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(¸.•´ (¸.•' ¤ ❀ ❁CAPITULO 50

Terry...

Primero oigo ruidos. Murmullos de voces femeninas mezclados con un pitido rítmico. Escucho un zumbido eléctrico de fondo. A todo esto se le suma un dolor punzante en la parte delantera de mi cráneo y un fuerte olor a antiséptico.

Un hospital. Estoy en algún hospital.

Me duele todo; parece que el dolor está por todas partes. Mi primer instinto es abrir los ojos y buscar respuestas, pero me quedo tumbado, muy quieto, intentando recordar.

Candy. La misión. El vuelo a Tayikistán. Lo revivo todo, recuerdo las sensaciones de forma exacta. Recuerdo hablar con Lucas en la cabina, cómo el avión se desarmaba a nuestros pies, el chirrido intermitente de los motores y la sensación en el estómago de saber que estás cayendo desde el cielo. También recuerdo estar paralizado por el miedo en esos últimos momentos cuando Lucas intentaba estabilizar el avión sobre las copas de los árboles para ganar unos preciados segundos y después sentir la sacudida de los huesos tras el impacto.

No recuerdo nada más, solo oscuridad.

Debió de ser la oscuridad de la muerte, pero estoy vivo, porque siento el dolor de mi cuerpo magullado.

Todavía tumbado, evalúo mi situación. Las voces de alrededor hablan en un idioma extranjero. Parece una mezcla de ruso y turco. Teniendo en cuenta por dónde estábamos volando cuando tuvimos el accidente, probablemente sea uzbeko.

Hablan dos mujeres, su tono es distendido, parece hasta que estuvieran cotilleando. Por lógica, supongo que serán enfermeras del hospital. Puedo oír cómo se pasean mientras charlan entre ellas. Con cuidado, abro un ojo para mirar a mi alrededor.

Estoy en una habitación con luz tenue, las paredes están pintadas en un verde claro y hay una pequeña ventana en la pared del fondo. Las luces fluorescentes del techo emiten un leve zumbido. Es el sonido eléctrico que había escuchado antes. Estoy conectado a un monitor y llevo una vía en la muñeca. Veo a las enfermeras al otro lado de la habitación, están cambiando las sábanas de una cama vacía. Una fina cortina separa mi cama de esa, pero está corrida, lo que me permite poder ver la habitación entera.

En la habitación solo estamos las dos enfermeras y yo. Ni rastro de mis hombres. Se me acelera el pulso cuando me percato de ello, pero hago lo posible por tranquilizarme antes de que se den cuenta. Quiero que sigan pensando que estoy inconsciente. No parecen una amenaza, pero hasta que no sepa qué pasó con el avión y cómo terminé aquí, no quiero arriesgarme.

Flexiono con cuidado los dedos y los pies, cierro los ojos e intento identificar mis posibles lesiones. Me siento débil, como si hubiera perdido sangre. La cabeza me retumba y un vendaje pesado me rodea la frente. Me han inmovilizado con escayola el brazo izquierdo, donde siento un dolor inhumano. Sin embargo, el derecho parece estar bien. Me duele al respirar, así que supongo que tendré algunas costillas rotas. Aparte de eso, siento las demás extremidades y el dolor del resto del cuerpo parece más a causa de arañazos o moratones que por huesos rotos.

Unos minutos después, una de las enfermeras se marcha y la otra se acerca a mi cama. Me quedo quieto y en silencio, fingiendo que estoy inconsciente. Me recoloca la sábana que me tapa y después le echa un vistazo al vendaje de la cabeza. La oigo tararear en voz baja mientras abandona la habitación. En ese instante, oigo entrar unas pisadas más fuertes.

Una profunda y autoritaria voz de hombre hace una pregunta en uzbeko.

Abro un poco los ojos para echar un vistazo a la puerta. El nuevo individuo es un hombre delgado de mediana edad que lleva un uniforme de oficial militar. A juzgar por la insignia que lleva en el pecho, debe de ser un alto rango.

