La luz de Edoras

Capítulo 52: Mientras exista Arda


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A mediados de noviembre el frío otoñal entraba en la caverna en forma de molestas corrientes de aire que atravesaban los amplios corredores y se colaban en todas las habitaciones a través de las rendijas de las puertas.

Podía sentirse como un vaticinio de lo realmente crudo que iba a ser el invierno.

La joven rohirrim estaba habituada al clima gélido y el viento cortante de la llanura de Rohan en esa época del año. Pero también al acogedor calor del fuego que crepitaba en cada estancia de Meduseld en cuanto el otoño iniciaba. Y para su decepción, en las Estancias del Rey Elfo no existían las chimeneas.

Aquel curioso detalle había pasado desapercibido para Érewyn hasta que, claro está, el frío la dejó aterida una mañana, en la enorme Biblioteca Real. Su mano derecha volvió a verse afectada por el dolor debido a las bajas temperaturas y le era imposible escribir con buena caligrafía ya que, pese a estar recuperada del todo gracias a las atenciones del maestro sanador de Thranduil, aún sufría secuelas.

Pasaba los días envuelta en su gruesa capa marrón, mientras los elfos con los que se cruzaba por las galerías de la caverna lucían las mismas ropas frescas y ligeras que en pleno mes de septiembre.

Y el día del festejo de otoño llegó.

Decían que era el día en que podían verse caer más cantidad de hojas de los árboles. Y Érewyn estaba expectante por contemplar un espectáculo así. Recordaba las conversaciones que había tenido con Legolas, en las que él le había descrito la caída de las hojas, y que tal día como aquel podía oírse incluso el sonido que hacían al desprenderse de las ramas.

Mientras terminaba su desayuno en la elegante mesa redonda donde solía tomar sus refrigerios, le recordó confesando que su afán en tales festejos siempre era escapar para disfrutar a solas del espectáculo. Legolas sentía el bosque de una manera distinta a como lo hacía la mayoría de los elfos de Eryn Lasgalen.

Él, en esencia, era distinto a cualquier otro.

Se sorprendía a sí misma pensando en él contínuamente, y aunque no eran pocas las cartas que le había escrito desde que él regresó a su puesto en la Frontera Sur, en ellas se veía obligada a mantener las distancias y a hablarle en un tono cordial pero sin dar muestras de sus verdaderos sentimientos. Según Eglaron y el mismo Thranduil, esas cartas podían ser interceptadas, de modo que Érewyn se veía forzada a aparentar que ella y Legolas estaban tan sólo unidos por una inocente amistad. Y eso la frustraba.

Pero a pesar de la discreción que mantenían, fue inevitable que las gentes de Eryn Lasgalen descubrieran que ella era una destacada Dama de Rohan. Y el inconfundible emblema del meara dentro del círculo de estrellas que los guardias de Érewyn lucían en los petos de las armaduras se encargó de confirmarlo.

Que su identidad fuera revelada no ayudó en absoluto a aumentar la confianza que los elfos del Bosque le profesaban. De modo que la vida social de Érewyn continuaba sucediéndose junto a Rissien, Remdess, Gamelin, Aeneth y Thanion.

Terminado el desayuno, la muchacha se puso a buscar su inseparable daga, la que siempre llevaba encima y que Éomer rescató del barro en el viaje hacia Cuernavilla. La perdió de vista el día anterior. Se despojó de ella junto con el resto de su ropa para darse un baño y le había parecido extraño no hallarla en el lugar en el que acostumbraba a dejarla. Pese a que no era especialmente cuidadosa con sus prendas de vestir, sí lo era con los objetos que le eran preciados. Y uno de los que más cuidaba era su daga.

El cansancio la había vencido, finalmente, y Érewyn decidió continuar la búsqueda la mañana siguiente, pero en aquel momento, tras poner patas arriba prácticamente toda la alcoba, la princesa comenzaba a preocuparse. ¿Dónde debía estar?

—Mmpf... —gruñó. Y se cruzó de brazos, pensativa.

Remdess era la única que podría ayudarla a revelar el misterio, normalmente sabía siempre dónde estaban sus cosas, y lo más probable es que la daga se encontrara entre la ropa que Érewyn desechó el día anterior. Pero aquella mañana no iba a verla. Su dama de compañía iba a pasar el día con su familia, haciendo los preparativos para el festejo, aunque no le había explicado en qué consistían esos preparativos.

Y allí estaba Érewyn, en medio de su gigantesca estancia, sin ser capaz de hallar su daga y esperando en cualquier momento la visita de...

—¿Érewyn? —escuchó una voz femenina llamándola desde el exterior del cuarto. La sucedieron una serie de suaves toques en la superficie de recia madera de la puerta y la princesa suspiró sonoramente. Debería dejar sus pesquisas para más tarde.

Abrió la puerta y del otro lado encontró a Aeneth, sonriéndole cálidamente y vistiendo un hermoso vestido gris, ceñido a su cintura con un cinturón dorado. Su cabello rubio caía en una perfecta cascada por encima de los hombros.

—¡Buenos días! —saludó Érewyn, con energía—. Eres muy puntual Aeneth.

—Gracias —respondió la elfa—. ¿Estás lista para nuestro paseo?

—¡Por supuesto! —mintió.

Sabía que se sentiría desnuda si no notaba la presión de la pequeña liga con la que sujetaba la daga a su muslo, bajo la falda. Pero no tenía más opción. No podía hacer esperar a Aeneth para continuar buscando su querida arma.

De modo que se echó la capa sobre los hombros, cerró la puerta tras de sí y se dispuso a iniciar el paseo con la elfa. De todas formas era imposible que necesitara usar su arma dentro de las Estancias, simplemente la llevaba por costumbre y porque se sentía unida a sus hermanos al hacerlo.

—¡Estás hermosa! —la elogió Aeneth.

—Gracias —musitó Érewyn, azorada.

Pese a que su atavío quedaba oculto bajo su sencilla y tosca capa rohir, la muchacha se había esmerado en vestirse adecuadamente aquel día. Quería estar a la altura de la bella Aeneth aunque sabía que ésta resplandecía como el sol y que la opacaba sin remedio.

—¿Ya sabes qué vestido vas a ponerte para el festejo? —preguntó la elfa, mientras avanzaban por los corredores de piedra hacia el bello patio ajardinado de la caverna.

Érewyn se enroscó aún más su capa al notar una fría brisa azotando su cabello y sintió un escalofrío.

—La verdad es que no lo he pensado... —murmuró. Si debía aguantar sin cubrirse con su querida y ajada capa iba a ser un calvario de fiesta.

Y su rostro debió ser como un libro abierto porque Aeneth rió divertida tras contemplarla después de su respuesta.

—Acompáñame, hay algo que quiero darte.

Salieron al fresco de los jardines, donde el canto de los pájaros era incesante y el verdor habitual ya había sido sustituido por tonos ocres y amarillos, y caminaron siguiendo el sendero de adoquines oscuros hasta alcanzar un bello y pequeño rincón bajo un gran olmo, junto al que habían preparado una mesa redonda y un par de sillas.

Al llegar allí Aeneth tendió a Érewyn un paquete cuidadosamente envuelto con tela de hilo blanco que reposaba sobre la superficie de la mesa.

—Comencé a tejerla hace un par de semanas y justo anoche rematé las últimas puntadas —explicó Aeneth. Érewyn sostenía el ligero paquete entre sus manos sin comprender a la elfa—. ¿A qué esperas? ¡Ábrelo! —insistió.

La rohir obedeció y, tras deshacer el cordón que mantenía plegado el envoltorio, descubrió una capa de un tejido parecido a la seda pero mucho más cálido. Era de color verde pálido, con los bordes festoneados en plata y toda ella lucía un bello brocado que imitaba la silueta de las hojas de la grosella.

—¡Aeneth! —exclamó Érewyn, atónita—. Es... ¡Es increíble!

—¡Me alegro de que te guste! —replicó la elfa.

—¡Me encanta! —añadió Érewyn, con una enorme sonrisa—. ¡Jamás tuve una igual!

Rápidamente se desprendió de su capa descolorida y se puso la bella prenda, que hizo una floritura en el aire cuando la volteó para colocarla sobre sus hombros. Era sorprendentemente cálida, más incluso que su vieja capa. Contaba también con una amplia capucha que escondía sus facciones perfectamente, si lo requería.

—Ahora sí puedo asistir un poco más tranquila a los festejos: no me resfriaré —dijo la rohir.

Tras reír con ganas al oír la preocupación principal de Érewyn, ambas tomaron asiento junto a la pequeña mesa.

Érewyn doblaba con cuidado su vieja capa bajo la mirada pensativa de Aeneth.

—Hablando de los festejos, se iniciarán en la zona central de los jardines, la que tiene la loma despejada y cubierta de hierba. Allá es donde se situará la tarima con el asiento para el Rey, por supuesto.

Érewyn miró en la dirección que señalaba el dedo de Aeneth y compuso una expresión perpleja.

—Pero, la fiesta comenzará en apenas unas horas y no veo ajetreo alguno con las preparaciones.

—Eso es porque no hay demasiado que preparar, en realidad. En las celebraciones de cambio de estación se sirven dulces, se baila, se cantan canciones y se recitan poemas. También se cuentan historias. La celebración en sí es la reunión del pueblo élfico, el agradecimiento conjunto a Kementári por la belleza que nos rodea —explicó la elfa. Érewyn escuchaba con atención—. Es una oportunidad perfecta para recordar la historia de los Sindar, las grandes gestas de los guerreros de nuestro pueblo. Y la de otoño es precisamente la más especial: la caída de las hojas nos recuerda que nuestro destino está unido a Arda por siempre.

La explicación se vio brevemente interrumpida por una elfa que dejó sobre la mesa un juego de humeante té y dirigió a Aeneth una amplia sonrisa antes de retirarse, sin mirar a Érewyn. La rohir ya se había acostumbrado a la indiferencia de los demás y se dispuso a servir el té como si nada hubiera ocurrido.

—Es hermoso —dijo Érewyn—. En las fiestas tradicionales en Edoras también participa todo el mundo —recordó—. Se hacen bailes, se toca música y se comparte la cena en las calles, con los vecinos. Las fiestas suelen durar hasta que sale el sol o hasta que el cuerpo aguante, pero el mío nunca ha aguantado tanto —bufó, esbozando una sonrisa tímida.

—No son tan diferentes —opinó Aeneth.

—No, sólo que aquí no hacéis preparaciones. Allá las fiestas se organizan incluso con días de antelación —replicó Érewyn, y dio un pequeño sorbo al ardiente té, manteniendo la taza en las manos para calentarlas.

