Agape to Philia

By Tsuki No Hana

XIV

"Celos"

Regresaron a San Petersburgo sin haber salido de la cabaña ni un día. Apenas y dedicaron tiempo a comer. El haberse contenido por meses sólo causó que las ganas se multiplicaran, sin embargo, eso provocó que el pobre ruso sintiera dolor en su trasero por días. El camino de regreso a casa fue incómodo, aunque el dolor se le olvidó al disfrutar del regreso en auto, con buena música a todo volumen, viendo a su novio conducir, comiendo porquerías.

Al volver a casa tuvo que ser ayudado por Otabek para bajar del auto.

—Quita esa cara de culpabilidad —le dijo al kazajo—, que si estoy así es porque quiero —refunfuñó.

—Tu abuelo se va a preocupar.

—¡Ja! No dejaré que me vea así —tomó aire y valor para caminar como si nada pasara, sufriendo en silencio.

Otabek no sabía si reír o preocuparse, supo con anterioridad que su amado terminaría adolorido, pero en ese momento no podía dejar de hacerle el amor una y otra vez, sólo esperaba que no fuese así siempre, pobre de Yura. Se sacudió esas ideas de la cabeza y sacó las maletas del auto mientras su novio era recibido con los brazos abiertos por su abuelo.

La sorpresa que le tuvo a su nieto fue su pastel favorito en tamaño industrial. Yurio le compartió a su novio casi por obligación, pues fue capaz de comerse casi la mitad él solo en un mismo día.

Y como todos los momentos maravillosos y bellos en esta vida: se terminó.

Otabek volvió a Kazajistán luego de una muy emotiva despedida en el aeropuerto. En esa ocasión más que nunca les fue muy difícil despedirse. Querían seguir juntos, la distancia les pesaba como nunca antes.

—No estaré aquí en tu primer día de universidad —acomodó un cabello detrás de su oreja, se había vuelto una linda costumbre—. Pero seré tu despertador, te llamaré temprano para asegurar que no te quedaste dormido.

—No lo haré —sonrió de lado, como quien sabe que está por perder algo amado. Mantuvo la sonrisa unos segundos antes de que ésta se convirtiera en una mueca perturbadora entre el llanto y una sonrisa forzada. Otabek quiso reír, pero se contuvo y mejor lo abrazó con fuerza, aspirando su aroma una vez más, una última vez antes de partir.

Se dieron un último beso y Yuri lo acompañó hasta donde le fue posible el acceso, lo miró partir sintiendo que la mitad de su corazón se iba en ese avión. Volvió a casa sin muchos ánimos, era en esos momentos cuando lograba entender un poco a Viktor y a Yuuri. Estar separado de la persona amada era como morir en vida, sin dramatizar, o eso creía.

Pero cuando llegó a casa se topó con una sorpresa en su cama. Lo notó al ver que algo sobresalía por debajo de su almohada, algo que no debía estar ahí. Sacó con una gran sonrisa la sudadera favorita de su novio, era una de color negro la silueta de un rectángulo dibujada al frente, tenía una cómoda bolsa compartida para las manos y un gorro ajustable con agujetas. Era una sudadera simple y cualquiera, pero lo que la hacía mágica era el hecho de que olía tremendamente bien. Y cómo no, si Otabek la había estado usando, olía a su loción.

Yurio la abrazó contra su cuerpo y sonrió como idiota.

—Estúpido Otabek —aspiró el aroma de la tela como si fuera su placer culposo, su droga.

El primer día de universidad llegó más rápido de lo que esperaba. Estaba emocionado, pero al mismo tiempo nervioso. Nunca había sido bueno haciendo amigos, y no es que quisiera hacerlos, pero era un hecho que tendría que tratar con personas de su edad, lo cual no se le daba tan bien. De hecho, si se ponía a pensar, todos sus amigos eran mucho mayores que él.

Esa mañana despertó con el sonido de su celular, era una llamada de Otabek.

—¿Qué? —respondió la llamada con su voz ronca. La saliva se le escurría por una comisura, los ojos apenas los podía abrir y su cabello era un caso perdido.

Pero su estado arisco se desvaneció cuando escuchó la voz grave y suave de su novio al otro lado de la línea.

—Buenos días, amor.

El corazoncito del ruso se aceleró a niveles peligrosos. Una sonrisa estúpida se formó en sus labios.

—No te quedaste dormido ¿Verdad?

Yurio rio.

—Gracias a ti, no.

—No te quitaré mucho tiempo, sólo quería desearte un buen inicio de clases. ¿Estás listo?

—Creo, tengo sueño —bostezó.

Otabek se lo imaginó, adorable. Sabía que su novio era un tierno desastre al despertar. Yurio era todo, menos una persona matutina, odiaba levantarse temprano y Otabek era todo lo contrario.

—Tengo que bañarme.

—Por favor.

—Ja… ja… —se talló los ojos y bostezó nuevamente.

—¿Me contarás cómo te fue?

—Sí.

—Hoy saldré del trabajo a las seis.

—Te llamaré entonces.

—Yo te llamo, Yura. Disfruta tu primer día.

—Lo haré.

—Pórtate bien y no intimides a los demás niños.

—¡Beka!

El kazajo soltó una risa ronca y divertida.

Así comenzó su primer día. Hubiera sido mejor despertar entre los brazos de su novio, pero eso ya sería mucho pedir.

Las clases dieron inicio, nunca lo iba a admitir, pero estaba algo nervioso por vivir su primer día en la universidad, en especial sin conocer a nadie.

Se sorprendió un poco al notar que había más alumnos de los que imaginó, y lo peor de todo fue que al ingresar al salón, todos lo reconocieron. El bullicio que había se detuvo cuando puso un pie dentro del aula ya concurrida. Todos lo miraron con cierto asombro y poco a poco empezaron los murmullos: "Es Yuri Plisetsky" "Sí, es él".

Yuri agarró con más fuerza el tirante de la mochila sobre su hombro, espetó un "tsk" y entró al aula sin demostrar lo nervioso que estaba. Se sentó en una butaca de enfrente, pues todas las demás estaban ocupadas, sólo esperaba que la incomodidad inicial desapareciera pronto.

—Yuri Plisetsky ¿No es así? —se sentó en la butaca de al lado con completa confianza. Yuri lo miró de arriba abajo con una mueca por completo despectiva, muy característica de él. El chico a su lado era alto, más que él, de tez pálida, muy bien parecido, cabello castaño claro y unos ojos miel muy llamativos.

—Sí —respondió escuetamente. Y el otro, al ver que no le preguntaba su nombre, se adelantó a decírselo.

—Yo soy Vladik, mucho gusto —le extendió la mano, gesto que Yuri dudó en corresponder, pero si quería hacerse de amigos, debía intentar no ser grosero. Así que aceptó y vio cómo el amable joven le sonreía.

Ese día fue el comienzo de una peculiar amistad.

El único en el aula que se tomaba confianzas con Yuri, era Vladik, los demás lo veían con infinita admiración, y otros, simplemente con fastidio por toda la atención que se robaba el rubio, incluso de los profesores.

Yuri ya no se sintió tan solo después de que comenzó a tomar ligera confianza con el chico. A menos tenía un amigo, y eso le daba cierta tranquilidad y comodidad. Poco a poco se fueron haciendo más cercanos. A Yuri le gustaba que su nuevo amigo no fuera un fanático loco por él, podían conversar civilizadamente y hasta tenían los mismos gustos en muchas cosas, incluyendo el animal print.

Con el paso de las semanas, Vladik y él se fueron haciendo más cercanos, tanto que, en las conversaciones con Otabek, el nombre del castaño salía a flote muy seguido.

—Te has vuelto muy cercano a él ¿No es así?

—Sí ¿Por qué? —espetó de mala manera y miró a su novio en la pantalla de su celular.

El kazajo lo miró con cierta seriedad, más marcada de lo normal.

—Lo has mencionado mucho últimamente.

—Tú mismo me dijiste que hiciera más amigos. Lo hice.

—¿Sólo Vladik?

—Sí.

Otabek no replicó más al respecto, se estaban poniendo de malas y no era bueno, no cuando apenas y hablaban unos momentos al día. No quería desperdiciarlos peleando con él.

—¿Vas a salir? —preguntó al ver que se recogía el cabello en una coleta y se esmeraba en verse bien.

—Sí.

El kazajo esperaba que le dijera más, pero no fue así. Entonces tuvo que ser directo.

—¿A dónde?

—Al cine. Vladik consiguió boletos gratis.

Otabek apretó la mandíbula, pero logró contenerse. Sí, estaba muy celoso.

—Amor —Yuri pareció notarlo—. Me dijiste que hiciera amigos, lo hice. Es un buen amigo, no tienes de qué preocuparte —se acercó a la cámara y lo miró de cerca—. Beka ¿Estás celoso? —preguntó, juguetón.

El aludido desvió la mirada un poco.

—Hey, tranquilo. En verdad, no tienes de qué preocuparte. Recuerda ¿Quién es mi novio?

Otabek esbozó una pequeñísima sonrisa, mientras sus ojos lo miraban profundamente.

—Ve, diviértete —suspiró.

—Te quiero —le dijo con una sonrisita antes de terminar con la llamada.

Como Vladik era el único verdadero amigo de Yuri en toda la universidad, salían muy a menudo. Otabek, desde Almaty, veía las fotos que Yuri publicaba cada vez que salía con su nuevo amigo, y en esas fotos el kazajo veía cosas que no le gustaban.

Desde el cumpleaños de Yuri, no se volvieron a ver. Eran novios, pero sus charlas se limitaban a unos minutos por día, por video llamada, y cuando sus horarios no coincidían, o cuando Otabek se ocupaba con el trabajo, no hablaban. Eso exasperaba un poco al ruso, quien entendía que su amado tenía en verdad una vida muy ocupada como para además llevar una relación a distancia, pero a veces lo extrañaba mucho, y a veces, no podía evitar hablar un poquito al respecto con su amigo.

—¿Estás seguro de que una relación así funcionará? —preguntó Vladik.

Yuri parpadeó confundido.

