9.32 pm

Alice jadeaba con cansancio al ver nuevamente por uno de los miles de hoyos que se habían hecho, como un Mortífago, en su forma negra y borrosa, volaba en dirección hacia el campanario. Había mucho humo en el aire debido a las previas explosiones y el lugar era iluminado por los rayos y el fuego de fuera.

-¡Frank! ¡Ahí viene otro!- gritó con voz aguda por sobre los gritos que se alcanzaba a escuchar desde debajo de la catedral.

Frank y Hestia giraron al momento en el que el Mortífago llegaba a la superficie. Los tres magos, con un hábil movimiento de varita, lanzaron por el aire al encapuchado y alcanzaron a ver como su cuerpo petrificado caía sobre Goyle y Thompson, deteniendo el duelo que llevaban teniendo un buen rato.

-¡Cuidado!- gritó la viuda de Edgar Bones.

Hestia se lanzó por el aire para aterrizar violentamente sobre uno de los tablones sobre los que estaban parados, y alcanzó a cubrirse la cabeza antes de que el hechizo que había visto venir, colisionara sobre la cumbre del campanario, lanzando miles de rocas por todos lados, tanto en el interior como al exterior. Ahora se podía ver el cielo y las formas encapuchadas surcar la cumbre del mundo, tapando las pocas estrellas que se asomaban esa noche. Escucharon a Frank soltar un alarido. Cuando las brujas levantaron la vista, pudieron ver la piel expuesta del hombre rubio. Su mejilla tenía un corte bastante profundo y emanaba sangre a chorros. La camisa estaba tornándose de un color rojo.

Alice, asustada, se acercó rápidamente hacia su esposo, antes de que este perdiera el balance y cayera al vació que había debajo de los tablones. Ambos se sentaron, Frank recargando su espalda con la fría roca y Alice enfrentándolo. Con nerviosismo y unas manos temblorosas, se quitó el suéter que cubría su cuerpo y lo hizo bolas para ponerlo sobre la mejilla del auror. Presionó con debida fuerza haciendo que la tela se impregnara del liquido caliente y su esposo gimiera de dolor, apretando con fuerza los puños.

-Lo se, lo se- trataba de calmarlo con voz suave la de cabello corto, pero en vez de sonar tranquila, sonaba desesperada y nerviosa.

-¡No es por nada, pero desde que Mckinnon se fue es mas difícil controlar el campanario, y más si ustedes están ahí sentados!- espetó Hestia con voz molesta mientras se asomaba por un hoyo y lanzaba varios hechizos, para después resguardarse detrás de las rocas. Unos hechizos golpeaban el otro lado o perforaban el hueco, dando a parar en la pared del frente o salir por otro hoyo.

-Tiene razón- dijo Frank tomando a Alice de la muñeca y alejándola de su rostro. Alice estaba un poco reacia pero también sabía que tenía razón. – estaré bien- aseguró Longbottom colocando una mano sobre la de Alice, la cual retiró lentamente y con una mueca, se puso de pie.

La castaña caminó sobre la madera, y brincó a otra, para poder resguardar el lado oeste de la torre. Su mirada daba a parte del cementerio a la izquierda, a la derecha el valle que ahora no parecía valle del todo, y justamente delante de ella estaba la mansión Riddle. Lanzaba hechizos a las figuras a los cielos y podía ver como caían dejando escapar un grito y aterrizaban en la tierra con sonidos sordos. A veces, caían sobre personas y la bruja no podía identificar de que bando. Estaba muy arriba como para distinguir. A veces, se le revolvía el estomago al ver que los encapuchados que aturdía en el aire, caían en picada a parar sobre algún lugar en llamas, que en esos momentos eran muchos.

-¡Al suelo!- gritó la señora Longbottom al ver tres hechizos volar directamente al campanario, provenientes de distintos lados. Los demás obedecieron y en unos instantes, los hechizos colisionaron con al torre. Esta se sacudió violentamente lanzando mas piedras al suelo y polvo se desprendía por las paredes. Uno de los hechizos colisionó con la enorme campana que colgaba en el centro del lugar, sostenida milagrosamente por dos palos de madera clavados a la pared. El hechizo no causó gran daño, solamente rebotó, causando la aparición de otro gran hoyo en la pared. A pesar de esto, el contacto de la magia con el metal hizo un sonido grave y retúndete que perforó los oídos de todos al menos a cincuenta metros a la redonda. Alice, Frank y Hestia se cubrieron los oídos y apretaron los parpados con fuerza, y podían estar seguros que los demás habían hecho lo mismo. Por unos segundo, el sonido de la batalla se extinguió. Solamente se escuchaba el eco que escapaba por la gran forma dorada.

Cuando el sonido desapareció, Alice regresó a su posición anterior y continuó resguardando la torre. Buscaba con la mirada desesperada tratando de encontrar a sus amigos, pero era en vano. Había demasiada gente y no podía distinguir si eran buenos o malos. Todos vestían de negro y habían muchas personas con cabello rubio, negro y castaño. Lo único que le permitía saber su identidad, era el color de los hechizos que salían de las varitas. Su corazón se detenía cada vez que veía un rayo verde salir, y un alivio la recorría cuando el atacado lograba detener o esquivar el hechizo. La historia era diferente cuando no.

El sudor empapaba su cuerpo y su corazón latía violentamente. Esto no estaba saliendo del todo bien. La orden comenzaba a bajar en numero y mas Mortifagos llegaban al lugar. Agradecía el ver como varios intentaban desaparecer y sorprendidos continuaban luchando al ver que no tenían escapatoria.

Las llamas se alzaban con fiereza por cada lado, iluminando la batalla. Los rayos ayudaban para poder dejar a los demás ver con un poco mas de claridad. Veía las grandes piedras que habían caído de la catedral y estaban alrededor. El humo negro de los fuegos se mesclaba con el polvo que se esparcía por el cielo. Veía los hoyos formados en el piso, y unos comenzaban a unirse haciendo que parezcan trincheras. Veía varios cuerpos, unos sobre otros. Unos cubiertos de algo rojo y otros con fuego. Pero sin vida. Veía otros heridos arrastrarse tratando de pedir ayuda o incluso intentar, inútilmente, desaparecer de ahí. Escuchaba los gritos agonizantes de las victimas de los hechizos. Los lamentos por las pérdidas. Los alaridos de locura y desesperación. Una imagen que jamás se le borraría de la mente.

