Capítulo 14
Querida madre
He dudado muchas veces en escribirte esta carta, tomaba la pluma, y terminaba haciendo bola la hoja de papel, que el cesto se llenaba rápido.
Sabemos que estas bien de salud, y que te has integrado con las mujeres de la cárcel, me duele escribir esta palabra, sin que venga a mi mente, por qué estas allí. Formaste un grupo de yoga y recomiendas a las presidiarias leer tal o cual libro, eso le dijeron a nuestro padre, eso es bueno madre que mantengas tu mente ocupada. Nosotros estamos bien, papá consiguió trabajo de gerente de una cadena de hoteles, Neal regreso a la universidad le faltan dos años para terminar, pero adelantara materias en verano e invierno para disminuir la carga, él quiere trabajar, inclusive pedir un crédito al banco para continuar sus estudios, pero papá y yo no se lo permitimos, yo estoy trabajando en una firma de ropa francesa, de algo sirvió que me gustara vestir a la moda y saber francés, me pagan muy bien, pronto viajare a Francia para ver las prendas de primavera-verano, hace unos días vino tía Elroy, nos ofreció su ayuda económica, Neal y yo la rechazamos amablemente, sabemos que en el pasado fuimos malcriados y no nos importaba más que nuestros lujos, sin saber de dónde salía el dinero, por ti no pregunto tía Elroy, esta demás decir que sigue dolida contigo, así que no hicimos preguntas al respecto.
Neal está dolido todavía contigo así que no esperes una carta de él, tal vez cuando pasé más tiempo no lo sé, se atreva a escribirte o llamarte. No sé cuándo vuelva a escribirte madre pero adjunto la dirección y siéntete en plena confianza de hacerlo, padre sabe que te escribí y Neal también.
Tu hija
Eliza
—Mis niños, cuanto han cambiado, me alegra saber que están bien, es mejor así…
Sara besaba la carta que le había enviado su hija, la doblo con cariño y la guardo en el sobre, la puso en la pequeña repisa que tenía y salió de su celda era la hora de su clase de Yoga, las reclusas ya la esperaban.
El gran acontecimiento se acercaba, Candy se sentía nerviosa, había ido a la última prueba del vestido, acompañada de la tía Elroy, Rose, Paty, Annie y Bárbara. Annie y Paty habían llegado hace dos meses, estaban entrando a los siete meses de gestación iba hacer imposible que pudieran volar, la señora Elroy no se los permitiría aunque fuera en vuelo privado.
El diseño del vestido escote barco y mangas largas, el cabello recogido y un maquillaje sobrio que realzaba sus facciones naturales, una tiara con diamantes que adornó con un largo velo, se veía espectacular. En la recepción usaría otro vestido un look más moderno.
—Candy, te ves preciosa, deslumbrante —fue el comentario de Ross, desde que la vio bajar de la camioneta y el ver el rostro de su hermano, se lo dijo todo era la mujer que llevaría al altar.
Las demás damas también, quedaron encantadas con lo que veían, la boda se realizaría al mediodía en la catedral de San Patricio, desde un día antes cerrarían las avenidas todo se había manejado con discreción, Harold había sido el encargado de toda la logística de la seguridad de su hermana y su cuñado.
Cena dos días antes de la boda
Eran las siete de la noche y los automóviles de lujo llegaban a la residencia Maxwell, Jared había organizado una cena para los familiares tanto de los Andrew como de los Maxwell que venían de Europa y del interior del país. Así como de amigos cercanos.
Albert y Candy fueron los últimos en llegar, ella había escogido un vestido en dorado, resaltando su figura, cuello de barco era su favorito.
Jared y su esposa los recibieron posaron para las fotos. La señorita Pony, la hermana María y Tom estaban acompañados por los Cornwell, la señora Elroy, los Brown, George y Harold los esperaban adentro.
—Bienvenidos, hija, William, ¿nerviosos? —les pregunto dándole un beso a su hija.
—Algo padre, —le respondió Candy con esa sonrisa que le hacía recordar a su querida Elina.
Después de saludar a todos los invitados entre familiares y amigos, se sirvió la cena acompañada de vinos y bebidas al gusto, el delicioso postre que no podía faltar. Candy estaba nerviosa que solo pico la cena, después de la cena Candy fue abordada por las damas.
George se acercó a William con un Whiski, sabia hacia donde se dirigía esa mirada de su amigo.
