Editado en julio del 2019

Capítulo 44: Se hizo la luz

"La pólvora no explota sin estar comprimida; la cautividad ha reunido en un solo punto mis facultades y ha entrado en contacto en un espacio reducido y, como no ignoran, del choque de las nubes resulta la electricidad, de la electricidad el rayo y del rayo la luz"

-Alejandro Dumas (padre)

Estaba a su lado, era su segunda sombra, sus pasos estaban sincronizados. Sus mentes estaban conectadas.

Estaba a miles de kilómetros, en otro continente, un plano inalcanzable para ella.

Estaba junto a ella, pero era como si estuviera a miles de años luz de allí.

-¿Dónde será esto? -inquirió Melek.

-No tengo los detalles, sólo sé el día. -confesó- Ahora que esto es formal, tendré que hablar con Joel. -pensó en voz alta.

-¿Joel? ¿Quién es él? -quiso saber la general.

-Un aliado. -comentó- Nosotros y la gente de Joel trabajaremos juntos en esto.

-Vamos a necesitar una lista. -indicó su caballero- El número de soldados que participarán, armamento, curanderos, qué tipo de demonios y qué tipo de habilidades poseen.

Lo observó por el rabillo del ojo, él estaba a su lado pero su atención estaba en Melek, solo abría la boca para comentar sobre aquello que tenía que ver con tácticas y preparación, la organización para la guerra. Minutos antes, cuando la conmoción se alzó ante la declaración de guerra, intentó apartarse e intercambiar unas palabras. Amads estaba ocultando algunas cosas que le estaban molestando, respetaba su intimidad pero se moría por conocer aquella razón que lo impulsaba, que lo motivaba a apoyar esta causa. Pero no, se puso esquivo y expresó su prisa por ponerse de acuerdo con Melek.

-Necesito algo más de información sobre este supuesto aliado antes de seguir. -se cruzó de brazos, sus escamas brillaron bajo la luz naranja- ¿Quién es?

-¿Te suena el nombre… -una de las esquinas de sus labios se alzó, anticipando su reacción- Alma Oscura?

El silencio tomó lugar en la sala por largos segundos.

-Hace unos años, un grupo de personas se presentó en Arabia. -comenzó a narrar- Buscaban libros, brujas, información. -enumeró- Ofrecían buen dinero, les dimos lo que querían.

-Eso debió ser antes de que Nina se enterara de las gemelas, hace unos cuatro años. -especuló Tomoyo.

-Sí, hace mas o menos cuatro años. -asintió- Los soldaditos de Kaios estaban nerviosos, alertas…

-¿Y qué se decía en las calles? -alentó a que siguiera, su sonrisa se extendió.

-Asesinos a sueldo. -hizo un movimiento con sus hombros, restándole importancia.

-Asesinos a sueldo del Consejo, querida Melek. -corrigió el Árabe.

-No jodas. -se burló.

-Sabes que jodo. -le guiñó un ojo- Pero no lo estoy haciendo con esto.

-Joel Gerard era parte de Alma Oscura. -se sumó el Puente- Ahora, la organización se disolvió, y Joel está por su cuenta. Y está contra Aaron, contra el Consejo.

-Dale las gracias. -espetó, algo de acidez y sarcasmo se filtró en su voz- Si no fuera por él, tu revolución hubiera tenido que esperar.

-Amads. -siseó Tomoyo.

-La tuya y la de Tomoyo, claro. -agregó, haciendo oídos sordos a la queja de su reina.

Las amatistas de ella buscaron insistentemente sus gemas oscuras, pero él rehuyó.

-¿Están seguros que está de nuestro lado? -intervino la medio demonio- Podría ser un espía, una trampa.

-…sí. -soltó en medio de un suspiro- Sí, sus intenciones son sinceras. Confía en mí. -sus ojos brillaron- No es una trampa.

-De acuerdo. -asintió- Tengo los números de soldados y la información de cada mestizo, hablaré con Omar para que haga un informe sobre el armamento y con Sila, ella tiene el resto. -hizo una pausa- Haré que las otras filiales me envíen el mismo informe, tendré todo en un par de horas.

-¿No es precipitado? -se preocupó- Tienen menos de cuatro días para hacerse a la idea de ir a la guerra.

-Estamos preparados hace años. -sonrió- Tú no te preocupes, ve a comer algo y te veré en una hora aquí.

Luego de aquello hizo una reverencia y se marchó, Puen Tum y caballero se quedaron a solas en el cuarto de guerra.

-Muero de hambre. -soltó por lo bajo- Vamos, debes comer algo.

Él la tomó por la muñeca con cuidado, a penas una caricia, ella alejó su brazo lejos de su agarre y él la observó, extrañado.

-Quiero que hablemos. -pidió, casi ordenó- Por favor. -agregó.

-Dulce… -advirtió.

-Tengo que saberlo.

-Dijiste que no ibas a obligarme. -le recordó, serio.

-Y no lo estoy haciendo-

-Lo estás. -discutió.

-Quiero entender, quiero… -frunció los labios, tenía sentimientos encontrados- Quiero entenderte, Amads. Estamos juntos en esto.

-Lo estamos… -asintió- Pero esto no. Esto… -levantó un dedo, señalando- No quiero hablar de esto. -se dio la vuelta, decidido- Vamos, debo alimentarte o Sonomi me matará por dejar que su hija se vuelva una pila de huesos.

-Quiero conocerte, aún más. -expresó en voz alta, él se detuvo- Nunca algo te había calado tan hondo como esto, ni siquiera cuando me pediste una pluma.

-No puedes saberlo. -rió, aún de cara a la puerta- No podías leer almas en ese entonces.

-No estoy leyendo tu alma ahora. -dio un paso hacia él- Son tus ojos, es tu voz, la forma en la que tu cuerpo se tensa cuando hablas sobre ello, las venas de tus sienes sobresalen.

-…debo encontrarte un pasatiempo, dulce. -soltó, luego de unos segundos.

-Amads…

-En serio. -soltó una carcajada, seca y forzada- Dibujar, perderte en el baúl de los recuerdos y entrenar, estás perdiendo habilidades para interactuar. -y cruzó por la puerta, esta vez no la sostuvo para ella. Esta vez no la esperó.

