A los 16 años, Cástor Altair casi muere a causa de unas fiebres contraídas por la ingesta irresponsable de elementos mágicos. En palabras simples, se ofreció para probar el proyecto de Pociones de Morgana Gabrián, que, de funcionar bien, debía hacerlo levitar por 10 minutos aproximadamente. En cambio, lo hizo vomitar por más de media hora y perder el conocimiento inmediatamente después.
-… belladona, raíz de targo…-
- ¿De qué color?-
- ¿Qué? La raíz era marrón, como todas las…-
-El targo, Morgana, de qué color-
-El…-
-Hay cuatro targos diferentes. El azul, el verde, el rojo y el dorado. ¿De qué color eran las venitas de la raíz?-
-Verdes… creo-
- ¿¡Crees!?-
-Pólux, deja de gritarme, estoy tratando de recordar-
- ¡No, no, no! ¿¡Usaste targo verde sí o no!?-
- ¡Deja de gritarme!-
-Mi hermano se está muriendo allá adentro y necesito saber qué tipo de targo usaste. Ahora mismo-
-Ya te dije que verde-
-¿Segura?-
-Sí-
- ¡Eres una imbécil!- Pólux Altair abrió la puerta de la enfermería de un golpazo y desapareció. Segundos después volvió a salir, caminando como un toro furioso hacia Morgana- ¡Una idiota!- le repitió- ¡No se combina la belladona con la raíz verde! ¡La raíz verde no se combina con nada a menos que quieras matar a alguien! ¿Dónde…? ¿Quién…? ¿Cómo mierda pueden haberte dado el premio a la excelencia si eres una estúpida que no sabe que…? ¡Y combinar con belladona! ¡Merlín de todos los bosques!- rugió.
-No… yo no… sabes que era un experimento…-
- ¡Experimenta contigo, entonces!-
- ¡Eso quería! Pero Cástor…-
-Par de idiotas… ¡Par de idiotas de mierda!- exclamó Pólux, golpeando las paredes junto a las que iba y venía, como un animal encerrado.
Morgana lo miró en silencio unos segundos antes de preguntar.
- ¿Ya puedo entrar a verlo?-
-No- Pólux se detuvo en seco- tú estás prohibida de ver a mi hermano sin mi supervisión… y como tengo que ir a ver al profesor Dimber—
-Vamos Pólux, no seas exagerado-
Pólux Altair se puso rojo en segundos, pero no explotó en cambio se relamió los labios y miró a Morgana fijamente a los ojos.
-Cástor es un imbécil que se ha enamorado de la peor persona posible para enamorarse, porque tú, Morgana, estás tan dañada que no puedes querer a nadie más que a ti. Me necesitas, por eso estás conmigo, necesitas sentirte superior, por eso le hablas a la Osa, necesitas que Cástor te persiga… y no lo haces por mala persona, sino porque eres así. Y por eso, aunque no quieras, vas a arrastrar al idiota ese a lo que sea, aunque no se lo pidas. Y yo tengo que cuidarlo, porque a pesar de todo es mi hermano y lo amo y no me da la gana verlo sufrir-
Por primera vez, Morgana Gabrián se quedó sin palabras.
-Pólux…- susurró a penas, con lágrimas en los ojos, quieta como una estatua.
-No te quiero cerca a ninguno de los dos. Eres destructiva, Morgana-
-Estás haciendo esto porque estás celoso, balbuceó Morgana, tratando de no ahogarse en su llanto- desde que… desde que Cástor me dijo… desde que me dijo eso, no has dejado de… de pensar que… pero yo fui directo a ti y te lo conté todo- Morgana intentó tomar aire a pesar de los mocos- porque quería seguir siendo tu novia, Pólux, yo… yo quiero seguir siendo tu novia-
- ¿Por eso estás llorando?- los ojos de Pólux también se llenaron de lágrimas, pero su gesto rabioso no se amansó- ¿Y crees que estoy así por celos?-
- ¡No! ¡Sé que Cástor—
- ¡Sabes que Cástor NADA! ¡Tú no sabes nada de mi hermano! ¡Lárgate!-
-Pólux, por favor…-
- ¡Lárgate!-
-Quiero disculparme- rogó Morgana, tratando de acercársele, pero Pólux se sacudió con tanta violencia que Morgana tuvo que retroceder, incluso, unos pasos más- Pólux, no me hagas esto, por favor. Te quiero…-
- ¡NO!-
- ¡Señor Pólux!- chilló Miss Grapehood desde la enfermería.
