LIV. El As bajo la manga
"En este mundo sacudido y desequilibrado; gradualmente me vuelvo transparente hasta ser invisible.
Por favor, no te molestes en buscarme y no me mires…
Simplemente no quiero herirte; dentro del mundo que vino de la imaginación de alguien más.
Así que por favor, recuérdame tan vívido como era…"
Unravel- T.K
Tuvo que dejar la Universidad después de esa entrevista.
Físicamente el Señor Usami aparentaba un par de años menos que él, pero que Asahina le tratara con tal respeto y formalidad daba a entender que no se equivocaban los rumores. Aquel muchacho era la cabeza detrás del imperio más fuerte de Tokio; era quien movía los controles de una ciudad aparentemente perfecta pero corroída por la codicia y la lucha por el poder.
Poder… al parecer eso era lo que se necesitaba para mantener a la Corporación en la cima.
"Entonces limpiarás la basura por mí… Te pagaremos una gran cantidad de dinero por ello… Dijiste que harías lo que fuera ¿No es cierto?"
Sabía que aquella frase dicha con naturalidad era un portal al infierno de donde, también sabía, podía ser incapaz de volver.
Pero también era cierto que Chiaki no podía esperar a que sus estudios rindieran frutos; y nadie podía garantizarle que eso sucediera.
Tomando aire hasta llenar sus pulmones del frío gélido de aquella madrugada de invierno, cerró la maleta y abandonó el dormitorio. Decidido a cumplir su juramento de mantenerle vivo no importando lo que tuviera que hacer.
Sin embargo, del dicho al hecho hay un largo trecho por andar. En el momento en que Kaoru le entregó una pistola le temblaban las manos y su respiración era irregular.
Vamos… tu puedes hacerlo ¡Dispara!― se reprendía para poder poner los dedos en el gatillo. A sus lados, otros dos muchachos disparaban a discreción.; con una facilidad que le aterraba, pero que al mismo tiempo le causaba envidia no tener.
― Hatori, creo que si disparas podré ayudarte a mejorar― le presionó Kaoru. Desde el primer momento en que llegó a la Corporación no se despegó de su lado. Eso le alteraba aún más los nervios, pues pensaba que en el momento en que se percatara que era un cobarde, iba a matarle.
No podía permitir eso; él había jurado que le salvaría.
Inhaló a profundidad y se llevó la pistola a la altura del rostro, en posición de tiro. Y guiado por el instinto y con la frialdad de un depredador… disparó.
― Impresionante― dijo Kaoru, moviendo el blanco de posición―, en eso también se parecen, ¿eh?
Hatori no entendió lo que quiso decir.
Mira el blanco junto al tuyo― señaló leyendo su expresión. El blanco siguiente solo tenía dos tiros; ambos en el centro.
Cuando siguió el origen vio a un muchacho de unos quince años disparar con un rifle de mirilla. Sus ojos azules eran parecidos a los suyos, pero estos eran más fríos y distantes, con una expresión que le heló la sangre.
Tienen la misma expresión cuando disparan― explicó Asahina antes de ponerse en marcha.
Cuando llevaba una semana de entrenamiento fueron encargados de una emboscada. Supuestamente eliminarían un clan yakuza que había arrebatado algunos territorios que estaban bajo control de los Usami. Era su primer trabajo como mercenario.
Al entrar a la casa de estilo imperial, un ejército ya esperaba recibirlos. Miró en cámara lenta como un relámpago llamado Takano entró abriéndose camino con una espada japonesa llevándose por delante a quien estuviera en contra de su intromisión; mientras Mino; un psicópata con el mejor juguete que le pueden dar a alguien de su clase, reía histéricamente al abrir fuego contra quienes su predecesor tuviera el atrevimiento de dejar vivos.
Kisa se encargó de la defensa desde sus espaldas; enmarañando entre hilos invisibles a quienes llegaran en auxilio de sus compañeros; quedando enredados en una telaraña filosa y letal.
Solamente ellos tres habían terciado el número de hombres en defensa de la casa. Y él no había podido (o no había tenido el valor), de hacer ni un solo disparo.