—Por supuesto. Y aunque no funcione, haré que sea así —respondió con mucha convicción.

—¿Aunque tengas meses de no verlo?

Yuri desvió la mirada. Él y su amigo habían ido a la cafetería en su hora libre, tomaban un café y comían galletas.

—Nos veremos el próximo mes en una boda.

—¿Y es seguro que irá?

—Claro que sí —apretó un puño. La verdad lo extrañaba mucho, y comenzar un noviazgo así, lo deprimía un poco.

Se sobresaltó un tanto al sentir una mano sobre la suya, era su amigo, apoyándolo.

—Todo irá bien —sonrió cálidamente—. Por lo pronto, vámonos a clase, se hace tarde.

Sentía una gran impotencia al saber la situación y además ver esas fotos. Confiaba en su novio, plenamente, pero estaba seguro que Yuri estaba siendo algo inocente e ingenuo en ese asunto. No se daba cuenta de la forma en que ese chico lo miraba. ¡Lo miraba con amor! Con un maldito y jodido amor que expresaba en cada una de sus fotos. Y entendía que ese tipo se sintiera atraído por su Yura, es decir, ¿quién no lo haría? Pero no podía permitirlo, su lado neandertal le pedía a gritos que no dejara que se metieran con lo que más ama.

Dejó el trabajo de lado y se fue a casa. Necesitaba consejo, y para eso hablaría con su padre.

—Altin —lo detuvo un compañero del trabajo—. El jefe necesita hablar contigo.

El aludido asintió con su característica seriedad y fue en busca de su jefe, jamás se imaginó que éste hablaría con él para darle un pequeño ascenso, ascenso que le impediría ir a la boda de Aleksi y Evgenia. Su novio se pondría furioso.

Pero estaba equivocado, no se puso furioso.

—Entonces… ¿No nos veremos en la boda?

—No.

—Entiendo, tu trabajo es absorbente y… —desvió la mirada, en esos momentos deseaba no estar en videollamada—…felicidades por el ascenso —intentó sonreír, pero no le salió bien.

—Yura… —fue interrumpido.

—¿Cuándo nos veremos?

—No estoy seguro.

—Está bien —se talló un ojo con la mano—. Otabek, tengo que ir a hacer tarea —apagó la cámara, pero no colgó la llamada.

—Yura…

—Hablamos después ¿Si?

No le dio oportunidad de responder, colgó la llamada.

En ese instante Yuri recibió un mensaje de su amigo:

"¿Salimos? Tengo hambre"

El ruso se limpió las lágrimas y respondió de inmediato:

"En frente del café de siempre, 15 minutos"

Cuando se vieron, el castaño lo notó un poco más irritado de lo normal, y no tardó mucho en adivinar qué era lo que sucedía.

—¿Problemas con Otabek?

—Sí, bueno no —se rascó la cabeza—. No lo veré en la boda, no irá.

—Vaya… —sonrió para sus adentros.

—En ese caso ¿Gustas que te acompañe?

—No —respondió sin titubear, luego se dio cuenta de que había sido algo agresivo—. Es decir, te lo agradezco, pero no creo que sea lo correcto.

—No te preocupes, piénsalo. Si cambias de opinión, me dices.

Yuri lo miró durante unos segundos, para finalmente suspirar y mirarlo suavemente.

—Gracias.

—Bueno ¿Vas a querer tu café o no?

El corazoncito del rubio se apachurró al escuchar la pregunta, sonó muy "Otabek" y eso sólo lo deprimió un poco. Odiaba sentirse así con respecto a su novio.

—De pronto se me quitó e hambre —suspiró.

—¿Quieres ir a algún otro lado?

Yuri se encogió de hombros, no tenía muchas ganas, pero al final lo terminó convenciendo de ir a patinar un rato, sí, Vladik también patinaba, aunque no tan bien.

—¡Cuidado! —exclamó el rubio cuando lo vio caer de sentón por enésima vez.

Vladik se echó a reír con ganas, dejándose ayudar por Yuri.

—Necesito clases privadas.

—Te urgen —le extendió la mano para ayudarle a incorporarse. Ajenos en todo momento de las Yuriangels que rondaban la pista pública. Quienes, sin desperdiciar oportunidad, tomaron cuanta fotografía pudieron.

Llevaban días viéndolo más serio de lo normal. Él nunca salía a comer con nadie y tampoco intercambiaba más palabras de las estrictamente necesarias, pero últimamente lo notaban un tanto disperso, molesto con todos, y eso sí que no era normal.

—Hey, Otabek. Iremos a comer ¿Quieres acompañarnos? —peguntó uno de los practicantes, como Otabek.

El aludido ni se molestó en pensarlo.

—No, gracias —volvió la mirada a su teléfono, al parecer observaba algo que lo ponía muy de malas.

—Si cambias de opinión, estaremos en el comedor —respondió gentilmente.

—Gracias —frunció más su ceño, sin despegar los ojos del celular.

Su enfado se debía nada más y nada menos a que descubrió las actualizaciones en los grupos de Yuriangels, había decenas de fotos de Yuri, acompañado siempre de su "Nuevo mejor amigo".

Había fotos de ellos en un café, en la calle, saliendo de la escuela. Había fotos de ellos ¡patinando!

Enojado, apagó su teléfono y prácticamente lo lanzó lejos. No soportaba ver esas fotos. Él solía ser muy tranquilo, y era sumamente difícil que perdiera la paciencia con facilidad, pero… esta vez no pudo contenerse, se trataba de su Yura, y éste no se daba cuenta de que ese chico lo miraba de una manera diferente, lo miraba como él miraba al rubio.

Con frustración, tomó su celular de nuevo, dispuesto a llamarlo. No habían hablado desde que le dio la mala noticia de que no podría asistir a la boda por asuntos del trabajo. Él se encontraba tan desesperado y mal anímicamente, que consideró la posibilidad de renunciar a sus prácticas en esa empresa para poder pasar tiempo con su Yura. Pues era increíble que desde que se hicieron novios no habían vuelto a verse. Además… estaba muy celoso.

Marcó el número que se sabía de memoria, el timbre sonó más veces de lo usual, eso lo hizo fruncir el ceño.

—¿Otabek?

Ah, ya no era "Beka".

—Yuri. ¿Estás ocupado?

—Un poco.

—¿Estás con Vladik?

—Sí, pero… —se alejó del micrófono y dijo algo que Otabek no entendió, había mucho ruido—… ¿Qué necesitas? —su voz se escuchó clara nuevamente, sin ruido de por medio.

—Nada, olvídalo —su tono más frío que nunca le cayó como balde de agua helada al rubio—. Vuelve con Vladik, no los molestaré más.

—No, espera ¿Estás enojado? —preguntó con total incredulidad.

Otabek suspiró pesadamente, parecía más bien un bufido de enfado.

—Sinceramente, sí.

No se podía guardar las cosas, el kazajo era así por naturaleza, prefería enfrentar los problemas desde el principio, aunque no siempre era lo más conveniente, no cuando estaba muy enojado.

—Oye, no tienes por qué enojarte. Él es mi amigo, y tú eres mi novio.

—Pareciera todo lo contrario.

—¿Qué? —no podía creer lo que escuchaba—. ¿En serio eres tú, Otabek? —chasqueó la lengua—. Estás celoso ¿No es así?

—Sí.

—¿Sabes? No tienes por qué sentirte así. Vladik sólo tiene interés en mujeres, no debes de preocuparte —no pudo enojarse con su novio, si los papeles estuvieran invertidos, él estaría sumamente alterado por los celos.

—¿Eso te dijo, que sólo le gustan las mujeres? Ja…

Ese tonito no le gustó a Yuri.

—¿No me crees? —se ofendió.

—A ti, sí. A él, no. Sólo tienes que fijarte en cómo te mira en cada foto, es obvio que tiene un interés profundo en ti, además, no me da buena espina.

Yuri no podía creer lo que escuchaba.

—Yo… no sé cómo responder a eso —después de esa respuesta, se hizo un largo e incómodo silencio.

Otabek se masajeó el puente de la nariz con hastío.

—Yuri, vuelve a lo tuyo, hablamos luego.

—¿Luego? ¿En la boda? Ah… es verdad, no irás.

Eso sonó tan infantil que Otabek estuvo a punto de responderle al mismo nivel, pero se contuvo, recordó que era mayor y debía poner el ejemplo.

—Hablaremos luego.

—Quién sabe, quizás debería de invitar a Vladik. Ya sabes, con eso de que le gusto tanto, no dirá que no.

Estaba tentando a su suerte, lo sabía, pero su actitud pasiva-agresiva no se detuvo.

Otabek apretó el teléfono entre sus dedos, con demasiada fuerza.

—Haz lo que quieras —espetó entre dientes antes colgar la llamada. Yuri se esperaba cualquier cosa, menos esa reacción. Le sorprendió y enfureció tanto, que volvió a la fiesta en la que estaba, jaló del brazo a su amigo y se tomaron muchas fotos que luego subió a las redes sociales.

Después de esa llamada, no volvieron a tener contacto en varias semanas. El orgullo de los dos era muy grande en esos momentos, y lo único que hacían era perjudicarse a sí mismos. Los dos estaban deprimidos por la situación, pero no daban su brazo a torcer.

La fecha de la boda de Alexei y Evgenia se acercaba cada vez más. Yuri obviamente no le pidió a su amigo que lo acompañara, a pesar de que éste se ofreció en repetidas ocasiones. El enfado entre ambos no desistió, así que el ruso terminó yendo solo a Vladivostok. Y el primero en darse cuenta de que algo no andaba bien, fue Yuuri.

—¿Pasa algo con Otabek? —notó cómo se tensó. Había acertado.

—No —evitó que viera su rostro, parecía estar debatiéndose internamente entre abrirse con él o no—. Bueno sí —suspiró y lo miró a los ojos por primera vez en mucho tiempo—. No es nada grave, sólo estoy enojado con él porque últimamente se ha comportado algo... celoso. Tener una relación a distancia no es nada fácil —bufó con fastidio.