Alcanzaba a ver en el techo a Kia Flenn, compañera de Ravenclaw de dos años antes, luchar con todo lo que podía lanzándole hechizos aturdidores a los Mortifagos que estaban en tierra. Junto a ella, Augusta Longbottom lanzaba piedras a los Mortifagos que estaban mas adentrados al valle. Utilizaba hechizos invocadores para atraer las rocas mas grandes y después las estrellaba en los encapuchados con violencia. La mujer reía cada que veía a un Mortífago ser aplastado por el material gris.

Los hechizos salían de la varita de la señora Longbottom, con impresionante rapidez. No siempre le daba a sus objetivos pero la mayoría de las veces, estos caían con dolor directamente al lodo.

-¡Merlín!- exclamó con terror la viuda Bones, llamando la atención de Alice.

Cuando giró su rostro, pudo ver a la blanca mujer correr hacia ella.

-¿Qué-

-¡Tenemos que saltar!- exclamó acercándose y tomando a Frank del cuello de su camisa, quien se levantó increíblemente rápido siguiendo los pasos de Hestia.

Alice no tuvo tiempo de reaccionar, antes de que una gran cantidad de hechizos llegaran a la cima del campanario, causando que todo tiemble amenazadoramente. Longbottom sintió la mano de Hestia tomar la suya y empujarla hacia el vacío. Los tres saltaron antes de que la torre colisionara con ellos dentro.

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

9.51 pm

James aturdió a un Mortífago que estaba llegando y lo mandó petrificado al otro extremo del valle, antes de voltearse y enfrascarse en duelo con un Mortífago.

-¡Vamos Potter!- gritaba el encapuchado. James, tenía un horrendo corte por la línea del cabello del lado izquierdo, y varios cortes en los brazos. La sangre manchaba su camisa que una vez fue blanca, puesto que ahora estaba gris y roja.

El joven Potter pudo reconocer a la persona de detrás de la mascara y eso solamente lo hizo encolerizar mas. Llevaba un buen rato sin ver a nadie. Después de ayudar a Charis, ayudó a Marlene, Moody y a Podmore. Después de ahí, todos eran máscaras, sangre, fuego, rayos y explosiones. No había visto un rostro familiar, y no es como que podía buscar hasta el cansancio por sus amigos, cuando literalmente estaba luchando para mantener su vida, y poder buscarlos después.

-¡¿A caso eso es todo lo que puedes dar Mulciber?!- cuestionó el nuevo padre riendo y gritando las palabras como todo un merodeados. Incitante e irritante.

El encapuchado soltó un giro de ira y comenzó a lanzar maldiciones no verbales cada vez mas difíciles.

Se encontraban en el centro del valle. El lugar del apogeo de las explosiones, lo cual lo hacía mas peligrosa su estancia. No solo se concentraban en su duelo, peor también en los hoyos que estaban a sus pies, al igual que las rocas de todos los tamaños. Se tenían que proteger de cualquier rayo que pudiera estar dirigido a ellos, o a la tierra en la que estaban por accidente. El humo los rodeaba, ya sea de polvo o del fuego.

-¡Avada Kedabra!- gritó mostrando sus amarillentos dientes con furia.

-¡Protego!- exclamó hábilmente el heredero Potter mientras saltaba un par de piedras del tamaño de una Bluddger- ¡Expelliarmus!

-¡Protego!- exclamó con un habilidad superior. Ambos continuaron con su duelo y nadie a su alrededor les prestaba alguna atención. Estaban igualmente enfrascados en sus duelos, o preferían hacerlos a las orillas del valle, puesto que prácticamente era imposible hacerlo dentro de este.

Un hechizo del Mortífago pasó rozándole el hombro izquierdo, el cual dejó escapar un terrible sonido. Estaba roto. Ignorando el dolor, mordió fuertemente y siguió lanzando hechizos. La diferencia es que ahora, eran mas protectores que atacantes. El dolor del hombro lo estaba matando.

-¡Depulso!- escuchó a alguien gritar a su derecha. En cuestión de segundos, el cuerpo de otro enmascarado llegó volando y se llevó consigo violentamente a Mulciber. Ambos aterrizaron uno sobre otro a cincuenta metros, dejando una estría en el suelo.

Sin tiempo que perder, el pelinegro de anteojos giró para comenzar a correr rumbo a la catedral, en busca de su esposa, la cual no había visto en muchos tiempo. A pesar de tener esto en mente, sus planes se vieron interrumpidos cuando chocó pecho con pecho, con otra persona.

-¡Sirius!- exclamó entre dientes debido al repentino dolor de su hombro, pero con alivio al ver a su mejor amigo con vida. Sangrado, pero bien. El joven parecía no haber reconocido con quien había chocado y en cuanto escuchó su voz, lo miró rápidamente y una expresión de alivio surcó su rostro.

-¡Cornamenta!- exclamó abrazando impulsivamente al merodeador, el cual soltó un alarido al sentir la fuerte presión en su lado izquierdo.- ¿Qué sucede?

Sirius estaba preocupado por el bienestar de su mejor amigo y claramente se veía asustado. James no respondió, solamente cerró fuertemente los ojos y los labios y señalo a su hombro.

-Mulciber- masculló después, señalando al ahora lugar vacío del Mortífago.

-Esto sería extremadamente divertido si no tuvieras el hombro roto ¡y! No estuviéramos peleando literalmente por nuestras vidas- dijo Sirius sonriendo de lado y mirando a su mejor amigo- vamos a sacarte de aquí y arreglar eso, por que así, es mejor que te demos por muerto.

Sirius tomó a James de la camisa, el cual sostenía su hombro con su mano derecha. Comenzó a tirar de el, rumbo a uno de los grandes hoyos que se habían formado. Corrían tratando de esquivar los nuevos rayos que colisionaban con la tierra, lanzando bombas de polvo al aire. Daban trompicones y sostenían fuertemente a sus varitas.

-¡Expelliarmus!- gritó Sirius a un Mortífago que comenzaba a descender en su forma borrosa y negra.- ¡Depulso!- le gritó a otro que estaba atacando a un miembro de la orden alto y canoso. – Vas, metete ahí.