Corrió tratando de huir. Quizás aquel muchacho del rifle podía disparar con frialdad igual que él, pero simplemente no podía forzarse a quitarle la vida a una persona; no podría vivir con eso.
Cerró una puerta tras de sí totalmente desorientado y solo; se sentía mareado y con nauseas ante lo que acababa de ver. Era la escena más atroz que había tenido que presenciar jamás.
No pudo soportar las náuseas por mucho tiempo y se fue en arcadas casi sin querer evitarlo.
Cuando recuperó el sentido, sintió el filo de una espada en su garganta amenazando con rebanarle el cuello al menor indicio de resistencia.
― Te mueves y te mato.― confirmó su prisionero aunque no pudiera distinguirlo en la penumbra― Suelta tu arma.
Obedeció sin chistar y, dejando caer la pistola al suelo, levantó los brazos lentamente.
Un hombre le viró y le hizo arrodillarse para amenazarle de frente con el filo de su espada. No pudo distinguir sus facciones en medio de la oscuridad; pero su voz era temible.
― ¿Por qué Usami manda a sus hombres a eliminarme?― preguntó. El temblor ante aquel peligro inminente le estremecía de pies a cabeza impidiéndole responder.
Te hice una pregunta― recalcó acercando el filo a su garganta― responde.
Cerró los ojos y muchas cosas pasaron por su cabeza; cada momento de su vida en una película que, en cada uno de sus recuerdos; incluía a Chiaki.
Eso le devolvió el coraje. No podía morir allí, no podía abandonar a Chiaki a su suerte; no cuando había jurado protegerle, cuidar de él. Hasta sus últimas consecuencias.
Con un impulso de corriente por sus venas, levantó el pie y le propinó una patada en la ingle a su adversario que lo hizo hincarse de dolor perdiendo su posición amenazadora.
Tomó la pistola del suelo y le disparó en el hombro para inmovilizarlo. Sin embargo, no pudo disparar a matar.
Su conciencia no le dejaba dispararle a la cabeza, donde acabaría con el problema de una vez por todas. Simplemente no podía.
Su dedo se inmovilizó en el gatillo. Dentro de sí mismo imaginaba como no podría verlo a los ojos después de eso.
No iba a poder hacerlo, no iba a ser digno de presentarse frente a Chiaki después de semejante atrocidad.
Su atacante se recuperó y tomando la espada entre ambas manos se lanzó a matar, pero dos ruidos secos retumbaron en sus oídos y detuvieron su carrera de pronto, haciéndolo estrellarse contra el suelo. Sin vida.
Se volteó en espera de lo peor, sabía que la persona que lo había descubierto, fuese del bando que fuese, lo iba a matar.
― Vámonos― fue lo único que le dijo Kaoru antes de volver por donde vino ―, nuestro trabajo aquí terminó.
Una vez en el edificio de la Corporación tuvo que lidiar con las consecuencias de sus decisiones. Sabía que había tomado un camino inexcusable, cruel y maldito, pero nunca imaginó que los sucesos permanecerían en su memoria lastimándole hasta casi acabar con su cordura.
Lo peor de todo es que imaginaba cuando Chiaki se enterara de aquello y eso era suficiente para hacerlo llorar y retorcerse de desesperación. Y no solo eso; había fallado, si Kaoru o el señor Usami decidían matarlo por su cobardía todo lo que había sacrificado acabaría así, por la mitad. Sin haber logrado nada.
Llamaron a la puerta de su departamento y quedó petrificado en la perilla sin poder abrir, sin poder asumir su destino, sin aceptar que iba a morir.
― Hatori, soy yo― Kaoru volvió a llamarle y tomó de nuevo la pistola de su chaqueta antes de abrirle.
― Si vas a matarme, no te la pondré fácil― exclamó apuntándole a la cara, pero las manos le temblaban. Asahina simplemente le miró antes de torcer su muñeca hacia afuera y girarlo con la mano en su espalda hasta arrinconarle.
― Aún te faltan muchos años para apuntarme a la cara, mocoso― gruñó cerca de su oído y le soltó. Cayó hincado casi sin poder respirar.