Su sombra se alejó, se separó de su cuerpo y volvió a tomar consciencia.

No podía dormir, estaba cansada, exhausta, emocionalmente agotada pero no podía dormir.

-Mmm….

Su acompañante, recostado a su lado, se movió entre sueños. Sus fuertes brazos, los cuales estaban alrededor de su cintura, la atrajeron más hacia él. Podía sentir su piel contra la suya, era cálida y levemente pegajosa. Sí, estaban desnudos, esa noche, como tantas otras, se habían entregado en cuerpo y alma.

Su cuerpo tembló, podía sentir el picor en sus ojos.

El problema era que… tal vez, ella fue quien entregó más en aquella ocasión. Había dado tanto de sí sin darse cuenta que, cuando menos se los esperó, se había quedado vacía. Sin nada.

Aaron se había llevado todo de ella y ella, de él, no tenía ni el murmullo de una ola.

Cerró los ojos, las imágenes volvieron a llegar a su mente.

"Estaba segura de que había sido drogada, su cuerpo cosquilleaba por todas partes. Se sentía pesado y ligero a la vez. Puntos negros y blancos, destellos de luz pasaban frente a sus ojos.

-Esa es mi chica.

Su nariz estaba acariciando su cuello, su aliento húmedo le causaba miles de punzadas por todas partes. Sus manos eran tentáculos, estaban por todas partes. Aquí, allá, arriba y abajo, dentro de su-

-¿Qué… ¡¿Qué estás haciendo?! -logró verbalizar.

Intentó apartarlo de su cuerpo, pero él era más fuerte. De repente, sus muñecas estaban ardiendo.

-¡Tú eres mía! ¿Entiendes, Sakura?

Agarró sus mejillas con fuerza, las estrujó con una sola mano. No pudo escapar de sus ojos negros. Sí, negros. No más azul.

-¡MÍA, MALDICIÓN!

Tiró con fuerza de su vestido, una de las mangas se rompió y lastimó su piel.

-Argh.

-No más noviecito.

Tiró de la otra manga, el frente del vestido cayó hasta su cintura, tiró de la tela hacia arriba y presionó con más fuerza sus muñecas, casi las partió.

-No voy a- No voy a ser tuya para la eternidad. -escupió, las lágrimas acumulándose en sus ojos- Dos años, dos años y-

-¿No lo entiendes, amor? -sonrió, era la sonrisa del diablo- Nunca, nunca te voy a dejar ir.

Subió su rodilla con fuerza, antes de que llegara a su objetivo, él la arrojó contra un estante de madera. Su espalda y hombros se incendiaron de dolor, un mareo la abordó al instante.

Él estaba allí, sus manos le arrancaron aquél maldito vestido de lentejuelas, recorrieron su piel causándole estragos en el alma. Asco, sentía asco. Luego sus labios se pegaron a los suyos, quiso vomitarle todo el veneno dentro de sí en ese momento, pero no duró demasiado. Aaron estaba más concentrado en desabrochar su cinturón y hacer estallar los botones de su camisa.

Lo sabia, lo supo desde el primer toque, desde la primera mirada lasciva, desde la primera vez que se metió en su mente: él la iba a arruinar de por vida"

Los abrió, observó por el ventanal, aún no amanecía. Ojos abiertos, ojos cerrados, ninguna era una buena opción.

-Lo siento… -se disculpó mentalmente- Lo siento tanto, tanto. No sabes como lo lamento. -lloró en silencio en su cama, entre los brazos de aquél demonio.

No supo a quién iban dirigidas aquellas disculpas, solo tenía que liberar aquella palabras de su cuerpo, de su corazón. Una avasallante necesidad de pedir perdón, de rogar misericordia. ¿Para ella? ¿Para ellos? ¿Para quién?

-Lo siento. -hipó- Lo lamento todo… te pido perdón por todo.

En cuanto puso un pie en el piso que utilizaban como cocina comedor, todos voltearon a verla. Ojos oscuros pero luminosos. Su mano buscó la de su caballero, apretó con fuerza su camiseta y él detuvo su paso.

-Amads…

-Son los más jóvenes. -le hizo ver él- No tengas miedo, ven, vamos a buscarte algo que comer.

Tiró de ella hacia la cocina, le tendieron con rapidez una charola con dos platos y unas botellas de agua. Ella, mientras tanto, tiró de la capucha de su capa hacia abajo, intentando ocultar su rostro. Amads tenía razón, allí habían adolescentes y niños, los únicos adultos eran los que estaban detrás de la cocina sirviendo. Ninguno dejó de observarla, jamás pensó que se sentiría tan cohibida como en aquél lugar. Ella era Tomoyo, después de todo, amaba los flashes de las cámaras y las cálidas luces de los reflectores, sonreír y saludar, estaba en contra de su naturaleza esconderse.

-Ten.

En su plato había algo de arroz con una salsa, algo de pescado y una rebanada de pan. El agua estaba caliente, pero de todas formas fue un bálsamo para su garganta reseca.

-¿En algún momento dejarán de observarnos? -inquirió mientras daba el primer bocado, algo picante, si le preguntaban, pero comestible.

-Hn. -hizo un gesto con sus hombros y comenzó a engullir su plato.

-Es la señorita.

-Un Puente, no me lo creo.

-La general lo confirmó, iremos a la guerra.

-…la guerra…tengo miedo.

Se concentró en su plato y trató de ignorar lo que murmuraban los más jóvenes, no pensó que se encontraría con ellos tan pronto. Aquéllos huérfanos abandonados por sus madres, soldados de los demonios mayores. Se dio cuenta que Amads también los estaba oyendo, aunque, claro, lo disimulaba bastante bien.

-No hay porque temer, Kira. -tranquilizó- Los más pequeños se quedarán aquí, con Sila.

Ambos voltearon hacia la derecha, de donde provenía aquella voz. Era un joven, tal vez dos años mayor que ella, se encontraba en una mesa junto a otros adolescentes.