James sintió como el hombre no muy gentilmente lo empujaba al fondo de un gran hoyo, a pocos metros de la choza Gaunt, que continuaba incendiándose. Los arboles a su alrededor se habían prendido en llamas, ya sea por la casa o por otros hechizos. Cuando sus pies chocaron con la tierra al fondo del hoyo, una corriente dolorosa recorrió su cuerpo. En unos segundos, Sirius saltó al hoyo y estaba a su lado. Tuvieron que cerrar los ojos fuertemente, en cuanto un árbol se rindió a las llamas, y se dobló muerto. El movimiento liberó una gran cantidad de cenizas y polvo, que se impregnaba en sus fosas nasales haciéndolos toser. Su alrededor, mas obscuro ahora, por el humo negro.

Un hechizo colisionó muy cerca del hoyo en el que estaban y tuvieron que cubrirse la cabeza para prevenir que les golpeen las rocas. Por fin, pudieron levantar la cabeza.

-¿Dónde estamos?- preguntó con voz ahogada el de anteojos, cuando el polvo se comenzó a disipar. Sus ojos estaban un poco irritados y rojos. Podía ver ahora, que el hoyo se extendía a su derecha y a su izquierda, sin ver exactamente el final.

-Una de las trincheras que se formó durante la batalla- dijo mientras le apuntaba su varita al hombro de James- ¡Episkey!

-¡Ah!- exclamó con dolor al escuchar y sentir el crujido de sus huesos. Después de unos segundos, lo comenzó a mover y tuvieron que agacharse nuevamente y cubrir sus cabezas por un hechizo que colisionó dentro del hoyo. Parados rectos, sus cabezas y sus hombros salían del agujero. Por eso, ambos estaban recargados con su espalda en la piedra y estaban en una posición similar a sentados, sin tener asiento alguno. Sus piernas dobladas en un ángulo de noventa grados.

-¡Trinchera!- exclamó riendo.

-Lo se- estuvo de acuerdo Sirius. Su sonrisa se veía aun mas blanca que antes, debido a la suciedad del rostro- la alcancé a ver cuando estuve por la mansión Riddle… está esta, una cerca del campanario, separando el valle del cementerio y la otra está… - cerró los ojos pensando- ¡está a la mitad del valle, cerca de la mansión! La cantidad de hechizos que deben de caer en el mismo lugar para hacer semejante hoyo…

James asintió entendiendo las palabras. Era de esperarse, después de todo, los rayos continuaban perforando el suelo. Levantó su mirada al cielo, y podía ver las formas de los Mortifagos, borrosas y negras, surcar el cielo, ya sea llegando o tratando de irse.

-No nos está yendo del todo bien, ¿o si?- cuestionó riendo levemente.

-No…- dijo Sirius mirando por igual, el panorama que los cubría. Los rayos de luces pasaban iluminándolos de distintos colores, y el fuego la daba un irónico aspecto cálido a la situación. A pesar de estar bajo tierra, podían escuchar los gritos y alaridos.

-Bueno, debo irme- dijo James haciendo gesto de ponerse de pie pero la fuerte mano de Sirius lo regresó a su posición de segundos antes.

-¿A donde?- preguntó curioso y… ¿preocupado? ¿nervioso? ¿triste? James no sabía.

-Debo de buscar a Lily, no la he visto desde que comenzó todo- nuevamente iba a comenzar a levantarse para salir de la trinchera, cuando la voz de Canuto lo detuvo.

-James espera- dijo mirando el piso. Potter lo miró y su corazón comenzó a latir a prisa.

-¿Qué pasa?- su voz sonaba cortada y llena de miedo. Por primera vez podía ver los caminos limpios que destacaban en las mejillas de Black. Rastros de los vestigios causados por las lágrimas que limpiaron el polvo de su rostro. Un ligero sudor comenzó a formarse en sus manos y sintió sus venas temblar con la repentina velocidad con la que viajaba su sangre. Sintió que el oxigeno le comenzaba a faltar pero los pulmones estaban paralizados e impedían que inhalara aire- ¿Lily?- su voz fue apenas audible por sobre todo el ruido.

Una explosión se escucho cerca.

-No- la expresión fue seca. Los ojos grises se conectaron con los avellana- tu padre.

James tuvo que sostenerse con una mano en la roca, mientras que su visión se difuminaba. Sintió un repentino sentimiento de congelación, que a la vez le quemaba el cuerpo. Su mano, tembló y se deslizó en la piedra lastimándolo, y se cayó al suelo. Estaba sentado y un poco de polvo le caía, por el movimiento de su brazo. Miró a Sirius que lo sacudía un poco por la solapa de su camisa y movía los labios como gritando algo.

-¡James!- lo alcanzó a escuchar después de diversos intentos, y parpadeó varias veces. Había recuperado el control de su cuerpo. Su mente se despejaba y su corazón le dolía. Pero no era el momento de llorar la muerte de Charlus Potter.

-Estoy bien… - tragó saliva con dificultad- ¿quién?- cuestionó levantando la mirada y conectándola con la de Black, quien estaba en la misma posición que antes pero recargado en la piedra frente a el.

-Dolohov.

-¡Esa serpiente rastrera!- espetó enojado y cargado de ira. La frustración y la tristeza escondidas detrás del odio en su voz. Pasó violentamente sus manos por su cabello y cerró los ojos con fuerza.-¡No! ¡no! ¡no!- espetó con demasiada rabia golpeando al piso con su puño. Paró después de unos segundos y descansó su cabeza en la roca detrás de el. Se quedaron en silencio por un par de minutos.

-Debemos de salir de aquí- dijo Sirius por sobre las explosiones que se escucharon mas cerca. Ayudó a James a ponerse de pie, mientras una cobija de polvo los volvía a cubrir. Los hechizos como bombas sobre un mar de tierra. Cuando estuvieron de pie, y su cabeza estaba al nivel del suelo, algo los iluminó. La luz comenzó de detrás de ellos y los sobrevoló.

Figuras borrosas y de luz blanca intensa surcaban el cielo, descendiendo de forma rápida, o cruzando la intemperie. Eran cincuenta o sesenta, y cada vez aparecían mas. Dejaban una estela plateada que ondeaba y desaparecía en segundos. Una de las luces, comenzó a descender rápidamente, cerca de la trinchera en donde estaban los animagos. Algo asustados, dieron un paso retrocediendo y sus espaldas chocaron con la roca.

