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El gran salón de conferencias del Cuerpo de la Marina de los Estados Unidos estaba lleno hasta el tope. Fuera del salón, una patrulla de hombres armados estaba alerta.
Adentro había una reunión extraordinaria. Un Gran Jurado especial estaba ubicado en sillas contra la pared. En una punta de la mesa estaba Edward Cullen, Marco Di Silva y el asistente del director del FBI. Frente a ellos estaba Thomas Colfax.
Llevar el Gran Jurado a la base naval había sido idea de Edward.
—Es la única forma de que estemos seguros de proteger a Colfax.
El Gran Jurado había estado de acuerdo con la sugerencia de Edward y la sesión secreta estaba por comenzar.
Edward se dirigió a Thomas Colfax.
—¿Quiere identificarse, por favor?
—Mi nombre es Thomas Colfax.
—¿Cuál es su ocupación, señor Colfax?
—Soy abogado, con licencia para ejercer en el estado de Nueva York así como también en otros Estados del país.
—¿Cuánto tiempo hace que ejerce la profesión?
—Más de treinta y cinco años.
—¿Hace práctica general?
—No señor, tengo un solo cliente.
—¿Quién es su cliente?
—Durante la mayoría de esos treinta y cinco años fue Aro Vulturi, que ahora ha muerto. Su lugar ha sido tomado por Felix Moretti. Yo represento a Felix Moretti y a su Organización.
—¿Se está refiriendo a una organización criminal?
—Sí, señor.
—Por la posición que usted ha ocupado durante todos esos años, ¿sería lógico pensar que usted está en una posición privilegiada para conocer todos los trabajos más secretos de eso que llamamos la Organización?
—Es muy poco lo que sucede allí que yo no sepa.
—¿Y están involucradas actividades criminales?
—Sí, Senador.
—¿Querría describir la naturaleza de esas actividades?
Durante las dos horas siguientes, Thomas Colfax habló. Su voz era calma y segura. Dio nombres, lugares y fechas y en algunos momentos lo que contaba era tan fascinante que la gente que estaba en la sala se olvidaba de dónde estaba, cautivada por el horror de las historias que Colfax contaba.
Habló de contratos para asesinar, testigos muertos para que no pudieran testificar, incendios premeditados, mutilación criminal, trata de blancas, parecía un catálogo sacado de Jerónimo Bosch. Por primera vez en su historia todas las intimidades del más grande sindicato del crimen del mundo estaban expuestas para que todos pudieran verlas.
Ocasionalmente, Edward o Marco Di Silva hacían alguna pregunta, impulsando a Thomas Colfax a llenar algunas lagunas cuando era necesario.
La sesión estaba transcurriendo mejor de lo que Edward hubiera podido desear, cuando repentinamente, cerca del final, cuando faltaban apenas unos minutos, ocurrió la catástrofe.
Uno de los hombres del Gran Jurado estaba interrogándolo sobre una operación de blanqueo de capitales.
—Eso ocurrió hace dos años. Felix me tuvo alejado de eso, lo manejó Bella Swan.
Edward se quedó helado.
Marco Di Silva preguntó:
—¿Bella Swan? —Había impaciencia en su pregunta.
—Sí, señor. —Una nota de venganza sonaba en la voz de Thomas Colfax. —Ella es la abogada de la Organización ahora.
Edward deseó desesperadamente poder hacerlo callar, borrar de la declaración lo que decía, pero era demasiado tarde… Di Silva estaba buscando la vena yugular y nadie lo iba a detener.
—Háblenos de ella —pidió Di Silva.
Thomas Colfax empezó a hablar.
—Bella Swan está involucrada en levantar sociedades en quiebra, operaciones con blanqueo de capitales… Edward trató de interrumpirlo.
—Yo no creo…
—…asesinato.
La palabra estalló en la sala.
Edward rompió el silencio.
—Nosotros… nosotros tenemos que atenernos a los hechos, señor Colfax. ¿No estará usted tratando de decirnos que Bella Swan está comprometida en un asesinato?
—Eso es exactamente lo que le estoy diciendo. Ella ordenó que mataran al hombre que había secuestrado a su hijo. El hombre se llamaba Frank Jackson. Ella le dijo a Moretti que lo matara y él lo hizo.
Hubo un murmullo de voces excitadas.
—¡Su hijo! Edward estaba pensando Tiene que haber algún error. Tartamudeó.—Yo creo… yo creo que tenemos bastante evidencia sin recurrir a los rumores. Nosotros…
—No son rumores —aseguró Thomas Colfax—. Yo estaba en la habitación con Moretti cuando ella llamó.
Las manos de Edward debajo de la mesa se apretaban con tal fuerza que la sangre se había retirado de ellas.
—El testigo parece cansado. Creo que es suficiente por esta sesión.
Roben Di Silva se dirigió al Gran Jurado.
—Quisiera hacerles una sugerencia acerca del procedimiento…
Edward no escuchaba. Se estaba preguntando adonde estaría Bella. Nuevamente había desaparecido. Edward había tratado repetidas veces de dar con ella. Pero ahora estaba desesperado. Tenía que encontrarla y rápido.