-¿Qué hay de ti, Onur? -inquirió la misma niña, preocupada.

-Iré a la guerra, por supuesto. -afirmó, seguro.

-¡Pero es peligroso! -chilló otro de los niños.

Los más pequeños se encontraban a su izquierda, mientras que los mayores a su derecha. Amads y Tomoyo se encontraban entre ambos, en el fuego cruzado.

-La guerra no es peligrosa, Ergun. -confortó una joven, estaba frente a Onur- Luego de la guerra, estaremos mejor. Ya lo verás.

-Además, -agregó Onur- la señorita está de nuestro lado.

Tomoyo volvió a bajar la mirada, nerviosa y avergonzada por verse envuelta en tal situación. No quiero niños preocupados por la guerra, no por mi culpa… apretó sus puños junto a su plato.

-No todos los días un Puen Tum vuelve de la extinción para guiarte a la libertad. -comento su caballero en voz alta y ella lo observó, curiosa- Ellos no se andan con bandos perdedores, pequeños. -afirmó hacia la mesa de los pequeños- Tranquilos. -le guiñó un ojo- Nosotros cuidaremos a todos.

Quiso gritarle, quiso golpearlo tan fuerte en ese momento. ¿Cómo te atreves, Amads?, maldijo en su interior. No lo sabemos, no sabemos si-

-¿Eso es cierto, señorita? -inquirió la pequeña, Kira.

-Señorita, ¿va a ayudarnos? -fue el turno del niño.

-¿Es un Puen Tum?

-¿Ha venido a ayudarnos?

-¿Es cierto que es un ángel? ¿Tiene alas?

-¿Tiene alas? ¡Eso es genial!

Los demás niños se unieron y comenzaron a realizarle preguntas animados, podía sentir todos los ojos puestos en ella otra vez.

-Tomoyo… -murmuró en voz baja- Oye, dulce.

Su mano cubrió la suya, le dio un apretón y ella se dignó a levantar la mirada y a observarlo. ¿Por qué?, la pregunta no dejaba de bullir en su interior. ¿Por qué te preocupas por ellos, Amads?

-…sí. -afirmó, cabizbaja- Sí, soy un Puen Tum. -hizo a un lado su capa y observó a los pequeños, sus ojos violetas se iluminaron y los niños soltaron un jadeo, asombrados- Pueden decirme Tomoyo. -les sonrió, una sonrisa pequeña, tímida.

-¿Lo ven? -volvió a hablar Onur, el mayor de los adolescentes de la mesa a su izquierda- La señorita Tomoyo estará con nosotros, ella y la general Melek nos guiarán a la victoria. -sonrió, esta vez hacia Tomoyo.

Los niños, animados, se levantaron de su mesa y comenzaron a rodear a Tomoyo con más preguntas curiosas. Se sintió abrumada, nunca había estado rodeada de tantos niños. De no ser por la escuela y sus amigos, siempre estaba rodeada de adultos. Los empleados de su casa, socios de su madre y profesores. Incluso Amads era mucho mayor que ella.

Los niños, se dio cuenta, no ocultaban sus rasgos demoniacos. Al menos no allí. Manos con garras filosas, ojos coloridos, dientes terminados en puntas, incluso algunos de ellos tenían pequeños cuernos en sus cabecitas. Había un niño con una larga cola negra, esta reptaba en el suelo, le hizo recordar a Amads en su forma demoníaca. Hablando del diablo, su caballero también había sido rodeado de pequeños mestizos curiosos.

-¿Eres un caballero?

-¡Woah, increíble!

-¡Debes ser súper fuerte!

Tomoyo pensó que nunca vería una sonrisa que no fuera torcida o socarrona en su rostro, se había equivocado. Allí estaba, sus dientes se mostraban brillantes con aquella gran sonrisa en su rostro. Incluso, observó, cargó a uno de los más pequeños en sus piernas para que pudiera ver sus ojos más de cerca, su caballero los hacía brillar y el pequeño explotaba en exclamaciones.

-¡Señorita, señorita!

Volvió su atención a los niños que la rodeaban a ella, todos aclamaban su atención.

-¿Cuánto tiempo va a quedarse con nosotros?

-Sólo unos pocos días. -respondió y se oyeron quejas y exclamaciones de desilusión.

-¡Qué triste!

-¡Quédese con nosotros! -pidió uno de los niños, el que estaba en el regazo de su caballero- ¡Quédese con nosotros para siempre! -sugirió, animado- Somos muchos y nuestra casa no es muy grande, pero… ¡pero aquí siempre se sonríe!

Escuchó unas risas, pensó que había sido su compañero pero él sólo ocultaba su sonrisa de su vista, así que debió haber sido otra persona. Giró su cabeza en busca del culpable, era aquél joven, Onur, él y sus otros amigos estaban sonriendo ante las palabras del pequeño medio demonio que le ofrecía acilo permanente, un hogar.

-¿De qué te ríes, Onur tonto? -se quejó, sus mejillas rojas e infladas en protesta.

- Nada, nada… -negó, divertido.

-¡La señorita puede quedarse todo lo que quiera! -apoyó otra de las niñas, indignada ante las risas de los mayores. Otros niños la apoyaron.

-La señorita no podría quedarse aquí, niños. -respondió, calmo.

-¡Claro que sí! -refunfuñaron.

-¿Verdad que sí, señorita? -preguntó el pequeño travieso que sostenía Amads.

-...yo.

Dudó, ¿por qué la estaban poniendo en aquella posición? No quería mentirle a aquellos niños, pero tampoco quería romperles el corazón. ¿Por qué siquiera le ofrecían acilo? ¿Hogar? Llevaban menos de diez minutos hablando, los niños eran tan complicados de tratar, decidió entonces.

-Creo que es hora de reunirnos con la general Melek. -comentó, tratando de desviar la atención y escapar del problema.

Protestas se oyeron entre los más pequeños del lugar y todos volvieron a su mesa, a regañadientes. Se levantó de su asiento y se dirigió hacia la salida, sus ojos se encontraron con aquél joven de sonrisa segura, Onur.

-Hasta pronto. -se despidió él.

