como para que la teniente y la alférez se impacientaran. Nuestros labios volvieron a alejarse, regresando la sonrisa a estos. Así, la solté y realicé mi tradicional golpe en el centro del pecho, respondiendo ella con el clásico acto de sostener la flor de edelweiss que pendía de su collar. Asintiendo, tomé la caja en mis manos y me encaminé a abordar nuestro transporte. Zoe disintió silentemente, cansada de ese cursi despliegue de melosidad, opinión compartida por la falconiforme. Tio, por su parte, lo encontró sumamente enternecedor y lo demostró con una mueca de alegría y uno que otro suspiro. La halcón me siguió y abrimos las puertas de la entrada trasera de la furgoneta.
– "¡Cetania!" – Habló de repente la irlandesa.
La susodicha se detuvo al oír su nombre. Dándose la vuelta, se extrañó al ver a la Abismal acercarse lentamente hacia ella. Sin decir nada, la peliblanca se paró frente a la rapaz, contemplándola directamente a sus ojos. Dorado encontrándose con dorado, los reinos celestes de Urano y los dominios subterráneos de Hades manifestados tangiblemente; una dicotomía simbólica que, más que antagonismo, ahora emanaban un inesperado respeto implícito, solamente con la mirada. No necesito decir que el resto estábamos intrigadas por lo que acontecería.
– "Protégela."
Cuatro sílabas, una palabra, todas las esperanzas del mundo depositadas en ella. La segadora ofreció su mano a la arpía, sin romper contacto visual.
– "Eternamente."
La rapaz contestó de manera similar, con una palabra conformada por un quinteto de divisiones fonológicas e, ingeniosamente, declarando cumplir con lo estipulado recurriendo a la alusión lacónica de la infinitud existencial de la dullahan. Sonreí ante esa verdadera muestra de entendimiento, cooperación y, sobre todo, confianza. Quise regresar y besarlas por tan hermoso despliegue, pero no deseaba arruinar el fastuoso momento. Despidiéndose ambas con una sonrisa y un tácito juramento sellado con un estrechón de manos, la castaña volvió conmigo y cerramos las puertas del transporte. De esa manera, Zombina pisó el acelerador y nos alejamos a velocidad moderada de las conocidas calles que dirigían a mi amada casa y a mi adorada irlandesa.
Observé a la morada desaparecer paulatinamente entre la oscuridad y la iluminación urbana. Sentí un ligero escalofrío al sentirme tan relativamente lejos de mi hogar, aunado a la baja temperatura nocturna y la incertidumbre de lo que acontecería mañana. La consola del sistema de sonido dentro del vehículo producía una azulada luz electrónica que consistía en la única luminiscencia, como una silenciosa metáfora sobre cómo esa dullahan me alumbraba el alma en medio de la oscuridad.
Sintiendo mi cabizbajo estado, la emplumada me rodeó con su cálida ala, calmándome. Devolviéndole el gesto, la miré, indicándole con la vista que estaba contenta tanto por estar conmigo en esta gran aventura como por su pacto con la irlandesa, respondiendo ella con un leve meneó de cabeza y una pequeña risa. La ogresa buscaba una buena estación musical en la radio, con las tonadas fluctuando entre diferentes estilos sinfónicos y la estática, hasta finalmente hallar algo de jazz ligero, amenizando el ambiente. Le sonreímos por el retrovisor, aprobando su selección.
– "Por las puntadas de mi cabeza, granates; si ustedes lloran todo un océano por separarse para los entrenamientos, ya quiero ver el melodrama que armarán cuando tengan su primera misión." – Rió la muerta viviente de repente, viéndonos desde el espejo. – "Debieron ser actrices, para aprovechar tanta lágrima y cursilerías."
– "Así somos, Leutnant. Es nuestro acto preferido en el teatro de la vida." – Respondí. – "Además, no pueden culparnos; somos MOE, ¿recuerdas?"
– "Una cosa es ser moe, otra es ser más empalagosa que miel sobre azúcar." – Arguyó. – "Pero no negaré que es entretenido, por muchas caries que provoquen. Ojalá no chillen como ardillas escaldadas al sentir la primera bala."
– "A mí me parece muy tierno, Bina." – Opinó la gigante rubia. – "El amor es lo más hermoso que existe, y una debe disfrutarlo mientras le quede vida."
– "Vivan las muertas." – Bromeó la pelirroja, alzando su puño. – "En todo caso, confío en que ustedes, tortolitas, mantendrán esos ánimos para mañana. Empezarán temprano y no pararán hasta la noche. ¿Listas para sudar hasta sangrar?"
– "Nacimos listas, Bina." – Respondió Cetania. – "Pero tengo una duda; entrenaremos dieciséis horas seguidas, sin descanso, ¿cierto?"
– "No literalmente." – La heterocromática replicó, deteniéndose ante el inusual tráfico. – "Es decir, obvio que no podemos adiestrarlas por todo ese tiempo sin que reposen o coman, pero eso también significa que la mayor parte del día estarán en constantes ensayos."
– "Básicamente, regresarán a los cuarteles únicamente para ducharse y descansar." – Acotó la ogresa, bajando ligeramente el volumen de la radio. – "Créannos, suena y es realmente agotador, pero así aseguraremos que podrán soportar la carga del trabajo. Nosotras pasamos por lo mismo, y fue por el doble de tiempo."
– "¿Te acuerdas de Mannachi en la primera ducha grupal en las regaderas de las barracas del ejército?" – Le cuestionó la teniente a su compañera. – "Le entró shampoo en el ojo por quedarse mirando la puerta. Ni siquiera se deshizo de la ropa interior."
– "Era comprensible, incluso yo desconfiaba. Tú misma viste cómo todos los soldados la miraban en la base, ¿qué tal si alguno de ellos nos espiaba?"
– "Sabes que no harían eso; y Doppel tenía perfectamente vigilado el lugar, lo suyo sólo era paranoia."
– "Aún así, me alegro de que sólo lo hiciéramos una vez. Me siento más a gusto con la abuelita Yamato."
– "Ah, eso me recuerda." – La muerta viviente volteó a vernos. – "Granates, ¿recuerdan a Kanna, la menor de las nietas nekomatas? Ella será la encargada de la lavandería en los nuevos cuarteles. La gatita se ofreció voluntariamente. Genial, ¿no?"
Sin duda. Le agarré cariño a las Yamato y qué mejor que la más amigable de las gemelas. Sentía que al ser más joven, congeniaría mejor con unas novatas.
– "Excelente." – Sonreí. – "Más admiradoras siempre son bienvenidas."
– "Lo hace por la paga, no por ti, araña." – Dijo la occisa. – "Se cansó de compartir su salario con su hermana, así que esta es su oportunidad de independizarse. También hay algunas cocineras de la vieja cafetería, así que se sentirán como en casa."
– "¿Los cuarteles serán similares a los apartamentos de Tokio?" – Preguntó la castaña.
– "En parte, aunque este sí es un edificio oficial, acondicionado específicamente para la fuerza policiaca. Ya lo verán cuando lleguemos." – Aclaró. – "Y por si todavía se lo preguntan, sí, MON también residirá ahí. Por supuesto, serán estancias esporádicas, no planeo mudarme permanentemente. Diablos, llevo semanas sin visitar mi propia casa. Y ni hablar del fastidio de trasladar todas las pertenencias."
– "Siempre me he preguntado, ¿dónde quedan sus residencias?" – Cuestioné.
– "¿Por qué? ¿Planeas llevarme flores a mi puerta, Potato?" – Rió la pelirroja. – "¿O acaso Roberto te dijo que una serenata con mariachi sería más efectiva para conquistarme?"
– "¿Eh? ¡No, claro que no!" – Me apresuré a esclarecer. – "¡Ni siquiera canto bien las rancheras! ¡Sólo es curiosidad, nada más!"
– "Sí, claro." – Musitó la falconiforme, separándose de mi abrazo. – "Infiel…"
– "¡Oh, vamos, Süsse! ¡No empieces ahora!"
– "A otro pájaro con ese alpiste, araña mentirosa." – Ella se apartó y cruzó de alas, alzando su barbilla indignadamente. – "Seguramente ya tienes tus seis ojos puestos en Mei. ¡No creas que no noté como le veías la cola a esa escamosa!"
– "¡¿Qué?! ¡Tú también lo hiciste!"
– "¡Pero tu mirada era de lascivia! ¡Yo sólo quería comparar su trasero con el mío! ¡Es normal comparar nalgas!"
– "¡No te hagas la inocente, plumífera! Espera, ¡¿por qué estamos discutiendo esto en primer lugar?! ¡Tú sabes que te amo!"
– "¡Explica entonces lo que le soltaste a esa escorpiona nerd! ¡Y todavía tienes el descaro de preguntar la dirección de la casa de Bina! ¡Sinvergüenza!"
– "¡Por el casco de Atenea, no seas tan dramática, mujer!"
– "¡¿No te mordiste la lengua, chillona?!"
– "¡Silencio, ustedes dos, con un demonio!" – Ordenó la teniente, molesta. – "Simijo. ¿Podrían reservarse sus discusiones de pareja para cuando estén solas? ¡Guarden esa energía para mañana, carajo!"
Nos callamos de inmediato. No sólo porque la imagen de Zombina furiosa, con sus dispares ojos brillando tétricamente en la oscuridad, fuera terrorífica, sino porque ella tenía razón; este no era tiempo ni lugar para esta clase de reyertas absurdas. Guardamos silencio, con la halcón aún rehusándose a dirigirme otra mirada que no fuera de disgusto. Como no deseaba que la pajarita me frunciera el seño ni terminar la noche peleadas, me acerqué lentamente a su lado, con ella recorriendo el asiento hasta que terminó sin espacio. Ahí, apliqué la efectiva técnica de acariciar suavemente su cabecita castaña, a pesar de sus intentos de la susodicha por alejarse de mis manos color ocre. Paulatinamente, la estadounidense cedió a los mimos y aceptó reconciliarse con un tierno abrazo, más un beso en sus labios.
La muerta viviente simplemente giró los ojos, suspirando de hastío. Tio también exhaló, pero sus razones eran más románticas que las de su compañera. Cierto, no teníamos remedio; y no queríamos hallar la cura a la fiebre del amor. Afortunadamente para la occisa conductora, no tuvo que soportar más nuestras cursilerías por mucho, ya que raudamente divisamos el lugar que conformaría nuestra nueva estadía. Al contrario de un simple complejo de Tokio, esta era una verdadera estación policiaca. De cuatro plantas y al menos cuatro metros de altura por piso, el blanco edificio era una construcción nada humilde, pero tampoco ostentosa. Soy terrible en aritmética (e ignoro todavía cómo rayos puedo combatir criminales pero no aplacar a las matemáticas), pero calculé al menos unos ciento setenta metros de largo. No tan grande como la estación central tokiota, pero seguía siendo una pequeña bestia, sin duda.
Admito que sentí un hormigueo en mi abdomen arácnido al vislumbrar las ondeantes banderitas que señalaban la finalización de la obra. Los restos de la ceremonia de inauguración todavía seguían presentes, incluyendo el listón amarillo, partido en dos verticalmente por una tijera. El lugar era prácticamente nuevo y nosotras tendríamos el honor de llamarlo nuestro segundo hogar. La furgoneta se detuvo ante la cabina del guardia, donde una chica policía nos permitió el paso usando los controles de alzado de la barrera vehicular al reconocer a las veteranas. Pasando al interior, nos adentramos al estacionamiento subterráneo. Actualmente estaba vacío, aunque las luces evitaban que luciera como escena de película de terror. Deteniendo el motor, la teniente y alférez se bajaron junto a nosotras.
Aunque, si bien el sitio relucía de frescura, tampoco lucía tan flamante como una esperaría, al menos por dentro. Las paredes no poseían color alguno y las flechas y demás señales que indicaban las separaciones para los vehículos habían sido plasmadas crudamente e incluso empezaban a despintarse. La iluminación eran sencillas bombillas, no las esperadas fluorescentes. Tan destemplado estado era la causa de que tomáramos el camino de vuelta al exterior, para entrar por la puerta frontal; la que conectaba el aparcadero con el interior no estaba finalizada aún. Caso contrario era la fachada, cuyo aspecto era muy bien cuidado y digno de una central de la prestigiosa Agencia Nacional de Policía, con el enorme emblema del organismo nipón resplandeciendo con sus áureos tonos a lado de los igualmente dorados kanjis que denominaban la edificación como estación auxiliar de Monster Ops.
Eso sí, el deformado logo de la chibi Smith en los vidrios de la puerta seguía siendo horrible.
– "Bienvenidas, ya era hora que arribaran." – Nos recibió la susodicha, igual de fea que su caricaturesca insignia. – "¿Les gusta su flamante residencia, granates? Espero que sí, fue gracias a ustedes que se autorizaron los fondos para concluirla. Ahora, sé que tienen varias preguntas, como el hecho que gran parte de la construcción aún esté sin finalizar detalles, pero esos pormenores no nos incumben. Síganme, novatas. Diamantes, también."
– "Comprendemos, Chief. Sólo una duda." – Habló la rapaz. – "¿Ésta también fungirá como una estación regular o es exclusivamente nuestra?"
– "Nuestra recompensa, granates. Suficientes kobans ya hay en Asaka, y la central en Tokio ya está demasiado atiborrada." – Contestó la agente, abriendo las puertas. – "No es únicamente por ustedes, sino todo MON. Requerimos un espacio propio. Eventualmente terminaremos mudándonos aquí, pero eso será después, cuando ustedes entreguen resultados y logremos convencer a la ANP de seguir ampliando nuestros exiguos fondos."
– "¿Entonces sí nos cambiaremos, Capi?" – Cuestionó Zoe, con los brazos cruzados detrás de su cabeza. – "Ah, simijo, que fastidio. ¿Al menos serán más grandes que con la abuelita Yamato?"
– "Tendrás espacio suficiente para tus armas, si eso es lo que te preocupa." – Respondió la coordinadora. – "Duchas con agua caliente las veinticuatro horas, cafetería de mejores prestaciones, una máquina de golosinas que no se descompone cuando le insertas rondanas. Incluso la condenada de Vanessa disfrutará de una sala médica más amplia."
Entrando, saludamos a la veladora, otra chica humana, quien nos recibió amablemente. También nos reencontramos con Kanna, lamiendo una paleta de leche. Ésta nos dio también la bienvenida y nos contó que aunque la abuela Sakura se entristeció porque no vería tanto a su nietecita, igualmente se alegró por verla sobresalir en la vida y, según palabras de la anciana, ayudarle a encontrar un buen hombre. Por supuesto, siendo tan joven, la nekomata refutó que esa fuera su intención; simplemente quería probarse a sí misma. Y demostrarle a su hermana mayor que era mejor que ella. Cosas de gatas. Proseguimos admirando el tour por las instalaciones, aún muy escuetas, sólo con pintura blanca y las lámparas como decoración, excepto la esporádica planta ornamental.
– "¿Qué hay del resto, Jefita?" – Interrogó la ogresa, tocando las albugíneas paredes. – "¿También estarán con nosotras?"
– "Me aseguré que traer a los miembros valiosos." – Aclaró la capitana, al frente– "Son parte primordial de la máquina de guerra de Monster Ops, después de todo."
– "¿Incluyendo a esa argentina fastidiosa?" – Preguntó la pelirroja.
– "Sí, incluso esa flojonaza de Wilde." – Respondió la pelinegra. – "¿Dónde hallaremos a otra psicóloga que cobre tan poco?"
– "En cualquier otro lado, especialmente clínicas profesionales." – Acotó la heterocromática. – "Vamos, Capi, a menos que cantar como rana atropellada sea requisito imperativo, hasta una recién salida del colegio médico es más talentosa que Emily."
– "¿Sigues molesta porque te diagnosticó como mentalmente inestable en el último examen, Bina?" – Interrogó Tionishia. – "¿O porque sigue esparciendo rumores de que guardas tus armas en…?"
– "¡Que no!" – Vociferó la zombi. – "¡Y ya dije que mi ropa las oculta! ¡Ni que fuera Potato para clavármelas en la raja!"
– "¡Cierto, Zoe no es-¡Hey!" – Protesté.
– "Suficiente, diamantes, cálmense. Bina, se te está desuniendo el brazo." – Habló Kuroko, sin voltear. – "Continuando, todo el personal es femenino y me aseguraré que así continúe, así que no se sentirán incómodas. Pero no intenten nada con ellas; están en los cuarteles, no un burdel. ¿Escuchaste, cabo Jaëgersturm?"
– "¡¿Qué se traen contra mí?!" – Me quejé. – "¡Ya le dije que no soy así!"
– "Sí, claro…" – Cetania torció la boca.
– "¡Ay, no otra vez!"
– "Bien, ya se están habituando." – Rió la coordinadora, dándose la vuelta. – "En fin; el primer piso está designado a la lavandería, además de diferentes cuartos que con el tiempo se irán poblando de gente conforme crezcamos. La sala médica y el consultorio aún no están en funcionamiento, traten de no lastimarse. Por ahora el personal será mínimo y no permanente como ustedes, así que por mientras, mucho del edificio es aposento de recogedores, escobas y detergentes."
Subiendo las escaleras, nos encontramos con un largo pasillo con más habitaciones y al centro, la cafetería. Ésta se encontraba cerrada, siendo casi media noche, pero como la agente había dicho, se notaba más grande y mejor equipada que las de Tokio; aunque tampoco es que esas fueran malas. Y la máquina de dulces contenía ahora Kiki Punch sabor fresita, uno de mis favoritos.
– "El comedor y sus recámaras, diamantes. Mismos números y posiciones que en los de Tokio, pero con mayor espacio." – Prosiguió explicando Smith. – "La cafetería está abierta desde las 0600 hasta las 2200. Y nada de entrar a hurtadillas para comer huevos recién depositados, a menos que deseen que las cámaras de vigilancia capturen su ovofagia fetichista. Pobre Megumi, casi renuncia al ver que sus amados sartenes fueron profanados…"
La arpía y yo silbamos inocentemente. Ascendimos al tercer piso.
– "Aquí dormirán, granates. Mismos números y posiciones que sus cuartos anteriores." – Explicó Kuroko, secándose el sudor con un pañuelo que le facilitó la ogresa. – "Gracias, Tio. Las duchas son también de dimensiones mayores y funcionan las veinticuatro horas. Hay una regadera móvil especial, con una potencia concentrada para emergencias. No la usen para estimularse, ¿de acuerdo?"
– "Ay, pero se siente tan ri-" – La falconiforme se detuvo al instante. – "Continúe, Chief…"
– "Ehem… Bien, notarán que hay más espacios disponibles y otra sección sin finalizar. Eso, repito, es para planes a futuro. Cabo Cetania, planeo que la mecánica Silica también permanezca con nosotros, para evitarse el viaje diario a su natal Osaka; por ende, he decidido que la estancia a su lado será la designada a su compañera reptil, ¿vale? Bien." – Aclaró la pelinegra. – "Hay un teléfono en cada piso y pueden usarlo para comunicarse con sus familias, pero restrinjan el uso al mínimo, porque las cuentas no se pagan solas. Sus aposentos ya han sido acondicionados a como los hallaron la primera vez en Tokio, así que sólo queda redecorarlos. Sus objetos personales están sellados en sus cajas. Dado que no hay mucha diferencia entre estos y los otros cuarteles, supongo que sabrán arreglárselas por su cuenta. ¿Alguna pregunta?"
– "¿A qué hora vendrán por nosotros para ensayar, Hauptmann?" – Tomé la palabra.
– "Cinco de la mañana. Sugiero que se duchen ahora y duerman todo lo que puedan. Dejen el acomodar sus posesiones para mañana."
– "Chief, desde que entré puedo percibir un vago olor familiar." – Fue el turno de la americana. – "Además, distinguía sonidos extraños debajo de la primera planta."
– "Síganme, chicas." – Sonrió Smith, caminando de nuevo.
La coordinadora oprimió el botón rojo para llamar al elevador. Con dimensiones suficientes para todas nosotras, entramos sin problemas y sentimos ese efecto de gravedad al descender. El ascensor lucía con mejor aspecto que el edificio en sí, con paredes de caoba y relajante musiquita reproduciendo versiones instrumentales de temas conocidos. Incluso olía a lavanda fresca. Notando el contador electrónico de pisos en la parte superior, noté que habíamos bajado hasta la planta debajo del espacio subterráneo. Ahí, podíamos oír el sonido de estallidos y el olor a pólvora era evidente.
El elevador emitió un pitido y, con las argentas puertas separándose, pudimos confirmar que las sospechas de la emplumada eran ciertas: Era la armería. Otra amable chica nos dio la bienvenida detrás de la cabina a prueba de balas y nos permitió acceso. Entrando, nos topamos con Dyne, todavía con las ropas de la fiesta y bebiendo una gaseosa, quien nos saludó silentemente alzando su mano. Sin embargo, quien llamaba la atención era a alguien que no habíamos visto en días, practicando su puntería con una ametralladora MG4.
– "¡Ah, Guten Abend, fräulein Jättelund!" – Saludé a Titania cuando ella se dio la vuelta. – "¿Cómo ha estado?"
– "Potato, Peaches…" – Respondió la gnómida, retirándose los auriculares silenciadores. – "Finalmente llegan, holgazanas. ¿Listas para partirse el culo mañana temprano?"
– "Por supuesto, jefa." – Contestó la estadounidense. – "Nos lo lavamos minuciosamente para la ocasión."
– "Excelente, voy a sodomizárselos tanto que podrán meterse un lanzacohetes sin problemas."
– "Simijo, Titania, no empieces con tus fetiches también." – Se quejó Kuroko. – "En fin, creo que ya están familiarizadas con esta sección, granates, así que no necesitan más explicaciones de mi parte. Se mantiene abierta a toda hora, en caso que necesiten reabastecerse o simplemente liberar el stress con algo de plomo. Siempre presenten su placa al guardia al ingresar y traten de cuidar el equipo, que es escaso. Con esto concluyo oficialmente el tour, ¿más preguntas?"
– "Hauptmann, ¿nuestros familiares pueden visitarnos?" – Cuestioné.
– "Por supuesto, cabo; es una estación policiaca, no la cárcel. Sin embargo, los horarios de visita son desde las 0600 hasta las 2200, igual que la cafetería." – Explicó. – "Querías invitar a tu dullahan a pasar la noche contigo, ¿cierto?"
– "Uhm, bueno…"
– "Lo siento, granate, pero ya dije que esta es una institución seria, no una casa de citas de la post-guerra. Deberás esperar a regresar a tu hogar huésped para tales asuntos." – Aseveró. – "Las visitas conyugales están permitidas, pero no agoten mi paciencia."
– "Chief, ¿cuándo nos permitirán volver a casa?" – La castaña interrogó.
– "Cuando lo creamos sensato, cabo. Su adiestramiento será intensivo y difícilmente pasarán tiempo aquí. Puede que no conozcan la comida de la cafetería por semanas. ¿Otra cuestión?"
Recordé algo respecto a las cartas que enviaba a la irlandesa, lo de las arpías paloma.
– "Uhm, Lala me contó acerca de la membresía del sistema de mensajería de la agencia." – Injerí. – "Deseo incluirla en el registro."
– "Ah, claro, las Colombes Guerrières." – Confirmó Smith. – "Por supuesto, puedo agregarla, ya tengo sus datos de todas maneras. Peaches, ¿deseas incluir también a tu casera?"
– "Afirmativo, Chief." – Replicó la halcón. – "Si no es molestia, igualmente quisiera agregar a Mio."
– "De acuerdo. ¿Algo más?"
– "¿Tendremos días libres?" – Pregunté. – "Para visitar a la familia, y eso."
– "Sí, pero serán escasos mientras entrenen. Una vez finalizados los tres meses, tendrán más libertad, pero siempre deben estar listas por si son llamadas al deber."
– "Comprendido, Hauptmman. No tengo más cuestiones, danke schön."
– "Lo mismo, Chief." – Aseguró la arpía. – "Además, cualquier duda más podremos consultarla con la entrenadora o las chicas, ¿cierto?"
– "Claro, para eso están." – La capitana revisó su reloj. – "Bien, mañana nos espera un largo día a todas. Jättelund, ¿te las dejo o me las llevo de vuelta?"
– "No, nos largamos juntas." – Respondió la mexicana, guardando el arma. – "Estás niñas ya saben el protocolo y, a menos que sean tan estúpidas como feas, dudo que necesiten más explicaciones. Vámonos, tengo sueño."
– "Bien, entonces nos retiramos. Granates, tomen un baño ahora y duerman bien. A las 0500; no lo olviden, o Jättelund deberá recordárselo a balazos." – Indicó la coordinadora. Sabíamos que no mentía.
– "¿Dormirá aquí, Jerarca?" – Cuestionó Nikos.
– "No, sargento. Yo y los diamantes vamos a los de Tokio. Aún debemos llevarle su pastel al superintendente." – Esclareció. – "Por cierto, buena fiesta, Peaches. Sabía que hice bien al dejarte con Honda."
– "You're welcome, Chief." – Sonrió la aludida. – "¿Le dará trato preferencial a Yuuko? ¿Ayuda de fondos extra del Programa? ¿Un auto nuevo?"
– "Le perdonaré lo de la cucaracha." – Respondió, entrando al ascensor.
– "Lo cual le fue facilitada por Manako."
– "¿Culpas a una de mis veteranas, granate?"
– "¿Eh? ¡No, claro que no! No dije nada."
– "Bien, sería una lástima que tu inocente casera no pudiera conseguir una licencia de matrimonio del mismo sexo en esta prefectura en caso de querer contraer nupcias." – Conminó. Toda una mafiosa. – "Espero que al menos lo que Doppel y yo le obsequiamos haya sido de su agrado."
– "Créalo, Chief, yo soy la que le agradece al haberme traído aquí. Así no tendré que ponerme tapones en los oídos." – Rió la rapaz. – "Aunque la curiosidad me mata; ¿qué fue exactamente lo que le regalaron?"
– "Secreto de estado. Pero es algo que tú y Potato adorarían usar."
– "Oh… entiendo."
Hubo una pequeña pausa mientras ascendíamos. Entonces, rompí el silencio.
– "¿De qué color?" – Interrogué.
– "¡Aria!" – Me llamó la atención la castaña.
– "Morado. Brilla en la oscuridad." – Replicó Kuroko.
– "¡Chief!"
– "¿Con arnés ajustable?" – Volví a preguntar.
– "Cuatro correas. Desde gnomos hasta ogros."
– "Santo cielo…" – Exclamó una sonrojada Tionishia.
– "¿Velocidades?" – Insistí.
– "Cinco. Funciona con baterías doble A, de las del gatito. Llega hasta las seis, pero no es recomendable, según el fabricante."
– "Debería ser ilegal." – Rió Zombina.
– "¿Extras?" – Proseguí.
– "Puede arrojar líquidos para mayor autenticidad." – Reveló Smith. – "Y sabe a fresita."
– "Las pendejadas que inventan hoy en día…" – Musitó Titania, disintiendo con la cabeza.
– "¿Puede conseguirme uno igual?"– Cuestioné. – "¿O dos?"
– "Maldita degenerada…" – Masculló la griega.
– "Cuando subas de rango, cabo." – Afirmó la agente.
– "¿Sabe, Chief? Esta conversación es algo que esperaría escuchar de la doctora Redguard." – Opinó la halcón.
– "¿Y a quién crees que se lo decomisé?" – Respondió la agente al tiempo que las puertas del ascensor se abrían en el primer piso. – "Pero suficiente de esta interesante charla sobre el placer femenino, granates; las dejamos con su entrenadora. Todas estaremos hasta las narices de ocupadas, así que es posible que no nos veamos en varios días. Aún así, saben que tienen nuestro apoyo."
Ella se dio a vuelta y nos miró detenidamente a los ojos, con circunspecta expresión.
– "Hablo en serio, chicas. Ustedes lograron desafiar nuestras expectativas y lograr lo que parecía imposible. Se han esforzado por llegar hasta aquí y merecen algo más que un simple deseo de bienaventuranza, pero debemos partir cuanto antes." – Aseguró la coordinadora. – "Yo, MON, la agencia entera; todos estamos orgullosos de las tres. No se rindan, sigan siempre hacia adelante como lo han hecho magníficamente hasta ahora. El futuro de esta organización brilla en ustedes, no desperdicien la oportunidad. Y luchen por lo que creen, por los que aman, y por lo que desean; denlo todo, y vencerán."
Kuroko sonrió, extendiendo su mano horizontalmente.
– "Honorem et Gloriam." – Dijo. MON y Titania se unieron al gesto.
– "Nullus heros quemquam occidit." – Respondimos.
Colocando las nuestras sobre las suyas y haciendo un saludo militar con las extremidades libres, nos despedimos. Suspiramos casi al unísono al ver a las veteranas dirigirse al estacionamiento, despareciendo entre las sombras, resurgiendo ocasionalmente bajo las luces de los focos. Con un ademán, la mexicana nos ordenó encaminarnos a las duchas y obedecimos. Nos habíamos divertido lo suficiente y había que recargar baterías en las pocas horas que restaban. Subimos hasta el tercer piso y entramos a nuestras habitaciones para hacernos con vestuario para descansar, entonces, nos encontramos en las regaderas.
Los casilleros eran prácticamente los mismos de Tokio, con todo y clave idéntica. Los abrimos y nos encontramos nuevamente con nuestros uniformes de batalla, perfectamente lavados y relucientes. Depositando los atavíos limpios en el contenedor y los usados en la canasta de ropa sucia, giramos la perilla de las regaderas y un chorro de agua a temperatura ambiente nos impregnó la piel. Luego de sudar tanto, nuestra epidermis agradecía el suave abrazo del transparente líquido. Charlamos sobre trivialidades, aunque el tema de moda era lo que acontecería en los ensayos.
Mientras enjabonaba mi cuerpo y la emplumada remembraba el incidente del apagón y congratulaba nuevamente a la helénica por su talento musical, elevándole las ínfulas a la susodicha, yo admiraba el enorme espacio libre con el cual contaba la zona de aseo. Había ocho duchas, suficientes para que el equipo entero pudiera lavarse al mismo tiempo, más la regadera de emergencia, con un enorme letrero amarillo indicando su función reservada. Pensé sobre si algún día MON y MOE compartirían un refrescante baño, hablando y celebrando la última misión exitosa. Esperaba que sí, yo deseaba experimentar ese enorme compañerismo y camaradería entre todas.
– "¿Están listas para lo que viene, chicas?" – Nos preguntó la mediterránea mientras nos vestíamos. – "Estoy segura que la severidad no será reducida sólo porque ya no tendremos la presión de graduarnos en una sola semana."
– "No lo joderemos, si es lo que te preocupa, Pepper." – Contestó la falconiforme. – "Somos profesionales, ¿recuerdas?"
– "Somos meras niñas con armas, Peaches." – Retrucó la pelinegra. – "Sin experiencia, no podemos llamarnos siquiera agentes efectivas hasta haber completado una misión real. Y aún así, seguiríamos siendo novatas."
– "Cierto, somos inexpertas, pero sobrevivimos a lo peor que Smith fraguó en menos de siete días, grillo; danos un poco más de crédito, ¿quieres?" – Intervine. – "Por el casco de Ares, Cetania y yo neutralizamos un auténtico atentado terrorista y vivimos para contarlo; no nos menosprecies tan fácilmente."
– "Lo sé, que estemos aquí, en este lugar, es prueba suficiente de nuestra capacidad, pero aún así no debemos relajarnos. Es ahora cuando hay que esforzarse, que tomarse en serio lo que hacemos; porque nuestras acciones son las que nos definen, y no quiero arruinarlo." – Aseveró. – "Escuchen, no voy a darles un sermón a esta hora, únicamente deseo saber si están tan convencidas como yo de que esta oportunidad que se nos ofrece es única en la vida y que debemos demostrar de lo que realmente estamos hechas. Díganme, ¿seremos las mejores? ¿Llegaremos las tres hasta el final? ¿Y continuaremos en la cima?"
– "Dyne, por mi honor, te juro que nuestra convicción es tan grande como la tuya." – Afirmé. – "Tenemos la misma sed de triunfo que tú, Nikos. Y vamos a luchar por saciarla."
– "Fieles hasta el final, Pepper." – Se unió la arpía. – "Sin retroceder, sin rendirse, sin fallar."
– "Bien. Eso es lo que quiero oír." – Sonrió. – "Ahora, a la cama, niñas. El infierno está próximo."
– "¿No vas a darnos besito de buenas noches?" – Bromeé, mostrando mi mejilla. – "Uno en el cachetito. A menos que quieras otro en la boc-¡Blagh!"
– "¿Con eso te basta, Potato?" – Preguntó sarcásticamente después de darme un tremendo puñetazo en el estómago. – "¿O deseas dormir aquí?"
– "Ugh…"
– "Lo imaginé. Que descanses, olorosa." – Se despidió mordazmente. Miró a la rapaz. – "Peaches, gracias nuevamente por invitarme a la fiesta, me divertí."
– "Cuando quieras, verdecita. Sabes que te queremos." – La aludida sonrió. – "Good night, Pepper. Sleep well."
– "Kaliníhta."
Dándome una última patada mientras yo languidecía como garrapata rociada por insecticida en el suelo, la nativa de Lesbos salió de ahí para meterse a su habitación. Arrastrándome de mi pierna delantera, la castaña me sacó del baño y me dejó frente a la puerta de mi recámara, deseándome buenas noches con un ósculo en la mejilla. Eso fue suficiente para sacarme de mi letárgico estado y regresarle el beso, aunque el dolor del impacto de la empusa me dejó sin energías para hacer otra cosa que no fuera dejarme caer sobre el colchón una vez dentro de mis aposentos. No tenía ni ganas de corroborar si Mugi descansaba en mi casillero o si la mantis podría oír mis ronquidos a través de las paredes; sólo quería cerrar mis seis ojos y visitar los dominios de Morfeo.
Eso sí, usé mis últimos restos de fuerza para lograr sacar la fotografía de mi diosa del Inframundo y acomodarla en la mesita de noche que la abuelita Yamato me obsequiara en esa ocasión, que fue incluida en los muebles que decoraban mi anterior cuarto. Besando el deífico rostro alegre de la peliblanca, empapando el cristal con mi saliva, puse mi cabeza encima de la almohada y me rendí al sueño en cuestión de segundos. Mañana sería el primer día de mi recorrido de noventa y un días por el Tártaro; pero se necesita algo más que una segunda Titanomaquia para acabar con esta araña de guerra.
Arachne mía, ten piedad.
[…]
– "¡Ya les cayó la voladora, pendejas! ¡Dejen de andar de huevonas y muevan esas nalgas aguadas!"
¡Demonios, Arachne, te dije que fueras indulgente!
– "¡De prisa, machorra, o te meto la ametralladora por la raja!" – Vituperaba la gnómida, cargando una M249. – "¡Y sé que eso te gustaría, maldita tortillera! ¡Rápido, a las duchas, apestosa!"
– "¡Ya voy, ya voy!" – Me apresuré a levantarme. – "¡Sólo no dispare, que las sábanas son nuevas!"
– "Sólo porque son las cuatro y media les daré quince minutos para que se laven bien la verija." – Aseveró la latina. – "Dale, Potato. Y enjuágate la boca, ¿sí?, que ese tufo que te cargas mata a las moscas en lugar de atraerlas."
¡Condenada trepamuros! ¡Ojalá la hubieran usado de ladrillo para construir ese famoso muro! ¡Cómo quisiera que la deportaran! Empero, mis deseos de enviarla a algún campo de trabajo forzado en Corea del Norte deberían quedarse en simples fantasías, al menos por ese día, pues raudamente me dirigí al baño personal e inicié mi aseo bucal. Por fortuna, había pasta y un cepillo nuevos esperándome; aunque el dentífrico únicamente enmascaraba la halitosis si se usaba más de medio tubo. Ya con mi afilada dentadura presentable, moví mis ochos patas con celeridad para evitar que esa psicópata de pelo rosado me fulminara el abdomen con proyectiles de 5.56 milímetros.
Las tres nos encontramos saliendo al mismo tiempo, con la americana todavía limpiándose las lagañas y badallando. Nos desvestimos y nos saltamos la charla matutina para enjabonarnos lo antes posible. Cepillé vehementemente mi exoesqueleto hasta dejarlo tan reluciente como si hubiera sido mudado recientemente y enjuagué mi cabello con ese shampoo de olor neutro; quería asegurarme de que permanecería presentable después de ser indudablemente vapuleada las siguientes dieciséis horas. Nos ataviamos prontamente con los uniformes, experimentando una sensación de confort al volver a vestir tales prendas, que fueran nuestras compañeras en esos siete días de masoquismo intenso. La tela azulada y el bruno kevlar nos daban la bienvenida a la contienda, como buenos amigos de batalla.
Mi reloj de pulsera continuaba agregando dígitos a la cuenta del tiempo, demostrando que pudimos ahorrarnos seis minutos de los quince permitidos al concentrarnos en asearnos, sin distraernos hablando. Ya vestidas y dándonos unos pequeños arreglos superficiales, entré sin dilación a mi dormitorio y de la caja con mis pertenencias saqué un martillo y un clavo que traje de casa para colgar la fotografía de mi amada dullahan. Eligiendo un buen espacio donde la tierna mirada de la irlandesa pudiera vigilarme sin problemas, inserté el clavo en la pared y, ya listo, coloqué simétricamente el marco que contenía la imagen de mi chica. Besando el vidrio y ejecutando mi golpe al pecho, juré dar lo mejor de mí.
Tomé a mis fieles pistolas y las coloqué en sus fundas, así como mi placa. No había necesidad de mostrar mi identificación en la base de la JGSDF, pero no perdía nada con presentarme formalmente. Retirándome de la habitación, mis amigas poseían el mismo brillo determinado en sus globos oculares, así como sus placas en sus cinturones; sin duda que pensamos igual. Sonreímos y afirmamos al unísono con la cabeza. No hubo necesidad de discursos de aliento ni charlas para reafirmar nuestro compromiso, eso ya estaba dado por hecho. Jättelund chasqueó sus dedos y nos avisó que nuestras armas principales nos esperaban en el Campo Asaka, así iríamos directamente ahí.
Era hora.
No desayunamos, la cafetería se encontraba todavía cerrada; incluso el astro rey se hallaba descansando, así que recorrimos los tres escalones iluminadas por el albugíneo resplandor de la iluminación artificial, bañando los pasillos de dicromáticos tonos por las sombras producidas. El ambiente era frío y nuestras escasas horas de sueño nos otorgaron una jaqueca y un humor algo decaído, contrarrestado por la ansiedad de lo que nos esperaba. Despidiéndonos de la guardia en la recepción, partimos rumbo al campo de adiestramiento en una Nissan Caravan de la policía, muy similar a la que solía conducir Mei. Supusimos que era nuestra unidad temporal mientras los vehículos que nos prometió el profesor Sarver arribaban.
Asumiendo el papel de conductora, con la mantis como su copiloto, Titania insertó la llave y encendió el motor. Recorrimos en silencio los caminos de la prefectura de Saitama, las luminarias urbanas aún encendidas y el sol apenas asomando sus primeros rayos sobre la zona geográfica. Las calles nos condujeron cerca del lugar donde mi segadora laboraba, pero una pared de edificios y comercios me impedía observarla. Ella aún debía estar reposando tranquilamente, exhalando esa cálida respiración tan silente que suelo sentir cerca de mi pecho al dormir abrazadas; una imagen que nunca fallaba en poner una mueca de felicidad en mi circunspecto rostro. Enviando un beso imaginario en la dirección del restaurante Aizawa, proseguimos el trayecto.
La añil luz electrónica de mi cronógrafo indicaba que alcanzamos nuestro destino a las 0516 horas, traslado bastante rápido gracias al poco tráfico. Bajamos del vehículo y después de saludar a los militares que supervisarían los ensayos, prontamente nos encontramos frente al conocido edificio de cinco pisos, el cual volvería a ser nuestro club de dilacerantes juegos. Miré de soslayo a la entrenadora, esperando que esa mirada enigmática que ocurría al remembrar las memorias que esa construcción de madera y concreto le despertaban volviera a manifestarse, pero aquello no sucedió en esa ocasión. En su lugar, hubo indiferencia que no abandonó su impasible expresión pétrea. No quise preguntarle sobre lo que había hecho en los días que estuvimos ausentes, la charla que mantuvimos en el balcón de ese bar fue suficiente para dejar de cuestionarme los motivos de la mexicana.
– "Practicaremos fuego y maniobras, granates; lo usual." – Aclaró la latina, abriendo los compartimientos que resguardaban nuestras armas. – "Les dispararán, llorarán por su madre, regresarán el ataque y, espero por su propio bien, no me avergüencen en demasía. Tomen sus juguetes y asegúrense que la munición sea no letal. Los papeles de siempre: Potato, lleva las recargas y no te tropieces con la cinta de la ametralladora. Pepper, si vuelvo a ver que te abstienes de seguir la disciplina con el gatillo, juro que te lo arranco para metértelo en el trasero, ¿entendido?, bien."
Obedeciendo, colocamos los cartuchos con proyectiles de goma en las pistolas y demás artilugios. Tomé una cinta de eslabón desintegrable para Mugi de doscientas cincuenta balas, cerré la tapa del cajón de mecanismos y jalé la palanca de montar. Adoraba ese sonido que hacía al insertar el proyectil al alimentador.
– "Oh, y Peaches, para ti tengo algo diferente. Durante las pruebas, me fue evidente que una pistola no te sería suficiente para apoyar propiamente a tu equipo." – Mencionó la híbrida de gigantes, arrastrando otro compartimiento. – "Necesitan más potencia de fuego y aprovechar tu naturaleza voladora para aplacar las amenazas de manera contundente, sin mencionar que aún necesitamos una fusilera que ofrezca mayor precisión que una ametralladora o un subfusil a largas distancias. Así que, haciendo uso de mi mejor juicio y experiencia, deduje que esto sería adecuado para una hábil cazadora aérea como tú."
Quitando los seguros a otro contenedor y abriéndolo, la mujer de rosados cabellos exhibió un instrumento de batalla que cualquiera, hasta el menos versado en artilugios bélicos, podría identificar al instante. Usada por infinidad de ejércitos de las naciones de la OTAN y aparecido en un sinfín de películas, juegos y demás formas de entretenimiento, la carabina M4A1 era una de las más famosas y longevas estirpes de armas que la veterana M16 diera nacimiento en los años sesenta. Con un patrón de color negro absoluto, lucía como el indiscutible ícono americano que sentaba perfectamente a la nativa de Montana.
Este modelo en particular incluía el kit SOPMOD Block I, diseñado para operaciones especiales y que permitía al usuario personalizar los accesorios según se acomoden al tipo de misión a desempeñar. Claro que, con el presupuesto algo apretado de MON, los complementos se reducían a una mira réflex Trijicon RX0M4A1, otra mira auxiliar trasera, un guardamano RIS para fácil inserción de accesorios, una linterna anexa al cañón y un lanzagranadas M203 de nueve milímetros. Con un cañón de catorce y medio milímetros de largo y un calibre de 5.56x45; era lo suficientemente compacta y ligera para no estorbar a la arpía en sus maniobras aéreas, a mi parecer.
– "Ya que no contamos con francotiradora, esta es la mejor opción para completar el nicho intermedio entre tus compañeras." – Continuó Titania. – "Tu dominio actual con tu VP40 ayudará a familiarizarte rápido con una carabina, así que espero buenos resultados, ¿entendido, Peaches?"
– "Sí, Señora." – Afirmó la castaña, inspeccionando su nueva arma. – "¿Segura que podré volar libremente cargándola?"
– "Tu velocidad fue destacable durante las pruebas con la artillería antiaérea, la diferencia que haría ese peso extra será imperceptible." – Acotó. – "Ahora, iremos al campo de tiro. Pepper, Potato, ustedes se quedarán aquí y ensayarán la maniobra de despeje habitual con los chicos del regimiento. Traten de no manchar tanto su uniforme, ¿vale? Regresaré en una hora, y para cuando vuelva, quiero ver que demuestren que su graduación express no fue un error."
– "¡Sí, Señora!" – La griega y yo respondimos al unísono, saludando marcialmente.
– "Bien, finalmente suenan como si empezaran a tener los ovarios bien puestos. No me decepcionen." – Comenzó a alejarse. – "¿Sargento? Le agradezco la ayuda. Todas suyas; que sufran."
Terminando de decir aquello, uno de los militares, ostentando rango OR-6 (sargento primero), se acercó y nos informó que sería nuestro instructor en ausencia de la mexicana. Asintiendo con la cabeza y suspirando, la mantis y yo nos preparamos para iniciar la (francamente monótona) tarea de despejar el edificio en su totalidad. Tres meses enteros de ser impactadas por pintura, dieciséis horas al día realizando faenas repetitivas como esta. Sí, una lata, pero nunca aburrida; al menos, no todavía. Ciertamente, a pesar del aspecto rutinario de las prácticas, la constante incertidumbre por el siguiente movimiento del contrincante y el placer de jalar del gatillo hacían disfrutable el trabajo y compensaban el sufrimiento de terminar con el cuerpo flagelado por proyectiles polícromos.
Debo admitir que la familiaridad con la zona de batalla se vio alterada al descubrir que los cuartos y secciones que tanto nos memorizamos ahora habían sido configurados de manera diferente. Parecería un cambio irrelevante, pero tanto humanos como liminales somos animales de costumbres, así que cada vez que girábamos en donde antes había una puerta, ahora nos topábamos con una pared y la barda que solía cubrirnos se había transformado en una inesperada ventana que permitía al adversario sorprendernos con una ráfaga de balas multicolor. Aún así, tales instancias fueron mínimas gracias a la coordinación que la mediterránea y yo habíamos mejorado con anterioridad; nuestra comunicación constante y concentración probaron ser la mejor arma ante la sorpresa.
Cierto, yo continuaba llamándole la atención cuando dejaba el dedo en el gatillo y ella me replicaba soezmente, cosa que yo le regresaba y el enemigo aprovechaba para saludarnos con un par de disparos en el trasero; pero había que reconocer que ya no éramos esos tomatitos verdes de los primeros días. Mi Maschinengewehr 3 se manejaba mejor que la Ameli y mi puntería, aunque lejos de ser comparable con alguna de las veteranas de MON, era superior a la que desarrollé por años en Weidmann. Eso no significa que menosprecie el adiestramiento de mi patria, simplemente enfatizo la efectividad de un entrenamiento tan riguroso como al que Smith y Jättelund nos sometían. Digo, en Sparassus no me trataban tan mal a pesar de ser un estado fascista, por irónico que suene.
Cetania regresó después de sesenta minutos, como indicó la gnómida; y por alguna razón, también vapuleada y cubierta por balas de pintura. No preguntamos, no hacía falta cuando esa enana de pelo rosado se hallaba cerca. Uniéndosenos en el siguiente ensayo, la pajarita nos dejó nuevamente en claro que Titania era una demente, molesta, engreída y posiblemente antigua asesina serial con graves problemas mentales patológicos, pero que sabía cómo volver a una neófita en una efectiva tiradora en un reducido intervalo de tiempo. Igual que yo, no le llegaba a los talones de Zoe ni mucho menos a los de Manako, pero su precisión no estaba nada mal para una persona que carecía de manos y se rehusaba a usar las postizas.
Ver a la falconiforme entrar a través de una ventana o abertura, derribar al contrincante como un meteorito y rápidamente sacar su pistola con un ala para cubrir el perímetro mientras la otra quitaba el seguro al rifle de asalto siempre ponía una sonrisa en mi rostro. Era igual que una película de acción, con sus movimientos reduciendo su tardanza y aumentando su eficiencia conforme las manecillas proseguían su eterna marcha. Las tres, unidas, aliadas, sincronizadas, nos sentíamos invencibles por efímeras ocasiones; fugaces episodios donde Tique y Niké se coligaban para permitirnos brillar realizando una fastuosa maniobra y terminar inmaculadamente al finalizar con el último blanco.
– "Excelente trabajo, niñas." – Nos congratuló Titania. – "De nuevo, y no gasten tantas balas en esta ocasión, que no crecen en los árboles."
Por supuesto, la gloria es pasajera.
Recargar, ascender, apuntar, disparar, repetir a la inversa. El astro rey nos recibía con sus cálidos rayos dorados y nuestros cuerpos ya se retorcían entre las punzadas de las numerosas heridas. Después de cuatro extenuantes horas y gracias a otro de esas milagrosas intervenciones divinas, la mexicana mostró una excelente imitación a la compasión y nos permitió desayunar en el comedor de la base. Arrastrando las piernas, pedipalpos, espolones mantoideos y alas, logramos sentarnos y degustar en paz las raciones habituales que la JGSDF ofrecía. Que fuéramos de Monster Ops no hizo que las porciones fueran más grandes, así que nos conformamos con la cantidad de calorías regulares para un humano, pero que no llenarían nuestros estómagos satisfactoriamente. Afortunadamente, el sabor era aceptable.
Después de parcialmente calmar al sistema digestivo y diez minutos para permitirle al metabolismo evitarnos retortijones por el esfuerzo físico, la segunda fase nos llevó hacia otro escenario familiar: La sala de oficinas falsa que fungiera como la primera zona de batalla en el comienzo. Y como en esa ocasión, nuestro objetivo consistió en proteger a la instructora de ser alcanzada por las balas al tiempo que evitábamos ser impactadas también. Esta vez, el cansancio y el dolor corporal nos pasaron la cuenta, por lo que aprobar se hizo más difícil de lo esperado. Pero esa era la finalidad, acostumbrarnos al estrés, las heridas, el hastío y tener las posibilidades siempre en contra; los criminales nos obligarían a sufrir por ello y más.
Más que desmoralizarnos, nos motivábamos a cada proyectil que colisionaba con nuestra entidad corpórea. Nos llenábamos de absorto denuedo por superarnos después de un error y exigíamos a hacerlo aún mejor luego de cada victoria. Más que obstinada contumacia, era un genuino deseo de progresar y pulir las habilidades que ahora estábamos conscientes que poseíamos. Si caíamos, nos levantábamos; si algo no funcionaba, insistíamos hasta hallar la solución. Lo juré por mi alma, por mis amadas; rendirse no era opción.
– "Fuck…"
– "Comparto el sentimiento, Süsse…" – Respondí, recuperando el aire. – "Scheisse, que es peor que cuando empezamos…"
– "No, de hecho es más laxo." – Afirmó la mediterránea, secándose el sudor con su brazo. – "Es sólo que la falta de sueño y buena comida enfatizan los malestares. Ya nos acostumbraremos."
– "Tenemos noventa y un días para ello, Pepper." – Rió la arpía, deteniéndose al sentir una punzada en la espalda. – "Ouch. Aunque no sé si logremos soportarlos…"
– "Como dice la instructora; ya la tenemos hasta el fondo, ahora sólo hay que gozarla…" – Dije, en un débil intento por animar al equipo. – "Sí, yo también quisiera encontrarle la gracia. Pero no vamos a rendirnos, ¿o sí?"
– "Morirás antes que yo claudique, garrapata." – Aseveró la nativa de Mitilene, flexionando sus cuatro quitinosas extremidades. – "Y si tú arrojas la toalla prematuramente, me aseguraré de perseguirte hasta el Estigia."
