o0o Recomendación musical: Always - Saliva

N/A: Este chap. es eterno, asi que si os hacéis pis, id al baño antes xD
Siento la tardanza xD

Disfrutad de la lectura!


Capitulo LII: Adiós (Editado)

Hermione se levantó tarde al día siguiente por lo que se encontró a solas en su habitación y ya que era domingo y no tenía ganas de estudiar ni de bajar a desayunar, decidió que se quedaría en su cuarto descansando. Lo primero que hizo nada más despertarse, fue comprobar que el maldito anillo Malfoy seguía brillando con la misma intensidad, y decidida a ignorarlo, abrió su libro de "Historia de Hogwarts" y trató de sumergirse en la lectura.

No logró hacerlo, por eso cuando Ginny entró en la habitación, Hermione se sintió casi agradecida a pesar de que tenía poco ánimo para hablar.

—¿Cómo estás? —preguntó Ginny con suavidad, traía una pequeña bandeja con zumo y tostadas.

—Bien —respondió Hermione cerrando el libro sin marcar la página. Ginny demudó el rostro al percibir ese gesto, pero pronto se obligó a sonreír mientras depositaba la bandeja sobre la mesilla de Hermione.

—Como no bajaste a desayunar, Harry fue a buscar algo para ti a las cocinas. Le hubiera gustado subírtelo él mismo, pero está ocupado tratando de escalar la rampa en la que se convierten las escaleras de las chicas cada vez que un chico las pisa. Ron está intentado ayudarle, aunque creo que no sirve de mucho. Lo único que hace es soltar tacos y frotarse el trasero —bromeó. Hermione esbozó una frágil y fugaz sonrisa, tan rápida que Ginny apenas la vio.

—Gracias, pero no tengo hambre —dijo.

—Deberías comer algo, Hermione —señaló Ginny sentándose en un borde de la cama.

—No me apetece —respondió la castaña. Durante unos segundos, ambas amigas se miraron sumidas en un silencio incomodo. Hermione no quería hablar y Ginny no sabía que decir. Sintiéndose violenta, Ginny desvió la vista hacia la mesilla y percibió que el cajón irradiaba una luminosidad verdosa.

—¿Qué es eso? —preguntó abriendo el cajón con gesto extrañado.

—El anillo de los Malfoy —explicó Hermione con fastidio —No sé qué demonios le pasa pero no ha parado de brillar desde... —se interrumpió y cerró los ojos unos instantes tratando de contener el dolor que los recuerdos le producían. Después respiró hondo y continuó—Antes sólo brillaba de vez en cuando, creo que únicamente lo hacía cuando él estaba pensando en mí y quería verme. Pero ahora no para.

—Tal vez se trate de que está pensando en ti todo el tiempo —respondió Ginny casi sin darse cuenta, después se reprimió mentalmente por ser tan bocazas como Ron. Esperó asustada la reacción de Hermione pero se sorprendió cuando su amiga se echó a reír secamente.

—No lo creo. Me apostaría algo a que no ha vuelto a pensar en mí desde lo que sucedió ayer.

Aunque ninguna de las dos lo sabía, Hermione hubiera perdido con creces su apuesta.


—Seas quien seas, lárgate si no quieres que te lance un cruciatas —escupió Draco contra la almohada en la que reposaba su mejilla. Estaba tumbado bocabajo en su cama, con su pantalón de pijama verde botella y las sábanas enrolladas desordenadamente por su cuerpo. El edredón estaba caído hacia un lado de la cama y su cabello siempre inmaculado parecía un nido de paja. Uno de sus brazos colgaba por uno de los lados de la cama y el otro rodeaba la almohada casi con desesperación.

Theodore esperó unos segundos bajo la puerta y después entró en el cuarto, tropezándose con el baúl negro de Draco volcado y abierto, y rodeado de todos los objetos que anteriormente había contenido. Cerró la puerta suavemente a sus espaldas y Draco pensó que al fin se había quedado a solas de nuevo. Esa mañana Blaise, Vincent y Gregory se habían despertado especialmente temprano a pesar de ser domingo y habían huido del cuarto de Draco, después de que él lo destrozara a golpes la noche anterior. Blaise se había enfrentado a Draco ya que su cama había sido una de las principales fuentes de descarga del rubio, pero después de que éste intentara lanzarse sobre él para dejarle en el mismo estado que su lecho y fuera sujetado por Theodore, Zabini se había guardado de decir nada y había desaparecido.

Por eso, Draco se tragó una maldición cuando alguien descorrió las cortinas del cuarto hasta entonces sumido en casi completa oscuridad. Incorporó el rostro de la almohada y viendo a Theodore contuvo una maldición. Se removió con fastidio en la cama quedando boca arriba y le miró fríamente.

—¿Qué demonios quieres? Coge lo que quiera que hayas venido a buscar y vete.

Theodore no se inmutó por las malas maneras en las que le habló Draco y con gesto tranquilo y comprensivo, cogió la silla de su escritorio y después de arreglarle la pata rota por su compañero, se sentó junto a su cama.

—¿Es que no me has oído? —preguntó Draco groseramente —¿Qué es lo que quieres?

—He pensado que tal vez te vendría bien hablar —respondió Theodore con serenidad.

—No necesito un hombro en el que llorar, no soy un patético blandengue —respondió el rubio aceradamente.

—No he dicho que lo seas, pero todos necesitamos desahogarnos alguna vez —replicó Theodore imperturbable.

Draco le miró durante unos segundos con los labios plegados en una mueca de desdén que lentamente se fue borrando, dejando sólo un rostro desolado. Se giró y quedó tumbado de lado, dándole la espalda a Theodore.

Cualquier otro lo hubiera interpretado como una señal para que se fuera, pero Theodore permaneció sentado y esperó pacientemente durante un largo minuto hasta que finalmente escuchó la voz de Draco en un leve susurro.

—Tú no lo entenderías.

—Tal vez lo haga mejor de lo que piensas —respondió Theodore con suavidad.

Draco se giró lentamente hasta quedar de cara a su compañero y le miró a los ojos con perspicacia.

—¿De que hablas? —preguntó.

—Te dije que tenía una prima en Francia y que su madre era muggle.

—Sí.

—Tiene una hermanastra mayor que ella —dijo y Draco esperó que agregara algo más, pero Theodore no lo hizo.

—Muggle —dijo Draco y era una afirmación, no una pregunta. Theodore asintió —¿Qué pasó?

—Mi padre —replicó Theodore como toda respuesta.

—¿Te prohibió verla? —preguntó Draco con voz débil. Theodore asintió en silencio.

Ambos permanecieron callados durante unos largos minutos, sumidos en sus propios pensamientos. Al cabo, Draco Malfoy empezó a hablar.


El lunes llegó y Hermione tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para levantarse de la cama. Había pasado un horrible domingo encerrada en su habitación, sumida en recuerdos que su mente trataba de bloquear inútilmente mientras sus amigos (finalmente Harry y Ron consiguieron trepar por las escaleras para llegar a su habitación) intentaban sin demasiado éxito animarla. Al final Hermione acabó pidiéndoles que la dejaran a solas pues intentar fingir que estaba bien cuando todos sabían que no se sentía así, era agotador. No obstante, tampoco se encontró mejor cuando se quedó a solas pues entonces los recuerdos la abordaban con mayor facilidad. Se pasó el resto del día en pijama, saliendo de la cama sólo para ir al servicio y abrazada a la almohada, jugando a cerrar los ojos y pensar que era el pecho de Draco. No podía evitar extrañarle inhumanamente a pesar de todo lo que le había hecho. Cuando recordaba lo sucedido el día anterior, sentía tanta humillación y rabia que se repetía que lo odiaba una y otra vez, pero en cuanto pensaba en cualquiera de los momentos pasados con él antes de eso, se enamoraba de nuevo de Draco aunque se dijera que todo habían sido mentiras.