-…sí, hasta luego. -murmuró ella en respuesta.

Abrió la puerta y cruzó el umbral, el pasillo estaba en silencio y solo se oían sus pisadas. Unos segundos más tarde se unió otro par de pisadas.

-Sé lo que está pensando tu cabecita.

No dijo nada.

-No puedes echarte atrás. -le recordó.

-Lo sé. -murmuró.

-Les estamos dando la oportunidad de un mejor futuro a esos niños. -argumentó- Oportunidades.

-…lo sé.

Comenzaron a bajar las escaleras.

-Eso no lo hace más fácil. -agregó.

-Nunca lo es, dulce.

No podía echarse atrás, eso lo sabía. No era egoísmo, ella sabía muy bien que, a veces, debían hacerse sacrificios para lograr un objetivo. Ella los había echo, no podía culparlos por hacer lo mismo. Sin embargo, como había dicho, eso no lo hacía más fácil.

-Pareces un cadáver.

Crack. La taza cayó de sus manos y se partió contra el suelo, el agua hervida y la porcelana salpicaron sus pies descalzos.

La ceja de Micah se alzó, extrañada. Ella quedó con los ojos sobre el desastre en el suelo, queda.

-Ya lo limpio. -balbuceó y corrió en busca de una escoba y una pala.

-Eres una bruja, chasquea los dedos, idiota. -masculló, asqueada. Tomó su taza y salió de allí, su hombro chocó contra el de la castaña, pero no reaccionó.

Había sido una noche larga, demasiado, para su gusto. Luego de limpiar, tomó una nueva taza y se hizo un té de tilo, estaba con los nervios de punta. Llevó su té hacia el patio y lo bebió junto a la piscina, el cielo estaba nublado ese día. Con un brazo abrazó sus rodillas hacia su pecho y con el otro bebió su té.

Había tenido pesadillas toda la noche, no pudo pegar un ojo. La cabeza le zumbaba y los ojos le ardían, estaban al rojo vivo. No podía olvidar la cena de anoche, aquél… monstruo. Los gritos, el estruendo y el miedo que inundó su cuerpo y alma. Sólo quería correr, alejarse de allí y no volver a mirar hacia atrás.

Todo era un caos y no entendía nada.

Los malditos cuervos chillaban y no ayudaban en nada, uno de ellos sobrevoló sobre ella. La maldita ave abrió su pico y comenzó a chillar más fuerte mientras daba círculos sobre ella, dos más se unieron y el trío la mantuvo rodeada.

"-No, no… ¡ALÉJATE DE MÍ!"

Sus oídos captaron un pitido sordo, largo y constante. Un pitido ensordecedor.

"-Espera, espera… No, no…"

Sus manos se cerraron con fuerza, sus uñas se clavaron sobre sus palmas. Cosquilleaba, burbujeaba.

-Basta… ¡Ya cállense! -espetó, enfurecida. Las aves, burlonas, comenzaron a aumentar la velocidad de su vuelo, descendiendo en picada y pasando por su lado- ¡Estoy cansada de estas malditas aves! -chilló mientras arrojaba su taza ya vacía hacia una de ellas, el ave la esquivó con facilidad.

Más aves se unieron al juego, sus garras y picos rasguñaban su piel y tiraban de su pelo y su ropa. Harta, chasqueó sus dedos y una fuerte llamarada le alzó desde sus manos y la rodeó. Las aves chillaron, algunas se desvanecieron ante el toque del fuego y, las afortunadas, alzaron vuelo y se alejaron de allí. Si Fuego no fuera su carta, ella habría resultado quemada en el proceso, pero las lenguas de fuego no podían hacerle daño, no los poderes de sus cartas.

Pudo captar la melena albina de Micah por una de las ventanas del primer piso, seguramente arruinó su diversión al deshacerse de sus aves.

Al diablo, pensó. Necesito irme de este lugar.

Eran buenos números, o al menos eso pudo deducir del rostro de Amads.

-No tenemos suficientes médicos en cada base, pero podemos distribuir los que tenemos y, así, resguardar a todos. -explicó Sila.

-Cuando dices médicos… -comenzó a preguntar Tomoyo.

-Curanderos. -respondió Melek- Logramos que algunas brujas nos ayudaran a apañarnos con hiervas y esas cosas.

-¿Y cómo están los suministros? -quiso saber Amads.

La general de los mestizos de Arabia Saudita observó a la encargada del área de cuidados médicos, ésta frunció su ceño.

-Bueno… -murmuró, cabizbaja- No tan bien como para curar las heridas que causarán esta guerra. -admitió- Con las sequías y las persecuciones, ha sido difícil abastecernos estos últimos dos años.

-Eso sí será un problema. -comentó Omar, el segundo al mando se encontraba en una esquina oscura y silenciosa.

-Debo suponer que es lo mismo en los otros refugios.

-Lastimosamente, sí. -afirmó Sila.

-Eso tiene solución. -observó, positiva- Necesitaré una lista con los nombres de las hiervas y las cantidades que vamos a necesitar.

-No vas a encontrar hiedra de luz de luna en un bosque ordinario. -negó, apenada.

Tomoyo observó a su caballero, este le sostuvo la mirada, contemplativo.

-¿Y qué me dices de Bella Rosa? -sugirió.

-Vaya, vaya… -murmuró, sorprendido- Mírate, dulce. Quién lo diría…

-Bella Rosa es como un pantano, -observó la general- engañosa.

-Por no hablar de que el portal más cercano se encuentra a kilómetros y kilómetros de aquí. -observó Omar.

-Ese no es problema. -sus amatistas brillaron- ¿Podemos encontrar esas hiervas en Bella Rosa, sí o no?

-Esas hiervas, claro. -sonrió- ¡Incluso mejores hiervas! Polea de Calvillo, rocío azul, ¡margaritas Helena! Las heridas sanarán en cuestión de horas, incluso podremos tratar pérdida de sangre con rosa santa.

-Perfecto. -sonrió, más calmada- Vamos a necesitar esa lista.