-Vete- ordenó Pólux rápidamente, antes de darle la espalda e irse.
Morgana corrió en dirección opuesta.
Miss Grapehood aprobó el silencio desde dentro de la enfermería antes de continuar mezclando gotas de tal componente con puñados de tales granos y pétalos de quién sabe cuáles flores, con la esperanza de dar con un contraveneno lo suficientemente fuerte como para regresar de las tinieblas a aquel adolescente hermoso de la sonrisa resplandeciente y la cicatriz en el ojo.
Por suerte su hermano gemelo había sido capaz de averiguar los ingredientes de la poción, la raíz de targo verde era muy complicada de tratar si pasaba más de 48 horas en el cuerpo.
-Shh…- canturreó una vocecita- ya está ¿ves Tor? Ya dejaron de pelear…-
Cástor Altair yacía en una camilla rodeada de biombos, cubierto únicamente por una sábana y unos calzones de algodón. Tenía tan alta la fiebre que su cuerpo temblaba cada minuto, sus ojos no podían abrirse aunque estuviera despierto y confundía la vigilia con el sueño.
A su lado, echada como la compañera fiel que siempre fue, estaba Ursa Áter, pasándole pañitos por el cuerpo y soplándole sobre la piel húmeda, para refrescarlo.
Miss Grapehood había permitido que se echara junto al enfermo porque la noche anterior, Ursa se había quedado dormida en la silla que estaba al lado de la camilla y había amanecido en el suelo, tratando de taparse como podía con su capa y tiritando de frío. Además, la elfina sabía que la hija del Gran Oso Áter no se separaría de Cástor hasta que este estuviera completamente repuesto.
-… no vayas a pensar que peleaban por ti- susurró Ursa, bajito- son cosas que, bueno… tu hermano te quiere mucho-
Los gritos de Pólux habían alterado a Cástor, haciendo que temblara más y que balbuceara intranquilo.
-Además- agregó Ursa, en un esfuerzo sobrehumano por tranquilizarlo- si han terminado… Morgana- tomó aire, decidida- Morgana está libre para ti-
Cástor, en el límite del sueño y la vigilia, sonrió. Ursa también lo hizo, porque había logrado tranquilizarlo, pero a la vez sintió un vacío en el pecho que la puso débil. Sabía que Cástor la había oído y sabía que esa sonrisa significaba que estaba soñando con Morgana, con los abrazos que iba a darle, con los besos que le esperaban saliendo de la enfermería con…
-Si tú estás bien, yo estoy bien- susurró Ursa, para interrumpir a sus pensamientos- te quiero-
- ¿Morgana?- balbuceó Cástor.
-No, no. Ursa-
…
- ¿Papá?-
-No, no. Cástor-
Ursa Áter abrió los ojos con cuidado, sus contornos aún estaban sensibles, después de que Miss Grapehood le limpiara las legañas que se arraigaron en ellos tras largas noches de enfermedad. La cabeza le dolía y sentía que su cuerpo estaba en otra dimensión, ajeno a sus comandos, pero sabía también que eso era bueno, porque significaba que el dolor también estaba lejos.
¿Cuánto tiempo llevaba así? Semanas, tal vez. Esperó que alguien estuviera cambiándola de posición cada cierto tiempo para que no le salieran escaras en el cuerpo por el roce casi eterno de su piel con la tela. Eso le había enseñado su papá ni bien supieron que estaba enfermo de algo que lo paralizarían sin avisar y que poco a poco iría consumiéndolo, hasta matarlo. Por suerte, el Gran Oso Áter, guardabosques legendario de Goldenwand, jamás se paralizó. La muerte lo visitó de improviso y él se alegró de que fuera así. Con los años Ursa también lo hizo, porque de esa forma, su padre no sufrió. Además, ella estuvo con él en ese momento y alcanzó a decirle que lo amaba y que lo iba a extrañar mucho. Su papá también alcanzó a responderle, con lágrimas en los ojos, que jamás había imaginado que amaría a alguien tanto como la amaba a ella.