—Vaya que no —sonrió cálidamente, dándole la confianza a Yurio de proseguir.

—Lo más extraño es que jamás imaginé que él fuera de esos.

—¿"Esos"?

—Sí, de esos novios celosos —gruñó—. Bueno, aunque ahora que lo pienso bien, es algo lindo —sus mejillas se tornaron un poco rosadas—. Pero desde que entré a la universidad ha estado algo tenso con el asunto de mis amigos y de con quién me junto.

—Es normal.

—Fue por culpa de sus celos que tuvimos una discusión y no vino.

—¿Tan grande fue la discusión?

El aludido respondió encogiéndose de hombros.

—No fue tan grande, de hecho nunca lo hacemos, por eso me siento tan extraño —suspiró—. De todas formas tenía un compromiso en Almaty, y no iba a poder venir, aunque pudo haberlo postergado si hubiese querido —el pobre ya no se entendía ni a sí mismo.

Yuuri lo miró pensativamente durante unos momentos, reflexionando y tratando de entender lo que sentía. En algún momento no muy lejano, Yurio fue su hombro para llorar y su persona de buenos consejos, poco importaba que se llevaran ocho años de diferencia, ambos eran como hermanos en ese sentido de apoyarse mutuamente sin que el otro lo pidiera

—Ustedes no habían estado separados tanto tiempo desde que su relación se hizo tan estrecha. Siempre estaban juntos, tanto que hicieron que Chris se pusiera celoso —rio al recordarlo—. Es normal que atraviesen por estos problemas, pero no cometan los mismos errores que Viktor y yo cometimos. Tengan buena comunicación, hablen sobre esto y te aseguro que sus celos disminuirán. No lo justifico, pero lo entiendo. Él es tu primera pareja formal y teme que encuentres a alguien mejor que él en la universidad. Se debe de sentir impotente y nervioso al estar lejos y no poder evitar que comiences a comparar tu relación con él a la que podrías tener con alguien en San Petersburgo.

—¡Nunca podría encontrar a alguien mejor que él! ¡Mierda! ¡Lo que pudiera tener con cualquier conocido en mi ciudad ni siquiera se compararía a lo que Beka y yo hemos tenido! ¡Nunca! —se exaltó, atrayendo la atención de todos, incluso Phichit le puso pausa a "Chandelier" de Sia.

—Vaya, el niño extraña a su novio.

—Cállate Chris —espetó de mala gana el aludido.

Viktor y Masumi llegaron con las bebidas y el primero, al haber notado desde momentos antes que Yurio se había abierto con Yuuri, volvió a poner la música para que Phichit y Chris siguieran cantando.

—¡Margaritas! —exclamó el suizo con emoción al ver a su novio entregándole una bebida.

Todos bebieron mientras Yuuri y Yurio continuaban su charla. De pronto Makkachin se les unió, subiéndose al regazo del más joven y repartiéndole besitos en el rostro, como si supiera que no se encontraba bien anímicamente.

—¿Y ya se lo has dicho?

—¿Qué? —espetó con rudeza, aún enfadado.

—Lo que me dijiste hace unos momentos ¿Él sabe todo aquello?

—Sí, bueno... quizás nunca se lo he dicho así, pero...

—Tal vez por eso se pone celoso. Necesitas externar tus sentimientos un poco más.

Yurio no respondió, entendió y supo que tenía razón.

—¿Lo vas a intentar?

—Sí. De todas formas... Estoy molesto con él por no haber venido. Pudo haber postergado o cancelado el compromiso que tenía, pero no —rodó los ojos—. Hubiera sido una buena oportunidad para estar juntos —estaba triste y enojado.

—Ánimo, ya lo verás pronto —palmeó su espalda, y justo en ese momento pasó Chris frente a ambos, ofreciéndoles bebidas.

Yuri eligió una canción y la cantó con mucho sentimiento. No tenía buena voz para cantar, pero en esa canción no fue necesario, en especial en las partes donde prácticamente era rap. La canción "Believer" de Imagine Dragons fue perfectamente interpretada por el vándalo ruso. Aunque la situación fue más bien cómica cuando empezó a bailar un poco, mareado y tambaleándose.

Cuando terminó, todos lo miraron con ojos muy abiertos. El rubio le quitó un caballito de tequila a Chris y se lo tomó de golpe. Empezó a actuar tan extraño que Phichit tomó su teléfono y comenzó a grabar.

—Maldito Beka, nada le hubiera costado venir conmigo.

—¿Por qué querías que viniera contigo? —inquirió el tailandés, grabándolo sin que se diera cuenta.

—Porque tenemos mucho de no vernos y lo extraño... extraño mucho a Beka —bajó el rostro y su expresión se volvió más seria y nostálgica—. Si no hubiéramos peleado, ahora mismo estaríamos aquí, juntos, cantando —gruñó—. Estúpido Otabek, ni siquiera me ha mandado un mensaje. Estúpido, estúpido, estúpido.

—No seas así, él es muy bueno contigo.

—Tú cállate, cerdo. No todos somos como tú y el viejo como para soportar meses sin sexo.

Todos aguantaron una carcajada al verlo actuar bajo los efectos del alcohol, más todavía al percatarse de que Phichit grababa cada palabra y gesto.

—¿El sexo con Otabek es bueno? —inquirió el tailandés.

—¿Que si es bueno? ¡Por Dios! Es increíble —sus ojos se oscurecieron un poco, viéndose lujuriosos y un tanto pervertidos.

—Vaya, Yurio dejó de ser un gatito virgen —canturreó Viktor. En otras circunstancias se habría escandalizado, en especial porque apenas era mayor de edad y por el hecho de que para él siempre sería un pequeño niño. Pero en esta ocasión lo dejó pasar, quizás el alcohol, o su felicidad al estar de nuevo con Yuuri, quién sabe.

—Yurio, dime ¿Amas a Otabek? —inquirió Phichit, no iba a desaprovechar la oportunidad de grabar aquello.

—Es el amor de mi vida —soltó en un leve suspiro cargado de emoción—. Nunca amaré a alguien como él, aunque se ponga tan celoso a veces.

—¿Otabek la tiene grande?

—¡Christophe! —su novio le dio un leve codazo, pero Giacometti sólo se rio entre dientes.

—¿Qué cosa? —el pequeño rubio estaba confundido.

—¡Su miembro! ¿Pues qué más?

—Ugh... —Yurio hizo una mueca indescifrable—. Demasiado... digamos que... —arrastraba las palabras—...algo así, más o menos —señaló el tamaño con sus manos.

Todos los demás casi se van de espaldas, esperaban que fuera sólo un error, de lo contrario... cielos.

—¿Quién es el pasivo? —inquirió Chris. El resto aguantó la risa. Sabían que no estaba bien aprovecharse de Yurio en esas condiciones, pero es que era inevitable.

—¡Qué te importa! —exclamó con un sonrojo que le llegaba hasta las orejas.

—Ya nos quedó claro que eres tú —se burló Viktor.

—¡Cállate anciano! Que a ti bien que te gusta que te follen.

—Corrección, le gusta que YO lo folle, nada más —aclaró un Yuuri demasiado desinhibido, si tan sólo supiera que estaba siendo grabado—. Y él me folla a mí —sonrió de oreja a oreja, como si estuviera hablando de su comida favorita.

—De eso no tenemos duda —rio Chris.

—Yurio, ¿No te dolió cuando tú y Otabek lo hicieron por primera vez? —preguntó Phichit con mucha curiosidad.

—Hasta el alma...

Una canción chistosa sonó en todo el departamento. Yurio sacó su celular del bolsillo con una expresión inigualable y miró el mensaje en su pantalla, con los ojos verdes brillando de emoción.

—¡Otabek! ¡El estúpido me mandó un mensaje! ¡Oh... Beka! —parecía colegiala enamorada.

El resto trató de aguantar sus carcajadas al verlo actuar tan... tan opuesto a lo que siempre era.

—¿Y qué dice? —preguntó Phichit entre risas, muy a penas se podía contener. En ningún momento dejó de grabar.

—No te voy a decir —puso una cara tan tierna y traviesa que conmovió a más de uno. Y como loco se puso a teclear en su teléfono, ignorando el hecho de que iba murmurando cada palabra que escribía—. Está bien, pero te costará caro. Quiero que me hagas aquello que me hiciste con la boca —soltó risillas traviesas al mandar el mensaje.

Después de tanto tiempo sin hablarse, Otabek había terminado cediendo, mandándole un mensaje y pidiéndole que lo disculpara, que necesitaba hablar con él. Jamás esperó que cuando le respondiera la llamada estaría tan… ¿ebrio? No estaba seguro, se oía extraño. Y el mensaje que le había mandado como respuesta era tan extraño ¿Le estaba pidiendo favores sexuales?

Lo que Otabek no supo, fue que su novio soltó un gritillo lleno de emoción antes de responder la llamada y decirle:

—¡Beka! Hola, al fin llamaste, estúpido.

—Yuri ¿Estás bien? ¿Bebiste? Suenas ebrio.

—No, Otabek, no estoy ebrio —se dio media vuelta, se alejó de todos, hablando y sonriendo como bobo.

—Te escuchas algo sentimental. ¿Te pones así cuando bebes?

—¡No me pongo sentimental cuando bebo! ¡Claro que no!

Otabek lo había llamado para solucionar los problemas de su relación, jamás se imaginó que estaría borracho, era divertido. Se iba a aprovechar un poco de eso.

—Parece que sí, Yura.

—¡Hey! Tonto ¿Por qué no me habías hablado antes?

—¿Por qué no me hablaste antes? —regresó la pregunta.

—Porque eres un estúpido por tener celos de Vladik.

El kazajo suspiró.

—No hablemos de él. Mejor… —sonrió levemente—…platícame qué haces. No, antes que nada —se alarmó—. ¿Dónde estás? Y con quién.

—¿Ya vas a empezar de celoso otra vez? —se molestó.

—No, lo pregunto porque estás ebrio, nunca habías estado ebrio —se alarmó—. ¿Dónde estás?

—En el departamento de Viktor, es la despedida de su hermano.