—La verdad es que no, pero en realidad está siempre todo listo para las fiestas. El jardín se mantiene perfecto y respecto a los manjares que se preparan y se sirven durante el festejo, son preparados y dispuestos por cada familia de la corte. Eglaron y yo solemos llevar empanadas de membrillo, por ejemplo. Las hago yo misma... Son las preferidas de él y de Thanion.

Érewyn depositó su taza sobre el platillo y desvió la vista, inquieta.

—Qué ocurre?

—Pues... En Rohan hacemos unos dulces típicos que son deliciosos. Pero yo no sé prepararlos... La verdad es que no sé cocinar —confesó, con un ligero sonrojo. Se sentía diminuta al lado de Aeneth. Además de bella era hábil cosiendo y cocinando—. Me sabe mal no llevar algo típico de allí, me gustaría mucho poder participar de forma más activa en la fiesta... Quizá así lograría acercarme a la gente...

La taza de Aeneth repiqueteó contra el plato al posarla encima, con cuidado.

—No te preocupes por eso —la tranquilizó la elfa—. Eres la invitada de Thranduil. Además, al ser su protegida eres considerada como un miembro más de su familia. De modo que aportarás lo que aporte el Rey.

Los ojos de Érewyn se abrieron de curiosidad y se inclinó levemente hacia Aeneth.

—¿Qué cosa?

La elfa sonrió y se encogió de hombros.

—Vino de Dorwinion, por supuesto.

La brisa que se levantó agitó a medias la falda del sencillo vestido de Érewyn y la rohir miró detenidamente el rostro de Aeneth.

—No va a venir, ¿verdad? Eglaron...

La sonrisa se borró poco a poco de los labios de Aeneth, y se entreabrieron para responder pero las palabras adecuadas tardaron unos segundos en llegar.

—No, Érewyn. Es difícil ser Capitán del ejército de Thranduil. Requiere de una mente muy fría y también de ser capaz de asumir un nivel de responsabilidad enorme. Eglaron seguirá en la Frontera Este mientras la amenaza prevalezca sobre Eryn Lasgalen. Igual que Legolas se quedará en la Frontera Sur.

—...

—Sé lo que vas a decirme ahora —confesó la elfa, suspirando. Érewyn depositó su taza vacía en la mesa y abrazó sus propios brazos, sin mirarla—. Que al menos Eglaron regresa a casa cada dos semanas y pasa un día conmigo y con Thanion —la rohir no contestó, pero asintió tímidamente. Era exactamente eso lo que tenía en mente—. Pero apostaría lo que fuera, Érewyn, que Legolas te tiene en sus pensamientos continuamente. Y todo lo que hace, el esfuerzo y el sacrificio, son por ti, querida. Bien podría haberse negado a cumplir con su deber, agarrar tu mano y huir contigo al sur, a Ithilien, lo más lejos posible de la influencia del Rey. Pero no lo hizo. Está decidido a hacer las cosas bien. Y lo hará, no me cabe la menor duda.

La última frase de Aeneth era realmente alentadora y en los labios de Érewyn se dibujó una pequeña sonrisa de esperanza. Con ojos rebosando agradecimiento, miró a la elfa mientras ésta tomaba tranquilamente su té, y relajó su postura.

—Tienes razón. Esa misma frase me la ha dicho muchas veces —suspiró.

De nuevo, necesitaba creer en él, en su valentía, en su arrojo, en su fuerza. Legolas podía con todo, podía acabar con aquella amenaza, regresar como un héroe y proclamar su amor por ella ante todo su pueblo. Y no importaba quién tratara de interponerse, ellos ganarían la aprobación de Thranduil.

—Lo que me hace pensar algo que llevo tiempo queriéndote preguntar —dijo Aeneth—. Dime, ¿Legolas te entregó ya tu anillo de plata?

—¿Mi anillo? —repitió Érewyn, confusa—. No. ¿Por qué debería darme uno?

—Oh, es una costumbre de nuestro pueblo. Una vez las familias de los prometidos ya se han conocido se intercambian anillos de plata para formalizar el compromiso, y esos anillos se devuelven el día de la boda y se sustituyen por unos de oro —explicó Aeneth—. Como vosotros expresásteis vuestra voluntad de casaros frente a Éomer y Thranduil me extrañó no verte llevar el anillo de plata... Aunque no tiene que ser especialmente un anillo. Eso es tradicional, pero la misma función la puede hacer cualquier otro tipo de presente que lleve algo de plata: un brazalete, por ejemplo, o un colgante... La plata otoñal anuncia una boda para la siguiente primavera y...

—No —la interrumpió Érewyn, con las mejillas encendidas—. Legolas no me ha dado nada semejante.

—Mmmh... No te preocupes —dijo la elfa, tras pensar unos momentos—. Tal como están las cosas, seguro que Legolas pensó que si te regalaba el anillo de plata sería como si llevaras escrito en la frente que eres su prometida. Y teme por tu seguridad, después de la amenaza que el general de las hordas de orcos lanzó sobre ti.

—Yo no sabía que eso era tradición... —musitó ella. De haberlo sabido ella le habría dado un presente que simbolizara su compromiso—. Pero la verdad es que desconozco la mayoría de vuestras costumbres —confesó finalmente, cabizbaja.

Aeneth entornó los ojos y puso su taza sobre la mesa.

—¿No conoces nada acerca de las bodas o la vida marital, tampoco? —preguntó, inquieta.

Erewyn comenzó a notar calor en sus mejillas, pero trató de disimularlo con un carraspeo.

—Sé que sólo os casáis una vez en la vida, y que es para siempre... —murmuró.

—¿Y nada más?

La rohir apartó la vista y agitó la cabeza de lado a lado, avergonzada.

Pero la risa de Aeneth atrajo de nuevo su atención.

—¡Érewyn, eres tan pura e inocente! No puedo permitir que sigas así... —dijo, frunciendo el ceño—. Permíteme ilustrarte

—No te entiendo... —dijo la rohir.

—Debes saber cuáles son nuestras costumbres también en los asuntos maritales.

Los ojos de Érewyn se desorbitaron al escuchar la intención de la elfa y ésta rió divertida al contemplar cómo el tono de rojo se intensificaba en su rostro.

—¡No pongas esa cara! Debes estar preparada para cuando llegue el momento —dijo, y le dio un énfasis tan especial a las dos últimas palabras que provocó el nerviosismo de Érewyn—. Verás, aunque el día de la boda celebramos una fiesta en la que se unen los prometidos ante los seres amados, estas ceremonias no son ritos necesarios para el matrimonio: sólo son una forma hermosa de que el amor de los padres se manifieste y se reconozca que la unión no sólo une a los prometidos, sino también a sus dos casas —Aeneth acercó su asiento al de Érewyn y se inclinó hacia ella para poder hablarle en un tono de voz más bajo. El gesto provocó que la muchacha se tensara como un palo—. Es el acto de la unión corporal lo que otorga el matrimonio, y tras ella el lazo indisoluble se completa. Por eso fue siempre legal para cualquiera de los Eldar, siendo ambos solteros, casarse expresando el libre consentimiento uno a otro, sin ceremonias ni testigos...

Los ojos de Érewyn se abrieron con desmesura. Estaba realmente sofocada y Aeneth rió al verla tragar de forma costosa.

—¡Érewyn! No nacemos de los árboles —bromeó.

—Eso ya lo había oído antes... —farfulló la rohir.

—¿Sabes? De ese modo es como nos casamos Eglaron y yo. Y no cambiaría ese momento ni por la fiesta más suntuosa que hubiera podido regalarnos Thranduil... —confesó—. ¿Estás bien, querida?

—¡Si! —respondió ella, con un tono de voz demasiado agudo.

—Bien, porque no acaba aquí la cosa. Es MUY necesario que sepas algo —y volvió a acercarse a la joven, esta vez hasta que sus labios estuvieron junto a su oído. Los elfos guerreros son especialmente ardientes y pasionales durante los primeros años del matrimonio... Para ser más exacta, diré que son insaciables —el rostro de Érewyn no tardó en esconderse tras sus manos, colorado a más no poder. ¡Ardientes, pasionales e insaciables! Sólo relacionar esos tres términos con Legolas la hacía hiperventilar de forma preocupante. Aeneth continuó su explicación sin advertir su estado de nervios—. Por eso los niños nacen al principio de las uniones...

«Los niños...», Érewyn apartó las manos del rostro y miró a Aeneth. Sí, Legolas encajaba perfectamente en el rol de padre ejemplar, cariñoso y entregado, jugaría con sus hijos, les explicaría historias, les enseñaría a usar un arco, a sentir el bosque...

—...durante los primeros mil años del matrimonio.

—¡¿Mil años?! —se escandalizó Érewyn—. ¡Pero en ese tiempo da para engendrar centenares de niños! —dijo, asustada.

Y la tierna imagen de Legolas como padre que se había formado en su mente se volvió bizarra al complementarse con un ejército de niños. Casarse con un elfo ardiente prometía interminables noches de placer, pero, claro está, también incluía la altísima posibilidad de quedar embarazada repetidamente.

Aeneth rió.

—¡No temas por eso! Los elfos podemos evitar los embarazos, si así lo deseamos —la tranquilizó—. Y provocarlos también —añadió, en un tono de advertencia—. Pasadas esas primeras centurias la pareja entra en una situación más tranquila en la que se descubren el uno al otro más allá del cuerpo, y la unión se profundiza... ¿Lo entiendes, Érewyn? —la muchacha se apresuró a asentir—. ¡Bien! —lo celebró Aeneth, con una sonrisa—. Continuemos. Ahora pasemos a los simbolismos.

—¿L-los simbolismos? —tartamudeó la joven, temerosa. A pesar del té que acababa de tomar, tenía la boca seca.

—Ahá. Supongo que conoces el significado de las trenzas que llevan Legolas y Eglaron en las sienes —dijo Aeneth.

Se quedó callada mientras una de las damas del servicio se llevaba la bandeja con las tazas vacías.

Érewyn aguardó pacientemente a que la elfa se alejara y asintió.

—Sí, me lo explicó en Ithilien. Simbolizan su valía como guerreros.

—Exacto. Pero, ¿no te explicó nada más? —Érewyn negó, en silencio—. Verás, en realidad sí hay algo más que necesitas saber, y es muy importante. Las trenzas de los guerreros de alto rango sólo pueden ser deshechas por ellos mismos o por sus esposas. La noche de bodas, la esposa las deshace por primera vez y significa un ritual muy especial. Simboliza que él se le entrega en cuerpo y alma, sin rastro de distintivos que le identifiquen, siendo sólo el en su más primitiva esencia.