Había demasiadas contradicciones que sólo servían para alimentar alternativamente sus esperanzas y su dolor, por lo que cuando esa noche se quedó dormida llorando silenciosamente para que ni Lavender ni Parvati la escucharan, se prometió no volver a pensar en ello.

Y no olvidaba el odioso anillo Malfoy. No había dejado de brillar durante todo el domingo, y esa mañana de lunes, Hermione comprobó que seguía haciéndolo a pesar de estar envuelto en un calcetín, guardado en una caja de cartón y oculto dentro del cajón de su mesita. Se había prometido devolvérselo a Draco, pero sus fuerzas flaqueaban. No obstante, lo guardó en un bolsillo de su mochila envuelto en un pañuelo escarlata en el que su abuela había cosido una H con hilo dorado para tratar de ocultar su luminiscencia durante las clases y echándose su mochila al hombro, bajó por las escaleras de las chicas. Ginny, Harry, Ron y Neville la esperaban al pie y todos la acompañaron, hablando rápidamente y tapando a la desesperada cualquier silencio por más breve que fuera.

Hermione percibió claramente como todo el Gran Comedor se quedó en silencio cuando ella hizo acto de presencia por lo que supuso que todo el colegio se habría enterado ya de su ruptura con Draco. Probablemente la bocazas de Pansy o él mismo se hubieran apresurado a contarlo por ahí, ansiosos porque todo el mundo supiera que su interludio con una sangre sucia sólo había sido una cruel broma, aunque no había rastro de Draco en la mesa de Slytherin.

Cuadró los hombros y alzó el rostro con dignidad mientras caminaba hacia su mesa como si todos sus compañeros no hablaran sobre ella con las cabezas muy juntas y los dedos índices apuntándola creyendo que no les veía. Sus amigos caminaban a ambos lados como sus guardianes, esforzándose en aparentar que no era el centro de atención de más de una centena de alumnos.

Hermione se sentó a la mesa pero no tocó el desayuno hasta que Ginny y Harry le suplicaron que al menos se bebiera el zumo de calabaza. Hermione accedió más para que sus amigos dejaran de insistir que porque le apetecería y esperó silenciosamente hasta que éstos terminaron de desayunar. Después se despidió de Ginny y fue a clase de Transformaciones con Harry y Ron.

Sentada en su pupitre junto a Harry, mientras fingía escuchar la lección de repaso para los EXTASIS de la profesora McGonagall, Hermione pensó que era asombroso cómo todo el mundo podía seguir con su vida cuando la suya estaba destrozada por completo. Los días seguían pasando, la gente seguía moviéndose y las horas corriendo a pesar de que ella sentía que ya nada tenía sentido. Así que se dijo, lo quisiera o no tenía que seguir adelante y mejor hacerlo de la forma más digna posible.

Trató de ignorar el nudo de nervios y angustia en su estómago al saber que tarde o temprano tendría que enfrentarse a Draco, y echando un vistazo al leve brillo verde que emitía el bolsillo de su mochila en el que estaba el dichoso anillo, Hermione se dijo que mejor temprano.

Cuando la subdirectora dio por terminada su clase, Hermione les dijo a Harry y Ron que se verían en Encantamientos y, esquivando a Lavender que al parecer ya se había enterado de su ruptura con Draco y quería sacarle hasta el último detalle, fue a buscar a Draco a la salida de su clase de Historia de la Magia. En cuanto la puerta se abrió y salieron los primeros Slytherins, Hermione se sintió observada con hostilidad y burla, pero en ningún momento agachó la cabeza y aunque sintió repetidamente la tentación de huir, se quedó clavada en el suelo hasta que Draco salió. Caminaba despreocupadamente, con la mochila colgando de unos de sus hombros y una mano pálida aferrada a la correa. Su lustroso pelo platino estaba algo despeinado, su rostro tenía una tonalidad casi cetrina y había algo abatido en su expresión y melancólico en el gris de sus ojos. Hermione se mordió el labio inferior tratando de resistir la impresión que el verle de nuevo le producía. No obstante, su corazón latía demasiado deprisa para ser saludable.

Draco se frenó en seco bajo la puerta cuando vio a Hermione frente a él, esperándole. No había ido a desayunar precisamente para evitar el verla y aunque sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo, no había pensado que ella iría a buscarle. Tragó pesadamente porque la boca se le había secado y tratando de calmar el acelerado latido de su corazón se acercó a ella. No tenía muy buen aspecto y sus ojos hinchados delataban las lágrimas derramadas.

Por un instante, Draco se quedó paralizado en un intentó desesperado por contenerse para no abrazarla.

Maldita sea, había esperado que ella le evitara y contaba con ello para mantenerse alejado de ella, pero se sentía débil y vulnerable teniéndola tan cerca, y el impulso de contarle toda la verdad y pedirle perdón, era demasiado fuerte.

—¿Qué quieres? —preguntó abruptamente, sin intentar acercarse más a ella a pesar de que estaban a más de un metro de distancia.

Hermione endureció el rostro y sus ojos se oscurecieron. Alzando la barbilla con obstinación y frunciendo los labios en un gesto ofendido, descolgó la mochila por uno de sus hombros y le observó fríamente.

—No te preocupes, no he venido a suplicarte que vuelvas conmigo. Sólo quería devolverte esto —dijo e hizo ademán de sacar el anillo del bolsillo de su mochila en el que reposaba, pero Draco la frenó poniendo su mano alrededor de la muñeca de Hermione, como un grillete. Ambos se miraron durante unos tensos instantes en los que el aire podría haber sido cortado con una varita y sus corazones comenzaron a palpitar a velocidades desmesuradas.

Hermione tenía la boca entreabierta en un gesto de sorpresa y Draco casi podía sentir como la besaba de la fuerza con la que lo deseaba. El impulso de estrecharla contra él y partirle la boca a besos era tan fuerte que no hubiera podido moverse para alejarse aunque la vida le fuera en ello.

No obstante, el carraspeo disimulado de Nott, devolvió a Draco a la realidad. Y en esa realidad, medio Slytherin les estaba mirando poco disimuladamente. Draco les lanzó una mirada de desprecio y guió a Hermione hasta el pasillo circundante, ocultándose de las miradas indiscretas.

Hermione se dejó guiar pero en cuanto él se detuvo, arrancó su muñeca de la mano de Draco y se la frotó como si su contacto le hubiera quemado. Draco intentó en vano ignorar el dolor sordo que sintió cuando ella se liberó de él, al comprender que le odiaba. Era lo que quería, pero no podía soportarlo.

—Como decía —comenzó Hermione dirigiendo su mano al bolsillo de la mochila y extrayendo un pañuelo rojo escarlata —Sólo he venido para devolverte esto.

Y se lo tendió a Draco. Por unos segundos ambos se miraron, sin hablar, sin moverse, sin respirar, después Draco alargó la mano lentamente y Hermione dejó caer el bulto sobre su palma extendida, asegurándose de que no pudieran tocarse ni accidentalmente.

Draco miró a Hermione a través de los mechones de flequillo platino que le caían sobre las cejas y sin pretenderlo, sus ojos se quedaron hipnotizados por los labios de ella. Pudo percibir el leve temblor que los sacudió cuando que ella se percató y Draco contuvo una maldición, alejándose un paso. Demonios, ¿por qué tenía que haber ido a buscarle? No tenía Felix Felicis en ese momento y nadie sabía cuánto necesitaba esa poción. No sabía cuánto tiempo podría resistir eso.