– "No sabía que me quisieras tanto, chapulín fastidioso." – Sonreí, asentándome en el piso. – "¿Y tú, halconcita? ¿Prefieres poner un huevo de dinosaurio a seguir otro minuto de esta dantesca tortura?"
– "¡Ja! ¿Bromeas? ¡Soy la gran Cetania, flaca! ¡Pongo huevos y los tengo bien puestos!" – Proclamó la aludida, mostrando la musculatura de sus brazos magullados. – "¡Podría hacer esto todo el día! ¡Es más, que esa condenada frijolera nos aplique algo más pesado!"
– "¡Me alegra que estés tan entusiasmada, Peaches!" – Expresó Titania, apareciendo detrás de la americana y sonriendo tétricamente. – "¡Y para no decepcionarte, tú y tus amiguitas repetirán las veinte vueltas alrededor del campo, más otras veinte de regalo! ¡Felicidades, que lo disfruten!"
– "Fuck…"
Amo a la falconiforme con todo mi corazón alemán, pero en esa ocasión ella se ganó esos coscorrones con todas las de la ley. Además, ya me las debía por todas las veces que intentó triturarme durante alguno de sus arranques de celos. Cierto, estaban también plenamente justificados; ¡pero dolieron mucho! ¡Al menos Lala me deja inconsciente para que no sufra tanto! Pero, mis deseos de castigar a mi querida pajarita de la tierra de la libertad deberían postergarse, porque repetir cuarenta veces los novecientos metros cuadrados nos noqueó más fuerte que cualquier golpe que pudiéramos concebir. De no ser por la (y aunque suene a broma) beatífica aparición de la doctora Redguard, quien convenció a la cruel Jättelund de dejarnos recuperar energías por quince minutos y almorzar como es debido, ya estaríamos siendo enterradas en la fosa común más cercana.
– "¿Cómo va su segundo recorrido por los nueve círculos infernales, novatas?" – Cuestionó Saadia, sentándose en nuestra mesa, a mi lado. – "¿Arrepintiéndose de sus pecados?"
– "Ahora entiendo por qué ustedes, los yanquis, siempre deportan a los mexicanos." – Bromeé, degustando el arroz. – "Si esto sigue así, voy a abogar por la cuarta re-elección del emperador Trump."
– "No son tan malos, ustedes son las que atraen la mala suerte." – Respondió la egresada del MIT, encendiendo un cigarrillo. – "Esas condenadas latinas eran las más calientes en la facultad. Las chicas de ingeniería robótica dejarían en ridículo a los vibradores actuales con sus invenciones."
– "Doctora Redguard, está prohibido fumar aquí." – Comentó la helénica.
– "I don't give a fuck, Pepper." – Replicó la afroamericana, dándose otra bocanada de tabaco. – "Cómo sea, les agradezco por sacarme de la oficina, linduras. Hoy Kuroko está peor que esclavista en plantación sureña y me mantuvo llevando recados a diestra y siniestra por todos los pisos. Simijo, para eso está la mensa de Emily."
– "Relájese, Doc. ¿Por qué no come algo?" – Aconsejó la rapaz. – "Las patatas están medio simples, pero la salsa les regresa el sabor."
– "Ya lo hice, en la cafetería nueva." – Declaró, exhalando el humo. – "No será un restaurante internacional, pero ese tonkatsu revive mis tripas podridas y alegra mis dientes picados. Deberían probarlo."
– "¿Sabes, Ärztin? Siempre me pregunté sobre tu dentadura." – Le dije. – "Zoe me dijo que el virus del zombismo cambió los de ella y los moldeó de forma puntiaguda, como los míos o los de Cetania. ¿Por qué los tuyos lucen regulares?"
– "Porque el agente patógeno en mi sistema no es el mismo que infectó a tu novia pelirroja, araña." – Rió Vanessa. La castaña me dio un codazo al oírlo. – "Hay tres tipos de cepas que contagian la enfermedad, granates. ¿Desean oírlo?"
Las tres afirmamos con la cabeza.
– "Alright. El primero y el más antiguo es una mutación del prión de Gadjusek, en honor al virólogo que estudió la enfermedad "kuru" en Nueva Guinea, transmitida por el endocanibalismo de los nativos." – Explicó Redguard. – "Esta encefalopatía espongiforme era lo más cercano a la infección zombi de la cultura popular; el afectado perdía eventualmente la capacidad cognoscitiva y se transformaba en un ser cuya única función era alimentarse y esparcir la plaga. Altamente infecciosa y con un periodo de incubación de hasta medio siglo; nadie sabía cuándo podría manifestarse. Es la única que puede exteriorizarse incluso estando vivo. Jamás hallaron cura que no sea la muerte."
– "¿Por qué no escuchamos entonces de epidemias azotando Oceanía?" – Interrogó Dyne. – "¿O de la enfermedad en sí?"
– "Era considerada una anomalía patológica bastante aceptada entre la población, generalmente atribuida a brujería o, en tiempos más recientes, esquizofrenia hereditaria." – Replicó, quitándome un pedazo de pan de mi plato. Estaba duro, así que no me quejé. – "Dado que únicamente se transmitía por antropofagia o la mordedura directa de otro infectado, fue fácil de contener y mantener en relativo secreto. El último afectado murió en el 2009, pero ignoramos si el prión continúe latente en algunas personas más."
– "Holy fuck, Doc. Y yo que deseaba viajar algún día a las islas." – Mencionó la castaña. – "¿Sucedió como en las películas? ¿Los militares disparando a los infectados? ¿Preludios de un estado apocalíptico?"
– "Lo ignoro, Peaches. El hermetismo respecto a las operaciones de controles no ha permitido saber más allá de los resultados finales. Supongo que sí, hubo una matanza para acabar con la enfermedad, pero eso no puedo asegurarlo."
– "Entendemos, Sandy." – Hablé. – "¿Qué hay del resto?"
– "Bueno, el siguiente es el que afecta a Bina, el Raccoon cuevavirus, descubierto por el profesor Birkin, en Montana."
– "Damn…" – Expresó la falconiforme.
– "No es tan malo, emplumada. Debido a que el sistema inmunológico es lo bastantemente fuerte para detener al agente patógeno, el virus no afecta a los vivos." – Aseguró, apagando su cigarrillo en el suelo. – "Es por eso que únicamente es capaz de activarse en el estado post-mortem. Puede pasar un intervalo de dos minutos hasta diez horas antes de que la persona occisa sea traída de vuelta a la consciencia. Ya que el tejido cerebral empieza a descomponerse tan pronto las funciones vitales cesan, el tiempo que lleve entre el fenecimiento y la reanimación es primordial en la capacidad del individuo de mantener sus memorias intactas. Se han dado casos lamentables donde el revivido, habiéndose demorado el efecto, se ve reducido a un vacío envase que únicamente sigue su instinto primitivo de alimentarse."
– "En otras palabras, entre más tiempo pase sin levantarse, más estúpido termina al regresar." – Arguyó Nikos.
– "Correcto, Pepper. Bina debió tardar un poco, porque no recuerda qué le sucedió antes de volverse zombi. Eso también explica lo idiota que está."
– "Lo sabe." – Aseguré. – "Pero no va a decírtelo a ti, Sandy. No les caes muy bien."
– "Bleh, debí imaginármelo." – La aludida torció la boca. – "Supongo que tú si contaste con el privilegio de escudriñar en el pasado de esa descerebrada, ¿cierto? ¿Mientras recorrías su cuerpo en una de sus sesiones nocturnas? ¿No tienes miedo a que te infecte cuando te muerde el clítoris?"
– "Claro que no." – Aseveré. – "Ella usa protectores dentales para evitar contagi-¡Auch!"
Una nada contenta mujer halcón me había clavado uno de sus pulgares en mi brazo mientras me miraba acusadoramente. Intenté explicarle que Saadia estaba bromeando a propósito y que no fuera tan celosa, pero ella sólo volteó su rostro e infló sus mejillas, indignada. ¡Maldita negra Tomasa! ¡Sólo viene a meter cizaña!
– "Pero bueno, aunque le succionaras la raja entera, el virus debe internarse en el torrente sanguíneo para reproducirse. La saliva lo mantiene vivo, pero una vez seca esta, muere." – Prosiguió elucidando Redguard. – "Y dado que su sangre está compuesta de formaldehidos, ninguna otra enfermedad puede afectarles. Eso quiere decir que, sí, el sexo con un zombi es relativamente seguro. Por supuesto, la sangre artificial es extremadamente tóxica y, a menos que quieras acabar quemada por químicos de altísima acidez, cualquier acto íntimo debe realizarse con sumo cuidado."
– "¿Eso le ha traído problemas, Doc?" – Preguntó la arpía, aún molesta conmigo.
– "Sinceramente…" – Vanessa se tornó algo cabizbaja. – "Desde que reviví, únicamente he mantenido relaciones con dos personas, incluyendo al condenado de Sarver. A este último ya lo dejé y ya no quiero saber de él. En cuanto a la primera… ¿qué les importa?"
– "Descuide, Redguard, que no es de nuestra incumbencia." – Habló la mediterránea. – "Aunque confieso que me sorprende que alguien tan…"
– "¿Fácil? ¿Lasciva? ¿Calentona? ¿Puta? Me han llamado de todo, Pepper; no tengas miedo de usar cualquier término despectivo conmigo."
– "Iba a decir inteligente, como usted, decidiera decantarse por una actitud tan libertina." – Esclareció la pelinegra. – "Lo esperaría de estas dos lesbianas fastidiosas, pero no de una egresada del MIT."
– "Si algo aprendí antes hallarme entre los vivos nuevamente, es que la vida es demasiado corta como para desperdiciarla sin disfrutarla." – Afirmó. – "Y es irónico que, ahora que poseo existencia virtualmente sempiterna, me haya tornado tan… solitaria, en la práctica. Sé que siempre actúo como si fuera una auténtica erudita sicalíptica y me la paso seduciendo a todos; y no negaré que en el fondo mis tendencias son ninfómanas. Pero, en realidad, jamás he hecho el amor verdadero; únicamente me he dedicado a fornicar como animal sin entregarme a la verdadera pasión de estar unida. Lo que yo creí que era enamoramiento, resultó un vacío deseo lujurioso, cuya vana ilusión desapareció rápidamente, como sucedió con Sarver… A veces, quisiera que alguien me viera como algo más que una simple erotómana con ropas médicas… Yo…"
Ella se pausó, cerrando sus ojos y batallando para no rendirse ante las lágrimas. Nosotras guardamos silencio, escuchando el barullo del comedor militar y respirando el olor de los alimentos que permeaba el ambiente. Estábamos pasmadas por el súbito despliegue de sinceridad de Saadia, cuyo comportamiento provocaba que la encasillaran como una concupiscente más, sin valorarla. Me declaro culpable de ello, y seguramente mis amigas también. A veces, olvidábamos que de nosotras cuatro, la doctora era literalmente la más humana de todas. Las apariencias engañan, y, en ocasiones, lastiman más de lo esperado.
– "Perdón por eso, no quise ponerte tan melodramática de repente."
– "Está bien, Sandy." – La reconforté, dándole palmaditas en la espalda. – "Descuida, te entendemos."
– "De acuerdo." – Limpió su ojo con el dedo. – "Como iba diciendo, el virus suele alojarse en la saliva de los dientes, adentrándose en la dentina, cuya composición de colágeno, proteoglucanos y demás proteínas a base de glucosa, crea una reacción morfológica que causa el aspecto puntiagudo de la dentadura, para facilitar el esparcimiento de la enfermedad al morder a la víctima. Los molares, curiosamente, no son afectados y permiten la correcta trituración de alimentos. Incluso aunque los reemplace, la infección volverá a cambiarlos a su triangular figura. La única mutación física externa conocida."
– "Siempre pensé que se los limaba." – Confesó la rapaz. – "Aunque, si se supone que fue descubierto en Montana, ¿por qué nunca supe de cadáveres reanimados en toda mi estancia en el Parque de los Glaciares?"
– "Porque es una cepa artificial creada en un laboratorio." – Reveló la egresada del MIT. – "Se fraguó como una posible cura para padecimientos neurodegenerativos como el Alzheimer y el mal de Huntington, regresando la vida al tejido nervioso y actuando como preventivo para evitar la patogénesis. Por supuesto, si no entendemos aún la causa concreta de la enfermedad, mucho menos podemos concebir la panacea sin echarlo a perder. Birkin fue detenido y ejecutado en la cabeza para asegurarse que su propio descubrimiento no le salvara de la muerte. El virus ahora es propiedad de diversos gobiernos, confiscado bajo la seguridad más estricta que pueda existir."
– "Suena demasiado tentador como para que los criminales no hayan intentado hacerse con algunas muestras." – Opinó la nativa de Mitilene. – "¿O acaso ya ha sucedido?"
– "No es un patógeno fácil de conservar, requiere de bajas temperaturas para existir. A temperatura ambiente, el tiempo de vida es de apenas unas horas. ¿Podrías darme el resto de tu agua, Jaëgersturm?" – Preguntó la científica. Le facilité mi vaso. – "Gracias, arañita. Por ende, el contrabando de tal material requeriría una cuantiosa inversión tanto para el distribuidor como el cliente."
– "Me pregunto cómo le hizo mi Spatzi para lograr que uno de los dientes de Zoe lograran infectar a esa niña moribunda y salvarle." – Comenté. – "Debió retirárselo cuando ella dormía, porque no veo que alguien como la teniente no se percatara que le arrancaban una pieza de su dentadura."
– "Dado que los receptores del dolor del sistema nervioso son imposibilitados por el virus, la pelirroja no debió sentirlo en su profundo sueño. ¿Por qué ella todavía conserva la sensibilidad en los pechos, la espalda y la zona íntima? Es algo que ignoro completamente. Ese profesor Birkin debió ser un loquillo."
Hmm; así que las zonas erógenas de la teniente aún funcionaban plenamente. Sabía que no las necesitaba, pero tomé notas mentales; sólo por si las dudas. ¡Es por fines estrictamente científicos, lo juro! Aunque, si pasara a perecer y Lala usara la misma técnica del dientito conmigo, ¿sería la primera arachne zombi de la historia? ¿Sería doble liminal? ¿Recibiría inmunidad a los golpes de la guadaña? ¿Ya no tendría que usar dentífrico?
– "Y bien, para finalizar esta extensa charla, la infección que padezco es debido a una glicoproteína que de alguna manera se activó en mí genoma, conocida popularmente como 'Romeria'. Les dejo de tarea saber de dónde se inspiraron para el nombre." – Explicó Redguard. – "Aparentemente, mi ácido ribonucleico ya lo contenía, aunque no se sabe si es una condición hereditaria o adquirida a través de un agente externo. Sin embargo, los síntomas son muy parecidos a las dos anteriores, donde la enfermedad yace dormida en el organismo infectado por un extenso intervalo y se manifiesta en el estado post-mortem. Dado que no es transmisible, al menos que yo sepa, y a la extrema exigüidad de casos registrados (menos de 30) mundialmente, no se considera una enfermedad de alta prioridad."
– "¿Significa que no puede infectar a nadie, Ärztin?" – Interrogué.
– "Claro que sí, una vez despierto, el prión infecta toda clase de organismo con capacidad de autorreplicación. Bacterias, virus, células; todo está contagiado." – Afirmó. – "Pero, como mencioné, se necesita que el contenido genético del huésped posea la degeneración proteínica específica para que el agente patógeno se incube adecuadamente. Es decir, ustedes podrían estar infectadas en este momento, pero nunca revivirían porque carecen del gen defectuoso."
– "Quizás todas estamos contagiadas, pero la romeria nunca ha podido manifestarse." – Opinó la empusa.
– "Es posible, Pepper. De hecho, organismos como los jiang-shi y las momias son derivadas de la infección, por lo que, tomando en cuenta el historial de las familias reales chinas y egipcias, puede que se trate de una mutación endogámica. Zombis productos del incesto, que lindo." – Declaró. – "Empero, nadie está de acuerdo en las causas, y sinceramente, me da igual. Morí, reviví, y aquí estoy, nada más importa."
– "Lo que importa ahora es que dejen de perder el tiempo y se apresuren a terminar los ensayos, novatas." – Conminó repentinamente la gnómida, apareciendo de quién sabe dónde. – "De prisa, niñas. Negra, tú también vienes."
– "Ah, simijo, enana. ¿No ves que estamos platicando tranquilas?" – Se quejó Vanessa, incorporándose de mala gana. – "Ay, que flojera. Prefiero que me disparen."
– "Eso podemos arreglarlo. Vamos, huevonas, que no les pagan por asentar el culo."
Entre vituperaciones y el tesauro de improperios bilingüe que la estadounidense y la mexicana expresaban a diestra y siniestra, nuestra siguiente clase consistió en repasar las lecciones médicas con Sandy. Cetania fue la más aplicada en tal materia, como había demostrado con anterioridad; se memorizó la jerga académica de su compatriota y ayudó a coserle sus brazos con gran precisión usando sus manos protéticas. Por supuesto, vencer su fobia a las jeringas requeriría más tiempo, pero ella seguía por buen camino. Desgraciadamente, tan tranquila sesión sobre el mundo del galeno militar duró menos que un carguero británico en la mira de un U-boot alemán, pues esa insistente demente de cabello rosado nos regresó a las pruebas físicas.
Afortunadamente no apeló a esas locuras de usar artillería real o las fatales extravagancias que la capitana había urdido, por lo que solamente recurrimos a seguir llenándonos el cuerpo de proyectiles polícromos, luchar cuerpo a cuerpo y afinar nuestra cooperación. Al final, las dieciséis horas se cumplieron como se había prometido; novecientos sesenta minutos enteros que nos extrajeron la vida cual hipotética sanguijuela y nos dejaron tan exánimes que por momentos creí que la romeria o alguna otra variación del zombismo nos acaecería después de exhalar el último aliento.
No necesito decir que nos desplomamos en el piso del vehículo al regresar a este, sudando como jabalíes en verano y sin energía alguna para otro sonido que no fueran quejidos por el entumecimiento. Estaba segura que más tarde me convertiría en una herida caminante, con el dolor invadiendo cada fibra de mi ser, como una epidemia corporal irreversible. Cuando dije que entraría al infierno, jamás imaginé que tal parábola se volvería realidad; pero, la vida es dolor y el sufrimiento forja el carácter. Así como Hefesto endurece una espada divina con su férreo martillo, golpeando y moldeando el metal en su legendario yunque Olímpico, nosotras nos volvíamos cada día más fuertes, puliendo esas capacidades combativas que yacían en nuestro interior de guerreras.
Sólo quisiera que el herrero no fuera tan brusco.
Titania tuvo que patearnos los costados para hacernos reaccionar y lograr que saliéramos del transporte, cayendo igual que costales del cemento en el suelo. Al estar tan sudadas, la tierra se nos impregnó en el uniforme, dándonos un tono bicolor entre el café de la tierra y el oscuro azulado del atavío. Jättelund no se molestó en levantarnos, su trabajo era regresarnos a la base y ya cumplido este, se dirigió a su habitación reservada en el segundo piso. Nosotras permanecimos varios minutos ahí, inertes e inermes bajo el manto de la noche y con los grillos urbanos arrullándonos con sus agudas canciones de cuna. No fue hasta que la chica en la cabina de guardia nos alumbró preocupada con su linterna y nos sugiriera ingresar al edificio que regresamos al mundo consciente.
Levantándonos y emitiendo sonidos similares a los de una occisa revivida (y asustando a la pobre oficial en el proceso), caminamos con pesadez y tomamos el ascensor; descubriendo que estaba fuera de servicio. Mascullando que Tique nos hubiera dado la espalda, subimos con lasitud los escalones hasta la tercera planta, ignorando las quejas de Kanna sobre dejar el piso lleno de tierra en el trayecto y entrando directamente a las duchas. Nunca antes el monóxido de dihidrógeno se sintió tan bien al recorrer mi figura, refrescándome la epidermis como un suave velo de seda líquida, amenizando el escozor de los hematomas y liberando mi piel de suciedad. Las equimosis dificultaron el movimiento fluido de nuestras extremidades, así como pasar el jabón era tan doloroso como reventarse una ampolla, pero perseveramos hasta el final.
Ya limpias y cambiadas a ropas más ligeras, empleé la última pizca de voluntad que reservaba para darle un beso de buenas noches en los labios de mi adorada emplumada y propinarle un tierno ósculo a la foto de mi diosa de platinados cabellos antes de dejarme caer al colchón. Tan pronto experimenté el suave abrazo de las albugíneas sábanas, mis seis globos oculares se cerraron y me adentré a los aposentos de Morfeo, terminando el día. No revisé mi teléfono por si la irlandesa me había dejado un recado, no acomodé mis pertenencias, ni siquiera lavé mis dientes; sólo deseaba descansar lo más que pudiera y olvidarme por unas cuantas horas del sufrimiento terrenal. Mañana será otro día.
[…]
– "¡Arriba, cabronas, que ya es hora de partirse la madre!"
Nuevo amanecer, la situación es la misma joda.
Gruñendo por la dolencia que aciagamente invadía mi entidad corpórea en su totalidad, me levanté de la cama y bajo los motivadores denuestos coloquiales de parte de la florida boca de nuestra instructora, empecé la rutina de aseo matutino. Aseando mis dientes, besando el retrato de la dullahan, reuniéndome con mis compañeras bajo las duchas y compartiendo la pesadumbre grupalmente con la mirada, nos encaminamos al Campo Asaka. La esperanza de que Smith hubiera entregado la documentación adecuada a las arpías paloma y la segadora ahora pudiera usar libremente el servicio postal privado de la agencia me impulsó a hacer a un lado mis quejas y darlo todo para volver a los cuarteles, pues seguramente habría un recado para mí, escrito impolutamente por las bellas manos de mi gloriosa peliblanca, expresando sus pensamientos en papel y compartiéndolos a la usanza de los tiempos cuando la mensajería mantenía ese aire de romanticismo que la tecnología ha ido erosionando.
El guión de la belicosa película, estelarizada por nosotras tres y dirigida por una gnómida con pocos escrúpulos, seguía su curso rutinario y realizamos los mismos ejercicios del día anterior, con excepción de la nula aparición salvadora de la doctora Redguard. Tampoco alguna de las chicas de MON hizo acto de presencia para enseñarnos algunas técnicas nuevas; únicamente hubo sangre, sudor, lágrimas y una reluciente capa de heridas subcutáneas en nuestra dilacerada piel. Ignorábamos todavía cuantos detergentes distintos Kanna debía usar para lograr deshacerse de las manchas de colores que permeaban nuestros uniformes, pero en verdad le admirábamos el esfuerzo a la nekomata, así como la resistencia a los materiales para no romperse con el uso intensivo.
Despejamos edificios, practicamos defensa personal y corrimos lo suficiente para acabar al borde de la deshidratación severa. Cada fatigado paso que dábamos, cada proyectil que nos impactaba, cada nuevo moretón era un lacerante recordatorio de que el deber no era tarea sencilla, pero nuestra perseverancia se vería recompensada en el futuro, ya sea por la propia satisfacción de haber salido victoriosas, o el haber evitado otro terrible desastre como el que nos incitó a unirnos a este grupo en primer lugar. Fue ahí, mientras nos alimentábamos silenciosamente durante el segundo y último turno para comer, que recordé la pequeña charla que MOE y nuestro amigo Roberto compartimos durante la fiesta de cumpleaños.
[…]
– "Y así es como terminé aquí…" – Finalizó su relato el mexicano, esta vez sin censura ni omitir detalles. – "Con un boom literal. Nada bonito, ¿cierto, chicas?"
– "Te ofreciste a luchar por la patria, Rob, es más que admirable." – Afirmé, meneando mi vaso con té sabor durazno. – "Cierto, perdiste una parte de tu cuerpo y sufriste mucho, sin contar lo que tu familia debió pasar por tu padecer; pero cualquiera estaría orgulloso de tu entrega y dedicación a cumplir tu deber."
– "Muchos ya se hubieran rendido al tener que verse en muletas." – Añadió Cetania. – "Y tú lograste detener a dos criminales con éstas. Si eso no es talento, no sé que sea."
– "Aunque alegues suerte, todas aquí sabemos de lo que eres capaz, García." – Terció Dyne. – "Y puedo asegurar que todo el mundo que te conoce está convencido de lo mismo."
– "Me halagan, compañeras." – Rió el subteniente. – "Pero gracias, me alegra que piensen tan positivamente de mí. Ojalá su superior opinara lo mismo."
– "La Jerarca también ve en ti un ejemplo a seguir." – Afirmó la mantis. – "Eres una de sus familias anfitrionas, y de las más destacadas después de tu heroísmo. Que la rivalidad entre nuestras instituciones le obliguen a sonar tan mordaz no significa que te aprecie menos."
– "De acuerdo, te creo, Nikos." – El latino suspiró. – "Y díganme, ¿cómo se sienten respecto a esta gigantesca responsabilidad que recae en ustedes, amigas? En una escala del uno al diez, ¿qué tan nerviosas se ponen al pensar en lo que les espera?"
– "Si ese endemoniado adiestramiento fue evidencia alguna, diría que personalmente sobrepaso el límite." – Aseguró la americana, bebiendo su vaso. – "Esquivar balas y regresar el fuego, exponiendo tu integridad física en el proceso, es muy diferente a cazar bestias en Montana. Incluso cuando hago uso de mis habilidades natas como rapaz, sigue siendo peligroso. Pasé de ave de presa a soldado, y aún no me acostumbro del todo."
– "Y aunque te hayas entrenado toda la vida para tal tarea, experimentar el combate es muy diferente a simplemente estudiarlo como teoría." – Aseveré. – "El ambiente militar fue mi vida entera; y aún así me paralicé antes las balas durante los atentados. El sonido de la fulminante pólvora y el horrísono eco ambiental era un coctel desmoralizante. Me torné tan fría que por un momento pensé que ya estaba muerta."
– "Aún así, tú y Peaches lograron detenerlos." – Dijo la griega. – "Tal hazaña no es cosa de todos los días. Yo no estuve ahí, pero sé perfectamente lo experimentado en tan tensos momentos, y ustedes realizaron algo extremadamente impresionante."
– "Danke schön, Dyne." – Sonreí. – "¿Por qué los repentinos halagos?"
– "Te detesto, araña, pero no dejaré que eso menosprecie lo significativo de su proceder y el prestigio de este equipo."
– "Salvaron vidas, chicas." – Añadió Roberto. – "Si perder una pierna en aras de la justicia es patriota, arriesgar la vida para proteger al inocente de una nación extranjera es mirífico."
– "Te lo agradecemos, Big Boy." – La falconiforme sonrió. – "Sólo esperamos que ese denuedo tan audaz baste para cumplir la misión."
– "Lo entiendo; yo también estaba con la motivación en la cúspide al iniciar mi carrera militar, hasta la primera vez que enfrenté el duro golpe de la realidad en batalla. El sudor, el temblor, los millones de pensamientos y lamentaciones que le asaltan a uno la mente al mismo tiempo. Es como si la lógica se congelara y pronto toda la existencia se tornara en un caos primordial del cual no se puede escapar."
García se dio media vuelta y, con vaso medio vacío en mano, apoyó sus codos sobre el barandal del balcón donde nos hallábamos. Abajo, el barullo de las amenas charlas entre los invitados y la música interpretada por el reproductor digital sonaban camuflados, tenues, casi distantes mientras nuestros pensamientos se centraban en coligar con el sentir del soldado, quien contemplaba la argenta luna en el cielo; remembrando su pasado y tomando un trago de su bebida antes de proseguir. Quizás fuera por su nacionalidad, pero esa pose me recordó mucho a Titania durante esa noche en el bar tokiota.
– "Seré sincero, chicas: Este oficio va a matarlas; tanto literal como metafóricamente. Aunque son técnicamente parte de la Agencia Nacional de Policía, sus funciones como antiterroristas no difieren mucho de mi antiguo puesto militar. Ya lo saben, pero deben estar conscientes de que estarán siempre bajo el riesgo constante de un encuentro fatal, caminando en la delgada línea entre vida y muerte, sin saber si el siguiente disparo que escuchen será el último. No les mentiré; es un trabajo algo ingrato, en el sentido de que gran parte de la sociedad no sabrá que ustedes son las primeras en responder mientras esta es la última en enterarse.
Una red de traficantes es desmantelada al final del día, una bomba es desactivada bajo la red urbana, una persona es liberada del cautiverio; sus músculos gritan de aflicción, su piel ostenta golpes, cortadas y disparos, su visión se torna roja por la sangre y oscura por el cansancio… Y nadie más que sus superiores lo sabrán.
No habrá cámaras que las inmortalicen en papel fotográfico ni congelen ese momento de gloria para la posteridad, no encontrarán micrófonos y oídos ávidos de escuchar su fiera batalla contra la injusticia, así como tampoco atestiguarán fastuosas alabanzas y ovaciones al ritmo de las palmas, cantando sus nombres y elevando su orgullosa moral hasta el cenit de la dicha. No, sólo obtendrán un 'bien hecho' y su siguiente misión como recompensa, para repetir el ciclo.
Esta auténtica guerra, tan eterna como la civilización misma, va a consumirlas por completo. Verán cosas horribles, vivirán momentos de excesiva dificultad y la esperanza por el futuro de la humanidad se verá en más de una ocasión aplastada. Si son personas de fe, prepárense para abandonarla, porque ni el más nefasto de los dioses sería capaz de tan abyectos actos de inefable infamia. Créanme y perdonen mis palabras, pero volar un edificio les parecerá cien veces más preferible a lo que se encontrarán cuando desciendan por los escalones de la pérfida criminalidad.
Y jamás podrán olvidarlo.
Les infectará la mente como un parásito, se esparcirá en sus redes sinápticas igual que una plaga y se internará en lo más recóndito de sus memorias, atormentándolas hasta el final de sus días. Un día se sorprenderán levantándose a mitad de la noche, sudando frío, gritando a la nada, rascándose las heridas invisibles, buscando protección contra un enemigo inexistente. La realidad y la fantasía se fusionarán en una infausta discordancia de cacofónicos sonidos e ignominiosas sensaciones; fantasmas salidos de sus pesadillas les abrumarán y arremeterán con más fuerzas hasta lograr quebrarlas.
Y, si por azares del destino, se ven en la astrosa necesidad de quitarle la vida a alguien, la tortura será aún peor. No me arrepiento de lo que hice, porque limpié a mi país de esas alimañas que le succionaban la vida. Y volvería a hacerlo, de ser necesario. Pero, en el fondo, aquellas memorias no cesan de rondarme la cabeza, de susurrarme la culpa a mis oídos y de recordarme que, después de todo, soy responsable de haber extinguido la existencia a alguien. No se engañen, al final del día, seremos herramientas; y en muchos casos, casi desechables. Sentirán su alma tan vacía como los casquillos usados y humeantes en el suelo.
Hasta que recuerden la razón por la cual luchan.
Sí, incluso con todos los horrores y desdichas a las que estarán sujetas, nunca deben olvidar que esto no es por la fama, dinero o un simple deseo egoísta de fatua vanagloria. La auténtica remuneración por tan ardua labor vendrá de quienes nos importan. Y no hablo solamente de la familia o sus parejas, quienes nos brindarán el principal apoyo moral para no desistir en nuestra odisea, sino del país mismo. Los cuatros seremos extranjeros, pero este es nuestro hogar ahora; y debemos asegurarnos, como los guerreros que somos, que la paz se mantenga en éste.
Eso no significa que no aprecien a su patria; al contrario. ¿Quién puede asegurar que el cargamento de armas que detengan no tenía como destino abastecer criminales en Estados Unidos o México? ¿Qué esos traficantes no fraguaban planes para contaminar Sparassus con su basura? ¿O que el territorio griego no sería el próximo blanco de una bomba? Cada desgraciado que neutralicen, que pongan tras cuatro paredes y una sentencia de por vida, es un riesgo menos de que continúe dañando lo que más amamos.
Lo saben, yo también; a pesar de los obstáculos que constantemente se nos impondrán de una manera u otra, no podemos claudicar. Somos soldados, luchar es lo que hacemos. Y, si el mundo puede disfrutar de un día más de paz y tranquilidad, entonces nuestro sacrificio vale la pena."
Ahí, al final del extenso soliloquio, el mutismo ambiental y el manto de la noche, los recuerdos de mi plática con Titania volvieron al instante. Entendía superficialmente la dura situación por la que atravesaba México y lo que sus habitantes padecían día a día; pero al hablar con dos soldados que vivieron la realidad en carne y hueso como nadie, ponía en perspectiva la realidad. Me daba cuenta que mi experiencia era realmente nula y que mis aires de heroísmo no eran más que niñerías comparado con la veteranía de García y Jättelund.
Pero era verdad, era lo que habíamos aceptado y no cederíamos por cualquier motivo, por más justificables que pudieran ser. No había duda, debía entrenar más, hasta el límite, sólo para asegurarme de que sería capaz de hacerle frente a la adversidad cuando el tiempo llegara. Y cuando lo haga, será al lado de las mejores aliadas que he tenido el placer de conocer. Lo lograríamos, juntas.
Rompí el silencio al ofrecerle la mano al mexicano.
– "¿Por qué, Aria?" – Preguntó De la Madrid.
– "Por abrirme los ojos." – Respondí.
– "Oh, bueno… De nada; es un placer, compañera." – La estrechó. – "Sin embargo, quisiera que me respondieran con honestidad absoluta: ¿Están dispuestas a seguir con esto?"
– "De aquí a la eternidad." – Aseveré con seriedad.
– "Hasta el final." – Afirmó la rapaz, con decisión en su mirada. – "La vida es dolor, pero al menos podemos sufrirla entre amigos."
– "Además, no es que podamos retractarnos en este punto." – Terció la griega. – "Estamos aquí para quedarnos."
– "Sí, no me queda duda alguna. Ese fuego en sus ojos no miente." – Sonrió. – "Bien, eso me tranquiliza. No quise que mi extenso monólogo las desmotivara o algo así. A veces suelo hablar de más y soltar todo lo que tengo adentro."
– "Al contrario, Big Boy, nos reafirmaste la voluntad." – Dijo la halcón. – "Y lo creas o no, Smith nos dio un discurso muy parecido al tuyo cuando nos unimos."
– "Lo imaginaba; alguien como ella no está en su puesto por mera suerte." – Rió ligeramente. – "Qué pequeño es el mundo, ¿cierto?"
– "Demasiado." – Respondí, recordando las palabras de la gnómida. – "Y aquí estamos, todos nosotros que compartimos ese sentir, reunidos en este preciso lugar."
– "Como dice Amanda: 'C'est la vie'. Pero bueno, suficiente de deprimirnos, que los soldados no lloramos por detalles. " – Mencionó y alzó su vaso. – "¿Por la justicia?"
– "Jawohl, Unteroffizier." – Imité el gesto. – "¡Prost! ¡Nullus heros quemquam occidit!"
– "¡Ja, ese es el espíritu!" – Se unió la arpía. – "¡Cheers! ¡Quemquam occidit!"
– "¡Stin iyá mas!" – Declaró la mediterránea. – "¡Quemquam occidit!"
– "¡Arriba, abajo, al centro, pa' adentro!" – Exclamó García. – "¡Semper brutalis!"
Chocando los recipientes de diáfano vidrio, provocando un cuádruple retintín cristalino, tomamos de un trago del refrescante brebaje a base de melocotón, endulzándonos el paladar después de el taciturno momento de hace unos minutos. Al degustar el sabor de la frutal bebida, los ecos de la animada música en el piso inferior volvieron a hacérsenos notables, indicando que el humor grupal había regresado a la normalidad. Había que disfrutar estos pequeños momentos de felicidad; la vida, especialmente en nuestra línea de trabajo, es demasiado efímera. Regocijarse en las fugaces alegrías sería pronto algo demasiado esporádico y gozar de esta deífica sensación de bienestar se volvería nuestro mayor anhelo. Era imperativo deleitarse con las exiguas bondades que la dura vida ofrecía por el mayor tiempo posible.
– "Ah, aún no puedo creer que tan sólo hace un par de semanas yo estuviera batallando con esas mugrosas cucarachas en el Fried Harpy." – Suspiré, recargándome en la balaustrada de madera. – "¿Y tú, Süsse? ¿Extrañas el ser piedra angular en el servicio postal japonés?"
– "Tampoco exageres, flaca. Otra semana más y me hubiera mudado a las montañas o algo así. Después de raptarte, claro está." – Replicó la castaña, tomándome del brazo. Yo acaricié su cabello. – "Además de que era un fastidio memorizarse tantas direcciones y demás, tratando de descifrar la horrible caligrafía de algunos que parecían salidos del preescolar, y eso que iban dirigidos a instituciones serias. Y ya sabes que nadie me quería ahí; las otras arpías me tenían miedo
– "Seguramente tratabas de seducirlas, pajarraca." – Bromeó la nativa de Mitilene, también descansando en el barandal. – "No trates de refutarlo, que siempre me estás viendo el trasero, al igual que esta sucia pulga olorosa."
– "Tú eres la verdadera lesbia aquí, Nikos. Y no hablo de tu gentilicio étnico, chapulín recalcitrante." – Respondí. – "Sé que esos ojos color moho se desvían hacia nuestras gemelas cuando estamos en las duchas. Que te empeñes en negar tu naturaleza latente es otra cosa, aunque te admiro la obstinación."
– "Buena broma, fascista del averno. Deberías ingresar al Departamento de Investigación Criminal con esos dones tan detectivescos." – Replicó sardónicamente. – "Empero, lamento decepcionar tus porfiadas mentiras, pues prefiero emular al aciago destino del rey Edipo que injuriar mis ojos explorando esa anatema tangible que llamas cuerpo."
– "Cuidado, Pepper, que cada vez suenas más como esa pretenciosa dullahan." – Rió la estadounidense. – "¿Intentas seducir a mi flaquita de tan mezquina manera, grillo color cannabis?"
– "Mételo, urraca yanqui." – La pelinegra le mostró el dedo medio.
– "¡Y a mí también! ¡Qué descarada saliste, Pepper!" – Respondió burlonamente la falconiforme. Entonces, se pausó. – "¡Oh, mil perdones, Roberto! Olvidamos que estabas aquí."
– "Está bien, comadre. En el ejército acostumbrábamos a fastidiarnos de esta manera." – Rió tenuemente el latino. – "Aunque admito que el punto de vista femenino en tales guasas es interesante. Digo, no siempre puedo escuchar esta clase de bromas subidas de tonos entre mujeres. Es muy… sexy."
– "Cuidado, Unteroffizier, que Amanda podría suponer erróneamente." – Acoté, con una sonrisa maliciosa. – "No queremos que la minotauro nos jubile prematuramente al cornearnos por los celos, ¿o sí?"
– "Le daría una medalla por atravesarte la garganta, araña." – Rió la empusa.
– "Oh, vamos, chicas; Amanda no es así." – Replicó el soldado.
– "Cierto, quizás sólo te arranque la otra pierna, para emparejarte." – Bromeó la emplumada. – "O te lo corte con tijeras de jardinero, lo que suceda primero."
– "Saben que ella no haría tal barbaridad." – Insistió el chico. – "Amanda es incapaz de dañar siquiera a una mosca. Bueno, excepto que esa vez aplastó a una cucaracha con una de mis botas, pero los blateodeos no cuentan."
Por supuesto que no, las cucarachas son una especie inferior, pensé. En Sparassus, solíamos juntarlas y después encerrarlas en pequeñas cajas, como sardinas, para posteriormente arrojarles ga… Esperen, ¿dónde he oído eso antes?
– "Quieres mucho a la vaquita, ¿cierto, Rob?" – Preguntó la rapaz.
– "Bueno, ella es mi inquilina, por supuesto que debo apreciarla." – Contestó el latino, alzando la mirada a la luna. – "Aunque me imposible negar que no aprecio su bondad, amabilidad, ternura, comprensión, gracia y, si me permiten confesarlo, también su belleza."
– "No seré experta, pero eso parece demasiado sentimental para ser únicamente una atracción platónica, García." – Aseguró la mantis. – "Casi suenas como esta garrapata inútil cuando habla de su novia dullahan."
– "Se llama amor, grillo malhumorado. Descuida, una amargada como tú posee inmunidad contra algo tan hermoso." – Retruqué. – "Pero tienes razón en que el Unteroffizier suena muy embelesado con su compañera liminal. ¿Seguro que no se oyen mugidos nocturnos en su habitación, subteniente De la Madrid?"
– "¿O ha intentado ordeñarla sin recurrir a los extractores artificiales?" – Se unió una igualmente malvada castaña. – "¿Dándole un suave y sensual masaje en sus tanques naturales para asegurar que la leche resulte sumamente apetitosa? ¿Es quizás parte del ritual semanal para reafirmar los estrechos lazos de amistad humano-liminal?"
– "¡C-claro que no! ¡Nunca la toqué más de lo necesario!" – Titubeó el ruborizado mexicano. Lo tenemos. – "¡E-es decir, ella requería ayuda con un proceso completamente natural y carente de insinuaciones más allá de las requeridas! ¡Y cómo su anfitrión y soldado honorable, es mi obligación el asegurarme de su bienestar absoluto!"
– "Entonces, admites que le ordeñaste a mano. You're so sly, cowboy." – Sonrió con astucia la falconiforme. – "Ojalá te hayas alegrado el paladar; y no precisamente con el producto lácteo."
– "García, usted es diabólico." – Proseguí el juego, negando juguetonamente con dedo. – "Me temo que deberemos informar de sus afanosas tendencias táctiles con las féminas de persuasión bovina a nuestra superior."
– "A menos que ofrezcas un sacrificio como el que le hacían al legendario minotauro cretense." – Dijo la halcón. – "Y quizás seamos algo más condescendientes respecto a denunciar tan lasciva conducta."
– "Por supuesto, tal tributo no será en sangre, como en tiempos de antaño." – Aclaré. – "Tampoco se realizará un pago en lactífero brebaje, pues estamos más que seguras que las abundantes reservas han sido mermadas por su insaciable sed de buen gusto."
Aunque siempre me había preguntado a qué sabía la leche de minotauro directamente salida de la fuente. En Sparassus únicamente había vacas animales y la que vendían en el supermercado era actualmente soya y colorante artificial, así que difícilmente había probado el auténtico manjar hasta que vine aquí. Lala se encarga de conseguirla con los productores locales y es mi principal fuente de tan deífica bebida, aunque la sigo prefiriendo con endulzante de chocolate. Tampoco estaba segura que De la Madrid hubiera realizado tales cosas con su compañera, pero un poco de fastidio entre amigos no hace mal. Las tres nos colocamos frente a él, formando un improvisado triunvirato de perniciosas juezas, esperando dictar sentencia al inocente militar.
– "No tienen remedio, malditas brujas conspiradoras." – Rió la helénica, disintiendo con la cabeza. – "Lamento esto, subteniente, pero no negaré que lo disfruto."
– "Me alegro por usted, sargento…" – Contestó con sarcasmo el abochornado hombre. – "¿Es en verdad esto necesario?"
– "Órdenes de la capitana." – Dijo la nativa de Montana. – "Esparcir publicidad de BrutalCorp en su presencia es delito federal."
– "También por robarnos el estrellato en el Aizawa." – Expresé.
– "Y todavía no olvido lo de los picantes." – Añadió la mediterránea.
– "Sabía que no debí haber salido de mi rancho." – Suspiró Roberto, riendo tenuemente. – "De acuerdo, malvadas, ¿cómo termino con esta tortura?"
– "Confesando, Big Boy." – Esclareció la arpía. – "¿Hay algo entre tú y Amanda?"
– "No hay nadie más aquí, Unteroffizier. Solamente nosotras tres y las estrellas como testigos." – Reiteré. – "Además, ya me sacaron el jugo respecto a mi ligera infatuación con la teniente Zombina; dudo que admitir atracción por la francesa sea realmente impactante."
– "¿Infatuación? Seguramente te tocas pensando en esa muerta todas las noches." – Injirió la pelinegra. – "Y no únicamente con las manos, hoplófila."
– "Sin duda." – La rapaz susurró y me dio un codazo. – "Todavía me la debes, traidora."
– "No empieces ahora, Süsse." – Le musité. – "¿Entonces, Rob? ¿Revelarás que lo que hay entre tú y la francesita es meramente platónico?"
– "Ya saben que sí. Únicamente somos amigos." – Afirmó él. – "Cierto, ella es preciosa y su personalidad tan afable, divertida y maternal la harían una excelentísima esposa. Cualquiera que llegara a conquistarla sería sumamente afortunado y, bien, confieso que sentiría algo de envidia. Aunque, claro, eso es únicamente debido al gran aprecio que le tengo a mi inquilina."
– "¿Oh, really?" – Cuestionó burlonamente la americana. – "¿Dices que nunca, pero nunca has pensado siquiera un poquito en recorrer su venusina figura con pícaras intenciones?"
– "Nos pediste honestidad y te la dimos." – Dijo Nikos. – "Es normal retribuirnos de la misma manera."
– "Prometemos no divulgarlo a nadie, compañero." – Sonreí. – "Tranquilo, no tienes que desembuchar el corazón entero, sólo confirmar si de vez en cuando la vaquita te saca uno que otro suspiro."
– "¿Y a quién no? Es decir, tú y Cetania comparten mi gusto por las mujeres, así que debes saber lo que una tan atractiva como Amanda produce en uno." – Expresó el militar. – "Y no hablo simplemente de su beldad física, la cual es innegable, sino de su interior, ese que yo apenas he tenido el deífico privilegio de atestiguar en contadas ocasiones, el que puedo jactarme que conozco. Esa chica es simplemente, a falta de mejor manera de expresarlo: ¡Wow! A veces me cuesta creer que un torpe tan feo como yo haya obtenido la inigualable suerte de compartir el mismo hogar que un ángel como ella. Y a pesar de que no lo merezco, ella confía tanto en mí y hasta dice admirarme por mi valor; no me siento tan digno de esa magnanimidad."
Las tres sonreímos. No lo estaba confesando, incluso podía ser que en verdad fuera sólo una fuerte amistad, como la que siento por mi familia huésped y mis aliadas de MON. Y en el fondo, nos alegraba que nuestro amigo estimara tanto a su compañera. Tanto afecto, real y puro, era claro ejemplo lacónico de todo aquello que deseábamos proteger. Y él también pensaba lo mismo, lo demostraba implícitamente por la halagadora forma en que se refería a la minotauro a cada palabra.
– "Además de que, y no me lo negarán, ese acento franco es muy sexy, ¿no lo creen?" – Exteriorizó el mexicano. – "Ah, qué diablos, me confieso culpable de haber pensado en fruslerías cuando atisbaba un poco de su piel descubierta en esas ropas tan holgadas que suele usar cuando hace calor. O la forma en que sus agraciados pechos rebotan cuando se ríe con esa carcajada tan beatífica que posee, y qué decir de esas piernas tan torneadas. Demonios, en cierta ocasión, ella estaba saliendo del baño con únicamente una toalla y al verla tan mojada y con su pelo goteando, me dieron ganas de…" – Se pausó de inmediato. – "Está detrás de mí, ¿verdad?"
– "Roberto García De la Madrid." – Habló de repente Amanda. – "No puedo creer lo que oyen mis oídos."
– "¡A-Amanda!" – El aludido saltó al verla detrás de él. – "¡¿Desde cuándo estás ahí?!"
– "Lo suficiente para enterarme de que la pierna no es lo único que perderás." – Aseveró la bovina, con un evidente sonrojo en sus mejillas y penetrante mirada de juez. – "¡No puedo creer que andes contándole a todo el mundo de… bueno, de todo lo que tu lengua tan atrevida soltó descaradamente!"
– "¡No era mi intención! ¡Sólo es un mal entendido! ¡No pienso en ti para nada! ¡No me atrae tu cuerpo, te lo juro!"
– "¡¿Dices que mi cuerpo es feo entonces?!"
– "¡Por supuesto que no! ¡Tienes una figura de fábula!"
– "¡Descarado! ¡Sabía que eras un pervertido!"
– "¡No, tampoco!"
– "¡Seré una vaca, pero no tu pedazo de carne!" – Estampó una de sus pezuñas en el sueño y apuntó a la puerta detrás de ella. – "Vete, García, y piensa muy detenidamente en lo que has hecho; yo me quedaré aquí a hablar seriamente con estas señoritas."
– "Pero…"
– "Ningún pero, De la Madrid. Fuera, ¡ya!" – Aseveró. – "Y vete buscando un hotel dónde pasar la noche o llama a tu hermana para que te brinde asilo, porque me rehúso a cerrar los ojos a menos que estés a cien metros alejado de mí."
– "¡¿Qué?! ¡¿Me estás corriendo de la casa?!"
– "Tus desmedidos comentarios me han obligado a actuar tan severamente." – Volvió a apuntar a la salida. – "Largo. Ahora…"
– "Pe-pero…" – Se pausó y suspiró. – "Sí, señora."
Rendido, el latino se retiró cabizbajo, como si hubieran declarado el fin de una cruenta guerra y su lado fuera el vencido. Ya alejado el taciturno militar, nosotras tres nos mantuvimos nerviosas al divisar la fría mirada de la descendiente de la mítica Pasífae. Incluso la usualmente estoica Dyne se paralizó cuando esos ojos castaños la contemplaron con un fuego originado en el Tártaro. Me alegré de que no fuera tan apegada a las costumbres de su estirpe y cargara con un hacha de mandoble gigante o ya estaríamos celebrando la fiesta en los reinos de Hades por la vesania desatada de la bovina. Y no habría valiente Teseo que nos salve.
Y entonces, sus ojos se tornaron de negra esclerótica e iris dorados. Con un guiño, la mujer cerró la puerta y nos dejó a las tres solas. Debimos haberlo adivinado.
– "Por el casco de Atenea, no otra vez." – Exhalé. – "¿Cuántas ya van hoy?"
– "Demasiadas." – Se unió la castaña. – "¿Ves por qué no me agradan las Abismales?"
– "Sabía que no era real." – Aseguró Dyne, viendo su vaso vacío. – "Sólo fingí sorpresa."
– "¿Entonces por qué estás tan sudada, mantis?" – Cuestionó la rapaz. – "Calor no hace."
– "Cállate, Peaches." – Replicó. – "En todo caso, admito que la broma le salió a la perfección a esa embaucadora."
– "Está en su naturaleza el esparcir caos. ¿Creen que debamos advertirle al pobre Rob?"
– "Nein, no deberíamos interferir con los designios que nuestra superior tenga planeados." – Contesté. – "Sus razones tendrá. No sé, quizás él se lo merecía."
– "¿Sigues molesta porque no llegaste a tiempo para rescatar a esa pitufo, flaca?"
– "¿Crees que podría estar furiosa con la persona que protegió vidas inocentes, especialmente la de mi amada Lala? No soy una fatua rencorosa, Süsse." – Esclarecí. – "Es que no deseo despertar atrapada en alguna dimensión alterna por oponerme a la alférez."
– "Miedosa." – Dijo la empusa.
– "Te cedo el honor, lesbia."
– "Oblígame."
– "¿Se te arruga la verruga?"
– "No, garrapata vulgar, simplemente no me importa."
– "Floja."
– "Flojas tienes las tetas."
– "Tócalas, para comprobar si es cierto."
– "Vete al carajo, Potato."
– "¿Quién es la vulgar ahora?"
– "Tú, apestosa. ¿Has intentado echar lejía en tu mugroso exoesqueleto? Quizás así tu presencia sea tolerable."
