Disclaimer: Yo solo tomé prestados los personajes de Creig Barttlet... los pienso devolver... algún día
-Phoebe… Tranquila- el joven de cabello negro había corrido tras la chica sin que ella se percatara y a dos calles donde se había detenido porque le ardían sus pulmones, la tomó en brazos y la cargó en volandas de regreso a la casa Heyerdahl, con el rostro de Phoebe oculto en su cuello –No vale la pena- le aseguró el chico que ardía de enojo hacia el moreno por el escándalo que le había hecho a la chica, pero sobre todo por el daño que sus hirientes palabras habían provocado.
-Lo amo… yo lo amo… Gerald- susurraba repetidamente la oriental de regreso a casa de sus padres en los brazos de uno de los pocos amigos que le quedaban, mientras sentía que el mundo se le caía encima y con impotencia era testigo del principio del fin de su vida como la conocía hasta ahora.
Un par de horas después… Una castaña clara de cabello lacio y ojos grandes, contaba en el parque lo que ocurrió frente a la casa de los Heyerdahl como si fuera un trovador cantando las aventuras de los caballeros más famosos a su pueblo…
-¡Y entonces Gerald lo noqueó! Se subió en su auto y se alejó rumbo a la puesta de sol más romántica que has visto- aseguró la castaña, de nombre Mary. Una peculiar joven que solía ser víctima de bullying de la Gran Patty cuando estaban en primaria. De la misma clase que Helga desde preescolar, aunque nunca habían sido cercanas.
-¿Cómo se alejó en la puesta de sol si dijiste que eso pasó a mediodía? Son casi las 3 de la tarde… todavía no se pone el sol- comentó una muy extrañada Sheena. Había muchas incongruencias en la narración de Mary, haciéndole difícil creerle. Aunque por otro lado, Mary sí que vivía en la cuadra de los Heyerdahl y nunca había inventado rumores de ninguno de sus conocidos… casi ni hablaba de ellos… Mary parecía protagonizar su propia historia sin que la pandilla fuera realmente parte en ella, si no se hubieran encontrado de casualidad en el parque mientras paseaba con su prima Agatha, quien casualmente iba en la misma clase de Francés que Mary estaba tomando en la universidad comunitaria de Hillwood, probablemente la castaña ni siquiera se habría acercado a saludarles o a contarles lo que ella había visto.
-¡Te digo que es cierto! Gerald terminó con Phoebe diciéndole que era una zorra… lo que por cierto si me preguntas, es la parte difícil de creer… y luego se agarró a golpes con un chico que pasaba por ahí… y obviamente lo hizo papilla… y luego subió en su auto y se fue… sin dar explicaciones a nadie- Mary en realidad no había sido testigo del acontecimiento con sus propios ojos, pero al salir de casa y dirigirse al parque, toda la cuadra hablaba de eso… de hecho, dos calles abajo seguían hablando de lo mismo… Hubiera sido asombroso ver a Gerald estilo Tom Hardy acabando con ese cretino que algo debió hacer para merecer que el moreno lo golpeara.
-No lo sé- dijo dubitativa Sheena, cuando de reojo vio a un variopinto grupo de chicas acercarse en el que reconoció a la hija menor de los Johanssen -¡Timberly! ¡Oye, Timberly!- y la chica de 1.75 m con chaqueta de bordados estilo boho chic, se acercó corriendo a la morena, sorprendiéndola.
-¿Te conozco?- le preguntó sin verdadera intención de sonar ruda.
-¡Soy Sheena!- exclamó señalándose a sí misma mientras Agatha y Mary la alcanzaban.
-¡No puede ser!- Helga miró de pies a cabeza a su compañera de primaria y secundaria, Sheena se había mudado para estudiar la preparatoria en Seattle porque a su madre le habían cambiado la plaza de Educación Especial –No te veía desde Noveno grado (3ro. De Secundaria), Soy Helga Pataki ¿Me recuerdas?- Sheena, que se había pintado el cabello de rosa y lo llevaba completamente recogido, miró sorprendida a la rubia unos momentos para después arrojarse a abrazarla riendo a carcajadas al sentir la alegría de quien se ha reunido después de años con alguien que consideras familia.
