Aunque no quiera admitirlo, esa marca maldita le había dado mucho poder a Sasuke.
Habían pasado ya dos semanas desde que acordamos que entrenaríamos juntos, y todos los días nos juntamos en el campo de entrenamiento.
Ahora soy mas unida a él, aún discutimos mucho y por estupidezes, pero lo superamos rápido, ahora puedo ser mas natural cuando estoy con el por que ya sabe mi secreto.
Luego de darle una paliza en el entrenamiento, nos sentamos a descansar.
— Hoy estuviste menos patético que en el entrenamiento anterior.
— Tonta.— lo escuché decir con gracia.
Hoy al parecer está de humor.
— ¿Tienes algo que hacer ahora?— me pregunto, clavándome su oscura mirada.
— No.
— ¿Quieres ir a comer dangos?
— No me lo puedo creer, ¿Me estás invitando a salir?— dije haciéndome la sorprendida.
El me sonrío.
Un momento... ¿Sasuke sonriendo? Se va a acabar el mundo.
— ¿Quieres o no?
— Está bien.
Entonces el se paró de el césped, sacudió sus pantalones y me tendió la mano.
— Puedo pararme sola.— le dije poniéndome de pie.
Pero como aveces soy tan torpe, me tropecé con mis mismos pies y caí sobre Sasuke, haciendo que ambos cayéramos en el suelo.
Abri mis ojos y me topé con los de él. Nos quedamos mirándonos un rato.
Mis manos comenzaron a sudar, mi respiración se agitó y mi corazón comenzó a latir de manesa desbocada. El puso una de sus manos en mi cabello oscuro.
¿Acaso él pretende hacer eso que creo que hará?
Tengo que evitar esto, no tengo tiempo para estas cosas.
— Sasuke...— susurré, buscando que el saliera de su extraño trance.
— Me gustan tus ojos.— susurró.
Ay no.
Colocó su otra mano en mi mejilla y lentamente estaba acercando su cara a la mía.
Yo no podía reaccionar, no sé por qué.
Nuestras narices se rozaron.
¿Por qué pasa esto siempre que me caigo?
Cerré los ojos de una manera brusca, no quería ver lo que estaba a punto de pasar.
12 años, tiene 12 putos años.
Sentí un muy ligero roce en mis labios, aún hay tiempo.
Con mucho esfuerzo y fuerza de voluntad puse mis manos en su pecho entonces el paró de acercarse, abri los ojos y me di cuenta que su mirada había cambiado.
— Eh... ¿Te puedes quitar de encima de mí?
Yo me pare rápidamente, y él también.
— Eso fue muy incómodo, no lo vuelvas a hacer.— le dije, apuntándolo con mi dedo.
— No fue culpa mía, tú caíste encima de mí.— su voz volvió a ser algo fría y brusca.
— Tonto.
Y emprendimos camino al puesto de dangos.