—William, ¿quién lo diría que en unas horas estarás felizmente casado?, pero no quisiera estar en tu pellejo amigo, con un papá abogado y un hermano agente federal. —le dijo George dando una palmadita en el hombro.
—Ja, ja, ja, mi buen amigo no me pongas más nervioso de lo que ya estoy, —le respondió Albert con una amplia sonrisa— Es la mujer de mi vida, que muchas veces tengo que mirarla y perderme en el color de sus ojos para saber que es real y no estoy soñando.
—¿Y qué hay de los celos? —le preguntó George con una sonrisa, al ver que Candy estaba rodeada de primos, los gemelos y Harold.
—Esos mí querido amigo allí están, no puedo negarlo, es una mujer hermosa pero más por dentro, y el que la está mirando con la copa de vino, no sé si es pariente o un amigo de Jared, pero su mirada no me gusta nada. Harold ya se dio cuenta, espero que haga algo sino iré yo.
—Vamos William será un pariente, —le contesto
—Eso espero George, ¿y tú cuando le darás el anillo a Evelyn?
—Así estamos bien, después de su divorcio, ella no ha querido volver a casarse y yo la respeto, vivimos el momento, la vez que estuve presionando para casarnos, me pidió que nos diéramos un descanso y ese descanso duro seis meses, después volvimos y te repito así somos felices, ella en su departamento yo en el mío. Hoy no pudo estar aquí pero mañana llega.
—Voy a rescatar a mi novia, no quiero que se desvele, mañana no podré verla, me lo tiene prohibido mi hermana y mi tía, hay que seguir las tradiciones.
Comentario que provocó la risa de George, y Tom que se había unido a la plática.
—Señor Johnson, cuando guste pasar unas vacaciones para respirar aire limpio, esta cordialmente invitado en el hogar de Pony, y en el rancho Stevenson allí trabajo, el señor Stevenson me quiere como aún hijo, estoy muy agradecido con usted y Harold por ayudar a mi hermana, si ella me hubiese dicho que ya no trabajaría en el hospital, yo hubiera ido por ella.
George admiraba a Tom, por preocuparse por Candy, ambos fueron educados por unas buenas personas, mejor que las verdaderas madres en algunos casos, con valores bien fundamentados.
—Te tomare la palabra, a Evelyn le encantara ese lugar —le respondió George dando un sorbo a su whisky.
Albert llegaba con Candy, raptándola y alejándose de los invitados, la llevo a la biblioteca, mirando a su amigo George que entendió con la mirada lo que Albert quiso decirle.
—Mi amor, no pensé que Jared tuviera tantos parientes —le dijo Albert besándola con desesperación, se separaron para tomar aire, y volvieron a besarse una vez, otra vez hasta que sus labios quedaron adoloridos. Después la abrazo contra su pecho Candy escuchaba el corazón acelerado de Albert, mientras él le daba pequeños besos en su cabellera— Mañana no te veré, mi amor, mi tía y mi hermana me lo tiene prohibido, voy aprovechar estos minutos para llenarme de tus besos.
—Tenemos la cita en el spa desde temprano, por lo que hoy no puedo desvelarme —le respondió Candy abrazada.
Llego el gran día para Candy y Albert, ella se había quedado en casa de su padre para salir vestida de blanco rumbo a la iglesia en compañía de Tom, Jared había aceptado que Harold la entregara en el altar.
La limusina decorada con dos corazones en el cofre en color plata, llegaba a la residencia Maxwell por Candy y Tom. Tom estaba feliz de llevar a su hermana a la iglesia.
—Pensé que este día nunca llegaría, que alguien se fijara en mi hermana revoltosa —le dijo Tom haciéndola reír.
—¡Tom!
—Más le vale a Andrew tratarte bien, porque si no se las verá conmigo —Tom le enseño el puño a Candy.
La limusina hacia su recorrido rumbo a la catedral de San Patricio, los invitados y la familia esperaban por la novia.
—Nervioso William, —le pregunto George a su amigo William.
—George uno no se casa todos los días —le respondió con una sonrisa— y si estoy nervioso, sé que viene custodiada, así que no podrá escapar de mí.
—Ja, ja, ja te aseguraste de ello, hombre precavido…
—Vale por dos —respondieron al mismo tiempo
Harold recibía por el auricular que la novia estaba a cinco minutos de llegar sin contratiempos.
—William, Candy ya está dando la vuelta, —le dijo Harold a Albert para que ocupara su lugar dentro de la iglesia, los niños del hogar de Pony se formaban en línea, las niñas llevaban pétalos de rosas en sus canastas.