—...Eso es realmente romántico... —susurró Érewyn, extasiada.

—Lo es —afirmó la elfa, sonriendo—. Y lo que se siente al desentrelazar su cabello es tan grande que no se puede explicar con palabras, Érewyn...

...

Esa tarde, el espejo que colgaba de la pared en la habitación de Érewyn le devolvió un reflejo desconocido. Se observaba a sí misma sin ser capaz de pronunciar palabra y tras ella Remdess, que había acudido para arreglar su cabello, le sonreía, orgullosa.

—Estáis preciosa, mi señora. Parecéis una auténtica dama de nuestro pueblo.

Por sorpresa, Thranduil había hecho llegar a su habitación un hermoso vestido de color gris perla que deseaba que la joven luciera durante los festejos de esa noche. Érewyn sabía que la generosidad del monarca siempre se debía a sus propios intereses, y creía que Thranduil sólo pretendía asegurarse de que el aspecto de la rohir iba a ser perfecto para la fiesta, descartando así la posibilidad de que acudiera vistiendo unos pantalones de montar y el peto de su armadura, por ejemplo.

Pero lo cierto era que aquel atuendo era soberbio. El vestido de vaporosa tela con un brillo parecido al del raso se ceñía con un brocado por debajo del pecho y las mangas cubrían sus brazos hasta la mitad de las manos, ensanchándose a partir de los codos. No tenía más adornos, simple y bello. Era Érewyn la que resplandecía dentro de aquel vestido, con las doradas ondas de su cabello perfectamente ordenadas y libres, enmarcando sus ojos verdes que relucían como dos esmeraldas en contraste con su piel blanca.

Verse con aquel aspecto sólo hizo que la joven aún sintiera más tensión. El deseo de ser aceptada por el Pueblo del Bosque se intensificó.

—No os preocupéis, Lady Érewyn. Todo irá bien —le aseguró Remm, como si hubiera leído su pensamiento. En ocasiones Érewyn juraría que la elfa tenía ese poder, realmente—. Sólo debéis disfrutar de la caída de las hojas —finalizó.

La elfa posó una mano sobre el hombro de la rohir para transmitirle confianza y luego abandonó la estancia para reunirse con su familia.

Ante el espejo quedó Érewyn, notando cómo el calor de la mano de Remm se desvanecía por momentos. No podía mentirse a sí misma, tenía miedo.

Ella nunca fue amante de las fiestas o los bailes, en eso era muy diferente a Éowyn. En Edoras Érewyn se escabullía en cuanto podía y se refugiaba en la torre más alta de Meduseld para mirar las estrellas. Le gustaba escuchar la música de la fiesta y oír historias, pero odiaba ser invitada a bailar porque al hacerlo era capaz de notar posados sobre su persona los ojos de todos. Y no podía rechazar tales invitaciones porque eso se consideraba casi un insulto.

De modo que las fiestas que se celebraban en Edoras, cuando no estaba escondida en la torre, las pasaba oculta entre el gentío o bailando con Éomer, quien, sabedor de su aversión a las danzas, no desaprovechaba la oportunidad para incordiarla con una pieza tras otra, aunque en realidad le evitaba a su propia manera el trago de bailar con otros hombres.

Con aquellos recuerdos en mente, se alejó del espejo y suspiró profundamente. Sólo esperaba que en aquella fiesta del otoño pudiera camuflarse en un lugar poco visible del jardín de Thranduil a contemplar las hojas de color ocre cayendo mecidas por el viento. Y si algo la tranquilizaba era la certeza de saber que nadie la invitaría a bailar.

Colocó alrededor de su cuello su colgante de sanadora, ocultando la piedra blanca por dentro del escote de su vestido. Y cuando se colocaba la hermosa capa que Aeneth le había regalado, oyó un corto llamado en su puerta.

—Adelante.

La puerta se abrió, y un elfo que parecía bastante joven dio un paso hacia el interior de la alcoba. Al contemplar a Érewyn abrió los ojos con desmesura y sus mejillas se tiñeron de un suave color rosado. El aspecto de la joven no le le había dejado impasible en absoluto.

—Mi señora. Me envía el Maestro Armero del Rey para haceros entrega de un presente.

Ella entornó los ojos, extrañada. ¿Otro regalo? Le estaban haciendo más regalos aquel día que durante su cumpleaños... Y, ¿del Maestro Armero?

—Es de parte del Príncipe Legolas —añadió el elfo, detectando su confusión.

Las cejas de Érewyn se arquearon al oír su nombre y prácticamente se arrojó sobre el envoltorio que el elfo portaba en las manos con ceremonia.

El muchacho realizó una respetuosa inclinación con la cabeza y se retiró, cerrando la puerta tras de sí.

Ella se apresuró a desenvolver el hatillo y al descubrir el contenido casi se olvidó de respirar. Era su querida daga, la que llevaba extraviada desde el día anterior, con la hoja guardada dentro de una preciosa vaina de suave terciopelo verde sobre el que habían grabado el emblema de la casa de Thranduil con hilo de plata. De plata era también el cinturón al que la vaina iba unida y que le permitiría portarla a la cintura.

Cerró los ojos. Su corazón cabalgaba como loco y necesitó inspirar profundamente para contener el llanto. Era el primer regalo que recibía de Legolas y, conociéndole, estaba segura de que debía estar lamentándose por no haber podido hacerle entrega de tan precioso presente él mismo, en persona.

Dejó la tela que había envuelto aquel regalo sobre la mesita ratona junto al diván de su rincón de lectura y, al desenvainar su daga ésta se deslizó con absoluta perfección en el interior de la funda, y descubrió que habían pulido y afilado también la hoja, que ahora refulgía como un espejo. No dudaba que rebanaría de un solo tajo el cuello de cualquier Uruk Hai. Y al terminar de desenvainarla, un pequeño pedazo de pergamino, doblado minuciosamente, cayó al suelo.

Érewyn lo tomó y lo desplegó con cuidado. Era una nota escrita de puño y letra del mismo Legolas, breve pero concisa:

"Melleth nîn, esta vez no puedo estar a tu lado para protegerte de la desconfianza con la que sé que mi pueblo acostumbra a tratar a los extraños. Pero es mi deseo que todos sepan que además de estar bajo la protección del Rey, eres alguien especial en mi familia. Por eso quiero que lleves la daga bien visible en los festejos, y también a diario a partir de hoy.

Disfruta de la caída de las hojas. Te amo.

P.D.: Recuerda que una copa de vino de Dorwinion puede tumbar a un troll de las cavernas. "

Se le escapó la risa al leer tal postdata y sacó coraje para secar con el dorso de las manos las lágrimas que habían rodado por sus mejillas, sin remedio. Ese era el inconfundible modo de Legolas de dejar claro a todos que Érewyn se hallaba bajo la protección del mismo Rey. Y además, con el hilo de plata que formaba aquel bordado cualquiera que supiera leer entre líneas podría deducir el resto.

Tal como le había explicado Aeneth, la plata otoñal anunciaba una boda en la siguiente primavera. Y al pensar en esa posibilidad su ritmo cardíaco se disparó.

...

Ni siquiera en las más bellas historias que las nanas le explicaron de niña había imaginado que las fiestas de los elfos fueran tan diferentes a lo que estaba acostumbrada. Todo el mundo estaba invitado, sin distinción de rango social y, ese año, tampoco de raza. Desde lo alto de la tarima en la que habían ubicado el diván que ocupaba junto a Aeneth y Thanion veía a Gamelin y a Rulf oliendo con suspicacia una especie de bollitos que se hallaban dispuestos con ceremonia en una de las numerosas mesas en las que los elfos compartían sus platillos con los demás.

Rissien, tras escoltarla desde su alcoba hasta la plataforma, había desaparecido entre la gente, según él, para tener una experiencia más global de lo que iba sucediendo. Y Érewyn sospechaba que no debía andar muy lejos de donde fuera que se hallara Remdess, con su familia. Esos dos parecían comenzar a llevarse algo mejor desde hacía algunas semanas.

En el jardín interior de las Estancias se habían reunido los miembros de la Corte, consejeros y altos mandos de la guardia para contemplar la caída de las hojas, y al unirse a Aeneth había oído que el resto de los habitantes de Eryn Lasgalen se reunía igualmente en diferentes ubicaciones del bosque para el mismo fin. Tronco Sombrío era una de ellas, y por lo visto la zona perdía su atmósfera lúgubre durante los festejos y era engalanada de forma muy parecida a como se había hecho con el jardín: adornos florales, lámparas élficas, mobiliario que se camuflaba entre los colores ocre del jardín y diferentes zonas con divanes o mullidos cojines en el suelo en las que se congregaban en grupos para cantar canciones o recitar versos.

Podría decirse que las fiestas de los elfos eran... tranquilas, a pesar de que Érewyn llevara un buen rato contemplándolos escanciando alegremente vino de Dorwinion en sus copas. A esas alturas de una fiesta, tras consumir esa cantidad de alcohol, incluso su propio hermano estaría llevando a cabo acciones que se alegraría de no recordar al día siguiente.

—¡Ahí viene el abuelo! —exclamó Thanion, al divisar entre el gentío a Thranduil, paseando con aire relajado y sonriente y conversando con los miembros de su corte que, normalmente, no tenían oportunidad de hablar directamente con él.

El rostro afable y los ojos brillantes. Parecía que el Rey estaba de muy buen humor aquella noche, y eso relajó buena parte de la tensión que Érewyn había experimentado durante todo el día. A pesar de estar con Aeneth, se suponía que en cuanto el Rey ascendiera a la tarima de honor que habían adornado con intrincados arreglos otoñales para disfrute de él, Érewyn pasaría a ser su acompañante e invitada de honor, de modo que el resto de la noche no podría deshacerse de él sin una buena excusa. Y además, atraería las miradas curiosas de muchos de los presentes que aún no sabían de su presencia en las Estancias, ya que Érewyn no se había relacionado con demasiada gente desde su llegada. De hecho, la joven rohir ya había notado que la atención comenzaba a posarse sobre ella y esto la hacía sentir más incómoda con cada minuto que pasaba...

Thranduil recorrió en unas cuantas elegantes zancadas el trecho que le quedaba para llegar a la zona preparada para su familia. Su capa ondeaba de la forma acostumbrada, majestuosa, a sus espaldas. La de esa noche era especialmente bella, Érewyn no recordaba haberla visto aún.

El Rey recibió el saludo efusivo de Thanion y un beso en la mejilla de Aeneth, y luego se acercó hasta Érewyn, que aguardaba de pie, junto al diván de Aeneth, sin saber exactamente qué tenía que hacer.