Además, está más que claro que no puedes matar absolutamente a nadie. Ni aunque lo tuvieras frente a ti con la guardia baja.
Recordó al sujeto de la espada y su turbación aumentó.
― Simplemente no pude ¡¿Está bien?!― exclamó― No pude disparar. No puedes pedirme que sea igual a ellos, con esa sangre fría, con esa crueldad ¡No puedo ser un asesino!
― ¿Entonces por qué aceptaste esto?― le preguntó― ¿Pensaste qué el Señor Usami haría caridad contigo y con tu amigo a cambio de nada?
― ¡Lo sé! Sé que esto era lo que haría, pero― se quebró su voz― imagino su cara, su decepción y simplemente no…
― Tienes hasta mañana para recapacitar, Hatori― amenazó― de lo contrario estarás muerto.
Cerró la puerta tras de sí y por un momento juraría que su sangre dejó de circular por sus venas.
Pasó toda la noche despierto, pensando en qué podría hacer para obligarse a continuar con la decisión que había tomado. Pensó en las consecuencias de aceptar; estaría condenado a ser un asesino de por vida, a cambio del bienestar de Chiaki… pero, si por algún motivo se enterase de lo que hacía para mantenerlo vivo lo odiaría sin duda, jamás se lo perdonaría, pues desde joven siempre fue demasiado gentil incluso para su propia seguridad.
Pero, de rechazar una vez más lo que estaba encomendado a hacer, sería eliminado. Y su promesa simplemente se perdería, todo se iría al traste y Chiaki estaría a la deriva, esperando en su casa hasta el día de su muerte. Todo porque él no pudo decidir simplemente entre su vida y la de un extraño.
¿Podría mirar a los ojos a su amado después de haber matado a alguien? ¿Podría simplemente morir y dejarlo solo? Su corazón se comprimió entre posibilidades horribles y desoladoras.
Kaoru no fue a buscarlo sino hasta el final de la tarde del día siguiente; manteniéndolo en vilo durante todo el día mientras batallaba consigo mismo por no poder decidirse.
Caía la noche cuando llamó a su puerta, sobresaltándolo.
Al menos le habría gustado ver a Chiaki por última vez; despedirse apropiadamente.
Pedirle perdón por no poder salvarle, por haberse rendido antes de empezar.
Cerró los ojos en cuanto le abrió. Kaoru entró al departamento y cerró la puerta.
― Debo deducir por la forma en la que me abriste que no pudiste llegar a una decisión.
Hatori simplemente reverenció y con mayor resignación de la que pudo imaginar que tendría le respondió:
― No podría volver a ver a los ojos a la persona que amo si sé que en su nombre estoy acabando con la vida de alguien más. Lo siento.
― Ya veo― respondió y escuchó el seguro de un arma al ser removido.
Perdóname, Chiaki…
Entonces lleguemos a un acuerdo― agregó después en voz baja. Hatori se sorprendió y se levantó para mirarle.
― No entiendo-
― Cuando el momento llegue…― comenzó mirando por la ventana― me ayudarás a destruir al Imperio Usami.
El plan de Kaoru no implicaba matar a nadie, pero no por eso era más sencillo o menos peligroso.
Debía parecer ante el resto de los Conejos que él era simplemente uno de ellos, que cargaba los mismos pesos en la conciencia y que incluso, su lealtad hacia el señor Usami también era absoluta e infinita.
Pero secretamente, cada documento que Kaoru recibía del señor Usami que sirviera para implicarlo en algún crimen y hundirlo, tenía una copia para él.
― Igual tienes que mostrarte imperturbable― le dijo una vez― que todos crean que esto también te está volviendo loco. Qué está matándote por dentro igual que al resto; por eso, no dudes en apuntarle a la gente como si fueras a matarla. Igual que lo hiciste conmigo aquella vez.
Pelea, Hatori. Sino por ti, al menos por la persona que te es más valiosa.
Por eso desarrolló ese álter ego que todos creían que era el verdadero Hatori. Aquel que con sangre fría eliminaba de su camino cualquiera que representara un obstáculo.