-Y una imagen de referencia, -sugirió el árabe- porque lo único que conozco sobre flores son las rosas blancas y las margaritas del jardín de casa. -frunció el ceño ante el recuerdo.

-¿Cómo planeas transportarnos a todos? -quiso saber el más callado y apartado de los cinco- Una vez que sepamos cual será el campo de batalla, ¿cómo llevarás a casi dos mil mestizos?

-Estuve pensando en eso hace algunos días. -confesó, su caballero alzó una ceja, ignoraba totalmente aquella información- ¿Han oído acerca de las brechas?

Omar y Melek cruzaron miradas por unos segundos, luego observaron al Puente.

-Son como puertas. -observó brevemente el hombre.

-Correcto. -afirmó- Las puertas que conectan a los distintos planos son brechas abiertas sobre grandes y bastas venas mágicas. Por su lado, las brechas no pueden conectar a otros planos, sólo al plano en el que son abiertas. -ignoró la mirada furiosa de su caballero y continuó con su explicación- Abriré una brecha temporal en cada base, todas conectarán hacia el campo de batalla. Bueno, -hizo una pausa, pensante- supongo que nos reuniremos a unos kilómetros del campo de batalla, pero entienden mi punto. ¿Verdad?

-No sabía que los Puen Tum pudieran crear brechas. -observó, incrédulo.

-¿Verdad? -sonrió, nerviosa ante su mirada- No todos lo saben, pero sí…

-Eso será bastante útil. -asintió Melek- Eso sería todo por ahora.

-Voy a necesitar ver algunas prácticas. -comentó- Si no es molestia, claro. -agregó.

-Omar podrá enseñártelas. -aceptó.

-En dos horas se llevarán a cabo unas. -confesó- Es el grupo más joven, ¿está bien eso?

-Para empezar, sí. -tomó una banda de su bolsillo y sujetó su cabello en una cola alta- Voy a necesitar ver al grupo de los adultos, también.

-De acuerdo. -sonrió, satisfecha- Eso es todo lo ahora.

Tomoyo asintió.

-Voy a comunicarme con Joel y a obtener los detalles que nos faltan, voy a quedarme con esto. -señaló los papeles sobre la mesa, nadie objetó.

-Nos vemos luego, entonces. -se despidió con su mano escamosa y el trio salió de la cámara de guerra.

Se deshizo de su capa y la acomodó sobre el respaldo de una de las sillas, tiró de la silla de la punta y se sentó sobre la mesa. Sus ojos brillaron y llevó ambas manos hacia su pecho, con cuidado se recostó sobre la mesa.

-No dejes que juegue contigo, Tomoyo. -escuchó que dijo su caballero.

Abrió los ojos, estaba en una especie de despacho. Había un gran ventanal a un lado, la cortina estaba abierta y se podía apreciar los copos de nieve blanco brillar bajo la luz de la luna.

-Te dije que aceptarías.

Joel estaba junto al ventanal, la luz estaba apagada y no parecía que fuese a ser encendida por lo pronto.

-Sí, bueno. -torció los labios, disgustada- Alguien tiene que detenerlos.

-Como tú digas. -tomó asiento y tomó un bolígrafo y papel- Hablemos de números. -sugirió- Hablemos de tu ejército.

-Mil novecientos ochenta y tres mestizos armados y a la espera. -hizo una pausa, él alzó una ceja- ¿Qué?

-Dijiste mestizos, ¿verdad?

-Así es. -frunció el ceño, confusa- ¿Por qué?

-¿Hablas de los medio demonios? -ella asintió, aún sin entender su duda- ¿La facción africana?

¿Hay otros? Se pregunto, curiosa. No lo expresó en voz alta, no quiso oírse ignorante.

-Son los oriundos de las tierras de Sarah. -explicó- ¿Qué hay de tus hombres? -inquirió- Dijiste que uniríamos fuerzas. -le recordó.

-Sí, sé lo que dije. -la observó largo y tendido, se sintió incómoda ante sus orbes perlas- Tengo unos quinientos hombres.

-¿Quinientos? -repitió, era un número inferior al esperado.

-Sí, son unos cuatrocientos demonios, bestias solitarias y renegados. -explicó.

-¿Y los otros cien?

-Brujas y magos. Tuve que viajar por todos lados, pero obtuve una cosecha decente. -admitió- Buena, me atrevería a decir.

-¿Y entre todos será suficiente para enfrentarlos? -inquirió, aquello era algo que la mantenía en vilo.

-Tengo infiltrados en las filas del Consejo, todos se harán a un lado ante la revuelta. -aseguró- Te lo dije, si no lo hacemos nosotros otros lo harán. Es el comienzo de una nueva era.

-No estoy aquí para unirme a ti y tu nuevo imperio, Joel. -le recordó- Estoy aquí porque tenemos un enemigo en común, por lo mismo que los mestizos de África aceptaron pelear con nosotros. -hizo una pausa, el no insistió- ¿Qué hay de Aaron?

Ante la mención del gran señor demonio, su humor cambió, sus ojos se opacaron y sus labios se tensaron.

-Tú, tu caballero y yo tendremos que encargarnos de Aaron y su ejército. -gruñó- Tus mestizos serán el alimento de las bestias de Aaron.

-¿Qué? ¿De los cinco? -se alarmó- ¿Has perdido la cordura?

-Sí, son cinco. Pero son ejércitos pequeños. -le informó rápidamente- No más de veinte bestias por ejército.

-¡Sigue siendo demasiado! -chilló.

-No, escúchame. -se levantó de su asiento y rodeó el escritorio, estaba cara a cara con Tomoyo- Primero, caerá el ejército del Consejo. Los pocos soldados que le son fieles no serán nada contra tu gente y la mía, Kretos, Riguel y Fury están demasiados seniles para presentar batalla. Ahí es cuando Aaron se presenta. Aaron y el Consejo tienen varios convenios entre ellos y él no va a arriesgarse a perder su ventaja.

-No pareció que fueran aliados cuando levantaron el Juicio contra Sakura. -recordó.

-No son amigos, es verdad. -aceptó- Sin embargo, es mejor malo conocido que bueno por conocer. ¿No es así?

-Hn. -bufó.