Buscando desesperadamente algo en lo que centrar la atención que no fuera el rostro de Hermione, Draco miró desconfiadamente el pañuelo escarlata en su mano. Alargó su otra mano hacia él y apartó la tela hasta descubrir un anillo de plata con la forma de dos serpientes enlazadas en torno a una piedra esmeralda. El anillo de los Malfoy. El anillo que él le había regalado.

Draco se quedó muy quieto, como si le hubieran lanzado un Petrificus Totallus, tratando de controlar la sensación de que un rayo le atravesaba partiéndole en dos. No quería el anillo. Se lo había regalado a Hermione y ahora le pertenecía, la protegería y en alguna parte de él, Draco quería que lo conservara, como una especie de seguro de que ella no le olvidaría. En lo más profundo de su ser, Draco no quería aceptarlo porque sabía que eso supondría cerrar la última puerta a ella.

Hermione le observó con desconfianza y ahogó un pequeño gemido al darse cuenta de que el anillo había dejado de brillar. Ahora que estaban juntos. ¿Tendría razón Ginny? ¿El anillo brillaba cuando Draco pensaba en ella y quería verla y por eso ahora que estaba con él había dejado de hacerlo? De algún modo, Hermione supo que sus sospechas eran ciertas y miró a Draco de otra manera, como si tratara de descubrir algo que él ocultaba.

Él rehuyó su mirada y cogió con cuidado el anillo de serpientes, cerrando su mano en torno al pañuelo escarlata.

—Quédatelo —dijo tendiéndole el anillo.

—¿Por qué? —preguntó Hermione con suspicacia sin tomarlo.

—No lo quiero.

—Es el anillo de tu familia —respondió Hermione con un matiz de sorpresa en la voz.

—Ahora ya no —respondió Draco y endureció el rostro al darse cuenta de que Hermione estaba empezando a sospechar —Ahora es el anillo de una sangre sucia —se obligó a decir poniéndose de nuevo la máscara de un insensible Malfoy.

Apretó las mandíbulas al percibir la mueca de dolor en el rostro de Hermione que ella trató de ocultar y supo que si no se iba de allí pronto, mandaría todo a la mierda y la besaría.

Nervioso, asustado y sintiéndose un miserable, tomó bruscamente la mano de Hermione y depositó en su palma el anillo. En el instante en que sus pieles contactaron, ambos sintieron una corriente eléctrica conectando sus cuerpos. Chispas. Dos esencias mágicas reconociéndose.

Como un fogonazo, Hermione recordó ese artículo de Corazón de Bruja que había leído a principio de curso: "Cuando saltan chispas significa que vuestras esencias mágicas se han reconocido, significa que son almas gemelas", miró a Draco y supo que había algo muy extraño en todo eso. Y una inverosímil comprensión la llenó.

Draco la soltó y se apartó rápidamente de ella, rehuyendo sus ojos. Se pasó una mano por el flequillo con nerviosismo y sin atreverse a mirarla, se dio media vuelta dispuesto a alejarse de allí, pero la voz de Hermione le frenó como si una flecha le hubiera atravesado.

—Malf...Draco, ¿qué está pasando?

Draco se dijo que lo mejor que podía hacer era largarse de allí pero no fue capaz de moverse mientras ella se acercaba a él.

Hermione se acercó a él, percibiendo cómo Draco se tensaba ante su proximidad y miraba rígidamente al frente, para evitar verla. Se detuvo a su lado, de frente a su perfil y tan cerca que su aliento podía rozarle. Él aún reaccionaba ante su cercanía, como antes, como siempre.

Draco apretó los puños, estrujando en su mano derecha el pañuelo escarlata de Hermione, y ella supo que se estaba conteniendo aunque no sabía si para no tocarla o para no huir.

—¿Qué pasa, Draco? —preguntó y no se le pasó por alto cómo él cerró los ojos y apretó aún más las mandíbulas al sentir su voz tan cerca —Nada tiene sentido. Un día me dices que me quieres y lloras en mi hombro y al siguiente no quieres verme más y todo ha sido una mentira. Dices que sólo he sido un juego pero quieres que guarde el amuleto protector de tu familia.

Draco abrió los ojos muy despacio y cuando la miró, Hermione pudo ver un océano atormentado de anhelos y deseos frustrados.

—Hermione... —susurró y pareció que el nombre simplemente se le escapó de los labios lleno de una necesidad desesperada.

—¿Si? —musitó ella conteniendo la respiración.

Por un glorioso instante, Hermione pensó que iba a besarla o tocarla, pero después él endureció el rostro y se alejó de ella con expresión indiferente. Y quien la miró a los ojos no era Draco. Era Malfoy.

—No busques excusas para justificar que te haya dejado —dijo con su habitual arrastrar de palabras salpicado de superioridad y desdén —Simplemente no quiero estar contigo.

Y dicho esto se alejó por el pasillo sin mirar una sola vez atrás, pero a Hermione no se le escapó el detalle de que guardó su pañuelo escarlata en el bolsillo sin dejar de apretarlo en su mano hasta que se perdió de vista.


Hermione se recostó contra el tronco del sauce y observó el anillo. Volvía a brillar desde que Draco la había abandonado en aquel pasillo. El recordar la escena hizo que los ojos se le llenaran de lágrimas, pero pestañeó un par de veces con furia para contenerlas.

Era una estúpida. Él había vuelto a rechazarla y lo peor es que ella le había dado la oportunidad de hacerlo con sus ridículas esperanzas y sospechas. Ya no sabía qué pensar de nada. Creía que había algo extraño y sospechoso en todo lo que estaba sucediendo, pero después de todo el sufrimiento que había pasado, no estaba muy segura de sus propias facultades. Tal vez simplemente se estuviera imaginando todo, modificando los recuerdos y aferrándose a ellos, tratando desesperadamente de creer que eran reales.

Bajo las ramas de un sauce llorón, sacudidas suavemente por el viento con aire melancólico era muy fácil abandonarse a la autocompasión, pero Hermione cuadró los hombros y tomó una decisión. Ya le había dado una última oportunidad a ese amor imposible. Se olvidaría de todas sus sospechas infundadas, de todo su pasado con Malfoy y le olvidaría a él. Lo haría, aunque la vida le fuera en ello.


El resto del día, Hermione fue de una clase a otra vagando como un fantasma. No volvió a ver a Malfoy, ni en pociones (Ron le había esperado golpeando la palma de una mano con los nudillos de la otra para "patearle su cabeza oxigenada") ni en el comedor, lo cual agradeció. No quería verle más, pensar y mucho menos hablar sobre él.

No volvería a molestarle ni a robarle segundos valiosos de su tiempo. No volvería a dirigirle la palabra, ni siquiera le miraría. A partir de ese momento, Draco Malfoy ya no existía para ella.

—Hermione.

La chica salió de sus pensamientos cuando escuchó una voz masculina llamándola. Se volvió despacio para encontrarse con Ben y Luna. Dados de la mano. Alguna parte recóndita de ella que aún era capaz de sentir, hizo que esbozara una suave sonrisa.

—¿Cómo estás? —preguntó Ben con el ceño arrugado de preocupación. Luna a su lado, observaba a Hermione con los ojos muy abiertos y parecía que era capaz de ver más dentro de ella de lo que a la Gryffindor le hubiera gustado.

—Nos hemos enterado —dijo Luna con suavidad —Skipper Fontaine y las chicas decían que Malfoy te había dejado por Pansy, pero yo no me lo he creído. Él te quiere.