-¡No… puedo… respirar!- decía como podía Helga siendo sofocada en el abrazo de la pelirrosa.
-¡Lo siento!- se disculpó Sheena separándose –Es que no te reconocí, estás muy cambiada- le dijo a modo de cumplido, con admiración en la voz.
-Ya debería acostumbrarme- murmuró apesadumbrada la menor de las Pataki.
-¿Qué?- preguntó sin escucharla claramente su compañera de la infancia.
-Nada. No me hagas caso. Quiero decir… ¡Mira quién habla! ¿No me reconociste? Si yo por lo menos sigo siendo rubia…- sonrió de lado intentando disimular su verdadero estado de ánimo.
-Mi madre dice que es una fase- respondió sacudiendo la mano como restándole importancia.
-¿Conoces a esta chica, Helga?- preguntó Timberly.
-Sí. Es una vieja amiga y de tu hermano- le respondió con dulzura la rubia.
-¡Gracias por lo de vieja!- replicó Sheena con una sonrisa de oreja a oreja.
-Es sólo una expresión- añadió Helga –Pero, ¿Tú querías decirle algo a Timberly?- preguntó Helga.
-¡Ah sí!- Sheena se golpeó la frente con su mano derecha, pero qué olvidadiza podía llegar a ser –Es que Mary…- empezó diciendo.
-…Esa soy yo- la interrumpió la castaña con una sonrisa –También estudié contigo hasta que te fuiste a Londres- comentó, a modo introductorio.
-Oh…- no supo qué más decir ante esa declaración extraña de la chica.
-En fin… decía que Mary…- quiso proseguir Sheena.
-… Que vive enfrente de los Heyerdahl- aportó Agatha, que no había hablado por estar entretenida observando la interacción de su prima. Con la mención de ese apellido, Melissa, Timberly y por supuesto Helga pusieron toda su atención en la conversación, alertas a lo que pudieran decirles esas tres chicas.
-Sí, eso. Ella nos contó que Gerald y Phoebe tuvieron un rompimiento público y que después Gerald se agarró a golpes con un chico sin motivo aparente- completó de corrido Sheena, tan rápido que ni tomó aire, para evitar ser interrumpida de nuevo.
-¡¿QUÉ?!- exclamaron las Johanssen y la Pataki.
-Es verdad… pasó justo hace unas horas… cuando se metía el sol- afirmó Mary.
-¡Que aún no se mete el sol!- le dijo Sheena perdiendo la paciencia.
-Lo que sea… ese lado del vecindario no habla de otra cosa- les afirmó la castaña, sonrojada por la corrección de la pelirrosa.
-No puedo creérmelo- dijo una atónita Timberly con los ojos y la boca desencajados.
-Quizás sólo son chismes- quiso aportar Melissa viendo a sus dos acompañantes, la rubia y la morena, ponerse lívidas como si hubieran visto a un fantasma –Quiero decir… llevan juntos desde siempre… ¿Cuánto?... ¿Ocho o nueve años?- pensó en voz alta la joven de ascendencia hindú.
-Desde quinto grado- confirmó Sheena –A mí lo que me parecía raro es que siguieran juntos, la verdad… Quiero decir… se hicieron novios a los once, a esa edad qué sabes de lo que quieres o te gusta en alguien… ¿A alguna de ustedes les sigue gustando el mismo chico que les gustaba a esa edad?- Timberly, Mary, Agatha, Melissa y Sasha negaron vehementemente a la pregunta de Sheena, haciendo a Helga ponerse completamente roja al pensar en un dichoso rubio de ojos azules.
-Bueno… sea lo que sea… Gerald se fue en su auto ¿Saben en dónde está?- dijo Mary, preguntando al grupo de chicas que se habían topado.
-No- respondió de forma mecánica la rubia y casi inmediatamente sacó su celular para revisarlo. Tenía un solo mensaje de Gerald: "Cúbreme con mis padres. Explicaciones luego."
-¿Te escribió?- le preguntó Timberly.