-Aaron y el Consejo, quienes fuesen que sean los ancianos de turno, siempre mantuvieron intereses en común. -negó- En guerra, por supuesto, pero siempre con el mismo objetivo: timonear el barco.

-No lo creo. -contrarió- No me puedo confiar de Aaron, no me puedo confiar de ninguno de los dos.

-No importa, confía en lo que te digo yo. -insistió- Cae el Consejo y Aaron de erige como un escudo, viene con dos, tal vez tres, clanes. Tú, tu mal hablado caballero y yo nos encargamos de ellos con algunos soldados y eso es todo.

-¿Eso es todo? -se burló, sarcástica- Chasqueo los dedos, das unos mandobles con tu espada y Amads patea el trasero de Aaron, ¿verdad?

-Se te pegan sus malas mañas, Tomoyo. -observó, ceñudo.

-¡No te desvíes del tema! -bramó- ¡Yo soy un Puente y tú y Amads dos caballeros recién iniciados, un puñado de mestizos y unos magos renegados no van a poder detenerlo!

-¡No me compares con tu caballero de segunda! -sus ojos perlados se tiñeron de borgoña- Soy un Gerard antes de ser un caballero, y eso es mucho más de lo que él podrá ser en su vida.

Silencio! -bramó y las paredes temblaron, Joel dio un paso atrás- Si tan poderoso eres, ¿por qué has tenido que recurrir a nosotros? -sus ojos brillaron como estrellas en el cielo- ¿Por qué no vas y desafías a Aaron por tu cuenta? -lo empujó por el pecho, envalentonada- ¡Tienes a Luciana cautiva, ella te detestaba y no pudiste aceptarlo así que la raptaste y la transformaste en un monstruo!

-… Tú no podrías entenderlo. -negó, deslizándose de su alcance- No eres parte de este mundo.

-¿No soy parte? -gruñó.

-Tu pequeña y cerrada mente humana no puede comprender como se mueven los hilos en nuestro mundo. -espetó- Luciana está conmigo porque así tenía que ser. -zanjó- Ningún trío de ancianos y ningún demonio ancestral puede detener el destino, ¡vas a verlo en el Valle del Crepúsculo! -la señaló, ceñudo- ¡Una nueva era se levantará, una nueva reina tomará el trono y dirigirá este barco!

-¿El…Valle? -murmuró, queda.

-Sí, el Valle. -asintió- Serás parte un cambio de paradigma que ni si quiera logras entender. Pero, adelante… -escupió- Consigue tu libertad, consigue tu venganza. No estás hecha para esto.

Chasqueó sus dedos y ella comenzó a desvanecerse, ya no era bienvenida en aquél lugar, su hechizo de comunicación de rompió y su mente volvió a juntarse con su cuerpo en Arabia.

Tomó una gran bocana de aire, elevó su torso, su caballero estaba allí para confortarla.

-Dulce, tranquila.

Sus manos acariciaron su espalda en círculos y corrieron los mechones rebeldes pegados a su rostro por el sudor.

-Joel… -masculló entre dientes- Maldito seas.

-¿Qué diablos te dijo ese incestuoso? -inquirió, enfadado.

Levantó su mirada de su regazo, sus ojos estaban cristalinos debido a las furiosas respiraciones, los ojos de él denotaban preocupación. Allí estaba de nuevo, su sombra. Lo tomó por las mejillas con dulzura, él retrocedió unos centímetros, sorprendido.

-Está bien. -murmuró en su mente- No temas.

-No te tengo miedo, dulce. -declaró y volvió a acercarse, sus manos volvieron a sujetarlo.

Con uno de sus pulgares acarició la piel sensible debajo de sus ojos, con la otra mano acarició sus cabellos.

-Eres mi caballero, Amads. -le transmitió con suavidad- Eres mi único caballero.

Sus ojos se encendieron, sus amatistas parecieron cobrar vida y él respondió de igual forma. Parecían piedras idénticas, ambos pares iguales de intensos, iguales de bellos.

-Tomoyo…

Inclinó su cabeza hacia adelante, su frente y la de él se encontraron, sus ojos estaban a milímetros uno del otro.

-¿Estarás… -dudó, desvío sus ojos hacia otro lado. Él lo notó, fue su turno de sujetar su mejilla y buscar su mirada.

-Pregúntamelo. -la instó, seguro.

-… cuando esto acabe, cuando ya no necesite luchar… -expresó en voz alta- ¿Estarás a mi lado? -finalizó en su mente, utilizando aquella conexión única y especial, mágica, que poseían.

-¿Dónde más iba a estar? -inclinó aún más su cabeza, sus narices se acariciaron y ambos cerraron sus ojos- …este es mi hogar, ¿recuerdas? Eres la luz que ilumina mis rincones oscuros, Tomoyo. -confesó- Puedes verlo, ¿no es así? -volvió a abrir sus ojos, ella siguió con los suyos cerrados- Mírame. -pidió, ella se tomó unos segundos para volver a observarlo- Mírame y dime si miento.

No podía, no podía negar sus palabras. Veía aquello a cada que sus ojos se encontraban, no podía evitarlo, era inherente a ella: él era un libro abierto para ella.

-Sea lo que sea que te dijo Joel, olvídalo. -le ordenó.

-Él tiene razón. -negó.

-Joel no puede tener razón en nada, Tomoyo. -una sonrisa socarrona salió a relucir- Joel puede decir que el cielo es azul e incluso así estaría errado.

-El cielo es azul. -se burló ella.

-No cuando amanece. -objetó- El cielo se vuelve un espectáculo de colores, se tiñe de rojo, naranja e, incluso, violeta. El cielo no siempre es azul…

Volvió a esquivar su mirada, las palabras de Joel habían llenado su cabeza de interrogantes que nunca se había planteado antes.

-Hey, hey… -la llamó, preocupado- ¿Qué tanto te dijo ese estúpido, eh?

-¿Por qué quieres ayudarlos? -pestañeó para deshacerse de las lágrimas que se habían formado en sus ojos y soltó aquella pregunta para distraerlo, sabía que él se cerraría y el tema de Joel y su comportamiento infantil e inmaduro sería olvidado.

