Capítulo 13 Torbellino de emociones
El gigantesco lobo se abalanzó sobre la cuna del bebé con las fauces abiertas de par en par. Pero Corazón de Hierro corrió hacia la bestia enarbolando la espada para defender a su hijo. ¡Y qué batalla comenzó entonces! Porque Corazón de Hierro debía permanecer en silencio (no podía gritar pidiendo ayuda) y el monstruoso lobo puso a prueba su fuerza y su destreza. Lucharon violentamente, yendo de un lado a otro de la habitación, haciendo añicos los muebles. La cuna se volcó y el pequeño comenzó a llorar. Corazón de Hierro asestó un poderoso mandoble a los cuartos traseros del lobo. El animal aulló de dolor y se revolvió, lanzando a Corazón de Hierro contra la pared con un golpe que hizo temblar el castillo. Corazón de Hierro se golpeó la cabeza contra el muro de piedra y perdió el sentido...
De Corazón de Hierro
Llevaba todo el día discutiendo consigo misma, y hasta había logrado no salir de su habitación por miedo a volver a verle. Conocía ya sus razones al dedillo: pertenecían a clases distintas, a mundos distintos. Ella tenía un hijo y una familia en los que pensar. Él era demasiado apasionado, un hombre difícil de manejar. Con él, ella no podría llevar la voz cantante. Y sin embargo... Y sin embargo... Tal vez fuera porque se había pasado todo el día debatiendo consigo misma una y otra vez. Ninguno de sus argumentos parecía sostenerse ya. Los descartaba porque parecían palidecer comparados con su deseo. Necesitaba sentir a Carlisle otra vez dentro de sí. Era sorprendente que pudiera haberse vuelto tan animal. Nunca antes había hecho aquello: dejar a un lado el sentido común, dejarse dominar por el deseo físico. Y la asustaba entregarse por completo a la pasión. La asustaba, y al mismo tiempo la llenaba de euforia. Siempre había mantenido un dominio férreo sobre sí misma; siempre era ella quien mandaba. Alguien tenía que hacerlo: los hombres que debían mantener la familia unida habían muerto. Primero Emmett, luego Seth y a continuación, seis meses después, su padre, dejándola sola. Terriblemente sola.
Se tensó al oír pasos al otro lado de la puerta. Estaba lista para recibir a Carlisle, desnuda y en la cama, y sintió que la excitación la atravesaba con una sacudida. Luego, él abrió la puerta. La cerró a sus espaldas, sin molestarse en disimular su cojera una vez estuvo dentro de la habitación. En ese momento, antes de que él la viera, Esme advirtió las arrugas que horadaban surcos en sus mejillas, reparó en la curvatura de sus hombros. Supo que estaba cansado. Posiblemente no se había recobrado aún de su solitaria y agotadora carrera de la víspera. Y a ella no le importaba. Esa noche sería suyo, ella le usaría, como Carlisle la había usado a ella. Percibió el momento exacto en que Carlisle la vio. Él se detuvo, la levita a medio quitar, y ella se sentó en la cama. En la cama de Carlisle. La colcha resbaló hasta su cintura, dejando al descubierto sus pechos desnudos.
—Estaba esperándote.
—¿Sí? —Él acabó de quitarse la chaqueta. Había hablado con despreocupación, pero tenía los ojos fijos en sus pechos.
Esme se recostó un poco en las almohadas, lo cual surtió el efecto de proyectar sus pechos hacia fuera. No le hizo falta mirar hacia abajo para saber que sus pezones se habían endurecido por la brisa nocturna... y por él.
—Desde hace horas, o eso parece.
—Lo siento. —Carlisle se desabrochó el chaleco. Sus dedos se movían con destreza, a pesar de que no apartaba la mirada de ella —. Me habría dado más prisa, de haberlo sabido.
—La verdad es que prefiero que no te apresures. —Hizo un mohín, como si aquella idea la contrariara. Los dedos de Carlisle se detuvieron.
—Lo tendré en cuenta. Arrojó a un lado el chaleco y se quitó la camisa bruscamente; luego se acercó a ella con el pecho desnudo. Tenía un pecho precioso: ancho y musculoso, con un vello rubio que se rizaba sobre sus pezones y formaba una línea que recorría su vientre. Esme se excitó sólo con verle. Pero no debía perder su ventaja.