-¿Qué? Ah… Sí… dice que está con… aaam…- Helga sudaba nerviosa buscando una excusa que dar que sirviera para el cometido que le pedía su amigo pero no se le ocurría nada creativo… sobre todo algo que se creyeran también los padres, y de pronto, se le salió –Está con Arnold. Dormirá con él, pero estoy segura que debe estar bien- la morena la miró con sospecha.
-¿Con Arnold? ¿Segura?- le preguntó Timberly.
-Creo que debemos volver, ha empezado a llover- dijo desesperada por cambiar el tema la rubia, sintiéndose acorralada. Y como si tuviera voz de profetiza, las primeras gotas empezaron a caer sobre el peculiar grupo de chicas, que gritaron, se despidieron y corrieron de dirección a sus respectivas casas mientras la lluvia aumentaba de intensidad al igual que los latidos de Helga, odiaba mentirle a Timberly.
Salía de la quinta tienda que visitaba ese día. La lluvia seguía como una leve presencia que cubría todo de rocío sin mojar realmente después de haber convertido las calles en algo similar a ríos. Su terapia de compras había parecido inútil en este día gris… seguía sintiéndose tan deprimida como al principio y sin una decisión tomada… Después de convencer a Nadine, habían ido al café juntas y platicado largo rato, distrayéndola de su dura realidad, pero cuando la rubia tuvo que irse porque tenía un trabajo para créditos extra en su clase de Biogeografía, de su cuarto semestre de la carrera de Entomología, Rhonda se quedó sola con sus pensamientos y ya no pudo eludir más la amarga sensación de derrota.
No importaba cuántas vueltas le daba a la decisión que sus padres la estaban obligando a hacer, siempre terminaba concluyendo que hiciera lo que hiciera perdería algo muy importante para ella. Si decidía continuar su relación con Harold, que era la persona más sencilla y trabajadora que había conocido, a quien adoraba y admiraba a partes iguales y con quien disfrutaba pasar su tiempo, no podría realizar su sueño de convertirse en modelo o continuar su estilo de vida al que había estado acostumbrada desde la cuna. Se acabaría las fiestas, los viajes, las compras, la comodidad… quizás otras personas que le escucharan podrían tacharla de superficial o narcisista, pero la realidad era que Rhonda Wellington Lloyd no había conocido otra cosa que su cuna de oro. No había tenido que trabajar un solo día de su vida y tan acostumbrada a estar rodeada de esos lujos, tenía temor de perderlos… Pánico sería una palabra más acertada.
Pero si rompía con Harold… y era ahí donde entraba en conflicto con ella misma… porque había pasado sus primeros años de vida sin conocer al gordito, luego 19 años sin ser más que compañeros de clase… con uno que otro coqueteo aleatorio… pero realmente, en un año, se había vuelto casi tan imprescindible para ella como los privilegios que tenía desde su nacimiento…
¿Qué le estaba pasando?
Nunca antes le había costado terminar una relación… de hecho Rhonda no tenía relaciones, tenía encuentros, citas, romances… pero no tenía noviazgos… porque los noviazgos eran para las chicas comunes que se conformaban con un solo chico, y Rhonda podía tener a cualquier chico…
Se subió a su carro y le pidió al chofer que la llevara a su casa…
Si tan solo la vida, el destino o lo que fuera ese algo que jugaba con ellos le diera una señal de lo que debía hacer.
Entonces su celular comenzó a sonar.
El número en su pantalla era desconocido.
¿Sería esa la señal que con tanta desesperación pedía?
Al tomar la llamada, una varonil voz la saludó del otro lado.
-Hola Rhonda. Disculpa la hora, me imagino que debes estar por iniciar tu cena- habló como si de un viejo amigo se tratara.
-Disculpa, pero no tengo este número registrado- respondió cansada.
-¡Cierto! Olvidé que lo cambié hace unos meses… Soy Lorenzo- escuchar el nombre fue suficiente para que la pelinegra se enderezara como resorte en el asiento trasero de su lujoso auto -¿Te interrumpo?- le preguntó del otro lado de la línea.
-Para nada querido, ya sabes que para ti siempre tengo tiempo- le respondió usando su voz sensual, llena de cadencias que sabía que volvía loco al chico.
-Qué alivio… Te llamaba para confirmar mi asistencia a tu fiesta navideña… El tema mexicano me dio una pista de cuánto me extrañas- respondió burlón el muchacho.