Pero no importó porque fue él quien se encargó de dirigirle una sonrisa arrebatadora, besar su mano, y colocarla seguidamente en su antebrazo para guiar a la rohir hasta sus asientos, colocados en un lugar preferente desde el cual poder contemplar cualquier baile o escuchar cualquier canción.

—Me ha costado reconoceros, Érewyn. Tal como pensé, estáis deslumbrante con este vestido. Gracias por aceptarlo —murmuró, inclinándose para salvar la diferencia de altura entre ambos.

Ella le miró detenidamente. Érewyn no dudaba de que el Rey Thranduil sería capaz de postrar de rodillas a cualquier mujer de cualquier raza, con sólo el simple y cortés saludo que acababa de dirigirle a ella. Pero, a pesar de sus perfectos ademanes, Érewyn le conocía bastante bien ya y sabía que aquella amabilidad era puramente fachada. Los habitantes de Eryn Lasgalen debían seguir ignorantes respecto al modo que tenían ambos de tratarse mutuamente. Y ella conocía muy bien el papel que debía interpretar: el de protegida de Lady Galadriel y ahora también del Rey.

De modo que sonrió del mismo modo y entrelazó los dedos alrededor del fuerte antebrazo de Thranduil, en un gesto de cariño.

—Gracias a vos por regalármelo. Espero que no os importe que lleve puesta la capa, no me acostumbro al frío...

—Por supuesto que no. No me gustaría nada que os enfermárais. Además, reconozco las manos de mi hija en esos bordados tan delicados —admitió el Rey, sonriendo aún más. Posó la mano sobre las de Érewyn y desvió la mirada hacia el resto de asistentes antes de llegar junto a unas butacas con el acolchado en color carmesí—. Y también reconozco las manos de mi guarnicionero en la vaina de vuestra daga... —masculló, en tono casi inaudible.

Ella entreabrió los labios para replicar, pero no halló qué decirle. Sí, llevaba su daga a la vista de todos, ceñida a la cintura en aquel bello cinturón que Legolas le había hecho llegar, y seguro que la mitad de las miradas curiosas que había recibido lo que llevaba de noche se debían a ella. Ninguna otra dama lucía armas encima.

No esperaba que Thranduil sacara el tema de forma tan sibilina. Por muy atenta que estuviera en su presencia siempre lograba sorprenderla. No podía bajar la guardia lo más mínimo.

—Curioso adorno para vuestro delicado atuendo —observó él.

—Es un regalo de Legolas —confesó ella, tensa.

—Lo sé. Aunque esperaba que mi hijo me comunicara su deseo de ofreceros un presente así. Es una buena vaina, pero no me parece un regalo apropiado.

Ella sintió la rabia hirviendo en su interior.

—Y, ¿por qué no os lo parece? ¿Es por la plata, mi señor? —siseó ella, sin lograr esconder el disgusto en su voz.

Thranduil la miró con el ceño fruncido y no respondió. Entornó los ojos y pareció analizar la expresión de Érewyn con especial interés.

—Si estáis dispuesta a mostrar abiertamente que vais armada, también debéis estarlo para blandir esa arma —replicó.

—No debéis preocuparos por eso. No he olvidado cómo empuñarla.

El Rey sonrió satisfecho al oír su respuesta y le tendió una de las dos copas de vino que su mayordomo acababa de traer en una bandeja.

—No esperaba menos. Y ahora, Érewyn, se espera también de vos que, como invitada personal mía a los festejos de otoño, me complazcáis con ciertos... caprichos.

—¡¿Qué?! —exclamó ella, alarmada, y dio un paso atrás mirando con incredulidad al Rey.

—No temáis, Érewyn, no se trata de nada indecoroso —la tranquilizó Thranduil, sin ocultar el disfrute que su reacción le provocaba—. Mezcláos entre la gente y traed algunas de las delicias que hay en las mesas, por favor.

Ella suspiró, aliviada. Lo de hacer de camarera personal del Rey no le parecía tan malo después de lo que había imaginado en que iban a consistir sus caprichos. De modo que, tras dedicarle una reverencia de cortesía, descendió los tres escalones del entarimado y huyó del Rey.

Iba a tomarse su tiempo para llevarle un par de empanadillas...

Durante un buen rato paseó sin rumbo entre los numerosos grupos formados por distintas familias, algunos reían, otros tocaban algún instrumento... Y en todo momento sintió las miradas discretas posadas sobre ella mientras vagaba.

Olió el delicioso aroma de la copa de vino que el Rey le había tendido y recordó la postdata de Legolas. Depositó la copa sin tomar una sola gota en una de las mesas que halló a su paso, y al hacerlo descubrió allí un plato rebosante de pequeñas porciones de tarta de arándanos del tamaño de un bocado. Eso complacería al Rey, se veía bien apetitoso.

Volteó para tomar un plato de una de las mesas auxiliares y al hacerlo se topó de frente con quien menos ganas tenía de encontrarse.

—Lady Anariel, qué grata sorpresa... —dijo, soriendo levemente y tratando de sonar convincente. Ahora se arrepentía de no haber regresado ya con el Rey.

Anariel le lanzó una mirada escrutadora, de arriba a abajo, y se detuvo en la daga que Érewyn lucía sujeta en la cintura, y en el emblema de la casa de Thranduil bordado con hilo de plata.

La expresión neutral de su rostro se transformó en una de desprecio cuando regresó su atención a los ojos de Érewyn, y ésta se puso automáticamente en guardia.

—Sí, muy grata... —respondió la elfa, haciendo gala de una cortesía aún más forzada que la de Érewyn—. ¿Cómo era que os llamábais? ¿Pediwin?

—Es Érewyn, mi señora —la corrigió la rohir, entre dientes.

—¡Oh! Por supuesto. Disculpad mi despiste, no soy buena recordando nombres.

Lucía maravillosa a pesar de su agrio carácter, y Érewyn no pudo evitar sentirse diminuta a su lado. No importaba el esmero con el que Remm había arreglado su cabello, ni el vestido que el Rey le había regalado, ni la capa de Aeneth. Junto a la belleza de Anariel ella era completamente insignificante.

Se sentía tan incómoda que optó por inclinarse ante ella y darse la vuelta para regresar cuanto antes con Thranduil. Pero al hacerlo, la elfa volvió a dirigirle la palabra, esta vez con un tono enigmático.

—Es una verdadera lástima que el Príncipe Legolas no haya podido asistir a esta fiesta, ¿no creéis? Ya va siendo hora de que me regale mi anillo de plata...

Algunos inocentes comentarios de aprobación se levantaron alrededor de las dos damas, y Érewyn detuvo sus pasos. Obviamente la gente no sabía que Legolas había rechazado ya a Anariel, y la elfa era tan bella y tan segura de sí misma que muchos debían tener asumido que el más joven de los Príncipes se casaría con ella, tarde o temprano.

Se giró para encararla, sorprendida por la estrategia tan sucia de intentar hacerla enfadar, y Anariel la observó con altivez, aguardando su reacción mientras esbozaba una sonrisa mezquina.

Pero la joven rohir no podía objetar, no podía desmentir la posibilidad que Anariel acababa de aventurar porque su compromiso con Legolas debía continuar siendo secreto. Y aventar que había sido rechazada por el Príncipe levantaría murmullos y conjeturas acerca de los motivos que podía tener Legolas para rechazar a la elfa más bella de Eryn Lasgalen.

—Estoy segura de que eso os haría muy feliz —escupió con una sonrisa falsa, mientras dibujaba la empuñadura de su daga con los dedos, siguiéndole el juego.

Anariel entornó los ojos y se acercó a ella. Y junto al oído de Érewyn pronunció las hirientes palabras que plantarían la semilla de lo que estaba a punto de germinar.

—Y yo estoy segura de que muchas damas se sentirían desgraciadas si eso ocurriera. Pero a mí no me importa. Ni me importará tampoco tomar lo que, por lo visto, pertenece a otra.

Érewyn frunció el ceño, alarmada.

Lo sabía. Anariel sabía lo de su compromiso con Legolas.

Tratando de mantenerse fría como hasta entonces, Érewyn se inclinó de nuevo ante Anariel, quien no le devolvió la despedida, y con una sonrisa más forzada que nunca procedió a desaparecer entre los demás elfos mientras buscaba a Rissien.

Tenía que decírselo cuanto antes.

—¿Dónde estás, Riss? —murmuró para sí, nerviosa.

Mientras se alejaba volteaba de vez en cuando para mirar a Anariel, que la miraba con desprecio mientras murmuraba algo al oído de una elfa que solía acompañarla.

El estado de alerta en el que se sumió junto la imposibilidad de dar con su primo, la hicieron percibir la soledad que la rodeaba, el desamparo y lo lejos que estaba también de Gamelin. Aeneth y Thanion charlaban animadamente con un elfo al que Érewyn no conocía, y Remdess se hallaba en otro lugar de aquel jardín o en Tronco Sombrío, celebrando la caída de las hojas junto a su familia.

Se sentía completamente sola, perdida en medio de un mar de gente bella que la miraba con desconfianza y que apenas le dirigía la palabra, y con una elfa odiosa hablando cosas horribles acerca de ella a sus espaldas.

Tenía ganas de pronunciar el grito de guerra de su hermano y poderse esconder detrás de sus once guardias personales, mientras estos desenvainaban sus espadas para defenderla...

Un momento... ¿Defenderla? ¿De qué exactamente? ¿De miradas recelosas?

Érewyn cerró los ojos un instante y respiró hondo mientras trataba de guardar la calma y avanzaba a toda prisa hacia el entarimado. No podía dar con su primo pero había otra persona que estaba de su lado en aquel asunto, bueno, en todo aquello que concerniera a Legolas. Thranduil se alegraría de conocer lo que sabía Anariel y no dudaba de que sería capaz de hacerla desembuchar alguna pista para dar con quien había proporcionado la información sobre ella a las tropas de Uruk Hai.

Ascendió los escalones y llegó junto al Rey. Pero antes de poder decirle nada, Thranduil se levantó de su asiento y tocó una campanilla de plata para llamar la atención de todos.

El silencio se adueñó del enorme jardín y Érewyn interrumpió su intención de agarrarle del brazo. Debería esperar para transmitirle sus sospechas.

Gi nathlam hí. Elen sila lumenn omentilmo. Amin merna quen sil amin irma seasa. Tula sinome, arwenamin.

Érewyn se puso en guardia al ver que Thranduil tendía con elegancia su mano hacia ella. Tragó fuerte y la aceptó. Todos les miraban, expectantes.