La figura, aterrizó y la luz comenzó a disiparse, como deslizándose sobre el objeto de forma ascendente y muy rápido, mostrando una figura.

-¡Profesora McGonagall!- exclamó James sorprendido al ver a la bruja que acababa de llegar. La animaga apareció vistiendo sus usuales túnicas esmeraldas y la varita en mano, apuntando al frente.

-¡Buenas noches señor Potter!-exclamó sin voltear a ver a los jóvenes, bastante estupefactos como para moverse. La bruja ondeaba su varita con habilidad y destreza, lanzando hechizos de colores a los Mortifagos que descendían o estaban en duelos con otros miembros de la orden.

Sirius saltó a la superficie seguido de James, y juntos flanquearon a la mujer, uniéndosele en la lucha y derribando a los encapuchados. Una llama de esperanza se extendía en el interior del de anteojos, al comenzar a ver el resto del cuerpo de aurores, magos, brujas e incluso estudiantes de Hogwarts de séptimo año. Escudos rojos, amarillos y azules en sus túnicas. Todos comenzaban a luchar con ferocidad, cansados por la guerra y dispuestos a terminarla.

Otras dos figuran descendieron a sus lados, iluminándolos y cegándolos por cuestión de segundos, y mostraron a un hombre canoso pero con rostro gentil, el cual comenzó a correr en dirección a la mansión Riddle con velocidad y dejando escapar un grito de batalla, lanzando hechizos a las formas negras que volaban en el cielo, o a los hombres que luchaban en el piso.

-Llega y me deja sola- dijo una voz junto al pelinegro, haciéndolo voltear sobresaltado y un poco asustado por la cercanía. A su lado, había una mujer con cabello negro y largo, casi a la cintura. Eran rizos alocados y era impresionante la remembranza que tenía con su hermana.

-¡Andrómeda!- exclamó sorprendido Black, al ver a su prima después de tanto tiempo. Continuaba lanzando hechizos y la ojeaba. La mujer sonrió con altivez Black.

-Hola Sirius, tiempo sin verte- dijo riendo, antes de comenzar a correr por donde su esposo se había ido, saltando sobre los hoyos o las personas, y agachándose para esquivar los rayos de luz.

-¡¿Qué hacen aquí?!- gritó Sirius mientras daba unos pasos hacia delante y los rayos salían de la punta de su varita, lanzando a su contrincante muy lejos. Escuchó a la mujer resoplar- ¡no me malinterprete, profesora, me refiero a que como supieron…!

-Dumbledore- su voz sonaba jadeante debido a se movía con velocidad y hablar al mismo tiempo la agotaba- Hogwarts le dará ayuda al que lo solicite…

-¡Protego! ¡incarcerus! ¡Pero profesora… ¡expelliarmus! ¿quién pidió ayuda?!- James estaba dándoles la espalda desde que los encapuchados comenzaron a atacarlos por detrás.

-¡La señora Black, por supuesto!- exclamó mientras petrificaba a un enmascarado y lo mandaba volando a los restos llameantes de la casa Gaunt. El contacto del cuerpo con el fuego, por alguna extraña razón causaron una pequeña explosión- ¡y el señor Lupin!

-¡Remus!- exclamó con una ligera sonrisa el de anteojos al escuchar hablar de su otro mejor amigo.

-¡Hablando de mi esposa!- gritó Sirius- ¡Protego! ¡depulso! ¿alguien la ha- ¡Desmaius! Visto?

Nadie contestó. No la habían visto. James no lo había hecho y McGonagall tampoco, por la obvia razón de que acababa de llegar. James, mientras se debatía en duelo con dos Mortifagos, pensaba. Debía de encontrar a la castaña. Debía de estar cerca de ella para poder saber cuando era el momento indicado. Estaba por cuestionar lo sucedido con el anillo que supuestamente iban a destruir, cuando algo lo detuvo.

A lo lejos y a la izquierda de los tres animagos, la catedral estaba rodeada por rayos. El ruido de la explosión de su interior, hizo que muchos detuvieran momentáneamente su duelo. Las llamas salieron explotando las ventanas en añicos. Se alcanzaron a escuchar los gritos de las personas que estaban ahí. Pudieron ver a unos cuerpos caer por los arcos del segundo piso, y otros del techo sobre el cuarto piso. Pudieron ver que el campanario estaba completamente destruido, quien sabe desde que momento. Alcanzaron a ver cuando grandes rocas se desprendían de su lugar, pero aun así, la estructura se mantenía impresionantemente de pie.

-¡Vamos a ayudar!- gritó James, y comenzó a correr hacia la construcción, dejando atrás a su profesora y a su mejor amigo.

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10.30 pm

Marlene levantó la cabeza con asombro, al ver las formas de las personas que caían al suelo, y se unían a la lucha. Podía ver los borrones negros de los Mortifagos, luchando por el cielo con los borrones blancos. El ying y el yang. La bondad y la maldad.

Se encontraba a cuatro patas sobre un charco. Su boca sangraba profusamente dejando un rastro por la barbilla y todo el cuello, y tenía un ojo completamente hinchado, el cual se estaba comenzando a tornar de un morado obscuro. La varita fuertemente sostenida en su mano izquierda.

La patada que llegó a su rostro con violencia, la hizo girar a su espalda y caer pesadamente sobre la tierra. Tosió forzudamente lanzando unas gotas de liquido rojo al aire, las cuales chocaron después de unos segundos en sus mejillas.

-Golpeas como mujer, Avery- dijo con voz rasposa, riendo y tratando de levantarse, pero una patada en sus costillas la hizo gemir de dolor, girar la cabeza a su derecha y escupir la sangre que se acumulaba en la boca. Esta fue a parar a su lado, en una forma de estallido pequeño. Empezó a reír débilmente- como niña, mejor dicho.

-¡Cállate!- gritó pateándola una vez mas, esta vez en las costillas de la espalda, causando que a la rubia le dificultara respirar. Marlene colocó una mano en su estomago, mientras giraba y ponía su pecho en contacto con el piso. Con su mano libre sosteniendo aun la varita, comenzó a arrastrarse por el piso, tratando de alejarse del Mortífago con el cual había estado luchando bastante tiempo.