-Aunque no lo creas. Por supuesto que te extraño- Rhonda sonrió perversa, maquilando ya un plan para salirse con la suya y darle la vuelta a sus padres… Lorenzo le había caído del cielo… no tenía que elegir… podía quedarse con todo.
-En ese caso, te veré el viernes en tu fiesta. Mi vuelo sale de Nueva York en un par de horas, así que no puedo platicar más contigo- Lorenzo y Rhonda se despidieron y cortaron la llamada.
La señal que había pedido carecía de sutileza… pero Rhonda no podía esperar que el arquitecto del universo fuera tan refinadamente elegante como ella… pero su plan… su plan sí que tenía la elegancia de un felino y la misma ferocidad. Brooke y Buckley ya podían ir viendo los frutos de su inversión en todos esos cursos de estrategia y manipulación del pensamiento humano a los que la habían obligado a asistir. Porque Rhonda Wellington Lloyd jamás cedía ante amenazas.
Se arrellanó en su asiento y cerró los ojos con una sonrisa dibujada en sus finas facciones. Ese día dormiría como una bebé y que el resto del mundo ardiera en llamas si quería, ella necesitaba las horas de sueño si quería verse espectacular en su fiesta.
Arnold entraba a la casa de huéspedes que había sido su hogar de la niñez, siendo recibido por su leal mascota Abner que se puso a olfatear la bolsa que llevaba en cuanto el rubio se puso en una rodilla para acariciarle las orejas.
-¿Quieres ver lo que te compré?- sacó un juguete de goma anaranjado que imitaba a un puerco espín y chillaba cuando se apretaba y lo arrojó para que Abner corriera tras él a lo largo del pasillo.
-Bienvenido a casa, Campeón- Miles saludó a su hijo desde la estancia, pero al verlo caminar al umbral donde la luz de la sala hizo más evidente la expresión en su rostro, frunció el ceño preocupado -¿Todo bien, Arnold?- el aludido suspiró.
-Sí, papá. Todo bien- sonrió a medias intentando tranquilizar a su padre.
-¿Tuviste un buen día con tus amigos?- Miles no se creía ni por un momento que estuviera todo bien con su hijo. No lo había visto así de melancólico desde los primeros días en San Lorenzo, luego de la mudanza.
-Sí. Claro- A la mente de Arnold llegó el recuerdo de la conversación que había sostenido con Brian, luego de que acompañaran a Marcy y Lila de regreso a sus casas cuando el ensayo hubo terminado.
Brian se despedía de la pelirroja mientras Arnold intentaba darles espacio. Desde donde estaba en la calle no podía escuchar qué se decían, pero ambos estaban rojísimos y sonrientes… el rubio sonrió con tristeza, esa escena le recordaba a la primera vez que le había pedido a Helga una cita… parecía que había sido ayer mismo, quién diría que en realidad los años se interponían entre ese día y hoy.
Cuando el castaño finalmente se reunió con él, ambos fueron al supermercado a terminar con los encargos de Brian. Arnold escogía tomates mientras junto a él, Brian colocaba en el cesto ramilletes de manzanilla, perejil y cilantro. Armándose de valor, Arnold decidió romper el silencio.
-Así que… Lila, ¿eh?- ante la mención de la chica, el castaño dejó caer el cesto con las cosas que comprarían, rojo hasta las orejas y haciendo reír a un par de señoras que los veían encantadas.
-Aaah… aaah… aaah…-Brian intentó calmar su respiración para poder poner en palabras sus ideas –aaah… Sí… aaah… sé que… aaah… solía gustarte y… aaah… entiendo si es… aaah… incómodo para ti-el chico de lentes miró a Arnold, internamente deseando que la relación que habían forjado a su regreso no se perdiera ahora que él sabía su secreto.