– "Lámeme la raja, empusa. Y ya que te gusta la sangre, puedes hacerlo cuando tenga mi periodo."
– "Debería meterte ahí un balazo por poner tan asquerosa imagen en mi cabeza, Nazi de mierda."
– "Sabes cómo excitarme, grillita."
– "Ustedes dos me recuerdan a las peleas que tenía con Atseelia." – Injirió la estadounidense. – "Y no seas puerca, flaca; o le ayudo a Pepper."
– "Adelante, sabes que me encantan los tríos." – Reí, ellas también. Hubo un pequeño momento de silencio. – "Sí, deberíamos decirle la verdad a Rob. Vamos, antes que termine durmiendo en un callejón."
[…]
Afortunadamente logramos advertir al soldado de la verdad, ahorrándole una incómoda conversación con su inquilina y el ser corrido de su propia vivienda. La Amanda real nunca se enteró de las jugarretas de Doppel sobre su anfitrión y la cambiaformas decidió perdonarnos después de agregar salsa picante a nuestros pedazos de pastel. Por desgracia los (¿realmente?) gratos recuerdos de enchilarse la lengua al degustar el merengue se vieron interrumpidos al grito de guerra de la impasible gnómida, cuyas cacofónicas órdenes continuaban exigiéndonos mayor esfuerzo al correr alrededor de la base con todo el equipo y las armas cargadas. Pero eran esas memorias las que alimentaban mi denuedo en seguir adelante, sin importar que el flexionar mis piernas provocara una descarga de dolor intenso en mi cuerpo.
Irónico; estaba actualmente contenta de sentir mis músculos quejarse por el cansancio. Como García demostraba, en este oficio, terminar con una extremidad menos sería una excelente recompensa, puesto que la otra posibilidad era una medalla póstuma. Vivía con una mensajera de la Muerte, pero aún así le temía a la aciaga guadaña del Más Allá, el pase directo a la barca de Caronte y la eternidad en los aposentos del Inframundo, donde ni siquiera mi adorada segadora podría reclamarme para llevarme a su mundo privado y disfrutar de su sempiterna compañía. El dolor, la náusea por correr después de comer, la dantesca tortura; todo era prueba irrefutable de que aún estaba viva.
Y lo adoraba.
La noche volvió a cernirse sobre Asaka, en esta ocasión brindándonos la oportunidad de volver a colocarnos las máscaras de visión nocturna para los ejercicios de infiltración sigilosa. Aunque éstas habían sido dañadas durante la pelea contra Manako y su sorpresivo gancho de pugilista profesional, lograron ser reparadas. Tal restauración no debió ser barata, porque la instructora nos recordó con severidad las draconianas consecuencias de volver a estropearlas, incluso cuando fuera parte de los riesgos esperados en la labor. En parte tenía sus motivos, ya que el ejercicio enfatizaba la discreción y la eficiencia para neutralizar al adversario sin darle tiempo de saber que siquiera estábamos ahí. Lograr perfeccionar tan precisa técnica era el parangón de todo equipo de operaciones especiales como el nuestro.
– "Potato, la cinta de tu MG3 hace demasiado ruido; sostenla." – Ordenó Jättelund desde la radio. – "Te dije que eligieras un rifle de asalto. Y respira por tus filotráqueas abdominales, que tu aliento puede ser detectado a kilómetros."
– "Lo siento, Señora." – Obedecí. – "¿Cree que los criminales contarán con equipo tan sofisticado como visión termal?"
– "Te sorprenderías con lo que esos malditos narcos conseguían en México, aunque vivieran como perros en el monte." – Dijo ella. – "Oaxaca, en uno de los ranchos ubicados en las afueras de Loma Bonita, siete días antes de la celebración de nuestra independencia. Operativo nocturno, cooperación con elementos de la Fiscalía del Estado. No entiendo cómo, pero de alguna manera esos culeros lograron hacerse con dos cámaras especializadas en ese lugar tan rústico y captaron el dióxido de carbono a través de nuestras máscaras. Cuernos de chivo por las ventanas, una condenada ametralladora rusa por una de las puertas; fue el caos absoluto. Hirieron a dos de los nuestros."
– "Joder." – Musitó Cetania, oculta en el techo del hangar. – "¿Lograron atraparlos?"
– "No, ni una puta mierda. Escaparon en sus vehículos y nos desvelamos buscando como idiotas por el campo." – Gruñó la latina. – "Respiren poco, granates, que oxígeno hay de sobra."
– "Jawohl, Oberscharführerin." – Asentí.
Decidí aplicar el sentido común y recurrir a la P30L con supresor para realizar los disparos sin ser detectada. Adoraba la ergonomía y precisión de mi fiel Erika, agradeciendo a Zoe por su magnífico regalo luego cada vez que acertaba a una de las incautas tropas que fungían como oponentes, aunque Hummel, mi P226 TacOps, no se quedaba atrás. Mis aliadas también hacían despliegue de sus habilidades para la discreción y tanto la VP40 de la americana (Helena) como la P226 de la mediterránea (Gorgo) demostraban el porqué eran la elección de diversas fuerzas especiales alrededor del globo.
Además, la sensación de apuntar por la mira réflex y centrar el apuntador láser en el adversario, derribándolos como si de un videojuego se tratara, me recordaba buenos tiempos con las niñas de la residencia Kurusu. Dos días y ya extrañaba a esos rayitos de sol. No estar bajo el constante asedio de esas endemoniadas balas falsas le hacía bien a mi piel, que ya empezaba a recuperar su sensibilidad normal después de horas oculta bajo capas de dolor y los moretones que se volvieron parte habitual de mi apariencia física. Incluso el que Titania usara un tono de voz regular en lugar de sus monstruosos gritos era un alivio para curarme de los acúfenos.
– "Concéntrense en cualquier indicio de movimiento cuando se hallen en los pisos inferiores." – Indicó la nativa de Veracruz por el comunicador, observando nuestro progreso por las cámaras en miniatura que llevábamos. – "La ventilación no debería crear anomalías en lugares cerrados, así que pelen los ojos. Lo mismo para ustedes, traten de no delatarse, por más insignificante que pueda parecer. Un paso en falso, patean una lata, y se acaba la función. Y usen desodorante especial que neutralice sus feromonas, especialmente cuando se enfrenten a orcos, o su olor las traicionará."
– "Señora, por mera curiosidad, ¿usted combatió liminales en sus operaciones?" – Interrogó Nikos, moviéndose sigilosamente. – "¿Se le permitía agredirlos? ¿Qué decían sus compañeros humanos?"
– "Era un secreto bien guardado el encontrarnos con renegados extra-especie, Pepper. Eso era antes del acta, así que usar medidas drásticas con ellos no era problema." – Reveló. – "Incluso después de esa burrada internacional que prohibía la violencia entre especies, mi nación continúo permitiendo que les diéramos en la madre de ser necesario. Yo lo aprobaba, ningún hijo de puta debe ser capaz de evadir a la justicia sólo por no haber nacido humano. Y no quiero hablar de las víctimas liminales; deseo dormir bien esta noche."
– "Lo entendemos, Instructora." – Dijo la falconiforme, arriba de nosotras. – "Las prohibiciones del Acta deben parecerle una estupidez, ¿cierto?"
– "Es la principal razón por la cual sigo esforzándome con ustedes, a pesar de que continúan cagándola a cada segundo." – Replicó. – "Juré que iba a convertirlas en auténticas cabronas partemadres y, si no lo joden como siempre, lograr que retiren las restricciones conforme tengan éxito. Entonces podré retirarme satisfecha."
– "¿No se quedará con MON, Señora?" – Cuestionó la mantis.
– "Negativo, griega; ya tuve suficiente de plomo, muerte y sangre." – Afirmó. – "Y de ustedes también, trío de inútiles. Ahora, si ya terminaron de huevonear escuchando sobre mi pasado, sugiero que se fijen en lo que tienen frente a los ojos."
– "Ignoro a qué se refiera, Jefa." – Contesté, detrás de la sargento. – "Sin señales del adversario. Alles klar."
– "Concuerdo con Potato, Señora, sin moros en la costa." – Coincidió la pelinegra.
– "Tan calmado que un ratón podría delatarse al estornudar." – Añadió la castaña.
– "Excelente, se ganaron un puntapié en la cabeza por ciegas." – Respondió la híbrida jötunn. – "¿Notan ese agujero en la pared gris, cerca de la caja a medio abrir? ¿Observan ese débil destello que se nota cuando el foco del techo titila?"
– "Afirmativo." – Confirmé.
– "Indeed." – Habló la halcón.
– "Lo veo." – Dijo la helénica. – "Francotirador."
– "No, pendejas, no pueden verlo porque están muertas." – La mujer de pelo rosado espetó. – "Simijo. ¡Luces!"
Instantáneamente, la iluminación del hangar regresó y nosotras, alicaídas, tragamos saliva esperando por el juicio de la furibunda instructora que se acercaba hacia nosotras, haciendo resonar sus coloridos pies cubiertos de esa sustancia rocosa en el pasillo metálico. Si no era su mirada encendida lo que nos intimidaba, entonces era la enorme MG4 que lucía aún más escalofriante comparada con su pequeño tamaño. Deteniéndose frente a mí y la mediterránea, hizo un ademán para que la emplumada bajara del techo, obedeciendo ella al punto. Entonces y sin dilación, recibimos un puntapié en nuestras piernas; o los pedipalpos, en mi caso particular. A pesar de su estatura, su entrenamiento le proveía con movimientos contundentes.
– "Cinco." – Exclamó Jättelund. – "¡Cinco pares de ojos auxiliados por tecnología de punta, y ustedes, trío de tortilleras retrasadas, terminan jodiéndolo! ¡¿Cuál es su maldita excusa?!"
– "Auch… Lo sentimos, Instructora." – Se disculpó la falconiforme. – "Pero era imposible saber que el tirador estaba ahí a menos que nos fijáramos detenidamente."
– "No jodas, ¿en serio, Peaches?" – Cuestionó la mexicana, jalándola del cabello hasta la altura de su rostro. – "Chingao, qué lista nos saliste, gringa. ¿Escucharon, mensas? Así suenan los genios."
Con otra soberbia patada, la latina amonestó a la arpía. Mientras ésta se tallaba su pierna, Titania nos miró, esperando otra respuesta que remarcara lo obvio; al no obtenerla, suspiró profundamente y se dio media vuelta, apuntando a la pared de grises tonos donde se escondía el tirador.
– "Uniformidad, novatas." – Señaló. – "No permitan que las grietas las distraigan del obvio hoyo. Combatan la tendencia de la mente de descartar los detalles intrascendentales, pues es la diferencia entre la vida y la muerte. ¿Entendido?"
– "Sí, Señora." – Replicamos al unísono.
– "Bien." – Comenzó a alejarse. – "De nuevo, y no lo arruinen. Oh, y, ¿Potato?"
– "¿Sí, Jefa?" – Hablé.
– "Deja de observarle tanto el culo a Pepper, ¿de acuerdo? Estamos grabando, mensa."
Con eso y una patada de parte de la pelinegra como represalia, regresamos a repetir el ejercicio y ampliamos el horario a dos horas extra. Para cuando finalizamos, literalmente nos dormimos al subir al vehículo, hasta que la gnómida nos despertó a balazos. Nos arrastramos de nuevo por las escaleras, con el ascensor aún sin arreglar y, después de luchar contra el sueño en las duchas, nos desplomamos en la cama para disfrutar las muy escasas horas que tendríamos de descanso en ese día, apenas suficientes para curarnos la fatiga. Por segunda ocasión, la única decoración de mi habitación eran la mesita de noche y el retrato de Lala. Algún día de estos podré darme el lujo de personalizarlo, y quizás también de disfrutar de la comida de la cafetería, para quitarme el insípido sabor de la base militar.
Puedo resistir hasta entonces, sólo faltan ochenta y nueve días más.
[…]
– "¡Arriba, araña! ¡Acaban de dispararle a Peaches!"
– "¡¿QUÉ QUÉ?!"
– "Con que ese era el truco para que levantarte rápido. Excelente." – Sonrió maliciosamente Jättelund. – "Bien, finalmente podré ahorrarme tiempo contigo, floja. Diez minutos, patas largas, no tardes."
Scheisse. Las 0534 y casi me da un arresto cardiaco. Gruñí como perro callejero, aunque éstos duerman mejor que yo, y me apresuré a lavarme la cara y los dientes. Besé la foto de la irlandesa y me bañé con mis amigas. Los moretones no molestaron tanto como la falta de sueño y nuestros rostros ya empezaban a ostentar ojeras, aunque leves. Saliendo del las duchas, atisbamos a las cocineras preparándose para la faena; empero, no nos sería posible estrenar el comedor y partimos hacia la base militar a insistencia de la instructora. Camino a la entrada, la chica recepcionista nos indicó a mí y a la rapaz que teníamos correspondencia personal, llegada justo ayer. La mujer, llamada Chiasa, nos entregó dos sobres con los nombres de Yuuko y Lala, haciéndonos esbozar una sonrisa y congratular a la joven.
Le solicitamos a Titania que guardara las misivas para poder leerlas tranquilamente durante alguno de los recesos, aceptando ella. Agradeciéndole, nos dirigimos de mejor humor al Campo Asaka. La ausencia de recados para la nativa de Mitilene no parecía afectarle a la susodicha, que estaba más concentrada en contemplar el paisaje urbano. Alegre, lancé un beso a la dirección donde se hallaba el restaurante Aizawa al pasar cerca. La rutina no cambió mucho, iniciando con práctica de tiro en el área designada. Yo refiné mi puntería con la ametralladora y Dyne fogueó con su subfusil, además de las pistolas. Cetania ya dominaba mejor su rifle de asalto y ahora necesitaba adiestrarse en el uso del lanzagranadas. Era una suerte que sus proyectiles fueran falsos o ya hubiera mandado a volar a un coronel cuando erró el disparo.
Una buena regañada a la pajarita por la metida de pata después, nos hallábamos desayunando los desaboridos platillos del comedor militar. En esa ocasión la nula sapidez de los alimentos no nos importó a mí y a la castaña y prontamente nos pusimos a leer los mensajes de nuestros familiares. La falconiforme, bajando el tono de su voz, nos reveló la excelente celebración nocturna que su casera y la pareja de esta organizaron, particularmente con los obsequios de nuestra capitana y la alférez cambiaformas. No parecía haber problema en que la americana compartiera asuntos privados de su hospedadora, además de asegurarse que únicamente el trío sabría de las pícaras pericias de Honda y Aizawa. También nos enviaban saludos y los mejores deseos.
A cambio del acceso exclusivo a las intimidades de Yuuko, la estadounidense me exigió que también expusiera las palabras que mi peliblanca plasmara, resguardadas celosamente por un sobre color azul. Cediendo a las insistentes demandas de mi querida falconiforme, apoyada por la griega, usé mis filosos dedos para abrir el envoltorio y revelé la albugínea hoja de papel, impresa con una hermosa caligrafía en tinta del mismo color que la remitente. Como medida de precaución, se encontraba escrita en mi idioma natal y me aseguró que omitió detalles de naturaleza delicada, en caso que ojos ajenos escudriñaran entre mis pertenencias. Suspirando de alivio al saber que no expondría críticos secretos, aclaré mi garganta y procedí a declamar la misiva.
~0~0~
A Aria, a chara:
Espero que al posar tus ojos sobre mis pensamientos manifestados en esta nívea pieza hecha a base de pulpa de celulosa de madera procesada te encuentres bien de salud. Sé que las oportunidades de comunicarnos más seguido, incluso con la facilidad de la tecnología moderna, serán exiguas debido a las exhaustivas pruebas mentales y físicas que tus superiores han divisado para ti y tus aliadas; por ende, no repares en preocupaciones por no hallar tiempo de responder a mis recados, que yo entiendo perfectamente.
Hablando de las compañeras que te asistirán en la odisea para pulir sus habilidades, es mi esperanza que no se hallen indispuestas y que estén esforzándose tanto como tú. Sí, no descarto a la descendiente de Electra de mis buenos deseos, pues aunque su nimia presencia me es tan trascendental como a la estrella central de nuestro sistema solar le preocupa el derroche nuclear de su hidrógeno, sé lo importante que es ella para ti.
Eso no significa que yo apruebe tu (sinceramente) avara infatuación con esa peste alada o tus imposibles fantasías sobre compartir tu amor con ambas. En lugar de malgastar tu tiempo arrojando anzuelos vacíos al mar de la inopia, tu atención debe centrarse en destacarte como la guerrera nata que eres y regresar a mi lado; victoriosa e incólume, heredera de los Jaëgersturm.
Pero, dejando a un lado mis perpetuos anhelos de tu laureado retorno, es de mi fruición el anunciar las buenas nuevas respecto a los estimados miembros de nuestra singular familia, A chuisle.
En primera, y porque sé que, a pesar de tu imparcialidad, las noticias sobre tu congénere son prioridad para ti, te alegrarás al saber que Arachnera y Lorelei han progresado en su coligación empresarial, expandido su catálogo de prendas disponibles. Ésta ampliación de existencias se nos fue expuesta con una muy directa demostración de parte de la tejedora y su predilección por ostentar su mercancía personalmente. Debemos darle crédito, sin embargo; no sólo porque su concupiscente figura sea quizás el método más efectivo para enfatizar la libídine inherente de las prendas, sino porque en verdad que los diseños elegidos resultarán bastante atractivos para el consumidor, augurando el favorable éxito del dúo.
Por otro lado, Shianus emprendió su cruzada contra la postergación y acudió a la universidad de la ciudad en compañía de la tejedora y la sirena, para brindarle apoyo moral. Y es un placer el comunicar que gracias a su correcto civismo y refinados amaneramientos, sin contar el renombre de su familia, nuestra centáuride residente ha obtenido respuesta positiva a su solicitud de ser propiamente adiestrada en el mundo de la medicina moderna. Ella misma nos proveyó de las satisfactorias noticias y su regocijo fue aún mayor cuando nuestro casero le congratuló con un tierno ósculo en sus labios.
Y hablando del dueño de la residencia Kurusu, también te satisfará el saber que Tique le ha sonreído al hospedador y después de una breve entrevista, a la cual acudió junto a Miia, le otorgó el triunfo al volverse el más reciente miembro del restaurante American Food. Sin embargo, debido a que él aún debe arreglar el asunto de su antiguo puesto como mercader de publicaciones impresas y materias que sus nuevos superiores deben tratar con la compañía de seguros, Kimihito no comenzará a laborar hasta el próximo inicio de semana, el cual afortunadamente será muy pronto.
En cuanto a las lamias, Steno y Ami partieron temprano después de desayunar, con platillos preparados por la mayor de las hermanas Sprins. Desconozco si las petulantes declaraciones de nuestra sierpe residente de haber dejado boquiabierta a su consanguínea con su impresionante despliegue culinario sean verdaderas, pero tampoco dudaría que la racha de afortunados eventos también incluya un momento para que la pelirroja se regodee en su vanagloria.
Papi y Suu continúan contagiando su inagotable entusiasmo y sintetizándola en infinita energía. Se han aplicado en sus estudios semanales y, aunque nuestros horarios no permitirán la rotación de tutores acostumbrada, Meroune ha probado ser plusvalía como afable pedagoga, si la positiva recepción de las pequeñas y el apego que tienen por sus clases sirven como testimonio. También se encuentran muy agradecidas por haberles obsequiado la variopinta fauna marina que conseguiste en tu visita al acuario; así como yo te sigo apreciando por los animales de felpa que me regalaste, lacónicas metáforas físicas del suave y acogedor amor que me profesas a cada segundo.
Retirándonos del ámbito hogareño, Mio llegó una hora tarde a presentarse, algo inusual en la siempre puntual Aizawa; aunque tampoco es que la dueña pueda amonestarse por tal retraso, especialmente al encontrarse de un evidente estado de júbilo, como denotaba su alegre tarareo y su ameno anuncio de aumentar generosamente el salario a todos sus empleados, para nuestro inmenso beneplácito. El placer de cumplir con mi labor no se deriva de los crematísticos intereses, pero son perfectamente bienvenidos si benefician a nuestra economía familiar.
Por su parte, Sanae reporta satisfacción por haber asistido al aniversario de nuestra superior, incluso después de haber cumplido con su palabra y devorar insistentemente una amarilidácea en su estado más crudo luego de toparse con la descendiente de Hécate. Ella, al igual que Mio y todos en el restaurante, les desean buena suerte en sus entrenamientos, gesto que les agradecí personalmente. Me encantaría prepararte algo y llevártelo hasta tu persona, pero ignoro los horarios de tu apretada agenda, así que prefiero esperar a que me brindes guía en el tema y así poder concordar una cita durante alguno de tus recesos. La idea de visitar tu área de trabajo, admito, me es muy atractiva.
En cuanto a mí, realmente no tengo muchas novedades que contarte, pero puedes confiar que a pesar de extrañar siempre tu presencia, mi corazón sigue estando contigo, ya sea en mis intangibles deseos o estas mismas letras que tienes frente a tus ojos. Agradezco que te hayas tomado la molestia de incluirme en el registro de la mensajería privada de la agencia y así hacer tu ausencia más tolerable con el recurso tan tradicional y clásico de las misivas. Amo ese lado tan romántico que posees, mi guerrera germana, y nunca me cansaré de ello.
Podría explayarme más, pero no deseo seguir quitándote tu tiempo, ya sea que estés adiestrándote o queriendo descansar de la agotadora faena. Ya habrá más oportunidades de seguir leyendo mis recados, por lo que, sin dejar de reiterar mi eterno amor hacia tu deífica persona, me despido. Sostengo firmemente mi edelweiss mientras escribo esto, pues siento que es necesario para remarcar mi denuedo en que mis sentimientos sean correctamente transmitidos del papel a tu corazón. Por favor, cuídate mucho, continúa haciendo tu mejor esfuerzo y jamás te rindas. Esperaré pacientemente el día en que volvamos a encontrarnos, que confío será más pronto de lo que imaginamos.
¡Go n-éirí an t-ádh leat!
¡Tá mo chroí istigh i ionat!
Le grá is dúthracht, Lala.
~0~0~
La sonrisa en mi rostro no dimitió en todo el intervalo temporal que estuve declamando las tiernas palabras de mi amada Abismal a los oídos de mis aliadas. Finalizando de interpretar el gaélico de sus pensamientos escritos, suspiré como una chiquilla perdidamente enamorada y pegué la hoja a mi pecho, deseando que mi calor le llegara de alguna forma a la dueña azulada de mi corazón. Tan cursi acción no pasó desapercibida y fue correspondida con un voltear de ojos de ambas oyentes. Riendo por su aparente apatía romántica, regresé a degustar mis alimentos, ahora con renovado ahínco. Yo sabía que en el fondo, ellas estaban tan conmovidas como yo; incluso esa mantis con pétreo corazón impasible.
– "¿Sabes, flaca? Esperaba algo un poco más melifluo de esa pitufo." – Mencionó la arpía, terminando su plato. – "A menos que nos hayas recitado la versión censurada, omitiendo los jugosos y pecaminosos detalles."
– "¿Te interesan nuestros pervertidos secretos, pajarita?" – Sonreí maliciosamente. – "¿Es tu deseo el regocijarte en la sicalíptica ambrosía que esconde la irlandesa en su hipnotizante persona?"
– "Claro que sí, araña; quiero condimentar mis sueños con una dosis extrema de inefables pesadillas." – Retrucó. – "Aún no me olvido de esa jugarreta tuya, degenerada."
– "¿Qué se siente morderse la lengua, Peaches?" – Preguntó la mantis, bebiendo su refresco.
– "Igual de bonito que besar a Potato." – Replicó la aludida.
– "Jódete."
– "Lo hago únicamente a solas. A menos que quieras ayudarme." – Rió la rapaz. – "Además, tú fuiste la que dio el primer paso. ¿Recuerdas cuando nos graduamos?"
– "Y fue a centímetros de mi boca." – Aseguré. – "Debiste ir por lo directo, grillita; por mí no habría problema. Dudo que a los testigos les hubiera sorprendido."
– "Y no olvidemos que soltaste feromonas al sentir los dulces labios de tu adorada alemana." – Recalcó la americana. – "Debiste sentirte en la gloria al experimentar esa apoteósica unión bucal. Relajándote del aciago peligro que nos acechaba, reconfortándote con su dulce néctar germano, expresando afásicamente el intenso afecto que las dos comparten pero que tú te rehúsas a aceptar."
– "Te odio, pajarraca." – Masculló la empusa. – "Detesto a las dos, las aborrezco como no se imaginan."
– "También te queremos, Dyne." – Le di palmaditas en su hombro. Ella gruñó, pero no me detuvo. – "Eres nuestra sargento favorita."
– "La entrada al Club de Safo es gratuita." – Guiñó burlonamente la halcón. – "Vacantes disponibles."
– "En verdad que las odio." – Disintió con la cabeza la pelinegra. – "Más que a esa enana del demon-"
– "Que tierno, casi me hacen sentir mal por lo que les tengo preparadas." – Habló de repente Titania, detrás de nosotras. – "Hora de probar su amistad, super amigas. De prisa."
Jättelund, haciendo honor a sus ancestros nórdicos, era una experta en los castigos irónicos, como Loki fraguaba tretas a los Aesir. Apenas terminando de comer, fuimos ordenadas a practicar bajo una larga sesión de combate personal entre nosotras. Tomando en cuenta la manera tan agresiva con la que nos tratábamos, parecería que esa sería oportunidad perfecta para que cierta nativa de Lesbos se desquitara con un par de sáficas con lenguas demasiado atrevidas. Sin embargo, los lazos auténtico aprecio y cariño que las tres compartíamos se vieron reforzados durante aquellas nefastas horas de violencia y vituperios tanto verbales como físicos. Éramos amigas, aliadas, hermanas, no rivales acérrimas.
Éramos MOE.
– "¡Ay, ay!" – Exclamé. – "¡Ya, Dyne, no me pegues!"
– "¡Jódete, Jaëgersturm!" – Contestó la vesánica helénica. – "¡Jódete!"
– "¡En la cara no, que soy actriz! ¡Detente!"
– "¡¿Qué chingados haces, Pepper?!" – La reprendió la gnómida, sosteniendo su puño antes que impactara mi rostro. – "¡Entiendo que Potato sea más fea que una blasfemia, pero no le desfigures el hocico a madrazos! ¡¿Acaso quieres dejar inconsciente a tu compañera?!"
– "Pero…" – La mediterránea protestó.
– "Nada de peros, nalgas verdes. Te dije que te detengas."
– "Sí, Señora."
– "Danke schön, Jefa." – Suspiré, aliviada. – "Sinceramente, esto pelear entre nosotras se me hac-"
– "Mejor usa tus espolones de mantis, que duelen más." – Aconsejó Titania.
– "¡Esperen, ¿qu-?! ¡Aargh!"
La mujer de rosados cabellos no se equivocaba en su pronóstico; las extremidades mantoideas de Nikos contenían una mayor cantidad de quitina reforzada, la cual se traducía en una dureza superior que proveía excelente durabilidad en la tarea de aplacar al adversario de manera eficaz a base de repetidos impactos en la sesera. Al haberse abstenido de recurrir a los aserrados bordes, que fácilmente podrían funcionar como la guadaña de una iracunda jueza del Inframundo, una podría pensar que en el fondo, Dyne todavía guardaba un poco de compasión hacia su teutona aliada. Empero, que decidiera asaltarme con sus espolones cerrados, doblando el grosor y la fuerza de sus arremetidas contra mi persona, hacían difícil decidir si esa era la opción menos dolorosa.
Luego de que la pelinegra me tatuara con nuevas y relucientes equimosis mi ya vapuleada cara, arribó el turno de la estadounidense. Aunque era nuestro deber hacer a un lado nuestros sentimientos y entregarnos a la lucha por el bien de la ciudadanía japonesa, el amor que sentíamos la una por la otra jamás decaía. Aquello no pasó desapercibido por la híbrida jötunn, que nos instó a abandonar los sentimentalismos y hacer bien nuestro trabajo al tiempo que ella dominaba a la mediterránea con sus eficaces movimientos.
– "Potato, Peaches; si no se lanzan un puñetazo serio en los próximos diez segundos, yo misma las moleré a trancazos, ¿entendido?" – Conminó la mexicana, tronándose los dedos mientras sometía a la griega. – "Después se pedirán todo el perdón que deseen, pero aquí, son soldados primero y amantes después."
– "Mil perdones, Instructora." – Se disculpó la falconiforme. – "Pero aunque me apuntara con su arma en la frente, no podría obligarme a herir demasiado a la mujer que amo."
– "¿Te atreves a desobedecer una orden directa, cabo?" – La latina entrecerró sus ojos y se incorporó. – "Ora' sí te doy un levantón, pinche gringa redneck hija de tu pu-."
– "Señora, no es necesario que se moleste." – Le señaló la helénica. Entonces, volteó a ver a la castaña. – "Peaches, recuerda que esta araña aún tiene sus seis abyectos ojos posados en el trasero de esa zombi."
– "Oh…" – La expresión de la emplumada se tornó lúgubre al instante y giró lentamente su cabeza en mi dirección. – "Es verdad…"
– "Bien pensado, Pepper." – La gnómida afirmó con la cabeza. – "¿Quieres una soda? Yo invito."
– "Sí, Señora." – Respondió sonriente la susodicha, parándose. – "Después de usted."
– "Buena suerte, tortolitas." – Se despidió Jättelund. – "Sígame, sargento."
– "Voy, Señora." – La pelinegra obedeció. – "Peaches, no la mates aún, ¿vale? Déjame algo para la siguiente ronda."
Con una mefistofélica risa de parte de ambas maquiavélicas demonios sin corazón, quedé a merced total de una sombría ave de presa. No necesito mencionar que ni mi más tierna sonrisa (llena de afilados dientes) fue capaz de menguar la sangrienta vorágine que se arremolinaba en el interior de mi bella americana. Confieso que a pesar de tan ominosa y lóbrega visión, la voladora todavía lucía majestuosa; pensamiento que no tardó en manifestarse a través de mi laringe y comunicárselo a la castaña estadounidense. Aquello tuvo un inesperado efecto en ella; uno a mi favor:
Únicamente me trituró la tráquea.
– "¡Gaack! ¡Gaack!" – Emitía yo, en un vano intento por comunicarme. – "¡Süss-Aack!"
– "¡¿Así que te encantan las chaparras pelirrojas, verdad?! ¡No te preocupes, que pronto todo tu mundo se tornará carmesí, desgraciada!"
– "¡Suelta la piedra, Süsse; suéltal-AACK!"
Definitivamente aún me amaba. Fue una suerte que la anoxia cerebral no me evitara el recordar que todavía contaba con mi sistema respiratorio secundario o no estaría aquí relatando estas anécdotas. Ya acabado el adiestramiento para iniciar la paulatina extinción de mujeres arácnidas y que la rapaz me colocara curitas con la figura de una ranita en los chichones que me dejó, regresamos a la rutina de despejar edificios, pulir nuestra puntería y las técnicas de infiltración. Incluso Redguard regresó para otra de sus clases médicas, un cambio más que bienvenido. La etérea amistad entre Nikos y Jättelund terminó prontamente y nuevamente todas nos encontrábamos bajo el sólido puño de hierro de la pequeña dictadora latina.
Sin embargo, las palabras de aliento de Lala proseguían resonando en mi cabeza, animándome, motivándome, impulsándome a sobreponerme las inclemencias. Llegué tarde una vez en acudir en su auxilio, y aunque gracias a las buenas personas que actuaron en el momento indicado se evitó una catástrofe, no deseaba que eso se repitiera. La próxima vez, estaría lista, preparada, curtida. Y triunfaría. Se lo debo a ella, a mí, a todos.
Dieciséis horas de balas, pintura, moretones y execraciones en español mexicano después, regresamos a los cuarteles; exhaustas, como era costumbre. Resultaba curioso que a pesar de que el lugar contara como nuestro hogar permanente, apenas supiéramos de nombre a dos trabajadoras; y una de ellas era ya vieja conocida del edificio en Tokio. Pero Smith nos advirtió de que esto sucedería, que el proteger la nación significaba contradictoriamente el aislarse en ocasiones de esta. Con tan discordante pensamiento en mi mente, me acosté después de darles las buenas noches a mis novias. Tres días de tres meses; en ocasiones la parsimonia temporal es peor tortura que los métodos de una gnómida furibunda.
[…]
Llegó el domingo, nuestro "día libre", por así decirle. En realidad, sólo redujeron el horario regular a diez horas, permitiéndonos volver a tiempo para un almuerzo a las 1734 horas y, finalmente, probar la comida de la cafetería. Aunque solamente se tratara de algo completamente cotidiano, no ocultamos nuestro entusiasmo por disfrutar de los manjares que tanto tiempo se nos negaron por los extensos ejercicios diarios. Me hice con mis más que clásicas bolitas de pollo empanizadas con salsa agridulce mientras Cetania y Dyne se hicieron con carne de res y fajitas de pescado, respectivamente.
Como guinda, las chicas de MON, con Smith incluida, habían elegido el fin de semana para trasladar varias de sus pertenencias a sus habitaciones, aprovechando nuestro coincidente horario para unírsenos a la merienda. Sentándose a la mesa más cercana, las veteranas y las novatas compartimos una agradable charla de colegas, tratando temas triviales y sobre todo, nuestro progreso. Titania no se encontraba en esos momentos, así que aprovechamos para hacer algunas humorísticas observaciones a sus espaldas; acto que no fue amonestado por la capitana, al concordar con lo expresado.
– "Sigo sin explicarme de dónde sacó a esa liliputiense, Hauptmann." – Declaré, saboreando mi platillo de ave de patio. – "Dice ser de México, pero quizás sea del noveno círculo infernal, ¿no le parece?"
– "Ni siquiera Dante concebiría un sitio tan abyecto para justificar la existencia de esa iracunda latina." – Se unió Nikos.
– "Quizás sea actualmente una Abismal." – Opinó la estadounidense.
– "Mide tus palabras, grah'n." – Advirtió seriamente Doppel. – "Hlirgh li'hee fm'latgh."
– "Nyarlathotep-nyth fhtagn." – Kuroko colocó su mano en el hombro de la cambiaformas. – "Mejor hazme un favor y tráeme un poco más de ese takoyaki, ¿por favor, Dop?"
– "Kadishtu." – Accedió la alférez, levantándose y flotando cerca de nosotras. – "Malditos tomates glorificados…"
– "Cuidado, granate; no querrás que nuestra doppelgänger te muestre el verdadero averno." – Aconsejó la coordinadora, degustando tallarines. – "Volviendo a tu cuestión, Jaëgersturm; sí, me temo que su instructora, a pesar de esa abrasiva personalidad endemoniada, realmente es oriunda de los Estados Unidos Mexicanos."
– "Bueno, el buen Roberto también y no está tan demente como Titania." – Expresé, tomando mi bebida. – "Incluso alguien tan bonachona como Amanda ya lo hubiera empalado con sus cuernos a la primera señal de locura."
– "Quizás ya lo hizo, pero le gustó." – Rió Zombina, con un pedazo de tonkatsu colgando de su diente.
– "Bina-san, cuide sus modales, por favor." – Injirió Manako.
– "Sí, mamá."
– "Titania es veracruzana, ¿Qué esperaban?" – Dijo Smith. – "En todo caso, ¿Qué les hizo esta vez esa chaparra? ¿Las persiguió con un machete? ¿Las obligó a sostener granadas en sus manos y les quitó el seguro?"
– "No, pero está cerca de que eso se cumpla." – Replicó la emplumada, mirando de reojo a Doppel regresar. – "En todo caso, a pesar de su reticencia a humanizarse, cosa ya difícil siendo liminal pura, hay que darle crédito por lograr lo mismo que usted, Chief."
– "¿Traumarlas de por vida?" – Bromeó la agente sin un ápice de vergüenza, sorbiendo sus fideos.
– "Sí, aunque me refería a su manera tan contundentemente eficiente de entrenarnos. Será dura, pero sí que ofrece resultados." – La falconiforme tomó un trozo de carne y lo contempló. – "Por supuesto, nos encantaría que los días fueran más como el actual, pero, así es la vida."
– "Y son esos resultados lo que realmente importa." – Declaró la empusa, deglutiendo su pescado. – "Pueden quejarse todo lo que quieran, pero yo no me dejaré vencer por unos cuantos azotes inofensivos."
– "Silencio, chapulín, que sólo la defiendes porque eres la favorita de la instructora." – Acoté, sacándole la lengua."
– "Ódiame, Potato." – Replicó, sin quitarle los ojos de encima a su platillo. – "Que el sentimiento es mutuo."
– "Consentida."
– "Envidiosa."
– "Gruñona."
– "Flacucha."
– "Apretada."
– "Tetas secas."
– "Nalgas caídas."
– "Tú ni tienes."
– "Las dos están igual de pendejas."
Fuimos interrumpidas por nadie más que la mismísima Titania, vistiendo su ropa civil. Era difícil imaginársela ahora sin sus marciales atavíos, en particular cuando ese vestido color amarillo chillón de una sola pieza, el gorrito puntiagudo rojo y su peinado de puntas onduladas le otorgaban una apariencia casi, y lo digo con el más ínfimo sentido, tierna. Jamás en mi vida esperé que esa gnómida y tan inocente palabra estuvieran a más de cien adjetivos calificativos de distancia, pero la existencia siempre está llena de sorpresas. Sin esperar réplica de parte nuestra, la mexicana tomó su bandeja y se sirvió un poco de bolitas de pulpo, arroz y salsa para acompañar, sentándose en una tercera mesa, junto a nosotras.
– "Yo no profeso favoritismo hacia nadie, y mucho menos a unas lesbianas aguadas como ustedes." – Aseveró la latina, mirándonos fijamente. – "Todas son el mismo desecho tóxico salido de un retrete usado en alguna choza chiapaneca para mí. Sólo hay dos cosas que considero mis preferidas en este maldito mundo; y esas son el pulpo, y patearles el culo. ¿Entendido, granates?"
– "¡Sí, Señora!" – Contestamos al mismo tiempo.
– "A huevo que sí." – Inició su degustación. – "Smith, ¿cuándo demonios nos enviarán las unidades prometidas? Esa furgoneta chilla más que un puerco en chiquero y tira más humo que locomotora de carbón."
– "Lo sé, lo sé. Los vehículos sufrieron algunos desperfectos y el inútil de Sarver sigue fuera del país." – Respondió la coordinadora, masticando la carne de su sopa. – "Hmm, está buena. Como decía, deberemos esperar un poco más, así que aguántalo. Y se supone que Mei ya debería haberse mudado también, pero la bruta de Emily se produjo un esguince en la pierna justo cuando estamos en medio de una investigación criminal."
– "¿Y qué tiene que ver el que esa argentina se haya lastimado la pata con la lagartija?"
– "¡Qué no nos damos abasto! El superintendente me exige reportes, cosa que se me acumulan sin Wilde disponible y tengo que buscar como loca entre pilas de papeles desorganizados, incluyendo los documentos de transferencia de Silica." – Reveló Kuroko. – "Seguir las pistas sobre líderes terroristas, organizar archivos, ser llamadas a misiones de emergencia que resultan ser falsas alarmas, mantenerme al tanto de mis familias huéspedes, el entrenamiento de las novatas… ¡Y tú me fastidias con los malditos transportes! ¡Dame un maldito respiro, ¿quieres, Jättelund?!"
– "De acuerdo, ya entendí." – Contestó la mexicana. – "No te me pongas brava."
– "Cuente hasta diez, Jefita." – Sugirió Tionishia. – "O se le va a reventar una vena."
– "Está bien, no es su culpa. Es este maldito estrés que nos tiene a todos al borde en las oficinas." – La pelinegra talló su sien. Doppel usó su cabello prensil para darle palmaditas en la espalda. – "Simijo, quisiera romperme ambas piernas para obtener vacaciones adelantadas, pero ni siquiera así me las darían."
– "Capi, no necesita tantas presiones. Tómese un descanso, puede dejarnos todo a nosotras." – Le dijo la muerta viviente. – "No sería la primera vez que nos asignan papeleo cuando usted se declara enferma."
– "No, Zoe, tenemos que terminar este maldito embrollo lo antes posible; entonces podremos relajarnos en las fiestas decembrinas." – Aseguró la capitana, tomando su gaseosa. – "Ah, además, le entregarían mi trabajo con las familias anfitrionas a algún substituto. ¿Piensas que alguno toleraría las demencias de Sarver o las de esa condenada wyvern psicópata que vive con Geber? El trabajo sería mayor apenas se reportara la primera muerte."
– "Como ordene, Capi. Sólo decía." – Prosiguió comiendo la pelirroja. – "Descuide, ya saldremos de ésta. Jodidas, machacadas y sin remedio, pero vivas."
– "Honorem et Gloriam." – Rió sardónicamente la pelinegra.
Yo comentaría que Smith no debió tolerar irresponsablemente tales anomalías en sus anfitriones hasta llegar a ese punto de entropía, pero entonces estaría criticando la razón por la cual me encontraba formando parte de una unidad de élite; sin contar que gracias a esa aparente laxitud laboral, hallé una excelente familia y dos magníficas mujeres que se robaron mi corazón. Sí, Kuroko será una holgazana e imprudente, pero, demonios, le debo todo. Antes que pudiera seguir indagando mentalmente sobre la acidia laboral de mi superior, Kanna apareció en nuestra periferia. Saludando a la joven nekomata, ella nos mostró el paquete que llevaba en sus manos. Mis seis ojos se abrieron de inmediato al atisbarlo y mis palillos cayeron al suelo cuando mi rigidez corporal cesó el funcionamiento de mis extremidades.
Era de Sparassus.
El áureo símbolo de la araña era inconfundible, se trataba de un envío directo de mi patria. Sin dilación y recuperando mis funciones motrices, limpié mis manos con una servilleta, me incorporé y caminé hacia la gata, mis globos oculares centrándose en la envoltura de papel oscuro y el nombre del país ostentándose en la cinta adhesiva que protegía la caja. Afirmando con la cabeza, la menor de las nietas Yamato me entregó el envío y le agradecí con una reverencia y un "danke schön" más que sincero. Me hubiera quedado un tiempo más en esa posición, afásica e inerte en medio de la cafetería, de no ser por las demás, cuya curiosidad demandaba conocer el contenido del llamativo paquete.
Colocándola en una mesa vacía, usé una de mis garras para retirar el adhesivo al tiempo que la expectación se elevaba entre los curiosos testigos que se habían arremolinado a mí alrededor, incluyendo a la nekomata, cuyos ojos felinos brillaban del interés. Sin embargo, quien realmente se hallaba extremadamente ansiosa era yo. No sólo era un paquete proveniente de mi país natal, la tierra que me vio nacer, sino que el remitente no era otro sino la persona que es la responsable verdadera de toda esta impredecible aventura a la que llamo vida:
Mi madre.
La Sturmbannführerin (Mayor) Vera Jaëgersturm, mi progenitora, había expedido algo para mí. No había establecido comunicación alguna con ella después de su última visita, cuando vino a informarme del deceso de mi abuela, Diva. Admito que si bien habíamos resanado unas cuantas heridas del pasado, su ausencia durante una de las épocas más difíciles de mi adolescencia siempre me consumirían de rencor hacia ella, como por mi abuela. Aún así, mi corazón latió con brío y una gigantesca sonrisa se esbozó en mi rostro al leer su nombre en la etiqueta. El temblequeo en mis extremidades se acrecentó conforme retiraba el envoltorio final que cubría un objeto rectangular de menores dimensiones.
El famoso candado con perilla de seguridad estaba presente. Ya que poseía las marcas de ser creado en nuestra capital, Ophistolium, el método para desbloquearlo consistía en enumerar la fecha histórica de nuestra patria que marcaba la caída de la ciudad de Hierodula, culminando con una victoria Sparassediana la cruenta guerra arachne-empusa. Girando la perilla contrarreloj para deletrear la cifra 1453, repetí la acción nuevamente, a la inversa. Escuchando el clic que indicaba una exitosa ejecución, apreté el objeto giratorio, liberando las cadenas del seguro. Finalmente, y de un jalón al envoltorio restante, revelé la preciada carga, para sorpresa de todos.
– "Meine göttin…"
El primer envío que obtuve de Sparassus en tierras niponas, fueron los cañones para ametralladora que la señora Tzeranth me consiguió. Y al igual que en esa ocasión, no había carta alguna, no encontré misiva escrita que me informara del estado de mi madre, que preguntara por el mío o incluso unas cuantas palabras de aliento. No, una Sparassediana es como una bala, directa y contundente. Y por supuesto que una veterana de nuestro glorioso Reiches Heer encarnaría esa filosofía al punto. Por ende, y fiel a la tradición militar, el contenido del obsequio era nada menos que una caja de bruna madera de aproximadamente cuarenta y cinco centímetros de largo, con una puertecilla de vidrio, resguardada con un dorado candado en miniatura.
En su interior, descansando sobre un lecho de rojo terciopelo amoldado a la singular figura de su dueña, reposaba una daga de negra empuñadura de ébano lustrado. En el centro del mango, se exhibía la dorada araña de nuestra nación con un fino relieve. Los extremos, tanto los de la empuñadura como los de la vaina, se encontraban onerosamente detallados con áureas hojas de roble en relieve. Poseía una cadena, con los eslabones de igualmente dorado acero inoxidable, cincelados con el símbolo de la araña y la cruz germana del ejército. Con suma reverencia, tomé la pequeña llave a lado del contenedor y la inserté en el candado, abriéndolo. Le pedí a Cetania que me hiciera el favor de entrar a mi habitación y buscar mis guantes, cosa que hizo de inmediato. Ya de vuelta con éstos, me los coloqué y, con el debido respeto, tomé el venerado objeto punzocortante en mis manos.
– "Es linda." – Opinó la arpía.
– "Es hermosa." – Repliqué, palpando el diseño. – "Danke schön, Mutter."
– "Disculpe, Aria-san." – Habló Manako. – "Pero me parece que luce como los cuchillos que usaban en las SS alemanas."
– "Precisamente eso es, Manako-san." – Respondí. – "Una copia fidedigna de la ehrendolch; la daga de honor de la Schutzstaffel. Las ceremoniales usadas por los altos rangos para ser precisa."
– "¿Y para qué la envió tu madre?" – Preguntó Zombina. – "¿Qué significa?"
– "La ascendieron." – Contesté, retirando la vaina. – "Standartenführerin. Coronel."
El argento filo de veintidós centímetros poseía ese patrón característico del famoso acero damasquino, aunque este había sido forjado en las plantas siderúrgicas de Palystes, templado y martillado al rojo vivo. En la parte delantera de la hoja, donde residía el escudo de Sparassus, se leía nuestro lema nacional, 'Ehre und Treue' (Honor y lealtad) impreso con tipografía Fraktur en brillante dorado. De lado reverso, la firma de nuestra líder, Brunhilde Stalherz había sido fielmente reproducida, junto al número de serie y el sello oficial de la cancillería del Reich que lo denotaban como auténtico.
– "La perdonaron. Como la pariente de una fugitiva, incluso después del sacrificio de mi abuela, por ley ella no podría recibir el honor de nuestra daga a pesar de ascender la escala jerárquica." – Expliqué. – "Pero aquí está, la prueba de que ha sido exonerada de todo pecado. Y ahora, ella me concede el privilegio de portar el arma que fue designada para defender el honor de la patria. Esto expresa más que mil palabras el amor que tiene mi progenitora por la tonta de su hija. Es simplemente…"
– "Te entendemos, flaquita." – La americana me acarició la espalda con su ala. – "También estoy orgullosa de ti y tu mamá."
– "Danke, Süsse." – Le di un beso rápido en sus labios. – "Madre sólo hay una, ¿cierto? Le escribiré tan pronto termine de comer."
– "¿Puedo sostenerla, Jaëgersturm?" – Cuestionó Smith. – "Si no es molestia."
– "Por supuesto, Hauptmann." – Se la entregué. – "No es ilegal cargar con ella, ¿cierto? Es tradición Sparassediana llevarla en horas de servicio."
– "Descuida, que tus costumbres están protegidas bajo las estipulaciones del Acta y como agente lo tienes permitido." – Respondió, pasando su dedo por el borde de la hoja. – "Luce bastante sólida. ¿Puedes usarla en una situación auténtica o es únicamente un ornato de exhibición? ¡Auch!"
– "¿Está bien, Jefita?" – Interrogó preocupada Tionishia.
– "Tranquila, que esto contesta a mi pregunta." – La coordinadora chupó ligeramente la sangre que corría de su dedo, devolviéndomela. – "Excelente filo. Lamento haberla manchado, Jaëgersturm."
– "No se preocupe, Hauptmann; para eso está hecha." – Afirmé, limpiando el imperceptible resto de hemoglobina con mi guante. – "Nunca creamos artilugios bélicos que carezcan de utilidad real en una batalla. Desde la ropa hasta las condecoraciones, todo posee valor táctico de una forma u otra. Por ejemplo, nuestras Cruces de Hierro de la Alta Orden pueden resistir calibres de nueve milímetros y menores. No es precisamente una muy efectiva protección antibalas, pero tampoco está de más."
– "Sí que son paranoicas en tu tierra de locos, Potato." – Mencionó Dyne.
– "Porque los griegos son el axioma de paz y bondad, ¿cierto, Leónidas?" – Contesté sardónicamente, colocando el objeto en su caja protectora. – "En todo caso, ¿por qué el interés en saber si era un arma real, Hauptmann? ¿Teme que apuñale a la sargento mientras duerme? En ese caso, tiene muchas razones para preocuparse."
La capitana, tomando y contemplando su placa, empezó a relatar.
– "Hace un año y cinco meses; Katsuura, prefectura de Chiba. Ahí aprendí que la paranoia está más que justificada." – Confesó. – "Un grupo mixto de humanos y demonios habían vuelto el ayuntamiento un infierno y tomado a los oficiales de la estación cercana como rehenes. Los liminales se encargaron de someter a los policías, por ende no pudieron actuar como deberían. Estando ellos fuertemente armados y nosotras sin contar con ayuda del CESS, nos infiltramos dentro del edificio por helicóptero al caer la noche. Debido a lo estrecho de los pasillos y el peligro de herir a los capturados en el fuego cruzado, optamos por desarmarlos cuerpo a cuerpo.
Fue una batalla encarnizada, donde podíamos sentir la respiración del adversario y el sudor de ambos peleadores, así como los constantes vituperios, se intercambiaban durante el ajetreo. Esos diablos son realmente fuertes, con una derecha que no tiene nada que envidiarle a un hábil pugilista; y a mí me tocó uno especialmente diestro. Para no hacer la historia larga, simplemente diré que terminamos arrojándonos la oficina del alcalde entera, incluyendo los cojines, como si de una mala comedia se tratara. Si las comedias incluyeran secuestro, claro.
Luego de una cruenta permuta de puñetazos de toda clase y con mis energías mermándose, casi me vi a merced del golpe que pondría fin a la disputa y permitiría a ese hijo de perra escapar. Cansada, mi pistola sin munición, y con la vista dificultada por la hinchazón, hubiera muerto en ese instante. Por suerte, mi espíritu guardián no me había abandonado y tomé mi último recurso de mi cinturón táctico: mis clásicas esposas metálicas. Como si fuera una hoz de agricultor, tomé uno de los garfios móviles del grillete y con audacia lo clavé en el ojo de mi agresor.