Hermione estiró sus labios en una sonrisa rota. Pensó que los ojos se le humedecerían pero no lo hicieron. No quería hablar sobre el tema y recibir la comprensión y compasión de Ben y Luna. Ya había tenido bastante.

—Pues Skipper Fontaine tiene razón —respondió escuetamente —Más o menos, eso es lo que ha pasado.

Luna abrió la boca en un inocente gesto de sorpresa y después parpadeó varias veces como si fuera incapaz de creerlo. Ben por su parte, estaba adquiriendo una tonalidad roja al más puro estilo Weasley.

—Voy a darle una paliza a ese pedazo de... —masculló soltando suavemente la mano de Luna para ir en busca del calificado con tales insultos que igualaban los que le había dedicado Ron.

Hermione abrió la boca para detenerle pero no emitió ningún sonido, no estando muy segura de si le gustaría o no que le diera una paliza a Draco. Luna decidió por ella, yendo tras Ben y agarrándole de la mano.

—Luna, déjame ir, tengo que... —pidió Ben con gesto hosco pero sin moverse y sin soltar la mano de la chica.

—Por favor, Ben, déjalo en paz. Es mejor —dijo asintiendo enérgicamente con la cabeza por lo que sus pendientes de rábano se balancearon desde sus pequeñas orejas. Ben la miró a los ojos y Hermione pudo percibir como progresivamente su expresión se iba ablandando hasta que prácticamente sonreía como un bobo. Un eco de su antigua sonrisa asomó a la cara de Hermione mientras les miraba y sin decir nada, se alejó de la parejita, dejándoles a solas. Ninguno de los dos lo notó hasta que pasaron unos largos segundos.


En las semanas que transcurrieron hasta la llegada de los EXTASIS, todos los alumnos de séptimo curso bullían de actividad e histeria, preparándose para los exámenes finales. A pesar del buen tiempo, la biblioteca estaba abarrotada de estudiantes. Curiosamente, Hermione Granger ya no era su más asidua visitante, de hecho cuando acudía, lo hacía en compañía de Harry, Ron y Neville y parecía ir allí meramente para acompañarles. Se sentaba con ellos, abría el libro y se ponía a hacer extraños giros y equilibrios con la pluma, sin detenerse a pesar de las heladas y acusatorias miradas que la señora Pince le lanzaba por encima de sus gafas.

La realidad era que Harry y Ron casi tenían que suplicarle que fuera a estudiar con ellos. Un tiempo atrás, nadie habría creído esa extraña inversión de los papeles, pero la Hermione Granger de antes no era la misma que ahora jugueteaba con la pluma con aire aburrido. Todos sus amigos, en realidad, todo Hogwarts se había dado cuenta del cambio realizado en ella.

Ya no era la primera en llegar a clase, su mano no se levantaba constantemente para responder a las preguntas de los profesores, a pesar de que cuando se las formulaban directamente respondía con corrección y llena de desgana, y no martilleaba los oídos de todos los alumnos que veía ociosos, recomendándoles (o más bien ordenándoles) que mejor aprovecharan su tiempo para estudiar. Tampoco hizo nuevos horarios de estudios para sus amigos, ni preparó resúmenes de los temas que finalmente acaban pasándose de mano en mano por todo el curso. De hecho, parecía haber perdido todo interés en sus estudios. Si bien sus notas seguían siendo excelentes, Hermione ya no se pasaba horas estudiando histéricamente. Tampoco repasaba sus redacciones docenas de veces y se limitaba a corregir las faltas en las de sus amigos cuando éstos se lo pedían, pero no hacía críticas ni sugerencias. No presentó ni uno sólo de los trabajos voluntarios para subir nota en ninguna asignatura, e incluso acudió a clase sin hacer los deberes en unas cuantas ocasiones. Tan sólo sus años de brillantez, estudio y entrega la libraron de varios castigos, pues los profesores parecían tan desconcertados cada vez que Hermione tenía un comportamiento tan atípico en ella que optaban por fingir que todo era normal. La profesora McGonagall llamó a Hermione para darle un sermón y recomendarle que se centrara, aunque comprendiendo que todo lo que le decía entraba por una oreja y salía por la otra, la despidió murmurando por lo bajo que un chico no era el fin del mundo. Hermione ni siquiera sintió nada al escuchar ese comentario, se había hartado de oírlo desde que la noticia de su ruptura con Draco se había conocido en todo el colegio.

Hermione se preparó para que se burlaran de ella, especialmente los Slytherins, recordándole su estupidez e ingenuidad, pero ni uno de ellos se atrevió a decir ni hacer nada más allá de lanzarle miradas asesinas excepcionalmente. Por supuesto, el tema de su ruptura se convirtió en el cotilleo más sonado del año, y Lavender en una de las "expertas en el tema". En su papel de supuesta mejor amiga de Hermione, le aseguraba a la gente que Hermione se pasaba las noches en vela llorando, y aunque eso era cierto, ella no lo sabía. También contaba a todo aquel que quisiera escucharla, que ella había sabido desde el principio que estaban juntos e incluso había tenido un papel fundamental en su unión. Y finalizaba su repetido discurso compadeciendo a la "pobre Hermione".

Hermione no sabía si encontraba más irritante que se metieran con ella o que la compadecieran. En realidad no estaba segura de si algo le importaba. Se mostraba indiferente cada vez que Ron veía a Malfoy y se encendía como un toro dispuesto a arremeter contra él, y era Harry el que se encarga siempre de frenarle. Tampoco le importó demasiado enterarse (como no, por Lavender) de que Ben había amenazado a Malfoy por si se atrevía a acercarse a más de tres metros de ella. Simplemente, todo le daba igual.

El tema de su ruptura con Malfoy estaba en boca de todos menos en la suya. Jamás volvió a comentar el tema con sus amigos, ni para responder a sus preguntas ni por iniciativa propia. Parecía querer fingir que nunca había tenido nada que ver con él, aunque ella misma era una prueba viviente de esa certeza. Solía pasar mucho tiempo con Luna porque ella no hacía preguntas y no estaba tan ocupada estudiando como Harry y Ron. Ginny parecía obsesionada con hacerle hablar sobre el tema e incitaba a Hermione, hasta el punto de ser irritante y molesta, aunque la chica sospechaba que sólo era su manera de intentar suscitar en ella cualquier reacción. Ginny le decía que se estaba guardando algo dentro que necesitaba sacar, pero fuera lo que fuera, Hermione no quería sacarlo porque sabía que eso volvería a hundirla. Prefería ese permanente estado de insensibilidad a sentir tanto dolor que no podría levantarse de la cama.

No importaba quien le diera la charla o quien le aconsejara o le rogara que estudiara. Le daba igual su futuro. Simplemente se limitaba a seguir el día a día y consideraba que eso era bastante. Las veces que Harry y Ron conseguían convencerla de que "estudiara" con ellos, Hermione hacía cualquier cosa menos estudiar, y sospechaba que Harry y Ron fingían tener un nivel de conocimiento de mágico de tercer curso para preguntarle dudas y así obligarla a repasar.

Y respecto a Malfoy era la viva estampa de la indiferencia. No es que él le diera muchas oportunidades de ignorarle, pero parecía simplemente no existir para ella por mucho que estuvieran sentados bastante cerca en las clases. Cuando él hablaba en clase, Hermione se miraba las uñas con interés, garabateaba en sus apuntes o bostezaba con aburrimiento. Si se lo cruzaba en los pasillos, le rodeaba como si fuera una estatua y continuaba con su camino sin perturbarse. Y en el comedor, la mesa de Slytherin parecía ser invisible pues no le dirigía ni una sola mirada nunca.