La enfermera le contesta con un tono de voz más bajo, insegura. Entonces, el hombre se acerca a mi cama. Me pongo alerta y, aunque mis músculos estén débiles, me preparo para defenderme en caso de que sea necesario. Aun así, el hombre no sostiene ningún arma ni hace ningún movimiento amenazante. En lugar de eso, me examina con una expresión peculiar.

Siguiendo mi instinto, abro los ojos por completo y lo miro. Tengo el cuerpo todavía preparado para un posible ataque.

—¿Quién eres? —le pregunto sin rodeos, pensado que un acercamiento directo es lo mejor en este caso—. ¿Dónde está este sitio?

Me mira sorprendido, pero recupera la compostura enseguida.

—Soy el coronel Sharipov. Está en Tashkent, Uzbekistán—responde dando un paso atrás—. Cuando su avión se estrelló, lo trajeron aquí. —Tiene un acento muy marcado, pero su inglés es sorprendentemente bueno—. La embajada rusa ya está al tanto de que está aquí. Los suyos han mandado un avión para recogerlo.

Entonces sabe quién soy.

—¿Dónde están mis hombres? ¿Qué le pasó a mi avión?

—Aún estamos investigando los motivos del accidente —dice Sharipov, mirando ligeramente hacia un lado—. Por ahora no está claro.

—Y una mierda —digo con apenas un hilo de voz. Sé cuando alguien está mintiendo, y este hijo de puta me está diciendo lo que yo quiero oír—. Seguro que sabe qué ha pasado.

Dice titubeando:

—No estoy autorizado para hablar de la investigación.

—¿Fueron sus soldados los que dispararon el misil contra nosotros? —Uso el brazo bueno para incorporarme. Me duelen las costillas al moverme, pero no hago caso al dolor. Puede que me sienta tan débil como un crío, pero no puedo dejar que el enemigo se percate de ello—. Debería decírmelo ya, porque me voy a enterar de una forma u otra.

Su cara se vuelve seria ante mi amenaza implícita.

—No, no hemos sido nosotros. Parece que se usó uno de nuestros lanzamisiles, pero nadie emitió la orden de derribar su avión. Rusia nos informó de que iban a volar por nuestro espacio aéreo y nos ordenaron que los dejáramos pasar.

—Pero sí tiene una idea de quién pudo ser responsable—observo fríamente. Ahora que estoy sentado, no me siento tan vulnerable, pero me sentiría mejor si tuviera un arma o un puñal—. Sabe quién usó el lanzamisiles.

Sharipov titubea de nuevo y al momento reconoce a regañadientes:

—Puede que el gobierno ucraniano haya sobornado a uno de nuestros oficiales. Estamos barajando esa posibilidad.

—Entiendo. —Por fin todo encaja. De alguna forma, a Ucrania le llegó información sobre mi colaboración con los rusos y decidieron eliminarme antes de convertirme en una amenaza. Esos cabrones... Por eso siempre he intentado no ponerme de lado de nadie en estos conflictos insignificantes. Me sale caro en todos los sentidos.

—Hemos colocado a algunos soldados en esta planta —dice Sharipov, cambiando de tema—. Aquí estará seguro hasta que el enviado ruso venga para llevarlo a Moscú.

—¿Dónde están mis hombres? —repito la pregunta que le había hecho. Entorno los ojos al ver a Sharipov apartar la vista—. ¿Están aquí?

—Cuatro de ellos —afirma de forma evasiva, mirándome de nuevo—. Lamento decirle que los demás no lo lograron.

Mantengo mi expresión impasible, aunque siento como si una espada afilada me rebanara por dentro. A estas alturas, debería estar acostumbrado a que la gente muriera a mi alrededor, pero todavía me pesa.

—¿Quién ha sobrevivido? —pregunto manteniendo el volumen de voz—. ¿Sabe sus nombres?

Asiente y enumera una lista de nombres. Para mi consuelo, Lucas Kent forma parte de ellos.

—Recuperó el conocimiento poco después —explica Sharipov— y ayudó a identificar al resto. Él y usted son los únicos que no han sufrido quemaduras por la explosión.