La limusina se estacionaba frente a la catedral, los guardaespaldas encubiertos vestidos de esmoquin negro se acercaban a la limusina extendiendo sombrillas blancas evitando que algún curioso tomara una foto.
Se abría la puerta bajando Tom y extendiendo su mano a Candy, al ver que le temblaba la mano a su hermana se la apretó sonriéndole.
En la entrada de la catedral esperaba Jared, desde que había visto la limusina llegar, sus ojos se habían llenado de lágrimas a punto de desbordase, hacía poco se había enterado que tenía una hija y era de la mujer que no había podido olvidar y que jamás volvería a ver, tal vez en otra vida, aunque le hubiese encantado verla para pedirle perdón por decirle que eligiera entre él y su hijo.
Tom se despedía de su hermana con un beso, los niños del hogar avanzaban por la alfombra roja aventado pétalos. Jared recibía a su hija sonriente.
—Apenas me entero que tengo una hija y tengo que entregarla en el altar —dijo Jared con la voz quebrada.
—Papá no llores —le respondió Candy con una sonrisa.
Jared avanzaba con su hija, la música de fondo se escuchaba, los invitados estaban de pie.
Harold recibía a su hermana con una amplia sonrisa, aunque le hizo pasar dos o tres corajes a su cuñado, en el fondo sabía que era un buen hombre.
Albert de pie en el altar veía el caminar de la que sería su esposa en unos minutos, recordaba cuando la conoció.
«—¿Cómo sé que no es un psicópata?
—Tengo cara de ser un psicópata —te respondí algo molesto, mi amor, pero después mencionaste que te gustaba mi sonrisa…
Tus ojos verdes brillantes me cautivaron, tu cabellera rubia alborotada, y tu ropa sucia te daban ese aspecto salvaje, tu sonrisa me cautivo también»
Candy le sonreía atreves del velo, su hermano recordaba a su madre y como se lo prometió cuidaría de ella.
Albert tomaba la mano de Candy depositando un beso y alzando el velo, tomados de la mano escuchaban las palabras del sacerdote, se buscaban con la mirada, Candy le apretaba la mano, él volteaba a verla con una sonrisa para tranquilizarla. Después de intercambiar los anillos ambos se relajaron, cuando el sacerdote dijo puedes besar a la novia, Albert se giró mirándola tiernamente y acercándose a sus labios.
Jared y Harold tenían lágrimas en los ojos a punto de desbordarse, Ross y la tía Elroy sacaban su pañuelo, ver casado a William después de que rehuyó de los compromisos que su tía le concertara, pensó que no lo vería en al altar con su esposa.
Los novios salieron tomados de la mano con esa sonrisa cómplice, subieron al auto de Albert, les darían tiempo de llegar a los invitados a la recepción, Candy se cambiara por otro vestido sencillo quitándose el velo, dejando la tiara sujeta a su cabello.
—Tengo que aprovechar antes de que te retoquen el maquillaje —dijo Albert apoderándose de sus labios de su esposa— estas hermosa mi amor, quisiera raptarte ahora mismo.
—¡Albert!
—Dime —le respondió Albert sin dejar de besarla.
—Tengo que cambiarme —le dijo Candy con sus labios hinchados por los besos
—Lo sé, los chicos están tapando con las sombrillas, vamos para que te cambies, no creo aguantarme por más tiempo. —le contestó Albert haciendo un guiño y poniendo roja a su esposa.
El salón esperaba por los novios, los invitados se vieron rodeados por ramos de rosas en el centro de la mesa. Candy con la ayuda de Sophia y el maquillista se había cambiado en menos de lo que canta un gallo, Albert esperaba por ella afuera de la habitación.
Su segundo vestido menos formal en color blanco con cuello halter en vuelta y sin mangas, largo con cola de sirena fluida, la caída del vestido le sentaba perfectamente, le daba ese toque elegante al caminar, su maquillaje sencillo y discreto.
Albert se cambió por un esmoquin negro hecho a su medida que lo hacía ver muy atractivo.
Entraron tomados de la mano al salón los invitados le aplaudían de pie su llegada, Albert guió a su esposa al centro de la pista. Pegando a su cuerpo y dándole un pequeño beso en los labios.
—Cierra los ojos mi amor —le dijo Albert sin dejar de moverse, de repente las luces se apagaron y se escucharon las exclamaciones de los invitados, ¡Oh, hermoso! ¡Qué detalle!