La muerte les dio el tiempo necesario para despedirse y justo en ese momento, echada en su lecho de enfermedad, Ursa soñaba que le agradecía a una mujer de blanco y que le preguntaba cómo y dónde estaba su papá.
…
La Osa parecía herida de muerte. Estaba pálida, seca y ausente. Cástor tenía que pasarle un trapito mojado por los labios cada cuanto, para que no se le abrieran las heridas que ya tenía sobre las costras que ocultaban otras heridas.
Tenía que hablar con el profesor Dimber, tenía que ir a decirle –en ese preciso momento- que se buscaran a otra persona para mantener controlado el centro. El cuerpo de Ursa ya no soportaba más el poder que lo atravesaba. "Se acostumbrará, Cástor" decía el profesor Dimber… pero nunca llegaba el día. Al contrario, Ursa se enfermaba cada vez más.
- ¿Papá?- repitió Ursa, entre sueños.
-No, no. Cástor-
Estaba acotado junto a ella y lo había estado desde que la llevaron a su habitación, el viernes, luego de que se desmayara en la reunión de profesores. Durmió a su lado, atento, aún en sueños, a cualquier sonido o movimiento de Ursa. Comió unas tajadas de pan con mermelada a su lado, debatió con un profesor Dimber imaginario a su lado y estuvo a punto de pararse mil veces para ir a buscarlo y decirle lo que tanto había ensayado, pero no pudo nunca. No podía alejarse de ella.
-Cástor…- susurró Ursa, con una voz ronca y amarga que no parecía la de ella.
- ¿Estabas soñando con tu papá?-
El papá de Ursa, el Gran Oso Áter, había muerto cuando ella tenía 12 y toda la escuela lo lloró durante semanas. Era el guardabosques de Goldenwand un hombretón alto, grueso y poderoso como un oso, pero cariñoso y afable, carismático como Ursa.
Los dos tenían la misma sonrisa enorme y franca.
- ¿Qué día es?- preguntó Ursa, a penas sonando.
-Domingo-
- ¿Cuánto… tiempo llevo aquí?-
-Dos días-
- ¿Nada más?-
- ¿Cuántos días quieres estar?- le preguntó Cástor con una sonrisa.
-Se siente como una semana… papá-
-Cástor, Ursa-
-Ya. Estoy soñando con papá…-
Cástor asintió. Miss Grapehood le había dicho que era muy probable que, debido a las pociones que había tomado, Ursa confundiera la vigilia con el sueño. O que pensara que estaba dormida cuando estaba despierta. O que pensara que estaba dormida y despierta a la vez. O un abanico de posibilidades que entrecruzaban la vigilia y el sueño. El punto, dijo la elfina al final, era que no se asustara. Ni se aprovechara.
-Con su funeral- aclaró Ursa, suavemente- con la muerte al lado… le he pedido que me muestre esto de nuevo-
- ¿Por qué?- le preguntó Cástor, extrañado. Lo último que él quería recordar en su vida era el funeral de su madre. Mucho menos mulitudinario que el del Gran Oso Áter, por supuesto (sólo estuvieron él, su hermano y el profesor Dimber), pero muchísimo más terrible.