—Ya veo. —Estaba aliviado, pero ahora siento cada vez más rabia. Casi cincuenta de mis mejores hombres están muertos. Hombres con los que me he entrenado. Hombres a los que conocía. Mientras proceso la información, llego a la conclusión de que solo hay una forma de que el gobierno ucraniano se haya enterado de mis negociaciones con los rusos: la guapa intérprete rusa. Era la única que no era de los nuestros y que estuvo al tanto de esa conversación.

—Necesito un teléfono —digo a Sharipov, descolgando los pies y levantándome de la cama. Me tiemblan un poco las rodillas, pero mis piernas son capaces de soportar el peso. Eso es bueno. Significa que soy capaz de andar por mí solo—. Lo necesito ya —añado. Me mira atónito mientras me quito la aguja de la vía del brazo con los dientes y me despego los sensores del monitor del pecho. Es evidente que estoy ridículo con la bata del hospital y descalzo, pero no me importa una mierda. Tengo que ajustar cuentas con un traidor.

—Claro —dice, recuperándose del shock. Mete la mano en el bolsillo, saca un teléfono móvil y me lo da—. Peter Sokolov quería hablar con usted en cuanto se despertara.

—Bien, gracias. —Cojo el móvil con la parte de la mano izquierda que sobresale de la escayola y con la derecha, pulso los números. Es una línea segura establecida con varios relés, solo el mejor pirata podría rastrear la llamada.

Cuando oigo el sonido familiar de las teclas y los pitidos al hacer la conexión, paso el móvil a la mano derecha y le digo a Sharipov:

—Pídale a las enfermeras algo de ropa más normal, por favor. Estoy harto de llevar esto.

El coronel asiente y se dispone a salir de la habitación. Justo un segundo antes de que se vaya, Peter responde el teléfono:

—¿Graham?

—Sí, soy yo. —Sujeto el teléfono con más fuerza—. Supongo que estarás al tanto de las novedades.

—Sí, lo estoy. —Hace una pausa—. He hecho que detuvieran a Yulia Tzakova en Moscú. Parece que tenía algunos contactos que nuestros contactos del Kremlin pasaron por alto.

Así que Peter ya está al tanto de esto.

—Eso parece —hablo con voz tranquila, aunque ahora mismo me hierve la sangre—. No es necesario decir que abandonamos la misión. ¿Dónde nos recogen?

—El avión está de camino. Debería llegar dentro de unas horas. He enviado a Goldberg por si necesitáis un médico.

—Bien pensado. Esperaremos. ¿Cómo está Candy?

Se hace un breve silencio.

—Está mejor ahora que sabe que estás vivo. Quería volar para allá en cuanto se enteró.

—Pero no la dejaste. —Es una afirmación, no una pregunta.

Peter es muy listo como para cagarla así.

—Por supuesto que no. ¿Te gustaría verla? Puede que sea posible hacer una videollamada con el hospital.

—Sí, hazlo, por favor. —Lo que realmente me gustaría es verla y abrazarla en persona, pero el vídeo será suficiente por ahora—. Mientras, voy a ver cómo están Lucas y los demás.

Con la escayola gigantesca del brazo, es casi imposible ponerme la ropa que me ha traído la enfermera. Los pantalones suben sin problema, pero he tenido que romper la manga para poder pasar la escayola por ella. El dolor de las costillas me está matando. Mi cuerpo no necesita más que quedarse tumbado en la cama y descansar, por lo que cada movimiento requiere un tremendo esfuerzo. Pero insisto, y tras unos intentos, consigo vestirme.

Por suerte, andar me resulta fácil. Consigo mantener un paso normal. Al salir de la habitación, veo a los soldados de los que me había hablado Sharipov. Son cinco, todos visten ropa militar y llevan Uzis. Conforme salgo al pasillo, comienzan a seguirme en silencio hasta la sala de cuidados intensivos. Sus caras inexpresivas me hacen dudar si realmente están ahí para protegerme o para proteger a otros de mí. No creo que al gobierno de Uzbekistán le haga mucha gracia tener a un traficante de armas en uno de sus hospitales civiles.