Draco la observaba siempre que nadie la veía, y sólo por esos breves instantes se reflejaba en sus ojos todo el anhelo y el dolor que sentía. Se mantenía distante pero no era capaz de ignorarla como ella hacía con él. Sabía que se lo merecía, que era lo que él había provocado y buscado, pero eso no hacía que le doliera menos. Trataba de consolarse pensando que era más fácil estar separado de ella cuando Hermione le ignoraba de ese modo. Así era mucho más fácil alejarse de Hermione que si le hubiera dicho la verdad, pero también mucho más doloroso.

El odio y el rencor, no le ofrecían demasiado consuelo a Draco. Así como ella le odiaba a él, o aún más, Draco odiaba a su padre y a Slytherin en general. Hermione no era la única que había cambiado en ese tiempo.

Él se había convertido en lo que un auténtico Malfoy debía ser pero multiplicado por mil. No obstante, repartía su altanería, su superioridad y su desdén en personas diferentes a las que dirigía todo eso antes. No torturaba a los sangre sucia ni a los alumnos de primero de otras casas, sino que los objetos de todo su odio y abuso de poder eran compañeros de su propia casa. La Sala Común de Slytherin se había convertido en una especie de lugar de tortura cada vez que él pasaba por ella, por lo que se había ido vaciando considerablemente a medida que pasaban los días. Bastaba que alguien respirara demasiado fuerte, soltara un taco o se riera en voz alta para que Draco descargara su furia en el susodicho. Era cruel y despiadado y se había vuelto violento, tanto mágica como físicamente.

Zabini era su principal fuente de descarga, aunque también estaban entre sus favoritos otros como Montague, Avery o Gibbons, o todos aquellos que se habían atrevido a meterse con él o con Hermione cuando estaban juntos. Montague se pasó unos cuantos días encerrado en el armario de la Sala Común, como su hermano había hecho por obra de los Gemelos Weasley, antes de que Snape lo encontrara. Por supuesto, ni él, ni nadie, se atrevió a delatar a Draco y el Jefe de Slytherin aunque sabía a las claras que Draco lo había hecho, no pudo castigarle.

Zabini tenía que arreglar su cama casi todos los días pues era el saco favorito de boxeo de Draco a falta de él mismo y Avery aún temblaba cuando veía a Draco después de que éste lo mantuviera petrificado y oculto bajo su cama una larga noche.

Pansy y su grupo de amiguitas, no se libraban de sus comentarios burlones y crueles, pero generalmente las ignoraba, especialmente a la primera.

Todo Slytherin estaba amenazado con lo que Draco se aseguraba de que nadie se atreviera a meterse con Hermione o siquiera a hablar de ella, y vivían bajo la tiranía de un basilisco que ellos mismos habían contribuido a crear.

La mayoría de los Slytherins pasaban el menor tiempo posible en la sala común o en la Casa de Slytherin misma, y la única persona que se atrevía a ir con Draco era Theodore Nott. Crabbe y Goyle se mantenían a una distancia prudencial y acudían temblorosamente sólo cuando Draco les llamaba, pero Theodore no necesitaba ser llamado. Iba casi siempre con Draco y éste sospechaba que lo hacía para calmarle y contenerle, pero igualmente, agradecía secretamente su compañía, pues cuando se quedaba solo, dejaba su papel de tirano cruel y se sentía simplemente un muchacho. Un muchacho destrozado por el dolor de haber perdido a la única persona que había querido.

Draco nunca había sentido tanto dolor y no sabía cómo aguantarlo, por lo que lo descargaba sobre los demás, obteniendo un retorcido placer al saber que otros sentían aunque sólo fuera una mínima parte del daño que él experimentaba. Parecía querer que todos a su alrededor fueran desdichados, para que de ese modo su pena no fuera la única.

En ese clima, en ese caos extraño en el que Hogwarts se había convertido, donde dos alumnos llevaban como podían su dolor, los EXTASIS llegaron. Hermione no pasó el período de exámenes sin dormir o teniendo pesadillas acerca de sus posibles suspensos, ni tampoco estuvo en permanente estado de histeria, ni disfrutó repasando sus respuestas después de salir de un examen. Se presentaba por la misma razón por la que iba a clase: porque se suponía que debía hacerlo, escribía sin demasiado entusiasmo y no era la última en salir de clase, aprovechando desesperadamente cada segundo hasta que le arrebatan el examen de las manos como había hecho antes.

No obstante, Hermione acogió con impasibilidad la noticia de que había sido la mejor de su promoción junto con Ernie McMillian. Y aunque salió a los terrenos de Hogwarts con sus amigos para celebrar el final de los exámenes y de su último curso escolar, no parecía contagiada de la felicidad mezclada con melancolía general reinante.

La última noche en Hogwarts, acudió tan sólo por la incesante insistencia de Ginny, Harry y Ron al baile de despedida y graduación de los alumnos de séptimo curso. Por ella hubiera asistido en pijama y coleta, pero Ginny se empeñó junto con Lavender y Parvati en prepararla especialmente para la ocasión. Entre las tres, prácticamente la ataron a una silla y le aplicaron litros y litros de poción alisadora hasta que su pelo quedó tan liso como una tabla de planchar. Después la obligaron a embutirse en un vestido color crema que Ginny, Harry, Ron, Neville, Luna y Ben habían comprado para regalárselo en esa ocasión con la intención de animarla un poco. Hermione se sintió extrañamente conmovida por ello, lo cual la extrañó porque era el primer sentimiento que experimentaba con tal fuerza desde hacia mucho tiempo. Antes de bajar a la Sala Común, abrazó a Ginny y le dio las gracias y cuando se encontró a con Harry, Neville y Ron al pie de las escaleras, llevando todos ellos sus túnicas de gala, casi tenía los ojos llenos de lágrimas. Estampó un sonoro beso en la mejilla de cada uno como agradecimiento, y después tomó el brazo de Neville para asistir al Gran Comedor con una sonrisa en los labios. Una sonrisa verdadera en lugar del amago de sonrisa que solía lucir. A las puertas del Gran Comedor, se encontró con Ben y Luna dados de la mano. Ben llevaba una túnica de gala oscura que resaltaba el color verde hierba de sus ojos y Luna llevaba un conjunto azul marino salpicado de brillantes estrellas que parpadeaban y titilaban como si fueran un verdadero pedazo de cielo nocturno. Hermione les abrazó a ambos y percibió la expectación y alegría contenida en los rostros de todos sus amigos.

De algún modo sentía que había vuelto a ser ella misma después de mucho tiempo y supo que sus amigos también lo sentían. Les miró a todos y se sintió agradecida y afortunada por estar viva. No estaba sola como se había sentido todo ese tiempo, estaba rodeada de buenos amigos que la querían y se preocupaban por ella, y aunque sólo fuera por eso, no pensaba amargarles su última noche de Hogwarts y su graduación con caras largas. Era también su última noche en el colegio que se había convertido en su hogar, donde había vivido sus mejores y peores momentos, y donde había hecho sus mejores amigos. Y no permitiría que su despedida de una parte de su vida estuviera empañada por la depresión y la tristeza.

