iCapítulo 7

Aruru/i

—Enkidu…—llamó Aruru, la diosa creadora.

Enkidu despertó y se alzó para ver como la hermosa mujer que había dado forma a su cuerpo, lo contemplaba desde el claro de luna en donde descansaba. Su cuerpo brillaba con toques esplendorosos y sus joyas destellaban igual como lo hacían los ojos de Enkidu. Marchó hacia su creadora y se inclinó a sus pies.

—Madre—la nombró Enkidu—. ¿Qué es esto?

Aruru apartó su cabellera de lapislázuli y miró con sus ojos aguamarina directamente a los de su creación. La diosa parecía cómoda en su trono y las ropas exquisitas descansaban sobre su figura, delineando su cuerpo con elegancia. Aruru suspiró y habló:

—Querido Enkidu, hijo de mis manos y nuestros suelos—comenzó, incorporándose y descendiendo de su claro. Se detuvo frente a Enkidu—, ¿Cómo te ha sentado la vida con los humanos? ¿Has sufrido mucho? ¿Tienes miedo de las mentiras y el dolor? —Aruru se arrodilló frente a Enkidu y le alzó el mentón para que sus rostros quedaran enfrentados. Le sonrió maternalmente y le besó la frente. Acarició sus cabellos y lo abrazó para acunarlo en su pecho— Mi amado Enkidu, aún te queda mucho por saber—continuó, jugando con los largos mechones de él—, pero haz de ser sincero conmigo si deseas mi gracia sobre ti. ¿Qué es lo que has hecho en la tierra de Uruk?

Enkidu se apartó de Aruru y descendió su cabeza. Tragó y luego contestó:

—He vivido para aprender sobre los hombres. He conocido a las mujeres y he aprendido a comer, beber y tocar instrumentos. He experimentado el placer y el dolor. Aprendí a cantar y a escribir.

Enkidu enmudeció y Aruru volvió a alzar su rostro. Sus ojos eran como dos lanzas atravesando carne tierna y jugosa.

—¿Acaso, Enkidu, he dado forma a tus hermosas manos para que tomes cinceles? ¿Tus piernas son dignas pasear por mundanos palacios? ¿Te doté de fuerza y belleza para que conozcas a hombres y mujeres? —Aruru ahora parecía una mujer fiera, fría. La luz de la luna ya no la convertía en una madre si no en una ejecutora.

Enkidu cerró sus ojos de diamante en señal de respuesta. El temblor de las manos era sutil, pero suficiente para demostrar que se encontraba atrapado como un animalillo en su trampa. Miró su cuerpo desnudo y tentó por tomar una de las manos de Aruru, pero se contuvo. Buscando las palabras correctas, finalmente se atrevió a dar frente a su creadora.

—Luché con Gilgamesh en cuanto lo vi, soberbio, en lo alto de las escalinatas de su palacio. Su cuerpo era protegido por una armadura hecha de oro y yo sólo llevaba una túnica encima. Aún así luché. Luché toda una tarde con él, le demostré que me has dotado de su misma fuerza y energía. Hice frente a sus espadas con mis manos y mi naturaleza. Golpeé su armadura con mis puños, pero Gilgamesh pudo haberme degollado si quería. Él ha perdonado mi vida más de una vez. Él ha demostrado compasión ante mi desdicha. Eso no lo hace el déspota al que me has ordenado matar.

Aruru escuchó con atención a su hijo y volvió a rozar su cabello. Suspiró y contradijo:

—Amado Enkidu, hijo mío. Tu rebeldía me duele.

Enkidu alzó el rostro y enfrentó a Aruru en un ademán de valentía.

—Gilgamesh ha cambiado su forma de ser. He visto aquella transformación, en las palabras que utiliza, en la manera en que escucha a los sabios. Su energía juvenil le hace cometer errores, pero ahora reflexiona sobre sus acciones. Gilgamesh puede transformarse en un rey misericordioso y un buen regente porque yo he visto la bondad en él.
Aruru escuchó a Enkidu y una vez que él terminó de hablar, la diosa soltó una elegante risa lamentable. Negó con suavidad y susurró:

—Enkidu, Gilgamesh jamás cambiará. Sigue siendo el arrogante de siempre. Cree que el mundo a sus pies le pertenece y que todo Babilonia es su campo de juego. No sé que te ha cegado frente a su prepotencia—Enkidu frunció el ceño y apretó los puños—. Eres defectuoso, Enkidu—continuó con tristeza Aruru—creí que mis manos forjaron el fin de la tiranía en Uruk.

—Gilgamesh es capaz de perdonar—habló Enkidu, sin medir la intensidad ni la importancia de sus propias palabras.

Aruru alzó una mano y con el dorso de esta, golpeó el rostro de Enkidu, arrojándolo al suelo.

—Cállate, Enkidu—dijo Aruru, con un tono agresivo—, me has decepcionado. No eres más que un trozo de tierra mal moldeado.

Aruru tomó a Enkidu por sus cabellos y descendió sus manos a su cuello blanco y suave. Sus pulgares lo oprimieron y Enkidu comenzó a ahogarse, mientras él le miraba, suplicando por piedad. Sus manos se alzaron para intentar quitar las de Aruru, pero sus movimientos azarosos eran inútiles. Los dedos de Aruru empezaron a enterrarse en el cuello de Enkidu y de pronto, su bella piel blanca se convirtió en barro que comenzó a volverse viscoso. Las lágrimas de Enkidu arrastraban tierra y sus ojos vidriosos negaban a cerrarse.

De pronto Aruru cedió la presión y dejó caer a Enkidu, quien se hizo un ovillo, tosiendo, respirando tempestuosamente. La diosa limpió sus lágrimas y volvió a acunarlo entre sus brazos. Enkidu, aún débil, se deslizó hacia sus piernas y descansó en su regazo.

—Enkidu…—susurró Aruru, con un tono angustiado— No logro acabar con tu preciosa vida. Yo soy creación y no puedo destruir algo tan hermoso como tú. Espero, cariño mío, no apresures tus conclusiones con respecto a Gilgamesh… y que los dioses sepan perdonar tu rebeldía.

—Soy libre—dijo Enkidu, luego de recuperar el aliento—. Soy libre.

Aruru, utilizando sus manos para volver a moldear el cuello de Enkidu, afirmó y lloró sobre su creación.

—Espero tu libertad no sea tu maldición.

***