Lucas no está ahí, así que primero voy a ver a los demás. Tal y como me dijo Sharipov, todos están quemados de gravedad, con vendajes que les cubren casi todo el cuerpo. También están muy sedados. Tengo que acordarme de transferirle a cada una de sus cuentas bancarias una buena bonificación para compensar esto y para que puedan acudir al mejor cirujano plástico. Mis hombres sabían los riesgos que corrían al venir a trabajar conmigo, pero quiero asegurarme de que estén en buenas manos.

—¿Dónde está el cuarto hombre? —pregunto a uno de los soldados que me acompaña. Me dirige a otra habitación.

Cuando llego, Lucas está durmiendo. Es un alivio, no parece estar tan mal como el resto. Podrá volver conmigo a Colombia cuando llegue el avión. El resto tendrá que quedarse aquí unos días más.

Al volver a mi habitación, Sharipov está ahí, colocando un ordenador sobre la cama.

—Me han dicho que se lo dé —me explica dándome el ordenador.

—Muy bien, muchas gracias.

Cojo el ordenador con el brazo derecho y me siento en la cama. O más bien, me desplomo en la cama. Las piernas me tiemblan del esfuerzo de haber estado paseándome por el hospital. Por suerte, Sharipov estaba ya saliendo de la habitación y no ha visto mi torpe maniobra.

En cuanto ya no hay rastro de él, entro en Internet para descargar un programa diseñado para ocultar mis movimientos en línea. Seguidamente, voy a una web y escribo un código que abre una ventana de chat, y de nuevo, escribo otro código y me conecto a un ordenador de casa.

Lo primero que aparece es la cara de Peter.

—Ahí estás. ¡Por fin! —dice. Veo el salón de mi casa al fondo—. Candy baja ya.

Al momento, aparece la carita pecosa de Candy en la pantalla.

—¡Gracias a Dios, Terry! ¡Pensaba que nunca más te volvería a volver a ver! —En la voz se le nota que le cuesta contener las lágrimas, pero en las mejillas hay surcos de lágrimas. Sin embargo, sonríe. Irradia alegría.

Le sonrío. Un estallido de felicidad me hace olvidar el enfado y el malestar de mi cuerpo.

—Hola, cariño. ¿Cómo estás?

Me sonríe.

—¿Qué cómo estoy? ¿Qué pregunta es esa? ¡Eres tú el que acaba de tener un accidente de avión! ¿Cómo estás tú? ¿Es una escayola eso del brazo?

—Eso parece. —Encojo un poco los hombros y levanto el brazo derecho—. Pero es el brazo izquierdo y yo soy diestro, no es para tanto.

—¿Y tu cabeza?

—Ah, ¿esto? —Me toco la venda voluminosa de la frente—.No estoy seguro, pero puedo andar y hablar, no creo que sea nada grave.

Inclina la cabeza, mirándome con cara de desconfianza y se me ensancha la sonrisa. Candy probablemente cree que me estoy haciendo el machote delante de ella. Mi pecosa no es consciente de que estas lesiones de verdad no son mucho para mí. Cuando mi padre me pegaba, me hacía heridas peores.

—¿Cuándo vas a volver a casa? —pregunta, acercando la cara a la cámara. Sus ojos parecen enormes desde esa perspectiva, tiene las largas pestañas pegadas por haber llorado—. Vas a volver a casa ya, ¿no?

—Por supuesto. No puedo ir tras Al-Quadar así —señalo la escayola con la mano derecha—. El avión está ya de camino para recogernos a Lucas y a mí, así que te veré pronto.

—Estoy deseándolo —dice dulcemente. Siento un nudo en la garganta al ver la emoción en su cara. Me corre por dentro un sentimiento de ternura que intensifica hasta dolerme las ganas que tengo de verla.

—Candy —empiezo a hablar y me interrumpe un agudo sonido que viene de fuera. A ese lo siguen otros y varios ruidos en ráfaga.

Disparos. Están usando armas con silenciadores, pero nada puede silenciar el sonido ensordecedor de una ametralladora al dispararse.

Al segundo, se oyen gritos y disparos desde otro lado, estos sin silenciar. Los soldados que estaban en la planta deben de estar respondiendo a la amenaza de fuera.