Así que, rodeada por todos sus amigos se sentó en una de las grandes mesas dispuestas en U, a cuyo extremo se extendía la de los profesores. Ese día, no había mesas para las casas, sino para los alumnos en general, por lo que Hermione pudo estar sentada cerca de Luna y de Ben. Les sonrió y no dejó de hacerlo ni siquiera cuando se percató de que Theodore se había sentado al lado de Luna (con la consiguiente expresión de perro guardián de Ben) y Draco junto a él (con la consiguiente expresión perro guardián muy enfurruñado de Ron). Hermione no supo si Draco la había visto o no, porque en seguida apartó la mirada de él y fingió escuchar a Lavender en su incesante parloteo acerca de la especial decoración del comedor ese día. Por una vez, Hermione estuvo de acuerdo con algo en Lavender y era en que todo el lugar estaba precioso. Había cintas plateadas serpenteando colgadas desde el techo y por las paredes brillaban estrellas incrustadas en la piedra similares a las que salpicaban el vestido de Luna. Las mesas dispuestas en forma de U estaban cubiertas por un gran mantel con brillos dorados, lleno de pequeños escudos de Hogwarts en color y las servilletas doradas lucían el mismo dibujo. Dumbledore se puso en pie en la mesa de profesores, acallando de inmediato el nervioso parloteo de los alumnos de séptimo curso y con las manos extendidas con las palmas hacia arriba, recitó su peculiar discurso en el que intercaló distintos apelativos ridículos o incongruentes con sus mejores deseos para el futuro de todos. Mientras el anciano director hablaba, Hermione sentía como sus ojos se humedecían y su mente se llenaba de recuerdos.

Había vivido todo una "vida" en Hogwarts. Miró a Harry y Ron sentados a cada lado de ella y recordó nítidamente aquella primera vez que los vio en el tren, cómo juntos dejaron inconsciente a un troll y colaboraron para impedir que Voldemort se hiciera con la Piedra Filosofal. También recordó su despertar después de haber sido petrificada en segundo curso con ellos dos a cada lado de la cama, las aventuras en la Casa de los Gritos en Tercero y la última prueba del Torneo de los Tres Magos al año siguiente. Recordó su escapada al ministerio con Harry, Ron, Ginny, Neville y Luna y miró a cada uno rebosante de afectó. Rememoró también las tardes pasadas en Hogsmeade, las horas en la biblioteca o hablando de cualquier tontería hasta después de media noche en la Sala Común. La sonrisa de Ben y sus dudas que llenaron tantas tardes en la biblioteca, los ojos azules de Luna mirándola con comprensión en innumerables ocasiones y el pumpiker que le regaló...

Y luego hielo. Hielo y fuego. Así era como se sentía cada vez que recordaba algún momento con Draco, congelada y ardiente a la vez. Recordó aquel primer beso en ese aula perdida en la que casi les encontró Filch, recordó docenas de encontronazos en la biblioteca, en clases, en el baño de los prefectos, en los pasillos de Hogwarts, y más y más besos. Robados, ocultos, secretos.

Recordó aquella ocasión junto a las gradas de quidditch en que ella le confesó que le quería pero le rechazó. También rememoró cómo él la había perseguido y acosado poco discretamente hasta que accedió a verle, y el resultado de ese encuentro. Evocó aquel mágico día en el que una lechuza llamó a su ventana trayendo una rosa negra de parte de Draco. Volvió a ver en su mente el día en que Draco le regaló el anillo de los Malfoy y cuando la abordó en medio de un pasillo, para robarle unos cuantos besos con Harry y Ron cerca. No podía olvidar cómo él le suplicó que nunca le dejara y como después se alejó de ella diciéndole que era lo mejor. Guardaba celosamente todos los recuerdos de ese día mágico en que él le dijo que la quería y después hicieron el amor en la Casa de los Gritos. Recordó todas las caricias y todos los obstáculos. Cuando sus amigos los descubrieron, cuando Slytherin lo hizo. Cuando se escapaban a la Casa de los Gritos, cuando discutían, cuando se reconciliaban.

Cuando él lloró en sus brazos y después le hizo el amor.

Y por último, cuando él la dejó. Ese recuerdo la llenó de dolorosos sentimientos que la evadieron por completo de la realidad hasta que Ron le pellizcó en un brazo y le dijo con la boca llena de cordero que se quedaría sin comida si seguía mirando a Dumbledore embobada.

Hermione sacudió la cabeza, sonrió a Luna que la miraba con una extraña comprensión y ternura en los ojos, y comenzó a comer con un apetito similar al de su amigo pelirrojo. Durante la comida, todos bromearon y rieron, y demostrando su madurez como alumnos de séptimo curso, se enzarzaron en una batalla campal de migas de pan en la que Hermione participó activamente. Por culpa de la batalla, cuando Hermione y sus amigos quisieron dar cuenta del postre, toda la comida y platos desaparecieron de la mesa y la mano de Ron se cerró en el aire en lugar de sobre un trozo de tarta de queso. Ron se pasó el resto de la noche enfurruñado por no haber probado el pastel hasta que Ginny le dijo que le haría tragarse una docena de tartas de queso si no se callaba.

En medio de una discusión fraternal que todos los demás observan con aire divertido, Dumbledore movió las manos y las mesas y bancos desaparecieron. Aproximadamente unos cincuenta alumnos vestidos de gala dieron con su trasero en el suelo cuando los bancos desaparecieron soltando un coro de gemidos. Por eso, cuando la banda contratada comenzó a tocar en una esquina del Gran Comedor, todos parecían danzar un extraño baile consistente en frotarse el trasero.

Ginny arrastró a Harry hasta la pista de baile, Lavender hizo lo propio con Ron y Ben tendió la mano a Luna para invitarla a bailar. Hermione se sintió un poco incómoda hasta que vio a Neville a su lado, con cara de cordero degollado. Ahogando una carcajada, le cogió del brazo y lo llevó hasta el centro de la pista para bailar.

Sentado en un rincón, con una pierna doblada y abrazada y la otra colgando del banco, Draco observaba a Hermione, como si quisiera grabar hasta el más mínimo detalle de ella en ese preciso momento. Sabía que esa era la última noche que la vería. Al día siguiente tomarían el Expreso para regresar a Londres y luego ella desapareciera probablemente para siempre de su vida. El sólo pensarlo, le llenaba de una angustia tal que le costaba respirar, por eso cada vez la miraba con más desesperación. Además esa noche estaba diferente a como la había visto últimamente.

Por primera vez en mucho tiempo parecía feliz y eso era algo que alegraba y a la vez asustaba tremendamente a Draco. Estaba preciosa, con el pelo castaño cayéndole liso más allá de la mitad de la espalda y ese vestido color crema adhiriéndose a su cuerpo. Sus labios se veían oscuros y sus mejillas sonrojadas. Y lo más atrayente de todo, sonreía cada poco y de vez en cuando, si estaba muy atento, Draco podía escuchar el sonido de su risa.

Parecía feliz. Y él quería que fuera feliz, pero tenía miedo de que eso significara que ya le había olvidado. ¿Podría haberlo hecho con tanta facilidad? Tal vez eso era lo que debía de haber hecho él en cuanto supo que tendría que dejarla, pero seguía apareciendo en cada uno de sus pensamientos y si soñaba, era sólo con ella.

¿Se había enamorado de otro? Tal vez no, pero sólo sería cuestión de tiempo. Y no dudaba de que consiguiera a quien quisiera. Draco nunca había sido de esos gilipollas repipis y ñoños que pensaban que cuando la persona a la que querían era feliz aunque fuera con otro, ellos eran felices.

Y una mierda. ¿Cómo iba a ser feliz él si no era con ella?

Sabía que ese pensamiento era egoísta y que muy posiblemente si las cosas hubieran sido al revés, Hermione se alegraría por él si le veía feliz con otra persona. Pero qué coño, él era egoísta y una mala persona. No tenía sentimientos puros, ni le importaba demasiado nadie que no fuera él.