—Permitid que continúe utilizando la Lengua Común en deferencia a mi invitada: Lady Érewyn de Rohan —dijo el Rey. Ella permaneció inmóvil, junto al rey. Y entonces le oyó soltar la bomba—. Ella es hija del que fue durante milenios Capitán de la Guardia Personal de Lady Galadriel, y de Théodwyn, la madre del Rey Éomer de la Marca. Érewyn pertenece, en parte, a nuestro pueblo —ella miró brevemente al Rey. Ese "en parte" no le había pasado desapercibido—. Es mi deseo que se integre entre nosotros y permanezca aquí el tiempo que necesite para aprender lo máximo acerca de nuestro pueblo.

Tal como había esperado, notó las miradas de los elfos posadas sobre ella, amables, sí, pero serias, desconfiadas.

Érewyn no tenía dudas de que aquella era una de las pruebas a las que Thranduil quería someterla. Acababa de arrojarla a la jauría, presentándola oficialmente ante todo el pueblo justo cuando todos aquellos en los que ella confiaba estaban lejos o fuera de su vista.

—¡Es un placer conoceros! —oyó una voz muy conocida alzándose por encima del silencio que aún resonaba en sus oídos—. Me parecíais demasiado bella para ser una simple humana...

Érewyn apretó la mandíbula al ver a Anariel caminando con especial elegancia entre elfos varones que le dejaban el paso libre mientras le dedicaban sonrisas devotas. Pero se dio cuenta también de que mucha gente le dirigía miradas de reproche.

Tal como le habían dicho Eglaron y Aeneth, por lo visto Anariel tenía tantos defensores como también detractores.

«Limítate a pasar la prueba del Rey», se repetía a sí misma. «No le sigas el juego...»

Le dirigió una reverencia y esbozó una sonrisa.

—Es un halago que no merezco, mi señora —respondió la rohir. «Por favor... ¡Vete! ¡Déjame en paz!», rogaba su mente, con nerviosismo.

Aeneth la miró con preocupación. Thanion, por su parte, le sonreía feliz, sin ser consciente del aprieto en el que su querido abuelo acababa de meterla.

Rissien seguía sin aparecer, y tampoco Remdess.

Y Gamelin la miraba con gesto de alerta desde una considerable distancia. Junto a él estaba Rulf, igualmente tenso, con la mano apoyada en el pomo de su espada. Para llegar hasta ella tendrían que abrirse paso a empujones, pero Érewyn sabía que si así lo requería ella sus guardias harían lo que hiciera falta.

Ella les dirigió un imperceptible gesto de negación con la cabeza y una señal con los dedos: "tranquilos".

Sospechaba que Thranduil quería comprobar cómo se desenvolvía entre extraños que no la aceptaban del todo y con un tema de conversación que, no dudaba, en las bocas adecuadas tomaría derroteros difíciles.

Y sus sospechas se confirmaron al verle sonreír cuando Anariel tomó la palabra. Thranduil regresó a su cómodo asiento y se dedicó a disfrutar de su vino mientras veía desenvolverse los acontecimientos.

—Uhm... Pero tengo entendido que el actual Rey de Rohan no es un Peredhil —comentó Anariel, con un tono que parecía incluso tierno—. No os ofendáis por mi curiosidad, pero, ¿sois acaso hija ilegítima?

Sus palabras fueron recibidas con murmullos de expectación alrededor, y al ver la sorpresa en rostro de Érewyn, Anariel sonrió con malicia.

Aeneth frunció el ceño y caminó con Thanion de la mano para regresar al entarimado y respaldar a Érewyn, pero la señal que Thranduil le dirigió la detuvo en su lugar. No deseaba que nadie interviniera a favor de la muchacha.

—Es cierto que mi hermano y yo somos hijos de distinto padre —respondió Érewyn, viendo que no tenía más remedio que continuar con aquella conversación—. El padre de mi hermano murió, y mi madre se enamoró de mi padre tiempo después.

—Lo que imaginaba. Típico de la veleidad de los Segundos Hijos* —dijo, dirigiéndose a los demás elfos—. He oído también que las mujeres de los hombres son muy promiscuas. ¿Es eso cierto, Lady Érewyn? —preguntó, fingiendo una curiosidad inocente.

A Érewyn se estaba secando boca. Anariel estaba consiguiendo lo que raramente alguien lograba: sacarla de sus casillas.

Desde la elevada plataforma alcanzó a ver, entre la gente, una cabellera platinada acercándose a toda prisa, y la capa de Lórien ondenando detrás. Rissien acudía raudo, desde donde fuera que había estado, a asistir a su prima tras escuchar el creciente tono en el que estaba derivando la conversación de ambas, que, por parte de Anariel nada tenía de cándido.

Le vio llegar junto a Aeneth y mirarla con gesto interrogante. Y al verle ahí, tan cerca, al fin respiró aliviada.

Y sonrió nuevamente antes de responder a las palabras sibilinas de la hija de Rûdhon.

—Puede que tengáis esa visión porque nunca antes habéis tratado con hombres o mujeres. Tienen una percepción diferente del paso del tiempo ya que viven apenas tres cuartos de siglo, y durante ese tiempo desean vivir lo más intensamente posible. El amor es una de las muchas cosas que los hombres y las mujeres se "beben", por decirlo de algún modo. Y esa intensidad es lo que vos confundís por promiscuidad —respondió la rohir. «No le sigas el juego», continuaba repitiéndose. Intentó mantener una corrección perfecta, sonar educada y cordial y ser neutral. Pero la sangre rohir le hervía en las venas, y no pudo evitar que la última frase saliera de su boca como un veneno dirigido directamente a Anariel—. Por lógica inversa es muy probable que las mujeres de Edoras piensen que las elfas, en general, son unas frígidas... ¡Oh, pero es que no os conocen a vos!

La amabilidad fingida desapareció del rostro de Anariel y el odio tomó el relevo en sus ojos. Dio un par de pasos hacia la plataforma y asesinó a Érewyn con la mirada. El murmullo creció alrededor de las dos damas y la rohir alzó el mentón sin dejar de retar a Anariel.

«Vamos, continúa si tienes agallas», pensaba. De perdidos, al río, como solía decir su hermano. Quizá la proximidad de su primo la había envalentonado pero, como fuera, ahora no podía retroceder..

Rissien no disimuló la risa nerviosa y recibió un codazo de Aeneth, que seguía tanto o más preocupada que antes. Meterse con Anariel no era una minudencia.

Él se encogió de hombros. Meterse con su prima tampoco lo era.

Al ver que Anariel tardaba en responder, la joven rohir dio por concluida la batalla verbal y procedió a regresar junto a Thranduil. Pero la voz de la elfa tronó, de nuevo.

—¡Oh, sí! Sé perfectamente de qué habláis, una percepción diferente de la vida... ¿Ese es también el motivo que justifica que vuestra madre yaciera con dos hombres diferentes y les diera hijos a ambos? ¡Iluminadme, mi señora! Es algo que me intriga sobremanera. Es que eso para una elfa es inimaginable —concluyó, imprimiendo de especial sorna su última frase.

Las risas de los que apoyaban a la bella elfa no tardaron en manifestarse. Pero desaparecieron de inmediato, junto con el creciente cuchicheo cuando Érewyn volteó y encaró con dureza y sin rastro de sonrisa a la hija de su maestro.

—¿Sabéis una cosa? Es muy triste... —musitó la rohir.

Anariel sonrió ampliamente, creyéndose vencedora. Había aplastado a la maldita extranjera que había osado arrebatarle a Legolas.

Thranduil, desde su cómoda posición de espectador, alzó una ceja sorprendido de contemplar una rendición tan fácil por parte de la ardiente rohir. Pero entonces, Érewyn continuó.

—En la vida hay quien tiene la posibilidad de encontrar el amor dos veces, como le pasó a mi madre. Y, al margen de esos afortunados, es triste que existan desgraciados que ni siquiera son correspondidos por el único amor que aspiran a vivir —dijo. La sonrisa de triunfo abandonó la cara de Anariel—. Mi madre amó a dos hombres en momentos diferentes y aislados de su vida. Uno de ellos, el padre de mis hermanos, fue su primer amor: inocente, casto, inexperto... El otro, mi padre, fue intenso, desgarrador, doloroso, apasionado. Creo que mi madre realmente tuvo mucha suerte.

Y esbozó una sonrisa, dispuesta, otra vez, a poner punto y final al intercambio de provocaciones. Pero...

—¡¿Suerte?! —exclamó Anariel, furiosa— ¿Llamáis suerte a MORIR de amor? En nuestro pueblo, ese final es el más desafortunado posible, el más triste de todos los posibles finales que pueda tener uno de nosotros. Pero, ¡oh claro!, vuestra madre era una mujer humana que apenas podía vivir tres cuartos de siglo, su muerte no fue diferente de ninguna otra de las que pudo haber sufrido: por enfermedad o de vejez. ¡Jajaja! ¡Suerte...!

La risa de Anariel era lo único que se oía. Después de sus palabras ya nadie la acompañaba en aquellas risas que sólo buscaban herir gratuitamente a Érewyn. Y la rohir sintió que la elfa daba dentelladas al aire, como una bestia herida y sentenciada.

—Sí, suerte —afirmó—. Todo en la vida se rige por la suerte, ya sea favorable o no. Lady Anariel, como ya os he dicho, hay gente que tiene la suerte de amar, sea cual sea el tiempo del que disponga en su vida. A otros, en cambio, la suerte se les manifiesta con la posibilidad de ser grandes héroes —explicó, y al decir aquello miró a Rissien y a Gamelin—. Otros tienen la suerte de poseer gran inteligencia y una mente asombrosamente estratégica —continuó, y miró a Thranduil, esta vez, descubriendo al Rey elfo más interesado que nunca en sus palabras—. Y por último, hay miserables que no tienen ninguna suerte —afirmó, y atravesó a Anariel con la mirada—, y además vivirán con esa condena sobre los hombros mientras exista Arda, porque su destino está ligado a esta tierra.

Tras escupir tales palabras, aún rodeada del más sepulcral silencio y recibiendo la mirada cargada de odio de Anariel, Érewyn volteó hacia el Rey definitivamente, sin recibir réplica por parte de la elfa esa vez.

Pero en su ánimo no quedaba anhelo alguno por continuar con aquella bellísima fiesta. Y además, tenía la sensación de que después de lo que había sucedido, su presencia no era ni grata, ni bienvenida.

De modo que ,con la mente ensombrecida y sintiéndose culpable a pesar de la clara victoria verbal, Érewyn se inclinó ante el Rey.