En un milisegundo, salgo de la cama. El ordenador se ha caído al suelo. Siento un estallido de adrenalina que acelera todo y, al mismo tiempo, hace más lenta mi percepción del tiempo. Parece que las cosas están pasando a cámara lenta, pero sé que es solo un espejismo, es mi cerebro que intenta hacer frente a esta situación de grave peligro.

Actúo por instinto, algo que he perfeccionado durante toda mi vida de entrenamiento. En el acto, evalúo la habitación y me doy cuenta de que no hay ningún sitio donde esconderme. Aunque quisiera arriesgarme a caerme por un tercer piso, la ventana de la pared de enfrente es demasiado pequeña como para que pueda pasar por ella. Solo queda la puerta y el pasillo, que es de donde vienen los disparos.

No me molesto en pensar quiénes son los atacantes. No es relevante ahora. Lo único importante ahora es sobrevivir.

Más disparos, esta vez seguidos de un grito que proviene de fuera. Escucho cerca el estruendo de un cuerpo al caerse el suelo y escojo ese momento para moverme.

Abro la puerta, me arrastro en la dirección del sonido del golpe y repto por el suelo de linóleo. Me golpeo la escayola con la pared al toparme con el soldado muerto, pero apenas siento el dolor. De hecho, lo coloco sobre mí, usándolo de escudo humano, ya que las balas vuelan a mi alrededor. Localizo su arma en el suelo, la sujeto con la mano derecha y dirijo los disparos hacia el otro lado del pasillo, donde veo a hombres enmascarados agachados detrás de una camilla del hospital.

Son demasiados. No me hace falta ver más. Son muchos cabrones más y no tengo balas suficientes. Veo los cuerpos amontonados en el pasillo. Los cinco soldados uzbekos han recibido varios balazos, al igual que algunos de los atacantes enmascarados. Sé que es en vano. Voy a ser uno de ellos. De hecho, me sorprende que no me hayan cosido a tiros ya, tenga o no un escudo.

No quieren matarme.

Me doy cuenta de eso justo al disparar la última bala que me quedaba. El suelo y las paredes están destrozadas por las balas, pero yo estoy ileso. Ya que no creo en milagros, eso solo puede suponer que no soy el objetivo de los atacantes.

Están disparando a todo lo que me rodea para poder mantenerme en un punto concreto.

Retiro el cadáver de mí y me levanto despacio, manteniendo la mirada alerta vigilando a los hombres armados del fondo del pasillo. Al moverme, los disparos cesan. El silencio es ensordecedor después de tanto ruido.

—¿Qué queréis? —Levanto lo suficiente la voz como para que me oigan al otro lado—. ¿Por qué estáis aquí?

Un hombre se levanta de detrás de la camilla. Me apunta con el arma mientras camina en mi dirección. Está enmascarado como el resto, pero algo en él me resulta familiar. Se para a unos pasos de mí. Reconozco ese brillo oscuro en sus ojos a través de la máscara.

Majid.

Al-Quadar ha debido investigar y ha descubierto que estaba aquí.

Me muevo sin pensar. Sigo teniendo el arma, que ahora está vacía y me lanzo a por él, balanceando la pistola como si fuera un bate, apunto alto tratando de engañarlo y luego la bajo. Incluso herido, tengo reflejos. Golpeo a Majid con la culata de la pistola y este me empuja contra la pared. El hombro derecho me explota de dolor. Me truenan los oídos del estallido mientras me deslizo por la pared hasta el suelo y, entonces, me doy cuenta de que me han disparado, de que ha abierto fuego antes de que yo le pudiera hacer daño.

Puedo escuchar gritos en árabe y, al instante, unas manos rudas me levantan, arrastrándome por el suelo. Intento resistirme con toda la fuerza que me queda en el cuerpo, pero noto cómo se está apagando, cómo mi corazón se esfuerza en bombear los pocos suministros de sangre que me quedan. Algo me presiona el hombro, exacerbando mi intenso dolor y entonces se me nubla la vista.

Mi último pensamiento antes de caer inconsciente es que la muerte probablemente es preferible a lo que me espera si sobrevivo.

CONTINUARA