A excepción de ella...

—Vas a taladrarla de tanto mirarla —dijo una voz con seriedad. Draco apartó muy lentamente la vista de Hermione y la fijó en Theodore, de pie a su lado, con las manos metidas en los bolsillos. A pesar de su tono serio, tenía una suave sonrisa burlona en los labios.

—Déjame, Theo, pronto no podré volver a hacerlo.

—¿Por qué no intentas pasártelo bien? Es tu última noche aquí. Es muy posible que nunca vuelvas a Hogwarts.

—¿A quién le importa? No echaré de menos al puñado de víboras con las que convivo. No quiero estar con ellos y no tengo nada que celebrar.

—Entonces tal vez, deberías hablar con ella —sugirió Theodore tranquilamente.

—¿Y qué le diría? —se burló Draco cáusticamente —¿Que soy un cabrón pero la quie... —se interrumpió bruscamente y miró a Theodore como si éste le hubiera obligado a decir algo contra su voluntad —No puedo.

—Quizás simplemente deberías despedirte —sugirió Theodore sentándose junto a Draco.

Draco le fulminó con la mirada pero no respondió y pronto volvió a posar sus ojos en Hermione.


Hermione se acomodó en el asiento del compartimiento, después de que Ron la hubiera arrinconado, empujándola con su trasero en la esquina para dejar sitio a Neville. Harry y Ginny estaban sentados frente a ellos con la jaula de Hedwig y Crookshanks. Estaban ya sólo a una hora de la estación de Kings Cross y los cinco habían pasado el viaje hablando y recordando momentos divertidos o bien visitando a sus compañeros en otros compartimentos. Todos los alumnos de séptimo se dedicaban a vagar por el tren intercambiando direcciones, despidiéndose y hablando sobre que pensaba hacer con sus vidas ahora que había terminado en Hogwarts. Hermione había pasado buena parte del viaje con Luna y Ben, y visitando a todos sus compañeros, ahora que estaba libre de sus obligaciones como prefecta. Inconscientemente, en alguna parte de ella, había esperado encontrarse con Draco pero si él estaba en el tren, Hermione no lo sabía porque no había visto rastro de él, ni al subir ni durante el viaje.

Se obligó a prestar atención a la conversación de sus amigos acerca de cómo habían acabado la noche anterior e incluso sonrió cuando recordaron cómo habían tirado a Ginny y a ella al lago para después meterse ellos. Al final de la noche, todo Gryffindor y medio Hogwarts en general, habían acabado bañándose en el lago a la luz de la estrellas, ataviados con sus túnicas de gala. Draco no estaba entre ellos, y aunque Hermione se lo había pasado muy bien con las peleas de agua, aguadillas y demás, no había podido dejar de pensar en él y notar su ausencia.

No había dormido en toda la noche (como todo Gryffindor, reunido en la Sala Común hasta que amaneció) no obstante, ella fue la última en retirarse a su cuarto, para no tener que tocar la almohada un segundo, porque sabía que si lo hacía, volvería a llorar. Había hecho su maleta con Parvati y Lavender y hasta había agradecido la interminable charla de la segunda acerca de la tienda de moda que planeaba abrir en el Callejón Diagon, porque aunque fuera un poco, la había distraído. No había parado un instante en el viaje de vuelta, manteniéndose deliberadamente ocupada.

No obstante, en todo lo que había hecho desde que Ginny, Lavender y Parvati se pelearon con su cabello para alisarlo, una parte de sus pensamientos habían estado con Draco. Y ahora lo estaban todos, porque sabía que una vez que el tren llegara a la estación de Kings Cross, era muy posible que no volviera a verle jamás.

Y así se acabaría su historia. Posiblemente dejándose llevar por el oculto espíritu de adolescente enamorada que poseía, Hermione había guardado la pequeña y casi inexistente esperanza de que las cosas entre ella y Draco tuvieran algún tipo de solución. Pero a medida que el tren ganaba cercanía con Londres, se daba cuenta de que eso era imposible y de que tendría que vivir con ello el resto de su vida. Se dio cuenta de que tendría que resignarse a echarle de menos y a quererle siempre.

—Hermione, vuelve con nosotros —dijo la voz de Ron cerca de ella. Hermione parpadeó un par de veces y miró a sus amigos que la observaban con una sonrisa en la cara.

—Ya hemos llegado —le explicó Harry cogiendo la jaula de Hedwig para ponerse en pie. Hermione forzó una sonrisa e imitó a sus amigos que bajaban sus baúles de los estantes y recogían sus cosas. Cogió a Crookshanks con una mano que lanzó un suave maullido aferrándose con cuidado a la camisa de botones de Hermione y con la otra tiró del baúl por el pasillo lleno de estudiantes de Hogwarts cargando con sus cosas. Fue la última en llegar a la salida y Crookshanks saltó de su hombro cuando ella les acercó el baúl a Harry y Ron para que le ayudaran a bajárselo.

—Crookshanks, ¿qué demonios... —masculló al ver por el rabillo del ojo cómo el gato se alejaba por el pasillo.

—¿A dónde ha ido ya tu dichoso gato? —preguntó Ron, colorado por el esfuerzo de bajar todos los baúles.

—Iré a buscarle, vuelvo ahora —les aseguró Hermione y apartó de un manotazo un mechón de pelo rebelde que le caía por la cara. Después de su baño en el lago, toda la poción alisadora se había convertido en una especie de espuma rizadora que no había logrado más que darle aún más volumen a su pelo. Resoplando, llamó a Crookshanks y lo vio alejarse por el fondo del pasillo. Corrió tras él y alcanzó a ver cómo entraba en un compartimiento vacío.

—Crookshanks, ya está bien —le riñó acercándose al compartimiento —Por tu culpa el Expreso se marchará con nosotros dentr... —se interrumpió en seco al entrar en el compartimiento y comprobar que no estaba vacío como había pensado. Había alguien dentro además de su gato.

Draco Malfoy estaba allí y apretaba entre las manos su pañuelo escarlata como si la vida le fuera en ello.

—Draco —musitó ahogadamente. Él la observó intensamente mientras se ponía en pie y se acercaba a ella, y por un momento, Hermione tuvo la extraña sensación de que estaban en la Casa de los Gritos, en uno de sus secretos encuentros. Por eso, a su mente auto-engañada, no le pareció extraño que él se acercara tanto a ella, arrinconándola contra una de las paredes del compartimiento, ni tampoco la sorprendió el modo lleno de anhelo, amor y tristeza en que él la miró mientras ponía sus manos en la pared a ambos lados de ella, encerrándola.

Sólo cuando comprendió que él iba a besarla y sus ojos se cerraron inconscientemente, se dio cuenta de que hacía casi un mes desde la última vez en que habían estado en la casa de los Gritos y de que ya no estaban juntos. Entreabrió los labios para decirle que no podía besarla, pero Draco aprovecho el momento para sellar su boca con la suya. Durante un instante, ninguno de los dos se movió. Hermione demasiado sorprendida y Draco esperando.

Y entonces sucedió. Hermione dejó de lado todas sus promesas de ignorarle, olvidarle y dejarle atrás. Olvidó todos sus pensamientos, su sufrimiento pasado, las miles de razones por las que no debería permitir que él la besara. Obvió todo lo que debería hacer y simplemente se dejó llevar, afectada por su cercanía, por el calor que emitía su cuerpo, por el aroma tan familiar y embriagador que despedía. Se aferró a su cuerpo con una desesperación que nunca había conocido, y apretó sus labios contra los de él.