No se lo atrofié, pero el impacto a su córnea fue efectivo y me dio tiempo de liberarme y partirle la cabeza como si fuera un melón con una estatuilla rota que estaba regada por el suelo. Inconsciente, me desplomé en el piso al tiempo que Doppel aparecía para auxiliarme. Fue ella misma la que se adjudicó la responsabilidad de atacar al liminal y así evitar molestos problemas legales por irónicamente defender a la justicia. Y la mejor recompensa fue haber atrapado a todos esos miserables sin que ningún rehén saliera herido, más allá de unos cuantos magullones.
Fue esa experiencia lo que llevó a estas placas con navaja en la parte trasera. El punto de esta anécdota, es que siempre carguen con una manera adicional de defenderse, sea una daga, un destornillador o una maldita cuchara. Contarán con sus dientes, garras arácnidas, talones aviares y espolones mantoideos, pero nunca está de más tener a la mano una ayuda extra. Preparadas para todo; nunca lo olviden, novatas. La diferencia entre sobrevivir o visitar el Estigia siempre está a una herramienta de distancia.
¿Entendido?"
Las tres asentimos con la cabeza, nos quedó más que claro. Con eso, regresamos a terminar de deglutir nuestros alimentos, sin decir nada más respecto al asunto. Acabando de comer, volví a mi habitación con mi preciado obsequio en manos. La capitana nos recordó que más entrenamiento nos esperaba más tarde, además de otros asuntos, así que no iríamos a casa por ese día. Al menos tendría una buena excusa para enviarle una misiva a Lala para informarle de las buenas nuevas, como también debería agradecer a mi progenitora por conferirme su ehrendolch. Pero antes, debería arreglar mi cuarto, pues hace días que mis pertenencias yacían inertes en sus cajas y era mejor sacarlas antes que la humedad les produjera hongos a las cosas. Tampoco es que fuera a tardar mucho, pues sólo era ropa y unos cuantos objetos personales.
Mis atavíos en el ropero, el retrato de la dullahan colgado en la pared junto al dibujo del dúo plumitas-gelatina, mis pistolas y ametralladora descansando en sus racks del armario, más mi reluciente daga reposando junto a mi reloj en forma de tanque Tiger I sobre la mesita de noche. No era el lugar estéticamente más atractivo, pero tampoco se luciría dentro del contenedor metálico de las armas, sin contar que no deseaba sacarla de su estuche. Ya me conseguiría un mejor lugar para exhibirla luego, quizás con una repisa para mostrar mis medallas y demás condecoraciones que esperaba obtener. Sólo eran suposiciones demasiado optimistas; no esperaba sobrevivir para recibir siquiera un pin de agente del mes, pero se valía soñar.
Ya acomodado todo, tomé una nívea hoja de papel y el bolígrafo con diseños de ballenitas que me regaló la abuelita Yamato para comenzar a transcribir mis pensamientos a dos de las mujeres más importantes en mi vida. Esgrimiendo la estilográfica con gracia de espadachín y rauda diligencia, llené tres hojas enteras para la segadora, relatándole todo lo sucedido hasta ahora y respondiendo a sus cartas anteriores que me habían mantenido al tanto de las actividades en casa. Claro, podríamos ahorrarnos tiempo e intercambiar diálogo por el teléfono, pero había una especie de acuerdo implícito entre ambas de comunicarnos de manera tradicional. Ahora que lo veo, quizás gastarse más de treinta mil yenes en ese mugroso teléfono no fue la mejor idea que haya tenido.
– "¿Flaca?" – Oí a la castaña tocando la puerta. – "¿Estás ocupada?"
– "Adelante, linda."
– "Ah, veo que terminaste de aclimatar tus aposentos." – Mencionó, entrando. – "Aunque luciría mejor con una buena pintada; y la imagen de esa irlandesa tan fea atrae las malas vibras. ¿Es eso en la pared una cucaracha aplastada?"
– "¿Viniste a criticarme con tus consejos de feng-shui, pajarraca?"
– "Sí." – Respondió, pestañeando rápidamente. – "Pero también quise preguntarte si me ayudabas a acomodar el mío."
– "¿No puedes ajustar el nudo de la soga?"
– "Fuck you, Blondie." – Me mostró el dedo medio de su mano postiza. – "Hablo en serio, burra. ¿Vienes o no?"
– "Con gusto, sólo déjame guardar el sobre primero." – Dije mientras colocaba la postal en el cajón. – "Listo. Vamos, guapa."
– "Tú y tus prioridades con esa condenada decapitada." – Disintió con la cabeza. – "Para ella todo es besitos, florecitas y arcoíris mientras a esta tonta que te protege el trasero todos los días le dices que se cuelgue. ¿Tengo que tratarte tan mal como esa canosa para que me quieras igual de bonito?"
– "Sí." – Contesté, pestañeando rápidamente. Cesé cuando sentí un coscorrón. – "¡Auch! ¡Oye!"
– "Tú dijiste." – Replicó, burlonamente. – "Por aquí, araña romántica."
Tallando mi sesera, seguí a la rapaz a su recámara. Como imaginaba, había decorado gran parte de las paredes con posters de Iron Maiden y algunas fotografías de Montana. Parecía que la americana ya había terminado, pero la razón para solicitar mi presencia se debía a su deseo de colocar un enorme afiche con una preciosa foto del Parque de los Glaciares, que seguramente se trajo desde su tierra natal, justo sobre su cama. Ya que no parecía haber una escalera portátil y yo era la única capaz de escalar paredes, comprendí mi función de inmediato. Con cinta adhesiva, clavos y martillo en mano, me coloqué en posición invertida, recorriendo el techo y empezando a pegar el mural a este.
No tardé mucho, aunque la gravedad y la sangre acumulándose en mi cabeza resultaron algo incómodas, y pronto las blanquiazules montañas gélidas del estado de oro y plata junto al diáfano lago Saint Mary adornaban los aposentos de mi pajarita, como una polícroma constelación al alcance de la mano; recordatorio de la patria que había dejado atrás físicamente, pero que seguía en su corazón. Besándome por la ayuda, ella se acostó boca arriba en el colchón y yo, sabiendo que no habría problema a pesar de que la cama no estaba adaptada a mi tamaño, me coloqué a su lado, contemplando la fotografía.
– "Estás pensando en la nostalgia que debe producirme esto, ¿cierto, flaquita?" – Cuestionó la estadounidense, viendo al techo. – "¿No sentiste lo mismo cuando viste ese paquete de tu madre?"
– "Me conoces bien, Süsse." – Contesté, emulándola. – "Puedes sacar a la araña de Sparassus, pero no a Sparassus de la araña."
– "¿Crees que algún día pueda visitarlo? Digo, me gustaría saludar personalmente a mi suegra."
– "Nada me gustaría más, plumitas, pero me temo el fascismo no es únicamente visual." – Declaré. – "Te sentirías demasiado restringida en esa irónica prisión al aire libre."
– "La vieja Palakya me avezó perfectamente en lo de sentirse atrapada a pesar de poder volar." – Aseguró, estirando su ala hacia la imagen. – "Es ahora cuando la nostalgia se torna agridulce, remembrando las no tan gratas instancias que nos hicieron abandonar ese pasado en primer lugar."
– "Esas contradicciones son la filosofía implícita de nuestra vida, ¿no lo crees?"
– "Te seguí hasta aquí a pesar de que el sentido común y mi cuerpo adolorido me gritaban que diera media vuelta de inmediato." – Giró el cuerpo en mi dirección. – "Si eso no es amor verdadero, ¿entonces qué es?"
– "Una peligrosa obsesión que te ha traído directo a Ciudad Moretón, linda." – La imité, colocando mi dedo en su nariz. – "Terrible adicción patológica que te llevará a un sicalíptico destino en caso de no detenerla a tiempo."
– "Sí, tiene toda la razón, Doctora Patitas." – Acarició mi rostro con su ala. – "¿Qué panacea me recomienda para aliviar tan crítica situación?"
– "Me temo que es demasiado tarde, pajarita. Tu aracnofilia se encuentra en un estado irreversible." – La tomé de la cintura, acercándola hacia mí. – "La única cura conocida es consumir más de ese dulce veneno arácnido, mi querida rapaz."
– "Usted es la experta, doctora." – La distancia entre nuestros labios se hizo más corta. – "Adminístremelo, deme más de ese tóxico y embriagante brebaje que me vuelve loca."
– "Con gusto, cabo. Una dosis concentrada y directa por vía oral." – Acerqué los míos. – "Te amo, Cetania."
Dos pares de suaves y húmedas carnosidades se encontraron en un parpadeo, cuyos interiores dejaban escapar gemidos de placer y satisfacción conforme la unión de esas hambrientas cuevas acrecentaba el tiempo de contacto. Pronto, dos igualmente insaciables lenguas salieron de sus escondites y se enlazaron con brioso denuedo y concupiscencia; buscándose, sintiéndose, saboreándose, queriéndose. Las papilas gustativas de nuestros órganos bucales se encendieron de manera unánime, degustando la sapidez de su contraparte y recorriendo todos los rincones como depredadoras.
El exceso de saliva, reacción de la acrecentada libidinosidad que nos invadió repentinamente, empezaba a escaparse de los ósculos y manchar nuestras ropas. Cada beso, cada lengüeteo y contacto era un océano de sensualidad y lascivia pura combinado con el auténtico amor de dos almas gemelas. Era una sinfonía de pasión, deseo y extravagante romanticismo, cuya melodía se profesaba con caricias, gemidos y más pervertidos besos a diestra y siniestra. Abandonando la abadía de la boca de mi fastuosa falconiforme, me incorporé para alzarme sobre ella. Ya encima, dirigí mi atención hacia su cuello, tan delicado y femenino, sin oposición alguna.
La sonrisa de la arpía se esgrimió en su rostro; su corazón latía con ahínco y su respiración cortada exaltaba su excitación. Mis manos recorrían la curvilínea figura de la americana, palpando las suaves redondeces detrás de la fina seda de mis guantes bicolor. La halcón no se quedó inmóvil mientras yo recorría su cuello y hombros que su camiseta sin mangas dejaba al descubierto y me rodeó con sus cálidas extremidades emplumadas, acercándome a ella para repetir la acción conmigo. Dado que mi camisa no era equitativa y mi cuerpo estaba más que deseoso que sentir los jugosos labios de la rapaz en directo, terminé retirándome la prenda con celeridad.
Deshaciéndome del atavío, dejé al descubierto mi sostén de negro encaje que había comprado en nuestra última excursión a los establecimientos de ropa, manteniendo erguidas a mis gemelas de copa H. La castaña se relamió los labios, expectante de deleitarse las papilas gustativas con el sabor de mi carne germana. No iba a permitir que ella quedara famélica y, acatando su afásica orden, satisfice su hambre ofreciéndole un banquete epidérmico con mi piel expuesta. Lo único que puedo hacer para describir la inigualable dicha que experimenté al sentir la boca de Cetania explorar mi capa superficial dérmica sería compararla con un maremoto continental, un tsunami de proporciones globales que simplemente arrasaba cada célula de mi ser.
Perdiéndonos en el océano de lujuria que la ausencia de tiempo a solas y el sudoroso cariño que emanaba de cada uno de nuestros poros, anhelos acentuados por los profundos gemidos que seguían escapando al disfrutar del sabor de nuestra piel y boca, la estadounidense me instó a retirar su camiseta y yo obedecí al instante. Mi producción de saliva aumentó considerablemente al admirar a sus imponentes senos rebotar tan pronto me deshice de su prenda, con ese brassiere rojo apresando sus esponjadas bellezas. De no haber sido por mi ropa, la arpía hubiera notado mis pezones erguirse como antenas y mi entrepierna palpitar por mi exorbitante libido que rogaba a cada segundo por ser liberada.
Empero, mi atracción hacia la nativa de Montana era más que simple lujuria o la erotomanía inherente a mi naturaleza animal. Nuestra conexión iba más allá del simple placer físico que ansiábamos compartir sin restricciones una y otra vez por el resto de nuestras vidas; lo que esta ave de presa y esta torpe araña compartían era una verdadera unión de sus intangible almas. Parecería que eso sólo era una hipérbole para justificar nuestro aparentemente repentino enamoramiento mutuo; pero lo que el corazón, alma y el universo alrededor de una sienten con tanta claridad, como la luz del sol tornando añil la bóveda celeste, es absolutamente innegable: Nos amamos, nos amamos tanto como dos personas pueden quererse en este mundo.
Tomando ambas alas con mis manos, reposé mis pechos sobre los suyos, estos actuando como carnosos y blanditos cojines; perfectos flotadores naturales para nuestro sicalíptico mar. Ahí, descansando cómodamente encima de esas deíficas almohadas pectorales, me permití observar detenidamente a la emplumada mujer. Era hermosa. Más que hermosa, realmente divina. El dicotómico color de su sedoso cabello castaño junto al platinado de sus flecos delanteros siempre me pareció una excelente representación de su dualidad como feroz cazadora y tierna amante, parte irresistible de su atractiva personalidad.
Sus ojos, tan dorados como el oro característico de su estado natal, brillaban intensamente en el frenesí de la batalla como en el calor de la intimidad. Dos áureas estrellas que iluminaban mi galaxia, irradiando tanto amor como átomos posee el universo observable. Sus dientes puntiagudos denotaban su naturaleza depredadora, pero siempre expresaban las más melifluas y confortantes palabras de adoración que pudiera escuchar de una orgullosa ave de presa. Y esas majestuosas alas coloridas, apoyadas por firmes brazos que eran auténticas obras de arte naturales. A pesar de los músculos que otorgaban fuerza necesaria para el vuelo inmediato y preciso, sus extremidades seguían luciendo perfectamente femeninas.
Esas torneadas y macizas piernas, cubiertas por escamas aviares, seguían siendo afables al tacto a pesar de las apariencias. Y sus afiladas garras podían desempeñar el papel de despiadadas carniceras y delicadas acariciadoras sin problemas. Con su blanca piel, ligeramente tostada por vivir tanto tiempo en una isla tropical, y una que otra manchita de melanina por el efecto de los rayos ultravioleta en la capa dérmica, la arpía podía jactarse de una apariencia exótica reafirmada a su naturaleza liminal. Y todo lo anterior, envuelto en un apoteósico paquete proveniente de la tierra de la libertad. Era afortunada, yo era extremadamente afortunada de haber conocido a esta diosa alada; un alma gemela con un coraje, gracia, hermosura y fidelidad inigualables. Cetania era, en toda la extensión de la palabra, única en el mundo.
Y me pertenecía únicamente a mí. No podía ser más feliz.
Volvimos a unirnos con la inquebrantable cadena de los besos y caricias, sin tratar de cruzar la línea, pues el estar semidesnudas era suficientemente glorioso. Ella sabía que yo mantenía mi lealtad a Lala, por más descarados que nuestros besuqueos pudieran ser; contábamos con previa autorización de la dullahan después de todo. Incluso cuando la irlandesa es su rival sentimental, seguía respetando el pacto de evitar elevar el nivel de nuestros eróticos jugueteos, por mucho que nuestros cuerpos imploraran el dejarlos fluir su lujurioso cauce natural. No así había decreto similar para la temperatura, que ya debía rondar el límite teórico de los Celsius; nuestros cuerpos sudorosos sólo nos incitaban a seguir disfrutando de los roces de nuestros labios y piel.
Sin poder resistirlo más, y todavía respetando los estatutos declarados por la segadora, una mis manos se posó sobre las agraciadas glándulas mamarias de la falconiforme. Palpando el excelente trabajo textil de su sujetador, que no impedía que mis atrevidos dedos apreciaran la idílica suavidad de tan apetitosos bombones, la halcón se mordió los labios, aprobando la acción. Motivada por su rebelde grito de sus bellos ojos, exclamando "¡más!" con toda las ganas de su ser, mis dígitos libres tomaron a su seno restante y lo masajearon a su antojo. Tenía que admitir que sus tres copas superiores a las de la peliblanca eran irresistibles para mi sáfico instinto. Además, aquello equilibraba la balanza perfectamente entre ambas: Lala poseía un eminente trasero mientras Cetania era dueña del conspicuo pecho.
Y yo en medio de ellas dos, extasiada a más no poder.
Mi lengua volvió a la carga, esta vez en el estómago de la castaña. Su barriga se estremeció al experimentar ese caliente y húmedo órgano recorrerle la tersa piel. Mi boca succionaba con denuedo su epidermis y dejaba pequeñas marcas rojizas que serían indistinguibles de los hematomas que el adiestramiento nos dejaba, pero con el cariño que yo le firmaba a la estadounidense con mi bolígrafo a base de amorosos chupetones. Ensalivé cada rincón de su vulnerable zona estomacal, dejándola brillante para posteriormente ascender paulatinamente hacia sus imponentes montañas pectorales, delineando su circunferencia con preciso cuidado para aumentar la expectación. Una parsimoniosa tortura metódica que, nuevamente, exhibía mi lado más cruelmente perverso.
La emplumada estaba encendida como un volcán en plena erupción; su hiperventilación se incrementaba en decibeles y el sudor se confundía con mi saliva. Su aliento, emulando la elevadísima temperatura de su cuerpo, era una afásica exclamación de piedad, un silente grito que exigía clemencia para su martirio, una afónica oferta de paz que demandaba el cese de libidinosos suplicios y me rogaba por liberarla de su tormento. Yo lo disfrutaba; estaba en completo control de la situación, dominando a la mujer que amo, sometiéndola a mis deseos y voluntad. Poder; tan seductor, tan dulce, tan embriagante y adictivo.
Mas yo no era una dictadora; sino una simple arachne de piernas largas que deseaba compartir el sáfico amor que sobraba en su solitario corazón. Una lesbiana que únicamente anhelaba unir su alma con una, o dos, bellas féminas dispuestas a aceptarla. Y ahora, eso se había cumplido con creces. No iba a echar a perder la deífica oportunidad que nuestra misericordiosa Arachne me había entregado, a mí, a una indigna de tanta generosidad. Apiadándome de mi deliciosa esclava, coloqué tentadoramente mis dedos en el borde de su rojo sostén y miré con expresión pícara a la americana, esperando su respuesta.
Ella, sin dilación, accedió.
Sonriendo y saboreando las mieles del éxtasis de la victoria, deslicé mis dedos a los costados con lentitud, extendiendo un poco más el intervalo entre el desabrochar su sostén y complacernos mutuamente. La nativa de Montana gemía cada vez que mis calculados movimientos rozaban su piel, apretándose los labios. Tales eran las consecuencias de dilatar el tiempo para disfrutar del extremadamente divertido juego de la provocación. Había aprendido a ser paciente, a degustar meticulosamente cada gota de la ambrosía existencial; y la recompensa, como era evidente, no podía ser mejor.
Mis manos finalmente llegaron a su destino, con la rapaz habiendo alzado ligeramente su cuerpo para permitir fácil acceso al broche que delineaba la frontera entre el aprisionamiento y la libertad total de sus grandiosos pechos occidentales. Si el deseo de la estadounidense estaba por las nubes, el mío había viajado más allá de las Pléyades en un súbito salto al hiperespacio. La baba se me escurría de la boca, como animal hambriento, y mis pulmones inhalaban y exhalaban tanto que podrían aspirar por completo a un huracán. Únicamente necesitaba un fugaz movimiento para regodearme la vista, manos y, ¿por qué no?, lengua con esos botones carnosos que casi traspasaban la ropa por lo calientes que se encontraban.
Hasta que alguien tocó la puerta.
– "¿Peaches? Peaches, ¿estás ahí?" – Interrogó Zombina, tocando nuevamente. – "Contesta, granate."
– "For fuck's sake, you gotta be fuckin' kidding me…" – Masculló la aludida. – "¡Sí, ¿qué quieres?!"
– "¿Has visto a Potato?"
– "¡¿Para qué la quieres?!"
– "La Capi las llama a las dos. ¿Está la araña ahí, contigo?" – Declaró. – "Llamé a su habitación, pero no contesta."
– "Aquí estoy, Zoe." – Repliqué, incorporándome. – "Vamos enseguida."
– "¡Aria!" – Musitó la halcón, molesta.
– "¿Qué? Órdenes son órdenes, Süsse." – Contesté en voz baja. – "Continuamos otro día, ¿vale?"
– "¡Sí, pero…! Ay, olvídalo." – Se levantó. – "Ya, vete con tu querida muerta llena de gusanos."
– "No te enojes conmigo, linda; o con ella. No es culpa de ninguna." – Tomé su mano. – "La escuchaste, Smith nos necesita a ambas. Al menos Zoe es educada, no derriba las puertas como Titania."
– "Siempre defendiendo a esa destartalada." – Intentó zafarse. – "¿Por qué no te casas con ella?"
– "Porque es a ti a quién elegí como mi esposa." – Aseveré, afianzando mi agarre. – "Tú y Lala son las únicas en mi vida y lo sabes perfectamente."
– "A veces creo que sólo juegas conmigo." – Volvió a forcejear.
– "Escucha…" – Finalmente la atraje hacia mí, abrazándola y mirándola directamente a sus ojos. – "¿Acaso crees que tanto lo que acaba de suceder, como todo lo anterior, es falso? ¿Piensas que es posible fingir algo tan excepcional como lo nuestro? Podrías olfatear semejante mentira de ser así. Pero no lo haces, porque mis acciones son verdad, así como mi amor. Te amo, Cetania, y te amaré hasta el final. Ninguna muerta viviente podrá alejarme de ti, nunca."
– "…"
– "¿Süsse?"
– "Promételo…" – Musitó la arpía. – "Promete que seré la señora Jaëgersturm. Y que mi única rival será la dullahan."
– "Lo juro por mi alma eterna que así será, amor." – Garanticé. – "Pero, ¿por qué la irlandesa?"
– "Es la única contra quien vale la pena perder." – Aseguró, hundiendo su rostro en mi pecho. – "No aceptaré a nadie más."
Mi respuesta a tan sencillamente magnífica declaración fue besarla profundamente. Estaba orgullosa de mi poderosa cazadora del aire, reconociendo que la segadora era una rival más que digna para ella, admitiendo su importancia; y dándome esperanza de que ella pudiera ser capaz de finalmente aceptarla. Todas continuábamos madurando de una forma u otra. Con suerte, nuestra fortuna seguiría su buen cauce, como ahora. Terminando el ósculo, la sonrisa regresó a su rostro y acaricié su castaña cabeza tiernamente. Así, nos vestimos rápidamente, a insistencia de la pelirroja que estaba desesperada por nuestra tardanza. Raudamente, la falconiforme abrió la puerta, recibiendo a la heterocromática.
– "¿Por qué la tardanza?" – Cuestionó la zombi.
– "Bleh." – La arpía la pasó de largo, torciendo la boca. – "Mata pasiones."
– "¿Interrumpí algo?"
– "Olvídalo, es tiempo muerto." – La rapaz se alejó. – "Sé donde está la Chief, puedo olerla, no necesito que me guíes."
– "¿Y ahora qué le hiciste a tu novia, Potato?" – Preguntó la pelirroja, viéndome.
– "Descuida, Leutnant; cosas de pajaritos." – Aseguré, observando a la americana mostrarle el dedo medio a sus espaldas. – "¿Dices que la Hauptmann nos busca? ¿Para qué?"
– "El chequeo semanal; ya sabes para monitorear su estado físico y mental, prevenir problemas en el campo de batalla, blah blah. Lo de siempre." – Encogió los hombros. – "Esa negra fastidiosa no está, así que por ahora tendrán sesión solamente con nuestra psicóloga, Emily Wilde."
– "Ya veo, finalmente la conoceremos. ¿También les tocará a ustedes?"
– "No, nuestras sesiones son mensuales. De hecho, esto debería ser cada quince días, pero la Capi sigue molesta con Wilde por no entregar todos los papeles a tiempo."
– "Típico de ella. Bien, supongo que un rato con la loquera puede ayudar a liberar algo de estrés."
– "Creí tú y Peaches ya lo hacían." – Ladeó su cabeza, sonriendo maliciosamente. – "¿Ya notaste que tienes una pluma en el cuello de tu camisa, conquistadora?"
– "¿Eh? ¡Oh!" – Me apresuré a retirarla, pero antes de deshacerme de ésta, la coloqué en mi pelo. – "¿Qué tal me veo?"
– "Igual que siempre."
– "¿Tan guapa? Zoe, me halagas." – Realicé una exagerada pose coqueta. – "Danke schön. Tú tampoco estás mal, ¿sabes?"
– "¿En serio?"
– "Síp."
– "Gracias, me alegro." – Sonrió. – "Justo hoy en la noche tengo una cita con un tipo."
– "De nad-¡¿Eh?! ¡¿Con quién?!"
– "Con Robie."
– "¡¿Roberto?! ¡¿Por qué?!"
– "Una apuesta." – Replicó, estirándose. – "Lo reté a un buen intercambio de golpes en el gimnasio Club Deportivo Kobold; acordamos veinte mil en efectivo para al vencedor, pero como yo carecía de los crematísticos fondos, propuse la cita."
– "¿Cómo pudiste perder, siendo una luchadora entrenada?"
– "Nadie es invencible, granate. Hasta a una zombi se le muere la suerte, ¿sabes?" – Rió tenuemente. – "Además, De la Madrid no está tan mal; quizás la que salió ganando, fui yo."
– "Bleh." – Acompañé tal onomatopeya con una mueca de desagrado. – "Scheisse, Zoe; ¿por qué te ofreciste a tal cosa?"
– "Y creí que tus chicas eran las celosas." – Rió. – "No pensarás liarte a golpes con él en el centro comercial, como la dullahan y la arpía, ¿verdad?"
– "Claro que no." – Aseveré. – "Prefiero usar a Mugi."
O a Hummel, o a Erika, o a Seely, o simplemente le saco las tripas con mis garras. Descuartizaba jabalíes salvajes en Weidmann, sería más fácil con un humano. ¡No es que me moleste! ¡Es sólo que la teniente debería estar haciendo algo más útil que perder el tiempo con García! Además, el condenado de Roberto se unió a la competencia, ¡¿Qué tal si intentan reclutarla con mezquina publicidad subliminal?! ¡No! ¡Es mi deber proteger a nuestra Zombina de todo mojado traga-tacos trepamuros con barba de diablo panzón! ¡Y no estoy celosa!
– "Woah, serena, vaquera. Tampoco es para tanto. Es una cita amistosa, no vamos a casarnos." – Ella alzó su mano en señal de alto. – "Ni siquiera sería la primera vez que ando con un chico. ¿No te conté que salí dos veces con tu casero? Y las dos veces terminó toqueteándome, el muy listo."
– "¡Herr Kommandant no cuenta! ¡Seguramente lo hizo por accidente! ¡Soy testigo de su pureza!" – Me pausé. – "Espera, ¿dos? ¿Por qué tantas?"
– "La primera se la debes agradecer a tu azulita, que nos puso paranoicas con sus cartas amenazantes por un buen tiempo." – Aclaró. – "Cierto, era otra broma de Doppel, pero la segunda misiva era de la segadora."
– "Mi Spatzi únicamente trataba de protegerlo de esas locas." – Me crucé de brazos, inflando las mejillas. Mi irlandesita es inocente, ella es pura e inmaculada. – "¿Y la segunda?"
– "Nuevamente gracias a tu novia de piel añil." – Afirmó. – "Luego de que ella tomara uno de mis dientes para transformar a la pequeña Yuuhi, el superintendente Kuribayashi nos impuso arresto domiciliario a todas. Sólo era una excusa para aparentar amonestaciones, claro; la familia de la niña nos agradeció el haberla salvado."
– "Lo sé, eso me lo contó ella." – Asentí con la cabeza. – "¿Estás molesta con la dullahan por haberlo hecho?"
– "Para nada, coincido en que su acción fue muy noble. Esa chiquilla no tenía esperanza, así que una segunda oportunidad de disfrutar la vida, aún muerta, siempre es bienvenida." – Sonrió tenuemente. – "Sólo dile que la próxima vez pregunte primero. Eso de entrar por la ventana y dejarme chimuela con alicates no es precisamente legal. En todo caso, dado que siempre estoy en servicio activo, aproveché para fingir una cita con tu casero y usarlo de carnada para atrapar a una liminal fugitiva. Funcionó, y me divertí en el proceso también; doble victoria."
– "Bueno, al menos en esas ocasiones hubo una razón bastante válida." – Insistí. – "No veo cómo esto sea igual."
– "Creo que no has entendido aún, araña." – Disintió con la cabeza. – "¿Qué parte de siempre en servicio aún no captas? Esta también será una misión."
– "¿Eh? ¿Cómo?"
– "Yep, pasaré de agente policiaca a agente secreta. Dicen que sólo puedes morir dos veces, yo estoy aquí para agitar las cosas, no revolverlas." – Guiñó un ojo, apuntándose con el pulgar. Entendí esa referencia. – "Infiltrarse al territorio del adversario, recaudar información importante y usarla para adelantarnos a sus planes. BrutalCorp tiene jugosos datos sobre los desgraciados que estamos buscando, así que el buen Robie será excelente oportunidad para obtenerlos."
– "Oh…" – Me sorprendí. – "Esa no la veía venir."
– "Y antes que me llames tramposa por recurrir a una táctica tan engañosa con el honesto soldado, te recuerdo que fueron órdenes de la Capi." – Esclareció. – "Yo sólo quiero divertirme, el espionaje es adicional. Además, dudo que Rob posea secretos que nos sirvan, a menos que encontremos utilidad táctica en conocer las medidas de Amanda."
– "Casi la olvido. Cuidado, Leutnant; no querrás terminar corneada por una vaquita celosa." – Me pausé. – "Ya sé, no digas nada."
– "Me alegro de que no pueda sentir cuando me muerdo la lengua." – Rió ella. – "Pero hablando en serio, Aria; ¿lo que dijiste en la fiesta, fue verdad? ¿Realmente… yo te gusto?"
Permanecí inertemente afásica por varios segundos, tallando mi brazo, sonrojada. Podría contestar afirmativamente y la declaración sería verdadera; pero tampoco podía confirmar una proclamación tan delicada a la ligera. Aunque parezca que básicamente caigo bajo los hechizos de cualquier mujer, y no negaré que fantaseo con algunas, el amor era asunto serio para mí y cualquier arachne, por mucho que la cultura popular insista en vernos como ninfómanas sin corazón. Las manecillas corrían, el tiempo no se detenía y aún teníamos que reunirnos con Kuroko. Al final, decidí ser sincera.
– "Te admiro, Zoe; eres una líder nata, una fiera guerrera y, sobre todo, una gran amiga. Representas todo lo que deseo ser en este oficio y eres mi mayor ejemplo a seguir. ¿Qué si me gustas? Demonios, sí; me encantas. Y seré aún más franca; cuando bromeaste sobre tocarme después de verte capturar a esos elfos, en verdad lo hice, fantaseé contigo." – Confesé, mirando al suelo. – "Me da pena admitirlo, pero al igual que tú lo haces conmigo, yo confío en ti, Zoe. Por eso no puedo mentirte, especialmente cuando mi infatuación es tan obvia como mis ocho piernas.
Pero, más que honesta, soy egoísta, sumamente avara. Es hipócrita de mi parte, ahora que todos saben lo que intento con Lala y Cetania, pero no puedo evitarlo; no quiero compartirte con nadie. ¿Por qué quiero someterte a mi egocéntrico deseo, a pesar de que no poseo autoridad alguna sobre ti? No lo sé, de verdad. Tal vez se deba a algún trauma de mi niñez, donde desde mi madre hasta mis amigas no regresaban una vez se alejaban, dejándome sola. Supongo… supongo que ese miedo primordial al abandono se manifiesta en mi actitud tan absurdamente sobreprotectora con las personas que me importan. No hay nada entre nosotras más allá de amistad, pero aún así, siento que debo escudarte. Es casi instintivo.
Sin embargo, y quizás lo peor, es que por mucho que yo te idolatre, amiga, el aprecio que guardo por ti es platónico. Sí, sin duda te tengo entre mis más altas estimas y eres especial entre mis amistades, pero decir que estoy enamorada sería, en mi opinión, exagerar. Te quiero, pero no a ese nivel tan elevado como el que únicamente reservo para la dullahan y la rapaz. Por favor, excúsame por actuar tan celosa y luego confesarte que lo hago por mero capricho, sé que soy de lo peor.
Tienes derecho a recriminarme por mi inmadura conducta, lo merezco en verdad. No negaré que sea veleidosa y que esta ambición malsana vaya a traerme más de un problema en el futuro, y lamento si mis osadas declaraciones te resultaron incómodas. Actúo sin pensarlo, soy demasiado impulsiva, estoy consciente; así que lo siento. Y aún así, no me arrepiento de haberlo hecho, porque en el fondo, siento una chispa entre nosotros; una conexión que nos hace especiales. Nada de lo que dije era mentira, lo juro.
N-no lo sé, Zoe, ni yo misma sé lo que intento contigo; solamente te pido paciencia y comprensión para una veleidosa y torpe araña que finalmente puede declarar libremente sus preferencias y experimenta el amor luego de años de adoctrinamiento y represión. En el fondo sigo siendo una novata en todos los aspectos de mi vida, tal vez es mi deseo que me enseñes y entonces recurro a estas tácticas subconscientes para retenerte. Es lo mejor que se me ocurre para explicar mi absurda conducta inmadura.
Pero, al final de todo, ambas sabemos que, aunque hiciéramos a un lado todo y aceptáramos mutuamente algo así, no funcionaría tan bien como esperamos. Ignoro cómo explicarlo, pues la idea se me hace tan abstracta en este momento que no puedo pensar claramente sin tropezarme la lengua.
Para resumir este soliloquio por los que tanto me gusta decantarme, te diré que sí, me gustas, y mucho; pero no tanto como adoro a mi bella rapaz o de la manera en que idolatro a mi hermosa dullahan. Ellas dos son los amores de mi vida, y, aunque tú has reunido muchos méritos en tan poco tiempo y me sentiría extremadamente honrada de que el afecto fuera recíproco, me temo que lo nuestro debe permanecer en el aspecto amistoso, sin llegar al plano sentimental. No porque no creo que funcione, sino porque actualmente tengo algo de esperanza en que mis planes rendirán frutos, y no quiero arruinarlo.
La inigualable admiración y soberbio respeto que guardo por ti nunca serán mermados por eso. Lo juro."
Suspiré al concluir. Explayarme es casi un cliché en mi vida, y así funciono. Ignoraba cuanto tiempo había transcurrido desde que comencé, pero sentí como si fueran horas. Siempre sucede cuando expongo mi vulnerable corazón, herméticamente resguardado por veinte años de silencio y que ahora había hallado el valor necesario para subirse al podio imaginario y liberar su voz. Bina me observaba de brazos cruzados, con una silente expresión que adivinaba entre la sorpresa e introspección.
– "Interesante." – Opinó, asintiendo tenuemente con la cabeza. – "Es decir, admiro el monumental monólogo que acabas de articular únicamente para decirme que no quieres estropear el ménage-à-trois que llevas cocinado con tus chicas. Muy interesante."
– "¿Eh? B-bueno, supongo que sí, pero…"
– "Está bien, Jaëgersturm, te entiendo perfectamente." – Rió, colocando su mano en mi hombro. – "Tranquila, que opino lo mismo. Esa melosa escena que ustedes tres montaron al despedirse fue prueba contundente de lo afortunada que eres al haber encontrado a tan buenas personas para compartir tu vida."
– "Danke, Zoe." – Sonreí. – "Lamento el extenderme con esto, pero quería dejar las cosas más o menos claras, aunque sea pésima en eso. No estás molesta, ¿verdad?"
– "Al contrario, me halaga que te parezca material aceptable para ser pareja. En serio, es agradable que digan cosas tan bonitas de una."
– "Sehr gut." – Suspiré. – "Pero dime, si las circunstancias lo hubieran permitido, ¿me aceptarías?"
– "Eh, ¿por qué no?" – Encogió lo hombros. – "No serías la primera mujer que se me declara, ¿sabes?"
– "¡¿D-de verdad?!"
– "Viene con la fama, granate. Ser monstruosamente atractiva y patear traseros criminales es una combinación irresistible para cualquier género." – Se jactó. – "La que deberá preocuparse en el futuro será tu niña azul, cuando los ramos de flores empiecen a caerte del cielo, siempre y cuando no te llueva plomo primero. Créeme, todas tenemos nuestro historial con fanáticas que nos ofrecían hasta las pantaletas usadas. Y no quiero hablar de los regalos de las más atrevidas. ¿Por qué crees que Saadia me odia? Me rehusé a compartirle esas fotos. Sus agusanados ojos no serían dignos de tan deliciosos manjares gráficos."
– "Eso suena genial." – Admití. – "¿Puedo tener yo el privilegio entonces, amiga del alma?"
– "No."
– "Scheisse." – Chasqueé los dedos.
– "Eres muy chiquita para contaminar tu mente con tan pecaminosas fotografías." – Dijo burlonamente. – "Ahora, casanova, ¿quieres un consejo? Esta noche invita a tu amada emplumada a pasar la noche en tu cuarto. Nada de tonterías, únicamente compartir el lecho. Úsenlo para hablar y, si eres lista, seguirla convenciendo de aceptar tu alocada idea. Te sorprenderías de lo que el diálogo entre dos personas es capaz de lograr. Y en cualquier caso, será una agradable experiencia para ambas."
– "No es está mal, actualmente." – Levanté mi ceja, extrañada. – "¿Cómo se te ocurrió?"
– "Alguna paredes en la agencia son algo delgadas, y muchas chicas tienen lenguas muy sueltas cuando creen que nadie las escucha." – Afirmó. – "La información ofrecida gratuitamente no es ilegal. Y si los testimonios son confiables, es una técnica efectiva."
– "Supongo que concuerdo. En fin, me alegra que hayamos aclarado esto, Zoe." – Sonreí, ofreciendo mi mano. – "Suerte en la cita, y saluda a Rob de mi parte; dile que sigo agradecida por lo que hizo en el Aizawa."
– "Por supuesto. Y duerme tranquila, que no voy a besarlo." – Rió ligeramente, emulando el gesto. – "Es más, para que veas que aprecio tu interés, te ofrezco lo mismo: Tengamos una cita. Claro, únicamente como amigas… por ahora."
– "¡¿De verdad?!" – Exclamé, con entusiasmo. – "¡E-es decir, por supuesto, no hay problema! Uhm, pero, ¿Cuándo?"
– "Cuando subas de rango." – Afirmó, sonriendo jactanciosamente. – "Para obtener el seráfico privilegio de disfrutar la compañía de esta fastuosa pelirroja, debes seguir ascendiendo el escalafón militar. Soy teniente, merezco algo mejor que una simple cabo."
– "¡Oye, eso es elitismo!"
– "No, es motivación." – Colocó sus manos en la cintura. – "¿Qué harás, arachne? ¿Seguir siendo una patata en el fondo de la cadena alimenticia, o lucharás por lo que por derecho debería ser tuyo?"
– "¡Lucharé, lucharé, maldita sea!" – Declaré, energizada. – "¡Llegaré tan alto que los alpinistas, aviadores y hasta astronautas se morirán de envidia! ¡Porque soy la condenada Potat-Digo, Aria Jaëgersturm!"
– "Excelente. Debo irme ya, pero antes necesito estar segura. ¡¿Estás dispuesta a darlo todo, Sparassediana?!" – Gritó también ella, apuntándome. – "¡¿Prometes nunca rendirte, bajo ninguna circunstancia?!"
– "¡Sí!"
– "¡¿Vas a acabar con toda la escoria criminal de este país?!"
– "¡Por supuesto?!"
– "¡A volverte una laureada agente de élite que enorgullezca al país entero!"
– "¡Afirmativo!"
– "¡¿Y juras gastarte todo el salario de un mes en nuestra cita?!"
– "¡Definitivamente!"
– "¡Eso es lo que quería oír, Jaëgersturm!" – Me dio la vuelta y apuntó al cuarto de Nikos. – "¡Ahora apresúrate y dile a la empusa que la Capi la espera! ¡Debe estar en su recámara en estos momentos, así que, vamos, vamos!"
– "¡Angriff!"
Impulsada por la euforia del momento y el prospecto de disfrutar un día junto a mi heroína de ojos desiguales, me dirigí raudamente a la habitación de la pelinegra y, como si de una película de acción se tratara, pateé la puerta violentamente con mis pedipalpos, abriéndola al instante.
– "¡Dyne, hija de tu mantis madre! ¡Smith nos llama par-¡AY, MAMÁ!"
Mi brioso discurso cesó inmediatamente cuando me hice bolita para esquivar la mortal descarga que la escopeta Mossberg 590A1 de la griega arrojó peligrosamente cerca de mi sesera. La parte superior del marco de su puerta terminó con un patrón desigual de agujeros creados por las esferas de goma contenidas en los cartuchos del arma. Aunque alegaban ser no letales, los cuatrocientos metros por segundo de los proyectiles me hubieran realizado una cirugía facial instantánea de no ser por mis veloces reflejos. Con pedacitos de concreto cayéndome encima, me mantuve callada y temblorosa hasta que la vesánica nativa de Mitilene vociferó como la demente que era.
– "¡Carajo, Jaëgersturm!" ¡¿Quién rayos te dio derecho de entrar como loca a mi recámara?!" – Reclamó la helénica, con arma y toalla en manos. – "¡¿Qué no ves que me estoy cambiando, garrapata imbécil?!"
– "¡Vale, lo siento! Ú-únicamente quería informarte que la Hauptmann nos necesita en el primer piso para nuestro chequeo semanal." – Expliqué, sin dejar de cubrirme. – "No era mi intención interrumpirte en tan íntimo estado, lo juro; ¿podrías bajar ya el arma?"
– "No." – Espetó, cargando otro cartucho y apuntándome. – "Largo."
– "¡Y-ya voy, ya voy!"
Huí del lugar sin pensarlo dos veces ni abandonar mi comprimida pose, al menos hasta no estar en la seguridad del segundo piso. Ignoro qué clase de profesional sea esa tal Emily, pero hasta el más novato de la facultad de psicología catalogaría a esa mediterránea como peligro absoluto para toda estructura biológica existente y la encerraría en el manicomio más cercano bajo tres camisas de fuerza. Ya abajo y recuperada del susto, me encontré con Smith y Cetania, esperando afuera del consultorio que leía "E. A. Wilde" en la placa de la puerta. La arpía detectó el olor a pólvora en mí de inmediato e hizo un ademán con su cabeza, conectándolo con la repentina explosión que debió escuchar dos plantas arriba y ofreciéndome una risita burlona.
Kuroko, por el otro lado, no compartía el humor de la castaña y proseguía mascullando en su lugar y lanzando maldiciones a la descendencia de la ausente doctora Wilde. Aunque la coordinadora no tuviera sesión con ella, Wilde también era la encargada del papeleo importante y era culpa de su tardanza el que Mei, Saadia y los transportes que Sarver nos regaló aún no empezaran a laborar en las nuevas instalaciones. Nikos apareció al poco rato, sin quitarme la mirada de odio de encima y yo pegándome a la americana para sentirme segura. Pasó alrededor de una media hora más entre platicar con la música de fondo de la radio portátil de Chiasa en la recepción y escuchar los improperios de la capitana hasta que una figura femenina cruzó las cristalinas puertas del edificio.
La mujer rubia, que debía ser Emily, avanzó lentamente hacia nosotros, desesperando aún más a Smith, quién no dilató en recibirla cálidamente con una tormenta de insultos y regaños por su demora. Aunque la puntualidad es imperativa en el ambiente profesional, las injurias de la agente no estaban justificadas en esta ocasión. La pobre Wilde arrastraba su pierna vendada, apoyándose en sus muletas para moverse a relajado paso. Por un fugaz momento, las memorias del primer encuentro con Roberto en la nevería regresaron, aunque al menos la chica todavía conservaba su extremidad inferior.
Claro, lo anterior hubiera hecho ver a nuestra superior como una bruja desalmada y opresora de una inerme psicóloga que se esforzaba por cumplir su arduo trabajo a pesar de las dificultades que la cruel vida imponía sobre ella, de no ser porque la doctora, rauda y velozmente, se enfrascó en un acalorado litigio verbal con la coordinadora. Algo que me enseñaron en Weidmann fue que las primeras impresiones juegan un papel primordial en la imagen que tendremos a partir de ese momento con una persona determinada; por ende, siempre cargo con uniformes y demás ropa formal.
No importa que luzca como seguidora del Tercer Reich, pues Japón no fue afectado por la influencia post-guerra de occidente y el estigma alemán es mucho menos severo que en América o Europa, así que mi look es actualmente muy presentable y aceptable. Por supuesto, ahora cualquier indicio de comprensión y ternura que la imagen de la chica entrando con dificultad hubiera creado ahora había sido pulverizada y calcinada en la hoguera de la decepción al contemplarla amenazar a la capitana con su muleta y toda una panoplia de gesticulaciones y señales obscenas que sus manos articulaban con impresionante maestría.
Después que ambas hubieran terminado de injuriar contra sus personas, familias, mascotas y hasta clasificación taxonómica, las adversarias establecieron los términos de paz al serle entregados a nuestra mandamás los documentos que confirmaban la pronta transferencia de Silica y Redguard junto con los nuevos transportes. Las enemigas pasaron a aliadas con un sencillo abrazo y la pelinegra, de mejor humor y rodeándola con su brazo alrededor de su cuello, invitó a la recién llegada a estrenar sus oficinas mientras nosotras esperamos un poco afuera, aún sin comentar nada vocalmente.
Pasados unos minutos, la agente me indicó que yo sería la primera en pasar y recomendó a las demás aprovechar el tiempo practicando su puntería en la armería subterránea con la gnómida, obedeciendo con reticencia. Despidiéndome de la pajarita e incluso de la empusa, esta última contestando con su dedo medio, me encaminé a la entrada del consultorio. Ignoro lo que pase ahí adentro, pero tengo el presentimiento que esta chica va a traernos problemas algo más grandes que unos cuantas impuntualidades.
Arachne mía, ten piedad.
[…]
¡Maldita seas Kuroko! Yo estaba muy a gusto, descansando en mi cama, calentándome de este gélido clima pre-invernal con mi mantita y escuchando a Pink Floyd, cuando tu puta llamada interrumpe la música y me revienta los tímpanos por el volumen infernal. ¡Y para colmo, me vociferas con tantos decibeles que hasta los vecinos pueden escuchar tus vituperaciones desde la bocina! ¡¿Sabes cuantos malentendidos causaste por blasfemar como marinera ebria a todo pulmón?! ¡Juro que si me corren de mi vivienda por tu culpa, te sodomizaré con una motosierra y esculpiré tu cráneo con una cuchara oxidada para servirme café en este!
¡Oh, mil perdones! Qué descortesía la mía el no presentarme primero. Permítanme informarles sobre mi identidad y esclarecer las dudas que mi súbito y florido soliloquio despectivo pudiera haber creado.
Mi nombre es Emily Adeline Wilde y soy actualmente estudiante de música en la Geidai, la Universidad Nacional de Bellas Artes y Música de Tokio. No soy japonesa, lo que explica el nombre anglosajón, la piel caucásica, los ojos verdes y el largo cabello rubio. Nací en la célebre ciudad de Nueva York, pero me mudé cuando niña a Buenos Aires, Argentina; debido a ello, me considero una bonaerense en su totalidad.
Mi trabajo en el Programa de Intercambio es tanto de oficinista como consejera, lo cual sería relativamente fácil. Empero, debido a que tuve la infausta suerte de quedar bajo la tenencia de esa holgazana crónica conocida como la agente Smith, mis funciones fluctúan constantemente y van desde la idiota a la que le piden llevar café a cualquier gato de oficina, hasta pretender que soy psicóloga para un montón de monos con problemas tan aburridos que es un milagro que no me hayan despedido por dormirme a la mitad de los letárgicos discursos de mis supuestos pacientes.
¡Y para colmo, me pagan menos que a un esclavo sobreexplotado del África!
Pero suficiente de relatarles mí patética existencia y el sinsabor de mi oficio, que para eso tengo mi diario de hojas desprendidas que compré en oferta. Mi misión actual, aunque no la tenía prevista, era realizar una evaluación mental a las más recientes integrantes del grupo táctica Monster Ops; las llamadas MOE. Conozco lo suficiente de ellas gracias a los reportes y a la lengua indiscreta de la doctora Saadia Redguard, y admito que tenía curiosidad por charlar personalmente con las laureadas heroínas de los atentados. Por supuesto, mi despliegue anterior de ira en contra de nuestra jefa quizás no fue la mejor manera de darme a conocer, pero ya es tarde para lamentarse.
Mi oficina, de tamaño adaptado a las extraespecies, consta de un hermoso escritorio de negra madera satinada, imitación de ébano, además de un diván del mismo color. Éste último parece más bien una cama debido a sus dimensiones y el hecho que no posea reposabrazos o respaldos más allá de la cabecera. Al menos eso significa que el paciente, sin importar la especie, se sentirá cómodo mientras me expone las fruslerías que se cuecen en su cabeza. Aparte de una planta de sombra decorativa, un tablero de ajedrez, un pajarito bebedor de movimiento perpetuo (ambos traídos desde casa) y una plaquita dorada con mi nombre en mi escritorio, no contaba con otra decoración extra; ni siquiera cuadros de perritos en las paredes. Y que todo el cuarto se encuentre pintado de verde me hace sentir que está cubierto de hongos.
Mis críticas respecto a las pésimas decisiones artísticas de los diseñadores fueron interrumpidas cuando por las puertas de mi oficina hizo acto de aparición una arachne zanquilarga de rubio cabello y más de dos metros de alto. Por esa ropa que casi daba la impresión de ser un uniforme y las facciones tan germanas de su dueña, era fácil deducir el origen alemán de la chica. No era otra sino Aria Jaëgersturm, una de los dos valientes que arriesgaron sus pellejos en ese fatídico día cuando la ciudad de Asaka se vio envuelta por las sombras del terrorismo internacional. Cualquiera en mi profesión de alegraría de pasar el tiempo junto a una ilustre liminal ejemplar, cuyo sacrificio por la nación nipona expresa perfectamente los ideales de nuestro programa.
Excepto yo. La maldita araña estaba toda sudada y apestaba a quitina almizclada.
Tuve que ocultar mi mueca de desagrado cuando ese molesto olor invadió mis sentidos del olfato, ofreciendo una de las tantas sonrisas que he aprendido a fingir. No es que fuera un aroma realmente funesto, pero tampoco es que pasara desapercibido. Ignoro cómo rayos lograría Kuroko que esta niña lograra atrapar a los malhechores sin alertarlos de su presencia con esa fragancia distinguible a kilómetros, pero la muerte de una granate no es mi problema. Saludándola con un estrechón de manos y presentando nuestros nombres, la invité a descansar sobre el diván. Por suerte, mi mano no quedó olorosa debido a sus guantes.
No podía decir lo mismo de mi pobre diván, que ni siquiera tuve la oportunidad de descansar en él para recuperar la siesta que Smith interrumpió. Y dado que no hay ni un mugroso ventilador en esta oficina del demonio, el sudor de esa arachne terminará impregnándose en el cuero del mueble. No tengo ni para quitarle el aroma a cañería a mi propio retrete, así que tendría que llevarme alguno de los disponibles en las bodegas de la estación para limpiar el diván. Tomando mi libreta, bolígrafo y abriendo las únicas dos ventanas disponibles en su totalidad, tomé un banquito para sentarme a lado de Jaëgersturm.