-Arruiné muchas vidas, dulce…

Quedó tiesa ante sus palabras, nunca jamás imaginó que se dignaría a responder.

-¿Qué…?

Se enderezó, volvieron a quedar a unos centímetros de distancia. Ella aún sobre la mesa y él al frente suyo, no se dio cuenta de la posición comprometedora: ella estaba entre sus piernas, las manos de él ahora descansando sobre su cintura y las suyas propias sobre sus ante brazos.

-Melek tenía razón en algo: yo los ayudé a reclutar a mucha más gente en menos tiempo. -admitió- Creí… creí que podría ayudarlos, intenté que sus vidas mejoraran. -se rió, una risa seca- Qué irónico, por primera vez intentaba hacer lo correcto y terminé empeorando todo.

-Amads, espera. ¿De qué estás hablando?

-¡Digo que lo arruiné todo, Tomoyo! -gruñó, sus dientes apenas y se mantenían en pie ante la dureza de su apriete- ¡Reclutaban familias completas, madres e hijos! Ellos querían soldados, yo les di un ejercito.

-¿De qué niños hablas? -inquirió, preocupada- ¿De qué rayos estás hablando, Amads?

-Una casa, comida, agua potable y ropa. -enumeró, furioso- Si la recompensa era alta, ellos trabajarían más duro, serían leales y todos en la familia trabajarían para pagar por ello. -espetó ácidamente- Las mujeres cocinarían, zurcirían y limpiarían. Los niños podrían trabajar en los almacenes mientras los padres hacían el verdadero trabajo. -una carcajada explotó de su pecho, Tomoyo se asustó del aura oscura que rodeó a su caballero- Prostituyeron a las mujeres y obligaron a los niños a trabajar con sus padres, amenazaban a los hombres con prostituir a los niños si se oponían. Toda la familia feliz colaborando, ¿no es genial?

-Amads…

-¿¡No es asombroso!? -gritó, ella saltó sobre la mesa, asustada- Si los tenían a todos bajo el mismo techo, sería más sencillo controlar que las dosis fueran suministradas a tiempo.

-¿Dosis…?

-Adamahia. -escupió- Pequeñas dosis en las comidas y el agua para que perdieran la noción de tiempo y espacio, hacían jornadas dobles, triples, y ni siquiera lo notaban. Sorpresa, sorpresa… -negó, divertido- ¿A quién crees que se le ocurrió utilizar una planta medicinal como droga? A este hijo de puta.

Se quedó en silencio unos segundos, aquella sonrisa horrorosa y escalofriante en su rostro.

-Amads. -tiró de sus brazos, él no reaccionaba- ¡AMADS! -gritó, aterrada.

-La adamahia es una flor con propiedades regenerativas, alivia dolores musculares e insomnio. -murmuró mientras daba dos pasos hacia atrás, lejos de ella- Es… es híbrida, mestiza.

-Amads, ven. -extendió su mano hacia él, preocupada por su tono oscuro.

-Crece en el fondo del mar y sólo florece cuando sus raíces se hallan junto a milagros, es muy rara de encontrar en la naturaleza. -siguió explicando.

-No digas nada más, ¿me oyes? -se bajó de la mesa y caminó hacia él, pero su caballero dio pasos más largos y se alejó cada vez más y más de ella.

-Yo se la entregué.

-No quiero que digas nada más, ¿sí? -rogó, sorbió por la nariz, las lágrimas estaban de nuevo allí.

-Les di la llave para doblegarlos a todos.

-Cálmate, Amads cálmate. -ordenó, sus nervios estaban a flor de piel y los de su caballero se hallaban a niveles más allá de lo normal. Volvió a jalarlo por los brazos y él se liberó.

-¡YO LOS CONDENÉ! -bramó, iracundo- ¡LOS MATÉ, LES PUSE UN COLLAR Y LOS GRILLETES, TOMOYO!

-YA BASTA. -lo empujó por el pecho- Detente, deja de hablar.

-¡Hice de sus vidas un tomento! -admitió- ¡Arruiné sus vidas, sellé sus futuros para siempre! Soy peor que los demonios que los doblegan, soy un destructor.

-¡Suficiente!

Lo abofeteó, la palma de su mano picó al instante y el rostro de él quedó ladeado hacia un lado, se quedó en silencio.

-¡Ya basta, deja de culparte! -ordenó, las lágrimas bajaban raudas por sus mejillas- ¿Eras un Siervo, verdad? ¿Qué tan libre eras para poder cambiar las cosas? ¿Cuánto peso tenía tu palabra para poder detenerlos?

-Yo… yo dije todo, Tomoyo. -murmuró- Las ideas fueron mías…

-¿Fue tu idea? ¿Estás seguro? -inquirió, ceñuda- ¿Tu idea era dañarlos? ¿Tu idea incluía tortura, esclavitud y prostitución?

-Sólo quería ayudar… -admitió en voz baja, lastimero. Su cabeza cayó hacia adelante, su cabello cubrió sus ojos y sus manos se hicieron puños a un lado de su cuerpo- Quería… quería un mejor modo de vida para ellos.

-No podemos controlar lo que los demás hacen, Amads. -señaló, compasiva- Tus acciones solo son tuyas y es lo único de lo que te puedes hacer cargo. Y ni siquiera. -hizo una pausa, contemplativa- Eras un Siervo, tu cuerpo era poseído por Kaios y era él quién mandaba sobre ti. ¿Quién nos asegura que no estuvo dentro de tu mente, también? -volvió a tirar de él, estaba vez en un abrazo apretado.

Era…cálido. Todo en ella era cálido. La forma en la que hablaba, tan educada y correcta, incluso cuando se enojaba o se exasperaba no perdía ese trato amable. Incluso una maldición en sus labios tenía una connotación educada, correcta. Su mirada podía ser un beso del sol sobre tu piel en el más crudo invierno, una salvación, o un golpe de calor en verano, la furia del sol, un castigo. Su sonrisa debía ser un tesoro invaluable, nunca nadie le había sonreído así antes. Una sonrisa de ella podría curar el cáncer, en serio, podría curar un alma en pena, perdida. Podría salvarme a mí, admitió. Su toque… no podía explicar la magia de su toque.

