SEGUNDA PARTE
DENTRO DE LOS CALABOZOS
Capítulo IV - Durante la sentencia
5
El oficinista de la entrada tenía rato de haberse marchado. Dos guardias estaban apostados en el acceso al castillo de los calabozos montando su guardia. La princesa había sido lista al sobornar a ese par tras esperar la partida del oficinista quién por más dinero la hubiese acusado con su padre o el Canciller. La escolta de la princesa permanecía esperándola fielmente en la entrada, contando los minutos del tiempo que Gertha había establecido para regresar por ella. No se atreverían a retirarse sin ella arriesgándola a ser descubierta, por no decir ellas también al haberse vuelto sus cómplices. Al igual que al oficinista en su tiempo de trabajo, no les hacía gracia tener a ese par de pelmazos respirando ruidosamente a su alrededor. Al menos no intentaban hacerles plática.
Gertha tenía otras preocupaciones en mente como para hacer caso de los guardias o el lugar donde estaban. Aunque la princesa le había asegurado que el muchacho era inocente y de fiar, se sentía intranquila por haberla dejado sola dentro de la celda con él. Cierto era, la joven doncella era muy fuerte y sabría defenderse si el joven llegaba a propasarse con ella. Extendió su brazo a la mucama que sostenía una antorcha para iluminar el camino, y la ayudó a cargarla. Las manos de sus compañeras ahora estaban vacías. Los soldados que las acompañaban se entretenían examinando las joyas con que la princesa los sobornó igual que los custodios de Crono. Apostó a que las mucamas les imitarían una vez de regreso.
Más allá del lugar, en el interior de otra torre perteneciente al área de los calabozos, dentro de una celda iluminada por una antorcha colocada en el retenedor de la pared por fuera, cuyos custodios descansaban en la entrada observando sus propias joyas a la luz de las antorchas en los accesos, se encontraba un hambriento reo devorando con prisa la suculenta comida que su acompañante había depositado sobre un mantel en el suelo. Los envoltorios donde todo lo había llevado la escolta de la princesa estaban en una esquina junto con el paquete de la misma sin abrir, un paquete largo y grueso envuelto con una sábana de terciopelo rosado.
—Esto está exquisito —exclamó Crono tras pasarse con dificultad una hogaza de pan con mermelada apenas sin masticarla, su ansia le impedía detenerse a saborear la comida—. Muchas gracias, gracias de verdad Marle.
Preocupada, no por la forma en que su amado amigo comía sin recato, tan parecido a ella normalmente, sino por asuntos más graves relacionados con él, restó importancia a los comentarios mientras cogía una botella y se apresuraba a llenarla sobre un vaso de vidrio; la jarra de metal había quedado olvidada.
—Bebe un poco de vino.
—Preferiría no hacerlo. No es que sea quisquilloso, pero no quiero hacer algo fuera de mis facultades que después irrite a esos simios que tienen por guardias.
—No tienes por qué preocuparte. Este uno de los más ligeros que encontré, difícilmente te pondría ebrio aunque te bebieras toda la botella. Vamos, dale a tu garganta un poco de libertad para que no te atragantes.
Aunque preocupada, a la vez se sentía de cierta manera tranquila de poder ver de nuevo al pelirrojo y estar a su lado de vuelta. Inclinó el vaso a su boca sin necesidad y lo ayudó a beber como a un niño pequeño. Marle encontró ternura en el acto, aunque una parte la escurrió por la comisura de su boca. Con el dorso de la mano, el muchacho se limpió mientras con la otra tomaba un muslo de pollo. Preocupado por el recato a pesar de las circunstancias, se avergonzó por su comportamiento.
—Lo siento. Es que estaba hambriento.
—Me lo imaginaba. Sabía que debías de estártelo pasando muy mal. Uno de los guardias me confesó que fue el Canciller quien ordenó que te restringieran los alimentos. Si encontraste algo dentro, no era comida reciente, sino sobras de días pasados de otros. Me contó, le había dicho: "¿para qué alimentarle si no le queda mucho de vida? Sería un desperdicio de recursos". ¡Cómo odio a ese anciano!
Crono bufó compartiendo el sentimiento.
—No es muy distinto a Yakra cuando fingió ser el anterior Canciller en el pasado. Sé que ese maldito viejo es el responsable principal porque yo terminara en este lugar.
—Quisiera decir que es el único, pero Crono, yo también soy culpable —tembló un poco, y Crono adivinó pronto que la pobre doncella estaba a punto de caer en el llanto—. Nunca debí…
Y el muchacho silenció a su amada poniendo un trozo de las tartas de cerezas en sus manos.
—¿Podrías acompañarme?
La princesa observó el pastel, asombrada por no haber recibido una reprimenda que a diferencia de las de su padre, ahora hubiera aceptado de buena manera con todos los insultos posibles incluidos. Aunque con culpa, disfrutó un poco de la comida con Crono a su lado abrazándola por el hombro.
Minutos después, ambos terminaron la abundante cena tomada a escondidas de la cocina real. Al finalizar ella se recargó contra el pecho de Crono obligándole a sentarse sobre el catre de la habitación.
—Crono. ¿Sabes que te quiero?
—Lo sé, tanto como yo te quiero a ti.
—Entonces no dejes que lo hagan. Escapa por favor.