Sí, un banco de madera, no un acolchonado sillón o al menos una silla de plástico; únicamente un jodido taburete para reposar mi culo y que seguramente terminaría por aplanarme las nalgas de lo duro e incómodo que se encontraba. Tratando de hallar la posición adecuada, es decir, una que no me dejara medio trasero colgando, empecé mi rutina de preguntas para que el sujeto comenzara a relajarse y dejar que su mente soltara todo. Así solamente tendría que anotar lo interesante de su verborrea y ofrecerle un diagnóstico que le tranquilizara y finalmente pudiera dejarme en paz.
¿Qué? ¿Ustedes tampoco odian hacer un trabajo que no les pertenece?
Estudio música, obtuve el trabajo de oficinista como especie de medio tiempo mientras que el papel de consejera lo conseguí casi al azar, simplemente porque tengo la paciencia suficiente de mantener la boca cerrada mientras otros hablan, dando la impresión que soy una excelente escucha y confidente. Sí, no tengo título alguno ni conocimientos más allá de la cultura popular respecto al campo de la psicología y el hecho que trate de desempeñarme como una profesional debe resultar insultante para cualquier versado que ha pasado años quemándose las neuronas, tratando de comprender los intrínsecos misterios de la mente humana y liminal.
¡Pero a mí me importa un pepino! ¡Mientras me paguen más que ese miserable sueldo base, me da igual si tengo que fingir ser el fantasma de Evita Perón!
– "¿Doctora Wilde?" – Llamó mi atención la rubia, sacándome del trance. – "¿Se siente bien?"
– "¿Eh?" – Pestañeé rápidamente. – "¡Oh, claro! Sí, sólo meditaba un poco sobre asuntos personales."
– "Entiendo." – Regresó a su postura original, viendo al techo. – "Uhm, dígame, doc, ¿usted…?"
– "Llámame solamente Emily. O Emy." – Le interrumpí. – "Tutéame, no me gustan las formalidades."
– "Jawohl." – Asintió. – "Como decía, Emy, ¿puedo confesarte algo?"
– "Es mi trabajo, Aria. Adelante."
– "Bueno, en realidad, quería algo de consejo." – Aclaró.
– "¿Es sobre tu estado sentimental actual?" – Pregunté, adelantándome. – "¿Específicamente relacionado a tus afanes por establecer una relación poliamorosa con la cabo Cetania y tu compañera dullahan?"
– "Normalmente preguntaría cómo sabes todo eso, pero ya ni me inmuta el que todos conozcan mis intenciones." – Replicó, viéndome de reojo. – "Sí, precisamente sobre eso. ¿Qué opinas? ¿Crees que funcione?"
– "¿Cómo va hasta ahora? ¿Qué avances han tenido?"
– "Bien, seguramente ya sabe de ese duelo que ambas tuvieron en la plaza comercial."
– "Sí, yo fui la que realizó el reporte después de transcribir el dictado de Zombina." – Expliqué. – "Tu origen Sparassediano, las acciones contra los terroristas, el incidente con las cucarachas, el traje de pingüino, la quema del carrito del bebé. Eres de las personas más interesantes cuyos informes de sus actos he tenido el placer de formular. Y, respecto a tu vida amorosa, digamos que la doctora Redguard y el internet son una excelente fuente de chismes."
– "Wunderbar." – Mencionó, sardónicamente. – "Sí, no negaré nada de eso. Aunque lo de los insectos fue por el bien público; logramos poner a un terrible opresor laboral tras las rejas."
– "De hecho lo liberaron tras pagar una fianza que su gorda cartera pudo cubrir sin problemas, pero no pienso quebrarte la ilusión."
Eres una amenaza, Wilde. Ojalá esa maldad me ayudara en algo que no sea ganarse amonestaciones cuando me sobrepaso con las tonterías que suelo hacer. Pero esa idiota de Tara merecía esa trasquilada; aquello le enseñará a no volver a joderme el celular.
– "Scheisse." – Masculló la germana. – "¿En verdad ese desgraciado sigue libre?"
– "Las leyes son para los pobres, Aria. Eso lo aprendí en mi amada Argentina; lo importante en esta vida no es cuánto sepas, sino con quién te juntes. Y si tiene dinero, mucho mejor." – Aseveré. – "Por eso los idiotas que están en el poder y sus compinches pueden dominar a un país entero, aunque no puedan ni contar hasta diez usando sus dedos."
– "¿Por eso trabajas para la policía?" – Cuestionó. – "¿Ser inmune a la ley cuando laboras para esta?"
– "En parte." – Respondí, despreocupadamente. – "Los policías en el barrio Flores eran unos pequeños déspotas que fungían como guardaespaldas de los políticos corruptos, y sus víctimas preferidas éramos los ciudadanos. Sonaría como la clásica historia con aires revolucionarios sobre el inerme pueblo oprimido, pero los habitantes tampoco eran inocentes palomitas. Asesinatos, robos, violaciones, tráfico de sustancias ilegales; nos encontrábamos entre el infierno y el abismo."
– "Joder, eso explica mucho." – Opinó. – "Pero, ¿por qué elegir Japón, de todos los lugares?"
– "Su bajo índice de crimen a nivel mundial denotaba una alta eficiencia en sus instituciones policiacas." – Respondí. – "Así que, bajo mi filosofía de asociarse con quienes posean el poder pero sin querer recurrir a las esferas de la imposiblemente incorregible política, opté por viajar hasta el otro lado del mundo para probar mi suerte. Aprender el idioma y las costumbres fue un fastidio, pero creo que conoces muy bien de lo que hablo, alemana."
– "Algo así, aunque el japonés es el segundo idioma oficial de mi patria, después del alemán." – Señaló. – "Eso sí, sigo prefiriendo los cubiertos a los palillos."
– "Y las japonesas tampoco están nada mal, ¿cierto?" – Reí. – "Lástima que ya estés en una relación, araña. Nos hubiéramos divertido con unas amigas que tengo por ahí."
– "¿Eh? ¿Acaso tú, Emy, eres…?"
– "Soy bi, pero con el súbito influjo de féminas que trajo el Acta, me he decantado últimamente por el cromosoma doble equis." – Reí y levanté una ceja. – "No pensarás denunciarme por quebrar la ley, ¿o sí?"
– "Leyes absurdas, en mi opinión. Y sería hipócrita criticarte de mi parte, ¿no te parece?"
– "Sabía que me entenderías, arachne." – Sonreí. – "¿No tienes ahí una compañera que te esté disponible? Prometo compartir."
– "No realmente. Además, siempre las reclamo para uso exclusivo." – Rió. – "¿Qué tal Chiasa, la recepcionista? Ese cabello color avellana es atractivo y creo que no tiene novio."
– "Nah, parece de esos personajes de manga que ni diálogo tienen. ¿Qué dices de tu amiga empusa?"
– "Tendría más suerte conquistando a una mantis actual que a ese grillo histérico."
– "Ya veo. ¿Cuál era el nombre de esa lagartija pelirroja? ¿Mei?"
– "Demasiado joven e inocente."
– "¿La nekomata que vi cargando un cesto de ropa cuando entré?"
– "Creo que ya tiene pretendiente, y no creo que convide."
– "Rayos." – Chasqueé los dedos. Entonces, pensé en provocarle. – "Quizás debería ir por las ligas mayores. ¿Crees que Zombina…?"
– "¡No!"
– "¿…Conozca a alguien que pueda auxiliarme?" – Finalicé, triunfante. Los rumores de Saadia fueron ciertos.
– "¡Oh! B-bueno, no lo sé." – Titubeó, ruborizada. – "¿P-por qué mejor no respondes a la pregunta que te hice yo primero? Aún no contesta."
¿Y dejar de fastidiarte con tanta facilidad? Lo siento, patas largas, pero una presa tan vulnerable es demasiado tentadora para una super-depredadora como yo. Diablos, ahora entiendo a Redguard; esta araña es tan transparente que casi hace que una se sienta mal por joderla; y digo casi, porque yo me paso por la raja tales dilemas morales. Empero, el tiempo permitido para mis sesiones de manipulación actualmente es demasiado exiguo debido a que esta es meramente una evaluación de las instalaciones para recabar mis opiniones. Esa fue la razón de haber aceptado el viajar desde mi apartamento hasta este edificio mal construido en primer lugar; cuando estás en el fondo del pozo, cualquier muestra de tomar en cuenta la existencia de una es como un rayito de sol en la oscuridad abisal.
Eso es realmente triste, si lo pensamos bien.
– "Bien, realmente no sé mucho de su relación, así que no puedo opinar con certeza." – Retomé el contestar su cuestión. – "Pero Sandy me dice que tú y la pajarita son como ella y un dildo de doble cabeza: Inseparables."
– "Sí, eso es algo que Sandy diría." – Exhaló. – "Aunque tiene razón, las dos somos la una para la otra. De hecho, la razón por la que venga tan desarreglada es que nos interrumpieron en medio de una ardiente sesión de besos."
– "Lamento haberme interpuesto en el camino del verdadero amor y la ricura." – Levanté mi mano. – "Pero en mi defensa, yo también fui llamada contra mi voluntad. Culpemos a Smith, la verdadera bruja del cuento."
– "Descuida, Emily; planeo resumirlo en la noche." – Sonrió, disintiendo con la cabeza. – "Pero no te invito."
– "Malvada." – Le saqué la lengua. – "Como sea, aprovecha esa oportunidad para sugerirle tus ideas y pronto te darás tu banquete doble."
– "Es lo que planeo." – Me miró. – "Sé que usted no está muy enterada de lo que sucede con nosotras tres, así que le pido perdón por hacerla opinar sobre lo que desconoce. Sólo quería que alguien me escuchara."
– "Estuviste muy sola en tu niñez, ¿cierto, Aria?" – Cuestioné, adquiriendo un tono más comprensivo. No le recordé lo de tutearme, no deseaba arruinar el ambiente.
– "Sí." – Suspiró. – "Quizás eso le haga pensar que es absurdo e infantil el que apenas haya llegado a este país y ya alegue que he encontrado a las mujeres de mi vida; que es meramente una infatuación juvenil. Pero le aseguro que el corazón no miente, doc. Si esto tan intenso que experimento y me alimenta con la energía de una galaxia entera todos los días no es amor, entonces clamaré que el concepto de romance de todos los demás están equivocados y que nosotras tres somos las únicas flechadas por el arco de Eros que existen."
– "No, te creo totalmente, Jaëgersturm." – Afirmé. – "No soy experta en el tema, ni pretendo serlo, pero creo que el amor no puede simplemente catalogarse como una reacción química debido a la liberación de dopaminas en el hipotálamo que pueden ser recreadas con la misma acción de consumir chocolate. Esa estupidez de incluso dividir los distintos tipos de afecto como ágape, ludus o storge son buenos cuando se necesitan distinciones técnicas para los reportes, pero no como hechos ni filosofía a la que suelen recurrir esos amargados que detestan tanto la felicidad que intentan degradarla tanto como sus pútridas almas muertas. O amas, o no, así de simple. Y si tú sientes que lo tuyo es más que real y es lo que te mueve, entonces disfrútalo, profésalo y defiéndelo, porque lo único que importa es lo que tú creas; y al carajo con el resto."
Demonios, creo que ahora la que externó todo lo que tenía adentro fue la propia psicóloga. Pero lo expresado era verdad. Incluso Vanessa, siendo mujer de ciencias y una pesimista como yo, concordaba conmigo. Además, la sonrisa de la arachne me confirmó que ella también estaba de mi lado. Con eso pude haber terminado la consulta en buena nota, pero sinceramente, aparte de unos cuantos garabatos circulares hechos con tinta azul, mi libreta aún se mantenía en blanco. Entonces, un foquito se prendió en mi cabeza y formulé una simple prueba que mis profesores solían aplicarnos en la escuela primaria. Posiblemente ella también la conociera, pero nada se perdía con intentar.
– "Dime, arañita, ¿has escuchado la parábola de los ciegos y el elefante?" – Interrogué. – "¿O alguna variación Sparassediana equivalente?"
– "No que yo recuerde."
– "Bien, trata de seis personas invidentes que se encuentran con un elefante, criatura que jamás habían conocido antes." – Relaté. – "Para conocer la identidad del animal, comienzan a palparlo y expresar la forma que posee. Uno que sostenía la trompa declaró que era muy parecido a una serpiente. Otro, que agarraba su pierna, afirmó que era más como un tronco de árbol, mientras que el tercero clamaba que era muy pequeño al sentir su cola. Naturalmente, comenzaron a discutir por quién tenía la razón, defendiendo recalcitrantemente sus puntos hasta culminar en una trifulca. No fue hasta que el cornaca detuvo la pelea y les explicó la realidad. Finito."
– "Entiendo. Quiere que le externe lo que interpreté, ¿cierto?"
– "Por favor."
– "Supongo que es una alegoría a cómo entre más creemos saber, más descubrimos lo mucho que ignoramos." – Respondió. – "Por ende, el cooperar y trabajar juntos es primordial para evitar parcialidades en nuestra sabiduría y contemplar el verdadero panorama que se nos presente frente a nosotros. La verdadera ceguera está en la mente, si le permitimos a nuestro ego taparnos los ojos."
– "Muy optimista opinión, querida." – Asentí, anotándolo en mi bloc de notas. – "¿Algo más que desees agregar?"
– "No por el momento."
– "Vale. Creo que eso sería todo por hoy." – Le di un golpecito a la libreta con el bolígrafo, enfatizando la conclusión de la sesión. – "Muchas gracias por tu cooperación y por tu tiempo, puedes retirarte cuando gustes."
– "¿Eh? ¿Tan rápido?"
– "Únicamente es una sesión de prueba, y acabas de darme una buena impresión de lo que piensas; con eso basta."
– "Bueno, si usted lo dice. Gracias a usted, doc, por escuchar." – Sonrió, incorporándose. – "¿La próxima semana a la misma hora, por el mismo canal?"
– "Come frutas y verduras." – Bromeé, ofreciéndole la mano. – "Nos vemos, Aria, hasta pronto. Diles a las demás que enseguida las atiendo, necesito organizar mis papeles primero."
– "Con gusto, amiga." – La estrechó. – "Auf Wiedersehen."
Asintiendo, la rubia salió del consultorio, con una última despedida, agitando su mano antes de cerrar la puerta, contestando yo de la misma forma. Oyendo el eco resonar en la habitación vacía, me levanté tranquilamente y coloqué el seguro a la entrada. Nuevamente, el escritorio no tenía asiento propio, sólo ese diminuto taburete, así que preferí terminar de escribir mis resultados de análisis y cambiar la hoja. Admiré por unos momentos al pajarito bebedor de plástico, en su eterno vaivén vertical alimentado por su motor térmico y ese color rojo. Podría formular paralelos entre el movimiento repetitivo del objeto con la monotonía de mi oficio, pero eso lo guardo para mis nimios pensamientos que transcribo en el diario.
Mi tablero de ajedrez permanece intacto, con las piezas de plástico con tonos de imitación de marfil reposando en su interior. Hace mucho que no tengo una buena partida y nadie ha deseado retarme; tal vez se deba a que me agarro a trompadas cuando pierdo, pero quizás exagero. Suspirando, me dirigí al diván y, con nula gracia, me desplomé encima de este para meditar sobre lo que esa arachne mencionó. Estando a solas, con solo el ruido de la urbe en la lejanía, podía permitirme ser yo misma, bajo el cobijo del sincero aislamiento.
– "¡Por fin!" – Exclamé mentalmente. – "¡Pensé que nunca se largaría!"
¡Jodida pariente de Hitler, ¿a mí qué coño me importa tu puta vida amorosa, si no vas a invitarme?! ¡¿Acaso crees que una tiene tiempo de sobra para escuchar intranscendentales fruslerías sobre un trío de chupaconchas sin siquiera ofrecerme un pedacito del pastel?! ¡¿Piensas que soy inmortal o algo así para desperdiciar mi existencia oyéndote querer todo pero no convidarme?! ¡Me hago vieja a cada segundo, y tú succionándome el tiempo, cual sanguijuela, pero no la concha!
¡Oh, dejen de verme de esa infausta manera! ¡Cualquiera opinaría igual que yo! ¡Esta maldita pierna no me ha permitido tener algo de diversión en días! ¡Soy sólo humana, una tiene necesidades qué satisfacer! Es decir, este ni siquiera es mi trabajo, es simplemente un puesto temporal que de alguna manera terminó imponiéndoseme. Leí los documentos de este proyecto detenidamente; los habré usado después para limpiarme el trasero luego que el papel higiénico se me gastara, ¡pero juro que los examiné! Y ahí fui que descubrí, entre los memos que los altos mandos intercambiaban y que yo solía entregar personalmente, que originalmente se tenía pensado en buscar una psicóloga profesional, elegida entre varias candidatas que actualmente laboraban en el hospital general Hopkins y el Howaitotaigā, en Shinjuku.
Claro que, para que eso haya sucedido, se debería suprimir al factor Smith, cuya tacañería y lengua de serpiente fueron capaces de convencer a sus superiores que una maldita oficinista como yo era más que indicada para un puesto menor y que no tendría sentido gastar valiosos recursos numismáticos en algo que no fuera el presupuesto para Monster Ops. Y el superintendente, de alguna manera, se puso de su lado y gracias a su influencia terminó aprobándose la idea de esa maldita pelinegra adicta a la cafeína. Y yo acabé en este barato diván de imitación que apesta a mil rayos y ni una jodida promesa de que todo esto reflejará un aumento en mi paga.
¡Y sigo sin tener aunque sea un maldito sillón para descansar mi adolorido trasero! ¡Acaso piensan que me mantengo flotando en el aire a base de flatulencias! ¡Maldita sea, ya empecé con las alusiones escatológicas! ¡Y para colmo, el pie comienza a fastidiarme de nuevo!
Tallé mi sien, cansada. Estaba a punto de desplomarme e imitar ese vano intento de suicidio de Redguard, lanzándome del último piso. Levantando mi trémula mano, la inserté en uno de los bolsos de mi bata y de ahí extraje un pequeño frasco color ámbar con unas cuantas cápsulas en su interior. Abriendo el envase con celeridad, liberé dos pequeñas pastillas de tonos carmesí y sin dilación las inserte en mi boca, siendo tragadas en seco y al instante. Luego que los movimientos de mi esófago permitieran al comprimido liberar sus efectos relajantes en mi estómago, suspiré y me permití unos momentos de calma, observando el frasco detenidamente.
– "Con razón saben a fresita." – Musité. – "Estas son vitaminas."
¡La reconcha de la lora! ¡Nuevamente agarro las pastillas equivocadas! Ah, pero claro, esto me pasa por hablar de estupideces con Saori en lugar de simplemente robarle los medicamentos a escondidas como la gente normal. Con un demonio, y Saadia no está aquí para darme algo de morfina o tan siquiera un miserable cigarrillo. Ya sé que está prohibido fumar en este edificio, ¡pero no me importa! ¡Necesito relajarme o juro que voy a terminar besando a la próxima hija de perra que llame a la puerta! ¡Y espero sea la pajarraca o la empusa!
– "¡Simijo, Adeline! ¡Deja de estarte rascando el higo y abre la jodida puerta de una vez!"
Me retracto de lo que dije.
– "Ya voy, Kuroko. Tenme paciencia, que tengo mala la patita." – Respondí, incorporándome con mi muleta y guardando las pastillas. – "Y no golpees tan fuerte, que el concreto de desmorona."
– "¡Yo voy a desmoronarte si no te apresuras!" – Volvió a insistir, provocando que un pedacito de la pared se resquebrajara. – "¡Abre o te meto ese pájaro bebedor por el culo!"
– "No grites tanto. Te vas a poner vieja y fea." – Contesté, quitando el seguro y recibiéndola. – "Aunque ignoro si eso es físicamente plausible."
– "Cuando yo apenas empiece a desarrollar canas, tú ya estarás siendo consumida por gusanos, Wilde." – Replicó, entrando. – "¿Por qué demonios tardaron tanto tú y Jaëgersturm? ¿Se metían el dedo mutuamente o algo así?"
– "¿Sabes, Smith? Quizás yo no sea una profesional titulada, pero esa cantidad de bromas de lésbica temática a las que recurres son indicios de tu propio safismo latente." – Aseguré. – "Y conociéndote, no te conformarías con algo de menor categoría que tus niñas armadas. ¿Con quién practicas la exploración de cuevas rosadas? Es Zombina, ¿verdad?"
– "De hecho, es Doppel, así puedo tenerlas a todas." – Contestó secamente, mirando su reloj. Buena broma. – "Mira, desearía continuar esta interesantísima charla sobre tus irrisorias deducciones de revista de modas, pero las granates deben entrenar en una hora, además de que necesito tu reporte apenas termines. Date prisa, ¿quieres?"
– "¡Pues discúlpeme, su Majestad! ¡Sólo intento hacer bien la maldita tarea que usted, Reina de Corazones, impuso contra mi voluntad! ¡Sonreír como el Gato de Chesire mientras una Falsa Tortuga te cuenta sus penas lleva tiempo, ¿sabe?!"
– "Debería cortarte la cabeza por tu insolencia, Duquesa, pero ni el reloj mensual del Sombrerero podría ayudarnos a extender el escaso tiempo que nos sobra." – Contestó la coordinadora, ajustando sus gafas de sol. ¿Por qué sigue usándolas en interiores? – "Quiero tu reporte en menos de sesenta minutos, y para hoy. Prosigue con la siguiente y no demores, ¿entendiste, Liebre de Marzo?"
– "¿Por qué estamos haciendo referencias al mundo de Lewis Carroll en primer lugar?"
– "Tú empezaste, Alicia." – Extendió su mano. – "Y antes que me vaya, muéstramelas."
– "¿De qué hablas?"
– "Tú sabes perfectamente a qué me refiero, Adeline." – Insistió con su extremidad. – "No te hagas la inocente. Muéstramelas."
– "Rayos, Kuroko; al menos llévame a una cena primero."
– "Vuelves a hacer otro chiste igual y tu pie no será lo único vendado. ¡Enséñamelas, Wilde!"
– "Ugh, bien." – Refunfuñé, metiendo mi mano en mi camisa, hasta mi sostén. – "¿Segura que no lo haces porque también te gustan?"
– "El café es mi único vicio. Y con más clase que el tuyo." – Tomó lo que le entregué, examinándolo. – "¿Vitaminas sabor fresa?"
– "Sorpresa." – Contesté sardónicamente. – "Sandy me dijo que necesitaba reforzar mi sistema inmunológico antes que llegue el invierno. ¿Contenta, mein Führer?"
– "Me las quedo, por si las dudas. Y es meine Führerin, argentonta." – Las guardó en su saco. – "Sé que cargas encima con más que vitamínicos, Adeline; y algún día voy a atraparte."
– "¿Quieres revisarme ahora? Hoy no me puse ropa interior."
– "Sesenta minutos, Wilde." – Comenzó a retirarse. – "Y date un baño cuando termines, ¿sí? Apestas a araña."
La capitana cerró la puerta con la suficiente fuerza para que un pedazo de la pared se terminara de quebrar, con piezas del concreto creando polvo al caerse y dejando un muy bonito agujero que desentonaba con la mayormente uniforme oficina. Y para colmo, mi pajarito bebedor cayó al piso, derramando su rojo líquido y esparciéndolo por el suelo como la sangre de una víctima de guerra.
¡La puta que me parió! ¡¿Qué hice para merecerme este dantesco castigo?!
Enfurecida como rinoceronte rabioso, tomé al ave de plástico rota y la arrojé por la ventana con todas mis fuerzas. Desgraciadamente, fallé el tiro y acabé manchando la pared adyacente de rojo y pedacitos de plástico. Más encabritada que antes, arrojé mi muleta en la misma dirección y pateé el taburete. Entonces, recordé que dar un puntapié a un banco de madera con una pierna lastimada no es precisamente la idea más brillante que existe. Rodando en el suelo del dolor, mis vituperios fueron interrumpidos cuando alguien llamó a la puerta.
– "Disculpe, doc." – Habló Cetania. – "¿Puedo pasar ya?"
– "¿Eh? ¡Oh! Sí, dame un segundo."
No quería saber más de aves en ese momento, pero órdenes eras órdenes y ya deseaba finalizar para regresar a mi casa. Asiéndome con mi muleta e ignorando el dolor en mi miembro inferior, cojeé hasta la puerta y permití en paso a la rapaz. Ella entró y me ofreció su mano protética, saludándola de regreso e invitándola a recostarse en el diván. Noté una sutil sonrisa al acercarse a éste, posiblemente al haber captado el aroma de su amada arachne impregnado en el cuero. Ugh, aunque me muerda la lengua, algunas personas sí que tienen gustos raros; la pajarraca debe querer mucho a esa olorosa para tolerar tan irritante aroma. Bueno, mi apartamento no es exactamente el más pulcro de la ciudad y el hedor de las alcantarillas y demás podredumbre urbana solían causar nauseas a los no iniciados, pero al menos no provenía de mí.
Excepto cuando hurgaba los botes de basura para encontrar algo comestible, pero eso es tema aparte.
Me permití admirar el bien formado cuerpo antropomorfo de la falconiforme, reposando tranquilamente y esperando a que yo tomara asiento. Al contrario de esa zanquilarga, esta halconcita sí poseía un trasero actual y un par de pechos respetables. Calculaba que eran del mismo diámetro que los míos, aunque me temía que no podría llevar una comparación directa; la vida es cruel. Al menos era amable y se incorporó para ayudarme a acomodar el banquito y permitirme sentarme, cosa que agradecí. Ya preparadas, tomé mi bloc de notas y empecé el protocolo regular.
Es decir, convencerla de volver ese trío en cuarteto, o al menos compartir unos cuantos besos franceses. Si no puedes conquistar a la nación directamente, ve por sus estados satélite.
¡No me critiquen! ¡Estoy desesperada y la pajarucha está sabrosa, no puedo evitarlo! ¡Ustedes harían lo mismo, no lo nieguen! ¡¿Qué acabo de decirles?!
– "Buenas tardes, Cetania, soy Emily Adeline Wilde, ¿cómo te encuentras?"
– "Supongo que bien, doc." – Replicó. – "Fui la primera en retirarme de la armería. Dyne iba a ser la segunda, pero se quedó discutiendo con Aria, como siempre. Son peores que hermanas peleando por boberías. Me trae cierta nostalgia."
– "¿No te preocupa que se maten a plomazos?"
– "Se odiarán a muerte, pero no a tal grado. O eso espero, no quiero quedarme viuda antes de la boda." – Bromeó. – "En todo caso, ¿le sucedió algo? Esos gritos que dio podían escucharse por todo el edificio."
– "Descuida, sólo un pequeño accidente."
– "¿Qué le pasó en su pierna? ¿Está rota?"
– "Sólo un esguince, sanará. Gajes del oficio." – Contesté amablemente. No me creería cómo me lo causé. – "Dime, ¿todo bien en el adiestramiento? ¿Algún problema con tu actitud respecto a tu deber con la justicia? ¿Cómo va todo con tu rival sentimental? Escuché que su enemistad ya no es tan agresiva como antes."
– "Titania es dura, pero también lo era Smith; supongo no tenemos opción." – Rió ligeramente. Entonces, alzó una ceja. – "Espere, ¿qué fue eso último?"
– "Sólo curiosidad, amiga. Descuida, todo será cien por ciento confidencial; palabra de profesional."
– "¿Cómo se enteró?"
– "Un pajarito me lo dijo." – Bromeé. No la hizo reír; qué amargada. – "Pero hablando en serio, entre tu rubia, los rumores de Saadia y mis propias deducciones, ha llegado a ser de mi interés este asunto tan interesante."
– "Y personal."
– "Es parte de mi trabajo, querida. Descuida, no necesitas decirme nada si no deseas, no es obligatorio." – Afirmé. – "Sin embargo, considero que sería de utilidad el discutirlo y quizás ayudar a evitar algún conflicto a futuro. Una disputa seria entre miembros del equipo pondría en juego la estabilidad del proyecto."
– "Bueno, me reservo mi derecho a la privacidad. Lo siento, doctora Wilde."
– "Llámame Emily, o Emy, por favor." – Sonreí. Última oportunidad de apelar a su generosidad. – "Odio los formalismos."
– "De acuerdo, Emy. Pero sigo sin querer hablar de eso ahora."
¡Hija de puta!
– "Está bien, entiendo." – Me esforcé por continuar con mi mueca positiva. – "Es tu decisión después de todo."
– "Bueno, tal vez si quiera." – Titubeó. ¡Éxito! – "Aunque creo que es un poco tonto."
– "No hay plática tonta en este trabajo, Cetania." – Afirmé. Especialmente si puedo ganar algo con escucharte. – "Adelante, con confianza."
– "Bien." – Suspiró. – "Aunque no sé por dónde empezar."
– "Te haré una pregunta fácil; ¿por qué aceptaste ser rival de otra chica cuando esta ya ha obtenido a la mujer que deseas?"
– "Yo llegué a ella primero, Emily. Fui literalmente la primera amiga que tuvo al emigrar, y viceversa." – Aseguró. – "Cierto, ella se quedó en casa de esa decapitada y yo sólo la visitaba de vez en cuando. Pero incluso cuando nuestros encuentros no eran tan frecuentes, el cariño que desarrollé por ella se acrecentaba con celeridad. Seguramente piensa que lo mío es infatuación juvenil, pero le juro que esto que siento es verdadero amor; el corazón no miente."
– "No discuto tus sentimientos, Cetania; de eso solamente tú puedes estar segura." – Repliqué. Diablos, suena igual a esa araña. – "Y si crees que son puros, entonces nada más importa."
– "Thanks, Emy." – Sonrió. – "Por cierto, la Chief nos contó que usted era neoyorquina. ¿Pasó mucho tiempo en la Ciudad que Nunca Duerme?"
– "No realmente. Emigré a Argentina cuando era muy pequeña, así que mis memorias de La Gran Manzana son difusas."
– "I see. Bueno, como decía, nuestro tiempo juntas, aunque no tan extenso como el que compartía con la irlandesa, era realmente especial." – Prosiguió. – "Rayos, incluso yo fui quien se confesó primero al darle su primer beso. ¡Y aún así, terminó en brazos de esa canosa!"
– "Entiendo. Pero aún así, la alemana aceptó tu afecto, ¿o no?"
– "Sí, lo hizo, y me alegro como no se imagina. Sin embargo, yo quería que ese amor fuera exclusivamente para mí." – Talló su brazo. – "Es decir, es lo lógico, ¿cierto? Las parejas son de dos, no tres."
– "¿Incluso cuando la poligamia es muy común en las sociedades liminales y las arpías son notorias por ello?"
– "Para las comunes, corredoras y de corral quizás, pero las rapaces elegimos únicamente una persona de por vida." – Declaró. – "Y le somos fieles hasta la muerte. Hice mi elección y Aria es esa persona; jamás desistiré en ello."
– "Te admiro tu empeño, chica. Pero, entonces, ¿estás en contra de la idea de que alguien posea más de una pareja?"
– "No, creo que no. Conozco personas en esa clase de relaciones que son perfectamente felices, y decir que lo que sienten no es amor, sería insultarlos." – Manifestó. – "Es sólo que, no lo sé; no es tan fácil aceptar algo cuando te sucede a ti también, ¿entiende? Y me siento hipócrita por ello."
– "Tranquila, que comparto perfectamente tu sentir." – Coloqué mi mano en su hombro. – "De pequeña, decía que la policía era basura corrupta y que jamás me volvería una de ellos. Años después, aquí estoy y la lengua todavía me duele."
Aunque en mi defensa, la policía japonesa es un parangón de honestidad y bravura comparada con ese pozo de iniquidad concentrada en uniforme que infecta a mi querida patria.
– "¿De verdad? That's kinda fucked up." – Rió la halcón. – "Pero sí, es irónico que no acceda a algo que, al final, solucionaría todo. Y tendría a dos mujeres por el precio de una."
– "Una oferta muy tentadora, en mi opinión personal." – Acoté. – "¿Pero te has dado cuenta que estás declarando que serías capaz de aceptar? ¿Qué es lo que te detiene? ¿Reticencia a cederle una supuesta victoria a la dullahan? ¿Miedo a que termines admitiendo que estabas equivocada al negarte por demasiado tiempo?"
– "¿Eh? No, no creo. Es que…"
– "No estás segura si la Abismal, de aceptar, te ame realmente o sólo lo haga para complacer a Jaëgersturm, ¿cierto?" – Cuestioné. – "Deseas que el sentimiento sea igual entre las tres. Lo importante para ti no es el número, sino que el afecto sea real, auténtico, especial. De lo contrario, se sentiría vacía."
– "Creo que… creo que tiene razón." – Admitió. Bingo, acerté. – "Muchos pensarían que soy una tonta por renegarme a la oportunidad que ellos sólo pueden soñar con obtener, pero para mí, el amor es cosa seria. Si no hay un compromiso innegable y verdadero, la relación no puede existir."
– "¿Es posible que ese lazo tan único pueda nacer entre las dos, como con la arachne?"
– "No estoy segura. T-tal vez." – Se talló su brazo. – "Aparte de amar a la misma mujer, tenemos varias cosas en común. Y si le soy sincera, Lala actualmente es una persona agradable y admirable. Es fácil entender por qué Aria la adora tanto, y no puedo culparla por ello. Incluso charlé con ella una vez y admitimos que en otras circunstancias, hubiéramos sido buenas amigas."
– "Eso significa más de lo que piensas, amiga. Mira, hagamos un experimento." – Propuse. – "Imagina que tú ganas y Aria te elige como su única compañera. Ahora, supongamos que te propone cumplir esa fantasía y te sugiere un trío con la tal Lala. Ya no debes preocuparte por perder a tu araña, tú ganaste para siempre; sólo es diversión sin compromiso. Responde, ¿aceptarías?"
– "Bueno, yo… N-no lo sé. Tal vez si ella…" – Su brazo se desplumaría de tanto que lo tallaba. – "¿P-podemos cambiar el tema?"
Soy una amenaza. Ojalá me pagaran por eso.
– "Por supuesto." – Accedí, sonriente de mi triunfo. – "De hecho, nuestro tiempo se ha extendido lo suficiente, así que simplemente haré un estudio rápido. Dime, Cetania, ¿has escuchado de la parábola de los ciegos y el elefante? Es hindú."
– "Uhm, me suena. ¿Es como la historia de los conejos y el valle de la abundancia? Es una vieja fábula que nos contaban en la tribu Wankatanka." – Explicó. – "Trata sobre un grupo de conejos ciegos que se encuentran por primera vez un valle hermoso, con cristalinas cascadas, diáfanos lagos de agua fresca y montes muy verdes. Ahí, encuentran un animal que nunca habían conocido: wapití, o ciervo del norte; y comienzan a palparlo, cada uno dando su opinión de cómo luce basado en la parte que tocan."
– "Sí, es precisamente la misma historia. Qué pequeño es el mundo, ¿cierto?"
– "Y cruel." – Dijo. – "Es decir, mientras los conejos discuten por ver quién tiene la razón, un grupo de arpías rapaces los masacran sin que se den cuenta, incluyendo al wapití."
– "Veo que los americanos recibieron la versión sin censura." – Reí tenuemente. – "Ignorando la darwiniana enseñanza que hayan tratado de darte con tan cruento relato, ¿cuál es tu opinión personal?"
– "Que si somos tan ciegos para pelearnos por tonterías, alguien más aprovechará para jodernos, sin dejarnos disfrutar del paraíso."
– "O que si defendemos tercamente nuestra opinión errónea, aunque sepamos que estamos mal, viviremos a merced del sufrimiento, ¿no? Es mejor unirnos y así ver que la felicidad siempre estuvo frente a nosotros"
– Sí, algo así." – Se pausó y me miró, entrecerrando los ojos. – "Oh, es malvada, Emily."
– "Yo únicamente coloqué la carnada, tú decidiste morderla." – Contesté, burlonamente. – "Descuida, no expondré eso en el reporte, sólo generalidades. Eso sería todo, Cetania; gracias por venir, puedes retirarte."
– "Alright, doc." – Se levantó del diván y ofreció su mano postiza. – "Gracias por escucharme, y por no decir nada. ¿Próxima semana?"
– "Of course." – La estreché. – "See ya, birdie. Take care."
– "You too."
Así, la nativa de Montana se retiró. Suspiré, pero una pequeña mueca de alegría había hecho su hogar en mis labios. La conversación, aunque no me ofreció el objetivo principal que yo buscaba en un principio, me permitió conocer mejor a una buena persona, ofrecerle verdadero consejo y, si tengo suerte, hasta ayudarle a que se decida y encuentre la verdadera dicha que tiene al alcance. Confieso de que de vez en cuando puedo cumplir demasiado bien con mi trabajo. No soy un monstruo egoísta, sino una simple mujer con defectos como cualquiera, pero que diario se esfuerza por dar lo mejor de sí a pesar de las constantes inclemencias que la vida osa imponer-
¡¿Ay, a quién engaño?! ¡Desperdicié mi oportunidad!
Igual que esos conejos imbéciles, me enfoqué en otra cosa y mientras satisfacía mi ego al hacerle confesar a la castaña, olvidé sugerirle mi propuesta. Lo peor, es que creo que lo hice conscientemente. ¡¿Por qué rayos sigo guardando humanidad en mi abyecta bomba sanguínea?! ¡¿Por qué sigo padeciendo las debilidades de la virtud?! ¡Cómo odio ser tan buena! Suspiré, no tenía caso seguir creándose más problemas con las úlceras estomacales que debí desarrollar en tan pequeño intervalo. Ya tendría otra oportunidad, sólo debía ser paciente y evitar dejarme llevar por los sentimentalismos.
Además, aún me quedaba esa empusa.
Di una vuelta a la hoja de mi libreta y me preparé para recibir a la última paciente del día. Me dirigí a la puerta y para sorpresa mía, ella ya estaba frente a esta. Invitándola adentro, ella pasó, con esa mirada seria que no difería en persona a la encontrada en su fotografía. Estrechando su mano y dándonos nuestros nombres, ella se acostó en el diván. El olor de la arachne no parecía ya estar presente, porque estaba segura que la pelinegra hubiera mostrado alguna expresión de disgusto al sentirlo. O ya me acostumbré al aroma, lo cual me asusta. Sacudiendo mi sesera y quitándome la bata y la chaqueta por el calor, me senté y empecé la rutina.
– "Esta oficina está realmente vacía, doctora." – Mencionó ella, sin mirarme – "Y huele a araña."
Gracias por tu observación, Capitana Obviedad. ¿Qué haríamos sin tu aguda percepción?
– "Todo empieza desde abajo, sargento." – Respondí civilmente. – "Grecia empezó como meros asentamientos de migrantes agricultores neolíticos de la península anatólica y mira en lo que se convirtió."
– "¿Un estado corroído por la crisis económica?"
– "Yo hablaba de su gloriosa Edad Clásica, pero supongo tienes razón." – Suspiré. Chica dura. – "Pero incluso ese desplome de crematísticas existencias no hubiera sido posible sin haber alcanzado la grandeza primero, ¿no lo crees?"
– "No, sería lo mismo." – Expresó. – "Si tan infaustos sucesos dependieran de la abundancia de recursos pecuniarios, las naciones empobrecidas no seguirían bajo el yugo de los caciques o la decadencia de la anarquía."
¡La concha de la lora! ¡No me contradigas, saltamontes subdesarrollado!
– "En fin, incluso si es su primer día, debió haber traído al menos sus diplomas, para mantener ese aire de profesionalismo." – Prosiguió. – "¿No lo cree así?"
¡Y no te atrevas a decirme que hacer, grillo de mierda!
– "Admito que lo olvidé. No esperaba laborar esta semana, pero así es el trabajo." – Respondí, alzando mi pierna herida. – "Aunque, si hablamos de profesionalismo, creo que cierta helénica que aún parece desconocer las reglas básicas de la disciplina del gatillo no debería amonestar tan severamente a una humilde trabajadora por una intrascendental omisión sobre sus títulos. ¿No lo cree así, sargento?"
– "¿Sufre de alguna enfermedad, doctora? ¿Cómo diabetes, anemia o un caso crónico de nervios?"
¡Ja! ¡No intentes cambiar el tema, boluda! ¡Te tengo donde quería!
– "Por supuesto que no, querida." – Contesté, con tono condescendiente y haciendo ademanes exagerados. – "Soy una mujer muy sana."
– "¿Entonces que son esas marcas de agujas en sus brazos?"
– "¿Eh?"
Miré mis extremidades superiores, descubriendo que, en efecto, los vestigios dérmicos de las inyecciones de mis, ejem, medicamentos especiales seguían plasmadas en mi blanca piel y que mi camisa de mangas cortas no logró ocultar. Colocándome de nuevo la bata, traté de mantener la compostura y continuar con la sesión. ¡Con un demonio, todo por no contar ni con un maldito abanico para evitar asarme en este infierno de concreto barato! ¡Maldita sea tu tacañería, Kuroko!
– "Sólo son las vitaminas que consumo para reforzar mi sistema inmunológico." – Declaré. – "Crecí en la gélida Argentina y debía administrármelas regularmente para combatir enfermedades. El clima nipón es un poco similar, así que es por prevención."
– "¿Entonces por qué la Jerarca le decomisó sus pastillas vitamínicas?"
– "No eran las indicadas por el médico y se ofreció a cambiármelas más tarde."
– "Pensé que era una mujer muy sana."
– "Dime, Dyne, ¿has oído de la fábula de los ciegos y el elefante?" – Injerí, intentando cambiar el tema. ¡Odio cuando los papeles se invierten! – "Es una vieja leyenda de orígenes hindúes y trata sobr-"
– "La conozco." – Interrumpió, cortante. – "La considero una excelente representación de la infinita estupidez de la soberbia humana y la irónica inopia de la civilización a pesar del refinamiento del conocimiento."
– "Eso es muy nihilista, pero supongo es una manera válida de interpretarla. No hay respuesta precisa, así como errónea."
– "Genial. ¿Algo más?"
¡Sí, largo de mi oficina y no vuelvas nunca!
– "Bueno, generalmente reservo eso para el final, pero aún nos sobran veinticinco minutos." – Repliqué. – "¿Algo que desees discutir?"
– "No, ¿puedo irme ya?"
– "Si ese es tu deseo." - ¡Por fin! – "Aunque realmente me has ofrecido una visión demasiado estrecha de tu persona, Dyne. ¿No nos advierte la parábola que una opinión parcial nunca nos ofrecerá una vista absoluta del panorama?"
– "¿No es usted la que debería hacerse esa pregunta?"
–"Pero aplica para ti también." – Aseveré, golpeando la punta de mi bolígrafo en el bloc. – "Tu denuedo en retirarte apenas empezando me dice que, aunque mi persona no es de tu desagrado, actualmente no estás a gusto con mi profesión ejercida. ¿Me equivoco?"
– "En lo absoluto, tiene razón." – Asintió con la cabeza. – "No necesito de algún loquero para que me diga lo que ya sé."
– "¿Y qué sería eso?"
– "Que esta máscara de hostilidad resguarda una persona fracturada y vulnerable que ha encontrado seguridad en el hermetismo sentimental." – Arguyó. – "Aunado a una sociópata filosofía personal cuya contrastante índole con su deseo de proteger a la sociedad misma, evidencia un conflicto interno sin resolver. Lo mismo puede decirse de usted, ¿cierto, Wilde?"
– "¿Por qué lo dices?"
– "Ambas somos lo mismo; usamos una máscara cuya grietas de vez en cuando permiten que nuestros últimos restos de humanidad se manifiesten en la pétrea semblante de ese hipotético disfraz." – Me miró fijamente. – "Hay veces que odiamos esa virtud, que desearíamos volvernos insensibles ante los eventos a nuestro alrededor y decantarnos por el fatuo hedonismo. Pero al mismo tiempo, no podemos abandonar nuestra moral por completo, porque caer en ese agujero de indiferencia significaría que el sentido de la vida misma se perdería."
– "Una deducción muy osada para alguien que apenas me ha conocido por menos de diez minutos."
– "¿No es exactamente lo que usted hace con sus fábulas de primaria? ¿Tratar de obtener un perfil mental basado en una etérea anécdota, irónicamente practicando esa parcialidad que la parábola nos advierte de no caer?" – Sonrió tenuemente. – "No es psicóloga, lo sé; no es la primera que finge ser algo que no es. Pero no la culpo, de algo debemos vivir; y al menos lo suyo es honrado."
– "Gracias, Dyne." – Contesté, manteniendo la compostura. – "Puedes retirarte si lo deseas."
– "Lo haré, porque es lo que ambas queremos." – Se incorporó. – "Hagamos un trato, Wilde; usted anota que todo está bien conmigo cada semana y yo le ahorro la molestia de mi presencia, ¿le parece aceptable?"
– "¿Qué eres? ¿Una mafiosa?"
– "No, esos son los policías. Y ahora trabajamos para ellos."
– "Como diga, Don Corleone." – Ofrecí mi mano. – "Ci vediamo, sergente Nikos."
– "Ya su, iatrós." – La estrechó.
Y tan rápido como apareció, la empusa desapareció tras la puerta. Directa, fría, en ocasiones algo cruda, pero siempre contundente; como una bala. Esa podría ser la descripción figurativa lacónica más acertada que podría hacer sobre esa mediterránea, y seguro a ella le complacería. Me alegro de no tener que tratar con ella, porque aunque posea un lindo trasero y un cabello tan sublimemente lacio, su mente es algo con la que no deseo entrometerme. No por su audaz despliegue de agudeza intelectual que demostró, sino por miedo a encontrarme conmigo misma conforme escudriñe esa psiquis tan enigmática. Cuando observamos el abismo, este también nos observa; y sinceramente, yo misma me doy miedo.
Pero al menos comprendí el secreto de esa sinergia que de alguna manera, esas tres logran crear. El espectro tan dicotómico que representan el optimismo de Jaëgersturm junto con el fatalismo de Nikos, con Cetania en medio de esas dos, es fácilmente intercambiable desde diferentes ángulos. Los informes que he repasado y la charla actual me han aclarado mucho del panorama de esas tres; esa condenada parábola paquiderma realmente es efectiva. La arachne puede demostrar un pesimismo en sus esperanzas de triunfo en su entrenamiento, pero que su propia esperanza y el apoyo moral de sus seres queridos logran contrarrestar. Mientras tanto, la griega aún tiene ese dejo de ánimo en su trabajo, a pesar de esa actitud socialmente abúlica.
No citaré el concepto psicoanalítico del Id, Ego y Superego de ese sobrevalorado (y descartado) Sigmund Freud, pero confieso que ese triunvirato de personalidades, tan diferentes pero iguales entre sí, es realmente una simbiosis efectiva. Ya sea que se odien o se amen, el balance se mantiene intacto, lo cual es lo mejor para ellas y nosotros; tres Arias terminarían mal, así como tres Dynes se tornarían crueles con facilidad, mientras que un trío de rapaces iguales sería una inopia de eficiencia media. Ignoro si esa era la intención de Kuroko al reclutarlas, pero concedo que esa flojonaza ha superado mis expectativas y las del resto con sus correctas elecciones.
Ojalá me incluyera también entre esos aciertos, pero ni yo misma me lo tragaría.
Exhalando y reposando sobre el diván, anoté los apuntes finales en mi bloc, plasmando mis interpretaciones sobre esas tres revoltosas. Ignoro que les depare el futuro; quizás triunfen y ese ambicioso proyecto por generar un cambio en las leyes se dé, tal vez lo echen a perder, no lo sé. Pero si de algo puedo estar segura, es que aún les espera un largo y tortuoso camino que las conducirá a un infierno tan pronto terminen de salir del anterior. Lo sé perfectamente, pues es la historia de mi vida. Desconozco que tenga el mañana preparado para mí, pero aquí estaré, luchando para evitar que los obstáculos me impidan realizar mi objetivo, por muy inexorables que parezcan.
Nadie dijo que sería fácil ser Emily Wilde.
[…]
Terminamos.
Consultando mi reloj, observé que ya había pasado la media hora correspondiente a la sesión de la mantis, así que sugerí a mi amada americana que cesáramos la práctica de tiro. Accediendo ella, retiré la cinta de munición de Mugi y cerré la tapa de la carcasa. El durable cañón, humeante por soportar más de mil trescientos proyectiles por segundo por tiempo prolongado, había bajado paulatinamente su elevada temperatura y rojo daba paso al negro imperante. Mi ametralladora poseía un aspecto gastado a pesar de su poco uso, con rayones y algunas partes del metal abolladas, pero eso le daba un toque veterano que me agradaba. La llevaría a mi cuarto para darle su mantenimiento semanal más tarde, aunque en el fondo lamentaba que Zoe no estuviera disponible para compartir otra de nuestras charlas mientras lustrábamos nuestras herramientas de trabajo.
Despidiéndonos de Keiko, la guardia de la armería, la castaña y yo tomamos el elevador hasta la tercera planta. Noté un poco nerviosa a la falconiforme después de su tiempo con Emily, posiblemente tratando temas delicados, aunque su humor también lucía un poco más jubiloso y animado. Ignoro qué clase de plática haya tenido con la doctora, pero le agradecí el alegrarse el día. Todos necesitamos un momento para externar lo que tenemos dentro y escuchar las palabras adecuadas para devolvernos la tranquilidad. Y hablando de intercambiar diálogos, aproveché la breve pero adecuada privacidad del ascensor para proponerle a la halcón la idea que la teniente sugirió. Espero resulte.
– "¿Süsse?" – Pregunté.
– "Dime, flaquita." – Me miró de reojo. – "Y ni se te ocurra hacer esa broma."
– "Scheisse." – Musité. – "No, sólo quería saber si quisieras que compartiéramos la habitación esta noche."
– "¿Uh? ¿En serio?"
– "Sí. Claro, si quieres." – Reiteré.
– "Sabes que nunca me negaría a tan excelente idea, flaca; pero, ¿no se molestará tu domadora azul?"
– "Únicamente será dormir, linda, nada de romper las reglas de mamá Lala."
– "Entonces no." – Fingió disgusto, torciendo la boca. Luego, sonrió. – "Bueno, sí. Pero promete que continuaremos donde nos quedamos."
– "Esa es la idea, guapa." – Sonreí, rodeándola con mi brazo.
– "¿Nos besaremos aún más intensamente?" – Se pegó a mí. – "¿Con la lengua hasta el fondo?"
– "Toda la noche."
– "¿Dormiremos abrazadas para que no me coma el Coco?"
– "Y tampoco los monstruos bajo la cama, amor."
– "¿No te burlarás cuando me veas en mi pijama de pollitos?"
– "Yo ni uso, siempre duermo con mi ropa regular."
– "Bien, ¿será en mi habitación o en la tuya?"
– "La mía." – Afirmé. – "A menos que quieras que todo Iron Maiden nos vea ponernos cariñosas."
– "Oye, son como angelitos guardianes." – Puso su dedo en mi barbilla. – "Y prefiero a que los Irons nos cuiden a que esa azulada nos observe con su mirada de muerta. Espera, esa es la intención, ¿verdad?"
– "No puedo hacerlo sin la protección de Nuestra Señora del Abismo, Süsse." – Repliqué. – "Quien sabe, quizás Lala sea voyeurista."
– "Ay, siempre con tus tonterías, flaca." – Me dio un golpecito. – "Estoy segura que ella te daría un guadañazo por andarle inventando fruslerías. Y bien merecido lo tienes."