La tranquilidad volvió al kazajo.

—¿Y qué haces?

—Te extraño, Beka, te necesito —se puso sentimental.

—Sentimental —se burló.

—¡Cállate! —se tumbó sobre el colchón de la habitación de Viktor.

Beka soltó una risita muy pequeña que sólo le afloraba cuando se trataba de Yuri.

—Yuri, quizás olvides esto en unas horas, pero ¿Me perdonas?

—¿Exactamente por qué te estás disculpando?

—Por los celos, que, admito no deberían controlarme así. Y también por no haberte buscado antes.

Los ojos verdes se llenaron de lágrimas gruesas y dramáticas.

—Beka… perdóname, yo también debí haber llamado, perdón. Y no invité a Vladik a la boda, jamás podría, lo dije porque estaba enojado —hablaba atropelladamente.

—Está bien, tranquilo Yura —dijo suavemente, deseaba poder estar ahí para calmar su llanto.

—Beka.

—¿Sí?

—¿Me harás ese favor?

—¿Cuál?

—Eso… lo que hiciste con tu boca en la cabaña. Cuando tú… —fue interrumpido.

—Oh ya, ya —se llevó una mano al rostro, algo avergonzado—. Si tú así lo quieres, así será.

—Pero para eso tenemos que vernos, quiero verte. Ven ahora.

—¿Ahora mismo?

—Sí —hizo un tierno puchero.

—Yura… lo siento, no puedo.

El pobre se echó a llorar. Eso partió el corazón del kazajo.

—Pero ¿Sabes qué?

Yuri no respondió, seguía llorando.

—Pronto nos veremos, y pasaremos un tiempo muy especial.

—¿En serio? —se sorbió la nariz.

—En serio. Y en algún tiempo… —no supo si decirlo o no—…viviremos juntos, estaremos casados y con hijos —se arriesgó a decirlo, total, no recordaría nada al día siguiente.

—¡¿Qué?! ¡¿En serio?!

—Si no es contigo, con nadie más —dijo muy en serio.

—¿Te quieres casar conmigo?

—Sí.

—¿Quieres que tengamos hijos?

—Sólo los tendría contigo.

El rubio soltó un gritillo emocionado.

—Yo también quiero hijos, me gustan mucho los niños —suspiró.

—Vaya, eso no me lo esperaba —se burló.

—¿Pero quién los va a tener? ¿Tú o yo?

—Yura, amor —rio—. Estás muy borracho.

—Yo no quiero tenerlos. ¿Tú los tendrás?

—No, amor. Adoptaremos.

—¿No quieres hijos propios?

El kazajo suspiró.

—Amor ¿Qué tomaste?

—¡Margaritas! —se echó a reír como loco.

Otabek hizo nota mental: Las margaritas quedaban reservadas para momentos exclusivos.

—Beka, tengo sueño —bostezó.

—Duerme, aquí me quedaré hasta que duermas.

—¿Seguro?

—Lo prometo.

—Bien… platícame algo.

—¿Cómo qué?

—Dime lo que quieras.

—Te diré cuánto te amo.

Las mejillas del rubio se pusieron rojas.

Otabek aprovecharía y diría lo que saliera de su corazón.

—Y si me pongo celoso de tu amigo es porque no soportaría que alguien te apartara de mi lado.

—Nadie lo hará, tontito —rio.

Eso le dio tranquilidad a Otabek.

—Nadie es tan cool ni sexy como tú.

Ahora fue el turno de Otabek para sonrojarse.

—¿Eso piensas de mí?

—¡Pero claro que sí! aún no sé cómo me elegiste. Mi mal humor no lo soporta mucha gente, tampoco soy muy… atractivo. En cambio tú… —fue interrumpido.

—Yuri Plisetsky, repetiré lo que le dije a mi padre cuando te conoció: "Se merece el universo entero y me eligió a mí".

Hubo un largo silencio, pensó que Yuri se había quedado dormido, pero…

—¡Otabek! —comenzó a rodar de un lado a otro en la cama—. Idiota, tonto ¡¿Cómo dices eso tan así como así?!

—Es la verdad.

—Es que… eso debería decirlo yo de ti —se calmó un poco—. Gracias por elegirme.

—Gracias por aceptarme.

—Idiota.

Otabek rio un poco.

—Te amo.

No obtuvo respuesta, en su lugar, un ronquido muy conocido hizo acto de aparición.

—Te amo, Yura —susurró muy quedito antes de terminar la llamada.

Al colgar, una paz increíble inundó su corazoncito. No soportaba estar peleado con su amor. Sólo esperaba que no olvidara todo al despertar.

Y no fue así, logró recordar al menos que se habían reconciliado, y eso fue bueno, pues su relación a distancia volvió a ser como antes. Sin embargo, Otabek seguía notando cómo su amado salía a comer y a pasearse con su "amigo". Sinceramente se le revolvía el estómago cada vez que veía fotos de ambos. Yuri ya no subía nada de él a sus redes sociales, pero ese chico sí que lo hacía.

El kazajo prefirió no insistir en el tema, dejaría que su amado se diera cuenta solito. Ese chico lo quería, y no como el rubio se imaginaba. Y Yuri terminó dándose cuenta de ello una noche, poco después de la boda a la que no asistió.

—Soy pésimo patinando —aceptó el castaño, tambaleándose sobre el hielo de ese lago congelado.

—O quizás yo soy un mal maestro —replicó el rubio, patinando como todo un profesional y sin dificultad alguna.

—No, no eres mal maestro —alcanzó la mano de Yuri y la tomó entre la suya. El aludido miró la unión de ambas manos sin entender lo que hacía.

—¿Qué ocurre?

—Quiero agradecerte por darme estas clases privadas —arrastró sus labios en una sonrisa tremendamente sexy, sus perfectos dientes blancos relucieron con la luz de las farolas ahí cerca.

—Uhm… sí, de nada —alzó una ceja, intentando zafarse del agarre sin ser tan grosero, pero Vladik lo tomó ahora de ambas manos.

—Yuri.

—¿Si?

—No te has dado cuenta ¿verdad? —sus ojos miel brillaron al mismo tiempo que sus mejillas se tornaban rosadas. Se vería adorable ante los ojos de cualquiera, menos de Yurio.

—Uhm… —miró la unión de sus manos y sus ojos miel simultáneamente, entendiendo un poco y rogando que no fuera lo que creía que era—. No ¿Cuenta de qué?

De pronto dejó de tambalearse, su equilibrio mejoró y se deslizó hasta quedar cerca de Yuri, demasiado cerca.

No dijo nada, tomó ambas mejillas de Yuri y se inclinó sobre él para robarle un dulce y tierno beso en los labios. El rubio se quedó congelado en su sitio, no supo qué hacer o cómo reaccionar. Su cerebro comenzó a trabajar a mil por segundo, orillándolo a empujarlo lejos de él. Vladik se deslizó un poco lejos de él debido al empujón. En su expresión se denotaba la decepción y vergüenza al verse rechazado de esa forma.

—¡¿Pero qué te ocurre?! —se limpió los labios con la manga de su chamarra—. Imbécil. —casi escupió la palabra.

—Yuri, déjame explicarte.

—No hay nada qué explicar —se dio media vuelta, alejándose hacia la orilla.

—¿En serio no te habías dado cuenta? —preguntó, a sus espaldas.

El rubio no detuvo su andar, llegó a la orilla del lago y salió para cambiarse los patines por sus zapatos.

—¡Yuri! —le llamó, deslizándose hábilmente por el hielo hasta llegar a la orilla.

—Increíble, incluso mentiste sobre no saber patinar bien.

—Quería pasar tiempo contigo —se disculpó—. Lo siento —también salió del hielo e intentó detenerlo, no quería que se fuera así—. Yuri, yo te quiero —lo tomó de los hombros y Yuri por un segundo se detuvo, lo miró a los ojos, con su mirada severa de un soldado.

Al ver que lo escucharía, Vladik continuó.

—Yo te quiero, sé que tienes novio, pero… —rio un poco—. Eso no es un noviazgo, no lo has vuelto a ver desde que se hicieron novios. Lo que yo te ofrezco es un cariño genuino, cerca de ti. Saldremos todos los días, me tendrás a tu lado siempre que me necesites. Yuri, yo te quiero en serio —lo tomó de las manos unos momentos antes de aprovechar su altura para inclinarse sobre él y robarle otro beso. Pero Yuri dio un paso hacia atrás.

—¡Deja de hacer eso! —dio un par de pasos más hacia atrás. Aún traía sus patines, el suelo era irregular debido al lodo y la humedad, así que se le dobló fácilmente un pie y terminó en el suelo.

—¡Yuri! —se inclinó de inmediato para ayudarlo—. ¿Estás bien? —se preocupó genuinamente.

—Sí —ignoró el palpitante dolor en su articulación—. No, déjame —ignoró la mano que el otro le ofrecía.

Vladik se sentó a su lado, importándole poco que se llenara también de lodo.

—Por lo menos piensa un poco en lo que te he dicho —lo miró, suplicante. De nuevo se atrevió a tomar su mano.

—Vladik, mira —se llevó una mano al puente de la nariz, desesperado y tratando de reunir paciencia, no quería herirlo más—. Yo amo a Otabek, él es mi novio. Agradezco tus sentimientos por mí, pero… ¡¿Qué mierda?! —espetó cuando el joven se echó encima de él, inmovilizándolo de las muñecas y sentándose sobre él—. ¡¿Qué demonios haces?!

No, Vladik no estaba acostumbrado a recibir un no por respuesta, y esta vez no sería la excepción.

—Yuri Plisetsky —sonrió con un brillo peligroso en sus ojos miel—. Ya que no quieres pensarlo, te daré una muestra de lo que podríamos hacer si estuvieras conmigo, alguien que no está a miles de kilómetros —se burló un poco.

—Hey, no. Espera ¿Qué haces? ¡Aléjate! —se removió como una oruga bajo el pesado cuerpo de su amigo. Lo tenía completamente inmovilizado y eso lo frustraba por completo.