Estaban dentro del cementerio. Eran los únicos ahí dentro. Pero eso no les importaba mucho, ni siquiera habían pensado en eso. Marlene lo había encontrado a la orilla del bosque cerca de la mansión Riddle. Comenzaron a luchar en cuanto sus ojos se conectaron. Corrieron torpemente mientras se batían en duelo y saltaron la trinchera. No sabían en que momento ni como, pero habían atravesado uno de los muchos hoyos que se habían hecho en la reja de metal que separaba a los muertos enterrados, y a los muertos sobre el valle. Al llegar, un hechizó perdido colisionó con la cabeza de la estatua de una muerte, lanzando varias rocas por el aire. Una golpeó en el ojo a la rubia, lo que le dio a Avery la oportunidad que estaba aprovechando en esos momentos.

La del cabello corto, continuaba arrastrándose lentamente, dejando unas gotas de sangre debajo de ella, mientras el encapuchado reía y la seguía con tranquilidad.

-Creo que me estoy aburriendo- escuchó Marlene decir a su antiguo compañero y sintió la eminente amenaza. Se aferró a su varita y giró con rapidez.-¡Avada Kedabra!

-¡protego!

-¡Avada Kedabra!

-¡Protego!- exclamó jadeante por segunda vez en cuestión de segundos. Sus ojos azules estaban abiertos de par en par, con terror en su mirada. Podía ver la forma del mago sobre ella, símbolo de grandeza, y ella a sus pies. La varita apuntada directamente a entre cejas. Su corazón latía causándole mas dolor que los golpes que acababa de recibir. La bruja sintió por un segundo que el corazón le dejaba de latir y la sangre dejaba de fluir, cuando vio al joven sonreír maliciosamente y comenzar a pronunciar las palabras asesinas, una vez mas.

-¡Avada Kedabra!

La rubia abrió los ojos esperando su muerte. Una luz blanca llenó el lugar.

-¡Protego!- la luz verde colisionó con un escudo a escasos centímetros de su rostro. Su aliento chocando con la protección. Ambos voltearon asustados a ver la figura que acaba de llegar.- esa no es una forma de tratar a una señorita, ¡depulso!.

Avery fue golpeado en el pecho por el rayo y fue lanzado por el aire hasta chocar con un mausoleo. Cayó pesadamente sobre el suelo, inconsciente y un feo corte en la frente. Un pequeño charco de sangre se formó bajo su cabeza.

-¡Aberforth!- exclamó Marlene aliviada al ver al hombre parado fuertemente sobre una tumba, varita extendida. Con dificultad, la mujer, se contorsionó para poder encontrarse en una posición lo suficientemente cómoda como para ponerse bien.

-Señorita Marlene- saludó serio Dumbledore. Sonrió un poco, maliciosamente y señaló su cara – no luce muy bien.

-Sí, bueno, digo lo mismo de su cara, ¡y no había estado en batalla!- dejó escapar su temperamental humor. Definitivamente no estaba para chistes, sabía como ha de lucir su rostro. Por el momento, solamente quería salir de ahí, encontrar a su esposo, que había visto luchar contra Crabbe hace bastante tiempo, antes de que ella luchara con el ahora inconsciente Mortífago. También, estaba ansiosa por ver a sus padres, los cuales no había visto desde que bajó del campanario. Aberforth resopló pero no comentó mas. Solamente meneó la cabeza indicándole a la rubia que regresaran a la batalla.

Ambos, comenzaron a correr rumbo a la salida del cementerio. Saltaban rocas, o cabezas de ángeles, alas, esquinas de mausoleos o simplemente esferas angulares de piedra. Llegaron a un hoyo de la reja.

-¡Por Merlín!- exclamó el hombre barbudo al ver el panorama que lo recibía.

El valle parecía un coladero. Estaba lleno de hoyos, y cada varios segundos, la tierra salía volando como si una mina explotara. Podía ver luces blancas luchando con luces negras, que volaban por el aire. Alcanzaba a ver fuego en el bosque, prácticamente todos los arboles se estaban incendiando. Estos se doblaban rompiéndose y soltaban bocanadas de partículas negras que inundaban el ambiente. A su derecha, una enorme campana, casi del tamaño de Hagrid, estaba volcada y rodeada de enormes piedras. El campanario estaba destruido por completo. Podía observar los rayos de colores alumbrar el gran lugar. Rojos y verdes. Dorados y azules. Escuchaba los gritos de dolor y de ira. Las maldiciones resonaban en sus oídos. Figuras de hombres y mujeres cubrían el escenario. Una explosión por parte de uno de los pisos de la mansión Riddle. El sonido de los estallidos y la roca cayendo rápidamente, colisionando una con otra, provocando un sonido sordo y desesperado. No sabían en que momento, pero los luchadores eran aproximadamente cuatrocientos Mortifagos y varias decenas menos de aurores, miembros de la orden del Fénix, luchadores de paz y voluntarios. Era un caos. Un caos de muerte.

-¿Alguno se ha preguntado que sucedió con los muggles de aquellas casas?- masculló el mago, mas para sí mismo que para la bruja a su lado. Las casas estaban quemándose y mucho humo salía de estas. No se veía a mucha gente de ese lado. Solo magos luchando.

El corazón de ambos comenzó a latir con velocidad. Se miraron y comenzaron a correr sin dirección alguna. El sudor de la frente de Marlene, rodaba y se mesclaba con su sangre, haciéndola mas ligera. La combinación se desprendía de su piel y paraba en su ropa o se perdía en el piso bajo a ella.

Brincó hacia un lado, cuando un rayo rojo perforó la tierra a su lado, expulsando polvo. Levantó los brazos y cubrió su rostro velozmente, sin detener sus grandes zancadas. No podía identificar si la gente a su alrededor, eran amigos o enemigos. Sus jadeos haciéndose audibles, debido al cansancio. Llevaban peleando sin cesar por mucho tiempo ahora. Su rostro estaba manchada de sangre, y una sustancia negra y arenosa, que suponía era la tierra.

-¡Marlene!- gritó Aberforth por sobre los hechizos. La rubia, asustada y aferrando su varita, giró para ver al tabernero. Parpadeó varias veces intentando divisar su figura, pero una bomba de polvo nublaba su vista. Con desesperación, levantó su mano y con el reverso de su palma, tallaba los ojos limpiando las lagrimas que le salían. Le dolía cada esquina de su cuerpo. Internamente, sentía sus órganos sangrar y pedirle descanso. Su corazón latía tan rápido y tan fuerte, que le hacía competencia con el ruido afuera.

