Hermione se agarró a los lados de la bañera y abrió más las piernas. No podría soportar aquello mucho más, pero tampoco quería que cesara.

— Más rápido. Sí... sí... así... oh... — levantó las caderas para introducir más los dedos de él en su interior y frotó el clítoris contra la presión del pulgar de él.

— Eso es, amor mío. Eres muy hermosa. Quiero que tengas un orgasmo. Eso es... — la voz de Draco la llevó al clímax. Hermione volvió la cabeza y le mordió en el hombro al tiempo que gemía de placer.

Se dejó caer contra él porque no parecía tener ni un solo hueso en todo el cuerpo. Se sentía tan informe y fluida como el agua que la rodeaba.

Draco le dio un beso en el pelo y apretó más los brazos en torno a ella.

— ¡Oh, Hermione!

— Hum — murmuró ella.

Frotó la mejilla en su brazo, la única respuesta de la que se sentía capaz en ese momento. Poco a poco se fue recuperando y empezó a ser consciente del pene erecto de él, de los músculos rígidos de su vientre y su pecho, de la tensión que ocupaba sus brazos.

Se echó hacia delante y se volvió a mirarlo de rodillas. En el rostro de él resultaba palpable el deseo, que brillaba en sus ojos. La joven buscó el jabón con una sonrisa.

— Te toca a ti.

— No puedo levantarlo — dijo Hermione con frustración — ¿Quieres probar tú?

— Sí. Probaré — Draco tiró con todas sus fuerzas del cierre de la ventana — Estos edificios viejos se han pintado tantas veces que en ocasiones se han cerrado las ventanas con la pintura — sintió que empezaba a ceder — Creo que ya sube.

La ventana se abrió unos centímetros y Draco tiró de ella el resto del camino.

— ¡Mi héroe! — exclamó ella con una sonrisa. Y en sus ojos brillaba algo que calentó el corazón de él.

Era terrible. Se sentía treinta centímetros más alto sólo porque había conseguido abrir una ventana.

— No es un viento ártico, pero hace más fresco así — la lluvia había aliviado un tanto el calor intenso. Abajo subía vapor desde el pavimento.

— En casa cuando llueve también hay vapor, pero en Nueva York nunca huele a fresco como en Savannah después de la lluvia — comentó ella con un tono de nostalgia — Apartó la colcha y la sábana de arriba y se sentó contra los cojines que adornaban el cabecero — Por lo menos las sábanas están frescas.

Era evidente que no tenía intención de ir a sentarse en la sala. Y a Draco le parecía bien. Se tumbó a lo largo del extremo inferior de la cama con una toalla alrededor de las caderas. Ella se había puesto unas bragas negras y un top negro también.

— ¿Echas de menos Savannah? — preguntó él.

— Algunas cosas. Como el olor después de una lluvia de verano. El sonido de un coche de caballos en los adoquines. El musgo en los troncos de árboles tan viejos y tan grandes que hacen de toldos en las calles. ¿Has ido alguna vez?

— No, no he viajado mucho fuera de Nueva York.

Ella le acarició la pantorrilla con el pie. A Draco le gustaba el modo que tenía de tocarlo, como si lo necesitara y estuviera en su derecho.

— El ritmo lento puede volverte loco, pero la ciudad te encantaría.

Draco imaginó a ambos disfrutando de un paseo en carruaje por calles adoquinadas y debajo de robles cubiertos de musgo.

— Es evidente que te gusta. ¿Por qué te marchaste?

— Me gusta, pero tenía que irme.

— ¿Tenías o querías?

— Tenía. Necesitaba salir de mi zona de confort, conocer lugares nuevos y cosas nuevas, descubrirme a mí misma.

— ¿Y te has descubierto? — preguntó él con curiosidad.

— Creía que sí, pero esta noche me ha confundido. Aunque creo que al fin he descubierto que es un proceso que no se acaba. Cada día trae algo nuevo y diferente, algunos días más que otros... como hoy. Pero sé de cierto que no soy la misma persona que era cuando me marché y eso es bueno.

¿Qué sentía de los cambios de ese día? Después del chasco con Harry, ¿querría volver a su casa? Draco tenía que preguntarlo.

— ¿Crees que volverás ahora, después de lo que ha pasado con Harry?

Hermione negó con la cabeza y lo miró con curiosidad.

— En el futuro cercano, no. Me gusta Savannah y siempre será mi hogar. Me gusta ir de visita, pero Nueva York me ha robado también el corazón. ¿Y tú? ¿Alguna vez has querido vivir en otra parte?

Era fácil hablar con Hermione y la oscuridad también ayudaba. Draco se descubría contándole cosas que no había contado nunca.

— De niño, cuando pasaba los veranos en Devon, quería quedarme allí para siempre. Cuando me hice mayor, me di cuenta de que lo que me atraía eran mis abuelos y no el lugar en sí mismo. Cuando me fui de casa y empecé a vivir solo, empecé a apreciar Nueva York.

— Mis padres tampoco son muy cariñosos — comentó ella.