El pobre se estremeció de pies a cabeza cuando sintió un beso húmedo en su cuello. No, no, no. Ese sitió sólo le pertenecía a su novio, no a ese bastardo. Los nervios se le crisparon cuando el otro pegó su pelvis a la suya.

—¡Basta! —gritó con fuerza. Miró a todos lados en busca de ayuda.

—No pierdas el tiempo, no hay nadie cerca. Me aseguré de ello —besó y mordió su cuello con más fuerza de la necesaria.

Si Vladik no fuera tan alto y pesado, ya se lo habría quitado de encima, pero lo había tomado desprevenido y además herido. Se removía con todas sus fuerzas, pero el otro parecía no ceder. Se dio cuenta de que temblaba con frenesí cuando Vladik se le separó unos segundos para apreciar su rostro lleno de espanto.

—No tengas miedo, Yuri —sonrió—. Si supiera que no me vas a noquear en la primera oportunidad, soltaría una de tus manos para acaríciate —suspiró dramática e innecesariamente—. No hay remedio —se inclinó hasta besar sus labios, intentó introducir su lengua a la boca del rubio, y lo consiguió, pero sólo para recibir una mordida que jamás en su vida olvidaría—. ¡Dmnios! —espetó, apartándose un poco, pero sin soltarle las manos. Le había dolido hasta el alma. Y cuando miró al rubio, notó rastros de sangre también en su boca. Pero lo que Yuri no sabía, era cuánto se había excitado el otro al verlo despeinado, agitado y con esa expresión de furia en su rostro bonito.

—Jódete —escupió, literalmente. Llenando el rostro del otro con saliva y sangre.

El aludido soltó una risa amarga.

—No, yo te joderé a ti —lo tomó con más fuerza, haciendo que el pobre se quejara de dolor, casi sentía crujir sus muñecas.

Logró tomar ambas muñecas con una mano para abrirse el pantalón con la otra.

—No. No lo harás —comenzó a retorcerse con más fuerza, pero no pudo. Su cuerpo trémulo le impedía usar toda su fuerza. Tenía mucho miedo.

Por su mente pasaban una y otra vez las palabras de su novio, las advertencias que le dio y que él nunca quiso escuchar. Había sido un imbécil. ¡¿Por qué no lo había escuchado!?

—Beka…—murmuró en un sollozo muy adolorido, sintiendo la asquerosa mano del tipo acariciándolo.

—¿Qué dijiste? —frunció el ceño—. Oh… no, no, no. No llores.

—No hay necesidad de hacer esto. Vladik, tú no eres así.

—Shhh —puso un dedo sobre sus labios temblorosos.

—Con un demonio ¡Déjame ir! —exigió, forcejeando. Se removió tanto que casi logró zafarse, incluso logró darle un rodillazo en la entrepierna, pero fue muy leve debido a su posición, sin embargo, el otro tomó represalias. Con un pie pisó el tobillo malo del rubio, haciéndolo gemir de dolor, sollozando y viéndose derrotado.

—No te irás hasta que te tenga.

Yuri cerró los ojos, no podía detener sus gruesas lágrimas, se estaba resignando.

—No tendrás nada, hijo de perra.

Abrió enormemente sus ojos al escuchar esa voz. ¿Había sido una alucinación? No, no lo era.

Los puños se le crisparon antes de poder pensarlo siquiera. Aquel héroe sintió cómo la sangre fluyó hasta sus puños, impulsándolos hacia delante hasta estamparse contra la cara de ese malnacido. Su cuerpo entero se tensó. Imaginó el cuello de Vladik rompiéndose entre sus manos. Estaba tan furioso que quería abrirle la cabeza contra cualquier roca y derramar sus sesos.

Yurio, asombrado, vio que Vladik yacía en el suelo a unos metros. Frente a él, estaba un joven vestido de negro. Sólo veía su ancha espalda, pero eso le bastó para saber que era su héroe kazajo.

Otabek había llegado a rescatarlo.

Aún en el suelo, y prácticamente congelado por el miedo, vio cómo su novio le dio una merecida paliza al castaño. No podía describir lo que sentía. Un inmenso alivio lo invadió, el alma le regresó al cuerpo. Ahora estaba a salvo.

De pronto se perdió en tiempo y espacio, con su mirada ausente, yacía en el suelo, temblando ligeramente y ajeno a los gritos de dolor de su compañero de clase.

No fue consciente de lo que lo rodeaba sino hasta que Otabek apareció en su campo de visión, muy agitado y con una expresión de angustia que jamás le había visto.

—Yuri, oh Yuri —lo tomó de los hombros y lo levantó un poco del fango. Escaneó todo su cuerpo, asegurándose de que estuviera bien.

El rubio lo miraba ausentemente, hasta que terminó reaccionando.

—Otabek… —se echó a los brazos de su novio. Éste le correspondió con mucha fuerza, sintiéndose culpable por no haber llegado antes. Yuri comenzó a llorar en silencio, pero con mucha fuerza. Lágrima tras lágrima salía sin parar.

—Tranquilo, estoy aquí, estás a salvo —lo sintió helado y tembloroso—. ¿Estás herido?

El rubio no respondió, así que lo tomó de ambas mejillas y alzó su rostro, mirándolo de cerca.

—Amor, ¿Estás herido? —preguntó con todo el tacto posible.

—No —respondió sin pensar—. Vámonos de aquí, por favor —casi suplicó.

El kazajo miró de reojo hacia un lado. El castaño estaba aún en el suelo, se aseguró de dejarlo consciente, pero lo suficientemente herido y golpeado como para que no pudiera levantarse de ahí en horas.

—Vámonos —se incorporó y ayudó a que su novio hiciera lo mismo, pero éste no pudo, todo su cuerpo temblaba con brusquedad.

—Lo siento, yo… —seguía llorando—…no sé qué me pasa. Demonios —masculló entre dientes, limpiándose las lágrimas con odio. Sus piernas no le respondían por el miedo que aún corría por su cuerpo.

—Yura, amor —se inclinó sobre su amado y lo tomó de las mejillas para que lo viera fijo a los ojos—. Ahora estás a salvo, estás conmigo.

Poco a poco su cuerpo se fue tranquilizando. No quería ser cargado, así que esperaron a que se calmara lo suficiente como para ponerse de pie, pero cuando lo hizo, su pie lastimado le reclamó al instante. Se volvió a sentar de inmediato sobre la tierra húmeda. Otabek le quitó los patines y vio la inflamación en uno de sus tobillos. Sin dudarlo, le puso los zapatos, se echó los patines al hombro y lo cargó entre sus brazos al modo "princesa".

—Beka…

—No, te voy a cargar aunque no quieras —espetó antes de emprender la marcha hacia la calle más cercana. Pidió un taxi y fueron rumbo al hospital más cercano.

—No… —murmuró en medio del cálido abrazo que le daba su novio dentro del taxi—. No quiero ir al hospital.

—Iremos —lo rodeó más con sus brazos.

Y así fue. Llegaron al hospital más cercano. Otabek entró a urgencias con su novio en brazos. Los atendieron rápidamente.

—No hay evidencia de fractura, pero recomendaría tomar una radiografía para descartar la posibilidad —sugirió el médico.

Otabek asintió. Mientras tanto, Yuri estaba sentado en la camilla de urgencias, abrazándose a sí mismo y con la mirada perdida en algún punto desconocido.

El kazajo no soportaba verlo así.

—Yura… —se acercó a él hasta sentarse en el borde de la camilla.

Yuri no dijo nada, simplemente se pegó a él como si la vida se le fuera a ir si no estaba cerca de él.

—Abrázame. No digas nada, sólo abrázame —suplicó con la voz trémula y cansada.

Otabek accedió a su petición. Lo abrazó y le dio pequeños mimos, limpiando los restos de lodo que tenía en el cabello. Yuri recargó su cabeza sobre su hombro y descansó unos momentos antes de que se lo llevaran a radiografías en una silla de ruedas. En ese momento el kazajo aprovechó para llamar al abuelo y decirle dónde estaban, no tardó ni diez minutos en aparecer ahí. Para cuando Yuri regresó al cubículo, vio a su abuelo y…

—¿Por qué lo llamaste? —miró a su novio con enojo. Aún estaba algo alterado.

—Yuratchka ¿Qué pasó? —lo miró con verdadera preocupación.

—Nada —desvió la mirada, alterado. Y entre una enfermera y Otabek lo subieron de nuevo a la camilla.

—Se dobló un tobillo al pisar la tierra con sus patines.

—Oh Yuratchka —su abuelo se acercó y le puso una mano sobre sus desordenados cabellos—. ¿Y Vladik?

—¡No lo menciones! —cerró los ojos fuertemente.

—Se pelearon —respondió el kazajo.

—Bueno, lo importante es que estarás bien.

Yuri miró a su abuelo y a su novio, y finalmente asintió.

El médico no tardó mucho en volver y decirles que era un simple esguince de primer grado, sólo necesitaba una férula por semana y media, y un montón de analgésicos. Salieron pronto del hospital y se fueron en la camioneta del abuelo a casa. Yuri se quedó dormido durante el camino. Otabek lo tomó en brazos de nuevo y lo llevó hasta su cama, donde, al depositarlo con cuidado, despertó.

—Beka, duerme conmigo, por favor —suplicó con su voz ronca y dolida.

—Lo haré —besó su frente—. Pero vamos a quitarte esa ropa sucia antes que nada —encendió la luz del cuarto y se tomó el atrevimiento de buscar en sus cajones. Halló un pijama y regresó a la cama donde Yuri lo esperaba sentado y mirando el suelo. Estaba condenadamente frágil, odiaba verlo así, le dolía el corazón—. Levanta los brazos —le pidió con suavidad para poder quitarle la camiseta. Yuri hizo caso, sintiéndose extrañamente cohibido. Pero entonces Otabek se dio cuenta del motivo, descubrió lo que había estado ocultándole a todos hasta el momento:

En sus muñecas estaban las marcas púrpuras rojizas de los dedos del maldito. Contrastaban demasiado con su nívea piel.

—Yuri… —fue interrumpido.