-¡Aberforth! ¡Aberforth!- su voz mostraba mas miedo que nunca en su vida. Se encontraba sola y eso la hacía temblar. La aterrorizaba. Giró sobre su eje, lanzando su cabeza al lado contrario, tratando de ver a alguien, una figura. Hizo este movimiento varias veces. Sus sollozos y jadeos se estaban haciendo mas audibles, conforme pasaban los segundos. El sonido de la batalla estaba a su alrededor, pero no era parte de ella, puesto que no podía verla. Solamente veía el polvo de un tono café obscuro, siendo este de la tierra, y los rayos que pasaban cerca iluminándola un poco.-¡Aberforth!

-¡Marlene!- la voz no había sido del dueño de Cabeza de Cerdo. Era mas cálida, mas tranquilizante para el alma de la bruja.

-¡Gideon!- gritó con todo el aliento que estaba en sus pulmones. La mujer levantó su mano libre y la pasó por su corto cabello. Una y otra vez. Esperaba a que le contestara, pero no lo hacía. La capa de polvo se disipaba lentamente.

-Marlene- dijo en un susurro arrastrado pero veloz, la persona que apareció de la nada, atravesando la pared de humo. El pelirrojo lanzó sus brazos alrededor de la rubia, que en cuestión de segundos, recuperaba su fuerza. Estaba bien. Regresó el abrazo

sin decir otra palabra, se separaron y se tomaron de la mano. Gideon iba por la delantera, jalando suavemente a su esposa por entre los hoyos y esquivando los chorros de hechizos que les comenzaban lanzar desde una de las torres de la mansión de los Riddle. Las maldiciones iluminaban las rocas de la gran casa.

-¡Ah!- gritaron ambos, al detenerse abruptamente cuando uno de los arboles en llamas, cayó delante de ellos. Desconcertados y sudando, giraron sus cabezas a la izquierda mientras retrocedían torpemente, para ver como es que había llegado el pino, desde el bosque, hasta varios metros dentro del valle. Con un brutal y fluido movimiento, un Mortífago lanzaba otro árbol en dirección de los Prewett. Tomando desesperados sus brazos, se alejaron unos pasos, antes de lanzarse en el aire para evitar ser aplastados por la llameante madera. No tuvieron tiempo de pensar mas. Gideon levantó en un doloroso jalón por el brazo a Marlene y dieron unos pasos, antes de ser separados violentamente por otro pino llameante. Cada uno a un lado distinto de la madera cubierta por el fuego. El humo salía rápidamente formando espirales negros que alcanzaban grandes elevaciones. La rubia, que estaba en el piso, reunió todas sus fuerzas para ponerse de pie y correr a lo largo del enorme árbol. Cuando llegó a la punta, se encontró con su esposo y tomados de la mano, regresaron a donde iban con anterioridad. Las puntas de los arboles se encimaban sobre las raíces del otro. Los tres arboles, creaban una hoguera enorme. Las llamas alcanzaban varios metros de altura, casi igual que la mansión. Miraron las flamas estupefactos mientras retrocedían con las cabezas ligeramente levantadas para ver el final del fuego y se cayeron de espalda asustados, al ver cuando otro árbol caía sobre los tres anteriores. El crepitar de la madera, sonaba igualmente de fuerte que los estallidos de las maldiciones. Los suaves caracoles de lumbre se convertían en violentas sacudidas en forma de pirámide. Los colores amarillos y naranjas bailaban ante sus ojos, haciendo una replica miniatura en sus irises. Cenizas grises y negras, al igual que hojas de los arboles con las orillas ardiendo, salían expulsadas cubriendo la tierra a varios metros a la redonda. Una fogata que calentaba el lugar, además de que lo iluminaba.

-¡Gideon! ¡Marlene! - exclamó alguien detrás de ellos. Giraron sus cabezas asustados, y esperando otro ataque, pero solamente vieron a Robert Mckinnon. Suspiraron aliviados y se pusieron de pie. El hombre venía de la mansión Riddle. Se veía que estaba cansado. Su nariz sangraba al igual que un corte en su abdomen. La tajada de la túnica que aun utilizaba dejaba ver la sangre que salí animadamente de sus entrañas.

-¡Papa!- espetó aliviada al ver a su padre con vida. Se acercaron unos pasos y formaron una especie de triangulo- ¡¿dónde habías estado?!- cuestionó sobre los ruidos. Sus ojos estaban entrecerrados debido al humo y su cabeza giraba descontroladamente, haciendo bailar sus cabellos, para asegurarse de que ningún encapuchado los atacara por la espalda. Los tres, se agacharon rápidamente para evitar un rayo dorado que pasó sobre ellos. No sabían si era de algún auror o de algún Mortífago, pero simplemente era mejor evitarlos.

-¡Acabo de estar con tu madre!- dijo gritando y acercándose un poco para que lo escuchen mejor. Estaba apuntando, a un lugar sin importancia alguna en el centro del valle. Su rostro se iluminaba de rojo o verde cada unos segundos. Los rayos los rodeaban- ¡está buscando a Charlus, pero no logramos encontrarlo!

Los esposos asintieron, comprendiendo las palabras, pero sin nada que responder.

La risa macabra de un hombre a su derecha, los hizo girar a todos con ojos abiertos y el corazón latiendo con semejante fuerza, que creían que les iba a romper las costillas. Varitas en mano, apuntadas directamente al origen del sonido.

-¡Pero que hermosa reunión familiar! ¡traidores de sangre en acción!- espetó Rabastan Lestrange con furia y locura. Una sonrisa macabra dejaba ver los dientes torcidos y sucios.

Inmediatamente, Robert se puso frente a su hija y su yerno, y le apuntó a la cabeza al hombre. Por unos segundos, todos se quedaron estáticos. Solamente se apuntaban. Rabastan hizo una mueca y comenzaron a luchar. Los hechizos salían rápidamente de las varitas y se acercaban peligrosamente al contrincante. Los rayos colisionaban con los otros hechizos o con escudos. Los choques entre las luces resonaban como trompetas y ensordecían a cualquiera. Gideon había empujado a Marlene fuera de alcance de alguna maldición. Estaban juntos, observando temerosos el violento ataque. Ambos, habilidosos duelistas. Los hechizos, igualmente peligrosos. Los rayos verdes y rojos salían de ambas varitas. Ambos dispuestos a terminar con el otro.