– "Ya la defiendes, no sabía que fueran tan amigas." – Reí, besando su cabeza. – "Te amo, pajarita. No faltes, ¿vale?"
– "Llevaré mi brújula para no perderme." – Siguió el juego. – "¿Qué harás ahora?"
– "Terminar de escribirle a la irlandesa y mi madre." – Contesté al tiempo que las puertas del ascensor se abrían. – "¿Le mandarás una carta hoy a Yuuko?"
– "Sí, tiene dos días que no lo hago y comenzaría a preocuparse." – Se encaminó a su recámara. – "¿Quieres que después limpiemos nuestras armas juntas? No me salgas con que ya hiciste una cita con esa occisa agusanada."
– "Tranquila, ella estará ocupada. Y por supuesto que acepto." – Le propiné un ósculo en su mejilla. – "Danke. Yo te aviso si termino primero, ¿vale?"
– "Alright." – Me dio uno también. – "Te veo al rato."
Entrando a mi habitación, coloqué a mi ametralladora en su rack y lavé mis manos antes de proseguir escribiéndole a mi reina de añil epidermis. La capitana, por flojera, nos había dado prácticamente el día libre, pero sin poder salir del edificio, lo cual fue una bendición para poder recuperar la cordura. Seguía en mi plan de comunicación con la irlandesa por medios tradicionales, sin recurrir a mi teléfono. En el fondo, esperaba que el no oír su deífica voz o verla en otra forma que no fuera su retrato, siempre vigilante en mi pared, hiciera que el regreso a su lado fuera cien veces más placentero. Esta pequeña auto-privación de la presencia de mi amada era un ciertamente doloroso plan, pero contaba con la esperanza de que fuera retribuida sobradamente a futuro.
Además, entre más esperáramos, mejor sería el sexo de regreso.
Si bien el evento más reciente por agregar apenas habían sido la sesión con Emily, aproveché para añadir el tema de Zombina, su cita con Roberto, y el asunto de compartir varios ósculos con la rapaz. Sé que aquello sería como firmar mi sentencia de muerte a manos del filoso falce, pero tampoco es que deseara morir tan pronto; me aseguré de usar palabras que prácticamente dijeran la verdad pero de otra manera, sin incriminarme mucho y halagándola de vez en cuando entre líneas con ingeniosas metáforas resaltando su beldad tanto física como mental.
Tal vez fuera hacer algo de trampa, y estaba segura de que mi zalamería excesiva no pasaría desapercibida por la aguda inteligencia de la dullahan, pero confiaba en que mi valor para serle honesta, aunque me desfavoreciera, fuera suficiente para hacerla desistir en su afán por probar la peligrosidad de su dalla usando mi tronco corpóreo. Terminando de recordarle de la manera más melosa pero también sincera cuanto la amaba, doblé las hojas que conformaban mi misiva, las metí al envoltorio y pasé la lengua en el adhesivo de la aletilla para cerrar el sobre. Ahí fue el turno de la carta a mi madre.
Era irónico como ahora, que tenía la oportunidad y los motivos para redactar un mensaje a la mujer que me trajo a este mundo y me permitió de disfrutar de estos grandiosos momentos con el simple hecho de haberme dado a luz, mi cabeza se hallaba en blanco. No era ese viejo rencor que alimenté por años debido a su ausencia; su última visita fue suficiente para empezar a perdonar paulatinamente sus faltas como progenitora, que en cierta manera no podían imputárseles completamente sin tener en cuenta la nación y la manera en que ella fue criada.
En realidad, lo que me impedía el agradecer apropiadamente a la recientemente ascendida Vera Jaëgersturm era mi propio perfeccionismo. El título de Standartenführerin era el rango más alto que nuestra familia había alcanzado desde hace cinco generaciones, precediendo a las Guerras Mundiales y al siglo XX mismo. Una coronel exigía respeto, y yo debía impresionarla. Sí, yo era su hija, su sangre y heredera, ella siempre me aceptaría como fuera; pero en el fondo, quería buscar alguna forma de demostrarle mi gratitud de la misma manera tan magnífica como ella se había consagrado con un puesto tan prominente en nuestra patria.
Entonces, lo recordé: La daga.
Ella me obsequió la ehrendolch, el símbolo de sus estatus, por la sencilla razón de que estaba orgullosa de mí. Tales objetos punzocortantes solamente pueden ser entregados como muestras de respeto, y ella me otorgó ese privilegio. Normalmente, tendría que esperar a su muerte para heredarla, pero ese acto en vida simbolizaba que me estimaba no solamente como su consanguínea, sino como una soldado digna. Lo había repetido con anterioridad, y en mi propia ceguera por la fatuidad, olvidé lo más importante. Sonreí ligeramente al acordarme de la parábola del elefante; cuánta verdad contenida en una vieja historia. Suspirando y con mis ánimos recobrados, mi respuesta consistió en una simple frase que englobaba mi sentir no sólo por su regalo, sino también por lo que ella era para mí y lo mucho que la amaba.
"Contundente como una espada, resistente como un escudo, inexpugnable como un castillo, enorme como la patria y eterna como la gloria; eso es una Jaëgersturm."
Tan breve declamación podría sonar inadecuada para expresarme o corresponderle correctamente por su invaluable obsequio, pero las Sparassedianas valuamos mucho lo que unas cuantas palabras llegan a transmitir sin necesidad de extenderse en demasía. Mi madre deseaba que me enorgulleciera de mí misma, y lo logró; ahora, mi contestación era prueba evidente de ello. Nunca había expresado tal satisfacción por mi estirpe en casa, ni siquiera cuando ella o mi abuela me lo exigían; tal vez porque realmente jamás tuve muchos motivos por los cuales sentirme orgullosa. No recurriría al patriotismo ciego, porque haber nacido en un pedazo de tierra en particular no significaba mucho cuando todos compartimos el mismo mundo. Pero ahora, con lo que he logrado, tenía suficientes motivos para inflar mi pecho con dicha y alegría.
Gracias, mamá.
Firmando la hoja con mi nombre y el infaltable 'Sparassus über alles', cerré el sobre, coloqué los sellos oficiales de la Agencia Nacional de Policía en ambas cartas para asegurar su incólume entrega y me levanté para entregárselos a Chiasa. Sin embargo, tan pronto me incorporé, la puerta comenzó a sonar. Sonreí, parecía que la estadounidense había completado sus tareas al mismo tiempo que yo y estaba deseosa por comenzar la primera fase de nuestro tiempo compartido en mis aposentos. Con el sol todavía brillando con sus últimos rayos antes de reposar, aún era relativamente temprano; aunque tampoco podía culparla, pues yo también me encontraba deseosa de disfrutar su compañía. Acomodando mi ropa, que seguramente terminaría en el suelo más tarde, abrí la puerta y, adelantándome a sus acciones, cerré mis ojos y acomodé mis labios en posición para ofrecerle un ósculo a la arpía.
– "Hola, nena prechocha." – Le saludé, abrazándola. – "Dame un bechito, guapa."
– "¿Eh? ¡Ay, espera, Aria! ¡Soy yo!"
– "¿Uh?" – Abrí los ojos. Rápidamente me despegué de la mujer en cuestión. – "¡Oh, mil perdones, Mei! ¡Lo siento, pensé que eras Cetania!"
– "E-está bien, compañera, te creo." – Aseguró la ruborizada lagartija, riendo nerviosamente. – "Digo, tampoco está mal que la reciban a una tan cariñosamente. No te preocupes."
– "Bien, ya me había asustado al sentirte tan bajita." – Suspiré. – "Pensé que Lala me había caído de sorpresa. ¿Y qué te trae por aquí? ¿Tan rápido de transfirieron?"
– "Síp, de hecho me ofrecieron el cuarto que está al lado de Cetania." – Contestó la gecko, señalándolo. – "Creo que seremos vecinas. Pero primero, debo descargar mis pertenencias del vehículo."
– "Ya veo, ¿quieres que la rapaz y yo te ayudemos?"
– "Si no es molestia. Muito obrigada, Aria." – La pelirroja hizo una reverencia. – "También deberemos contar con la ayuda de la sargento Nikos, son muchas cosas."
– "Entiendo. Vale, tú avisa a la empusa y yo a la castaña." – Le indiqué. – "Ah, pero toca primero. Créeme, salvará tu vida."
– "Por supuesto, amiga, ni que fuera una maleducada para nunca tocar primero."
Sé que la chica de Osaka no lo dijo con malas intenciones, pero igualmente dolió. Llamé a la puerta de la falconiforme y, en esa ocasión, fue ella quien me recibió con un beso sorpresa. Devolviéndole el gesto, le informé de la presencia de Silica y accedió a auxiliarnos. Reunidas las cuatro, con la helénica todavía mirándome con desprecio (es decir, como siempre), tomamos el elevador hasta la primera planta. Abriéndose las puertas de éste, nos encontramos con Kanna, Chiasa, Keiko y hasta Emily observando anonadadas hacia la entrada principal. Salvo por nuestra escamosa mecánica, nosotras volteamos y rápidamente comprendimos el porqué de tan absortos estados las compañeras.
– "Holy fuck…"
Con la halcón expresando floridamente el sentimiento ajeno, las tres nos apresuramos a cruzar las translucientes puertas para contemplar más de cerca a la causa de todo el estupor que permeaba la estación. Tal y como lo había prometido, el profesor Sarver cumplió su palabra y nos había entregado no una, sino dos vehículos nuevos para el uso exclusivo de la división Monster Ops. Después de tantos retrasos y la reputación que la doctora Redguard espetaba sobre el científico, parecía que tales garantías habían sido más falsas que las hechas por un político.
Pero ahora, aquí estaban, las pruebas irrefutables que el padre de Haruhiko tenía palabra de hombre. Dos transportes, dos gloriosas unidades móviles se alzaban como imponentes bestias frente a nosotras. Y no eran furgonetas de segunda generación sacadas de alguna chatarrería de mala muerte, sino verdaderos vehículos blindados usados por nada menos que la mismísima Bundeswehr, las fuerzas armadas alemanas. Me tallé los seis ojos para comprobar que no estaba soñando, descubriendo para mi beneplácito que era muy real.
Rheinmetall YAK.
Con trece toneladas y media de peso, casi siete metros de largo, tres y medio de ancho y lo mismo de alto; esas gigantescas bellezas eran obras maestras de auténtico acero germano. Siguiendo las especificaciones de la ANP, los transportes se encontraban pintados de color azul acero de oscuros tonos y presentaban el emblema dorado en el frente. Contaba con dos luces policiacas color rojo en la parte superior y una sirena en medio, más un par de luces atrás, como si necesitara más maneras de acentuar su inherente autoridad a cualquiera que los viera. En los costados de la caja, ostentaba el nombre de Monster Ops en grandes letras mayúsculas blancas, con marcial estilo tipográfico.
Poseía seis gruesos neumáticos reforzados, y seis puertas para fácil evacuación, más una montura en la zona superior de la caja que permitía acomodar diferentes tipos de armas, incluyendo mi MG3. También, un poco más atrás de ésta, había una serie de pequeños tubos que rápidamente identifiqué como el sistema de bengalas o humo distractor de emergencia, aunque ignoro qué utilidad tengan fuera del ámbito militar. Y, por supuesto, el logo de empresas The Gambler residiendo en las puertas laterales medias, firma del conglomerado proveedor de tan poderosos colosos metálicos.
– "Directos desde tierras teutonas; doscientos cincuenta caballos de fuerza, velocidad de cien kilómetros por hora y capaz de cubrir distancias de seiscientos kilómetros." – Mencionó Kuroko, bajando de la cabina de uno, junto al resto. – "Vidrios a prueba de balas, carrocería blindada contra ataques de lanzacohetes, llantas resistentes a una carga de seis kilos de minas antitanque, garantía de por vida. ¿No son hermosos, granates?"
– "Hauptmann…" – Hablé, saliendo de mi asombro. – "¿En verdad son nuestros a partir de ahora?"
– "Lo sé, pensé que esos hongos de la pizza en la cafetería habían sido alucinógenos." – Respondió, acercándose. – "Finalmente las demás agencias dejarán de burlarse de nosotras. Y todo gracias a ese querubín de Haru; debería enviarle un peluche como agradecimiento."
– "O una correa de seguridad." – Injirió la mediterránea. – "Hacernos correr por toda la ciudad no es mi idea de angelito, Jerarca."
– "¿Cuál de las dos persecuciones?" – Rió la capitana. Nunca olvidaré esa pesadilla que ella y Doppel prepararon. – "En fin, ahora que estos bebitos y Mei se hallan finalmente donde deben estar, podemos contar con que ustedes pondrán de su parte para mantenerlos en óptimo estado. Estas cosas cuestan más de sus salarios."
– "Hablamos en serio." – Declaró la doppelgänger. – "Cada unidad está valuada en un millón de dólares americanos."
– "¿Pues cuánto dinero posee el osado de Sarver?" – Interrogó la rapaz. – "¿Qué sigue? ¿Cazas supersónicos? ¿Nuestros propios robots gigantes?"
– "Tiburones con rayos láser, Süsse." – Bromeé. – "No entiendo, Hauptmann; si el profesor tiene tantos recursos, ¿por qué no nos financia? Nos vendría bien una que otra manita de gato."
– "Será muy generoso, pero no confío completamente en él, granate." – Aclaró la coordinadora. – "Además, los contratistas actuales del gobierno siguen en nómina vigente y deberemos esperar hasta que la fecha de expiración nos permita renovar contratos y poder elegir nuevos proveedores. Suena absurdo, pero yo no hago las leyes."
– "Al menos ya contamos con transportes dignos para sus indignos traseros, novatas." – Exclamó Titania, bajando de la parte trasera. – "¿Y bien? ¿Van a quedarse ahí o sacarán las cajas de esta escamosa de una vez? ¡Muévanse, cabronas!"
Obedeciendo al instante, nos subimos a la caja trasera del vehículo para descargar las pertenencias de nuestra compañera brasileña. Entrando, nos encontramos con un moderno complejo de cámaras y rastreo que permitían la vigilancia desde las pequeñas pantallas y ubicaciones con el sistema de posicionamiento global. Había suficiente espacio para que yo reposara sin que tuviera que mantenerme agachada, además de multitud de racks y compartimientos para armas junto a sus accesorios, facilitando la rápida respuesta durante emergencias. Contábamos con pequeñas ventanillas blindadas para poder atacar desde el interior, muy similar a los Sonderkraftfahrzeug de la Wehrmacht. Los extintores y los botiquines médicos conformaban las necesidades de seguridad obligatorias.
– "¿Ansiosa por meterles mano, Mei?" – Preguntó la castaña mientras cargábamos los contenedores. – "¿Deseosa por medirles el aceite?"
– "No lo hagas sonar tan indecente, Peaches." – Dijo Nikos, oprimiendo el botón del ascensor. – "Eso déjaselo a esta garrapata inútil."
– "¿Celosa porque ni los tampones querrían internarse en ti, amargada?" – Injerí.
– "En realidad, tengo miedo hasta de conducirlos." – Aclaró Silica, las puertas del elevador abriéndose. – "Sé que la mayoría de los costos son debido al blindaje y aparatos militares, pero diablos, ¿un millón de dólares? Si rompo aunque sea una bujía, me mandan al paredón después de una doble sentencia. Por eso la Patrona y la entrenadora Jättelund los manejaron camino aquí."
– "Bueno, si le dieron acceso a ese par de dementes, entonces contigo serían más laxos en caso de algún fallo." – Opiné. – "Además, ya oíste a la capitana; esos mastodontes resisten de todo. Y conociendo a Sarver, seguramente está protegido contra explosiones termonucleares."
– "¿Cómo le hizo esa enana de Titania para conducir?" – Se cuestionó la estadounidense, riendo. – "¿Se subió encima de Manako?"
– "Asientos de altura y distancia ajustable, amiga." – Esclareció la pelirroja. – "La cabina incluso cuenta con compartimientos para vasos de bebida extra-grandes. Y reproductor de video de ocho bocinas con doble subwoofer para máxima experiencia teatral móvil. Demonios, hasta posee un sistema patentado para evitar que se voltee en situaciones de poco equilibrio. Obvio que radio, GPS y demás amenidades están incluidas."
– "Joder, ni en mi casa contamos con tanta parafernalia." – Expresé al tiempo que arribamos al tercer piso. – "¿Por qué no vivimos en ellos? Hay espacio y comodidades suficientes para todas."
– "Denegado, Potato, le sacarías hongos." – Respondió la pelinegra, saliendo. – "¿Puedo preguntar que tanto cargas, Silica? Esta caja en particular pesa demasiado."
– "Mis herramientas mecánicas que traje de casa, sargento." – Replicó la gecko ojizarca, sacando su llave. – "Me dieron algunas en la estación, pero no son suficientes para la diversidad de vehículos que la policía emplea; y ni hablar de unidades especializadas como los YAK."
– "No sabíamos que contabas con equipo para transportes así, lagartijita." – Mencionó la falconiforme.
– "Muchas me fueron heredadas por mi tío Ryuu, Cetania. El resto las compré con el paso del tiempo." – Contestó la reptil, abriendo la puerta de su habitación. – "Él tiene un taller en Osaka y siempre se mantiene preparado para todo imprevisto. Claro que ni los camiones de carga se comparan con nuestros pequeños monstruos alemanes; me pregunto qué dirá cuando se entere que están bajo mi responsabilidad. Ah, puedes ponerlos por ahí, Aria."
– "Vale." – Deposité la caja en el suelo. – "¿Quieres que te ayudemos a decorar el cuarto?"
– "No deseo quitarles más su tiempo, chicas. Descuiden, que de por sí no tengo mucho."
– "Eres parte de la familia ahora, Mei. No es molestia alguna apoyarte." – Habló la arpía, usando su pulgar para quitar el adhesivo. – "Tampoco olvides que te lo debemos por ayudarnos con lo del incendio y transportarnos por la ciudad. Y comerte el horror que preparé en la fiesta; en serio, me alegro que sigas viva."
– "Y acompañarme a conseguir los obsequios para la festejada ese día." – Añadió la mantis. – "Te lo agradezco, Silica."
– "¿Ves, lagartijita? Todas te queremos." – Tercié. – "Es un placer ayudarte."
– "Vale, acepto o mi cabello no será lo único rojo por aquí." – Se ruborizó, moviendo discretamente su colita aguamarina. – "Muito obrigada, amigas."
Como había anunciado, la gecko no tenía muchas pertenencias más allá de su ropa y unos cuantos objetos personales, incluyendo fotos de sus familiares. El resto de sus cosas consistían en llaves, destornilladores, pinzas y demás herramientas del mundo de la mecánica. Había más piezas en esos contenedores que armas en la armería y suficiente metal como para crearle una capa de blindaje nueva a los YAKs. Por alguna (afortunada) coincidencia, terminé abriendo una caja que contenía su ropa interior, admirando esas delgadas tangas que las especies reptilianas usan debido a que sus colas impiden prendas más pudorosas. O quizás es preferencia personal de Silica, lo ignoro. Eso sí, imaginarme a su dueña vistiendo tan reveladoras piezas me hizo babear en más de una ocasión.
Una de las curiosidades de la poiquiloterma, era que su cuarto carecía de cama alguna. En lugar de un colchón, el centro de su habitación estaba ocupado por una gran hamaca con los colores de la bandera brasileña colgada de ambos lados de la recámara. Era comprensible, la cola le estorbaría al dormir y los agujeros de la red eran perfectos para el reposo de la reptil. Ya terminadas, ella nos agradeció y, tal vez animada por nuestra buena amistad, la chica de ojos azules nos sugirió que convenciéramos a Smith de dejarnos dar un paseo en los transportes, con la escamosa como conductora. Ya que la idea sonaba divertida y actualmente deseábamos estrenar los vehículos que obtuvimos con tanto esfuerzo, accedimos.
¡Hablo en serio! ¡Ese demonio en miniatura casi provoca nuestra muerte!
Bajando las escaleras hasta la segunda planta, tocamos la puerta que ostentaba el nombre de la coordinadora. La agente era en verdad egocéntrica, pues ese horrible chibi de su persona decoraba también la madera de la entrada a sus aposentos; quizás si gastara menos en calcomanías de ella misma y más en apoyar a su propio equipo podríamos contar con calentadores en nuestras habitaciones para el invierno o al menos un maldito ventilador. Al menos fue lo suficientemente sensata para darnos libros de leyes y así conocer nuestros límites y restricciones, que como me imaginaba, eran más numerosas que en Weidmann. Scheisse, extrañaré tener autorización para callar gente escandalosa a balazos; ¡y justo ahora que tengo a Mugi!
– "¿Sí?" – Nos atendió, de todas las personas, Doppel. – "¿Qué quieren?"
– "Oh, mil perdones, alférez." – Se disculpó Mei, quien había tocado. – "Pensamos que esta la estancia de la capitana."
– "Ésta es, la estoy vigilando en su ausencia."
– "¿Dónde está entonces la Jerarca?" – Cuestionó la nativa de Mitilene. – "Dijo que pasaría la noche aquí."
– "Reunión de emergencia en las oficinas de Tokio." – Contestó la cambiaformas. – "Tio y Mannachi están con ella, y dado que Bina también se halla ausente, me pidieron que acomodara sus cuartos en lo que regresan, en la noche, si tienen suerte. Aún no termino, así que apresúrense."
– "Sólo queríamos el permiso de la Hauptmann para poder usar uno de los YAKs." – Hablé yo.
– "¿Alguna razón en especial, granate?"
– "Únicamente probarlos." – Replicó la rapaz. – "No tardaremos mucho."
– "¿No pueden esperar hasta mañana, cuando vayan a entrenar?" – Interrogó la Abismal, revisando sus uñas. – "Es más, tú podrías ser la chofer de estas niñas, reptil, ¿no te basta?"
– "Se lo agradezco, alférez." – La aludida hizo una reverencia. – "Aunque me temo que no sería lo mismo."
– "¿Por qué? ¿No te gusta madrugar o algo así?"
– "Dudamos que la entrenadora Jättelund nos ofrezca libertad para explorar la ciudad a gusto, alférez." – Injirió la griega.
– "Si que estás entusiasmada en salir con tus compañeras, sargento." – Rió tenuemente la doppelgänger. – "Creí que no soportabas el safismo excesivo de la arachne."
– "¡Hey!" – Protesté.
– "Simplemente quiero disfrutar de la recompensa por nuestro trabajo." – Respondió la helénica. Pensamos igual. – "Quizás usemos a Potato como refacción en caso de que un neumático falle."
– "¡Hey!" – Volví a quejarme.
– "De acuerdo, eso me convenció." – Asintió la peliblanca.
– "¡Hey!"
– "Pero esa decisión no la tomaré yo." – Usó sacó un celular de su cabello. – "Espero no se encuentre en medio de la junta. Las culparé a ustedes, así que no me preocupo de ser así."
No nos molestamos en recriminarle su cinismo y esperamos a que hablara con la coordinadora. Ahora que me fijaba, en el piso únicamente había cuatro habitaciones para cinco integrantes de MON, entre las cuales el nombre de la Abismal no figuraba. Incluso Titania poseía una en su posesión, así como Kanna, la de esta última ubicada en el primer piso, junto a la lavandería. Ignoraba si Chiasa, Keiko o la guardia exterior (cuyo nombre continuamos desconociendo) también poseían las suyas, ya que siempre las veíamos, pero tampoco es que no preocupara. Antes que continuara con mi debate mental, la doppelgänger hizo contacto con nuestra jefa.
– "Ah hafh'drn, Doppel 'ai." – Saludó en su enigmática lengua. – "Me alegro. Te interrumpo para informarte que las novatas desean pasear en las unidades nuevas. Sí, como niñas chiquitas. Incluso ella; lo sé. Claro, no hay problema; entiendo. ¿Bina se ha comunicado? Ya veo; de acuerdo, suerte. Adiós."
– "¿Qué dijo?" – Preguntó Silica.
– "Que no." – Respondió la alférez, bostezando. – "Mejor suerte para la próxima, sigan participando."
– "¿Es definitivo?" – Cuestionó la castaña, con vaga esperanza.
– "Sí."
– "Scheisse." – Suspiré. – "Supongo deberemos conformarnos con Titania. La suerte es efímera."
– "No hay remedio." – Añadió la mantis, haciendo una reverencia a la cambiaformas. – "Lamentamos haberla molestado, alférez. Nos retiramos."
– "Ay, me rompen el abyecto corazón el verlas tan desdichadas." – Fingió Doppel, con sonrisa burlona. Luego, usó un mechón de cabello prensil para sacar una llave de su pelo y entregársela a la empusa. – "Tengan, déjenme en paz."
– "¿Eh?" – Dyne miró el objeto, extrañada. – "Pero si la Jerarca dijo…"
– "Esas juntas suelen durar dos horas, mínimo." – Injirió la Abismal. – "Así que si se apresuran, pueden divertirse un rato en lo que regresan."
– "¿D-de verdad?" – Interrogó la patidifusa pelirroja.
– "Es obvio."
– "Danke schön, Doppel." – Hice una reverencia. – "Prometemos no olvid-"
– "Largo." – Aseveró la doppelgänger, apuntando con su dedo hacia las escaleras. – "Y nada de tonterías."
– "¡Ah, c-claro! ¡Thanks a lot, ma'am!" – Expresó la halcón, alejándose. – "¡See ya!"
Sin querer arruinar nuestra suerte o invocar el castigo del Caos Eterno, bajamos las escaleras con celeridad hasta la primera planta, eufóricas por ponerle nuestras manos y alas encima a los transportes. Mei era la más emocionada, como denotaban sus ojos brillando intensamente con ese llamativo azul de sus iris y su larga cola agitándose conforme nos acercábamos al estacionamiento subterráneo donde habían sido aparcados los vehículos.
Era insólito que la desinteresada ser del Vacío Infinito mostrara un lado tan benévolo con nuestro grupo de novatas, pero tan generosa muestra de altruismo y el condonarnos el quebrar una orden directa de la mandamás demostraba que la dadivosidad habitaba también en ella. Aunque no debería sorprendernos del todo, pues estamos en el mismo bando y defendemos los mismos ideales, por muy poco que ella demuestre su compromiso con la justicia. Eso o pensaba usarlo para chantajearnos la próxima vez, lo cual sería de esperar.
Arribamos hacia el aparcadero, con las luces ya propiamente instaladas y las paredes pintadas con tonos blancos y azules, junto a los diversos carteles y logos que cualquiera esperaría de una institución seria. Aún lucía algo vacío, con unos pocos coches patrulla ocupando los espacios designados. Pero, aún con la vastedad tan llena de nada del lugar, un titán de acero y material reforzado sobresalía como un majestuoso castillo en medio de un valle despejado, con un intimidante perfil que avasallaba a cualquier otro medio de transporte en la comarca. Podíamos sentirnos orgullosas de nuestros acorazados terrestres; salvo por el ejército, nadie más en el país poseía corceles tan formidables.
¡Y si los tienen, les pinchamos las llantas!
Con la hidalguía de una monarca (y para dárselas con ínfulas de fatua vanagloria), Dyne entregó la argenta llave a la poiquiloterma, cediéndole el derecho de ocupar el asiento del conductor. Tal llave poseía un diseño único, irreproducible, y contenía un diminuto chip que autentificaba al usuario, para garantizar que únicamente el personal autorizado tendría acceso al YAK. Realizando una pose que imitaba a un jinete recibiendo el título nobiliario de caballero, la pelirroja tomó el objeto con ambas manos y raudamente la insertó en la cerradura de la puerta, desbloqueando el seguro y ofreciendo senda libre a la alegre gecko.
Nikos ocupó el lugar del copiloto, tanto por su rango como porque fue la más rápida en tomarlo. Aquello no importaba, pues lo substancial era compartir el momento, juntas. Que aquello significara desacatar las órdenes también lo hacía deliciosamente irresistible. Era irónico que las encargadas de mantener las reglas en orden se hallaran quebrándolas de nuevo, pero si los abusos de autoridad de Smith nos han enseñado algo, es que el fin justifica los medios. Y además, no nos pasamos limpiando baba, cambiando pañales e incendiando carritos para bebé como para no merecer gozar de un poco de insubordinación.
Con un giro de la llave, la cabina se iluminó. A pesar de que su sangre fría le reclamaría, la brasileña encendió el aire acondicionado, haciendo que las corrientes de refrescante brisa artificial nos recorrieran el cuerpo. Tuvimos que disminuir la potencia en poco tiempo, pues la repentina descarga de gélida ventisca casi paraliza al equipo de tal manera que hasta mis antiguas jefas antárticas se quejarían por la temperatura. Arreglado el detalle de la biósfera polar improvisada, Cetania sugirió que comprobáramos la calidad del sistema de sonido, descubriendo que la consola de entretenimiento contaba con entradas para toda clase de dispositivos portátiles. Conectando el teléfono de la falconiforme en la toma auxiliar y configurándola ella con su lista de música personal, subimos el volumen y se dio marcha a la sinfonía.
'¡You'll take my life but i'll take yours too!'
La inconfundible voz del vocalista resonó en los ochos parlantes del interior con la misma intensidad que un concierto en vivo, trayéndome las memorias aquella eufórica presentación en la capital. Como si no fuera suficiente el escándalo dentro, la americana propuso que también encendieran los altavoces externos, obediencia la reptiliana al instante, también exultada. Pronto, las bocinas en la parte superior del vehículo distribuyeron por vía sonora las estridentes guitarras y la poderosa batería del grupo de heavy metal preferido por mi amada pajarita, esparciéndola por todo el estacionamiento y posiblemente el edificio sobre nosotras.
Incluso cuando Nikos no compartía la admiración que yo, la castaña y aparentemente hasta la ojizarca, por la ruidosa música británica, la pelinegra se unió en el canto grupal por medio de tarareos para acompañar nuestro desafinado canto. Daba igual si Smith aparecía de repente y nos enviaba a las minas de sal de algún país tercermundista en medio de disputa territorial; esa noche, cuatro novatas estaban de fiesta y dispuestas a destrozar media Asaka de ser necesario si alguien trataba de impedirlo. Por un pequeño momento, las defensoras de la ley se volvieron unas rebeldes ilícitas.
– "¡Deberíamos bautizar a este monstruo, chicas!" – Gritó Mei, sin dejar de moverse al ritmo de la tonada. – "¿Alguien tiene un buen nombre?"
– "¡Eiserne Jugnfrau!" – Sugerí lo primero que se me vino a la cabeza. – "¡La Dama de Hierro! ¡Propongo ese!"
– "¡Iron Maiden!" – Exclamó la estadounidense, entendiendo al instante. – "¡Hell yeah! ¡I fuckin' love it, Blondie!"
– "¡Me gusta!" – Declaró la mediterránea.
– "¡También a mí!" – Acotó la gecko. – "¡Se queda, entonces!"
– "¡La Dama de Hierro!" – Emití durante el enérgico solo de guitarra. – "¡Metal puro para castigar hijos de puta!"
– "¡Blondie, come here!" – Me ordenó la férvida arpía. – "¡Come here and kiss me, dammit!"
– "¡Jawohl, meine Kaiserin!" – Obedecí, propinándole un profundo beso. – "¡Ich liebe dich!"
– "¡Woohoo! ¡I'm a metal machine, motherfuckers!" – Expresó impetuosamente la rapaz al separarse, sin dejar de abrazarme. – "¡Mei, wake up this monster and let's rock this motherfuckin' town to the ground!"
– "¡No entiendo, amiga!" – Respondió la confundida lagartija. – "¡En japonés, por favor!"
– "¡Que arranques de una vez!" – Habló la nativa de Mitilene. – "¡De prisa!"
– "¡Por supuesto!" – Silica insertó la llave en el switch. – "¡Uno, dos, que comience la fiesta!"
Y entonces, todo se volvió oscuridad.
Literalmente; tan pronto la chica de Osaka giró la llave para encender el motor, las luces del aparcadero se esfumaron al mismo tiempo que la iluminación del vehículo, con sólo el destello de la pantalla del celular como foco. Pero la ausencia de luminosidad no duró mucho y prontamente las lámparas del estacionamiento volvieron después de un corto pero inquietante periodo de inactividad. Me hubiera gustado decir lo mismo del transporte, que seguía sumido en las tinieblas absolutas. Los repetidos intentos por parte de la mecánica para devolver a la vida al motor fueron infructuosos. Nada encendía, ni alguna diminuta luz que mostrara algún error. El sudor se apoderó de nosotras tan rápido como la lobreguez que imperaba en el ambiente.
– "Lo arruinamos, ¿verdad?" – Pregunté, tragando saliva. – "A todo; metimos la pata."
– "Con todo y embrague." – Acotó Mei, retirando la llave. – "Caralho, y es mi primer día."
– "¿Tienes idea de qué sucedió, Silica?" – Cuestionó la helénica. – "Fue Potato, ¿cierto?"
– "Confiesa que me amas, pepino gruñón." – Repliqué, asentándome y suspirando. – "Si no nos dan cadena perpetua, entonces será inyección letal."
– "Ignoro qué haya pasado, todo estaba bien." – La pelirroja se apoyó sobre el volante, preocupada. – "No recuerdo que me haya marcado algún desperfecto."
– "Quizás olvidaste algún paso." – Opinó la empusa.
– "Lo dudo, hice lo mismo que la sargento Jättelund." – Aseguró la ojizarca, con su voz apagada. – "Llevo reparando vehículos desde que era niña, no soy neófita."
– "Fuck…" – Exhaló la halcón. – "¿Qué haremos ahora? Es decir, aparte de jodernos."
– "Rezar porque sea un defecto de fábrica." – Contesté, mirando al techo. – "¿Y si giras la llave en sentido contrario?"
– "Lo intenté, sin éxito." – Respondió la poiquiloterma. – "Ustedes son testigos de que esto encendió sin problemas."
– "Está bien, amiga. Ya estamos acostumbradas a estos chascos." – La arpía posó su ala en su hombro. – "Descuida, todo irá bien."
– "Nuestro apodo debería ser "Las Miserables" por tanta desgracia." – Comentó Nikos. – "Irónico, nos entrenan para toda clase de calamidades, excepto las más sencillas. Aunque, tampoco es que la vida venga con instructivo."
– "Primer paso: no tientes a la suerte." – Rió Mei. Entonces, se incorporó de inmediato. – "¡Eureka! ¡Eso es!"
– "¿Qué sucede, escamitas?" – Pregunté. – "¿Encontraste el cianuro para escapar del castigo?"
– "¡Mejor, una esperanza!" – Afirmó, animada. – "Sargento Nikos, ¿podría abrir la guantera, por favor?"
– "Si esperas hallar un arma, puede que tengas suerte." – Accedió la mantis, abriendo el compartimiento. – "Sólo un aromatizante líquido olor a fresita y creo que el manual del operador."
– "¡Genial, pásemelo!"
– "Ten." – Le dio el aromatizante. – "Échaselo a esta araña apestosa, le hace falta."
– "Te traigo loquita, saltamontes." – Dije, sardónicamente.
– "¿Eh? ¡No, yo hablaba del manual!" – Reiteró la reptiliana. – "¡Quizás tuvo razón todo el tiempo y olvidamos algún paso!"
– "No tenemos nada que perder. Toma." – La pelinegra de ojos verdes se lo facilitó. – "Peaches, la lámpara de tu celular."
– "Roger, Sarge." – La castaña encendió la luz del flash de su teléfono. – "Vamos, Mei, sálvanos el trasero."
Iluminada con el diminuto pero fulgurante foquito, la brasileña revisó las páginas del grueso instructivo incluido, estudiando cada diagrama para encontrar alguna respuesta a nuestra plegaria. El sonido de las manecillas de mi reloj era lo único que se distinguía en medio de nuestras respiraciones y las hojas siendo repasadas. Los corazones nos latían cada vez más fuerte conforme el mutismo ambiental se prolongaba, sin que la chica de escamas aguamarina ofreciera otra reacción en su concentrada y estoica expresión. La espera, la interminable prórroga de tiempo de indefinido intervalo que elevaba la ansiedad conforme los segundos proseguían acumulándose; la tortura era peor a lo que Kuroko nos tuviera reservadas.
– "¡Aquí está!" – Exclamó repentinamente la nativa de Osaka, haciéndonos saltar. – "¡Ya sé lo que pasó!"
Sin darnos tiempo de preguntar qué fue lo que sucedió, la gecko se agachó y se alumbró las manos con el teléfono, buscando algo debajo del volante. Emitiendo un lúcido '¡ajá!", la pelirroja empezó a musitar algunos números que iba leyendo en el instructivo y a mover sus dígitos en lo que parecía ser algún compartimiento secreto. Entonces, tomó la llave y volvió a meterla en la ranura del switch; esta vez oprimiéndola hasta escuchar un 'clic' para posteriormente girarla en sentido contrarreloj.
– "Oh, Mei." – Declaré. – "Te besaría por esto."
Igual que en los festivales para celebrar el aniversario de la inauguración del régimen de Stalherz en mi patria, el interior del vehículo se iluminó como el cielo nocturno al llenarse de fuegos artificiales. El tablero, las pantallas, el aire acondicionado y, milagrosamente, el motor regresaron milagrosamente del sueño eterno para permitir regocijarnos en la dicha de la esperanza propiamente gratificada. El suspiro fue unánime cuando la Dama de Hierro inició con su trémulo movimiento y sus doscientos cincuenta caballos de fuerza rugieron como un Panzerkampfwagen preparado para la batalla. Lo había hecho, Silica nos había salvado el trasero.
– "Método de seguridad por medio de clave de cuatro dígitos." – Mencionó la reptil, descansando aliviada en el asiento. – "La energía se enciende para evitar generar sospechas hasta que al intentar arrancar la máquina, el sistema entero se apaga como respuesta. Olvidamos quitar el seguro, así de simple."
– "Joder, que susto nos hizo pasar." – Dijo la americana, reposando sobre mí. – "Tengo las plumas blancas del terror."
– "Ya pasó, linda." – Acaricié la cabeza de la emplumada. – "¿Quién diría que el que este chapulín mohoso abriera la boca serviría de algo?"
– "Soy más útil que tú, Potato. Por eso soy la líder y tú una pulga fascista." – Retrucó la griega. Volteó a ver a la brasileña. – "Bien pensado por ti, gecko; actuaste con lógica y resolviste el problema. Buen trabajo."
– "Muito obrigada, Dyne." – Sonrió la aludida, dándole un sorpresivo abrazo a su compañera. – "No lo hubiera hecho si ti, amiga."
– "Vale, vale, de nada, Silica." – Contestó la ruborizada mediterránea. – "Ya puedes soltarme."
– "Oh, lo siento. Pero te sigo agradeciendo."
– "Hey, mantisita." – Habló la falconiforme. – "¿Son acaso feromonas lo que detecto emanando de ti?"
– "¡¿Qué?! ¡No!" – Aseveró la aludida.
– "Ah, por eso te apresuraste a sentarte a su lado." – Provoqué. – "Grillita astuta, con que las escamosas y caderonas eran lo tuyo."
– "¡Cierra el pico, Nazi estúpida!"
– "Harían linda pareja." – Prosiguió la halcón. – "Una es verde, la otra aguamarina; una le mete la cola y la segunda usa sus espolones para estimularla."
– "¡Peaches, silencio!"
– "¡C-Cetania, no digas eso!" – Reclamó una avergonzada pelirroja. – "¿P-podemos decidir qué haremos ahora, por favor?"
– "Bueno, esta fue tu idea, lagartijita; tú eres la que elige." – Le recordó la rapaz.
– "Cierto. Aunque, no sé; después de toda esta angustia, no me siento tan segura de continuar."
– "No tentemos a la suerte." – Opinó la nativa de Mitilene. – "Esto habrá sido meramente una omisión inofensiva, pero no sería sensato arriesgarnos a otro error. Sugiero que tomes ese manual y lo estudies antes de intentarlo de nuevo, Silica."
– "Concuerdo con ella, Mei. Regresemos." – Acoté. – "Smith podría aparecer en cualquier momento de todas maneras y dudo que el instructivo nos diga cómo salir de esa."
– "Sí, tienen razón; mejor nos vamos." – La poiquiloterma apagó el motor. – "Pero hay que admitir que fue divertido mientras duró."
– "Hell yeah; deberíamos repetirlo otro día." – Dijo la arpía. – "Gracias por invitarnos, rojita. Tendremos mejor suerte para la próxima."
– "Y no invitemos a la araña, para asegurarnos de que así será." – Bromeó la helénica. – "Está más salada que el Mar Muerto."
– "¡Hey!" – Protesté. – "¡La sal me da mejor sabor!"
Riendo, las cuatro bajamos del YAK y regresamos al interior del edificio. Nos salvamos de una buena paliza, tanto para la cartera como para el cuerpo. A pesar del ruido causado por nuestra fiesta privada y la ensordecedora potencia de las bocinas, aquella experiencia quedó solamente entre nosotras y Doppel. Pensándolo bien, tal vez lo sucedido había sido perfectamente planeado por la cambiaformas; una pequeña prueba para demostrarnos que nuestro entusiasmo podría nublarnos el juicio y olvidar algo tan simple como revisar el manual antes de realizar acción alguna. Tomando en cuenta la engañosa naturaleza de la doppelgänger, aquello resultaría muy plausible; siempre estamos a merced de sus maquinaciones.
Sea cual haya sido la razón, estábamos felices por no tener que pagar los platos rotos. Con el grueso libro en mano, Silica se nos unió en la cena antes de retirarnos a descansar. Conversamos de temas triviales, aprendiendo un poco más sobre el pasado como mecánica aprendiz de la gecko y sus aventuras atrapando cangrejos en sus vacaciones mientras lidiaba con mantener oculta su naturaleza liminal. Era agradable contar con una conocida más aparte de MON o la doctora Redguard; comenzábamos a sentirnos algo aisladas en este edificio tan vacío. Incluso Kanna apenas entablaba conversación, a diferencia de cuando estaba con la abuela Yamato. Pero era comprensible, todo el mundo estaba constantemente ocupado.
Ya terminadas de comer, nos despedimos y la castaña y yo nos dimos una ducha para empezar nuestro tiempo de calidad. Ambas estábamos más que deseosas, si el evidente estado de nuestros cuerpos era prueba irrefutable de ello. Cierto, no cruzaríamos la línea que mi eterna irlandesa nos había impuesto, pero compartir de un momento tan íntimo era recompensa suficiente. Pronto llegaría el día en que tales restricciones fueran eliminadas, permitiendo al amor fluir libremente, pero al igual que las leyes prohibitivas del Acta, habría que trabajar duro para lograr ese cambio.
La pajarita llevó a su VP40 y M4A1 para el mantenimiento. Hacía que Helena, su pistola, no había sido limpiada y la puntería sufría ligeramente por la suciedad. El fusil de asalto era relativamente nuevo, pero también requería asearse. Yo tomé a Mugi y sus primas Hummel y Erika para acompañar a las armas de la arpía. Antes de asentarme y pasar el rato con mi amada, le propiné un beso a la otra dueña de mi corazón en toda su gloria fotogénica, suspirando al recordar la falta que me hace su presencia. La rapaz simplemente giró los ojos, pero no dijo nada por mi lealtad hacia el retrato de la segadora. Además, el dibujo de las niñas le pareció enternecedor.
– "Este condenado M203 es un fastidio." – Dijo ella, puliendo el lanzagranadas en cuestión. – "Creí que sería cuestión de controlar el impulso al expulsar el proyectil, pero este nunca va donde quieres."
– "¿Usas el alza regulable parada o agachada?" – Pregunté, sacando brillo a mi ametralladora. – "Dudo que Titania no te haya enseñado la diferencia entre las alturas."
– "Esa enana no comprende que los americanos somos más altos que el gnomo promedio." – Contestó. – "He logrado dominarlo un poco ignorando la distancia del alza y calculando con la práctica, pero la liliputiense me recrimina sobre el desperdicio de munición. Son sólo de práctica, ¿cuál es su problema?"
– "Lo cual es raro, pues tu arma fue diseñada en tu patria y pensada para personas de tu estatura." – Acerqué mi mano. – "¿Podrías pasármela, Süsse?"
– "Toma, flaca." – Me la facilitó. – "No me salgas con que debo leer el instructivo; no soy Mei."
– "Tienes razón, no eres la escamosa." – Repliqué, señalando el artilugio. – "Quizás ella se hubiera dado cuenta que estás usando un cuadrante japonés, el cual usa el sistema métrico internacional en lugar del americano."
– "Me estás jodiendo, flaca."
– "Nope, únicamente confundiste las unidades de medidas." – Se lo regresé. – "Únete a la estandarización; piensa en metros, no pies, linda."
– "Fuck." – Disintió con la cabeza, riendo. – "I'm such a dumbass. No le digas a nadie, ¿de acuerdo?"
– "Un niño de primaria podría ganarme en matemáticas, no hay por qué avergonzarse, Süsse." – Besé su frente. – "Y recuerda, Lala me rompió los calzones en la lavadora."
– "Padie es nerfecto." – Bromeó. – "Bueno, al menos ya no tengo que preocuparme de que esa chaparra me siga pinchando las costillas cada vez que erro un tiro."
– "Ya me extrañaba que tuvieras mejor puntería con un arma de precisión que con una de daño de área." – Mencioné, sacando el cañón de la MG3. – "Por cierto, me sigue sorprendiendo lo rápido que te adaptas a tu M4 sin recurrir a tus manos postizas. En serio, eres impresionante, Süsse."
– "Una debe hacerlo para sobrevivir, flaca. Lo tuve muy claro desde pequeña." – Respondió, tornándose melancólica. – "En la tribu Wankatanka, el entrenamiento para Ozuye (guerrera) empieza desde los cinco años. El primer paso es aprender a volar. La vieja Palakya me llevó en sus garras hasta un acantilado entre las montañas Okotomi y Wynn… y me dejó caer. Pudo elegir alguno de los numerosos lagos que la nieve derretida alimenta en verano en caso de que fallara, pero ella deliberadamente escogió un grupo de filosas rocas, para motivarme. Trescientos metros en caída libre suenan a mucho, pero en un abrir y cerrar de ojos te encuentras con el suelo a pocas decenas de distancia, sin que el constante aleteo disminuya a velocidad."
– "¿Y qué… qué sucedió?"
– "Abrí las alas en el último momento, permitiéndome sobrevivir. Por supuesto, sólo evité morir, no romperme el brazo izquierdo al impactar el piso." – Contestó, observando sus plumas. – "Pasé semanas recuperándome, con Palakya recriminándome mi fallo. La segunda vez, finalmente alcé el vuelo como se esperaba, pero para ese entonces, fui degradada a Ozuye de segunda clase, la más baja de todas. Las de primera cazaban bisontes, lobos, pumas y hasta osos; yo me conformaba con perritos de las praderas, conejos y venados. Y aunque atrapara a todos los grizzlis en Montana, siempre sería la perdedora que se quebró los huesos al no poder volar a tiempo."
– "Lo siento, Cetania."
– "Está bien, ya es parte del pasado." – Limpió sus ojos, sonriendo. – "Ahora estoy aquí, cazando verdaderos hijos de puta y salvando al mundo a lado de la mujer que amo. ¿Cuántas perdedoras pueden decir lo mismo?"
– "Siempre serás la número uno para mí, Süsse." – La abracé, besando su cabeza. – "Eres la mejor del mundo entero, amor, la mejor."
Dejé que las lágrimas recorrieran mis mejillas. Las explicaciones de la rapaz sobre su pasado solían ser breves, siempre yendo al grano, pero cargaban con la intensidad del más extenso relato que pudiera imaginar. Oír lo que ella sufrió a la edad donde los dientes de leche todavía siguen creciendo, fue simplemente fatídico. Entre más aprendía de ella, más cuenta me daba de la vulnerable persona escondida detrás de esa sonrisa y orgullo de cazadora; aquella que seguía luchando contra lo imposible, ya sea en aprender a volar, el combate o competir en el amor. Y todo, sin rendirse hasta lograr su objetivo. Las lágrimas se apoderaron de mí y la sostuve con mayor ahínco en mis brazos, pegándola lo más que podía para que nunca se alejara. Deseaba protegerla más que nunca, volverme ese escudo que la resguardara de todo daño que la amenazaba. Amaba a esa arpía, la amaba con toda el alma.
Reconfortándome ella con sus cálidas alas y cesando mi plañir con un simple ósculo bucal, las dos permanecimos varios minutos en silencio, descansando en el suelo, abrazadas, sintiendo la respiración de la otra, gozando del sencillo acto de existir. Con nuestro humor recuperado, regresamos a nuestra tarea de continuar lustrando las herramientas de batalla. No hablamos durante el transcurso de la faena, excepto para la ocasional solicitud de algún trapo o abrillantador; los sonidos de la urbe nocturna nos sentaban perfectamente como acompañamiento. Mi reloj marcaban las once y treinta tres minutos, hora a la que terminamos de dejar como nuevas las armas y las guardamos en mi casillero para darnos los últimos arreglos antes de acostarnos.
La tentación de romper las sagradas cadenas del buen comportamiento había abundado durante todo el día, comenzando con los besos descarados en la tarde y prosiguiendo con la pequeña complicidad entre Doppel y el grupo. Y ahora, nuevamente el atractivo cebo de la seducción se ostentaba frente a mí al ayudar a la castaña a retirarse la ropa. Ella se quitó la camiseta, mostrando otro de sus atractivos sostenes de tonos carmesí, el color que ya había establecido como su favorito para tales prendas. En cuanto a mí, me di a la tarea de quitar el seguro de su cinturón y, con este ya en el suelo, desabotonar sus pantalones de mezclilla y bajarlos lentamente, acelerándome el corazón al contemplar esas gloriosas caderas y su perfecto trasero revelarse conforme el azul del pantalón daba paso a roja tela, blanca epidermis y amarillas escamas aviares.
La primera vez que realicé esta misma acción, fue en el gimnasio, cuando yo no estaba enterada de los sentimientos de la estadounidense a pesar de sus obvias insinuaciones. En esa ocasión, tuve la fortuna de observar ese mismo posterior que tenía frente a mis ojos, completamente desnudo y a mi merced. Hoy, ese suceso se repetía, adquiriendo ella la misma pose tan sensual, cuya única diferencia era esa delgada braga que escondía con poca eficiencia la glabra feminidad de la falconiforme. Acercándome a centímetros de su entrepierna, aspiré profundamente el aroma de su zona íntima, saturando mis pulmones de tan delirante fragancia que incitaba a perder la compostura y darme un banquete. Salivé, en ambas bocas, de la anticipación.
Imitándola, le permití que desabotonara mi albugínea camisa, dándole una vista completa del negro sostén que resguardaba mi agraciado busto. Continuando con el acto de desvestirme, mi cinturón cedió junto a mi bruno vestido, quedando en mis bragas del mismo tono oscuro. En tan desnudo estado, ella se acercó hacia mí y unió sus labios con los míos, juntando nuestras manos y extendiéndolas a los lados, gimiendo al degustar nuestro sabor. Terminando el ósculo, tomé la iniciativa y con un tenue empujón en su hombro, la hice caer con gracia de espalda a mi amplio colchón, riendo ella alegremente en el proceso.