—Ya puedes abrirlos mi amor
Candy miro a su alrededor parecía que se habían transportado al bosque o a un jardín lleno de vegetación, pero no, seguía en la pista del salón, solo que el ambiente había cambiado a uno de cielo estrellado, inmediatamente encontró la Polaris y sonrió maravillada con la escenografía, Albert la alzo girando con ella, los dos sonrientes.
—Mi amor, ¡esto es hermoso! —le dijo Candy sin dejar de mirar a su alrededor.
—Mi sobrino Stear fue el encargado de la escenografía le di la idea y este es el resultado —le respondió.
—Pareciera que estamos afuera, al aire libre, una noche romántica a la luz de las estrellas, afuera es de día y aquí dentro cayó la noche.
—¿Te ha gustado? —le pregunto Albert
—¿Qué si me ha gustado?, ¡me ha encantado!, mi amor.
—También podemos tener este efecto en nuestra recamara principal —le dijo Albert haciendo un guiño.
Candy y Albert seguían bailando con su escenario estrellado, termino la música y se encendieron las luces para dar paso al siguiente baile, Candy bailó con su padre, Tom, Vincent, George, Harold, los sobrinos de Albert. La comida era servida, los invitados degustaban los platillos acompañados de un buen vino. Después de convivir con sus invitados, los novios se despedían.
Albert había reservado la suite presidencial en el hotel Ritz al día siguiente partirían a Hawái para continuar con su luna de miel. Anochecía cuando Albert y Candy llegaban al hotel acompañados de su seguridad.
El la cargo inmediatamente al bajarse del automóvil para dirigirse al elevador, los dos sonrientes. Albert abrió la puerta con Candy en sus brazos.
—¡Es hermosa! —expresó Candy
—¿Te ha gustado? —Le preguntó Albert poniéndola en el suelo y girándola para besarla— voy besarte como se debe ya me estaba cansado de rozar tus labios.
Después de besar a Candy y apretarla a su cuerpo, se separó despacio y mirándola con esos ojos azul cielo, que Candy vio más intensos por el deseo, su cuerpo había reaccionado a esos besos húmedos.
—Podemos esperar, mi amor, no quiero que te sientas presionada —le dijo Albert con su voz ronca por el deseo que también estaba sintiendo, la había deseado prácticamente desde que la conoció. Si la deseaba la había respetado.
—Yo también te deseo —le respondió Candy con sus mejillas sonrosadas.
—El baño está preparado para ti, tomate tú tiempo, yo me daré una ducha en el otro baño, ¿quieres que te ayude con el vestido?
—Yo puedo quitármelo —le contesto Candy con una sonrisa.
Candy se quitó sus prendas, Rose le había dicho que le había dejado su regalo en el baño, se quitó el vestido y se dirigió al baño, el agua de la tina estaba tibia, como si acabaran de prepararla minutos antes de su llegada. Vio colgado el regalo de Rose y se sonrojo más con el baby dolls blanco transparente, se metió a la tina, el agua relajo sus músculos, Rose y Bárbara habían hablado con ella y le dieron unos consejos para su noche de bodas.
Candy se ponía el regalo de Rose, soltando su cabellera rubia, los dos abrieron la puerta al mismo tiempo, Albert salía de la otra habitación con el pantalón del pijama de seda, quedando maravillado con la imagen que tenia de su esposa ambos caminaron despacio.
—Eres muy hermosa, mi amor, —le dijo Albert acercándola a él para besarla.
Albert le acariciaba la espalda y los glúteos despacio y sin prisa, no quería asustarla, la apretaba a su pecho, beso su cuello.
—No sabes cuánto he deseado este momento —susurro Albert con su voz ronca
Cargo a Candy para depositarla en la cama, se quedó admirándola unos segundos, ella le extendió la mano, él le sonrió.
La luz tenue daba ese toque romántico, Albert besaba su cuello, su boca, beso sus pechos a través de la suave tela, provocando un gemido de Candy, volvió a buscar sus labios. Le quito la prenda que lo separaba para sentir su piel.
—¡Albeert!
—Quiero besar cada parte de tu cuerpo, mi amor, tienes unos pechos preciosos. —le respondió Albert extasiado mientras besaba uno de sus pechos, poco a poco fue bajando hasta encontrarse con ese lunar que le había parecido sexy, lo beso, le dio un pequeño mordisco, con sus dedos busco esa parte íntima, sintiendo que su esposa cerraba las piernas—. No debes sentir pena mi cielo, ahora somos marido y mujer, quiero que lo disfrutes.
