Author has written 13 stories for Saint Seiya, Detective School Q, and Naruto. ¡Hola! Bienvenidos a mi perfil. Como no tengo mucho que decir sobre mí, y ya que mi anterior perfil está un poco dramático y, porque no decirlo, muy melancólico, voy a cambiar. Así es, en lugar de hablar sobre mí, escribiré un fanfiction, sobre mi nombre, que tal vez tenga algo que ver conmigo… O-.oOo.-O ―Soy una estrella ―susurró. ―¡Soy una estrella! Lo había gritado, a todo lo que daban sus pulmones. La voz se le raspó después de aquel grito. Pero lo que más le dolió fue que no volteara a verla. Después de aquel viaje, después de todo lo que pasaron, después de que ella confesaba su mayor secreto; el desprecio de esa persona le hacía mal; ya nada podría ser peor, y comenzó a buscar el aire con jadeos y la piel más pálida que nunca. Podía sentirlo, su desprecio haría de ella nada más que un trozo de roca, un inútil trozo de piedra. ―Regresa, por favor ―suplicó. El viento le movió los cabellos rubios, mientras finas hebras se desprendían, uniéndose al suelo pedregoso. Sin embargo, no regresó. Nadie volvió sus pisadas atrás. Se sentía igual que antes. Invisible. Con pasos lentos se aproximó a un árbol y se arrimó a él, dejándose caer, igual que la primera noche que pasó en aquel lugar. ¿Cuánto había pasado ya de esa noche? ¿Cuánto había cambiado desde aquella ocasión? Tantos días, tantas noches… ni siquiera recordaba ya cómo se sentía antes. Antes. Antes… antes, su vida no era una vida. Era una existencia, una respiración, una estrella. No era nada, nadie. Entonces, ¿no había un antes? Pero, le parecía que sí. Sentía que existía, que había vivido, que no había vacío; pero, entonces, ¿por qué en su memoria sólo estaba el recuerdo de los últimos días? Miró al cielo, despejado, azul. Brillante, resplandeciente, ¡así se veía la claridad del día! Por eso los humanos viven bajo el calor del sol, se dijo. ―Ninguna estrella, puede alumbrar como tú ―dijo al sol ―. Pero, tú, con ese brillo, no puedes hacerlo felices. ¿No te duele que tu brillo sólo ilumine un mundo egoísta? El sol no respondió. Nadie lo hizo. Siguiendo su propia costumbre, se durmió. Las estrellas lo hacen, duermen mientras el sol alumbra. Cuando despertó ya era hora de que apareciera la primera. Se quedó esperando… Nada pasó. No llegó. Ni una Hermana apareció. El cielo se coloreó de negro y la Luna hizo su propia aparición. Estaba pequeña, menguante. Y aún así no parecía triste. No parecía extrañar la compañía de nadie. ―Así se siente la soledad. Qué frío es. Una vez más intentó ponerse de pie, sin embargo, no resultó: sus piernas no querían responder. Se habían quedado demasiado tiempo en la misma posición. ―Ahora que lo pienso, esto es nuevo. ―Una sonrisa cansada acudió a su rostro y, por un segundo, le pareció que le devolvían el gesto. ―Hubiese querido que mi vida fuera más emocionante. Aunque no cambiaré los últimos días por la eternidad. Prefiero morir ahora. Y esperó su muerte. ―Así que morir no es tan fácil ―dijo después de esperar la muerte unos instantes―. Creo que podría caminar hacia ese pueblo, no parece que esté lejos. Y aunque no podía moverse a gusto, logró pararse y caminar hasta el pequeño pueblo que había visto. Llegó casi al alba. Hambrienta y cansada llegó hasta una casa grande rodeada por rejas. No había nadie cerca y unos perros acudieron a la entrada en cuanto se acercó lo suficiente. No ladraron ni la vieron. Simplemente se dieron la vuelta. ―Hasta ellos me evitan. ―¿Necesitas algo? ¿Buscas a alguien? ―En cuanto intentaba seguir por el camino recto que la llevaría a más casas, una muchacha de cabellos castaños