-No sé- admitió Ursa-… "así que tú eres la pequeña osa, mucho gusto, mi nombre es Albus, tu papá fue uno de mis mejores amigos", "sí sé quién es usted. Es Albus Dumbledore y estudió en Hogwarts, usted es Parios Nefisto y estudió en Hogwarts, pero es de Grecia… mi papá conocía su casa allá, siempre me hablaba de los abraxans, y decía que algún día iríamos. Ustedes dos y el profesor Dimber eran los mejores amigos de mi papá"-
Cástor asintió. Ursa se los había contado todo, lo recordaba. Recordaba que se llevaron a su amiga de los brazos de su hermano y que estuvo por mucho tiempo en la zona de los profesores. Recordó que todos decían que Albus Dumbledore estaba por ahí, rondando, porque era muy buen amigo del Gran Oso Áter. Y recordaba cuando Ursa volvió, con misma expresión de sorpresa que tenía cuando se la llevaron y que tuvo desde que la vieron por primera vez en los funerales, hasta como una semana después. Les contó a Pólux, Morgana y a él que había hablado con los mejores amigos de su papá y que todos eran muy amables y parecían verdaderamente tristes… pero ella no lo estaba, Cástor lo recordaba por que no entendía cómo toda la escuela podía estar llorando y Ursa no. Al principio pensó que no se había dado cuenta, que le costaba entender lo que significaba que su padre hubiera muerto. Luego, con las semanas, empezó a preocuparse, porque Ursa no lloraba, al contrario, reía más que nunca, estudiaba, comía y paseaba con ellos los fines de semana, sin decir una sola palabra sobre su papá.
Pasaron los meses y una mañana Ursa no se pudo levantar de su cama. Lloró, no durmió ni comió, llamó a su papá entre susurros y se abrazó fuerte cerrando ojos para imaginar que era él. Se escabulló a su casa (que quedaba en medio del bosque de Goldenwand) y cargó con todo lo que pudo. Libros, ropa, zapatos, fotos, lo que fuera que le recordara a su padre.
Cuando Cástor fue a buscar al profesor Dimber, para pedirle que le diera algo a Ursa, porque llevaba tanto tiempo triste que estaba empezando a consumirse. El profesor Dimber le sonrió, conmovido por su preocupación, pero no le dio nada a Ursa, porque, le dijo, ella era lo suficientemente fuerte como para superar sus penas por sí sola.
Y así lo hizo, poco a poco. Y aprendió, solita, a no pensar en su padre como una ausencia, aprendió a alegrarse cada vez que alguien lo mencionaba, a decirle a todos que su papá no estaba a su lado ni la cuidaba, que de seguro estaba recorriendo el mundo, asustando a sus mejores amigos en Grecia y el Reino Unido, divirtiéndose de lo lindo y que eso estaba bien, porque era lo que a su papá le hacía feliz.
Sólo cuando crecieron fue que Cástor se dio cuenta de que Ursa no pensaba en su padre como una ausencia porque ella sabía que una parte de él estaba dentro de ella. Y sólo fue en ese momento, echado en la cama de Ursa, escuchándola desvariar sobre el día en el que conoció a los mejores amigos del Gran Oso Áter, que se dio cuenta de que el profesor Dimber siempre había confiado en la fuerza que tenía esa pequeña distraída con apariencia de espantapájaros.
Entonces sintió vergüenza.
Pregonaba a los cuatro vientos que era la persona que conocía más a Ursa, después de su padre, y se alegraba secretamente del control que tenía sobre ella. Era el único que podía detener el torbellino, le gustaba pensar. Le encantaba que nadie más pudiera controlar o seguirle el paso a la locura de Ursa. Le encantaba que todos se dieran cuenta. Pero no era más que un pobre idiota, porque, en ese momento se dio cuenta de que no tenía idea de las verdaderas dimensiones de Ursa. De la fuerza que tenía. Incluso echada ahí, como herida de muerte, Cástor la vio engrandecerse y romper todas sus creencias a pedacitos. Se sintió desarmado y confundido, pero la siguió mirando. No tenía control sobre ella, Ursa elegía escucharlo. No era él quien la había subyugado con sus encantos masculinos (a los 13 años). Fue Ursa la que decidió fijarse en él.
- "…tonces el profesor Dimber me dijo que se haría cargo de mí. Así como les dijo a ustedes cuando se murió su mamá, después."- Ursa tosió- ¿papá?-
-No, no. Cástor. Cástor-
-Cástor…- Ursa sonrió.
Cástor sonrió con ella. Las ganas de llamar a Dimber desaparecieron.
Mojó nuevamente el pañito que tenía en la mano y humedeció los labios de Ursa, quien continuó balbuceando bajito anécdotas de su papá. Cástor las escuchó todas hasta que los dos, poco a poco, fueron quedándose dormidos.