—Sí, te conviene. —Miró hacia abajo, hacia las calzas, las polainas y los mocasines que él llevaba aún puestos —. Pero parece que te estás acercando a mí antes de tiempo. El entornó los ojos, y Esme se preguntó por un momento si habría ido demasiado lejos. Carlisle tensó la boca; no parecía especialmente contento. Pero luego cogió una silla de madera y la puso frente a ella, sólo a unos pasos de la cama. Apoyó un pie en ella y empezó a desabrocharse el mocasín. Eran distintos a los que había destrozado; debía de tener más de un par.
Esme vio moverse los músculos de sus brazos y su espalda mientras se desataba los cordones. Carlisle se quitó el primer mocasín, la miró y empezó con el otro. Entonces ella tragó saliva. Él sólo estaba quitándose los zapatos, pero ya sabía que estaba preparándose, desvistiéndose únicamente para ella. Al pensarlo se quedó sin respiración y cobró conciencia de que su cuerpo estaba listo para acogerle. Él se quitó el otro mocasín, dejando al descubierto las vendas en las que se había envuelto los pies. Esme comprobó al ver sus pies desnudos que las heridas parecían estar curando bien.
Él se incorporó y desató un lazo de su costado. Ella vio que unos lazos de cuero sostenían sus polainas, atados a una tira de piel que rodeaba su cintura. Carlisle desató el lazo del otro lado y se quitó la prenda. Luego apoyó las manos en las posaderas de sus calzas, y ella se olvidó de las polainas. Él la miró; le sostuvo la mirada mientras se desabrochaba la ropa, controlando con toda precisión el movimiento de sus dedos. Esme pensó en lo que poco después le harían aquellos hábiles y largos dedos, y estuvo a punto de gemir. Pero no rompió el silencio, y en la habitación resonó el susurro que emitieron las calzas y los calzoncillos de Carlisle cuando se los bajó.
Él se apartó de la ropa; estaba gloriosamente desnudo, salvo por la tira de cuero que le enlazaba la cintura por debajo del ombligo. Ella contuvo el aliento al ver que se la desabrochaba y la arrojaba sobre sus polainas. Era alto y fibroso; tenía la piel bronceada allí donde le había dado el sol, y lechosa de natural donde no. Esme podría haber pasado años mirándole. Carlisle tenía vello claro en las piernas, rodillas huesudas y muslos gruesos y fuertes. Estaba también aquel hermoso lugar secreto en el que confluían la cadera y el vientre, justo al lado de la entrepierna. Allí, un músculo se extendía en arco hasta su cadera. Por encima de él, una fina cicatriz blanca
cruzaba su vientre, y otra, pequeña y fruncida, mancillaba la parte superior derecha de su torso. Ella posó un momento la mirada en la delgada cicatriz de su tripa y se acordó de que Edward le había dicho que Carlisle había corrido durante días con una herida de cuchillo en el costado. ¡Qué duro debía de haber sido! Y qué orgullosa estaba ella de que un hombre tan valiente la deseara...
Dejando lo mejor para el último momento, permitió que sus ojos se deslizaran de nuevo hacia abajo, hacia su miembro. Su pene apuntaba casi hacia arriba, grueso y duro, envuelto en venas hinchadas por la erección. Bajo él se veían sus testículos redondos y tersos, realzados por el vello claro que se rizaba en su bajo vientre. Tragó saliva; le costó recobrar el aliento.
—¿Crees que serviré? —preguntó él suavemente, rompiendo el silencio. Inmóvil, dejaba que ella le examinara a sus anchas. Esme le miró a los ojos y respiró, trémula.
—Creo que sí. Él levantó las cejas, ofendido en su arrogante virilidad.
—¿Lo crees? Si no está segura, milady, permítame ayudarla a decidirse. Se acercó a la cama en un abrir y cerrar de ojos, en un súbito asalto que hizo que Esme diera un respingo de femenino nerviosismo. Se colocó sobre ella a cuatro patas, como un animal, y cuando Esme ya pensaba que iba a besarla, acercó la cabeza a su pezón izquierdo. Y lo chupó. Ella se arqueó.
Un suspiro escapó de su garganta. Carlisle no la tocó en ningún otro sitio: sólo chupó con fuerza aquel pezón. ¿Era posible que de un trocito de carne tan pequeño se desprendiera tal placer? Esme levantó los brazos y envolvió a Carlisle con ellos. Quería regodearse haciendo lo que antes no había podido hacer: tocarle. Sentir el calor de su piel bajo las palmas, pasar las manos por sus costillas, acariciar la vasta extensión de su bella espalda. Quería sentir cada palmo de su cuerpo, saborearle, y acogerle dentro de sí hasta conocer su cuerpo tan bien como el suyo propio. Carlisle levantó la cabeza, pero no apartó la mirada de sus pechos.