se había acercado, llamando a los perros. ―Estaba perdida ―respondió―. Pero creo que continuaré. Inclinó levemente la cabeza y continuó. La muchacha sólo la vio partir, cojeando de una pierna, con el vestido rasgado y sucio; negó levemente con la cabeza y volvió a entrar a la casa, donde su familia se aprestaba a iniciar una nueva jornada de trabajo. El pueblo era más grande de lo que pensó y sin una moneda se preguntó si podría al menos conseguir algo que comer o un lugar dónde dormir. Pero no fue fácil. Falló varias veces. Otras tantas pensó en vender su cabello o la única joya que poseía, aunque no sabía si en realidad valían algo. El mediodía llegó pronto y luego el atardecer. De pronto se vería rodeada de oscuridad y, si podía verlas, de sus hermanas. Ellas eran una buena compañía, aunque silenciosas, pero su presencia era una savia sanadora para su atormentado corazón. Un crujido de su estómago la hizo perder momentáneamente la concentración. Volvió a fijar la vista en los aldeanos, especialmente en aquellos que tenían un algo que llevarse a la boca. ―Toma. ―Un trozo de pan fresco y caliente, crujiente, llegó a su campo visual. La mano que lo sostenía pertenecía a la misma muchacha que había visto antes. ―Gracias. Tenía un nombre, uno bonito y común, pero a ella le pareció que no se veía como su nombre, algo así como si su rostro infantil tampoco concordara demasiado con su edad, porque no lo hacía. Tenía una voz suave y unos ojos bonitos y expresivos. Decía la verdad con una dulzura que haría de un insulto el más hermoso de los arrullos. ―Alrischa. ―La joven se la quedó viendo. ―¿Es tu nombre? ―Preguntó. ―Así te deberías llamar tú. Así se llama una hermana que hace tiempo que no veo. Te pareces a ella. ―Pero no es mi nombre… ―intentó replicar, pero la sonrisa sincera y la mirada infantil la hicieron sonreír en complicidad. La noche pareció corta y las Hermanas brillaron con intensidad, el resto de los días fueron igual. Ella y Alrischa se reunieron muchas veces, todos lo días. Le enseñó su oficio, de partera, la ayudó cuando más la necesitaba y le dejó vivir con ella y su familia. Eran muy cercanas. Mucho en verdad, pero no llegó a decirle la verdad. Nunca dijo que era una estrella y mucho menos habló acerca de su soledad y lo invisible que se sentía, pero Alrischa parecía entenderlo de alguna forma. Tal vez ella también lo había vivido. Aunque no había sido así: sus vidas habían sido muy distintas, tanto que hacían a la mujer rubia sentirse mal, sintiendo que nadie era más miserable que ella. Siguió mintiéndose a sí misma, creando en su mente una fantasía que se esforzaba por mantener frente a otros. ―Sé lo que eres ―dijo un día, Alrischa parecía grave, pero sonreía―. Te ocultas y sé que sufres, ¿por qué no lo dijiste antes? No respondió, bajó la mirada y pretendió que no había nada que ocultar; Alrischa se molestó, ella sabía la verdad, su mirada así lo indicaba. ―Tengo miedo ―dijo al fin―. ¿Puedes saber tú lo que es vivir como yo lo he hecho? No conoces la soledad, ni el dolor. No has visto al mundo con mis ojos, nunca te ha faltado la compañía y tu bondad te hace inmune a las injusticias… Es como si no existieran para ti. ―Te entiendo, lo he hecho siempre. El que aceptes tu miedo y tus errores te hará crecer. ―Su mirada se hizo dulce y añadió: ―Y no debes sentirte así; yo me he sentido igual que tú. Y no soy una estrella. Y por primera vez en mucho tiempo, desde que la abandonaron como si no existiera, brilló. ―Adhatera ―dijo señalándose a sí misma―. Estrella de Leo. .oOo..oOo..oOo. Saludos a todos. |
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