-No. No es incómodo. Sólo, un poco inesperado. Quiero decir, cuando me fui, jamás los había visto hablarse o… estar uno al lado del otro… creo que su círculo de amistades también era diferente- Arnold le daba vueltas a un tomate en la mano como si fuera muy interesante –Creo que sólo me preguntaba cómo fue que ustedes… bueno, que se enamoraron- Brian miró enternecido a su amigo, aprovechando que éste no lo miraba. Podía adivinar que cierta rubia con mal carácter pululaba en su cabeza mientras le hacía esa pregunta… seguramente pensaba algo como "Si Brian consiguió que Lila se enamorara de él… Aún tengo esperanzas con Helga"… y de todo corazón, Brainny realmente deseaba que Arnold pudiera llegar a derretir el muro de hielo alrededor de su frágil corazón, que se alzaba precariamente buscando impedir que le volvieran a hacer daño.
-Aaah… En realidad… aaah… yo me enamoré primero…aaah… cuando estábamos en preparatoria… aaah… compartíamos algunas clases… aaah… y comencé a ayudarla con ciertas… aaah… materias… aaah… en agradecimiento… aaah… y pasó… aaah… pero cuando… aaah… se lo dije… aaah… no fui correspondido- Arnold lo miró sorprendido.
-¿Te rechazó?- que Brian haya persistido tantos años era admirable.
-Aaah… sí… pero… aaah… no fue el fin… aaah… sólo el comienzo… aaah… después de eso… aaah… empezamos a ser amigos… aaah… y estos últimos años… aaah… supongo que la convivencia… aaah… tanto tiempo juntos… aaah… ella terminó por declarárseme…- completamente rojo, Brian evitó mirar a los azules ojos de su amigo.
-¡¿QUÉ?!- Lila Sawyer había sido quien le había confesado sus sentimientos al castaño… eso era… wow…
-Aaah… no nos hicimos novios de inmediato… aaah… llevamos juntos un par de meses… aaah… yo tenía a otra chica… aaah… en mi mente… aaah… alguien que siempre… aaah… había tenido en mi mente… y necesitaba… aaah… tiempo- Arnold le miró extrañado, ¿Brian había estado enamorado antes de Lila? ¿Pero de quién? ¿Y por qué no le había dicho antes?... Entonces se dio cuenta que sus conversaciones hasta ese día habían sido sobre Helga… siempre sobre ella… Arnold no le había preguntado a Brian nada sobre él.
-Me alegro mucho por los dos. Ser correspondido debe ser…- Arnold se detuvo, él no podía hablar como si no supiera lo que era ser correspondido, había sido amado una vez… por Helga… y había tenido novias… había sido correspondido ¿cierto? Pero entonces, ¿por qué se sentía como si nunca lo hubiera sido? A él le habían gustado muchas chicas… había estado enamorado de algunas de ellas… pero nunca había amado… ni siquiera a Helga cuando habían sido más que amigos… era sólo un niño, y al crecer se había dado cuenta de que un amor como el que ella le profesaba no era tan fácil de hallar, que debió atesorarlo y no sólo ponerlo en espera… Ahora, se sentía listo para poder amarla… quería amarla… quería ser correspondido.
-Aaah… tampoco tengo palabras… aaah… para eso- le dijo sonriente el castaño. Ambos se miraron y Brian añadió –Aaah… te ayudaré… aaah… a que sepas cómo es- le afirmó el chico de lentes haciendo a Arnold sonreírle aliviado. No estaba solo en su escaramuza por recuperar el amor de la doncella de cabellos de oro.
-Sólo estoy cansado- le aseguró Arnold a su padre saliendo de sus recuerdos y se giró hacia las escaleras.
-¿No cenarás?- le preguntó Miles.
-No tengo hambre- Arnold siguió su camino a su habitación dejando detrás a un muy preocupado padre que miraba el espacio que había ocupado su hijo preguntándose qué podía hacer para cambiar ese semblante trágico que traía su muchacho.
-Dale tiempo- Miles se giró sobresaltado al sentir una mano en su hombro y escuchar la voz de su padre –Cuando esté listo para pedir tu consejo… él vendrá a ti- Phillip hablaba con el cansancio de la senectud. Con sus 90 años, Phil estaba más encorvado, más arrugado, más delgado y más frágil que cuando cuidaba de Arnold. Pero también había más sabiduría y más alegría en su mirada de lo que nunca antes hubo.