—¿Cómo?
En ese instante escucharon aproximarse a las doncellas regresando por la princesa acompañadas por los terribles guardias. Ella no le explicó nada. Fue al fondo y tomó el paquete alargado y grueso que había ocultado bajo su túnica pegándolo contra su cuerpo, nerviosa al principio de ser registrada por los guardianes. Sin perder tiempo lo arrojó debajo del catre en el preciso instante que el grupo llegó.
—No dejes que lo vean tan pronto —le susurró antes de darle un fugaz beso en la mejilla.
—Princesa, se acabó la hora de visita —vociferó uno de los guardias aporreando la puerta.
Accionando el mecanismo debajo de la chimenea, la puerta se elevó. Las doncellas aguardaban a la princesa quien salió al instante dejando perplejo al muchacho. Gertha sin ser obvia la observó de arriba abajo, lanzando una mirada dura pero compasiva al prisionero.
—Hemos terminado. Gracias.
Los soldados ni siquiera la miraron o respondieron al gesto, exhibiendo una vez más su falta de modales o respeto a las asustadas doncellas. Crono salió de su aturdimiento, se puso en pie y observó la luz del fuego de la antorcha que portaban hasta que se perdió por los pasillos al alejarse.
Un extraño sonido, similar a un gruñido, pero que de hecho era una risa burlona ronca, se escuchó debajo de los casco de los guardias.
—¿Y qué se siente hacer el amor con la hija del rey? —le preguntó uno mientras su compañero reía con malicia.
—Me ha tocado ver a reos con la pena capital a cuestas complacer algún capricho o deseo antes de perder la cabeza, pero de todos éste se ha llevado el primer lugar.
—Supongo que está bien para él, ¿no lo crees? A fin de cuentas quizá haya sido lo mejor que le haya pasado en la vida... la cual se le acabará en unos días.
Crono saltó furioso de su celda para encararlos gritándoles, golpeando los barrotes con los puños y dando puntapiés.
—¡Se equivocan, la princesa y yo no hemos hecho nada! ¡Dejen de denigrar su nombre grandísimos…! ¡Uh!
La furia no le había permitido ver que había cometido el mismo error de nuevo. Uno de los guardias volvió a aprovechar su defensa baja para callarlo golpeándolo con la parte plana de la hoja de su espada en las costillas, introduciéndola entre los barrotes.
—¡Cállate! Con tu alboroto despertarás a los pocos reos que aún quedan por aquí.
Su compañero observó con aburrimiento la escena, para dirigir la mirada a un respiradero donde se proyectaba un pequeño trazo de la noche.
—¿Crees que por vigilar aquí no lo sabemos? Hasta acá llegan los rumores acerca que ustedes dos eran amantes. ¿No es por eso que terminaste aquí?
Crono gemía en el suelo tratando de superar el dolor.
—Eso… no es… cierto. Pero…
Ignorando su pesar, tocó la mejilla besada unos instantes atrás por Marle. El acto le hizo recuperar sus fuerzas. Se forzó por recordar la suavidad de sus labios sobre su piel, la agradable humedad del gesto. Se embriago de la dulce sensación a pesar de haber sido breve. Desde su llegada al castillo sonrió por primera vez de felicidad. Si su destino era morir se llevaría un bello recuerdo de ella, uno inocente sin malicia bien intencionado. No. No podía morir. Ella le había pedido escapar.
¿Cómo pudo pedirle eso? Claro que la idea le había dado vueltas muchas veces en la cabeza, pero cada plan que se le ocurría era más absurdo o imposible que el anterior. No había modo siquiera de salir de esa celda, ya no decir de quitarse a ese par de ogros enlatados de encima.
Recordó entonces el paquete de fina envoltura, tirado por ella a prisa bajo su catre a la llegada de los guardias. Arrastrándose y sujetándose aún las costillas, se aleja de la luz del pasillo. Los guardias lo ignoran, pensando probablemente que se va a tirar a dormir tras la faena.
La tela se desenvolvió entre sus dedos, tan delgada y ligera como el viento, sin hacer ningún ruido en el proceso que llamara la atención. Aún en la oscuridad apreció el brillo de su contenido. Tomó aliento para ahogar el grito de sorpresa. ¡Era una espada!
Y no cualquier espada, era una espada de acero puro, de la misma clase de las que vendía Melchor en la feria por cincuenta piezas de oro, incluso el nombre del herrero estaba inscrito en pequeñas letras labradas entre la regia empuñadura y la brillante hoja. En silencio le dio las gracias a Marle por la oportunidad que le había dado.
En ese momento estaba aturdido por los golpes recibidos por los guardias, pero se recuperaría en unas horas. Hasta entonces consideraba riesgoso intentar hacer algo, especialmente a poco de que ella acababa de arriesgarse para ir a verlo, podría levantar sospechas contra de ella. Lo mejor sería esperar hasta bien entrada la noche, antes de que llegara el día de su ejecución. Estaba decidido a intentarlo.
Ode 30 muchas gracias por los ánimos, me ayudan mucho para continuar. Te deseo que pases unas buenas vacaciones y que te diviertas mucho.
ROLL-CHAN Descuida que el próximo cápítulo tratará en su totalidad de ello, espero te guste. Gracias.