Cuando sintió que Albert le besaba esa parte íntima, Candy se arqueo siguiendo sus instintos quería sentir más de esa caricia húmeda, que su esposo le daba, abrió más las piernas y se aferró a las sabanas, Albert con cuidado y sin dejar de acariciar a su esposa le quito la última prenda, él se quitó el pantalón y se acomodó, quería sentirla, poco a poco fue entrando en su intimidad, el gemido de Candy le indico que estaba lista, busco sus labios, el hizo un sonido gutural, empezó la danza del vaivén, su esposa instintivamente le exigía que acelerara sus movimientos, a lo que le gustoso accedió llegando los dos juntos al cielo. Él se quedó un rato sobre su esposa besando su cuello, diciendo palabras de amor, ambos estaban sudorosos.
—Te deseaba tanto, mi amor, no sabes las veces que tuve que aguantarme para no hacerte mía antes de casarnos. —le dijo Albert mientras sus latidos se calmaban poco a poco.
Con cuidado se hizo a un lado, poniendo a su esposa encima de él y jalando la sabana para taparla.
—Fue hermoso, mi amor, —le dijo Candy mirando a los ojos y besándolo a lo que gustoso recibió el beso de su esposa, mientras acariciaba su espalda y sus glúteos apretándolos hacia él.
Candy se recargo en su pecho, haciéndole círculos, Albert le besaba su cabellera rubia, se dio cuenta que Candy se estaba quedando dormida, ambos cayeron en un profundo sueño.
El primero en despertar fue Albert se levantó con cuidado para no despertar a su esposa y preparo el baño, despertó a Candy con unos besos en toda su rostro.
—Buenos días, esposa mía, el baño está listo —dijo Albert cargando a Candy y con cuidado la puso en la bañera.
—Albert, ¿no me has dicho a dónde iremos?
—Iremos una semana a Hawái, pero antes quiero hacerte el amor de nuevo.
El sonido del oleaje y las aves volando, una pequeña embarcación a la distancia se vislumbraba, Albert y Candy caminaban tomados de la mano, ella se había puesto un bikini blanco acompañado de un sombrero de paja para protegerse del sol, Albert llevaba su traje de baño y su tabla de surf.
—De aquí te veré, mi amor —dijo Candy poniendo una toalla en la arena, sentándose, Albert miro con discreción atrás de Candy, la seguridad se mantenía cerca de su esposa, sin que ella se diera cuenta, podían pasar como unos turistas más.
—¿Estas segura cariño?, si te cansa puedes ir a unas de las tumbonas, puedes pedir una bebida.
—Pediré una piña colada sin alcohol —Albert hizo un ademan y llego un camarero a tomar el pedido— anda quiero verte surfear, no te preocupes.
Albert había pedido a la seguridad que fuera discreta, que su esposa no los notara, quería verla relaja y tranquila.
Albert se adentró con su tabla, la brisa del mar agitaba el cabello de Candy, estaba embelesada viendo su cuerpo con su traje entallado, le marcaba su cuerpo tonificado, aplaudió las acrobacias que hacia su esposo, ella sabía que él disfrutaba del surf, cuando los agentes federales le preguntaron a donde se dirigía él había mencionado a Hawái, por eso se había empeñado en que quería verlo haciendo acrobacias.
Albert se acercó deslizándose con su tabla a la orilla, chorreando agua y se tumbó frente a su esposa dejándola bajo su cuerpo húmedo, besándola.
—Te ves tan hermosa, —le susurró al oído— veía como te quedaban mirando y sentía celos.
—Mi príncipe yo solo tengo ojos para ti, —le respondió Candy con una sonrisa.
—Señorita, la llevare al agua —Albert cargo a Candy entre risas, ella le besaba el cuello para distraerlo.
Después de darse un chapuzón, Albert llevo a Candy al campamento Oahu, navegarían con una balsa, Candy iba sentada y Albert de pie remando, a su lado la inmensa vegetación los acompañaba, las hojas de los árboles tocaban el agua, después Albert se sentó y Candy tomo el remo, Albert le aventaba pequeñas gotas de agua a su esposa para distraerla.
—Mi amor vas hacer que pierda el equilibrio, ¡es hermoso este lugar!