-¡Expelliarmus!- la varita de Robert quemó en su mano, y la soltó. Esta salió volando por los aires, rompiendo los vientos y pasando por entre rayos de colores y piedras que volaban. Cayó fuera de alcance.

-¡Papa!- gritó la rubia haciendo ademan de comenzar a correr en dirección a su padre, pero Gideon la detuvo con sus brazos envueltos en su cintura fuertemente. La mujer forcejeaba para poder soltarse.

Rabastan Lestrange sonrió al ver los ojos de Robert abrirse de par en par, temiendo lo peor y esperando la inevitable muerte. Todo sucedió lento. El Mortífago movió su varita y un rayo dorado salió de esta. Robert, giró su cabeza y posó sus ojos sobre los de su hija, una ultima vez. El rayo colisionó con su pecho y fue lanzado rumbo a la hoguera que se formó con anterioridad.

-¡No!

El mundo se había acabado ante sus ojos. La batalla silenciada con horror y su mente giraba sin control, incapaz de entender. Ojos abiertos con incredulidad. Su padre no podía estar muerto. Las maldiciones pasaban a su alrededor, rozando su cabello y lanzándolo en el aire. Pero ella seguía estupefacta, forcejeando, viendo al lugar donde había desaparecido la figura de su padre. Las llamas no ocultaban la sombra del cuerpo de Robert Mckinnon. El crepitar no ahogaba los alaridos de dolor. Después de unos segundos, se extinguieron.

Las lagrimas comenzaron a salir de sus ojos y sus rodillas se rindieron. Marlene cayó fuertemente al piso y lloró en los brazos de su esposo, sin importarles la batalla que se desataba a su alrededor.

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11.09 pm

Sus pies descalzos de deslizaban por la roca con suavidad y calma. Sus túnicas negras volaban a su alrededor debido al viento. Sus ojos rojos resplandecían y su rostro blanco y cetrino mostraba una espeluznante sonrisa. Sus dientes rotos y podridos a la vista. En su mano, cuidadosamente entre los dedos, la varita con centro de pluma de fénix. Pocas personas detrás de el. Todos expectantes a sus movimientos, y ligeramente nerviosos.

Los ojos serpentinos de Voldemort observaba la batalla que se llevaba a cabo entre las dos colinas. Se encontraba en la cima de una de ellas, observando con diversión los hechizos rojos y verdes salir de las personas pequeñitas. Sonreía cada vez mas ampliamente. Podía deleitarse con la destrucción. La muerte y el dolor. Todo era una droga en sus venas, que le causaban placer y felicidad. Los gritos y los llantos eran música para sus oídos. Ladeó la cabeza de lado, al ver a su antigua casa, estallar por el ala norte. Varios pedazos de rocas gigantes caían aplastando a las personas debajo de ellos. Soltaba unas risas satisfactorias.

-¿Lucius?- preguntó girando para enfrentar a sus seguidores.

-No ha llegado, milord- habló con adoración la lugarteniente a su derecha. Bellatrix se había inclinado ligeramente, como reverenciándolo y sus ojos brillaban con el amor a su señor.

-¿No?- el rostro de serpiente se contorsionó en lo que debía de ser enojo. Apretó fuertemente los puños y giró velozmente dándoles la espalda. Todos se tensaron al ver la irritación.

-Mi señor… ¿no deberíamos de atacar ya? Llevamos tres horas- Bellatrix fue interrumpida por la mano de Voldemort. El hombre continuaba dándoles la espalda y ante el gesto, la mujer dejo de hablar y retrocedió unos pasos para posicionarse junto a Rodolphus Lestrange, su esposo.

Voldemort permaneció en silencio observando las llamas del valle a sus pies. Podía ver como los hechizos brillaban como flashes de cámaras, miles por minutos. Escudos y explosiones. Roca rompiéndose y saliendo disparada. La tierra levantarse por el aire con el estrellamiento de las maldiciones.

-¡Tráiganme al ministro Minchum!- espetó violentamente girando para enfrentar a los pocos Mortifagos. Sus túnicas bailaron a su alrededor. Los ojos rojos llameaban con la ira de su interior.

Hubo movimiento desde la parte de atrás de los treinta hombres y poco a poco se fue abriendo el camino, donde Mulciber padre traía atado a un hombre vestido en traje negro, túnica verde obscura. Su cabello era negro con canas y estaba despeinado. Tenía una banda blanca que cubría su boca y unas pocas gotas de sangre por algún golpe previo en la nariz. Estaba atado de manos y caminaba a trompicones. Cuando estuvieron frente a Lord Voldemort, Mulciber empujó al ministro, que cayó pesadamente sobre la roca de la colina y su rostro se raspó con el fuerte contacto. Voldemort comenzó a reír y los demás lo imitaron. El hombre como serpiente dio unos pasos y se inclinó ligeramente hacia el ministro, que tenía los ojos abiertos de par en par debido al terror al ver tan de cerca al mago mas tenebroso de la historia. Se escuchaban unos jadeos provenientes de su boca pero eran inteligibles.

-Dígame, señor ministro- Tom Riddle había tomado el cabello del hombre y tiró de el hacia atrás, levantando la barbilla del mago para poder enfrentarlo - ¿qué? ¿perdón, como dice? ¡No lo entiendo!- se burló el hombre soltando una gran carcajada. Todos se reían imitando a su lord. De sonido de fondo, la batalla, pero el ruido estaba distorsionado por el viento que rozaba los pocos arboles que estaban en la cima y los murmullos de los Mortifagos.

Con un movimiento brusco de varita, la banda que cubría los labios de Minchum, salió disparada.

-Por favor… - suplicó en susurros, evitando la mirada de los ojos rojos. El hombre estaba ahora de rodillas y colocó sus manos atadas frente a su rostro, en una pose de ruego.- por favor…

-¡Da la orden!- gritó encolerizado el señor tenebroso- da la orden y te dejaré ir.

Los ojos vidriosos de Minchum se abrieron esperanzados.