—Disculpadme mi señor. Pero me siento indispuesta en este momento. Os ruego me concedáis permiso para retirarme a mi alcoba para descansar... —las palabras murieron en su boca. Alzó la mirada con temor y enfrentó los ojos azul hielo de Thranduil que la observaban de un modo indescifrable.

—Podéis retiraros, mi señora —suspiró el Rey.

Ella no perdió un segundo y se precipitó escalones abajo para desaparecer a través de unos arbustos cercanos y poner rumbo a la Caverna, con Rissien y los rohirrim cerrando filas detrás de ella.

...

Era ya entrada la madrugada y unas voces no cesaban en su conversación en el ala de los huéspedes.

—Montaremos guardia aquí esta noche —decidió Gamelin, serio.

—Pero...

—No hay peros que valgan —espetó, interrumpiendo la intención de Érewyn de objetar—. Vine aquí para protegerte y para evitar conflictos políticos.

—¿De qué conflictos políticos hablas Gamelin? —pregunto ella, frustrada—. Tan solo he tenido desavenencias con una dama...

—¿Una dama? Ni siquiera soy capaz de imaginar lo que esa engreída hija de un huargo sería capaz de hacerte, pero sí sé una cosa: si te pasara algo Éomer en persona le prendería fuego a este bosque con sus bellas gentes en él... A ese conflicto político me refiero.

—¡No seas exagerado! —masculló ella, dándole la espalda para retomar sus paseos pensativos en el salón de té del ala de huéspedes que ocupaban ella y Rissien. Junto a las paredes del corredor previo formaban filas los miembros de su guardia, con las espadas preparadas y los sentidos aguzados

—Érewyn. Te has metido en un jardín de los más pésimos en los que te he visto. Esa elfa es peor que un Haradrim y esto puede traerte problemas. Sobretodo ahora que la has barrido como se barre la mugre...

La carcajada de Rissien interrumpió los refunfuños de Gamelin y las quejas de Érewyn y los dos rohirrim miraron extrañados al elfo de Lórien.

—¡Esa es la palabra! ¡La barriste! ¡La dejaste sin argumentos! —exclamó, excitado—. Demostraste ante todos que eres más lista que ella, más elegante, más segura de ti misma, más..

—Mmmh... —gruñó Érewyn. Y reanudó su insistente ir y venir—. El Rey debe estar muy disgustado... Lo peor de todo es que por culpa de mi bocaza seguro que he pulverizado la confianza que podía empezar a tenerme. He destruido la esperanza que Legolas había depositado en mí —se lamentó—. Ojalá estuviera aquí...

—¿Por qué? —preguntó Rissien—. No le has necesitado para defenderte, y no creo que sea algo malo defenderse cuando le atacan a uno. Thranduil sería un Rey muy injusto si se disgustara contigo por haber respondido a Anariel como lo hiciste, y su fama no le precede por eso... Por otras cosas quizá, pero por ser injusto, no.

Los ojos plateados de Rissien mirándola en un gesto sincero lograron calmar en parte sus miedos, pero el principal lamento seguía ahí, clavado en su pecho.

—Pero Rissien... Es difícil plantarle cara a todo mientras Legolas no está —confesó. Y dicho esto se derrumbó en uno de los sillones.

Rissien se arrodilló ante ella mostrándole la deslumbrante sonrisa que le caracterizaba mejor que cualquier otra particularidad.

—Pero yo sí estoy... —susurró—. Y no te voy a dejar sola. Juro que mientras exista Arda estaré a tu lado, hethres.

Ella se mordió el labio para contener las lágrimas, pero vio que era inútil y finalmente rodeó el cuello de Rissien en un estrecho abrazo que casi le arrojó al suelo.

—¿Mientras exista Arda? —preguntó ella, con voz emocionada. Él asintió y la abrazó de vuelta.

—Pues más te vale asegurarte de tener las dagas siempre bien afiladas, entonces, porque mi señora promete meterse en problemas bastante seguido...

Ambos ignoraron el bufido de Gamelin, que se alejó a vigilar el corredor que moría en la estancia en la que se encontraban.

—Pero óyeme —dijo él, recuperando la seriedad en el tono—. Debes tener mucho cuidado con Anariel. Gamelin podría no ir muy desencaminado. Podría ser capaz de cualquier cosa, incluso de contratar un asesino para acabar contigo. Hay algo que no me gusta de ella, Érewyn, y no sólo por lo de esta noche: no dice la verdad, esconde cosas.

—Eso creo yo también, Rissien —afirmó ella. Y recordó la sospechas que la habían asaltado tras el pequeño intercambio inicial que había tenido con ella—. Creo que sabe lo del compromiso...

—No sé por qué no me sorprende... —gruñó él. Érewyn arqueó las cejas, confusa—. Y creo que no acaba todo ahí... Me parece que sabe aún más cosas de las que nos imaginamos.

—¿Qué clase de cosas?

—¡Eso es precisamente lo que intento descubrir! Tengo sospechas pero no quiero conjeturar sin estar seguro —respondió Rissien. Se levantó del suelo y se acarició el mentón en gesto pensativo—. Pero no es fácil espiarla sin que se de cuenta... A no ser que me haga pasar por un pretendiente... ¿Sabes?, había pensado en fingir estar enamorado de ella, así podría acercarme y tratar de conocer sus intenciones sin que sospechara nada. Pero después del repaso que le has dado hoy dudo mucho que me acepte alrededor de ella.

—Para, para... —dijo Érewyn, alzándose del sofá y mirando a su primo con expresión preocupada—. No creo que sea buena idea, Rissien. Es muy arriesgado, no quiero que te involucres. Pero puedo decirle a Rulf que la vigile. Mis hombres suelen patrullar por orden expresa de Thranduil por la zona de la laguna que frecuentan las damas, así que no sospechará nadie —ofreció la rohir—. Si vamos a espiar, usemos todas las bazas de las que disponemos.

La sonrisa de Riss no se hizo esperar y alborotó el cabello de Érewyn en un gesto de reconocimiento que provocó las quejas de ella.

—¡Mi señora!

La voz alterada de Gamelin llamándola con gravedad llamó la atención de ambos, y Rissien se colocó instintivamente delante de Érewyn, como un gesto reflejo para protegerla. Ella se asomó por encima del hombro de su primo y miró interrogativamente al jefe de su guardia.

—Hemos interceptado en el corredor a un miembro de la guardia de Thranduil —anunció el rohir. Ella se escandalizó.

—¡Hazle pasar de inmediato, Gamelin! —le ordenó.

—Me temo que eso no va a ser posible, Érewyn.

—¿Por qué?

—En este momento desconfío de todos y cada uno de los elfos que corretean esta maldita cueva, vengan de donde digan que vengan —masculló Gamelin.

—¡Oh! ¡Por el cuerno de Oromë! —explotó ella.

Y se dirigió como un vendaval hacia el pasillo que conducía a las habitaciones donde aguardaba el elfo, mirando con desconfianza a los guardias rohirrim que formaban a lo largo de aquel corredor.

—Mi señora... —dijo el elfo, de aspecto joven. Dio un paso hacia Érewyn y fue detenido de inmediato por las espadas que Rulf y otro guardia desenvainaron con la velocidad del rayo y colocaron en su garganta.

—¡Me vais a meter en un lío aún mayor! —rugió ella.

Sujetó las muñecas de ambos y les obligó a bajar las armas. Al dejar de sentir el acero contra su piel el elfo suspiró, aliviado.

—El Rey Thranduil quiere veros cuanto antes, en sus dependencias.

Érewyn asintió, y oyó los fuertes pasos de Gamelin detenerse justo detrás de ella.

—¿Estás segura de que quieres ir? —preguntó el rohir.

Suspiró. Lo cierto era que no; prefería meterse en su habitación y esconderse debajo de la cama, pero no le quedaba más remedio que obedecer a la convocatoria del Rey. Y lo que más temía era que Thranduil tuviera la intención de expulsarla de las Estancias por demostrar mal carácter y carecer del temple necesario para lidiar con elegancia cualquier lance. Seguro que iba a usar el pequeño altercado con Anariel en su contra.

Asintió en silencio y Gamelin tomó el mando de la situación.

—Rulf, Grimmund y Folcred, cerrad filas. Érewyn, camina detrás de mí y de Rissien. Y tú, orejas picudas —ladró Gamelin al guardia del Rey, recordando el apodo con el que Gimli se refería a Legolas—, empieza a caminar.

...

Tulion cerró la puerta de las dependencias del Rey y la condujo a través de la penumbra en la que estaba sumida la estancia hacia una parte en la que ella aún no había estado. Era una gran sala de forma cuadrada con las paredes cubiertas de estanterías repletas de libros, en medio de la cual había sólo dos sillones mullidos y una mesa ratona, y sentado en uno de los dos sillones estaba Thranduil.

El Rey oyó los pasos suaves de ella deteniéndose tímidamente y los de Tulion regresando a su discreto lugar en las sombras. Se levantó de su asiento y Érewyn notó sus mejillas encenderse al contemplar por sorpresa a Thranduil ataviado con una túnica de seda azul, abierta por la parte delantera, bajo la cual lucía el torso desnudo y unos pantalones de tela cómoda. Todo, sumado a sus pies descalzos, mostraba una imagen del Rey que parecía recién salida de la cama.

—Sentáos, Érewyn —la invitó, indicándole el otro sillón con una elegante floritura de la mano.

Ella obedeció de inmediato, cohibida por la situación, las horas y la indumentaria del Rey.

Retorcía sin cesar sus propios dedos, temblorosos por la carga mental que sufría, y finalmente no pudo resistirlo más y explotó.

—Mi señor... ¡Siento muchísimo lo que ha sucedido esta noche! Sé que no hay excusa que justifique mi comportamiento y merezco cualquier amonestación que tengáis a bien imponerme y...

La mano alzada de Thranduil. El inequívoco gesto que realizaba cuando deseaba silencio. Funcionaba con Legolas, con Eglaron, con Aeneth, con Thanion y ahora también con Érewyn.

—No es necesario que os disculpéis. Habría sido mucho más decepcionante si no hubierais defendido la memoria de vuestra madre. Lady Anariel trató de insultaros desde el principio, y no me pareció decoroso por su parte buscar conflictos tan gratuitamente —dijo Thranduil. Recolocó su túnica con elegancia, tomó asiento en el otro sillón y escudriñó el rostro de la rohir con atención—. Sinceramente, no esperaba de vos una respuesta tan afilada y elegante. Os felicito.

Ella se quedó sin palabras y sin presencia de espíritu. Se había preparado para un rapapolvo tremendo y lo que recibía era un elogio. ¿Cuantas copas de vino de Dorwinion se había tomado Thranduil esa noche?