—Sabía que te encantaría, es relajante, disfruto mucho estar rodeado de la naturaleza.
Caía la tarde de su último día en ese lugar paradisíaco, se bañaron, hicieron el amor, mientras llegaba la cena a la habitación, se besaban, se acariciaban, al día siguiente partirían al siguiente destino.
—¡Lista para nuestra siguiente parada! —le pregunto Albert besando sus labios.
—Por supuesto, mira que nuestras aventuras han sido de adrenalina pura.
Tomados de la mano y vestidos con ropa cómoda para el senderismo caminaban por los caminos del Gran Cañón, Candy se cansó y Albert la subió a su espalda recordando cuando lo hizo por primera vez.
—Mi amor, cuando te cargue así la primera vez, sentí que ibas nerviosa —le pregunto Albert apresurando el paso, quería llegar a la cabaña qué tenía alquilada, cerca de la cascada Huvasu.
—Bueno si, era algo íntimo y apenas nos acabamos de conocer —le dijo Candy mordiendo su oreja.
—Mmm, esposa mía, vas a provocar que te tumbe aquí en la hierba, mira allí esta cabaña, y está anocheciendo.
—Albert, ¿hay más cabañas cerca?
—No tan cerca pero alquile todas, para tener privacidad, solos tu y yo con la luna, el sol, las estrellas y las constelaciones. —le respondió Albert bajándola despacio besándola.
—Me encanta, mi amor
La cabaña rustica, contaba con una amplia habitación, una cocina pequeña, una sala de estar, pequeñas lámparas, una chimenea, la nevera tenía lo necesario para empezar a cocinar.
—Me encanta, me recuerda Hogar de Pony.
Albert la cargo y volvió a besarla, la dejo que recorriera el pequeño lugar y fue a preparar el baño, se desvistió, salió del baño en busca de su esposa.
—¡Albert! —dijo Candy sonrojada.
—Mi cielo, no hay nada que no hayas visto ya —Albert se acercó a su esposa y la cargo
Con cuidado metió a su esposa a la bañera, Candy se puso frente a él, verlo sin ropa, su cuerpo había reaccionado, ella busco sus labios, él la apretó a su pecho, dejo que ella se acomodara en su parte intima, cuando la sintió emitió un gemido besándola con desesperación. El movimiento de las caderas de su esposa, sabía que ella lo estaba disfrutando tanto como él, echó su cabeza hacia atrás sabía que su esposa estaba por llegar al clímax, el gemido de su esposa fue callado por un beso desesperado de su esposo.
—Me encanta que seas apasionada, mi amor. —le dijo Albert con su voz ronca
Se terminaron de bañar y juntos prepararon la cena, se sentaron frente a la pequeña chimenea acompañados de una copa de vino.
Albert se levantó con cuidado era de medianoche, con cuidado levanto una pequeña ventana del techo de cabaña, miro a su esposa desnuda y se puso encima de ella, besando sus pechos, Candy al sentirlo le respondió de inmediato acariciando su cabello y su espalda.
Albert iba dejando un camino de besos húmedos y al mismo tiempo pasaba sus dedos como si fuera trazando unas líneas. Hasta llegar al lunar de media luna de su esposa.
—Estoy trazando mi constelación —le dijo Albert buscando sus labios, los ojos de Candy todavía estaban cerrados y eso lo enterneció— abres los ojos mi amor
Candy los abrió sonriéndole, embelesada con el azul de sus ojos.
—¿Así que estas marcando tu constelación? —le respondió Candy alborotando su cabellera rubia
—Si —le contesto Albert con una sonrisa— ese lunar tuyo desde que lo vi se me hizo muy sexy y si miras arriba
Candy al mirar arriba vio el cielo estrellado trato de levantarse pero Albert no se lo permitió, pareciera que estuvieran afuera a luz de luna y de las estrellas.
—Albert es hermoso, ¿sabías que tenían esa ventana?
—No, la mande que la hicieran solo para mi esposa que le gusta contemplar a la polaris.
Albert seguía abrazando a su esposa mientras miraban el cielo estrellado, pero quería hacerle el amor mientras el cielo estrellado los miraba.
«El día que te vi, me dije que mis días de soledad al fin habían terminado»
Después de disfrutar de su estancia en la cabaña, salir a caminar, bañarse en la cascada y hacer el amor teniendo como testigo las estrellas, su luna de miel se vio interrumpida, Annie se encontraba delicada, el alumbramiento se había adelantado, su tía, los Cornwell y los Brown se habían quedado en New York, Archie y Stear se dividían los días uno se iba a Chicago unos días y el otro se quedaba en New York.