Como una leona inspeccionando a su presa, me cerní encima de la castaña, mirándola fijamente a sus doradas orbes oculares y acariciando sus femeninas facciones faciales. Besé su deífica cara americana y bajé lentamente, cubriéndola de tiernos ósculos, llegando hasta el cuello y entre sus pechos. Su estómago tembló ligeramente y le provocó una risita pícara, como era costumbre, al sentir mi boca recorrer el área, descendiendo paulatinamente hasta toparme con lo que sería el principio de su sacrosanto monte. Tan sagrado aposento carnal palpitaba al sentir mi caliente respiración estimularlo, ofreciéndole el permiso a mi lengua de albergarse en su interior y satisfacer su hambre con divino y dulce jugo.
Era una oferta extremadamente deliciosa y que, en otras circunstancias, ya hubiera aceptado briosamente. Aún así, el sicalíptico aire que impregnaba a la habitación no disminuía en lo más mínimo. Desviando mis besos hasta sus piernas, sus escamas aviares fueron probadas por mis papilas gustativas, deleitándome en la sapidez de la ornitológica figura de mi dama voladora. Repetí el proceso en reversa, ascendiendo hasta volver a encontrar mi lengua con la suya. Las hicimos entrar en fastuosa batalla por un rato, pausándome cuando los gemidos de la nativa de Montana delataron que estaba en el punto exacto que yo deseaba.
Con una silente gesticulación manual, le indiqué que se girara, acatando la orden y acostándose boca abajo. Haciendo a un lado ese sedoso cabello castaño, besé su espalda descubierta con la misma lentitud y suavidad, dejando que la parsimonia de mis acciones siguiera elevando su temperatura. Al toparse mis labios con la tira trasera de su sostén, coloqué mis manos en el seguro, esperando respuesta de su dueña, siendo contestada por esta con otro gemido. Sonriendo, desuní esos herretes metálicos y las tiras que aprisionaban las glándulas mamarias de la halcón se separaron al compás de una risita de complicidad.
Tal prenda debió serle algo incómoda, porque la marca que dejó en su espalda, aunque vaga, era visible. Subsané el dolor de aquellas huellas a base de más cariñosos ósculos, descendiendo por el camino de su espina dorsal hasta el comienzo de su trasero. Mi parte corporal favorita, mi lado preferido en una mujer, el fetiche principal de mis innumerables fantasías, aquellos atributos de los que yo carezco pero la falconiforme poseía en toda su suave y redonda gloria. Ralentizando aún más mis movimientos, me permití dilatar el tiempo de saborear las apoteósicas nalgas de la arpía con la lengua, succionando y tatuándola con los chupetones que mi hambrienta boca le dejaba en la caucásica piel.
Tan epicúreo tratamiento no tardó en hacer reaccionar a la gimiente Cetania, quien alzó su divino posterior, regalándome el celestial panorama de sus ensalivados glúteos y las pequeñas manchitas que decoraban su tersa piel. Esa era una de las diferencias que adoraba entre la rapaz y la dullahan; la añil epidermis de la irlandesa era uniformemente inmaculada, esculpida a la perfección por su herencia Abismal, otorgándole belleza intachable. Y por el otro lado, la de la castaña contenía lunares, ligera pigmentación variable y pecas que decoraban su venusina figura; imperfecciones de patrón único que ningún otro mortal poseía y, aunada a la beldad de la americana, la hacían irresistible.
En ese momento, mi mente estaba completamente concentrada en la sensual estadounidense y las innumerables feromonas que emanaban de ella, así como sus jugos que ya habían oscurecido su roja braga y se escurrían por los costados de la húmeda prenda. Sonreí, compartíamos el mismo estado de excitación, pues hace mucho que de mi palpitante y enrojecida entrepierna fluían aquellos líquidos femeninos, traspasando la tela y recorriéndome desde la ingle hasta los muslos, sin intención de detenerse.
Extasiada, tomé su cadera en mis manos y, alzándola hasta dejarla a la altura de mi cara, arremetí nuevamente contra su posterior; mordiéndolo, lamiéndolo, chupándolo y saboreándolo con vehemente lujuria. Los sonidos que salían de la boca de mi amada eran tan sucios que de no ser camuflados por la almohada, hubieran despertado a todo el edificio. La temperatura ambiental era elevada, pero no tanto como la corporal de las liminales entregadas totalmente a los ritos de Safo y cuyo sudor se confundía con la saliva que mi lengua se encargaba de repartir por los glúteos de la castaña.
Con éstos completamente cubiertos y brillantes, deposité gentilmente a mi pareja en la cama y, sin previo aviso, usé ambas manos para propinarle una fuerte nalgada doble. Me relamí los labios al palpar la delicada piel abrazar mis dedos y admirar el rebote de la carne, con ese sensual sonido que me incitó a repetir la acción en tres ocasiones más. La arpía reía; lo adoraba, se divertía tanto como yo. Hipnotizada por las pecaminosas sensaciones que estallaban en mi interior y reluciendo mi lado torturador, soplé al centro de la feminidad de la castaña, aumentando el flujo de sus jugos, tiñéndole la ropa de eróticas exudaciones y consintiendo a mis oídos con los sinfónicos gemidos de placer de la americana.
Cetania era sumisa. En la vida social, era un torbellino de energía que iba de la mano con su imparable personalidad de cazadora, mientras que en el combate, su fiereza y denuedo eran comparables a las de una curtida veterana de guerra, una luchadora digna de la más laureada victoria. Pero, en la más profunda intimidad, en brazos de la arachne a quien ha elegido como su compañera de vida, muestra su faceta más humilde y obediente. Era irresistible, adictivo; mi instinto de predadora se regocijaba de satisfacción al saber que tenía una extremadamente valiosa presa bajo mi control absoluto. Hubiera podido deshacerme de su braga con facilidad y sin oposición alguna, eliminando toda barrera que me impidiera contemplar el íntimo tesoro que esta guardaba celosamente. Podría haber hecho mil cosas para satisfacer mi deseo de dominar, para someterla a mis deseos y voluntad, con ella más que ávida por complacerme.
Pero no lo hice.
Porque el amor era igualdad, nadie estaba por debajo de nadie, por mucho que el poder jugara un papel primordial en esta clase de placeres carnales. El disfrute era mutuo, pero siempre era mejor si las involucradas intercambiaban papeles, para que nadie se quedara sin probar las diferentes delicias que el rol de ama y esclava ofrecían. Con eso, propiné un par de besos más a sus suaves glúteos antes de indicarle con un toquecito en su trasero que se moviera de su posición. Algo extrañada por eso, ella se hizo a un lado, agarrando su sostén. Entonces ocupé el lugar que ella tuviera con anterioridad, colocándome boca arriba y señalándole que ella podía asumir el mando a partir de ese momento.
Sonriendo, gateó y se sentó encima de mí, permitiéndome sentir el intenso calor y humedad de su entrepierna en la parte baja de mi estómago. Apoyada por mis pedipalpos sosteniendo su zona posterior, nuestras zonas íntimas no hacían contacto, aunque la tentación de enfrascarnos en un ardiente tribadismo fuera desbordante. La castaña inauguró su reinado deshaciéndose del brassiere que todavía sostenía y lo arrojó a un lado, con sus imponentes tetas abarcando el campo visual de mis seis ojos. Las dos éramos copa H, pero sus noventa y cinco centímetros de busto empequeñecían a mis gemelas. Los pezones de la estadounidense se habían endurecido como diamantes, imitando el estado de los míos.
Con júbilo, empezó a agitarlas enérgicamente, haciéndolas rebotar de un lado a otro mientras mis ojos no perdían detalle de tan magnífico baile pectoral. Tan grandes, tan redondas; perfección que hechizaba aún más con su animado vaivén. Sin dejar de moverse, la falconiforme la acercó a mi rostro. Mi gloria fue inmensa al sentir sus senos acariciarme la cara con sus blandos golpes, poniéndome la piel de gallina al palpar sus botones carnosos rozarme fugazmente los labios, invitándome a meterlos en mi boca y succionar decididamente como una niña pequeña; a mordisquearlos mientras mi lengua los estimulaba, no había límites.
Sin dilación, la abracé fuertemente y hundí por completo mi cara entre esas montañas de carne, sacudiendo mi cabeza y pegando mis labios a su piel, haciendo trompetillas que competían con el sonido de nuestros vehículos en cuestión de intensidad. Cetania reía de placer mientras yo proseguía mi imitación de motor entre sus senos, rodeándome con sus alas y, sin previo aviso, arrojándome de nuevo al colchón con un empujón, retomando el liderazgo. Sorprendida por la súbita interrupción de mi jugueteo, pero sumamente excitada por ver a la nativa de Montana adentrarse en el papel de domadora, me mordí los labios en anticipación de su próxima movimiento.
Más besos, más caricias, más amor. La halcón emuló el tratamiento que tuve con ella y descendió por mi cuerpo, tapizándolo de húmedos ósculos. Ignoró mis glándulas mamarias y continuó hasta mi estómago, donde recibí el animoso trato de las cosquillas, deteniéndose al inicio de mi entrepierna. Sonriendo maliciosamente, usó sus alas para estimular tan vulnerable zona, rozando las puntas de sus plumas con mi sensible abertura. Ahora, era yo la que gemía del éxtasis, la que babeaba del goce, la que se aferraba a la cama por el placer, la que se sometía a la voluntad de la arpía; la sumisa.
Se detuvo cuando mis exudaciones se escurrían nuevamente por los costados de mis bragas, prosiguiendo con la tarea de ensalivarme los pedipalpos. Mi quitina era dura, y su aroma era distintivo, pero de alguna manera, a la rapaz le gustaba esa combinación poco atractiva. Besó la dureza de mis apéndices, acarició mis partes arácnidas con delicadeza, como si se tratara de la más fina y suave piel. Hasta ahora, Lala era la única que me había mostrado la misma ternura con las secciones menos eróticas de mi figura, pero en ese momento, la castaña se había dejando envolver por la singular textura de mi exoesqueleto.
Realmente me amaba.
No es fácil aceptar a una arachne. Somos pesadillas vivientes, depredadoras incansables con la apariencia de animales feroces y temidos; la gente, por muy buena que sea, siempre me mira insegura y en el fondo, sé que no soy agradable a la vista. Pero aquí, en este pequeño santuario donde no hay nadie más que dos almas unidas, puedo sentirme orgullosa de mi invertebrada mitad al ver como esta era apreciada por una celestial mujer voladora. Conmovida por la falconiforme, como sucedió con la irlandesa la primera vez que lo hizo, me incorporé y besé tiernamente su dulce boca, dejando que un par de lágrimas escaparan de la comisura de mis ojos.
Ese despliegue de sentimentalismo avivó las llamas de nuestra pasión y, recobrando mi posición en la jerarquía de nuestra sicalipsis, me coloqué encima de la rapaz, sosteniendo sus hombros. Ella estaba contenta de regresar a su papel anterior y yo, relamiéndome lo labios, complací su resurgente obediencia colocando mis pechos frente a su cara. Ella me miró, yo asentí con la cabeza, ella sonrió. Usando sus afilados dientes, masticó la tela de mi sostén, aunque el resistente material haría que el romperlo durara demasiado tiempo. Pero su objetivo no era perforar la seda y el algodón de mi sujetador, sino obtener el agarre perfecto para que su mandíbula deslizara la prenda lentamente, liberándome los senos.
Mis pezones se erguieron como los cañones de un buque de guerra al sentirse fuera de su prisión, tan rosados y sensibles que un simple roce podría llevarme al borde del orgasmo. Y ella lo sabía, pues usando esas juguetonas plumas, provocó un hormigueo en mis excitados botones pectorales que provocaron humedecer mi ropa interior y el estómago de la pajarita, donde me había asentado. Entre risas y gemidos, ella introdujo su cabeza entre mis gemelas, siendo su turno de emular un libidinoso motor liminal y deleitarse con la tersura de mis abundantes atributos.
Antes de darme cuenta, la americana comenzó a restregarse contra mi estómago. Su humedad, su blandura, su intenso aroma a sexo, tallándose en mi cuerpo e impregnándome de su esencia la piel, como un lujurioso tatuaje transparente. Yo lo adoraba, era una sensación que sobrecargaba las conexiones de mi sistema nervioso y aceleraba mi pulso a niveles más allá de los físicamente posibles. Empero, de seguir así, mi compostura empezaría a flaquear como un Panther cede ante el constante asedio de un T-34/85. Mi cuerpo me gritaba que continuara y mi mente ignoraba los impulsos animales latentes, centrándose en buscar una manera de satisfacer a la excitada emplumada sin quebrar mi palabra con mi amada segadora. Entonces, escaneando mi habitación al tiempo que los jadeos de la halcón se intensificaban, atisbé la respuesta.
El cañón de mi ametralladora.
Cincuenta y seis centímetros de aleación de titanio, veintidós pulgadas de metal reforzado capaz de soportar las altísimas temperaturas de más de mil disparos por minuto viajando a ochocientos veinte metros por segundo. Si había objeto que pudiera resistir el volcánico torrente de lascivia que expedía la rapaz, era uno creado en mi patria. Separando a la arpía de mis pechos y besándola, la arrojé de espaldas a la cama mientras me incorporaba para rápidamente hacerme con alguno de los cañones sin usar de Mugi. Abriendo mi casillero de armas, tomé uno sin usar ni engrasar, completamente nuevo.
Por supuesto, no iba a pasar un sucio pedazo de metal tan descaradamente por la zona íntima de mi pareja, arriesgándola a contraer alguna infección, por muy nuevo que fuera. Afortunadamente, contaba con mis largos guantes, los cuales cubrían hasta el hombro y eran lo suficientemente resistentes para soportar mis garras, así que podrían también con los tubos sin problemas. Retirándome el izquierdo, inserté el cañón dentro de la prenda, cubriéndolo perfectamente y apretando para que únicamente quedara la dureza del titanio. Sonriendo malévolamente, pasé mi lengua por la sólida vara, abrillantando el negro de la seda con saliva.
La castaña se extrañó un poco, quizás pensando que mi intención era insertar el férreo objeto en su húmeda cueva. O en la retaguardia; conocía muy bien mi decantación por la entrada trasera. Otro beso le calmó, además de que le ofrecí una rápida previsualización de mi objetivo al simular rozar el tubo por mi intimidad, comprendiendo ella de inmediato y sonriendo mientras disentía ligeramente con la cabeza; sabía que su perversa araña siempre encontraba alguna manera de satisfacer las necesidades de la carne, aunque tuviera que improvisar. Tal vez sea una terrible matemática, pero soy una libidinosa muy ingeniosa.
Me asenté en el borde de la cama y le indiqué que reposara en mis pedipalpos, obedeciendo ella al instante. Ya en posición, hice a un lado su sedoso cabello para que mis pechos masajearan con amabilidad su espalda mientras mordía delicadamente una de sus puntiagudas orejas. Sin separarme de la estadounidense, tomé una pluma suelta y con mi mano libre, provoqué cosquillas a los erectos botones pectorales de la falconiforme, para su deleite y el mío, escuchando su seráfica risa, que era música para mis oídos. Pero ya había sido demasiado preludio, como indicaban sus pronunciados movimientos de cadera; la arpía estaba deseosa y yo también.
La masturbé.
Lenta y cuidadosamente pasé el sólido objeto de pecaminosa manera por su sagrado monte, empapándolo de inmediato con sus líquidos femeninos al mismo tiempo que mi otra mano pellizcaba con delicadeza uno de sus pezones. Entre mis furtivos dedos estimulando sus pechos, mis dientes mordisqueándole el cuello y el improvisado dildo bélico restregándose con su vulva, Cetania se retorcía en un océano de placer absoluto. Su lengua de fuera cada vez que yo le rozaba con la vara me excitaba, el brillante sudor en su piel me enloquecía y sus gemidos me alentaban a seguir provocándole más sonidos obscenos. Su voz, tan llena de cariño y concupiscencia a la vez, era el coro de los impúdicos dioses que alimentaban nuestras más bajas pasiones.
Entre gemido y gemido, pausaba el juego para invitarle a la rapaz el saborear sus propias mieles que el cañón, goteando, había recaudado. La castaña, dominada absolutamente por el deseo, relamía con denuedo la negra tela, absorbiendo descaradamente su sabor y dejando que el exceso de saliva se derramara por sus labios y le cayera en el cuerpo. Insertaba mis dedos en su boca y ella los chupaba vehementemente para que así regresara a jugar con sus tetas, empapándolas. Y todo este juego tan lascivo se llevaba a cabo sin romper las reglas. Tenía permiso de abrazarla, besarla y tocar sus senos; estimularle el clítoris con un cañón de ametralladora era a todas luces un acto sexual, pero no quebraba los estatutos acordados al no hacer contacto directo con su feminidad. El onanismo con objetos era mi carta secreta y, aunque la dullahan se molestara, no estaba prohibido.
Aceleré la velocidad de mis manos, aumentándole el pulso a la nativa de Montana y la frecuencia de sus sonidos de placer. Para rematar su vorágine de éxtasis carnal, mi lengua batalló con la suya y el tubo metálico prácticamente había encontrado refugio semi-permanente entre los labios menores de la americana, cuyos gemidos eran ahogados por nuestra unión bucal. Sabiendo que el momento mágico estaba cada vez más cerca, me levanté rápidamente de la cama sin romper nuestra unión o la desenfrenada estimulación genital. Con cuidado y sin apresurarme, llegué hasta mi objetivo.
La fotografía de Lala.
– "Ah, ¿Aria?" – Habló la jadeante halcón. – "¿Qué… estás… haciendo?"
– "Bésala." – Le susurré al oído, sosteniéndola frente al retrato.
– "¿Q-qué?"
– "Bésala, Süsse." – Musité de nuevo, con una mayor sensualidad en mi voz. – "Compartamos las tres este divino momento."
– "Estás… ¡ah!... loca... ¡uhmm!" – Replicó, ahogando un gemido. – "No pienso-Ohh… hacerlo…"
– "Sí lo harás." – Lamí su mejilla. – "Propinarás un efusivo ósculo al azul rostro de mi segadora; o prolongaré esto aún más."
– "¿Y eso cómo va a… ¡Auhm!... convencerme?" – Cuestionó, mordiéndose los labios. – "Al contrario, quiero que esto nunca termine."
– "¿Piensas que puedes resistir tanto, linda? Admiro tu valor." – Lamí su cuello. Ella suspiró de placer. – "Quizás tu voluntad sea de hierro, ¿pero qué hay de tu cuerpo? ¿Es tan impasible como la voluntad de su dueña?"
– "Ponme a prueba, araña. ¡Ahh!"
– "Ya lo estoy haciendo, querida." – Jalé de su pezón, estirando ligeramente su pecho. – "¿Cuánto más planeas seguir empapando el piso? Admítelo, ardes en deseos de venirte."
– "Nghh… N-no…" – Gimió. – "No lo… ¡ah!... haré…"
– "Hazlo, Cetania, hazlo por nuestra felicidad." – Mordí su oreja. – "Une tus labios con los de ella, ámala como me amas a mí, y serás recompensada de sobremanera con dicha eterna."
– "No…"
– "Sí." – Aceleré los movimientos del cañón. – "Imagina esto que experimentamos, a diario. Las veces que quieras, sin barreras, sin restricciones, todo lo que desees estaría a tu alcance. Placer puro, intenso, infinito. Hacerlo desde el alba hasta el ocaso, sumergirte en el goce sempiterno de nuestro safismo ilimitado hasta que pierdas el conocimiento por tanta gloria. Yo puedo dártelo, y Lala también."
– "…No…"
Hora de que este Panzer ataque con todo.
– "¿Cuántos días llevas sin tocarte, Süsse?" – Lamí su mejilla. – "¿Cuántas noches sin satisfacer tus necesidades?"
– "N-no sé…" – Jadeó, con saliva escurriéndose de su boca. – "Desde… la luna llena…"
– "¿Tanto?" – Sonreí. – "¿Y aún así crees que tienes oportunidad de aguantar?"
– "Yo... yo puedo."
– "¿Te gustan las mujeres?"
– "Sabes que sí…"
– "Y Lala también es una, ¿verdad?"
– "Sí…"
– "¿Me amas, Cetania? ¿Me adoras como yo a ti?"
– "Sí…"
– "¿Con toda el alma?"
– "Sí."
– "¿Deseas volverte mi esposa?" – Ralenticé la vara estimuladora. – "¿Vivir juntas por toda la eternidad?"
– "¡Aah!" – Gimió. – "¡S-sí!"
– "¿Ser lo primero que veamos al despertar y lo último al acostarnos?"
– "¡Sí!"
– "¿Quieres hacer el amor conmigo, salvaje y libremente, hasta saciarnos?"
– "¡Sí!"
– "¿Quieres que continúe con esto? ¿Deseas venirte?"
– "¡Sí, carajo, sí!"
– "¡Entonces bésala y vente, mi vida!" – Apreté su pecho, estirándolo ligeramente. – "¡Gocemos en sicalíptica unión la dicha de estar vivas!"
– "¡Con un demonio! ¡Aahh!" – Exclamó. – "¡De acuerdo, pero hazlo ya! ¡Ungh! ¡Hazlo, que no aguanto más!"
Lo hice.
Mi mano dejó su glándula mamaría y, agarrando el retrato, se lo acerqué. Los labios de la extremadamente excitada falconiforme se juntaron trémulamente para hacer contacto con el cristal, impregnado de mis ósculos previos, justo en la zona donde la hermosa sonrisa de mi peliblanca residía. Sonreí; yo únicamente había colocado la foto a su alcance, y ella tomó la decisión de hacerlo en la boca de la dullahan. Fantaseé imaginando que algún día, esa unión oral sería real, poniendo fin a tan innecesaria rivalidad y entonces la vida sería completamente perfecta; la pacífica y triunfante victoria al fin la reclamaría, no yo, sino el amor mismo.
Ese momento llegará, lo sé.
Briosamente incrementé la velocidad de la frotación, usando mis piernas delanteras para abrir más las de la arpía y permitir un roce muy directo del cañón con sus partes. Con mis piernas jugando con sus tetas y yo delineándole los hombros con la lengua, los indecentes gemidos de mi adorada pajarita amenazaban con escucharse hasta su tierra natal, por lo que me encargué de silenciar tan excitantes pero peligrosos sonidos con un profundo beso. Su respiración se agitó, su corazón retumbaba como explosiones en miniatura y sus ojos se abrieron como platos al sentir que el tiempo había llegado.
Sucedió.
Con el gemido más fuerte y sonoro que haya tenido oportunidad de escuchar de mi pareja, Cetania alcanzó el cenit del placer y el apoteósico frenesí de exultaciones culminó con un potente orgasmo. El clímax que coronaba a una agitada noche entre amantes se apoderó de todo el ser de la rapaz con un relámpago y descargó cantidades interminables de electricidad por su cuerpo. Mientras la americana convulsionaba en éxtasis por la inmensidad de tan laureada culminación, sus jugos de amor se escapaban cual cascada de su feminidad, empapando el suelo y despidiendo un aroma tan intenso que certificaba que su goce había sido absolutamente excelso.
Separando mi boca de mi exhausta amante, contemplé cómo sus ojos dorados se habían tornado casi blancos en su totalidad y la saliva se le derramaba, imitando a su increíblemente húmeda entrepierna. Satisfecha con el excelente desempeño sexual de mi halconcita, besé su frente, felicitándola por haber compartido la intimidad con esta egoísta arachne. Observé el fino retrato de mi azul irlandesa, y también le proveí de un tierno ósculo, pidiéndole silentemente perdón por haber disfrutando demasiado con su adversaria y esperando a que ella perdonara mi pecado. Sé que lo hará, ella sabe que no la engañaría; no a ella.
Y la recompensaré al regresar.
Cargando a la agotada pero feliz emplumada de vuelta a la cama, la coloqué gentilmente sobre las sábanas y me acosté junto a ella, acariciándola y observando su enrojecido rostro de satisfacción. El privilegio de atestiguar de primera mano el lado sumamente vulnerable e indecente de una estirpe tan orgullosa como las rapaces es algo que no se toma a la ligera; presenciarlo es un gran honor, pues la elección significa todo para la liminal. La abracé y le pegué a mí, con el único e inocente deseo de disfrutar de su calor. Nuestros corazones pulsaban al unísono, y nuestra felicidad era una sola unidad de paz y tranquilidad. Eso era amor en su más pura esencia.
Reposamos unos minutos sin decir nada, solamente acariciándonos y palpando la calmada respiración, con la sinfonía de automóviles en la lejanía y uno que otro insecto nocturno para atenuar el pacífico ambiente. Decidiendo que no queríamos pasar la noche sudadas y oliendo a la lujuria misma, tomamos nuestras ropas y las sábanas empapas y nos encaminamos a las duchas. El piso sería problema de la encargada de limpieza, la cual sería la pobre Kanna. Espero su olfato no nos delate y ella sea la que termine en el consultorio de la doctora Wilde como paciente permanente.
No musitamos palabra en las regaderas, pues nuestras caricias y besos decían todo lo que nuestras voces callaban. Ya limpias de toda evidencia, aunque con la fragancia de nuestras feromonas al tope, volvimos a mi habitación y apagamos las luces para finalmente tomar un muy bien merecido descanso. Acordamos hacerlo con solamente nuestras bragas a partir de ese momento; nuestra piel desnuda se sentía demasiado bien como para volver a la restrictiva ropa. Dado que yo no había tenido un clímax como la pajarita, mis ánimos aún podían regresar en cualquier momento, pero el recuerdo de Lala me aplacaba los pecaminosos ímpetus que mi instinto tratara de cocinar. Además, había logrado que Cetania diera un simbólico contacto bucal a la imagen de la segadora, suficiente para mantenerme satisfecha.
– "Eres mala, flaca." – Dijo la castaña, abrazándome. – "Obligarme a hacer eso con esa decapitada mientras me encuentro fuera de mí. No se vale."
– "Estabas muy dentro de ti, Süsse." – Repliqué, acariciando su espalda. – "El estado pre-orgásmico es de los más sinceros que hay. En verdad querías hacerlo."
– "Tramposa." – Pinchó la mía con un pulgar. – "Me sorprende que no colocaras su foto cerca de mi entrepierna cuando me estaba viniendo, para mojarla con mis exudaciones."
– "El marco es de madera, no se quitaría el olor." – Contesté, riendo tenuemente. – "Además, podrías hacerlo en el rostro de la real, si quisieras."
– "Mejor le orino esa cara de pitufo que tiene." – Se pausó. – "No le gustaría eso, ¿o sí?"
– "Claro que no; a menos que venirse en la mía cuente como urofilia." – Respondí, pinchándole una mejilla. – "Y no digas nada, que me manchaste todo el cuarto. Un poco más y nos evacuan por inundación."
– "Tú dejaste abierta la manguera en primer lugar, mensa." – Pinchó la mía. – "Al menos te hubieras estimulado también, para compartir el clímax."
– "Tenía mis manos y hasta piernas ocupadas. Ocho no son suficientes." – Usé una para acariciar si trasero. – "Y al final, lo que me importa es tú hayas gozado del momento. ¿Te gustó?"
– "Obvio que sí. Con todo y usar a Mugi como dildo." – Rió tenuemente. – "Pero sería mejor si lo hubiéramos hecho de verdad; apenas y nos tallamos un poco."
– "Sabes que no podemos, linda." – Besé su frente. – "Perdóname; me gustaría complacerte, pero mi reina me decapitaría."
– "Demonios, flaca, me pasaste la lengua entera por las nalgas y me jugaste los pechos, sin contar que me masturbaste." – Declaró. – "Esa enana va a colgarte de la torre de Tokio si se entera. Al menos chúpame las tetas antes de tu sentencia."
– "No crucé el límite, Süsse. O eso espero." – Suspiré. – "Le contaré todo a ella, detallándole lo que hicimos y esperando su comprensión."
– "Estás consciente de que eso seguramente le provocaría venir aquí exclusivamente para matarnos, ¿cierto?"
– "No voy a ocultarle nada a la segadora. Se lo prometí, y soy mujer de palabra." – Afirmé. – "Y ella me quiere, únicamente me partirá la columna o un par de costillas."
– "Sigo sin entender qué ves en esa azulada, araña. Yo no te controlo… tanto."
– "Lala es una buena niña, Süsse; sólo intenta proteger lo que ama." – Mimé su rostro. – "Si estuvieras en su lugar, ¿me perdonarías por esto?"
– "Nah, te practicaría vivisección al instante." – Bromeó. – "En verdad estás loquita por esa otra demente, ¿cierto?"
– "Las dos me traen loca. Y no quiero curarme, la cordura es una enfermedad mental."
– "Demonios, esa dullahan es efectiva. Ya perdiste la cabeza sin usar la guadaña." – Me abrazó, riendo. – "Descuida, le escribiré también a la Abismal, abogando por tu inocencia. Me sentiría mal si rompen."
– "Ambas somos culpables, pero te agradezco que me consideres la exculpada." – Regresé el gesto. – "¿Por qué sigues ayudando a tu rival?"
– "Porque te ella es digna de ti." – Aseguró. – "Tú misma lo has dicho, es una buena persona. No merece que la traicionen."
– "¿Lo hice? ¿Rompí mi juramento?"
– "¿Le sigues siendo fiel? ¿La continuarás amando por sobre todas las cosas? ¿La seguirás hasta el fin del mundo?"
– "Honor y lealtad, Süsse."
– "Entonces sigues siendo inocente."
– "Danke." – Le di un ósculo rápido. – "Ojalá tengas razón."
Pasamos varios minutos en silencio, observando la luz de la luna apartar la lobreguez de la habitación. Pero, entre todo ese mar de tranquilidad en penumbras, podía percibir que la falconiforme no concebiría el sueño hasta externar lo que tenía, más no la presioné.
– "Aria…" – Habló finalmente. – "¿Puedo preguntarte algo delicado?"
– "Cetania, confío mi vida en ti todos los días, puedes hablarme de lo que sea. Adelante."
– "Bueno, yo…" – Titubeó. – "¿Yo soy tu alternativa? ¿Tu plan de repuesto en caso que lo de Lala no funcione?"
– "¿Es eso lo que te consideras, Süsse? ¿Carne de segundo plato?"
– "Siempre estás pensando en ella, y alabándola, aunque no esté presente. Y aunque no me guste, la amas con total sinceridad." – Afirmó, con tono melancólico. – "Ella es la que consideran tu pareja. Incluso aquí, donde todas saben que te amo, es la segadora la que ocupa el puesto de tu mujer. Yo soy la competencia, la otra, la mala del cuento."
– "No lo eres, Cetania. Tenlo por seguro." – Reiteré, pegándola más a mí. – "Eres tan importante como la irlandesa, amor; que ella haya sido en la que me fijé primero no significa que te considere menos valiosa."
– "Vamos, Aria, la tratas mejor que yo. Trabajas duro para mantenerla, te esfuerzas por ella, le compras todo y le escribes cartas." – Enumeró. – "Hasta besas su retrato y me ordenas que haga lo mismo. Incluso ahora, puedo asegurar que estás pensando en qué diría ella sobre esto, ¿o me equivoco?"
– "No, tienes toda la razón; estoy pensando precisamente en eso." – Admití. – "Pero eso es porque no la tengo a mi lado, no puedo dejar de preocuparme por su bienestar. Y de invertirse los papeles, sería lo mismo; no dejaría de preguntarme en tu estado, si has comido bien, si has dormido lo necesario, si sigues siendo tan feliz como yo me siento cuando estoy contigo. Amar es preocuparse por alguien más y siempre velar por esa persona; como tú y yo lo hacemos en este momento, en este trabajo, en la vida misma."
– "No me quieres tanto como a ella."
– ¿Por qué insistes en despreciarte?"
– "Seamos realistas, ella es mejor partido, Aria. Inmortal, eternamente atractiva, cariñosa, leal, atenta y su habilidad en la cocina es algo con lo que muchos sólo pueden soñar." – Declaró, su voz era quebradiza. – "Sí, soy capaz de enfrentarme a criminales, ¿y qué más? Si me lastimo un ala, si enfermo, si mes disparan, todo se termina. Con Lala nunca tendrías que preocuparte por otra cosa que no sea el pagar las cuentas."
– "¿Estás ignorando el hecho que eres tan hermosa, afectuosa, fiel e inteligente como ella, quizás más?" – Giré su cabeza para verme directamente a los ojos. – "¿Acaso piensas que tu habilidad en combate es una nimiedad? ¿Qué yo y el resto del mundo pondría fe en una intranscendental persona para velar por su seguridad? ¿Realmente crees que alguien tan supuestamente inútil llegaría hasta donde estás?"
– "Aria…"
– "Mírame a mí, Cetania; ¿qué soy, sino una idiota cuya descripción puede englobarse en mujeres y armas? Sólo soy buena para jalar un gatillo y ser un perfecto saco de golpear. Soy tan estúpida que me sorprende que yo esté aquí, contigo, con Lala, en este puesto tan importante." – Exclamé. – "Yo soy la que debería menospreciarse; ustedes merecen a alguien mejor, mucho mejor. ¿Por qué siguen a mi lado? ¿Por qué continúan anclándose a esta pervertida tan egoísta que las obliga a aceptar algo que no quieren? ¿Qué hice para merecerlas?"
– "Jamás rendirte, A chuisle…"
Me paralicé de inmediato. Ese hermoso timbre de voz, ese inconfundible acento gaélico, esa sonrisa que se forma automáticamente al escucharla: Lala. Me incorporé de inmediato y encendí la luz, buscando por todos lados a mi emperatriz del Inframundo, con ahínco, pero sin éxito. No me imaginaba como pudiera haber aparecido o entrado a la habitación sin que lo notara, pero no importaba; solamente me interesaba verla de nuevo, estrecharla en mis brazos y besarla con toda el alma. Finalmente y viendo que mi escudriñar era infructuoso, la rapaz develó que había escondido su teléfono detrás de mi despertador en forma de tanque. Dado que se encontraba boca abajo y la pantalla se apaga automáticamente, el brillo no lo delató en la oscuridad.
– "¡Spatzi!" – Hablé tan pronto la castaña me facilitó el celular. – "¡Spatzi, ¿eres tú?!"
– "Soy yo, A chuisle." – Respondió mi adorada peliblanca. – "Escuché todo."
– "¿Eh? ¿Desde cuándo?"
– "Desde antes de empezar, flaca." – Contestó la americana. – "Y cuando te dice que lo oyó todo, es en serio. Eso incluye nuestro ardiente despliegue de pasión."
– "¡¿D-de verdad?!" – Cuestioné, absorta. – "¡Spatzi, puedo explicarlo! ¡No es lo que crees!"
– "A chuisle, no necesitas decirme lo que ya sé." – Acotó la susodicha. – "Estoy perfectamente enterada de tus actos y tus conversaciones con la descendiente de Electra."
– "¿Cómo sucedió?"
– "Lo acordamos durante la fiesta; ella clamó que durante el tiempo que estuvieras fuera, tu lealtad hacia mi persona sería absoluta, incluso sin mi presencia física." – Explicó. – "Y para comprobarlo, me llamaría en caso de que algo así sucediera. No era una idea que me agradara en realidad, teniendo en cuenta que ella podría haberte informado del plan y así fraguar un engaño audible; pero estoy completamente segura que tus declaraciones, tanto en el fragor de las llamas del deseo como en la serenidad posterior, eran totalmente honestas."
– "No puedo creerlo."
– "Créelo, arañita; tus novias son auténticas mentes maestras." – Injirió la halcón. – "Claro que yo fui la impulsora de tan fulgurante estrategia. Esa enana tiene de alta lo que tiene de lista."
– "También te detesto, peste alada." – Le replicó la aludida. – "En todo caso, y a pesar de los horrísonos gritos mefistofélicos que la hija de Taumas profería en su decadente estado de exaltada lascivia, más el testimonio de sus conversaciones, creo que, si bien has sobrepasado varios límites que nuestro acuerdo estableció, me parece que debido a las circunstancias en el que tal escena fue concebida, sin hablar del profundo aprecio que tienes por ese incordio emplumado y el que yo te profeso, no me queda más remedio que perdonar tus concupiscentes faltas."
– "No, amor… yo… yo falté a nuestra palabra." – Dije, con mi voz quebrándose. – "Lo que juré no repetir, terminé reincidiéndolo. Sí, no crucé las líneas designadas, pero lo que hice equivale a quebrarlas."
– "Las dos lo hicimos, Lala." – Habló la falconiforme. – "Soy igual de culpable, y yo la instigué a perder el control."
– "Pero no lo hizo; aunque su instinto se haya desbordado, mantuvo la prudencia de no ir más allá, a pesar de la tentación." – Reafirmó la dullahan. – "No estoy diciendo que apruebe esas escapadas amatorias, o que estoy muy contenta al saber que la mujer que amo disfrute de momentos íntimos con mi rival; pero, también estoy consciente de lo que las dos sienten. Es lo mismo que yo experimento a lado de la arachne, y entiendo perfectamente la dicha de gozar de su amor. Por eso, e insisto, no tengo más remedio que exonerarlas de su penitencia."
– "No deberías, Spatzi." – Acoté, con pequeñas lágrimas en mis ojos. – "No conmigo, soy indigna de tu perdón."
– "Aria, ahora eres tú la que se desprecia."
– "Porque es verdad."
– "Si no lo fueras, no lo hubieras obtenido en primer lugar." – Aseveró, con voz reconfortante. – "Estoy enfadada, pero no puedo odiarte. Te amo demasiado como para rebajarte a algo más que mi eterna compañera."
– "Eres demasiado indulgente conmigo." – Aspiré, mi nariz se estaba congestionando. – "No te merezco, Lala."
– "Tienes razón." – Respondió. – "Pero si todos obtuvieran lo que ameritan, esa peste alada moriría sola y amargada."
– "¡Hey!" – Se quejó la arpía.
La segadora y yo nos desternillamos en carcajadas, con la nativa de Montana uniéndosenos poco después. No merecía exoneración y estaba segura que la peliblanca tenía un castigo preparado para cuando regresara, pero en ese momento, estaba feliz de volver a escucharla y saber que no habría discusiones ni corazones rotos por mis pecados. Era demasiado afortunada para que esa dullahan me siguiera tolerando y, aunque mi alma rebosaba de alegría, mis ojos no cesaban de derramar lágrimas. Pero eso me enseñó a que debía amar aún más a esa generosa mujer, reforzando mi vehemente deseo de luchar tan arduamente por ella y esa inquebrantable unión que tenemos.
Lloro, porque soy dichosa.
– "¿Cómo está todo, amor? ¿Te va bien?" – Pregunté, asentándome en la cama. – "¿Qué cuenta la familia?"
– "Estoy bien, mi vida, el trabajo me trata perfectamente. Sanae tuvo una pequeña discusión con sus parejas y faltó hoy a trabajar, pero me comunicó que ya se ha solucionado." – Relató. – "Nuestro casero empezará a laborar mañana y estuvo todo el día cocinando para aplacar sus nervios. Agradecimos la abundancia de alimentos, pero fue necesario que sus futuras esposas intervinieran cuando planeaba una cuarta ronda después de gastar las reservas de víveres enteras."
– "Así es nuestro Herr Kommandant." – Reí. – "Por cierto, ¿cómo va su harén? ¿Las peleas disminuyeron o la eterna guerra es imposible de superar?"
– "Afortunadamente la paz hogareña ha alcanzado niveles satisfactorios." – Confirmó. – "Las chicas han mostrado una cooperación sin precedentes respecto al compartir el mismo amor por su anfitrión. Eso se traduce en que varios papeles se han intercambiado; por ejemplo, Miia ha estado dándole clases de cocina a Centorea, mientras la centáuride instruye a Meroune en el arte de la limpieza de prendas. Y es la sirena quien ha apoyado a la sierpe actuando como su tutora académica, agregándola a las clases privadas junto con las niñas."
– "Me estás asustando, linda. Imagina a una lamia tan dramática como la sirena." – Temblé ligeramente. – "Y hablando de Shianus, ¿le va bien como universitaria? ¿Qué dicen las niñas? ¿Y Rachnee?"
– "Sosiega tus ímpetus, A chuisle, a eso voy." – Instó calmadamente. – "Cerea ha tenido algunas preocupaciones por los comentarios de jóvenes varones respecto su apariencia, especialmente su vastedad pectoral, pero nuestro apoyo ha calmado la tormenta de que aciagamente afligía su autoestima."
– "Que cargue a sus gemelas con orgullo, son tan nobles como su estirpe. Que un montón de perdedores con hormonas a flor de piel no la desmoralicen al tratar de alcanzar sus sueños."
– "Ese fue precisamente el argumento de tu congénere." – Declaró la irlandesa. – "Recalcó tal punto al andar sin prendas para cubrir su torso por todo el día. Lorelei logró finalmente convencerla de ostentar otro de sus modelos, para nuestro alivio parcial. Por lo menos Kurusu disfrutó de tan exhibicionista espectáculo."
– "¿Y tú, Spatzi? ¿No te deleitaste la vista también? No me pondré celosa por reconocer tu buen gusto."
– "Me temo que a pesar de mi preferencia por el género femenino, el único tórax al natural que prefiero es el tuyo, A chuisle."
– "Aww, danke, guapa. A mí también me encanta el tuyo."
– "Y también parece que el de esa peste alada, si hundir tu semblante en su busto mientras realizas sonidos absurdos es prueba suficiente."
– "No me envidies por tenerlas más grandes, pitufo." – Cetania le sacó la lengua. Daba igual que no pudiera verla. – "Es más, una vez que cuelgues, voy a ordenarle a la rubia que me haga lo mismo en las nalgas."
– "No me obligues a empalarte en una estaca, plumero parlante."
– "Y no me fuerces a meterte el cañón por nunca te da el sol, canosa."
– "Y tú no me incites a sodomizarte con mi falce, incordio alado."
– "Yo quisiera que ambas se hicieran eso mutuamente." – Hablé yo.
– "Pero primero, degollamos a Jaëgersturm." – Acotó la segadora.
– "Después de meterle ambas cosas por atrás." – Terció la rapaz.
– "¡Hey!" – Fue mi turno de quejarme.
Las sombras de la rivalidad fueron apartadas temporalmente por el resplandor de las risas de la dullahan y la halcón, conmigo como catalizador principal. Compartiendo su algarabía, sonreí también para mis adentros al oírlas tan divertidas a pesar de sus mordaces comentarios. Quizás, pensaba yo, era su discreta manera de limar las asperezas.
– "¿Qué hay de las niñas, mi reina?" – Retomé el diálogo. – "¿Cómo se porta ese torbellino verdiazul?"
– "Siguiendo la tendencia del trueque de labores, han aprendido las bases del lavado textil a través de los conocimientos de la sirena." – Prosiguió la chica del Éire. – "Deduzco que el apego a su tutora habitual las hace colocar a Meroune al tope de su cadena jerárquica, a pesar de la veteranía de la equina ojizarca respecto al tema. A cambio, Lorelei es instruida en el cuidado del jardín, especialmente el azarollo. Admito que es tierno el respeto que tienen para con la heredera del Reino Neptune."
– "Mero es la más peligrosa, Spatzi; primero el dúo plumitas-gelatina, mañana el mundo." – Bromeé. – "Y además de la moda nudista, ¿qué más ha hecho nuestra tejedora favorita?"
– "Es ahí donde nuestros caminos se entrelazan y la permuta de conocimientos entre la descendiente de Arachne y la hija del Abismo es realizada en pos de la simbiótica cooperación." – Manifestó. – "A cambio de sesiones nocturnas en las artes cisorias, yo recibo una catequesis en las labores manuales de una experta artesana de la seda."
– "¿Estás aprendiendo a tejer? ¿De verdad?"
– "Con júbilo certifico que eso es correcto, A chuisle. Necesitaré mucho tiempo para alcanzar un nivel similar al de mi consejera, pero eso es lo que me sobra."
– "Yo sé que serás la mejor, Spatzi. Me alegra que sigas buscando nuevos pasatiempos, a veces pensaba que yo te retenía."
– "A chuisle, es gracias a ti que decidí romper con mi cohibida actitud y disfrutar de la vastedad de la vida." – Proclamó. – "Así como te apoyas en mí para no derrumbarte, es tu presencia la que me motiva a perseguir las posibilidades que están a mi alcance. Mi éxito también es tuyo, compartimos la felicidad, la vida; nunca lo olvides."
– "Cierto, tienes toda la razón." – Sonreí. – "Te amo, Lala."
– "Y yo a ti, Aria." – La escuché dar un beso por la bocina. – "¿Cuándo tendré el placer de disfrutar de tu compañía física?"
– "Es una incógnita; hoy nos dieron el día libre pero no nos permitieron regresar. Quizás el próximo fin de semana pero no puedo garantizarlo." – Alegué. – "Te extraño tanto; linda. Incluso cuando supe que estaba en problemas, oír tu seráfica voz me levantó los ánimos como nunca."
– "La fortuna recompensa a los pacientes, mi amada. Estoy segura que volveremos a danzar bajo las estrellas en poco tiempo, esperaré el tiempo necesario para escuchar tu corazón latir junto al mío."
– "Lo haremos, mi vida, lo haremos." – Limpié una lágrima. – "Recibí tus cartas, las aprecio, en verdad. ¿No te molesta que no haya intentado contactarte por otro medio?"
– "Comprendo perfectamente tu romanticismo por el correo tradicional, A chuisle, también me parece un detalle muy grato." – Me reconfortó. – "Incluso las constantes visitas de las arpías mensajeras han hecho que el dúo de empresarias caseras consideren el contratar alguna para su sistema de distribución."
Un rápido vistazo a mi reloj de bélica efigie me recordó que mañana habría trabajo.
– "La alianza arachne-sirena es en verdad de temer." – Reí. – "Linda, me encantaría prolongar esta conversación lo más que pudiera, pero me temo que es momento de que me retire a descansar. La tortura se resume a las seis y no he tenido reposo suficiente en días; perdóname."
– "Entiendo, amor. No te preocupes, que las misivas seguirán transportando nuestro afecto con la misma intensidad de las ondas acústicas de la tecnología telefónica. Por favor, cuídate y sigue adelante en tu lucha."
– "Por supuesto, mi reina. Juro que daré lo mejor de mí." – Golpeé briosamente mi pecho. – "Tú también cuídate, y diles a todos que los quiero y ansío verlos de nuevo."
– "Con mucho gusto. ¿Me pasarías a Cetania, por favor?"
– "Puedo oírte perfectamente, azul." – Respondió la arpía. – "Dime."
– "Protégela."
– "Eternamente." – Asintió. – "¿Lala?"
– "¿Sí?"
– "Gracias por comprender; no me arrepiento de haber disfrutado de tan glorioso momento con la mujer que amo, pero aún así te pido perdón por los inconvenientes que te hice pasar."
– "Cetania…" – Hubo una pequeña pausa. – "Prefiero que Mo chuisle esté con alguien con quien en verdad guarda profundos sentimientos; al menos así, habrá valido la pena. El placer, sin amor, es un vacío insatisfactorio."
– "Lo aprecio." – Sonrió. – "Si necesitas algo, cuenta conmigo."
– "Podrías empezar con retirarte a tus aposentos y no acercarte a Jaëgersturm a menos de cien metros, pero sé que eres más recalcitrante que percebe adherido a un barco." – Contestó mordazmente. – "Empero, yo te agradezco a ti por velar por ella. Sólo traten de que sus próximos encuentran sean menos… explícitos. Mi tolerancia no es eterna."
– "Prometo ser buena niña. De hecho, ¿por qué no vienes la próxima vez?"
– "¿Estoy escuchando bien, vástago de Electra? ¿Acabas de proponerme… unírseles?"
– "¡Ni que estuviera loca!" – La castaña hizo mueca de disgusto. – "No, tonta, sólo que sería mejor que tú misma visitaras a la alemana y se divirtieran juntas. Así dejarías te quejarte y gastarte mis minutos en llamadas. Tengo plan ilimitado, pero aún así."
– "Eso suena demasiado benévolo para provenir de una peste alada. ¿Cuál es el truco?"
– "Carcajearme cuando la capitana las corra a balazos por indecentes." – Rió tenuemente. – "Ya, hablando en serio, me siento un poquito mal por ver a mi arañita extrañarte. Le haría bien verte más seguido."
– "Entiendo. Gura míle, Cetania, lo consideraré." – Afirmó. – "Entonces, me retiro. Manténgase a salvo y no se rindan. Aria, te amo."
– "Yo te amo más, Lala." – Repliqué. – "¡Gute Nacht, meine Königin! ¡Auf Wiedersehen!"
– "Good night, Blue." – Se despidió la estadounidense. – "Sleep well."
– "¡Oíche mhaith! ¡Slán go fóill!"
La pantalla de cristal líquido desplegó la conclusión de la llamada y el extenso intervalo transcurrido. Nos prolongamos más de lo esperado, pero el tiempo se mueve en un parpadeo cuando lo compartes con esa persona especial. Abrazando y besando a la halcón como agradecimiento por lo que hizo, apagamos las luces y procedimos a acostarnos, unidas, sintiendo nuestra piel desnuda calentarnos como un suave manto. Este había sido, sin duda alguna, el mejor día de todos desde que empezamos con este extenuante adiestramiento. Ahora, todas esas heridas, moretones y las hieles después de llevar el cuerpo al límite del agotamiento físico, habían sido recompensadas de sobremanera.
– "Las amo a las dos…" – Musité, segundos antes de rendirme al sueño. – "Las amaré por siempre."
Lentamente, me adentré al mundo onírico. Mañana sería otro día.
[…]
Ob's stürmt oder schneit, ob die Sonne uns lacht…
Me levanté al ritmo de la Panzerlied, con quince minutos de avance para evitar que cierta gnómida nos atrapara con las manos en la masa; o las nalgas. Usando una de mis largas piernas, oprimí el botón de silencio para no interrumpir el sueño de la falconiforme y seguir disfrutando de su angelical rostro dormido que la tenue luz permitía admirar entre el negriazul de las sombras. Su sensual figura yaciendo inerme y relajada era simplemente divina, y su cálida respiración mimando mi epidermis con delicadeza me hacía el abandonar el lecho una tarea poco apetecible.
Desgraciadamente, tan mágico momento debía ser interrumpido y, con un tierno ósculo en los labios de la bella durmiente, le di los buenos días. Levantándose grácilmente, Cetania estiró su venusino cuerpo y bostezó antes de abrir completamente los ojos y regalarme una seráfica sonrisa. Ignorando la halitosis matutina, nos volvimos a besar y, con la satisfacción de haber compartido una amena noche, tomamos nuestras vestimentas y nos lavamos los dientes antes de ir a las duchas, compartiendo mi cepillo con la pajarita. No había ni un alma a esa hora, pero aún así nos apresuramos a cruzar las puertas de las regaderas, procurando hacer el menor ruido posible.
Prosiguiendo con nuestros jugueteos, nos enjabonamos mutuamente, disfrutando de cubrir con la espumosa solución nuestros pechos y compartiendo deíficos ósculos bajo el tibio chorro de agua sobre nuestras cabezas, palpándonos la piel mojada y el pelo empapado; un desayuno exquisitamente erótico de afecto puro. Empero, el idílico hechizo de Eros se vio interrumpido al escuchar que la puerta del baño se abría, deteniéndonos en el acto. Una madrugadora Dyne hizo acto de aparición, sorprendiéndose un poco por nuestra tempranera presencia, aunque congratuló que decidiéramos tomarnos más en serio el entrenamiento mostrando mejor disciplina.