Sin embargo, su seguridad tambaleó en aquel momento que Masamune le ofreció huir. Al escapar podía librarse de tantas trampas y mentiras, de aquellos pactos que ponían en riesgo su vida. Porque sabía que en cuanto el Señor Usami se enterara de lo que tramaba con Asahina ambos terminarían muertos.
Tampoco podía traicionar a Kaoru y dejarlo en ello solo, él le perdonó la vida; igual que a Chiaki.
― Entonces eso te ofreció.
― Si, pero no pude aceptar― confesó― Si huyo con Chiaki no tendré como protegerle. Nunca terminé la universidad y aunque supiera mucho como ayudarle, no tengo los recursos ni el lugar donde hacerlo si huyo.
― Comprendo― respondió― En cierta forma imaginé que en algún momento esto llegaría a suceder.
― ¿De qué hablas?
― Voy a sugerirle al señor Usami que te asigne para perseguir a Takano; pero en vez de deshacerte de él, vas a ayudarlo a huir.
― ¿Estás seguro?― preguntó extrañado. Si Usami llegase a descubrir semejante traición sin duda los mataría.
― En algún momento necesitaremos un aliado. Esto no va a durar mucho tiempo.
Asintió en silencio, pero sus pensamientos se desviaron hacia una duda aún más importante. Si tanto les servía como aliado ¿Por qué lo dejaron desertar? ¿Por qué no lo incluyeron en su plan?
― Entonces por qué…
― Mucha gente inmiscuida en esto puede llamar la atención del Señor Usami y no quiero eso.
― ¿Entonces por qué yo?― preguntó tratando de entender algo.
― El día que iba a matarte― comenzó― fui a ver a Chiaki Yoshino al hospital. Es un muchacho algo infantil para su edad, dependiente, distraído… y todo lo que conforman sus recuerdos son vivencias contigo. Incluso creo que no puede valerse por sí mismo, o finge para tenerte cerca siempre.
Hatori sonrió un poco por lo bajo al cerrar la caja fuerte donde guardaban sus documentos.
― Sí. Así es él.
― Me recuerda a alguien que conozco― completó sonriendo un poco. Juraría que los ojos le brillaron en esa ocasión.
A pesar de cuanta camaradería pudiese haber entre ellos; no se daban más confianza ni se relataban más confidencias de las que fueran necesarias para fraguar su plan. No lo llamaría precisamente una amistad; sino un pacto de caballeros, o un clan dentro del mismo clan, donde servía a Kaoru Asahina en vez de Akihiko Usami.
― Si algo llegara a pasarme― le dijo la última vez que hablaron; unos días antes de que lo asesinaran― entrégale todos los documentos que tenemos a Nowaki.
Hatori, en lo personal, consideraba el movimiento de Nowaki como algo infantil e impulsivo que ponía en riesgo todas las cosas, todo lo que ellos cuidadosamente habían calculado durante años.
― ¿Por qué?― preguntó en su primera muestra de rebeldía desde que decidió pactar con él― Tiene a todo el clan detrás de él, alborotó el avispero y amenaza con mandarlo todo al diablo antes de que pudiéramos resguardar lo que queremos. Creo que es una-
― Ryuiichirō no va a soportar durante mucho tiempo más, Hatori― fue la primera vez que habló en ese tono lleno de preocupación― Su necesidad de beber ha empeorado; y además Yui-
― Comprendo, comprendo― respondió cediendo a su petición. Porque aquello no era una orden, era un favor― Se los daré.
― Gracias― contestó con sinceridad― Creo que no pude escoger a alguien mejor para esto.
Estaba en Rusia el día que se enteró que Kaoru había sido asesinado y se sintió desorientado; casi perdido. Sin él para continuar, las bases de su plan y su seguridad comenzaban a tambalearse. Incluso tenía el terrible presentimiento de que estaban al descubierto y que en cuanto pusiera un pie en Japón lo eliminarían por traidor.
Odió a Nowaki y su imprudencia, pero sobre todo, a Kaoru y su ingenuidad por confiar en un muchacho estúpido que había decidido lanzarse sobre el clan solo porque se había enamorado de un fiscal.