-Lo que sea, pero no me mate- suplicó el hombre derramando unas lagrimas del miedo- tengo una esposa, dos hijas… por favor, no me mate-

-¡Calla!- frunció lo que debían de ser las cejas, pero solo se movió la piel- da la orden y te dejaré ir.

El hombre asintió aceptando cualquier cosa que le estaba pidiendo. Voldemort sonrió y levantó las manos a sus lados mientras dejaba escapar algo parecido a una risa por entre sus dientes. Estaba celebrando. Los Mortifagos solo lo observaban. El sonido que salía del interior de Riddle les helaba la sangre y les erizaba la piel. Muchos desviaron la mirada de la escena y otros tragaban con dificultad.

-Manda tu patronus…- habló Voldemort acercándose peligrosamente al rostro raspado del hombre. Sus frentes casi rozándose. Sus ojos conectados. El interior de Harold Minchum ardía con el miedo al estar ante la presencia de su peor pesadilla en el ministerio y fuera de el. – mándalo y da la orden para que los manden aquí.

Harold abrió los ojos y retrocedió unos centímetros asustado, entendiendo a que se refería.

-P-p-pero.. están e-en Azkaban- dijo en un susurro entrecortado. Voldemort se enderezó y apuntó su varita al rostro del hombre. Este se contorsionó y encorvó mas su espalda- ¡No por favor! ¡por favor! Lo haré, lo haré, ¡solo no me mate!

Nuevamente, el señor tenebroso sonrió.

-Bellatrix- dijo con voz suave e indicándole con un movimiento de su cabeza, a la mujer que se acercara. Con rapidez, la mujer estuvo a su lado y lo miró embelesada.

-Ayuda al ministro Minchum a cumplir con su parte del trato- siseó el hombre señalando con su mano izquierda al hombre hincado que temblaba notablemente.

Bellatrix abrió la boca y dejó escapar un pequeño jadeo de emoción y se acercó como entre bailando y brincando. Voldemort se volteó y escuchó como soltaba al hombre y le brindaba su varita para hacer la orden. Después, Bellatrix recuperó su arma. Riddle giró para ver al hombre que estaba de pie sobándose las muñecas.

-A-ahora es su parte de c-cumplir con la parte del trato- dijo mientras palidecía un poco mas. Sus ojos vagaban de los rojos, a su alrededor, buscando alguna salida- dijo que m-me dejaría ir.

-Lo se….- las palabras fueron arrastradas y con un tono amenazador. La mano de su varita estaba levantada a la altura de su rostro y con la otra mano acariciaba la madera. Sus ojos posados sobre sus movimientos con detenimiento- nunca dije como… ¡Avada Kedabra!

El cuerpo del ministro cayó pesadamente sobre la roca. Su rostro aun mostraba congelada la expresión de terror que surcó su rostro antes de ser golpeado por el rayo verde. Sus ojos vidriosos, dejaban escapar una solitaria lagrima, que se perdía en la punta de su nariz.

Voldemort se quedó rígido por unos segundos con la varita extendida en dirección al cuerpo inerte y lentamente una sonrisa cruzó sus labios. Estaba por comentar algo, cuando un borrón negro se detuvo junto a el en la roca. El humo negro de deslizó de manera ascendente para mostrar el cuerpo de Lucius Malfoy.

-¡Lucius! Buen momento para unírtenos- dijo Voldemort sonriente y meneando, suavemente y casi imperceptiblemente, su cuerpo con fingida emoción. Lucius levantó la cara y tensó la quijada.

-Mi señor… hay un hechizo sobre el valle… - habló con voz un poco cansada. El hombre como serpiente se mostró ligeramente desconcertado- no se puede desaparecer del lugar… se tiene que caminar por el bosque- dijo apuntando a los arboles de la colina- y prácticamente salir por el otro lado, para poder aparecerse en otro lado. Se puede entrar, pero no hay otra salida.

-Lo entiendo… si, lo entiendo- dijo dándole la espalda a todos y caminando a la orilla de la pequeña montaña. Sus ojos descendieron por las rocas, los arboles y los regresó a la batalla. Sus ojos mirando con repentino interés los grandes hoyos en el valle, formando serpientes en el suelo. Trincheras. -¿Dumbledore?

-No hay señales de el, milord- habló Lucius moviendo nerviosamente su varita por entre sus dedos- Charlus Potter, Robert Mckinnon y Thomas Thompson han muerto.

Unas exclamaciones de jubilo explotaron en la multitud. Unos aplaudían y otros rugían. Fueron acallados violentamente por la mano de Voldemort. El sonido se extinguió una vez mas.

-¿Los Potter?- cuestionó levantando la piel donde supuestamente estaba su ceja derecha.

-Continúan luchando- espetó Lucius recordando a Lily Potter luchar contra dos Mortifagos.

-Excelente- su voz sonaba peligrosa y con emoción frívola y sarcástica.- ¡Rosier!

De entre las filas, un hombro con capucha y mascara salió.

-Milord- espetó pendiente a sus ordenes.

-Dales un poco de tiempo… ya sabes que hacer- dijo riendo el señor tenebroso. El cuerpo de Evan Rosier, se vio difuminado y salió disparado en forma de borrón negro, seguido por otro Mortífago. Sus figuras desaparecieron en la noche.

-Los profesores de Hogwarts llegaron junto con mas aurores- comentó después de unos minutos de silencio.

-No me digas- dijo burlonamente. Su mano comenzó a rascar su barbilla meditando algo- ¡Colagusano!

El hombre gordo y tembloroso salió de detrás de todos los hombres. Sus manos se entrelazaban nerviosamente y sus ojos no se detenían en ningún lugar.

-M-mi señor.

Voldemort no le dijo nada. Sus ojos rojos se posicionaron sobre el hombre, que al parecer entendió su mirad. Unos segundos después, Peter Pettigrew fue remplazado por una rata, que comenzó a correr en dirección del ventilado de la colina. Comenzó a descender por entre las piedras.

-Lucius- dijo finalmente con voz suave y aparentemente aterciopelada, extendiendo su mano hacia el rubio. Lucius asintió mientras caminaba con su corazón latiendo velozmente. Sus brazos temblaban ligeramente. Extendió su mano, y Voldemort cerró la palma de la suya alrededor del objeto que le estaba entregando. Ante la vista de todos, y bajo la luz de la luna, Voldemort deslizó el anillo en su dedo índice de la mano izquierda.