…
-No hay manera, Dimber ha dado una orden-
-Sí y por eso necesito que me ayudes a convencerlo-
-No-
-Merlín, Cástor, ya me siento bien, no me pueden dejar sin dictar toda la semana…-
-Piénsalo como vacaciones adelantadas. Y pagadas-
-No me importa el dinero… es que… tenía algo planeado para los chicos de 4to esta semana, Artemis ha estado con una cara de cementerio desde que le llegó ese sobre y se me ocurrió esta manera de despejarla, que además va a entretener a toda la clase. Y por fin el jueves pasado descubrí por qué la niña Jhonson de primero no entiende absolutamente nada de lo que estamos haciendo, los chicos…-
- ¿Te necesitan?-
-No- se rindió Ursa, atrapada en su propia trampa: siempre decía que sus alumnos eran excepcionales en su clase y que poco faltaba para que no la necesitaran. Soltó la parte superior de su cuerpo sobre su regazo, como una muñeca de trapo- ¡es que no quiero quedarme sin hacer nada una semana! ¡ya me siento bien!- protestó, ahogadamente.
Cástor empezó a reír.
Estaban sentados en la banca de mármol del Descanso del Mentor, un jardín secreto en medio de la escuela, reservado sólo para profesores. No tenía mayores comodidades, sólo esa banca inmaculada y pasto siempre verde, adornado por flores y rosas de todos los colores y una laguna pequeña, por la que nadaban pececitos morados.
Los únicos que usaban el Descanso, sin embargo, eran Ursa y Cástor. Al parecer a los demás profesores no sentían esa irrefrenable atracción por el lugar que sentían los dos.
- ¡No es divertido!-
-Ursa, es miércoles. Recién ayer te has podido levantar de la cama…-
-Con fuerza-
-Pero mañana ya es jueves. Y luego viene el viernes y ya se acabó la semana-
-No me importa- Ursa se paró de golpe, haciendo que su inmensa mata de pelos volara con ella y cayera desordenada sobre su cara. A pesar de eso miró a Cástor seriamente a los ojos- no quiero que Therios piense que soy débil o que necesito descanso o algo así. Está muy preocupado por el asunto del Centro y yo tengo que ayudarlo con eso. Si cree que—
-No creo que nadie piense que eres débil- le dijo Cástor, igual de serio que ella.
-Bueno, tiene a Morgana a su lado…-
-Lo que le diga no importa, el profesor Dimber te conoce desde que naciste. Sabe que eres muy fuerte-
Ursa se quitó el pelo de la cara y lo miró con extrañeza.
- ¿Cástor?- preguntó, como si de verdad no se tratara de él.
Cástor asintió, con seriedad.
- ¿Qué te ha dicho Therios?-
-No te asustes, Ursa, no pasa nada-
-Me estás mirando raro-
Cástor negó, esta vez riendo.
- ¿Qué…?-
-Te amo-
- ¿¡Qué!?- chilló Ursa, poniéndose de pié de inmediato- no, Cástor, si he dicho algo cuando estaba dormida… tú… tú y yo sabemos… no tienes por qué decirme eso. No tengas pena, en serio-
-No me has dicho nada-
-Sí, pero los dos sabemos que… bueno, todas las personas que estudiaron con nosotros saben que… pero está bien, no es una queja, no es que te esté presionando ni nada. Mira, Cástor te lo he dicho antes: no importa, yo he decidido sentirme así y lo haré hasta que… bueno, hasta que ya no lo haga. Hasta que no quiera. No tienes por qué hacerte responsable de mis sentimientos, además, somos buenos amigos, casi ya ni parece que me… que te…-
-Ursa, estoy hablando en serio-
-Si Therios ha…-
-Ursa-
-No puede ser…-
- ¿Por qué no?-
-Porque eres tú… y, esto es casi un statu quo-
- ¿Soy yo?-
-Cástor Altair no te atrevas a hacerme hablar en clichés. Ya basta. No es una broma graciosa-
-No es una broma- admitió Cástor, sonriendo aún más. El corazón le había empezado a latir cada vez con más fuerza.