—Sin embargo —dijo él, y alzó un dedo para remarcar lo que iba a decir a continuación—, mi propia visión de los humanos coincide, en parte, con la de Lady Anariel. Creo que tiene razón al decir que la muerte de vuestra madre no supuso diferencia alguna. La idea de la muerte para un elfo es igual de intensa que la de la vida para un hombre. Precisamente porque somos longevos e inmunes a las enfermedades, la causa por la que morimos suele pasar a la posteridad. En cambio, no importa cuánto traten los humanos de evitar la muerte, Érewyn: —alzó las manos y las colocó delante de ella—, su tiempo se desliza y cae por el espacio que queda entre nuestros dedos —Thranduil se detuvo un instante al ver los ojos de ella brillar por las lágrimas, pero continuó con su discurso—. Somos muy diferentes. Y esto es algo que necesitáis asimilar y superar. Los elfos somos longevos y grandiosos. Los hombres son fugaces y más leves, y vos tenéis mucho más de mujer porque hasta ahora habéis vivido entre hombres desconociendo que por vuestras venas corre, en parte, sangre élfica. Aunque vuestra esencia Sindar haya despertado gracias al poder que posee Galadriel y hayáis escogido el destino de los elfos para estar con Legolas, en realidad seguís siendo más mujer que elfa porque así es como os sentís, y eso se nota en vuestra forma de actuar, de expresaros...

—Y eso... ¿es malo? —preguntó ella, en un tono bajo que más bien parecía un ruego que una duda. Las lágrimas se deslizaron silenciosas por su rostro y Thranduil mantuvo su mirada severa, valorando su respuesta.

—Sólo lo es si no lo reconocéis —respondió.

Ella desvió la vista al suelo. Era cierto, todo, cada una de las palabras de Thranduil. Él era así, no se mordía la lengua para decir la verdad. Sorbió débilmente en medio de su llanto y limpió con discreción las lágrimas bajo sus ojos.

Y entonces notó la mano del Rey sobre su brazo, en un gesto amable que desconocía en él. Y su voz le habló en un tono que tampoco le había oído.

—Antes me hablásteis acerca del frío, mi señora. En esta caverna hace mucho frío ahora que se acerca el invierno. Yo nunca reparo en detalles como ese, no percibo el frío de la misma forma que podéis hacerlo vos. ¿Os apetece un té, hiril vuin?

Ella asintió, sorprendida por el cambio de actitud del Rey, sobretodo porque esta vez, sí notó sincera su gentileza. Thranduil sonrió y se dirigió hasta su despacho, que se hallaba conectado con aquella especie de biblioteca personal mediante una pequeña antesala.

No pasó mucho tiempo cuando regresó con una taza con humeante té.

—Espero no haberlo hecho mal del todo, Tulion ya se ha retirado por hoy —explicó, y tendió una taza sobre un pequeño plato a Érewyn.

La muchacha lo aceptó, agradecida, y tomó el primer sorbo. Casi de inmediato se sintió reconfortada.

—Volviendo a nuestro tema de conversación —dijo el Rey—, vuestras dificultades para identificaros con vuestra mitad Eldar son comprensibles, no obstante. Uno no puede asimilar una nueva identidad de la noche a la mañana, y menos aún contando con sólo veinte años de edad. Exigir algo así sería imperdonable por mi parte.

—Gracias, mi señor —musitó ella, posando su taza sobre el platillo.

—Decidme, ¿cuánto sabéis acerca de vuestro padre?

La pregunta la sorprendió de nuevo.

—No demasiado. Tan sólo que nació en Doriath y otras cosas que mi primo va explicándome. Pero Rissien es joven y nació y creció en Lórien. De la etapa de mi padre en Lindon, bajo el mando de Gil-Galad, y su vida anterior, en Doriath, no sabe mucho.

Thranduil sonrió misteriosamente.

—Ya veo... —murmuró, levantándose—. No sé si lo sabréis, pero Finrod Felagund se inspiró en la fortaleza de Menegroth para construir Nargothrond. Y Oropher, mi padre, mandó construir estas mismas Estancias también a imagen y semejanza de las "Mil Cavernas". El puente que cruza el Río Encantado, frente a nuestras puertas, es una réplica exacta al de Menegroth. Aunque el de allá era la única entrada posible a las Cavernas. Aquí ya sabéis que existe una segunda entrada, en el norte, la que conduce desde las cuadras al jardín a través del túnel —se recostó junto a una de las estanterías y dejó que su mirada se perdiera a través de la ventana—. Menegroth sirvió de inspiración a muchos pueblos, a reinos que lo siguieron... Contaban allí, además, con la Cintura de Melian, que protegía Doriath del ataque de las criaturas malignas de Morgoth y...

—¡La cintura de Melian! —exclamó Érewyn, dando un pequeño brinco en su sillón. Thranduil arqueó las cejas ante la explosión de interés casi infantil, y el entusiasmo plasmado en el rostro de la rohir al oírle hablar de la tierra de su padre.

—Veo que de eso sí habéis oído hablar.

—¡Por supuesto! El emblema de mi padre era un círculo de estrellas que representaba la Cintura de Melian, y mi hermano lo integró al de Rohan cuando ascendió al trono —explicó ella, sonriente—. Pero no sé qué en qué consistía exactamente ese poder, ¿era como una barrera mágica? ¿O como un encantamiento como el que mantiene eternamente verde el bosque de Lorien? —Thranduil alzó las manos con la intención de parar la insistencia de las preguntas de Érewyn y ella se tapó la boca con ambas manos—. Lo siento —murmuró.

—Quienes intentaban entrar en Doriath sin el consentimiento de Melian, se perdían dentro de un laberinto de árboles, confusión y cansancio, y no podían hallar el Reino de Thingol.

—Un sortilegio... —susurró ella.

Los labios de Érewyn formaron una perfecta "O", y Thranduil sonrió.

—Celebro vuestro interés, mi señora. Pero tenía entendido que la historia de los Sindar no llamaba vuestra atención...

Ella se revolvió en su asiento, avergonzada.

—En realidad, lo que sucede es que con el Maestro Rûdhon no logro comprender muchas cosas. Me habla de elfos y de reinados tan antiguos y diferentes a todo lo que yo conozco que me cuesta enormemente visualizarlos —se excusó, sonrojándose.

Y para su sorpresa, Thranduil rió. Era la primera vez que Érewyn le oía reír, y su risa le pareció muy parecida a la de Eglaron.

—En la Tierra Media quedan pocos elfos que hayan pisado Doriath. Y me temo que Rûdhon no es uno de ellos —declaró, y estudió la expresión de Érewyn, intrigado—. Pensándolo bien quizá no sea la persona más adecuada para ilustraros acerca de la historia de nuestro pueblo, al menos no para la de las Edades de los Árboles o la de la Primera Edad del Sol, si no logra despertar vuestro interés. Y menos aún después de haber humillado verbal y públicamente a su adorable hija... No, decididamente es más sensato que Rûdhon permanezca un tiempo lejos de vos, al menos hasta que las cosas se calmen y la gente deje de hablar de lo sucedido esta noche. Soy vuestro protector, después de todo, y debo actuar como tal. No me gustaría que vuestro hermano intentara arrasar con esta Caverna si os sucediera algún desgraciado accidente... —ella arqueó las cejas. Qué curioso que Gamelin y el Rey contemplaran la misma posibilidad de que Éomer se volviera loco—. Érewyn, a partir de mañana yo mismo me haré cargo de instruiros en la historia de los Sindar —anunció, con rostro inexpresivo.

Ella no creía haber oído bien. ¿Su futuro suegro iba a impartir para ella lecciones de historia?

Resopló disimuladamente. ¡Más ansiedad aún! Pero si tenía que escoger entre Thranduil y Rûdhon, prefería al primero. Al menos el Rey demostraba una pasión por aquellos temas que el Consejero no poseía.

Thranduil esbozó una sonrisa y la miró con expresión taimada.

—Pero, lo haré en Sindarin.

—¿Qué? —espetó ella. Thranduil le dio la espalda y se puso a ojear los lomos de las viejas encuadernaciones de sus libros.

—Sí, de ese modo avanzaréis más rápido también con el idioma. Me temo que vuestro primo es demasiado benévolo con vos —farfulló el Rey.

Ella no replicó. Gracias a Rissien habían hecho muchos avances pero al elfo no le importaba acortar la duración de las sesiones de conversación cuando ella estaba cansada o indispuesta.

—...Aquí está —musitó Thranduil. Extrajo de la estantería un libro de cubiertas negras y aspecto ajado en los bordes de las páginas, y lo tendió hacia Érewyn—. Leed esto, para empezar.

—¿Para mí? —preguntó, titubeando. El Rey asintió—. ¿Qué es?

—Relatos de nuestro pueblo. Está escrito en Sindarin, por supuesto. Es originario del Reino de Lindon, así que cuidadlo bien.

Ella abrió los ojos con desmesura y sujetó el enorme libro entre sus brazos como si se tratara de lo más frágil del mundo.

—Muchas gracias —musitó, componiendo una torpe reverencia al hallarse sujetando el pesado tomo.

—Será mejor que os retiréis ya a vuestras dependencias, mi señora. Es muy tarde y debéis estar agotada. Os espero aquí mañana a primera hora. Sed puntual —le aconsejó el Rey, con severidad.

—Por supuesto. Buenas noch... ¡Oh! —exclamó, justo cuando volteaba para dirigirse a la salida—. Mi señor, hay algo que quise deciros durante los festejos, pero no tuvimos oportunidad de hablar...

Thranduil entornó los ojos y la miró seriamente.

—Vos diréis.

Y a pesar de saberse en la seguridad de las estancias del Rey, Érewyn dio dos rápidos pasos hasta situarse justo frente a Thranduil, y bajó el tono de voz hasta que no fue más que un susurro.

—Lady Anariel sabe acerca del compromiso entre Legolas y yo.

El Rey frunció el ceño y observó inquisitivamente a la rohir.

—¿Estáis completamente segura de eso? —susurró.

—Sí señor. Y no está muy contenta, que digamos... —añadió ella.

—De acuerdo. Lo tendré en cuenta, mi señora. Pero —alzó un dedo en gesto de advertencia y arqueó una ceja—, os prohibo que toméis cartas en este el asunto, ni vos, ni vuestra guardia, ni vuestro primo... Y tampoco Remdess.

Érwyn asintió con energía y se dispuso a reemprender el camino hacia la puerta, cuando el Rey la detuvo antes de llegar.