Extrañadas por su aparentemente calmada actitud, tomando en cuenta que nuestra fogosa ejecución amorosa no debió ser precisamente muy discreta para ella, que reside literalmente a lado de mi cuarto, temimos que fingiera con soberbio estoicismo su verdadera incomodidad y planeara una posterior venganza a base de plomazos. Le preguntamos casualmente si su reposo había sido placentero, respondiendo ella, para nuestro alivio, que la constante interacción con un par de sáficas como nosotras le hizo prevenirse con tapones para los oídos, por si sucedían casos en que las pasiones de sus aliadas le impidieran visitar los reinos de Morfeo. Tranquilas por saber que la empusa no había quedado traumada de por vida, y rezando porque Mei o las residentes de los pisos inferiores tampoco se hubieran enterado, finalizamos el aseo y nos ataviamos para otro inicio de semana en los recintos del dolor eterno.
– "De acuerdo, granates, lo preguntaré sólo una vez y espero me contesten con toda sinceridad." – Habló Titania, con ojeras que podrían competir con las de la doctora Wilde. – "¡¿Quién fue la pendeja que dejó las llaves adentro del YAK?!"
Odio los lunes.
Debo reconocer la valentía de nuestra amiga Silica, que a pesar de ser despertada a punta de patadas por una rabiosa gnómida, logró mantener la calma para adjudicarse la responsabilidad de olvidar las llaves en el vehículo blindado. Sabiendo que la sinceridad no la salvaría de la vesánica mexicana y su nulo aprecio por el bienestar de sus subordinadas, el trío restante hicimos de carácter público nuestra participación en la ruptura de reglas al desobedecer directamente a Smith. La brasileña sería meramente una oficial de policía convertida en mecánica, pero no íbamos a dejar sola a una compañera, especialmente si estaba a merced de la sociópata veracruzana. La pelirroja agradeció nuestro apoyo y, con la cabeza en alto, esperamos a que Jättelund ejecutara sentencia como cruel jueza y verdugo.
Nos arrepentiríamos de ser tan nobles.
– "¡Foda-se, foda-se! ¡Ya casi nos alcanza!" – Exclamaba una desesperada Mei. – "¡Ayuda!"
– "¡No mires atrás, lagartija!" – Gritó Cetania, asustada. – "¡Sólo corre! ¡Corre y no te detengas!"
– "¡Te odio, Jaëgersturm!" – Profirió una histérica Dyne. – "¡Te aborrezco completamente!"
– "¡Vete al carajo, grillo de mierda!" – Respondí, aterrorizada. – "¡Esta vez no fue mi culpa!"
– "¡Por eso! ¡Odio cuando no puedo acusarte por nada!"
– "¡Ya les cayó la voladora, cabronas!" – Injurió Titania, detrás de nosotras. – "¡Traigo el fierro bien caliente!"
Las herramientas de tortura de la gnómida no se limitaban a armamento de elevada cadencia de disparo o su habilidad en defensa personal, sino también a artilugios pensados para labores destinadas al campo, como cortar hierba, cañas o incluso el ámbito militar al despejar la maleza selvática. Por supuesto, en manos de la enana, era otra extensión física de su inagotable vesania dantesca. El objeto elegido para cercenarnos todas las extremidades posibles a base de salvajes sablazos fue uno conocido coloquialmente como machete, específicamente la variedad utilizada en la región de Acapulco, en su tierra natal. Con sesenta y ocho centímetros de filoso acero martillado, era blandido a manera de ignominiosa espada bárbara por la instructora, cuyos ojos tenían la muerte grabada en sus retinas y la saliva por el frenesí de sangre resbalaba de su boca.
Parecería demasiado por un error tan entendible, pero gracias a ese pequeño detalle de dejar a uno de los transportes sin método de acceso, y con MON habiéndose retirado temprano en la otra unidad junto a la llave de repuesto, tuvimos que trasladarnos desde los cuarteles hasta el Campo Asaka a pie… con Titania amenazándonos con partirnos a la mitad y arrojando una enciclopedia de improperios y anatemas durante el trayecto. Salvo por la poiquiloterma, nosotras ya estábamos acostumbradas a correr por largas jornadas bajo el escozor del sol, dolor físico y el cansancio. Empero, Jättelund debió recibir clases privadas de la Gestapo y Kuroko misma, pues, igual que en esa inefable persecución citadina con la cambiaformas, las cuatro nos encontrábamos amarradas con sogas de brazos, con únicamente nuestras piernas para alejarnos de la furibunda latina y su herramienta degolladora.
Los guardias de la base militar no se extrañaron cuando cuatro liminales cruzaron las rejas que resguardan el complejo, con una extraespecie de menor tamaño pisándoles los talones y ostentando monstruosa arma blanca, limitándose a tomar algunas fotos con sus aparatos telefónicos. Ignoro cuánto corrimos, cuándo o si lo que sentía en mi entrepierna en verdad era sudor, pero al menos, por ese día, sobrevivimos. Y Mei evitó por escasos milímetros el quedarse sin colita y recurrir a su habilidad de desprenderla en caso de emergencias, arriesgándose a morir de inanición al perder el lugar donde su cuerpo resguardaba nutrientes. Apuesto que a nunca esperó recibir una probada de la vida de una agente bajo las órdenes de la coordinadora más holgazana y su psicópata ayudante mexicana.
Silica, como la principal perpetradora, fue castigada con ser usada como blanco de prácticas y fungir como la persona a rescatar en los ensayos, cosa que le garantizó más balas polícromas y moretones que los que podía desear todo ser vivo. Luego de que la vapuleada pelirroja fuera enviada de vuelta a los cuarteles a pie y sin dinero para un taxi, el día transcurrió de manera regular; es decir, ser golpeadas constantemente por proyectiles falsos y saciar insatisfactoriamente nuestra hambre con insípidos platillos de la peor cocina militar que pudiera existir. Y aún no sabíamos cómo reaccionaría Smith cuando se enterara de lo sucedido.
¿A quién engaño? Nos iría peor.
Sin embargo, la grandiosa noche de amor entre mí y la castaña, más la terapéutica charla con mi adorada dullahan me brindaron de toda la resistencia necesaria para soportar el calvario durante ese y el resto de la semana. El lunes dio paso al martes, y este evolucionó al miércoles. Día a día, nos hacíamos más fuertes, más precisas y letales, al igual que las pruebas que la maquiavélica mente de la gnómida urdía, posiblemente después de quemar cachorritos e incendiar orfanatos con tequila y un encendedor. El sudor salado que irritaba los ojos, las equimosis que permeaban la capa dérmica exterior, la escasez de oxígeno después de la agotadora faena; todo aquello se hacía más tolerable conforme el tiempo avanzaba.
Los cuarteles también proseguían, luciendo más completos cada vez que regresábamos, con más cuartos finalizados y paredes mejor decoradas y pintadas; aunque sólo pudiéramos observar tal evolución por efímeros momentos gracias al cansancio. Hasta nos sorprendimos cuando llegamos un día y Chiasa y la guardia de la cabina exterior habían sido reemplazadas, además que ahora contábamos con mayor personal para apoyar a Kanna. El tiempo era tan corto que mis misivas eran cortas, dormir a lado de la falconiforme no volvió a repetirse y MON estuvo ausente durante toda la semana, sin darme oportunidad de enterarme como le fue a Zoe en su cita. Yo espero que bien, más le vale a Rob.
En casa, como informaba Lala y sus postales de amor, las cosas eran igualmente positivas: Kimihito empezó a laborar en American Food, suceso que junto a sus cariñosas prometidas, elevó su moral tan alto hasta lograr escaparse de la gravedad de nuestro sistema solar entero. La segadora me informó de un incidente donde el muchacho, nervioso por su primer día de labores, tomó un callejón equivocado como atajo y acabó en medio de un operativo por parte de la empresa BrutalCorp a un edificio de mala muerte. Por suerte, uno de los empleados logró escoltarlo por el camino correcto, sin más novedades por el resto del día. Fue una interesante anécdota que puso a Centorea y Miia en modo sobreprotector hasta que Rachnera las calmó.
Por parte de las inquilinas, Shianus se aclimató bastante bien al ambiente universitario e incluso hizo amistad con una demonio y una sátira; chicas muy amables según las palabras de la propia centáuride. Su entusiasmo por su carrera médica le hizo tomarse el papel de doctora casera muy enserio, ordenando que cada habitación y hasta el cuarto donde se guardaban los objetos de limpieza contaran con un botiquín médico perfectamente abastecido; idea desechada por el resto y el sentido común, limitándolo a dos distribuidos en ambos pisos de la residencia.
Grandeur Silk, la empresa del dúo empresarial, había logrado contratar a su primera empleada para la distribución eficiente de sus productos, siendo una joven arpía paloma la elegida para tan primordial tarea. De acuerdo con la irlandesa, la chica de níveo plumaje era una ex-trabajadora del servicio postal que aceptó el oficio gracias a la generosa oferta monetaria que se ofrecía, sin contar la capacidad de convencimiento de Meroune. Por la descripción física provista por la peliblanca, Cetania la identificó como Chinatsu, antigua colega cuando ella laboraba en la misma profesión. Mientras tanto, la lamia y las pequeñas no habían hecho más cambios más allá de seguir siendo instruidas por su acuática tutora, extendiendo la influencia sirenil.
Y por último, pero la más importante de todas, mi emperatriz Abismal reportaba satisfacción en el trabajo y vida cotidiana, siendo mi ausencia la pieza faltante que completaría su felicidad, sentimiento que yo compartía. Sus logros en el campo de la costura casera eran paulatinos, pero siempre positivos, permitiéndole remendar algunas viejas bufandas que se negaba a descartar por valor nostálgico. Confieso haber derramado lágrimas de ufana felicidad cuando ella, habiéndolo creado con sus delicadas manos, seda y amor absoluto, me envió una banda roja para el brazo con el símbolo de una guadaña sobre albugíneo fondo. Lo llevé puesto con orgullo todo el tiempo desde el primer momento, incluso cuando dormía.
Entonces, llegó el día.
[…]
Domingo; los ensayos se reducen hasta las seis de la tarde para dejarnos descansar después hasta la mañana siguiente. Podíamos aprovechar para relajarnos repasando lo aprendido, afinar puntería en la armería, pasar al consultorio de la doctora Wilde para externar cualquier inquietud o, ahora que le habían ofrecido un cuarto en el primero piso, realizarse un chequeo médico con Saadia. Pero, la mejor oferta que una inusualmente generosa Smith pudo darnos en ese momento, fue el permiso de regresar con nuestras familias ese día, con la condición de estar preparadas para cuando nos recogieran a nuestras casas. No sé cuál fue su reacción cuando la abracé súbitamente, pues mi primer instinto fue tomar algunas cosas de mi cuarto y salir disparada hacia el transporte más cercano.
Entonces regresé, porque recién había salido de la ducha y olvidé vestirme; por suerte, tenía toalla.
Ya ataviándome y agradeciéndole a la capitana, esta vez con la mano, le ofrecí a la pajarita, quien también deseaba ver a su casera, que nos fuéramos juntas. Aceptando ella, le di un beso y la llevé del brazo por las escaleras. Abajo, le solicitamos a Mei, quien se encontraba reparando una de los vehículos patrulla, que fuera tan amable de transportarnos hasta nuestras moradas, accediendo con gusto. Decidimos que La Dama de Hierro sería el carruaje más adecuado para trasladarnos sanas y salvas. Asegurándonos de contar con el permiso de la coordinadora y de no olvidar nuevamente la llave, abordamos la calesa de metal y prontamente doscientos cincuenta corceles germanos iniciaron su poderosa cabalgata por la ciudad.
La primera parada fue la residencia Honda, donde los pequeños adornos colgantes con forma de gatito temblaron como si de un sismo se tratara cuando nuestra bestia blindada se estacionó frente a la casa. Abracé a mi adorada Cetania y nos unimos en un profundo beso antes de despedirnos, reconfortándonos sabiendo que nos veríamos mañana. Agitándoles la mano a ella y Yuuko, quien se apresuró a recibir a su inquilina, la poiquiloterma tomó rumbo a la morada Kurusu. Asentada de manera que pudiera ver perfectamente el frente, mi corazón latía con fuerza conforme la distancia que me separaba de esa diosa de añiles tonos dérmicos se hacía más corta. Entonces, divisé la conocida vivienda de paredes color crema y de rojas tejas, con la bruna reja y el nombre de familia que lo denotaba como mi domicilio, mi hogar, mi cobijo.
Mi santuario.
Propinándole un ósculo a la mejilla de la pelirroja como agradecimiento, me despedí y bajé raudamente del vehículo. Saltando la reja y tocando el timbre, mi abdomen se encontraba tan trémulo como el resto de mi cuerpo por la ansiedad. Entonces, la puerta lentamente se abrió y mi alegría se hizo tan grande que mi ser apenas y podía contenerla. Ella, la dueña de mi vida, se reveló lentamente tras el marco de madera, dibujando una sonrisa tan grande al descifrar la conocida figura arácnida que había llamado. Sin dilación, nos abrazamos y nos unimos en un beso que alargamos por casi un minuto, degustándolo lenta y metódicamente, como si fuera el último.
Las lágrimas corrieron por nuestras mejillas. Dos semanas, catorce días sin vernos; demasiado para nuestros corazones. Pero, después de que la vida creara un océano tan vasto que nos separara, la voluntad del amor separó las aguas de la lejanía y creó puente por el que dos almas gemelas se reencontraron en medio del camino. Cuando la marea regresó, la dicha entre aquellas amantes las había elevado tan alto que ni la más poderosa ola podría haberlas detenido en su afán de permanecer juntas. Cargándole en brazos como mi laureada princesa merecía, llevé a la dullahan hasta donde ella me indicara. Ella ordenó que nuestros aposentos fueran el destino y acaté la orden con denuedo.
Depositándola gentilmente sobre la cama, nos enfrascamos en otra ronda de ósculos y mimos. Lo necesitábamos, en verdad que sí. Tique, la magnánima deidad que siempre velaba por nosotras, nos sonrió ese día cuando la segadora me hizo saber que el resto de la familia había salido para asistir al concierto de aquellas idols nekomatas que causaran tanto revuelo después del incidente con Kurusu y Sarver. El evento se había pospuesto debido a las condiciones climáticas que sufrieron durante la gira por el país y no fue hasta ahora que finalmente pudo llevarse a cabo. Como recompensa por la paciencia de los fans, ofrecerían un espectáculo extendido e incluso invitaron otras bandas amigas para hacer la función aún más emocionante.
Pero, lo mejor de todo, es que tal suceso se llevaría a cabo en la prefectura de Chiba, a más de ochenta kilómetros de Asaka. Como guinda en el pastel, pasarían la noche en el hotel Sirena, propiedad de la heredera de la familia real Neptune, y no regresarían hasta mañana. Sonreímos maliciosamente; teníamos la casa entera para nosotras solas, sin interrupciones ni preocupaciones. Podríamos ser tan salvajes, ruidosas y fogosas como deseáramos, justo como tanto lo habíamos deseado desde nuestra primera vez. Nuestra pasión podía darse rienda suelta tanto como quisiera y qué mejor momento que en nuestro reencuentro.
Por eso, Lala se sorprendió cuando mi siguiente acción, fue postrarme a sus pies.
– "¿Qué estás haciendo, A chuisle?" – Se extrañó la peliblanca al verme en sumisa posición.
– "Perdóname." – Respondí, sin levantar la cabeza. – "Discúlpame por lo que hice, Lala."
– "¿De qué hablas?"
– "De la noche en que fuiste testigo auditiva del íntimo encuentro entre yo y Cetania." – Reiteré. – "Solicito amnistía."
– "Les dije que las exoneraba, no hay necesidad de esto."
– "No lo merezco, Spatzi." – Disentí con la cabeza, con la cara en el piso. – "Debo ganarme esa absolución propiamente. Te ruego me permitas recompensarte."
– "Tu presencia es la mejor remuneración que existe para mí, A chuisle." – Acarició mi cabeza con ternura. – "Levántate, amor, esa pose es indigna de ti."
– "Yo no soy digna de ti." – Seguí hincada.
– "Verte insistir en denigrarte me es incómodo, mi vida. Incorpórate."
– "No hasta que haga algo por ti."
– "A chuisle…" – Suspiro. – "¿En verdad continuarás de esta manera hasta lograr tu objetivo?"
– "Mi objetivo es adquirir la gracia de tu perdón debidamente."
– "Está bien, si ese es tu deseo." – Accedió. – "Bien, te ordeno me veas a los ojos, descendiente de Arachne."
– "Sí, señora." – Obedecí y contemplé sus Abismales ventanas del alma.
– "Ahora, acércate." – Indicó con su dedo. – "Y dame un beso, meritorio para una deidad."
– "Como ordenes."
Aunque yo no lo merecía, me uní a sus labios y me aseguré de este que fuera tan disfrutable que hasta la mismísima Afrodita pidiera un segundo ósculo. Pero antes de seguir divagando en mis optimistas fantasías, mi hermosa dullahan me abrió los ojos a la realidad cuando me rodeó con sus brazos y se dejó caer de espaldas en la cama, sin soltarme. Lenguas encontrándose, saliva intercambiándose, amor fluyendo entre nuestros corazones; un beso como ese era más que un sencillo contacto bucal, era la manifestación terrenal misma del apoteósico romance concentrado en un glorioso intervalo de disfrute oral. Al terminar, el hilo de saliva que nos conectaba, permaneció suspendido en el aire hasta deshacerse por el movimiento de nuestro agitado respirar.
– "Por los poderes que mi amor por ti me confieren y la voluntad del Caos Eterno, yo te absuelvo de todo pecado, Aria Jaëgersturm." – Declaró solemnemente la segadora, colocando su mano en mi frente. – "In nomine matris, et filia, et Abyssus sancti."
– "Heil Lala." – Golpeé el centro de mi pecho.
– "Tus alabanzas complacen a tu diosa, mortal." – Alzó mi barbilla. – "Ahora, ¿Qué tal si continuas tus ofrendas en forma de una deífica vitualla para seguir disfrutando de su favor, Sparassediana?"
– "Jawohl, meine Göttin." – Me levanté y le di otro beso. – "Te amo, linda. Gracias por ser tan buena."
– "Gracias a ti, por ser mía." – Restregó su naricita con la mía. – "Ahora, mi paladar exige la sapidez de tierras teutonas; si fueras tan amable de complacerle."
Con una reverencia, rápidamente me dirigí a la cocina y comencé a reunir los ingredientes que habían de alborozar el gusto de mi nativa del Éire, tratando de crear un platillo honorable que al menos se acercara a lo marginalmente aceptable para una experta culinaria como ella. Mi desempeño en las artes cisorias es menor que mi destreza con las armas, pero es superior a mis conocimientos matemáticos; es decir, actualmente mediocre, pero esperaba el afecto que la azulita sentía por mí fuera suficiente para hacerle ignorar la anodina experiencia gastronómica de esta torpe araña.
Opté por un labskaus, que es carne en salazón que puede incluir papas, cebolla, huevos, pepinos, etcétera. Era de relativamente veloz preparación y, aunque no precisamente la más impresionante, era la forma de combinar los ingredientes donde residía el secreto de la sencillez. Además, lo que cuenta es el cariño. Y no olvidarse de apagar a la estufa, porque casi se me quema la carne y la clara de los huevos iba a tornarse negra si no me apresuraba a quitar la sartén. Y creo que uno de esos era un huevito de Papi, pero no me importaba, le daría buen sabor; los de Cetania son exquisitos.
A pesar de todo y las tres instancias en que activé la alarma para incendios, logré concluir mi vianda para mi reina Abismal. Con gala y pompa exageradas, hice una prodiga reverencia al apartar su silla e invitarla a tomar su lugar como regente suprema en el extremo de la mesa. Sentándose ella, con aire formal, tomó sus argentos cubiertos occidentales y empezó a deglutir mi burdo intento de sustancia comestible. Mis nervios no me abandonaron durante el tiempo que esperé a que ella terminara, esperando el veredicto. Yo ya había comido en los cuarteles, así que mi falta de hambre, aunada a la incertidumbre, hicieron el tiempo pasar demasiado lento.
– "Demasiada sal." – Proclamó finalmente ella, depositando los cubiertos en el plato. ¡Siempre me pasa lo mismo! – "Me doy cuenta que yo he usado una cantidad excesiva de cloruro de sodio para acentuar el sabor de la carne en algunos casos. Debí reconocerlo antes."
– "¿Eh?" – Parpadeé. – "Pero tú eres una erudita cocinera, Spatzi."
– "Sé que me ves así de inmaculada, más no soy perfecta." – Aseguró, limpiando su boca. – "Te sorprenderías de las correcciones que Sanae suele hacerme, y qué decir de Kanako o Suwako. Te agradezco que seas parcial hacia mí, A chuisle, pero el panorama es más grande de lo que pensábamos."
– "La parábola del elefante." – Musité. Rayos, esa Wilde sí que elige bien sus metáforas. – "Entonces, ¿te gustó, querida?"
– "Confesaré que tal vez las llamas del Olimpo fulguraron por demasiado tiempo los frutos de las Hespérides, pero considero que fue una experiencia gratificante." – Sonrió. – "Go raibh maith agat, A chuisle. Estuvo delicioso."
– "Lo que sea por ti, Spatzi." – Devolví el gesto. – "¿Algo más que desees, razón de mi existencia?"
– "Primero, suelta tanto apodo innecesariamente boato, que ni mis germanías son tan trabajadas." – Pinchó tenuemente mi mejilla. – "Y en segunda, ayúdame a lavar los platos, ¿te parece?"
– "Como ordenes, abadesa indiscutible de mi templo sagrado llamado corazón." – Reí.
– "Sólo por eso, lo harás tú sola."
– "Scheisse."
Aseando la vajilla y asegurándonos de que no quedaran más pendientes, las dos nos retiramos a nuestra habitación. Platicamos sobre lo sucedido en estas dos semanas, consternada ella por mis heridas mientras yo lo hacía por su bienestar. Esas preocupaciones desaparecieron al instante y pasamos el resto del día desconectadas del mundo para estar simplemente juntas, unidas. Pasar el tiempo, sin hablar, sin moverse más que para acariciar la cabeza de la persona amada descansando sobre el regazo de una parecería una actividad intrascendental, pero era más relajante que mil días de ocio. El sentirla de nuevo, tenerla a mi lado, el saber que estaba perfectamente bien y sin peligro, era lo único que el alma necesitaba para subsistir.
Entonces, llegó la noche.
El ánima es feliz con los preciosos intangibles, pero el cuerpo no puede sobrevivir sin los terrenales placeres; y, ya sea una arachne mortal o una sempiterna dullahan, las delicias de la carne son la ambrosía primordial de la cual nos nutrimos con vehemente ahínco. Tan pronto la primera luz del astro selenita se hizo visible en el cielo nocturno, comenzamos nuestro jugueteo de besos y caricias que rápidamente escaló de su inocente índole a los rojos tonos pasionales que nuestros erotómanos seres habían resguardado todo este tiempo. Sin restricciones, sin trabas, sin necesidad de preocuparse por otra cosa que no fuera entregarnos completamente a la otra, nos sumergiríamos de lleno en el mar de la pasión.
La ropa acabó regada en el suelo y nosotras extendidas en la cama, saboreándonos infatigablemente cada exquisito rincón de piel que entrara a nuestro alcance y aumentando la temperatura inusualmente cálida que permeaba el ambiente. Cada ósculo era una batalla que concluía más obscena que la anterior, con saliva siendo intercambiada a diestra y siniestra, escurriéndose por la boca y siendo esparcida por nuestras lenguas, pintando un cuadro sexual en el lienzo que el cuerpo de la persona amada ofrecía libremente. Los gemidos, los eternos coros del romance, resonaban en el cuarto y los oídos, motivándonos.
Con Cetania, me divertía estimulándola lo suficiente para hacerle saber cuánto me importaba, acatándome a los límites establecidos y haciendo pequeños sacrificios en nombre de la fidelidad. Pero con Lala, tales barreras no existían y mi gozo era absoluto; todo ese cuerpo, esa sinuosa figura llena de afecto y ardientes sentimientos pecaminosos, era de mi propiedad y me hallaba libre de disfrutarlo a mi completo antojo. Luego de abrillantar sus hombros y cuello con la húmeda y traviesa lengua, esta se hizo con el manjar de sus pechos copa E, mojándolos metódicamente, recorriendo esa redonda circunferencia de manera circular hasta llegar al centro de sus montañas pectorales.
Con el mismo efusivo arrojo de un sediento, succioné esos rosados pezones con ganas, creando impúdicos sonidos mientras chupaba y relamía tan apetitosos botones carnosos. Pero uno no me era suficiente, así que tomé ambas glándulas mamarias y, haciéndoles tocarse a sí mismas para estimularse, metí ambas en mi boca, succionando con más fuerza sus maravillosos senos irlandeses, provocándole gemir de inmenso placer y aferrar sus manos a mi espalda. No iba a dejar que esa inmoral vitualla fuera exclusivamente para mí, así que delicadamente separé la cabeza de la peliblanca y la invité a degustar sus grandiosos atributos.
Ver a Lala chupar sus propias tetas era una vista espléndida y estimulante, sentimiento que su entidad corpórea compartía, sosteniendo la cabeza con una de sus manos, al tiempo que la otra, rodeándome con el brazo, masajeaba mis senos, cosa que yo también hacía. Entonces, siguiendo con nuestra filosofía de igualdad, intercambiamos lugares y fueron los dientes de la segadora los que ahora mordisqueaban mis erectos pezones, llenándome de eléctricas descargas el cuerpo y motivándome a arrojar profundos gemidos de apoteósico gozo. Encendida, tomé mi pecho libre y bajé mi cara para poder succionarme mi sensible botón de carne, con la dullahan haciendo chuparme ambas al mismo tiempo. Lo adorábamos.
Volvimos a intercambiarnos, esta vez conmigo terminando la tarea de cubrirle el estómago y la cadera de saliva. Lustrada por mi lengua, le di la vuelta a la Abismal y ofrecí el mismo trato a su espalda, haciéndola estirarse por la divina sensación. La añil piel inmaculada de la hija del Inframundo era tan tersa como un durazno, y aún más dulce que el más jugoso melocotón; la mordía, chupaba y saboreaba con cada papila gustativa disponible. Me divertía formando palabras sucias con la punta de ésta, que prontamente se evaporaban; un efímero tatuaje que contrastaba con las visibles marcas de mi succionar habían creado.
Se suponía que era el turno de la irlandesa, pero su ferviente estado la hizo insistir en que mi sicalíptico trato no se detuviera y prosiguiera consintiéndola al entretenerme con su parte más voluptuosa y beatífica. Regalándole un ósculo a sus labios por su generosidad, me mordí los míos en anticipación de satisfacer mis epicúreos deseos. Con la baba cayéndome de la boca, como el verdadero animal concupiscente que soy, mi sonrisa se volvió permanente al acercarme a mi santo grial, a mi divina reliquia beatificada, a mi abadía donde predico y me rejuvenezco, a mi absorta obsesión y lasciva obscenidad.
Su glorioso, glorioso trasero.
Enorme, redondo, suave, delicioso; perfecto. El posterior de Lala es una verdadera obra de arte que ni la deidad más venusina de mi panteón griego podría igualar en fastuosa magnificencia. Mi primera acción fue propinarle una nalgada doble, provocándole gemir y arquearse a su dueña, implorándome el repetirlas de manera implícita, acercando más esas suntuosas posaderas a mi rostro. Más que ávida de complacerla, mis manos impactaron esas increíblemente satisfactorias masas de carne imposiblemente blandas, excitándome por los primorosos sonidos que se creaban al chocar, ya sean con mis palmas o entre sí, esa sinfonía tan erótica que los profundos gemidos de mi dama animaban a seguir interpretando.
Excitada en demasía, mi órgano bucal inició su peregrinación, pintando con su húmeda paleta el trasero de mis sueños. Mordí los glúteos tanto suave como perversamente, asegurándome de que el dolor de mis afilados dientes no sobrepasara el límite de lo aceptable y el placer de la irlandesa se convirtiera en incomodidad; la satisfacción de mi futura esposa está por encima de mis instintos predadores. Además, mi sadomasoquismo es actualmente bajo, gemir por una caricia me atrae más que por el látigo. Eso no significaba que mi afán por el dominio fuera también pequeño; al contrario, adoraba ese sentimiento de superioridad.
Desatada, abrí sus nalgas con mis manos y, sin dilación, hundí mi cara entre ellas, imitando los obscenos sonidos que hiciera con los pechos de Cetania, para regocijo de la nativa del Éire, como evidenciaba su jovial risa. Y no era la caja torácica lo que encontraba al colocar mi nariz y boca en medio de ese valle del placer, sino el punto exacto del camino que dividía las dos aberturas de la peliblanca. Ambas esperaban por mí, y si bien una era más grande que la otra y diseñada exactamente para la inserción, con su lubricante natural goteando como un grifo a medio abrir, las dos palpitaban de la misma manera, ansiosas de que mi lengua o mis dedos se introdujeran en tan calientes cavidades. ¿Por cuál me decidiría?
Fácil, fui por ambas.
Pero primero, debería reunir más de sus jugos femeninos para facilitar el acceso a su hoyo más pequeño. Así, rodeé su entrepierna con mi boca y luego de gemir ambas al unísono por el caliente contacto con su intimidad, mi habilidosa lengua comenzó a estimularle sus labios inferiores y a degustar la dulce sapidez de su miel interior. Al igual que con sus pezones, succionaba y chupaba sonoramente su exquisita vagina con brío, regocijándome en el placer indescriptible del sexo oral con una belleza Abismal. Hace dos semanas que dejé su horno de amor encendido y, ahora que regresaba, se encontraba ardiendo como si fuera lava; y sus apetecibles erupciones volcánicas continuaban fluyendo sin detenerse.
Aunque, por mucho que la segadora arqueara su figura y sus gemidos alcanzaran decibeles profundamente sorprendentes, mi vulva, también ardiente y palpitante, exigía algo más que mis dedos para calmar su hambre. De esa manera, le di vuelta a la irlandesa, boca arriba. Si bien podríamos recurrir la clásica posición del sesenta y nueve, tan común entre parejas sáficas, la diferencia de tamaños podría dificultar el cómodo placer mutuo. Por suerte, la ventajas de que mi amante sea una dullahan son muchas, especialmente la que ofrece el poder desprender su sesera para que de esa manera las dos podamos brindarnos satisfacción oral.
Con su cabeza sostenida en mis manos, la peliblanca estimuló mi clítoris, labios y el resto de mi aparato reproductor con el mismo denuedo que yo poseía para con su entrepierna. Durante intervalos, interrumpíamos las lamidas para besarnos e intercambiar los sabores de nuestras feminidades; deleitosas como la miel, calientes como el sol, salvajes como el enardecido fuego que nos consumía el interior y adictivas como el sexo mismo. De la misma manera, le dirigía la cabeza hacía su zona íntima y me enfrascaba en chuparle las tetas al tiempo que ella se practicaba auto-cunnilingus, intercambiando posiciones después de un beso entre sesiones.
Mis dedos también hicieron su magia, internándose en su suave cavidad y aumentando el número de dígitos conforme los gemidos de la segadora y sus contracciones vaginales exigían mayor grosor. Iniciaba con el dedo medio, entrando y saliendo lentamente mientras mordía suavemente su botoncito carnoso, preparando el camino para que el índice se le uniera a su semejante. Con dos dígitos dentro, el rostro de la irlandesa era inmoralmente impúdico; el rubor habiéndole reemplazado el azul de su angelical y sudada cara. Entonces, cuando el fastuoso dúo se transformó en glorioso trío, la concupiscente expresión de su lengua salida y sus ojos volteados exhibía que estaba en camino directo al cenit de la satisfacción.
Aceleré mis movimientos dactilares, penetrando vehementemente como si fuera un tanque asediando un bunker. Ella tampoco se quedó atrás y su juguetona lengua se internó tanto como podía dentro de mi concha, uniéndonos en un recital de gemidos y palabras soeces combinadas con honestas declaraciones de afecto inmortal, productos del inmenso placer. Dejábamos de ser damas para volvernos auténticas bestias fogosas, regresando a nuestro estado más primitivo e indómito; somos meros animales, todos, aceptarlo es primordial para abandonar la vanagloria del engreimiento y entregarse al placer absoluto.
La cama dejó de temblar cuando dimos a parar al suelo, por miedo a romperla en nuestro impetuoso vaivén. Sudadas, dejamos nuestra marca en el piso, como testamento de pisadas en la arena, pero que en lugar de ser borradas por la marea, eran alimentadas por fuego de lujuria y lascivia. Quizás el piso soportaría nuestros ímpetus, pero mi dullahan no y esta pronto llegaría al clímax. Era mi oportunidad.
– "¿Puedes imaginarlo, Spatzi?" – Le pregunté, ralentizando mi masturbación. – "¿El goce infinito que sería disfrutar de esto, multiplicado por dos?"
– "A chuisle…" – Respondió, sin dejar de lamerme. – "¿Qué… qué estás diciendo?"
– "Dime, linda, ¿te sentiste mal cuando escuchabas lo que Cetania y yo hacíamos la semana pasada?"
– "Claro que… ¡ah!... sí…" – Afirmó, gimiendo. – "Eres sólo mía… hmm… no de esa peste alada."
– "¿Deseabas estar ahí?"
– "Correcto… Acelera un poco…"
– "¿Y de haberlo hecho…?" – Aumenté la velocidad, imperceptiblemente. – "¿Te nos hubieras unido?"
– "N-¡Aah!"
– "No te escuché, querida." – Dije mientras súbitamente aceleré. – "¿Te nos unirías?"
– "¡Hngh… N-no!"
– "¿De verdad?" – Me detuve. – "Qué lástima."
– "No… no pares…" – Instó, jadeando. – "Ahora no."
– "Responde, ¿te nos unirías, Spatzi?" – Insistí, alejando mi mano, unida a ella por sus secreciones. – "¿No querrías que la mujer que amas te acompañara, dominando a tu rival?"
– "Por… supuesto… que… ¡Aahh!"
– "¡Estás tan caliente que no puedes hablar!" – Regresé a mi enérgica estimulación. – "¡Pero tu cuerpo se expresa perfectamente! ¡Hubieras aceptado, ¿cierto, amor?! ¡La idea de avasallar a la rapaz te excita!"
– "¡Eso… nghh… es… ¡aah!" – Gimió más fuerte cuando sintió algo más. – "¡A-A chuisle! ¡S-son cuatro… cuatro dedos!"
– "Apoteósico, ¿cierto? Yo podría insertarme la mano entera si me lo propusiera, y mira que esta es enorme." – Respondí, desacelerando. – "Las arachnes somos muy elásticas, Spatzi, así soportamos aparearnos con cualquier raza. ¿Y sabes qué otra especie posee esa flexibilidad? Las arpías."
– "¡Ghh!"
– "Lo sé de primera mano. La vagina de Cetania se estiró como nunca imaginé cuando expulsó ese huevo. Son más grandes cuando están embarazadas, especialmente las corredoras avestruces." – Aseguré, pausándome y tomando su cabeza, acercándola a mí. – "Y aún así, después de tantas oviposiciones, siguen igual de estrechas como la primera vez. Imagina los álgidos orgasmos que nuestros dedos combinados le causarían a la pajarita, piensa en los obscenos sonidos que saldrían de su boca, visualiza el atestiguar su lado más perverso y sicalíptico."
– "Aria…"
– "Y entonces, ella te rogará para que lo hagas de nuevo." – La miré fijamente. – "Será tuya, y mía; de las dos, para siempre. Te amo, Lala."
– "Y-yo igual…"
El siguiente beso fue casi tan estremecedor como el primero que tuvimos, pero ahora no había sido causa de una repentina confesión debido a la amenaza de la deportación, sino de la sensualidad y concupiscencia imperante; Eros mismo nos había flechado desde ese momento y cada vez sus disparos de lujuria eran más certeros. Sólo necesitaban un poco de mi ayuda para que esos proyectiles impactaran doble y lograran ese hermoso sueño de unión sáfica que tanto anhelaba. Finalizando el ósculo, la uní a su cuerpo de nuevo y la acosté en la cama, colocándome encima de ella.
– "Lámelos, querida." – Ordené con voz seductora, acercando mis dedos mojados con sus jugos en su boca. – "Lentamente."
Sin objetar, comenzó a catar metódicamente sus mieles impregnadas en mis dígitos al tiempo que su mano se dirigía a mi feminidad. Gemí al experimentar sus gráciles y ágiles dedos jugar con mi clítoris, mimándolo con ternura. Era raro que la irlandesa se comportara tan dócil por mucho tiempo, pero mi ausencia debió hacerle más propensa a aceptar mis demandas, a pesar de su decantación por tomar el control, como siempre lo ha hecho. Yo no podía quejarme, después de todo, lo estábamos disfrutando. Ahí, ella alejó mi mano y acercó la suya, también empapada con mis exudaciones.
– "Chúpalos, amor." – Decretó, susurrando. – "Tan dulce como tú."
Intercambiando fluidos, seguimos metiéndonos los dedos y probándonos. Pero antes que la aparentemente relajada sesión de onanismo y degustación se prolongara, retomé el papel de dominante y, con ella abajo, tomé su cadera y uní su entrepierna con la mía. Mis manos le daban placer, pero sólo la magia del tribadismo le otorgaría satisfacción verdadera. Nuestras vulvas estaban tan calientes que podrían derretir una viga de metal como si fuera mantequilla. Raudamente, empezamos a restregar nuestras glabras feminidades.
– "¡Ahh! ¡Das ist gut, Spatzi! ¡Qué rico!" – Exclamé, mordiéndome los labios. – "¡Extrañaba esto, en verdad que sí!"
– "¡Yo también, A chuisle! ¡Mmhh!" – Declaró, anclando sus uñas a mi espalda. El dolor me excitó. – "¡Me hiciste mucha falta! ¡Demasiada!"
– "¿Te tocaste mientras no estaba?" – Me moví en sentido contrario. – "¿Lo hiciste como yo, en el baño?"
– "¡No, no quería! ¡Ahh!" – Se sincronizó con mi frotación. – "¡Preferí esperarte! ¡Sí, ahí!"
– "¿En serio?" – Me acerqué a ella, jadeando. – "Me cuesta creerlo; ya te hubieras venido desde hace rato. Dime la verdad, Lala; ¿te, ¡ah!, exploraste?"
– "No, ¡Hnghh! Incluso cuando escuché tus ardientes gemidos por el teléfono yo… ¡Aahh, sí!"
– "El teléfono." – Sonreí, acrecentando la fricción. – "Eso lo explica, ¿te gustó oírnos, Spatzi? ¿Quién gimió mejor, ella o yo? ¡Oh, esto es vida!"
– "¡No! ¡Yo…! ¡Mmhh!"
– "¡Vamos, querida, no tengas pena de decirlo!" – Insistí. – "¡La autosatisfacción es muy sana para el cuerpo! ¡Sí, muévete así! ¡Libera el estrés y mejora el humor! ¡Aunque no hay nada como el sexo real!"
– "¡Lo sé! ¡Por eso te digo que jamás subyugué mis caprichos de manera solitaria!"
– "Tu voz sonaba, ¡unf!, sonaba algo jadeante." – Reiteré. – "Se supone que debías estar molesta, pero estabas demasiado calmada y comprensiva. Me sucede lo mismo cuando yo termino."
– "Te equivocas…"
– "Seme honesta, Lala." – Me detuve y alcé su barbilla, encarándola. – "No se lo diré a nadie, te lo prometo. Sólo dime si escucharnos te agradó. Por favor."
– "…"
– "Lo hiciste, dímelo."
Ahí comprendí que la estaba molestando.
– "Perdóname si soné tan porfiada, no quería incomodarte." – Miré hacia a un lado. – "Es sólo que, tú sabes lo importante que es este asunto para mí; para las tres, siendo exacta. Discúlpame, no insistiré. O-olvidemos eso y resumamos de nuevo, ¿vale?"
– "Está bien, A chuisle." – Sonrió. – "La pasión arde con fuerza en tu corazón."
– "No quería lastimarte. Te amo."
– "Lo sé, por eso debes dejar de sentirte mal. Ven." – Me hizo ademán de acercarme. Obedecí y me besó tiernamente la boca. – "Sí, lo confieso. La ruidosa sinfonía erótica entre tú y Cetania me obligó a someter a mis impulsos primitivos. Admito que usé dos almohadas para sosegar mis gemidos al llegar al éxtasis."
– "Lala…"
– "Eso no significa que desee su presencia en nuestro tiempo de calidad. Eres únicamente mía." – Puso un dedo en mi boca. – "Y ni una palabra de esto, ¿entendido, descendiente de Arachne?"
– "Jawohl, meine Königin." – Sonreí. – "¿Aceptarías un beso de esta araña torpe, flaca y testaruda?"
– "No estás haciéndome lo mismo y dejando que ese incordio alado nos escuche, ¿verdad?"
– "Oh, scheisse." – Reí. – "Me descubriste."
– "Patata tonta." – Pellizcó mi mejilla.
Riendo de nuevo, nos unimos en un catártico ósculo, borrando toda tensión que mi recalcitrante desesperación haya causado. Me alegra que la bondad de la segadora sea tan vasta como su beldad y tenga el temple suficiente para soportarme, estoy consciente de que siempre meto la pata. Y para colmo soy una zanquilarga. Pero olvidando eso, las dos nos miramos, felices por el cariño que se sobreponía a toda adversidad y, juntando nuestras frentes, permanecimos en silencio por unos minutos, sonrientes, gozando la sencilla dicha de ser amadas.
– "¿Aria?"
– "¿Sí, mi vida?"
– "En la fiesta, verás…" – Titubeó un momento. – "Bueno, Cetania y yo subimos al balcón de Yuuko, quería hablarle sobre todo este asunto."
– "¿Eh? ¿En serio? ¿Y qué pasó?"
– "Charlamos, pacíficamente, debatiendo la plausibilidad de tu extravagante propuesta." – Reveló. – "Y entre intercambio de opiniones y comentarios mordazmente despectivos, llegamos a la conclusión de que no somos tan diferentes. Ahí, aunado a lo que oí por el celular, poco a poco fui confirmando lo que ya sabía: que te ama, que te será fiel como nadie y que, después de todo, me ve como una rival digna."
– "La única digna, y la única con quien desea competir. Ella misma lo confesó." – Acoté. – "No por miedo a otra adversaria, sino por respeto. No lo demostrará, pero te estima, Spatzi. Su corazón es tan noble como el tuyo."
– "Lo admito, y pienso lo mismo." – Suspiró. – "Hay… algo más que quería decirte, A chuisle."
– "Dime, linda."
– "Bien, verás, también llegamos a la conclusión de que es muy posible, mas no probable, que al final podríamos aceptar una especie de tregua." – Juntó sus dedos, tímidamente. – "¡Mas no estoy confirmando nada! ¡Es meramente una parábola hipotética y completamente metafórica!"
– "Está bien, descuida." – Reí, besando su mejilla. – "Honestamente, ya sea que acepten o no, yo solamente deseo que ambas sean tan felices como ustedes merecen serlo. Y me gustaría mucho ser yo quien se las proveyera, si me dan la oportunidad."
– "Aria, hay… hay una cosa más, pero, no sé si pueda expresarlo."
– "No tienes que hacerlo si no quieres, amor." – Sonreí.
– "Debo hacerlo, mereces saberlo."
– "De acuerdo, adelante."
– "Está bien." – Inhaló profundamente y exhaló. – "Cetania me propuso que, en caso de haber probabilidades de compartirte, deberíamos… comprobar la compatibilidad. Y, bueno, y-yo accedí."
– "¿Eh? ¿Qué clase de prueba?"
– "Verás…" – Se sonrojó intensamente. – "Ella… ella me-"
El teléfono sonó en ese momento.
– "Scheisse." – Mascullé. – "Lo siento, Spatzi, pero ese timbre significa que se trata de Smith. Descuida, no tardaré."
Soltándome de su abrazo, me incorporé y tomé el teléfono, vibrando insistentemente sobre la mesita de noche. La capitana nos hizo prometer que siempre mantendríamos manera de comunicarnos en caso de requerir nuestra presencia, por eso no lo apagué. Silenciando la tonada "Dies Irae" de Mozart que elegí para identificar a Kuroko, oprimí el botón verde en la pantalla de cristal líquido y acepté la llamada. Más le vale que tuviera una excelente excusa para interrumpirme en mi hora feliz o yo misma le metería los tres cañones de repuesto de Mugi por el trasero y sin lubricante.
– "¡Por la espada de Ares, ¿qué demonios quiere a esta hora, Hauptmann?! ¡No me salga con que a Dyne le cayó la máquina de golosinas encima!" – Vociferé. – "¡Sí, estaba ocupada! ¿Eh? Espere, repita eso, por favor. ¡¿Qué?! ¡¿De verdad, no es una broma?! Diablos. No, es sólo que… Sí, sí, entiendo, lo sé. Entendido, Hauptmman; Honorem et Gloriam."
No recuerdo quién terminó la llamada, yo o ella, pero después de dejar caer el celular al suelo, permanecí inerte, viendo hacia la nada. El sudor húmedo que me cubría el cuerpo desnudo dio paso a uno frío y reseco, mientras un tiritar me recorrió la espina dorsal. Mi respiración se agitó y mi corazón latió fuertemente. Contrastando completamente con los eventos de hace unos minutos, aquello no era placer, sino miedo e incertidumbre. En mi atónito estado, logré que mis ojos hicieran contacto con los de la dullahan. Afásicamente, sólo con la mirada, pareció entender la razón de mi absorta expresión. Aún así, abrí la boca para confirmarle lo que ella ya sabía, lo que yo esperaba, y lo que ambas temíamos.
– "Tenemos una misión."
NOTAS DEL AUTOR: Un episodio de más de 70,000 palabras para celebrar que la historia ha superado las 700,000. Una alegórica simetría que jamás pensé lograr alcanzar cuando iniciara este proyecto.
Y, para celebrarlo con una excelente guinda, nada como anunciar que, por fin, la primera misión de Monster Ops: Extermination ha sido anunciada. Se la debía a mis lectores desde, ¿qué? ¿Hace más de veinte capítulos? Y si bien no puedo culparlos por regañarme la demora, todo fue en nombre de desarrollar con calma y verosimilitud la mejora de las novatas. Es decir, no podemos pasar de un día a que sean reclutas y al siguiente se conviertan en combatientes más peligrosas que un Navy SEAL veterano. No serán humanas, pero tampoco magas.
En todo caso, aproveché para dotar a nuestra pajarita rapaz favorita con uno de los rifles de asalto más icónicos que puedan existir; tanto como para aumentar el poder de fuego del grupo como para otorgar una herramienta extra a la falconiforme. Como mencionó Titania, el papel intermedio entre la capacidad de supresión de la MG3 de Aria y la contundente fuerza a quemarropa de la Mossberg 590A1 de Dyne no podía quedarse vacío. Además, Cetania usando una M4A1 con lanzagranadas es una imagen demasiado genial para dejarla pasar, y muy apta para una guerrera estadounidense. Pensé en darle camuflaje desértico, como los Marines, pero el negro es clásico y entona mejor con el armamento principal de sus compañeras.
Ahora, los vehículos otorgados por el profesor Sarver son resultado de elegir el transporte más apto para un grupo tan especializado como MON/MOE, derivados del ejército germano. Sí, siempre me decanto por lo teutón, no puedo evitarlo. La Bundeswehr alemana cuenta con suficientes vehículos de diferentes tamaños para cubrir esa demanda y supuse que un Rheinmetall YAK, derivado mejorado del DURO III, era el indicado. Consideré que el KMW Grizzly era un excelente candidato, pero su precio, mayor al del YAK, lo harían muy prohibitivo. Además, el YAK posee esa apariencia imponente y soberbia, pero sin lucir innecesariamente agresiva; su objetivo es transmitir calma a la población, no intimidarla. Y cuenta con tecnología alemana, así que es bueno.
Y hablando del ejército teutón, nada como recordarle a Jaëgersturm que su madre aún la quiere, enviándole una réplica de las dagas ceremoniales de la SS. La descripción es prácticamente la misma que las reales, aunque agregué uno que otro toque para embellecer tan bellos artilugios, sin importar que estén asociados con un régimen tan cruento. Nadie se impacta por un gladio romano, a pesar de que los Césares subyugaron a medio mundo por siglos, ¿por qué un simple objeto punzocortante debe ser diferente? Los humanos tienen ideologías, los artilugios no. Y tienen un diseño bonito, ¿a poco no?
Bien, este tiempo que pasé sin actualizarme, me sirvió para expandir los roles de algunos personajes y darle cabida a experimentar con las pasiones de nuestro trío protagónico. Mei Silica regresó, integrándose mejor con el elenco y hasta sufriendo por el retorno de Titania, la mexicana más demente que Veracruz haya concebido. Aria confesó su infatuación con Bina (¿Les gusta? ¿Mucha muerta para la araña? Dejen sus comentarios al respecto), Smith reveló la razón de las cuchillas en las placas de las veteranas, las novatas estrenaron cuarteles y hasta conocieron a muchos nuevos.
Y puntitos extra para quien adivine las inspiraciones de los diferentes tipos de infección zombi que la doctora Redguard reveló. Por cierto, el kuru es actualmente una enfermedad real y uno de los motivos para interesarme en tocar el tema.
Quiero agradecer a los compañeros JB-Defalt y Onix Star por autorizarme el uso extendido de sus personajes, Emily Wilde y Roberto García, respectivamente. Ambos fueron útiles para los temas principales de este capítulo: El riesgo del trabajo, y los peligros del ego. El soldado mexicano les recordó que el oficio, aunque extremadamente peligroso y en ocasiones hasta ingrato, era algo por lo que valía la pena esforzarse, pues la satisfacción y garantía de la paz y tranquilidad siempre era el ideal a alcanzar. Excelente para el grupo, que apenas empieza. De la misma manera, Wilde hizo hincapié en lo que permeaba la relación entre nuestras estrellas principales; el ego, la parcialidad y la evasión de la felicidad debido a estas. Muy apropiado para Lala y Cetania, que continúan sin querer dar ese paso que podría solucionar todos sus problemas.
También, menciones también para los amigos Paradoja el Inquisidor, Arconte y Alther, cuyas historias y personajes fueron referenciadas. No podía dejarlos fuera de este episodio tan único.
Y, bien, espero mis burdos intentos de extenso erotismo hayan provocado al menos una sonrisa y no pena ajena por mi mal manejo de la sicalipsis y los ardientes deseos que caracterizan la lujuria liminal. Pero consideré que era importante plasmar ese inmenso amor que Aria siente por sus mujeres, y la parsimoniosa descripción de sus metódicos movimientos en la intimidad era una forma de dejarlo claro. Ojalá haya resultado en una adición agradable y picante. Oh, y si les gustó, tengo preparada una que otra escena similar. Soy igual que mi creación, nos encanta.
Creo que ya me extendí lo suficiente, así que no me queda más que despedirme y recordarles que depositen sus sugerencias, opiniones y amenazas de muerte por la tardanza en la sección correspondiente, que siempre serán bienvenidas. Sin nada más que agregar, porque el teclado ya está a punto de partirse a la mitad por exceso de uso, me despido. Que se la pasen mejor que Jaëgersturm con sus chicas.
¡Hasta la próxima! ¡Auf Wiedersehen!