Rió para sí mismo luego de llegar a esa conclusión: Su amor desmedido por Chiaki lo había puesto en esa situación en primer lugar. Y lo peor era que él no se mostraba arrepentido por ello.
En cuanto volvió a Tokio decidió seguir el plan de Kaoru hasta que pudiera hallar una forma más práctica de sacar a Chiaki vivo de todo el conflicto.
Incluso cumplió su orden, reiterada en la carta que dejó en su habitación antes de morir junto a los últimos documentos que pudo recolectar.
Podía mantenerse un tiempo más pretendiendo; sólo hasta que Kamijō y los demás hicieran su parte.
"Tienes siete días para hacer al menos una de las dos cosas que te pedí…"
De nuevo sería forzado a decidir entre matar o morir, o ver morir a Chiaki, que resultaba aún más terrible. Pero sabía que el señor Usami no sería tan condescendiente con él, tan compasivo o incluso diligente como lo fue Kaoru.
Por eso presionó a Masamune, y estaba decidido a matarlo si en ese plazo el Imperio no caía.
Pero la estúpida de Yui decidió arruinarlo todo con sus impulsos de niña ignorada, echándolo todo a perder. Mandando incluso lo que él y Kaoru habían fraguado por años al diablo cuando estaba a punto de producir resultados…
Por eso tuvo que huir, por eso tuvo que servir al rey gris. Era el único que podía salvarle, el único que podía proteger a Chiaki.
Era lo más cercano que tenía a no matar… y a no morir.
Le contó todo; todo lo que había hecho, todo lo que había vivido. Incluso el plan que pensaba llevar a cabo para salvarlo.
Cuando terminó de hablar, Chiaki lucía confundido, contrariado y hasta cierto punto su rostro denotaba cierta… culpabilidad.
Se quedó callado durante unos minutos, mientras asimilaba todo, supuso. Pero cada minuto era como una espada en su pecho, como si le asfixiaran hasta dejarlo sin aire. Nunca había sentido un dolor igual.
― ¿Por qué llegaste tan lejos?― preguntó en voz muy baja. Ya había dejado de llorar, pero aún su voz se mostraba débil.
― Quería salvarte, quería cuidarte… te lo prometí-
― ¡También prometiste qué no harías nada peligroso!― exclamó irritado y su respiración se agitó.
― Chiaki, por favor cálmate.
― ¡Estoy harto de esto!― gritó a todo pulmón― ¡Estoy harto de qué esta enfermedad haya llevado a todos a mi alrededor a hacer cosas terribles! ¡Estoy harto de qué nadie me diga nada porque puedo alterarme! ¡De que todos me mientan y me oculten cosas!
Apretó sus manos entre las suyas como si la vida se le fuera en ello.
Los he forzado a que hagan cosas que no quieren― sollozó―, a que corran peligro… Dime como habría podido vivir al saber que mataste a alguien para cuidar de mí, o que te mataron por andar en terrenos peligrosos… Contéstame, Tori.
― Lo siento.― respondió con sinceridad― Pero no podía dejarte morir así sin más, sin hacer nada. Dime tú qué más pude haber hecho, qué otro camino pude haber tomado.
De nuevo se quedó callado y miró hacia abajo, en dirección a sus manos entrelazadas. Sintió algunas gotitas caer sobre ellas.
― Perdóname― murmuró mientras volvía a llorar― perdóname por forzarte a hacer esto, Tori… perdóname.
― ¡Esto no es tu culpa!
― ¡Claro que sí!― le miró― yo fui quien dijo que quería vivir; si hubiese aceptado mi destino esto-
― No digas eso― suplicó―, por favor no digas que prefieres morir, Chiaki. Nunca más lo hagas… por favor.
Ahora sus propias lágrimas se unieron a las suyas sobre sus manos.
Chiaki lo rodeó con sus brazos, abrazándolo tan fuerte como pudo en medio de su debilidad.
― Te amo Tori― susurró entre sollozos― por eso… No te expongas más, por favor.
Le retornó el abrazo con la misma vehemencia, pero su cuerpo era tan delgado que a pesar de que lo rodease con sus brazos quedaba espacio entre ellos.