—Llevo todo el día pensando en esto: en tus pezones desnudos y en lo que haría con ellos. Tenía la verga tan dura que apenas podía caminar con las calzas. —Fijó los ojos en los de Esme y ella vio que tenía una expresión casi de enojo —. Eso es lo que me haces: convertirme en una verga ansiosa y ciega. Ella se retorció al oír sus palabras, tan explícitas y desabridas. Sus fosas nasales se hincharon al ver que ella se movía, y Esme se quedó paralizada. —Dámelos. Ofréceme tus pechos para que pueda chuparlos hasta que te corras. ¡Oh, Dios! Esme no debía permitir que le hablara así. Carlisle daría por sentadas demasiadas cosas si ella consentía que le diera órdenes. Pero al mismo tiempo su sexo se humedecía al oírle. Quería ofrecerse a él. Quería dejar que le chupara los pezones. Así que apoyó las manos bajo sus pechos y los levantó como si los sacrificara a un dios medio animal.
El dejó escapar un gruñido gutural, un sonido de aprobación, y los abordó. Los chupó y los lamió, sujetó suavemente sus puntas rosadas entre los dientes, pasando de uno a otro. Su barba, que empezaba a asomar, raspaba la delicada piel de Esme. Luego se metió un pezón en la boca y lo chupó mientras excitaba el otro con los dedos. Y aquellos dos puntos de placer se iluminaron dentro de ella, hasta que se arqueó, indefensa, jadeando. Era demasiado. Carlisle iba a hacerle daño.
Ella no podía soportarlo más. Se estremeció; un fogonazo la cegó tras los párpados cerrados y una oleada de calor inundó sus miembros. Él apartó las manos, pero siguió lamiéndola; acariciaba suavemente su pecho con la lengua, y cada una de sus pasadas producía una chispa. Esme sintió el suave roce de sus labios cuando le besó el pezón. Abrió los ojos. Se encontró con los suyos, marrones como el café: Carlisle estaba justo allí, con la boca pegada a su pecho. Tenía una mirada intensa y despiadada.
—No puedo esperar más —masculló, y de un tirón apartó la colcha de sus piernas. Le separó los muslos sin miramientos y se hundió entre ellos, guiando su pene con una mano. Encontró la entrada y empujó, abriendo brecha en ella. Volvió a empujar y fue penetrándola poco a poco, hasta hundir por completo su verga dentro de ella. Bajó los párpados sin poder evitarlo y dejó escapar un gruñido mientras su miembro permanecía dentro de ella, duro e inmóvil.
Esme sonrió. ¿Cómo no iba a sonreír? Carlisle gozaba tanto de su carne, parecía incapaz de no disfrutar de ella. Tocó un lado de su cara con la palma de la mano y él abrió los ojos, sorprendentemente brillantes.
—Te estás riendo de mí —gruñó. Ella sacudió la cabeza, abrió la boca para explicarse, pero él se había incorporado de modo que, apoyado en los brazos, la apretaba con las caderas contra el colchón. Entonces empezó a moverse. Se retiraba y volvía a acometerla con fuerza, rápidamente. Esme cerró los ojos; había olvidado lo que iba a decir, no le importaba ya si él estaba ofendido o enfadado con ella. Sólo quería que siguiera moviéndose. Su miembro la embestía, frotándose contra la delicada carne de su sexo, implacable en su propósito de hacerles gozar a ambos.
—¿Servirá con esto? —jadeó él. Perdida en un mar de dicha, ella no respondió. Carlisle se hundió bruscamente en ella y se quedó quieto. —¿Servirá con esto, milady? Ella abrió los ojos y le miró con enojo.
—¡Sí! —Clavó las uñas en sus glúteos, intentando que volviera a moverse—. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Muévete, maldita sea! Y él obedeció, gruñendo con voz baja y gutural, o quizá riéndose: era imposible saberlo, porque había vuelto a cerrar los ojos. A ella, además, ya no le importaba. Lo único que le interesaba era el movimiento de su cuerpo. Aquel bombeo implacable, aquel placer arrollador. Su verga dura y su empuje, y el ansia de que nunca, jamás, parara. Hasta que le llegó el orgasmo en violentas oleadas, una tras otras. Sintió que él tocaba un lado de su cara. Abrió los ojos a tiempo de ver cómo se arqueaba, restregando la pelvis contra la suya, y presenció cómo Carlisle Cullen se convulsionaba al descargarse en su interior.