—Es repulsivo ¿no es así? Yo soy repulsivo —se puso rápidamente la parte superior del pijama. Otabek se quedó sin palabras por primera vez—. Debí de haberte hecho caso ¿por qué no lo hice? —sollozó. No quería llorar, se mordía los labios tratando de reprimir ese fuerte sollozo que venía desde muy profundo.

El kazajo no dijo nada, tomó sus manos y besó cada una de sus muñecas.

—No eres repulsivo, jamás podrías serlo —lo miró a los ojos, pero la mirada esquiva del rubio no se lo permitía del todo—. Yuri, mírame —pidió con suavidad—. No eres repulsivo —le dijo cuando al fin lo miró.

Sus ojos ya rojos e hinchados, soltaron más lágrimas. Otabek limpió cada una de ellas con un inmenso cariño lleno de comprensión.

—Ven, ponte de pie, te ayudaré a ponerte el pantalón.

Yuri asintió, y con ayuda de su novio logró estar al fin en su cómodo pijama.

El mayor intentó acomodar un poco su cabello, pues estaba algo enmarañado, pero al hacerlo vio algo que le heló la sangre. Había una marca de dientes en la nívea piel de su cuello. Se veía rojiza y dolorosa. De inmediato entendió lo que era.

Se levantó en un movimiento colérico, comenzó a caminar por la habitación de un lado a otro, no podía contener sus ganas de querer volver a ese lugar y patearle de nuevo el trasero a ese mal nacido, no, quería molerlo a golpes hasta que perdiera la conciencia. Estaba tan enojado que comenzaba a perder la cordura. Su furia iba en aumento, y es que, saber lo que su novio experimentó… le hacía hervir la sangre. Ese maldito no tenía derecho, no lo tenía.

Volvió en sí cuando sintió una pequeña y fría mano entrelazando los dedos con los suyos.

—Beka, amor —su voz suave y temblorosa lo hizo reaccionar. Lo miró y todo enfado se fue, dando lugar a una preocupación muy grande—.Vamos a dormir, por favor. Estoy agotado.

El kazajo le besó la frente y lo ayudó a volver a la cama sin que apoyara su pie herido.

Se metieron a la cama, Yuri le pidió que lo abrazara desde atrás, rodeándolo protectoramente con sus brazos. Eso lo hizo sentir muy seguro, además, sentía su aroma muy cerca, eso lo tranquilizaba demasiado.

—Perdóname —murmuró el kazajo.

—¿Por qué?

—Por no haber llegado antes.

—Soy yo quien debería pedirte perdón, no te hice caso y estas son las consecuencias. Además, llegaste justo a tiempo —se giró entre sus brazos para verlo de frente—. Si no hubieras llegado en ese momento…

—Ni lo digas —suspiró. Estaba aún muy angustiado, su ceño fruncido lo demostraba.

—Pero llegaste justo a tiempo, amor, en realidad no me pasó nada —fue el turno de Yuri de poner su mano sobre la mejilla de su novio, éste se estaba culpando por lo sucedido, y no debía de ser así.

—Pero… —fue silenciado con un dulce beso, un tanto titubeante.

—Nada ¿De acuerdo? —esbozó una pequeña sonrisa. Eso reconfortó el alma del kazajo.

—Se supone que soy yo quien debe de consolarte.

—Deberías —rodó los ojos. Intentaba volver a su carácter de siempre, Otabek notaba el esfuerzo que hacía para ello.

—Eres admirable, Yuri Plisetsky, admirable y tan valiente —acomodó un mechón rubio y rebelde tras su oreja.

El aludido sonrió, pero su sonrisa se deformó en una extraña mueca debido al inesperado llanto.

—No lo soy —se le quebró la voz—. No lo soy —hipó, escondiendo el rostro en su pecho.

—Claro que sí —acarició su espalda reconfortantemente y besó su cabeza.

Yuri lloró largo y tendido, hasta que se dio cuenta de que no podría dormir, fue ahí cuando se hizo por primera vez una pregunta.

—Beka ¿Qué haces en Rusia?

El aludido sonrió de lado.

—Quería darte una sorpresa. Me dieron vacaciones en el trabajo y quise pasar unos días aquí —acomodó su cabello con mucho cariño.

—¿Y cómo supiste dónde estaba?

—Cuando llegué, tu abuelo me dijo dónde estabas y con quién. No lo dudé antes de ir a buscarte.

—Ya veo, gracias —fue su turno de acariciarle el rostro con cariño. Otabek tomó esa mano y la besó. Fue entonces que el rubio notó por primera vez los nudillos lastimados de su amado. Tomó su otra mano y notó que estaba igualmente lastimada—. Oh por Dios, Otabek, el médico debió revisar esto —prendió la luz de su mesita de noche, espantándose más al ver el color púrpura y la inflamación en sus nudillos.

—Estoy bien, no te preocupes, la inflamación se quitará pronto.

—¿¡Y si te los rompiste?!

—No, puedo mover bien mis dedos —lo hizo, sufriendo mucho dolor, pero no se molestó en demostrarlo. Sin embargo, Yuri lo notó.

—Beka, vamos a que te revisen eso.

—No, es tarde, estamos cansados.

—Pero…

—Pero nada —apagó la luz del buró y se volvió a acurrucar con su novio.

—¿Estás seguro?

—Completamente, duérmete ya —besó su frente y lo abrazó de una manera muy reconfortante.

Yuri soltó un pesado suspiro y se dejó arrastrar por el sueño. Se quedaba dormido sólo para despertar y seguir llorando en silencio. Y cuando lograba conciliar el sueño, tenía pesadillas, de esas en las que no podía moverse, gritar o llorar. Otabek notaba que le sucedía eso porque su respiración se aceleraba tremendamente y casi juraba que el corazoncito del rubio se escuchaba en toda la habitación. Era en esos momentos cuando lo despertaba suavemente, sacándolo de esa horrible pesadilla y haciéndole ver que ahí estaba él para cuidarlo y protegerlo de todo. Otabek pasó en vela esa noche, pensando en mil cosas. Sabía que el abuelo sospechaba algo, y sabía que lo correcto sería decirle e ir con la policía para reportar el intento de abuso que sufrió su amado, pero no sabía si éste estaría dispuesto.

Temprano en la mañana, Yuri despertó suplicando un baño, aún tenía restos de lodo en el cabello. Otabek lo ayudó a llevarlo a la tina, donde el rubio se relajó un buen rato. Mientras lo hacía, el kazajo bajó al comedor, en donde se topó al abuelo bebiendo café, frente a él había una silla vacía y una taza humeante de café negro. No fue necesario que le dijera nada, con la fuerte mirada Otabek entendió, se sentó y probó la infusión.

—Dime la verdad ¿Qué le pasó a Yuri? —pidió—. Sé que no sólo se cayó. Lo supe cuando vi tus manos —señaló sus nudillos aún amoratados.

El kazajo se vio acorralado, sin embargo no podía traicionar la confianza que le tenía su amado.

—Hubo problemas, pero… es Yuri quien debe decírselo, no yo.

—Entiendo —lo miró con severidad.

—Gracias, Otabek —entró al comedor a paso lento, cojeando un poco y con el cabello completamente mojado.

—¡Yuratchka!

Otabek de inmediato fue hacia él, y sin darle tiempo de replicar, lo tomó de la cintura y lo alzó del piso hasta sentarlo en una silla, como si fuera lo más ligero del mundo.

—No te secaste el cabello —le reprendió Nikolai, mirándolo atentamente.

—Es un fastidio —chasqueó la lengua antes de mirar a su abuelo a los ojos y luego a su novio—. Te agradezco por no defraudar mi confianza, Beka —lo miró seriamente—. Pero… mi abuelo tiene que saberlo —suspiró.

—Ya, díganme qué fue lo que sucedió. Me tienen con el alma en un hilo —se veía angustiado.

—No te vayas a alterar, abuelo, antes que nada debes pensar en que estoy bien y no llegó a más.

—Suéltalo ya.

—Vladik intentó sobrepasarse conmigo, pero Otabek lo impidió.

—¿Qué? —Nikolai se quedó sin palabras—. ¿Por eso tu tobillo…? —logró decir luego de unos segundos.

—Eso ocurrió poco antes.

—¡Tenemos que ir a denunciarlo!

—Yo pienso lo mismo —agregó Otabek, cruzado de brazos.

—No —apretó los puños sobre la mesa—. Otabek le dio una paliza ayer. Con eso debió entender.

—Yura —el kazajo lo miró severamente.

—No —respondió con la misma fuerza—. ¿Qué vamos a denunciar? ¿Que intentó atacarme? —resopló.

—No sólo lo intentó, lo hizo.

—Otabek… —lo reprendió con la mirada, pero eso no hizo efecto en el kazajo, quien temía irse de vuelta a su nación y dejar a su amado desprotegido, no estaría en paz.

—Iremos a denunciar. Es compañero tuyo de clase. Lo vas a ver todos los días ¿Estás consciente de eso? —aseveró el abuelo.

—¡No! ¡No iremos a denunciar! —se levantó bruscamente de la silla, apoyando ambas manos sobre la mesa. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Los otros dos hombres dejaron de insistir en el asunto, al menos por el momento.

Yuri se limpió las lágrimas con brusquedad y cojeó a paso lento rumbo a las escaleras. Su novio se levantó de la silla para ayudarlo, pero el rubio se negó rotundamente.

—Quiero estar solo, por favor —no, no quería eso.

—Ni siquiera has desayunado.

—No tengo hambre.

El abuelo y Otabek se quedaron preocupados, mirándose mutuamente y suspirando.

Yurio llegó a su cama y se tapó con las mantas hasta la cabeza. Sólo dejó que su amada mascota entrara con él a la cama. Fue hasta momentos después que la puerta de su cuarto se abrió cautelosamente. Sin embargo, Yuri no asomó la cabeza, se hizo pasar por dormido, escuchando los inconfundibles pasos de su amado. A su nariz llegó el delicioso aroma a pan tostado y café recién hecho, y su estómago gruñó en protesta por la falta de alimento.