-Gracias, papá- Miles lo abrazó con cuidado. Agradecido de todavía poder hacerlo. A veces, todavía le costaba saber cómo actuar con Arnold… y seguía sin perdonarse completamente haberse perdido los primeros once años de su vida. Pero cuando su padre estaba con él, y le orientaba, y le sonreía, ese remordimiento desaparecía. Arnold había crecido en un hogar lleno de amor y ni él pudo haber sido mejor padre que su propio padre, por eso le estaba eternamente agradecido a Phillip.
-Para eso me levanto todos los días Miles- le respondió mientras terminaba el abrazo -¡Para restregarte en la cara lo sabio que soy!- le dijo con un dedo burlón agitándose en el aire y mientras bailaba graciosamente, haciendo reír a Gertie y Stella que los miraban desde la puerta que conectaba el comedor con la cocina.
Helga casi se arrancaba el cabello de la angustia que sentía. Miró su reloj en su buró. Cuatro números rojos indicando que ya era de madrugada. Las 02:00 a.m.
¿Dónde estaba Gerald?
Había conseguido exitosamente, para su propia incredulidad, despistar a sus padres y todos en la casa Johanssen dormían despreocupadamente. Claro, todos menos ella… Gerald no le contestaba las malditas llamadas, sospechaba que había apagado o silenciado el celular. Y llevaba horas desaparecido… ¡Horas!... Estaba a punto de perder la cabeza y subir a la habitación del Señor Martin a aporrearla hasta despertarlo y contarle todo… sólo para que movilizara a tantas patrullas como pudiera para encontrarlo.
Llevaba tantas horas caminando en círculos en su habitación que era una sorpresa que no hubiera marcas en el suelo de la pura fricción que hacían sus pasos…
Miró fijamente el reloj decidida. Si pasaba un minuto más sin que el moreno diera señales de vida, saldría ella misma a deambular por Hillwood hasta encontrarlo.
Esperó…
…Esperó…
…Esperó…
…Esperó…
… Finalmente el número cambió y ella salió a tropel del cuarto estampándose en el pecho del culpable de su preocupación, plantado tambaleantemente afuera de su puerta.
-¡Gerald!- se cubrió la boca con ambas manos maldiciendo mentalmente su ineptitud… si seguía hablando así de fuerte, atraería la atención de alguien más. Tomando al chico del brazo lo metió a su habitación y cerró la puerta. Notando hasta entonces el peculiar olor con el que tan familiarizada estaba gracias a Miriam -¿Bebiste?- dijo sorprendida.
-Phoebe…- murmuró Gerald en respuesta y se dejó caer de espaldas en la cama de Helga –Phoebe… bebió en su cumpleaños- la rubia lo miró sin entender qué tenía que ver eso con que él estuviera ahora en ese estado etílico que ni siquiera le permitía seguir de pie.
-Gerald ¿Qué pasó?- Helga se sentó en la cama, intentando modular su voz. Estaba muy molesta con el moreno por arrastrarla en esto, pero ganaban la angustia y la preocupación.
-Phoebe… Phoebe…- Gerald hizo un visible sobreesfuerzo para poder girarse y quedar de costado para poder mirar el rostro de su amiga. Tuvo que detenerse unos segundos para que la habitación dejara de girar… a buena hora de la madrugada se le ocurría a las paredes, techo y suelo moverse tan erráticamente –Fui a su casa y la encontré, con él- Helga la miró comprensiva. No podía terminar de imaginarse qué doloroso habría sido eso, ella nunca había tenido una relación, menos un noviazgo de casi nueve años.
-Y qué pasó después. ¿Hablaste con ella?- el tono maternal de la rubia hizo que Gerald cerrara fuertemente los ojos, como si hubiera recibido un golpe. Él no merecía que ella lo consolara, debía gritarle por haberle pedido que mintiera a sus padres, por haberse metido de madrugada en su cuarto y por estarla forzando a verlo en ese estado sabiendo la experiencia que Helga tenía con el alcohol.
-Sólo le grité. Estaba furioso. Él le llevó flores- Gerald apretó más los ojos sintiendo el escozor de lágrimas formándose y negándose a que salieran y le dieran a su amiga una imagen más lamentable de él mismo que la que ya le estaba dando.