Carlisle jadeaba, más falto de aliento que cuando corría. Esme le había exprimido hasta dejarle seco, y aquello era maravilloso. Se derrumbó sobre ella, con cuidado de no apoyar sobre su cuerpo todo su peso, pero con el deseo de sentirla por completo bajo el suyo. Los pechos de Esme pegados a su pecho, su vientre bajo el de él, y sus piernas enlazadas alrededor de sus rodillas. Sabía, muy al fondo de su cerebro, que lo que sentía era el impulso primitivo de dominar a la hembra (a su hembra), un impulso poco generoso del que no debía enorgullecerse. Pero ahuyentó aquella idea porque estaba demasiado cansado para razonar; además, estaba muy a gusto en aquella postura. Aunque tal vez ella no.
—Apártate —masculló Esme. No creía haber oído mascullar nunca a la muy educada lady Esme, y aquello le divirtió.
—¿Te estoy aplastando?
—No. —Se quedó callada un momento, y Carlisle pensó que quizá se había dormido. Pero luego volvió a hablar—. Pero aun así deberías apartarte.
—¿Por qué? —Había apoyado la cabeza sobre la almohada, a su lado, y disfrutaba tendido cara a cara con ella, observando su expresión. Ella arrugó la nariz sin abrir los ojos.
—Porque es lo más correcto. —Ah. Pero estoy muy cómodo donde estoy, así que lo que sea correcto me interesa muy poco en este momento.
Esme abrió los ojos bruscamente y le miró ceñuda, de un modo adorable. Carlisle jamás se lo diría, pero sus enfados siempre le excitaban.
—¿Acaso no te importa mi comodidad? —preguntó ella en tono altivo y remilgado.
—No —contestó él dulcemente —. En absoluto.
—Umf —contestó ella con escasa elocuencia, y él sonrió al oírla. Le encantaba haberla reducido a los monosílabos. Esme había vuelto a cerrar los ojos y dijo soñolienta: —Pareces muy seguro de ti mismo.
—Eso es porque... —Se inclinó hacia ella para besarla en la mejilla y le susurró al oído —: Mi verga está dentro de ti.
—Te lo tienes muy creído —masculló ella.
—Sí, igual que tú. Ella gruñó.
—Anda, duérmete, vanidoso. Aprovechando que Esme no podía verle, Carlisle se sonrió antes de echar la colcha sobre ambos. Y luego, todavía abrazado a ella, cumplió su orden y se durmió.
A la mañana siguiente, Esme despertó de repente. Supo inmediatamente que había pasado la noche en la alcoba de Carlisle. Él seguía tendido a su lado. De hecho (y Esme se movió para tantear la situación), seguía dentro de ella. Lo cual hacía difícil marcharse discretamente. Lo observó.
Estaba tumbado boca abajo, con la cara vuelta hacia ella. Sus caderas cubrían las suyas, pero la mayor parte de su tronco estaba desplazado a un lado, fuera del pecho de Esme, excepto un brazo, que había apoyado con ademán posesivo sobre sus senos.
Las arrugas de su boca se habían alisado y parecía joven. Tenía el cabello revuelto como un niño. ¿Sería así antes de la guerra? Él abrió los ojos y los fijó en ella, y su mirada se ensombreció al tomar conciencia de la situación. Siguió callado mientras recorría su cara con la mirada.
Era temprano, Esme acababa de despertar y debía estar terriblemente desarreglada, pero no podía volver la cara. Dejó que la inspeccionara. La mirada de Carlisle parecía más íntima que al mirar su cuerpo desnudo la noche anterior. ¿Qué veía cuando la miraba? Esme no lograba imaginarlo, y en cualquier otra ocasión se habría enojado consigo misma por aquella inseguridad, por exponerse de aquel modo. Ahora, en cambio, mientras la luz de la mañana desvelaba suavemente la habitación, no permitió que su flaqueza estropeara aquel instante.