-Te has cansado de buscar a Morgana…-
-Osa…-
-Nunca harías eso, ya sé, pero es que no se me ocurre… Cástor, soy yo, no me parezco a tus antiguas… mujeres. O sea, no me peino y me gusta volar de cabeza- la espiración de Ursa se entrecortaba, de lo nerviosa que se había puesto- no soy flaca como una varita y tengo marcas en el cuerpo, bien raras, cicatrices que me han salido por volar de cabeza, en lugares que… no importan ¿ves? Y hablo mucho y muy rápido cuando me pongo nerviosa o cuando me emociono o… siempre. Mucha gente me encuentra insoportable-
-Yo no. Ursa, no te voy a callar con un beso-
Ursa abrió la boca, ofendida.
- ¡No te estoy pidiendo eso! ¡Es el cliché de los clichés!-
-Odiar los clichés es un cliché-
-Darte cuenta de que estás enamorada de la chica que está enamorada de ti desde siempre también-
-Que la chica se niegue, también-
- ¡Por Merlín! ¿por qué se te ha ocurrido decirme esto?-
-Porque es verdad-
-No puede ser verdad porque… porque… no pues. Las cosas empiezan desde abajo. Uno primero siente atracción por alguien… luego te gusta, luego quieres a esa persona y luego, al final, te enamoras-
-Já, que cuadrada-
-Así soy- refunfuñó Ursa- y lo que digo es verdad-
-Puede que sí. A ver: siempre he estado junto a ti, así que creo que siempre me has atraído un poquito. Me gustaste cuando empezamos a cuidar a Azul, nuestro hipogrifo-
-Hipohijo- corrigió Ursa, molesta.
Cástor aceptó, con una carcajada.
-Y creo que no me dejaste de gustar, sólo que, no sé, lo reprimía o algo así… era un chico idiota. Te he querido desde que somos niños. Y ya sé que me vas a decir que no de la misma manera, pero… es que Ursa, no me puedes pedir fechas. Siempre te he querido y en los últimos años… supongo que pensaba que estaba enamorado de Morgana por la costumbre, pero en verdad pasaba más tiempo contigo, buscaba estar más tiempo contigo-
-Porque soy la diversión hecha persona, pero—
-No sólo por eso. Estar contigo es libertad. Y… no sé Ursa, ¿qué quieres que te diga?-
-La verdad-
-Me muero por estar contigo-
Ursa se quedó quieta por unos segundos. Cástor también.
-Siempre he estado contigo- le respondió Ursa, simplemente- sólo que no te dabas cuenta-
-Me demoré-
-Mucho-
- ¿Demasiado?-
Ursa negó.
-No, no demasiado-
- ¿Entonces?-
- ¿Entonces qué?-
-Ursa…-
- ¡Ajá! Se cambiaron los papeles. Sufre-
-Lo de antes-
Cástor sonrió nervioso, pero se recompuso.
-Te amo, Ursa- le dijo, feliz.
-Te amo, Cástor- respondió ella, antes de correr hacia él.
…
Nunca fue más triste que los profesores no tuvieran deseos de ir al Descanso que después de esa confesión, porque si lo hubieran hecho, habrían sido testigos de una felicidad que iba más allá de las palabras.
Habrían visto a dos adultos vueltos niños, persiguiéndose para hacerse cosquillas o meterse pasto en partes incómodas de la ropa. Los habrían visto echados en el suelo, agarrados de las manos, mirando el cielo. Se habrían reído cuando Ursa, la niña del pelo despeinado, caía de los hombros de Cástor, el niño de la sonrisa encantadora, y se sumergía en el lago.
Si alguien se hubiera asomado, habría visto el primer beso de Ursa y Cástor, intenso, como los besos que esperan años para aparecer.
Si algún profesor se hubiera asomado, no habría interrumpido. Al contrario, habría sido invitado a compartir la felicidad de esos dos seres, que jamás estuvieron más felices.
Y cuando la semana de clases empezó, nadie tuvo que decir "Cástor y Usa se aman" para que todos lo supieran. No tuvieron que verlos caminando de la mano por los corredores o besándose al despedirse. Sólo tuvieron que verlos y ya. Así como cuando los mejores amigos del Oso Áter veían a Ursa sonreír y sabían que era muy hija de él, así, cuando todos veían a Ursa y a Cástor sonreír, sabían que eran muy de los dos.