Apenas se tocaban, pero Draco se sentía más cerca de ella de lo que se había sentido nunca de nadie, Harry incluido.

— Pero tú eres cariñosa y extrovertida — comentó — ¿Cómo lo conseguiste?

— Soy una anomalía — rió ella.

— Yo también he sido siempre el que no encajaba — musitó él. Lo había sentido así muchas veces y resultaba liberador poder decirlo.

— ¿Cómo son? — preguntó ella.

— ¿Mis padres? — Hermione asintió — Inteligentes, interesantes, muy cultos. Muy buenos invitados para un cóctel y muy malos padres.

— ¿No tienes hermanos?

— No, soy solo — y lo había sido en todos los aspectos. No habían formado una familia. Su vida había sido muy solitaria hasta que conoció a Harry y se hicieron amigos — ¿Cómo era tener hermanas?

Hermione era una narradora innata. A él le gustaba el ritmo y la cadencia de su voz. Su voz sonaba relajante incluso cuando le contaba sus escapadas de la infancia.

— Puede que seas la más joven, pero veo que siempre eras la instigadora — comentó él.

— Ya te lo he dicho... soy la que no encaja — bostezó ella.

— Pareces cansada.

— Lo estoy. ¿Qué hora es?

Draco miró su reloj luminoso.

—Casi las doce.

— Es temprano, pero creo que estoy agotada emocionalmente y tanta diversión...

— Duérmete.

— Buena idea.

Habían hecho el amor dos veces, pero aun así, había una intimidad especial en el hecho de compartir la cama con alguien, de bajar la guardia hasta el punto de dormirte...

— ¿Prefieres que me vaya al sofá? — preguntó Draco.

— No, quédate conmigo — contestó ella — Aquí hace más fresco.

— Bien — Draco le pasó un dedo por la línea de la nariz y le dio un beso de buenas noches en la frente — Duérmete. Yo estaré aquí.

Ella sonrió.

— Procura dormir también — dijo.

— Lo haré.

Draco permaneció tumbado escuchando los ruidos apagados de una ciudad que no dormía nunca, ni siquiera en un apagón, y la cadencia suave de la respiración de ella. Le apartó el pelo de la cara, contento de tocarla mientras todavía podía, poco dispuesto a desperdiciar durmiendo el poco tiempo que pasaría a su lado.

Ella emitió un ruidito de satisfacción.

— ¿Draco?

— ¿Hum?

— Me alegro de que haya ocurrido esta noche.

— Yo también — repuso él.

A pesar del calor sofocante, ella se acercó más a él y... qué diablos, los dos estaban sudorosos y pegajosos, así que la estrechó contra sí. El muslo de ella se deslizó entre los de él y apoyó el brazo en el pecho masculino. Le dio un beso en el pecho y él se sintió enseguida más enamorado aún de ella.

— ¡No! ¡Vuelve!

Draco se incorporó de golpe, desorientado por la cama extraña, las velas y una mujer que gritaba. Claro. Hermione. Su cama. El apagón.

— ¿Qué pasa? — se puso en pie y agarró a Hermione, que temblaba como una hoja.

— Crookshanks — ella tragó aire con fuerza y señaló la ventana — Ha salido al alféizar — se aferró a él — No tiene uñas en las patas de delante. ¿Y si resbala?

Ella quería a aquel gato. Draco no vaciló, no pensó, se asomó a la ventana.

— ¿Lo ves? — preguntó ella.

Crookshanks parecía haberse dado cuenta del error cometido y estaba inmóvil en el saliente, un par de metros más allá.

Hermione bajó la voz.

— Ven, precioso. Ven aquí. Tengo algo para ti — le temblaba la voz.

Crookshanks aulló con histeria felina, pero no se movió. Genial. Si la gente del siguiente apartamento abría la ventana, el gato seguramente se asustaría y caería a la calle.

Hermione volvió a aferrarse a su brazo y Draco intentó calmarla.

— Tranquilízate.

— Voy a salir a por él — dijo ella.

— De eso nada.

— No puedo dejarlo ahí.

— Iré yo.

— No. No puedo dejar que hagas eso. Y además, a ti no te conoce.

Draco no pensaba permitirle que saliera a aquel alféizar mojado. Bajó la vista... había siete pisos hasta el suelo y no, no le permitiría salir de ningún modo.

— Los animales asustados responden mejor a los extraños en una situación de peligro. Lo vi en un documental — mintió para mantenerla alejada del saliente. La apartó de la ventana — Espera aquí y yo te lo pasaré.

No le dio ocasión de discutir. Subió a la ventana y salió al alféizar. Era mucho más estrecho de lo que parecía desde dentro.

Se agarró al marco de la ventana con la mano izquierda y se puso en pie despacio, luchando por mantener el equilibrio. Apoyó la mano derecha en la pared de ladrillo y deseó que el saliente estuviera hecho del mismo material y no de mármol mojado y resbaladizo. Abrazó el edificio.

Cometió el error de mirar abajo y el vértigo se apoderó de él. La cabeza le dio vuelta. Apretó los dientes y recuperó el equilibrio. No le gustaban nada las alturas.