—Aguardad, Érewyn. Es realmente tarde. Avisaré a uno de mis guardias para que os escolte hasta vuestra alcoba.

—... No hará falta, mi señor —se apresuró a negarse ella—. Me espera mi propia escolta —aclaró.

Abrió la puerta y antes de que esta se cerrara, Thranduil pudo vislumbrar el perfil de varios rohirrim, apostados en el exterior.

...

Al día siguiente, Érewyn emergió con energía renovada de su habitación y, seguida de Remdess, emprendió el camino hacia las dependencias del Rey, dispuesta a experimentar su primera lección de historia impartida por Thranduil.

Llevaba las anotaciones que realizó con Rûdhon y hacía un repaso mental de lo que había aprendido hasta entonces, mientras trataba de rememorar algunos términos en Sindarin, con Remdess.

—"Am man?" significa "¿por qué?". Y si quiero decir "lo entiendo" entonces: "nin ú-chenin"... —murmuraba la rohir.

Torcieron por un pasillo a la derecha y subieron por una estrecha escalera de piedra medio oculta en un rincón. Era la ruta "discreta" para llegar a las dependencias del Rey, y Érewyn la conocía bien.

Remdess suspiró, contrariada y sacudió la cabeza de lado a lado.

Nin ú-chenîn —la corrigió—. La última "i" es más larga.

—¡Ah! Entiendo... Nin ú-cheniiiin.

—¡Tanto no! —rió Remdess. Y emitió un suspiro—. Mi señora, respecto a lo que sucedió ayer... Es sabido ya en toda la ciudad.

—¡Oh! —alcanzó a decir Érewyn, y prosiguió su camino sin añadir nada más.

Llegaron al piso superior y al tomar el siguiente corredor Remdess continuó hablando.

—Y hay algo que debéis saber —confesó la elfa.

Pero calló de inmediato cuando oyó unos pasos detrás de ellas, acercándose precipitadamente.

Érewyn reaccionó deprisa. Desenvainó su recién lustrada daga y apartó a Remm con un brazo, colocándola detrás de sí y encarando de frente a quien las perseguía.

—¡Mi señora! —dijo un elfo con expresión sorprendida y las manos alzadas en señal de rendición, al contemplar la afilada daga frente a su rostro. La rohir ladeó la cabeza y le miró con recelo—. Lamento haberos sobresaltado. Sólo quería deciros que... mi madre desea que aceptéis un bizcocho de naranja que ha horneado esta mañana... Bueno, en realidad, todos en mi familia lo deseamos —confesó el muchacho.

Ella frunció el ceño, confusa, y miró a Remdess, que miraba al elfo con suspicacia.

—Sois el hijo de Galion, ¿verdad? —preguntó la dama de compañía. El joven elfo asintió, y Remdess hizo un gesto a Érewyn que claramente significaba que no había peligro.

—Disculpad —dijo la rohir, envainando su daga—. Hoy estoy algo nerviosa. Además no acostumbro desplazarme sin mi guardia personal, y me pongo en guardia a la primera de cambio —mintió. Lo cierto era que le había costado horrores convencer a Gamelin de que no hacía falta que la siguiera a todas partes como un sabueso. El Jefe de su guardia estaba especialmente suspicaz aquel día—. ¡Qué hermoso detalle por parte de vuestra madre! —dijo, sonriente—. Decidle que en cuanto termine mis lecciones con mi Señor Thranduil acudiré gustosa a probarlo.

El elfo sonrió amigablemente, y Érewyn, sorprendida, vislumbró en aquel gesto la ausencia de la acostumbrada neutralidad que lucían los elfos. Él colocó el puño en su pecho en señal de respeto y se alejó por donde había venido.

Érewyn volteó hacia Remdess y la miró sin comprender.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó—. Hasta ayer ningún habitante de Eryn Lasgalen, excepto la familia de Legolas y tú, me había dirigido la palabra.

—Mi señora... Es lo que trataba de deciros antes, aunque hasta hace unos minutos sólo eran conjeturas mías... Hasta ayer nadie había osado jamás plantarle cara a la bella y pérfida Anariel —dijo Remm, y después de hacerlo se tapó la boca brevemente y miró a ambos lados—. Aún así, había mucha gente harta de su prepotencia, de modo que vuestra forma de argumentar con ella es considerada por todos ellos como una lección de humildad bien merecida por parte de Anariel.

—... ¿Ah sí?

—Sí —afirmó la elfa—. La hermana del muchacho con el que acabáis de hablar fue humillada públicamente por Lady Anariel hace diez años. Su familia jamás se lo perdonó y ninguno ocultaba su desprecio al cruzarse con ella. Pero, como la familia de Anariel es de mayor rango, debían mantener ese desprecio en un discreto desdeño. Vos poseéis la voz con la que muchos en Eryn Lasgalen no osaban hablar.

Érewyn tragó fuerte al percatarse del peso de la confesión de Remdess. Pero, a pesar de ello, se mostró aliviada. Era la primera vez desde que Legolas abandonó las Estancias que se sentía orgullosa de sí misma.

—Pero os aconsejo que seáis precavida, mi señora —le advirtió Remdess—. Anariel también tiene muchos defensores. No menospreciéis las reservas de Gamelin... Y no os separéis nunca de vuestra daga.

...

.:: En algún lugar recóndito de la llanura de Rhûn ::.

Árida, seca, ventosa, solitaria. Así era la tierra de Rhûn, inclemente y dura. Su clima y condiciones extremos no tenían piedad en los viajeros que, osados, se aventuraban a través de la enormidad de su extensión, buscando llegar a los confines del Este, quizá, o a lugares que existían únicamente en la imaginación. Pero estos eran pocos.

Casi nadie lo hacía ya, la tierra de Rhûn y lo que fuera que habitara más allá pertenecían al olvido de los Pueblos Libres. Y allí, adentrándose cada día más en esa estepa interminable que era la tierra de los Balchoth, el Peregrino Gris se orientaba por las estrellas, durante la noche; y se dejaba guiar por las huellas de una criatura desconocida cuyo rastro perseguía día tras día, y con la que no lograba acortar distancias.

Tan sólo un hecho notable había llamado su atención los últimos dos meses de constante batida: las huellas cada vez eran más grandes, y cada vez resultaba menos difícil hallarlas impresas en el terreno. Y eso sólo podía significar una cosa: la criatura crecía. Y no sólo eso, Gandalf recordaba haber visto ese tipo de marcas una vez, hacía muchos años ya. Tantos, que la tierra donde las contempló había sido olvidada y las criaturas que las provocaron dejaron de existir... O eso había creído.

Pero una madrugada en la que permitió a Sombragris pastar durante un poco más de tiempo antes de reemprender la persecución, se entretuvo en estudiar las impresiones del suelo. Estaban en una zona más seca donde las improntas eran más leves, de modo que debía tener especial cuidado para no perder el rastro. Y al deslizar los dedos por los bordes de una de ellas advirtió algo nuevo. Allí no sólo estaban las conocidas marcas de la criatura...

—Balchoth... —musitó, para él. Y había pasado tanto tiempo sin hablar que su propia voz le sonó extraña, como un graznido.

Frunció el ceño y reclamó a su Meara, que acudió, presto, tras oír el silbido de su jinete.

Durante todo aquel día se dedicó Gandalf a intentar descifrar por qué había huellas mezcladas allí. ¿Habría hallado la criatura un campamento nómada? No, eso no era posible. No había rastro de que los salvajes hubieran salido huyendo. De hecho no había señales de nada, exceptuando aquellas huellas en el suelo.

Y de nuevo su lógica trabajó deprisa para llegar a la única conclusión posible, una bastante perturbadora: quien había estado de caza en aquel lugar no había sido la criatura. Ella era, en realidad, la presa, y los Balchoth los perseguidores.

Gandalf descendió del caballo por cuarta vez aquella mañana. Tan enfrascado estaba en aquel nuevo descubrimiento que ni siquiera había recordado comer. Pero nada de eso le importó ya cuando inspeccionó una zona con la tierra removida y claros signos de haber sido escenario de un duelo o de una batalla complicada. Allí las huellas eran prácticamente ilegibles. Y más allá, las de la criatura desaparecían y tan sólo quedaban las de los salvajes.

Aquello fue la confirmación de sus sospechas. No le habían dado caza para matarla: la habían capturado.

No necesitó demasiado tiempo para tomar una decisión al descubrirlo. Montó en su caballo y abandonó el rastro para regresar a toda velocidad al Oeste. Y mientras galopaba las palabras que pronunció Faramir el día del Pacto de los Pueblos Libres regresaron a su mente como si se hubiera tratado desde el principio de una oscura profecía.

"No es ningún secreto que los orientales son buenos adiestradores, tanto de caballos como de cualquier animal salvaje que encuentren".

¡Debió haberlo previsto!

—¡Corre, Sombragris! Por lo que más amas en este mundo, ¡corre!

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TRADUCCIONES

Gi nathlam hí. Elen sila lumenn omentilmo. Amin merna quen sil amin irma seasa. Tula sinome, arwenamin - Sed bienvenidos. Una estrella brilla en la hora de nuestro encuentro. Es un placer para mí poder presentar a alguien muy especial. Venid, mi señora.

Hiril vuin - Querida mía.

ACLARACIONES

Acerca de los "Segundos Hijos"

Es un término que no sólo está presente en el Universo de Juego de Tronos. "Segundos Hijos" o "Hijos de Ilúvatar" es una forma poética de denominar a los hombres, según Tolkien.

Acerca de las costumbres matrimoniales

Juro solemnemente que todo lo que explica Aeneth es fruto de una intensiva investigación que me ha llevado días. Excepto el detalle del desentrelazado de las trenzas, eso es cosecha propia ;)

Nota de la autora:

¡CHAN! XD Tengo poco que explicar después de este capítulo tan intenso. Espero que hayáis disfrutado de la avergonzante conversación de Aeneth y Érewyn, del regalito de Legolas, del Epic Win de Érewyn sobre Anariel, de los chascarrillos de Gamelin, de la dulzura de Riss, de la sinceridad de Thranduil y del hallazgo de Gandalf.

Sobretodo con lo de Anariel. Sé que sois muchas las que la odiáis con intensidad, jajajaja!

He estado deseando publicar este capítulo desde que comencé a escribir el borrador, hace casi un año. Ese "mientras exista Arda" tiene muchísimas connotaciones emocionales para Érewyn, y el juramento que le ha hecho su primo implica exactamente eso: eternamente :')

No puedo adelantar nada de lo que está por venir pero puedo decir que será interesante, mucho :)

¡Espero que os haya gustado el capítulo! ¡Muchas gracias por leer!