—Sé que no estás dormido —se sentó en la orilla del colchón, pero ni así salió de su escondite—. Yura… —quitó con cautela las sábanas de su rostro, descubriendo a un muy serio rubio—. Lo sabía, estás despierto —despejó su rostro del cabello húmedo y enmarañado que lo cubría.

Yuri lo miró larga y silenciosamente, pensando en lo afortunado que era de tenerlo y de que estuviera en esos momentos con él.

—¿No tienes hambre?

El aludido negó con la cabeza.

—¿Estás seguro? Te preparé pan tostado con mantequilla y mermelada, también un poco de café, con doble azúcar y leche.

—¿Tú lo hiciste? —le brillaron los ojos—. ¿Para mí?

Al kazajo le dieron ganas de comérselo a besos ahí mismo.

—Sí. ¿Qué te parece si desayunas mientras te seco el cabello?

—Está bien —salió al fin de su escondite y se sentó en el borde de la cama, desayunando mientras Otabek peinaba y secaba su cabello.

Yuri devoró su desayuno con un gusto extra al saber que se lo había preparado su amado. Otabek disfrutaba el momento en silencio, tratando de no lastimar a Yuri mientras le deshacía aquellos nudos. Amaba acariciar y peinar sus largos cabellos rubios.

Cuando terminó cada quien lo suyo, se metieron a la cama juntos para dormir un rato. Yuri buscó el calor de su novio, y éste se lo dio, abrazándolo con mucho amor, aunque nunca se esperó que tomara sus manos lastimadas y comenzara a repartir dulces besitos sobre su piel.

—Gracias por defenderme como lo hiciste —susurró.

—Siempre lo haré —besó su frente.

—Ya, quita esa expresión preocupada de tu rostro —pidió, picándole la frente y borrando las chistosas arrugas que se formaban cuando se mortificaba así.

El kazajo suspiró.

—¿Cuánto tiempo te quedarás?

—El lunes debo regresar al trabajo.

—Hablaré a la universidad para justificar mis faltas del resto de la semana —rio un poco y alzó su tobillo lastimado—. Ocurrió en buen momento.

—Hubiera preferido que no pasara.

—Lo sé, pero ¿Ya qué? —se encogió de hombros, repentinamente muy feliz. Se recostó sobre su novio, dejando todo su peso sobre él y recostando la cabeza en su pecho—. Abrázame —pidió con voz muy dulce.

Amaba acostarse así sobre Otabek, escuchar el latir de su corazón y sentir el sube y baja de su pecho al respirar. Se sentía pleno, en casa al estar rodeado por esos fuertes brazos.

Otabek cuidó de él durante el resto de la semana. Los dos hicieron todo lo que el tobillo lastimado del rubio les permitía. Jugaron videojuegos mientras comían mucha chatarra, vieron películas; pasaron tiempo de calidad con el abuelo, armando rompecabezas, charlando, o simplemente cocinando los tres juntos. Los Plisetsky trataban de enseñarle algo de artes culinarias a Otabek, quien terminó aprendiendo un poco con el abuelo, pues su novio se impacientaba mucho.

El fin de semana llegó y Yuri sintió cómo los días se le iban como agua entre los dedos.

—Beka —se acostó sobre él, como tenía por costumbre, con sus rostros muy cerca uno del otro.

—¿Si? —acomodó un mechón rubio tras su oreja.

—No quiero que te vayas.

—Ni lo digas —suspiró—. Que soy capaz de quedarme sin importar qué.

Yurio fue consciente entonces de lo difícil que era también para su novio.

—Nos veremos pronto ¿Verdad?

—Es seguro que sí —besó cortamente sus labios.

—¿Llamas a eso un beso? —se quejó. Otabek alzó una ceja, completamente incrédulo, justo antes de que Yuri le robara un beso profundo, de esos que los dejaba a ambos sin aliento, extenuados y aun así con ganas de mucho más.

La caricia fue haciéndose cada vez más profunda. Otabek entendió lo que su novio quería, pero no estaba seguro de que éste estuviera listo para eso.

Instintivamente, el mayor descendió sus manos por la cintura de su novio y buscó tocar su cálida piel. Supo que hacía bien cuando escuchó los suspiros de su amado chocando contra la piel de su cuello.

—Beka… hagámoslo —pidió entre beso y beso.

—Yura, estamos en la casa de tu abuelo.

—No haré ruido, lo prometo.

—No te creo.

—Oh vamos.

—Además, puede entrar en cualquier momento.

—No lo hará sin tocar.

—Pero…

—¿Otabek, quieres hacerlo o no?

El kazajo esbozó una sonrisa divertida de medio lado.

—¿Tú quieres hacerlo?

—Sólo contigo, amor —respondió con un tierno sonrojo por la forma en que lo llamó.

Otabek no dijo más, lo tomó suavemente de la nuca y lo atrajo a sus labios para fundirse con él en un profundo y anhelado beso.

Se tomaron el tiempo del mundo para desvestirse lentamente, acariciando cada centímetro de piel al alcance de sus manos y bocas. Otabek enterraba de vez en cuando sus dientes sobre la piel pálida de su novio, lo hacía muy suavemente, sólo porque no podía evitarlo, su suave piel lo tentaba demasiado. Se sentían en éxtasis al percibir la piel erizada del otro cuando se les ocurría escabullir sus manos a rincones ocultos de sus cuerpos.

Cuando al fin estuvieron completamente desnudos, se cubrieron con las mantas hasta el cuello por el frío que sentían, pero sin dejar de acariciar sus cuerpos, a veces un poco torpes, a veces un poco más osados de lo normal. Yuri se recostó sobre él, rozando sus pieles y fundiéndolas en una sola. No se veía el principio de uno ni el fin del otro.

Otabek recorría con su boca cada centímetro del cuerpo que tenía encima de él, sentía que jamás tendría suficiente de ese hermoso y perfecto ser.

—Yura, te deseo, pero… —sus labios fueron asaltados con voracidad por el otro—…Yura —lo detuvo unos segundos, si no lo hacía en ese momento, no tendría la fuerza de voluntad para hacerlo después—. No tengo condones ni lubricante.

El rubio no dijo nada, se estiró por encima de su novio hasta alcanzar su mesita de noche, abrió un cajón y sacó todo lo que necesitaban.

—¿Contento? —sonrió de lado, muy coqueto y divertido por la expresión sorprendida del kazajo.

Yuri

No podía pensar en otra cosa que no fueran sus labios sobre mi piel, sus grandes y cálidas manos recorriendo mi espalda; su lengua en mi boca, danzando al mismo ritmo que la mía.

Sentía que el aire escaseaba, pero prefería morir por falta de oxígeno que separarme de ese beso.

Sus manos subieron hasta mi cabello, y con su profunda voz me dijo cuánto me deseaba, cuanto me amaba y todo lo que quería hacerme esa noche. No supe por qué, pero escucharlo decir todo eso en mi oído, con su grave voz nublada por el placer, hizo que la excitación en mí se elevara exponencialmente.

Besó mi cuello hasta el cansancio, evitando el lado en donde aún se notaban un poco los dientes de Vladik.

Mi cuerpo se heló.

De pronto no me sentí muy cómodo.

—Yura —salí de mis pensamientos y lo miré, parecía llevar tiempo llamándome, se veía preocupado—. ¿Estás bien? —acarició mi rostro, yo sentí su cálido aliento chocar contra mi rostro y fue reconfortante.

—Sí, yo… lo siento, recordé cosas feas —escondí mi rostro en su cuello y lo abracé con fuerza.

—¿Estás seguro de que quieres continuar?

—Ahora más que nunca —murmuré contra la piel de su cuello, estaba a punto de decir algo muy cursi, pero no me importó—. Borra con tus besos y caricias todos esos malos recuerdos, por favor —murmuré muy bajito contra su oído. Al instante sentí cómo su abrazo se intensificó, besó mi cuello y suspiró pesadamente.

—Te amo.

Mi cuerpo entero se estremeció al escuchar esas palabras con su hermosa voz.

—Te amo —respondí, suspirando al final, sintiendo sus caricias aún más significativas.

Me quitó de encima de él con cuidado, sólo para echarse sobre mí y besar mi cuello hasta el cansancio. Dejó un recorrido húmedo de besos y saliva a lo largo de mi cuello, haciéndome gemir al sentir la succión de sus labios cada pocos centímetros. Podía sentir cómo esas caricias provocaban un hormigueo intenso en mi vientre bajo y entrepierna.

—Yura, shh. Dijiste que no harías ruido —se burló.

Me mordí el labio, avergonzado.

Enseguida su lengua bajó a mi pecho y le dedicó atención especial a cada uno de mis pezones.

Tuve que llevarme ambas manos a la boca para no emitir ningún ruido. Sólo podía removerme debajo de su cuerpo pesado, ahogando los gemidos en mi garganta y dejándome hacer. Estaba por completo a su merced.

Descendió por mi torso hasta llegar a mi ombligo, haciéndome reír por las cosquillas que me causaba su aliento y sus labios. Besó mi vientre y continuó descendiendo hasta que mi espalda comenzó a levantarse de la cama con cada lengüetazo y caricia proporcionada en mi miembro ya erecto. Intentaba contener mis gritos con ambas manos sobre mi boca, pero ni mordiéndome los dedos, lograba calmar esas ganas de gemir sin importar quién nos escuchara.

De pronto su lengua tocó un lugar en específico, tocando a tientas la punta de mi miembro, justo antes de engullirlo hasta la mitad. De nuevo mi espalda se separó del colchón, con más violencia que antes. Su lengua era condenadamente hábil.

Se separó de mí seguramente porque yo no dejaba de hacer ruido. Luego de dejarme jadeante y agitado, alzó su rostro de mi entrepierna sólo para conectar sus ojos fieros en los míos. Entonces arrastró una sonrisa llena de lujuria y pasión tan sexy que podría desmayar a cualquiera. Me sentí su presa al percibir la mirada de esos dos ojos tan oscuros, profundos y penetrantes, más todavía debajo de ese par de cejas que sólo lograban profundizar más su mirar. Sí, era su presa, dispuesto a que me hiciera lo que le viniera en gana.