Ahogando una especie de grito gutural e irracional de júbilo, Draco la estrechó contra él con tanta brusquedad que perdieron el equilibrio y chocaron contra la pared del compartimiento, pero ninguno de los dos se apartó ni un milímetro. Hundió su lengua en la boca de Hermione y la enlazó con la de ella en un beso desesperado, angustioso y pasional. Un beso de reencuentro y de despedida.

Draco sabía que no debía besarla, que lo que estaba haciendo era peligroso y que no tenía derecho a acercarse a ella después de haberle alejado de esa manera. Pero no podía. Simplemente, no podía. Era como pedirle que intentara no ver nada a pesar de tener los ojos abiertos. Era superior a sus fuerzas. Posiblemente el problema radicara en que lo último que deseaba en el mundo era soltarla. Giró su rostro sobre el de ella cambiando el ángulo del beso, y cerró su boca sobre la de ella con ansiedad.

No importaba que después de ese beso no volvieran a verse. Ella le pertenecía del mismo modo en que él le pertenecía a ella. Y Draco supo con desconcertante certeza que eso siempre sería así.

Como impelidos por una fuerza invisible, ambos se separaron al unísono. Se miraron respirando agitadamente durante unos profundos y electrizantes segundos, y entonces Crookshanks maulló rompiendo el hechizo.

Draco se dio cuenta de lo que había hecho y del peligro al que la había expuesto, sabiendo que seguramente su padre estaba esperando en el andén y se maldijo a sí mismo. Dio un paso para salir como una exhalación del compartimiento y alejarse lo más posible de ella, pero la expresión de confusión, tristeza y anhelo que vio en el rostro de Hermione le frenó en seco bajo el dintel.

Se volvió hacia ella y abrió los labios, mientras en su interior, mil palabras diferentes peleaban por salir.

—Adiós, Granger —murmuró finalmente, sintiéndose miserable. Completamente miserable y solo. Más solo que nunca, porque a partir de ese día, nunca volvería a verla.

—Adiós, Malfoy —respondió ella en un murmullo, con una voz tan extraña que pareciera que otra persona había hablado por ella. A pesar de haberse despedido, ninguno de los dos se movió por unos instantes. Finalmente, Draco apartó sus ojos de ella y con una mueca de dolor desapareció por el pasillo.


Hermione bajó del Expreso de Hogwarts con Crookshanks en los brazos y aire de haber sufrido una gran conmoción. Estaba más despeinada si cabe y tenía pinta de no saber donde se encontraba.

Ginny la ayudó a bajar e inmediatamente todos sus amigos la rodearon.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Harry.

—Vimos salir a Malfoy —explicó Ginny.

—¿Te ha hecho algo? —masculló Ron remangándose el suéter que llevaba.

Hermione negó con la cabeza y siguió caminando por el abarrotado andén con aire de estar perdida. Los tres la siguieron y Ginny le tomó una mano.

—Vamos, Hermione...No soporto verte así por un gilipollas... —masculló Ron.

—¿Alguna vez has tocado una serpiente? —preguntó Hermione con suavidad.

—¿Qué?—preguntó Ron desconcertado y miró a Harry y a Ginny que se encogieron de hombros —No —respondió al fin con un gesto de asco —Son...repugnantes.

—Es suave. Aunque pueda causar repulsión, su piel es asombrosamente suave —murmuró Hermione, y no volvió a hablar.

Harry, Ron y Ginny intercambiaron miradas de aturdimiento, y después siguieron a Hermione hasta el interior de la estación de Kings Cross de Londres.


Hola lindas! Feliz año nuevo!

Primero que nada, siento la tardanza, pero no he tenido mucho tiempo y he estado mala, asi que he acabado el chap. ahora mismo (razón por la que es posible que tenga faltas y erratas ya que no me ha dado tiempo de releerlo) pero compensa (por llamarlo de algún modo) por el hecho de que es el chap. más largo que he escrito hasta ahora. Ya sabéis que tengo tendencia a enrollarme y me niego a hacer todavia más chaps xD que al final me vais a echar de fanfiction por pesada. Asi que ahora lo comentaré por partes, que tiene muchas xD

Primero, ¿qué tal ese momento Draco / Theo? Hemos descubierto un poco más sobre Theo, la razón por la que suele ser tan callado y pensativo. Él también tiene su pequeño secreto y es una chica muggle que vive en Francia, que su padre le ha prohibido ver (quizás escriba un fic sobre ellos, porque me he encariñado con Nott sin darme cuenta xD).

Segundo, momentazo de tensión Draco/Hermione cuando ella ha ido a devolverle el anillo. Él no ha querido tomarlo, pero sí se ha quedado con el pañuelo de Hermione y la chica, que no es tonta, ha sospechado...pero Draco se ha encargado de alejarla de nuevo... Y Hermione está en lo cierto con sus sospechas respecto al anillo, brilla cuando Draco quiere verla y piensa en ella y deja de hacerlo cuando están juntos. Razón por la que ahora que están separados, no hay manera de que pare de brillar...(minipunto para las que acertaron xD).

Tercero, Luna y Ben. Me encantan xD son tan adorables, con su momento "te miro, yo también, yo te miro más, yo te miró más todavia". Aunque no lo he explicado, creo que se entiende que ya son parejita oficial :)

Cuarto, Hermione dio un gran cambio y se hartó de ser la responsable y empollona Granger. Pasó de todo y aún así sacó buenas notas la jodía xD (la que es inteligente...es inteligente). Y el pobre Draco va por ahí loco de dolor y de rabia tomándosela con el primero que encuentro, menos mal que Theodore lo calma un poco (sólo un poco).

Quinto, no podían graduarse en Hogwarts sin hacer ninguna celebración xD me encantan los bailes y esas cosas y me hubiera gustado extenderme más, pero no tenía necesidad de hacerlo y el chap. no seria eterno, sería la Historia Interminable. Ha habido cena, bailoteo y han acabado todos bañandose en el lago en plena noche (siempre he querido hacer eso xD). Y detallazo de los amigos de Hermione, que le compraron un vestido :) La chica por lo menos disfrutó la noche, mientras el pobre Draco se moría al mirarla.

Sexto y último. Ese beso a escondidas en el compartimento del Expreso. El beso de despedida... no sé si me ha quedado muy bien, pero bueno, yo he intentado transmitir bien lo que sentían...Y el dialogo final entre Ron y Hermione es una parida que se me ocurrió xD y la puse porque es cierta. La piel de una serpiente es muy suave (dicen, porque yo no pienso tocar una para comprobarlo literamente xD) y me pareció una buena metafora sobre Draco. Parece una cosa por fuera, pero es totalmente diferente cuando te acercas lo suficiente :)

Y bueno, paro ya con este eterno comentario xD sólo decir que queda un chap. y lo del epílogo aún me lo estoy pensando. No sé cuanto tardaré con el siguiente porque el primero y el último siempre son los más difíciles de una historia, y considerando que quiero que me quede perfecto... me va a costar. Pero prometo intentar darme prisa :)

Os recuerdo que no será en Hogwarts y hasta ahí puedo leer, porque el resto me irá saliendo según lo escriba. Sólo recordaros que la esperanza en los último que se pierde ;)...

Como sigo sin mi ordenador :( (el sábado lo recupero) y estoy aquí gorroneando uno prestado, no puedo contestaros a los r&r, pero os responderé los de este chap :)

Muchisimas gracias por todo vuestro apoyo :D, mis musas inspiradoras :) ¿que haría sin vosotras? Lo mismo que Filch sin su gata. Nada.

:) Feliz año (:!!!!!!

Con mucho cariño, Dry!!!!!