CAPÍTULO X
FAME

«Remember my name, fame
I'm gonna live forever
I'm gonna learn how to fly, high»


Desde que a Lupin no le quedó más remedio que informarnos del porqué de la Casa de los Gritos, esta se convirtió en nuestra Guarida Secreta Oficial. Era el sitio perfecto en el que reunirnos y, sí, liarla sin que nadie se percatase.

Nuestra habitación estaba completamente vacía y eso solo podía significar una cosa: era el último. Me negaba a que culminaran el trabajo de tantos meses sin mí, así que corrí a nuestro escondite como si me fuera la vida en ello.

—¿¡Hola!? —grité.

Un piano desafinado se colaba por entre los huecos de la madera putrefacta. Los sonidos eran aleatorios, sin sentido. Notas que iban y venían, acordes disonantes sin explicación alguna. Subí las escaleras, expectante. Remus estaba sentado de espaldas, encorvado sobre el teclado. Llamé un par de veces a la puerta entreabierta.

—Ey —dijo él girándose.

—¿Y el resto? —pregunté.

—Ni idea.

Fui hasta el chico y le indiqué que me hiciera un hueco. La banqueta era ancha, pero no lo suficiente como para abarcar a dos adolescentes.

—Me gustaría aprender a tocar —intervino Remus—. Nunca me lo había planteado. No hasta que Dumbledore me enseñó este sitio.

—Yo soy clarinetista.

El chico me miró, asombrado. Era una de esas cosas que no me había molestado en contarles. Eran asuntos de mi pasado que, yo estaba seguro, a nadie le interesaban.

—Mis padres nos motivaban para que hiciéramos algo diferente, algo que nos mantuviera activos. Madre eligió el clari para mí. Mi hermano empezó con el teatro, igual que Andrómeda. Bellatrix era pianista, Narcissa bailaba… ya sabes.

»Hazlo —le dije—. Estudia piano. Puedes empezar en verano y pedirle a Dumbledore que alguien afine éste; así practicarías durante el curso.
El chico sonrió. Primero a mí, después al objeto.

Nos quedamos unos segundos en silencio. Yo toqueteaba algo, lo poco que conocía de aquel instrumento. Él me miraba, supongo que sorprendido.

—¿Qué pasó con Dorcas? —preguntó.

—Pues lo que tenía que pasar. Me dejó. No fluía. Somos colegas, nada más. Y creo que nos lo hemos cargado, ¿sabes? Solo por el capricho de buscar algo que no existía.

—Ya —respondió, pensativo.

Cerré la tapa del piano y me giré todo lo que me permitía el asiento.

—¿Qué pasa, tío?

Él se mordió el labio y me miró. Joder, me miró de una forma que no conseguí entender en aquel momento.

—¿Te mola Dorcas o qué? Si es por eso, no te comas el coco. Quiero decir, no me importaría que intentaras algo con ella. Cero problemas.

—¡No! No, joder, no es eso, yo... —apartó la mirada— yo necesito...

Lo que tuviera que decir se quedó en el aire porque la puerta se abrió y dio paso a Peter y a James.

—¡Chavales! ¡CHAVALES! —James gritaba, lo cual en realidad era comprensible—. Estoy que no quepo en mí de gozo. ¿No es todo perfecto?

—Lo que tú digas, tronco, pero venga, vamos a hacerlo ya —dije poniéndome en pie de un salto—. ¿Y el mapa? ¿Lo tenéis?

Peter alzó el pedazo de pergamino.

—Hoy es un día épico para nuestra historia —comenzó James—. Las generaciones futuras nos conocerán por ser aquellos que inventaron el mejor mapa de Hogwarts y posiblemente del mundo entero: ¡El Mapa del Merodeador!

—Déjate de novela épica y vamos a hacerlo ya —intervino Peter, impaciente.

—¡Varitas! —exclamó Remus sacando la suya del forro de su túnica. El resto lo imitamos—. Espero que recordéis el conjuro, porque si no la habremos cagado pero bien.

—No seas aguafiestas, Lunático —provoqué—. O tendré que castigarte.

Locomotor chaetis —imploramos los cuatro.

De la punta de nuestras varitas surgió un hilo rojizo que empapó las oscuras letras que poblaban el pergamino e hizo que cobrasen vida. Todos los símbolos que previamente habíamos plasmado en la leyenda germinaron dentro de los pasillos de nuestra pequeña obra maestra. Dumbledore en su despacho, Lily en la biblioteca y Dorcas en el campo de quidditch. Quejicus paseaba solo por las mazmorras, mientras tanto, un par de alumnos se colaban en las cocinas.

—Chicos —dijo James con voz solemne—. Creo que os quiero.

—Júralo —contestó Peter.

—Júralo solemnemente —maticé yo.

—No os emocionéis tanto, aún no está acabado —intervino Remus. El resto lo miramos, expectantes. Con un movimiento de varita plegó el pergamino y nos lo mostró—. La portada, necesitamos una portada.

James fue el primero en reaccionar.

—«Remus, Peter, Sirius y James presentan el Mapa del Merodeador».

—¿Estás loco? —preguntó Peter—. ¿Qué pasa si nos lo confiscan? Sabrían que hemos sido nosotros instantáneamente.

—Lo sospecharían igualmente —dije.

—No, Peter tiene razón. Necesitamos otra cosa… algo con más gancho, algo mejor.

—¿Y bien? —inquirió el primero.

He estado horas exprimiéndome la cabeza, buscando un final a la altura de este recuerdo. El mapa es y será posiblemente lo más mágico que conseguimos como equipo y, sin embargo, no soy capaz de dar con la respuesta.

La portada no se completó aquel curso; nos quedaban muchas cosas por vivir todavía.

¿Qué puedo decir? Conseguimos de nuevo aquello que con tanto ahínco ansiábamos. Gryffindor ganó a cuatro chapuzas engreídos y el mundo se perdió a los villanos más letales de todos los tiempos.

Eso me gustaba pensar. Me duele saber que no iba tan desencaminado.