Chapter 51:
Severus terminó la carta para Dumbledore con los músculos agarrotados. Se tumbó en su escritorio, pensando fúnebremente que no podría aguantar esa tortura diaria por mucho tiempo más, y luego ató la pequeña carta a la pata de su enorme lechuza marrón. La mandó a volar y esperó la respuesta, que no se hizo de rogar. Le citaba a media tarde, cuando la luz del sol se había ido, en un claro de un bosque. Le adjuntaba un traslador que se activaría a la hora acordada.
Severus miró con sospechas el tapón de botella de cerveza de mantequilla y suspiró: seguramente le llevaría de cabeza a una redada de aurores, o peor incluso si se trataba de los Ángeles de la Justicia. Pero debía hacerlo de todas formas y tampoco es como si fuera a estar peor allí: si el Lord pensaba seguir torturándole a ese ritmo, casi prefería recuperarse en Azkaban. Garabateó una contestación afirmativa y miró el caldero que tenía a su izquierda: la poción de éxtasis estaba lista.
La retiró del fuego y se tumbó en la cama. Necesitaría de la poción para presentarse ante Albus Dumbledore. Tenía su coartada preparada: amaba a Lily Potter y odiaba a James. Harry le importaba un bledo y el incidente de la misteriosa 'poción de amor' que le había dado a James era un intento patético de enamorar a Lily que había salido mal. Cerró los ojos, sintiendo vergüenza de la mentira que iba a contar: él nunca haría algo así para conseguir el amor de nadie. Se iba a dejar a sí mismo como una especie de perturbado pero… El Lord así lo quería y si con eso conseguía congraciarse de nuevo con él y parar los castigos, sí, sería un perturbado.
A la hora acordada sintió el tirón en el ombligo y segundos después dejó caer el tapón al suelo, mirando el claro del bosque en el que había quedado con Dumbledore. El hombre había sido sincero y allí no había nadie, ni aurores ni el propio director. Esperó y cinco minutos después hubo un fuerte fogonazo delante de él. Hora de empezar la función, se dijo mientras doblaba las rodillas.
- No me mate, por favor.- le suplicó. Dumbledore, parado delante de él, le miró con un destello gélido en los ojos azules marcados por el desprecio.
- Ése no es mi estilo, Severus.- le ordenó que se levantara y siguiendo su papel, Severus se levantó. A pesar de la poción de éxtasis, quedó con la espalda ligeramente encorvada por el dolor. Dumbledore lo señaló como un símbolo de redención, sin embargo.- ¿Qué quiere Lord Voldemort?
- Nada, vengo, vengo por mi cuenta. Una petición…- dijo con voz ahogada. Quién sabía si eso saldría bien, pero Severus iba a intentarlo. Dumbledore le dejó continuar.- La profecía… Trelawney…
- Ah, sí.- dijo Dumbledore, sin sorpresa.- ¿Cuánto le contaste a tu Amo?- preguntó con desprecio.
- ¡Todo, todo lo que sé!- Snape se frotó las manos contra el pantalón de tela, nervioso. Intentó relajarse y cerrar su mente.- Él cree que… Lily…
- La profecía no hablaba sobre una mujer, sino sobre un niño.
- Sabe a lo que me refiero… El hijo de Lily. Pretende cazarla… cazarlo a todos.
- Supongo que, si tanto te importa, ya habrás pedido que deje en paz a Lily.
- Sí, se lo pedí.- agachó la cabeza, apesadumbrado. No había sido Lily sino James, pero sí: había pedido que no le matara. Y el Lord había desatendido sus ruegos.
- Repugnante.- dijo únicamente el Director, mirándole desde arriba con desprecio.- ¿No te preocupa que el padre y el hijo mueran a cambio de obtener lo que deseas?
- Protéjala. Por favor.- le suplicó. Dumbledore le mandó una mirada helada, incitándole a continuar, y a regañadientes siguió.- Protéjalos a todos. Se lo suplico.- Dumbledore pareció más satisfecho y Severus lo estuvo. Iba a proteger a James y Harry, quienes le importaban verdaderamente. Esperó a que dijera algo:
- ¿Y qué me darás a cambio?- Severus sonrió internamente mientras hacía un gesto de queja. Justo lo que deseaba: ahora le ofrecería sus servicios y él los aceptaría y estaría ya donde el Lord le deseaba.
- Lo que sea.- Dumbledore asintió satisfecho y Severus supo que lo había conseguido.
- Te mandaré una lechuza concertando nuestra próxima reunión.- se despidió. Severus asintió varias veces y vio cómo, en medio de otro destello luminoso, el Director desaparecía. Luego se doblaron sus rodillas mientras cerraba sus ojos. La poción extática había dejado de hacer el efecto deseado y aquello dolía como los mil demonios.
Se quedó allí, descansando hasta que el Lord volviera a llamarle. Supuso que, estando tan enfadado como estaba, no querría oír ni media palabra sobre sus progresos así que decidió callarlo hasta que tuviera alguna información. La Marca ardió dolorosamente y Severus sacó la careta de mortífago de su bolsillo de la túnica con las manos temblorosas. Sujetó la careta fuertemente en una mano mientras bebía de un trago el siguiente bote de poción de éxtasis y desapareció con un miedo atroz.
Pasó los siguientes días en casa de los Malfoy. Ellos, que sabían lo que había pasado entre James, el Lord y él, no hicieron ninguna pregunta cuando se despertaba bañado en sudor y pidiendo clemencia, delirando. Los castigos habían empezado a sobrepasar lo humanamente soportable y hacía tres días que no pasaba por su casa. Ni que se movía de la cama de invitados para algo que no fuera acudir de nuevo al llamado del Lord.
Así que, cuando al cuarto día llegó Narcissa con una poción anestésica tan fuerte que el dependiente, de origen muggle, le dijo que equivalía a un chute de morfina en vena, Severus consiguió levantarse de la cama. Sentía la cabeza embotada y las extremidades dormidas y parecía que todo daba vueltas vertiginosamente, pero se vistió y desapareció de camino a su casa. No esperó encontrar dos lechuzas pequeñas en la lámpara que colgaba del techo. Abrió las dos cartas e intentó leerlas, pero todo estaba demasiado borroso. Se frotó los ojos y finalmente, las leyó.
Severus se quedó de piedra al leer eso. Dumbledore le había citado en su despacho la noche anterior. Y no había ido. Mierda, pensó mientras se tiraba en la cama, demasiado mareado como para escribir una respuesta coherente. Iría esa noche, eso estaba seguro, y se disculparía por el retraso y se desharía en disculpas, como hacía con el Lord.
Cerró los ojos y cuando los volvió a abrir, la Marca volvía a quemar. Miró por la ventana, sorprendiéndose de lo pronto que había anochecido. Con movimientos lentos, recogió la careta, se tomó dos dosis de poción extática y se marchó a la velocidad del rayo.