Notó que, si seguía, terminaría pronto. Así que tomó un condón, se lo puso rápidamente y derramó sobre él todo el lubricante posible antes de llevar uno de sus dedos a mi entrada. Mi espalda se arqueó un poco al sentir la intromisión.

—Ten, muerde esto —me lanzó un cojín y yo le hice caso, pues… si así era con sus dedos…

—Hazlo ya —le pedí. Él pareció motivarse con mi petición. Se acomodó entre mis piernas y yo las abrí lo suficiente para que tuviera un buen acceso.

Complació mi petición y entró en mí, con cuidado y tratando que no fuera tan incómodo y doloroso como la primea vez. Y no lo fue, fue… magnífico.

Comenzó un vaivén muy placentero y lento mientras me llenaba de besos y deliciosas mordidas en mi oreja. Poco a poco el ritmo se hizo más rápido y placentero.

—Demonios —mascullé cuando escuché cómo rechinaba mi cama con cada estocada. El ruido era agudo y estaba seguro que se escuchaba en toda la casa.

—No me detendré —jadeó en mi oído, con su grave voz, agitado y tremendamente excitado.

—No quiero que lo hagas… ¡ah! —besó mis labios para callar todos esos gemidos que quería dejar salir.

—Yura… ah… tus uñas —se quejó un poco. Hasta ese momento fui consciente de que le enterraba sin piedad mis uñas en su espalda.

—Y a mí me duele otra parte, pero… ¡ah! —ni siquiera dejaba de embestirme para que pudiera hablar coherentemente—…pero no me estoy quejando.

Soltó una risa seca, casi imperceptible, tan propia de él, justo antes de comenzar a bombear con mucha más intensidad y profundidad.

Entraba y salía a un ritmo que me volvía loco, podía sentir cómo rozaba y presionaba un punto muy sensible dentro de mí. Podía sentir cómo su tamaño era demasiado para mi cuerpo, y estaba seguro de que más tarde no podría pararme de la cama, pero no me importaba, yo quería más.

—Eres perfecto, Yuri, perfecto —repitió besando mis labios en un arrebato de pasión. Colgué mis brazos de su cuello y me dejé llevar. Mi orgasmo llegó repentinamente. Mis gemidos se perdieron dentro de su boca y sentí qué su orgasmo llegó, cuando soltó un gemido profundo dentro del beso, acompañado de un par de embestidas más fuertes y profundas que el resto.

Sudorosos, agitados y con el corazón palpitando estruendosamente en nuestros oídos, nos quedamos inmóviles, tratando de recuperar un poco el aliento que se nos había ido luego de tan intenso orgasmo. Supe que estaba agotado cuando se dejó caer por completo en mi cuerpo, descansando la frente contra mi hombro.

Sus brazos me rodearon posesivamente mientras mis piernas ya cansadas, seguían abiertas de par en par. Lo abracé con más fuerza y moví un poco mis caderas, consiguiendo sólo un gemido grave emergiendo de su garganta. Salió de mí y fue mi turno para gemir, había dolido un poco.

—Lo siento —se disculpó, besando la comisura de mis labios.

—No, fue… —estaba aún agitado—...intenso.

Lo habíamos hecho algo rápido, pero es que ambos teníamos meses de no hacerlo, estábamos tan ansiosos por sentirnos de nuevo, que… fue algo intenso y apresurado.

—Gracias —susurré en su oído.

—¿Por qué? —acarició mi cabello. Ambos tratábamos de regularizar nuestra respiración, pero aún no lo lográbamos.

—Por amarme.

Eso pareció sorprenderlo y emocionarlo, pues me tomó con mucha fuerza entre sus brazos.

—¡Beka! —reí casi sin aire.

—Te amo tanto… —me besó una vez más antes de intentar quitarse de encima, pero no se lo permití.

—Quédate un poco más así —pedí, me daba seguridad sentir su peso entero sobre mí.

—¿No te aplasto?

—Sí, pero… eso quiero —reír por lo tonto que sonó.

Él alzó una ceja y accedió a mi petición. No pudimos dormir, nos quedamos haciéndonos cariños, acariciándonos. No sabía si le pasaba lo mismo, pero al menos yo no quería perderme ni un segundo a su lado, no quería dormir, quería sentirlo junto a mí.

Si tan sólo supiera cuánto lo amo, si tan sólo no fuera tan torpe con las palabras y al intentar demostrar mis sentimientos.

Él fue el primero en quedarse dormido, lo supe cuando su respiración se hizo más pausada. Yo aproveché y lo miré detenidamente, su cabeza descansaba sobre mi pecho, su cuerpo entero estaba sobre mí. Era tan reconfortante. Acaricié su despeinado cabello, era tan suave y lacio. Me arrullé poco a poco, imaginando una vida junto a él, me hacía feliz pensar en eso antes de dormir.

Narradora.

Cuando el domingo llegó, la despedida fue muy emotiva, Yuri era necio y quería ir al aeropuerto a despedir a su novio, pero éste no se lo permitió, y no dejó que el abuelo lo llevara porque no quería que el rubio se quedara solo.

—Beka, no pasa nada. Ya no me duele.

—Pero si te esfuerzas de más te dolerá. Quédate, por favor —besó su frente y acarició su mejilla con mucho cariño.

—Te extrañaré demasiado —lo abrazó con efusividad, como si de verdad no fuese a verlo en años.

Otabek suspiró en medio del abrazó y respiró el característico aroma de su novio, quería tatuárselo en la mente.

—Nos veremos pronto, lo prometo.

—Más te vale —no se quería separar, lo tenía abrazado del cuello.

—Yuratchka, deja que ya se vaya, se le hará tarde.

—No.

—Oh vamos, no seas infantil —se acercó a él e intentó alejarlo de Otabek, pero no lo consiguió. Los tres se echaron a reír al ser conscientes de lo que pasaba.

Finalmente se separaron y se miraron a los ojos, perdiéndose en los del otro por unos momentos. Otabek sentía que podía mirar esos ojos verdes por el resto de su vida, eran tan hermosos, tan peculiares. Y Yuri sentía lo mismo con respecto a los de su novio, amaba esos ojos tan profundos y penetrantes.

—Te extrañaré —repitió Yuri.

—Lo sé, y yo a ti —sonrió de medio lado, acariciándole la mejilla—. Por favor, sé responsable y cuida de tu tobillo.

—Lo haré. Y tú no trabajes tanto —le picó el estómago con un dedo, haciendo que el kazajo soltara una risilla entre dientes. Era demasiado cosquilludo.

Créeme que no quieres eso, no quieres que trabaje menos —pensó. Y es que lo que él quería era trabajar muy duro para lograr sus objetivos: ser independiente de mamá y papá, comprar una casa o departamento y convertirlo en un hogar para él y su Yura. Sólo necesitaba trazar bien sus planes y elegir en dónde vivirían, cosa difícil de decidir. Tristemente aún le faltaban años para eso. Por eso sentía que debía apresurarse y trabajar mucho.

Finalmente se despidieron, pero antes de que el kazajo se subiera al taxi, Nikolai lo detuvo.

—No vas directamente al aeropuerto ¿Verdad?

El aludido se sorprendió al principio, luego recordó lo observador y perspicaz que era.

—Ten cuidado ¿Si?

El aludido asintió y se subió al taxi, dejando al señor preocupado.

Minutos después, el kazajo llegó a una casa en el centro de la ciudad, aseguró que fuera la dirección que había obtenido del teléfono de su novio y tocó a la puerta.

Tardaron unos momentos en abrir, pero cuando lo hicieron, Otabek sonrió internamente al ver que había sido precisamente él quien lo hizo.

—¿¡Qué haces tú aquí?! —retrocedió un paso, temeroso.

—Sólo quiero cerciorarme de que te quedaron claras mis advertencias —se recargó en el marco de la puerta con un codo, inclinándose levemente hacia delante y sin apartar su penetrante mirada de él.

—Lárgate, o llamaré a la policía.

—¿Estás seguro de que quieres involucrar a la policía? —alzó una ceja, sin molestarse en mostrar otra expresión en su rostro.

Miró al muchacho, a pesar de que casi había pasado una semana, se veía en condiciones deplorables. Los moretones seguían latentes y las lesiones parecían no haber sanado del todo aún.

—Sólo quiero pedirte, no, exigirte que no vuelvas a pisar el mismo lugar que Yuri ¿Te quedó claro? Si él me dice que te vio en la universidad, vendré directo a terminar lo que empecé —dio un paso al frente y puso una mano sobre su hombro. El joven tembló.

—N-o puedo salirme de la universidad —tembló con más fuerza cuando sintió la presión que hacía Otabek sobre su hombro maltrecho.

—Hay muchas más escuelas donde puedes estudiar —lo miró con una seriedad escalofriante—. Sólo aléjate de Yuri, no lo veas, no lo toques, no respires cerca de él.

—¡E-está bien! —exclamó al sentir crujir su articulación—. Está bien —alzó las manos en señal de paz—. Lo haré.

—Estaré al pendiente —invadió su espacio personal, mirándolo muy de cerca, clavándole esos fríos y oscuros ojos antes de darse media vuelta y volver al taxi.

Otabek nunca lo supo, pero estuvo a punto de hacer que Vladik se orinara en sus pantalones.

Continuará…

Capítulo kilométrico! Espero que les haya gustado, junté muchas cosas en un solo capítulo, y de aquí en adelante nos iremos algo rápido para alcanzar el tiempo y espacio de ATE, me imagino que han de estar ansiosas por saber qué pasó en la cena donde suegrito y yerno se "conocieron".

¿Se esperaban todo este drama?

¿Recuerdan cuando Yuri le platica a Yuuri sobre el día en que alguien trató de sobrepasarse con él y Otabek lo defendió? Bueno, fue este día.

¿Les gustó ver a Otabek en plan cholo malandro? A mí si jajaja

Nos vemos en la próxima actualización! Gracias por seguir aquí!

18/12/18

1:00 a.m.