Seis años después
—Tío Harold —dijeron las gemelas corriendo a los brazos de su tío que se había puesto de cuclillas para cargarlas, Elina y Emma ambas rubias de ojos azules de cabellera rizada, era el cumpleaños número cuatro de las princesas de la familia Andrew-Maxwell.
La familia Andrew Maxwell habían decido vivir en New York, Albert quería que Candy conviviera con su hermano y su padre, viajaban a Chicago para visitar el Hogar de Pony. Después de su regreso de su luna de miel, el presento a su esposa a la fundación Andrew, las oficinas fueron movidas a la ciudad de los rascacielos. Candy era la presidenta de la Fundación AndMax, como era conocida la pareja de rubios cada se presentaban en lugar y en un evento para recaudar fondos.
—Felicidades mis princesas —les dijo su tío cargándolas y besándolas.
Albert y Candy lo veían feliz. Albert cargaba al pequeño Bill de un año, rubio de ojos verdes y cabello lacio y pequeñas motitas en su nariz
—Hola cuñada —saludo Vivían, esposa de Harold, se habían casado hace dos años en una ceremonia privada y en espera de su bebe. Era una publirrelacionistas se habían conocido en uno de los eventos de la fundación y ahora trabajaba con Candy en AndMax.
—¡Estás hermosa Vivían! —le dijo Candy saludándola de beso
—Hay cuñadita —dijo Vivían suspirando— ayer nos dijeron, al fin se dejó ver, y serás tía de una niña, Harold esta vuelto loco, desde ayer no quiere ni que me de el sol, casi casi hasta quisiera seleccionar el aire que respiro.
—Ja, ja, ja entiéndelo, después de que te hiciste del rogar y el deseaba una niña, dice que son más cariñosas que los niños.
Se acerco Harold a su esposa y hermana, cargando a las gemelas.
—Ya te dio la noticia mi mujer —dijo Harold sonriendo, las gemelas fueron en busca de su primo Anthony, Harold abrazo a su hermana.
—Si, felicidades, estaré encantada de consentir a mi sobrina, y cómo te sientes con tu nuevo puesto, hermanito.
A lo lejos Albert observaba la escena de su esposa, verla con esa sonrisa de felicidad, era todo para él.
—Ser director del FBI es más responsabilidad, Rawson pidió su retiro para descansar y viajar con su esposa, disfrutar a sus nietos, su petición fue acepta por el señor Presidente. —Respondió Harold sin dejar de abrazar a su hermana, detalle que Vivían y Albert ya se habían acostumbrado, la protección y cariño de Harold a su hermana.
Caminaron los tres abrazados para reunirse con Albert y George.
—William quien se iba a imaginar que te vería casado y con tus hijos, tu que eras un trotamundos —dijo George abrazado de Evelyn.
—Y todavía viajo mi buen amigo George, solo que ahora me llevo a mi esposa y a mis hijos, sin ellos no salgo —le respondió Albert buscando con la mirada a su bella esposa de ojos verdes.
Hacían su arribo los Cornwell, Archie después de que estuvo en peligro la vida de su esposa, se quedaron con una hermosa niña, igual a su padre. Stear y Paty tenían dos hijos, un varón idéntico a la madre y la niña idéntica al padre, el mayor de los primos Anthony era el que ponía el orden y los juegos.
—Ya llegaron mis primos —grito Anthony— vengan vamos a los brincolines todos salieron corriendo al escuchar la voz de Anthony. El pequeño Bill al ver la algarabía de sus primos quiso bajarse de los brazos de su padre, pero su padre dijo que no.
Otro automóvil llegaba con la familia Maxwell, Jared era abuelo de tres preciosos niños, sus hijos mayores ya estaban iniciando la vida universitaria.
Mientras los niños se divertían en los juegos los adultos se sentaban a platicar en el jardín, Rose y la señora Elroy habían llegado hace una semana, porque Anthony estaba desesperado por ver a sus primas las gemelas.
Jared cargaba a Bill, los gemelos Jared y Jacob decían que era su trillizo pero en pequeño, en ocasiones un fin de semana se quedaban con sus abuelos, y Candy y Albert disfrutaban esos días en pareja, viajaban a Miami u otro lugar donde pudieran relajarse. Una semana después de la fiesta viajarían a Kenia.