¿Es porque soy su caballero?, se preguntó. ¿Acaso ésta es la maldición de aquellos que sirven a una reina? La completa sumisión, ciega adoración y devoción sin duda alguna.

Fanatismo, exageró.

-Estamos aquí para cambiar las cosas, ¿verdad? -inquirió ella, apremiante.

Jamás imaginé las consecuencias de aceptar este contrato, maldijo internamente. La apretó con fuerza, se sujetó a ella sin reparo alguno.

-Ahora puedes ayudarlos, podemos ayudarlos. -corrigió- Ahora eres libre.

¿Libre? ¿Acaso Tomoyo no de daba cuenta? Él no era libre, él era de ella. Lo que ella quisiese que fuera él lo sería, era su caballero.

-Tomoyo…

Liberó un poco su agarre, lo suficiente para observarla a los ojos.

-¿Ves que no es tan difícil? -sonrió, divertida.

-¿Qué cosa? -preguntó sin comprender aquello.

-Mi nombre. -soltó una risa divertida. Él pestañó, perdido- Has dicho mi nombre como unas cinco veces, al fin dejas de llamarme-

-Dulce. -la interrumpió y ella frunció el ceño.

Irremediablemente una sonrisa tiró de sus labios, incluso enojada parecía amable.

-¡Amads! -chilló, irritada- ¡Deja de llamarme por ese apodo!

-Pero, Tomoyo… -la tomó por la barbilla e hizo que lo observara a los ojos- Eres un dulce.

-¡Yo no-

Y él la besó. Casto, inocente, respetuoso -tan respetuoso como pueda ser un beso robado-. Se rió de sí mismo, jamás en su vida había dado un beso tan casto y cauto como el que le dio a ella. Cuando se separó de sus labios, los ojos de ella estaban cerrados, su ceño fruncido se había borrado. No parecía sorprendida, notó, tampoco enojada. Estoy seguro que se dio cuenta en el mismo segundo en el que la idea cruzó por mi cabeza, caviló. Ella podía leerlo en un microsegundo, se rió ante la idea.

-…Amads. -susurró por lo bajo, cauta.

-¿Sí, dulce? -inquirió servicial, bromista.

-…tonto.

El agarre de ella sobre su camiseta se apretó y él pensó que ahora vendría la reprimenda, sus mejillas se volverían de un rojo tan furioso y su frente se llenaría de arrugas, su lengua se afiliaría y una catarata de correcciones sobre su comportamiento vendría sobre él.

Pero no.

Después de todo, pensó en su interior, te sientes sola, ¿no es verdad, dulce?

Ella lo besó y, como había llenado su cuota de buena etiqueta diaria con su beso casto, la recibió gustoso. Con una mano rodeó su cintura y con la otra sujetó su mejilla. Era ávida, pero escueta, no había pasión en su accionar.

Maldito Harry, maldijo mientras mordía su labio inferior y ella gemía, hijo de perra suertudo. Ingresó su lengua en su cavidad y se esmeró en complacerla, en relajarla y despejar su mente de todas las responsabilidades que aún le quedaban.

"Madre y amante", había dicho Kamuy con seriedad, "Somos lo que sean que ellas necesiten. Un saco de boxeo para descargarse, un pedazo de carne para olvidarse del resto del mundo… Solícitos, eso es lo que somos los caballeros, novato"

Ella se detuvo en seco y él tomó aire, su agarre se aflojó sobre él y ladeó la cabeza, su atención de pronto en otro lugar que no sea su rostro. El ambiente estaba cargado, él sonrió con sorna.

-Te lo dije. -mencionó. Sabía que ella estaría nerviosa y tensa, quiso aligerar el ambiente para que se olvidara de aquello- Eres dulce. -se burló y comenzó a caminar hacia la salida. Estaba dándole su espacio, Tomoyo no era una chica que se soltara el pelo de aquella manera, pero entendía que no estaba pasando por sus mejores días.

Diablos, espetó en sus adentros, ni de cerca es su mejor año.

Mientras la puerta se cerraba a sus espaldas un último pensamiento cruzó su mente: Será mejor que te des prisa, vaquero..., sonrió, tal vez decida robarte a la chica. No olvidaba las promesas de Hiraguisawa de encontrar a Tomoyo, donde fuese que se encontrase. Tampoco podía negar los sentimientos de ella hacia él. Pero, para ser sincero consigo mismo, la luz de Tomoyo era un potente imán. Y yo no soy de los que se resisten mucho, Harry.

Notas de autora: Hello, it's me, i am argentina dreamer na-na-na-na-ra Hello from the other sideeee….

Por favor quiero leer sus comentarios acerca de este capítulo. ¡Tuvo de todo, no me lo pueden negar! ¡ALGO tienen para comentar SEGURO! ¡SE-GU-RO! Quiero leer a los heaters, los followers, los lectores ninja everybody.

No sé si alguno recuerda cuando Sakira escapó de Aaron, ¿sí? Cuando fue a lo de Ángel, ¿recuerdan? Hubo una escena en México, acapulco creo, donde él la droga y queda entendido que ella fue er… ¿abusada? ¿Violada? Y eso fue la gota que colmó el vaso y por eso huyó. Bueno, está teniendo como unos flash-back de ese entonces.

Estoy muy inspirada, ¿se nota, se percibe? On fire.

Bueno, el próximo capitulo estará lleno de drama, lo que amo. ¡Sakura al fin se reúne con Ángel, la última persona a la que acude por respuestas! Va a ser un cap con flash-backs, mucha magia y sentimentalismo. ¿Será que nuestra bruja al fin dejará el equipo de los malos? ¿O seguirá reacia a aceptar la realidad?

Todo eso y mucho más en el próximo capítulo de Reencuentros y sorpresas.

PD: Alice, me ha hecho mucha ilusión que comience a agradarte Luciana, leí tu comentario y me emocioné. Casi lloro, así de maricona. Este cap es para ti, con mucho amor.