-¿Qué le gritaste?- Helga empezó a acariciar el cabello rizado del moreno… ante el gesto, Gerald abrió los ojos lentamente, sus pupilas estaban dilatadas y brillaban con la promesa de un llanto que él se negaba a dejar suceder. La menor de las Pataki no pudo evitar que el corazón se le contrajera ante la imagen.
-Cosas… cosas horribles… y terminé con ella- Gerald miró atentamente la reacción de Helga. Ella no pudo evitar lucir impactada ante la noticia.
-¿Rompiste con Phoebe?- ya lo había dicho Sheena… y la tal Mary… en el parque. Pero ella se había negado a creerlo hasta que hablara con Gerald.
-Sí. Y él me golpeó en el rostro. Creo que me lo merecía. Pero aun así, los odio- había dolor en su voz, de la rabia que alguna vez sintió ya sólo quedaban vestigios. Helga miró con mayor atención el rostro de Gerald, en la oscuridad de su habitación y más concentrada en la preocupación que sentía, no había notado el golpe en su nariz ni la sangre seca en su camisa.
-¡Estás herido!- rápidamente, se inclinó a su buró, su cabello suelto colgando a milímetros del rostro de Gerald que continuaba recostado sobre su lado izquierdo. El olor del shampoo de Helga le llenó los pulmones al respirar, su nariz hizo un sonido gracioso. El cabello de Helga olía como lluvia y rosas… seguía un poco húmedo, y al fijarse en ella pudo ver que llevaba su bata sobre le pijama de shorts y blusa de tirantes en rosa pálido en el que antes le daba tanta vergüenza que él la viera –Déjame curarte- con un algodón y dando golpecitos delicados en su rostro, Helga comenzó a atenderle el golpe que tenía bajo la atenta mirada del moreno que ya no la veía desconsolado, sino con otra emoción que si la rubia no hubiera tenido su atención en la nariz de Gerald, le habría provocado escalofríos.
-Me equivoqué- Helga detuvo lo que hacía al escuchar cómo Gerald rompía el cómodo silencio que los había rodeado durante los segundos en los que la rubia limpió, colocó un gel analgésico y colocaba la gasa para proteger la herida –No sólo te ves hermosa cuando te pones de morros- la mirada de la rubia se encontró con los ojos marrones que brillaban en medio de la oscuridad de la habitación atrayéndola de tal forma que toda su piel reaccionó ante el magnetismo de su mirada, erizándose –También te ves hermosa cuando estás concentrada- la mirada de Gerald cayó a los labios rosados de la rubia, entreabiertos. De pronto, Helga se sintió acalorada y algo deshidratada… pasó su lengua por sus secos labios para humedecerlos, haciendo que el moreno se acercara más a su rostro, quedando tan cerca que sentía su respiración en sus mejillas.
-Gerald… estás borracho- le dijo con dificultad y en un susurro que buscaba conservar la atmosfera que se había creado entre ellos, electrizando el ambiente.
-Lo suficiente para tener el valor de decírtelo- susurró en respuesta Gerald, que continuaba con su vista fija en los labios de Helga.
-Acabas de terminar con Phoebe- susurró de nuevo la rubia. El moreno llevó con pereza su mirada a los ojos azules de Helga.
-Y ahora… aquí… me muero por besarte- declaró con una férrea determinación que hizo a Helga pasar saliva con mucha dificultad. Sin soportar más la tensión, la rubia cerró los ojos y cortó la distancia que los separaba, iniciando el contacto entre sus labios. Aquel fue un beso completamente diferente al que habían compartido en Londres. Éste en lugar de suavidad tenía pasión, en lugar de roce, era un esfuerzo sobre humano para intentar arrancarse la piel de los labios, en lugar de dulzura, quedaba el frenesí de la ansiedad. No se tocaban. Sólo se besaron con fuerza, con furia, con deseo… y de alguna forma, eso era lo que el corazón de Gerald necesitaba, un beso que nunca antes había recibido, un beso que en nada relacionara con cierta oriental con quien había compartido dos terceras partes de su vida… un beso que marcara, sin lugar a dudas, las palabras Helga Pataki en el interior de sus retinas… un beso con la fuerza que le hacía falta a él para seguir adelante.