La polvareda que se veía a lo lejos provocada por los neumáticos del desfile de camionetas que llegaban a la clínica de Kenia, que se había ampliado, tenía más quirófanos y habitaciones, después de que Candy tomo la presidencia de la Fundación AndMax. La pareja de rubios acompañada de sus hijos llegaba puntual, la fila de los niños para la aplicación de la vacuna estaba desde temprano, era la segunda vez que Candy pisaba esas tierras desde su atentado.
Flammy saludada a Candy y le daba la hielera con las vacunas. Flammy ocupaba el puesto de jefe de enfermeras. Las pequeñas gemelas imitaban a su madre con el kit de doctor de juguete, una vez que pasaban los niños se formaban con las gemelas, para que les pusieran el estetoscopio que sacaban de una hielera, idéntica a la de su madre en miniatura, pero esta tenia animalitos de imagen, Emma les ponía una estrellita en la frente a los niños Un fotógrafo a la distancia hacia las tomas que aparecerían en una famosa revista que había comprado la exclusiva de la visita a Kenia las ganancias serian donadas a las mejoras del hospital y las comunidades.
Magazine TV
—Vean que hermosura de niños, estas imágenes fueron tomadas hace un mes en Kenia y hoy salieron en una revista muy famosa y están dado la vuelta al mundo.
—Pero vean esto señoras y señores, el que se robó la foto fue el pequeño Bill con su backpack también diseñada del mismo material que las hieleras y vean que preciosidad de niño me lo quiero comer, en ningún momento su padre lo perdió de vista, pero el pequeño sintió hambre y saco de su pequeña mochila su biberón ya preparado y buscando los brazos de su padre.
—Tienes razón Micaela, el pequeño se robó la foto, tengo entendido que ya están en pláticas con una empresa reconocida que se dedica hacer este tipo de mochilas, pañaleras, y las ganancias irán a la fundación AndMax. Las mochilas que llevan las gemelas y el niño, fueron diseñadas por su madre la señora Andrew. Poco sabemos de ella desde el famoso beso en el ojo de Londres, tampoco sabemos cuándo se casaron, todo lo relacionado a ella está guardado bajo llave pareciera.
—Bueno Monserrat, no es para menos que su multimillonario esposo quiera proteger la privacidad de su esposa, el despliegue de seguridad que se ve en las imágenes es impresionante.
Años después
El sol empezaba a esconderse, el agua reflejaba su luz naranja, los destellos se movían al son de las olas, dando una apariencia como si fuera una llamarada que no quisiera apagarse.
Una pareja de enamorados caminaba tomados de la mano, se abrazaban y se besaban, sus dedos entrelazados, ambos iban descalzados jugando con la arena, a la dama se le voló el sombrero y él caballerosamente corrió para atraparlo, a pesar que su piel marcaba el paso de los años, ellos se habían mantenido en forma, celebraban sus cuarenta aniversario, habían llegado una semana a Hawái, sus hijos y nietos llegarían al día siguiente para estar con ellos. Albert se detuvo para besar a su esposa como si fuera la primera vez.
—Mi amor, sigo deseando tus besos y devorando tus labios como si fuera ayer cuando nos vimos por primera vez. El día que te vi, me dije que mis días de soledad al fin habían terminado —Y volvió a besarla una vez, otra vez hasta que sus labios quedaron adoloridos e hinchados.
Candy se abrazó a su esposo suspirando y viendo el atardecer, el azul del mar había cambiado a dorado. Solo el sonido de las olas y el graznido de una que otra ave volando los acompañaba.
—Es hermoso el atardecer, mi amor, tantos años juntos, aventuras, volvería a vivirlas contigo sin dudarlo. Si no te hubiera encontrado seguiría soltera—Le dijo Candy mirándolo a los ojos y sonriendo.
—Y yo también mi vida, seguiría buscándote hasta encontrarte, bueno señorita la llevare al hotel, anda mi amor, sube a mi espalda
—Pero cariño… —respondió Candy
—Vamos amor, sabes que me encanta llevarte en mi espalda, todavía puedo ¿a qué si?
Candy se subió encantada a la espalda de su esposo, le daba besitos en el cuello.
—Señorita si me sigue provocando le haré el amor en la arena, y tendremos de testigo a las gaviotas.
FIN
Llegamos al final de esta historia, muchísimas gracias por acompañarme en esta aventura de los rubios, por tomar de su tiempo para leerme.
Un abrazo desde México
Priscila