― Yo también te amo, Chiaki― respondió― por eso… no te rindas aún. Solo espera un poco más.
Acunó su mejilla en una de las palmas de su mano y unió su frente a la suya.
Esta vez definitivamente nos voy a salvar― prometió, mirando los mares azules de su mirada.
Se masajeó los ojos con los dedos antes de cerrar e portátil y tomar su abrigo para irse a casa.
Estaba tomándose las cosas con más calma desde que Takafumi había tenido esa conversación con él, sin embargo, el sentimiento de aprensión no se iba. Tenía que dar con su paradero y pronto.
Lanzó un suspiro al aire cuando escuchó que llamaban a su puerta. Supuso podía ser Miyagi o Takatsuki o Kamijō… incluso el mismo Takafumi cansado de esperarle afuera que pudo haberse decidido a buscarle.
Pero incluso ahora, después de todos los acontecimientos recientes; se mostraba precavido casi hasta rayar en la paranoia.
― ¿Quién es?― preguntó con precaución.
― Miyagi, Kirishima― contestaron del otro lado― Quiero hablar de algo con usted.
― Ah sí, Miyagi― respondió volviendo a su silla― por favor pasa.
Envió un texto rápido a Takafumi para que le diera un par de minutos de gracia, pues supuso que lo que Miyagi tenía para decirle era de suma importancia, a juzgar por la hora a la que ambos continuaban en el tribunal.
Miyagi entró con un gesto severo en el rostro. Si lo analizaba bien era casi como si viniese a reclamarle algo, o peor… a desmeritarlo.
Tome asiento― le invitó a ocupar el sillón frente a él, pero Miyagi lo rechazó con un gesto de la mano.
― Gracias― contestó con cortesía―, pero prefiero permanecer de pie.
― Muy bien― contestó ya sospechando que esa conversación no era simplemente una charla acerca de trabajo. Aunque si tuviera que ver con Akihiko Usami.
― Seré breve, Kirishima― comenzó mirándolo fijamente en busca de una mentira― ¿Qué quiere de Akihiko Usami?
Ya le dolía la cabeza de tanto leer; pero por más cansado que estuviese no podía irse aún. No hasta que estableciera una forma de encontrarle.
Luego de prevenir a Onodera y a Kamijō acerca de cómo los grises podían estar sobre Masamune y Nowaki; Shinobu sintió que su deber era unir el último eslabón en la cadena y establecer una relación que pudiera darles cierta ventaja.
Y ese eslabón, por supuesto, era Hatori.
Recordó que hacía algunos días, cuando Usami fue arrestado, redactó un expediente suyo y lo incluyó en la base de datos del tribunal. Era más fácil de esa forma encontrarlo en cualquier momento, y así podían ubicarlo en los aeropuertos y puertos marítimos que pudiera usar para huir.
Pero, en ese momento, más que arrestarlo, tenía una fuerte inclinación a resguardarlo pues era un testigo primordial y su vida corría peligro.
Cuando tecleó su nombre en la página de acceso al archivo y arrojó el mensaje de error, pensó en primera instancia que su visión ya estaba mal debido al cansancio. Así que se concentró y de nuevo volvió a buscar.
De nuevo el mismo mensaje de error, y sucedió de igual forma las siguientes cuatro búsquedas.
― Esto no puede ser― susurró para sí mismo mientras volvía a buscar en medio del nerviosismo en la página del seguro social, de recaudación de impuestos, del registro electoral.
De nuevo nada. La persona que buscaba no existía, era un fantasma.
Tomó el teléfono y marcó a Kamijō; ya Miyagi se enteraría después de su reunión con Kirishima. Aquello también era importante.
― Takatsuki― respondió Hiroki luego del primer repique. Era muy raro que Shinobu le llamara.
― Kamijō- intentó hablar, pero alguien más le arrebató el teléfono y lo cerró frente a él.
― Creo que no hace falta que se precipite, fiscal― le dijo la voz.
Cuando levantó la vista; Hatori estaba frente a sus ojos con expresión fría.