Carlisle levantó la mano para agarrarla de la nuca y acercó su cara lentamente, observándola. Sólo en el último instante cerró los ojos. Entonces empezó a besarla. Su boca parecía más tierna por la mañana, más relajada e indolente. La abrió sobre la suya, pero no hizo intento de tocar su lengua. La besó, sin embargo, lujuriosamente, moviendo los labios con parsimoniosa sensualidad. Esme notaba su barba de por las mañanas rozándole la cara, en contraste con la suavidad de sus labios. Parecía no tener prisa, a pesar de que ella notaba dentro de sí su miembro grande e increíblemente duro. Carlisle se incorporó apoyándose en los codos sin interrumpir el beso y, tomando su cara entre las manos, la cubrió por completo, duro y viril, protector y posesivo. Esme nunca se había sentido tan amada. Nunca se había sentido tan deseada. Él había separado sus piernas y acomodado sus caderas por completo sobre las suyas. Ella sentía el cosquilleo del vello de su pecho en los pezones. Era todo tan íntimo... No estaba segura de poder soportar aquella intimidad tan absoluta. La dejaba vulnerable, abierta a desvelar cosas que prefería mantener ocultas. Pero se sentía atrapada en aquel instante, seducida por sus propios anhelos y por el hombre que se cernía sobre ella. Carlisle deslizó la mano de su cara a su garganta, acarició su hombro y su costado. Se detuvo en la cadera, aparentemente distraído por el beso: lamiéndola, se había abierto paso hasta su boca, y ella estaba chupando su lengua. Después, su mano siguió desplazándose, tocó su rodilla y la agarró. Hizo que Esme levantara la pierna y le rodeara con ella las caderas al tiempo que apretaba su pelvis contra la suya. Entonces ella gimió dentro de su boca. En aquella posición estaba abierta y vulnerable, y cuando Carlisle apretó, lo sintió por completo contra su pubis. Ignoraba si le gustaba del todo aquella forma de amarse, tan perezosa y prolija a un tiempo. Carlisle estaba desnudando su alma capa a capa, con intención o sin ella. Esme ni siquiera creía que fuera consciente del efecto que le causaba. Pero cada vez que se proponía apartarse de él, la firme acometida de sus labios volvía a seducirla. En ese momento, él interrumpió el beso y levantó la cabeza para mirarla mientras se frotaba lentamente contra su sexo desnudo.
Ella gimió al experimentar aquella sensación, y después le miró con enojo. ¡Qué grosería, mirarla fijamente así! ¿Acaso no sabía que esas cosas no se hacían? ¿Que lo que estaban haciendo no era más que una fugaz satisfacción carnal, sólo eso? Sólo eso... Pero, cuando Carlisle se movió y volvió a ejercer presión (su miembro duro e insistente dentro de ella), no pareció un acto físico. Era algo más. Mucho más. Esme sintió pánico; el peso de Carlisle, aquellas emociones la abrumaron de pronto. Intentó volver la cabeza, levantar los brazos para apartarle, pero él la agarró rápidamente, sin esfuerzo, y le sujetó las muñecas sobre la almohada, a ambos lados de la cabeza. Ella sollozó, indefensa y furiosa; más furiosa, en realidad, de lo que dejaba entrever.
—Para. Él sacudió la cabeza lentamente y volvió a presionar, y su miembro hizo que el cuerpo de Esme se abriera como una flor, expuesto a todas las sensaciones que él le hacía experimentar. Bajó los párpados un segundo, como si lo que estaban haciendo le abrumara a él también. Luego los levantó y la miró a los ojos.
—No. Agachó la cabeza para lamer el sudor del arranque de su pelo. Esme sintió el suave roce de su lengua y, al mismo tiempo, la presión de su verga dentro de ella cuando él levantó las caderas, frotando con devastadora precisión el único lugar que no podía resistirse a sus atenciones. Retiró un poco la verga, pero ella sintió su fricción en la carne hipersensibilizada. Luego, él volvió a descender, frotándose una y otra vez contra su clítoris expuesto, y ella no pudo resistirlo más. Se hizo pedazos, y todos los secretos, las dudas, las preocupaciones y las esperanzas que había mantenido férreamente guardadas dentro de sí volaron de repente, libres y desatados, expuestos al aire frío de la mañana y a él. A él. Levantó los ojos a tiempo de verle apretar los dientes y temblar, tan deshecho como ella, mientras derramaba su simiente en el interior de su cuerpo.
Su taza de té tembló cuando se la llevó a los labios, esa misma mañana. Aquella manifestación del tumulto que sentía dentro la hizo arrugar el ceño, y ordenó severamente a sus dedos que dejaran de temblar. A su alrededor, en el saloncito del desayuno, nadie pareció percatarse de ello. Salvo quizá Bella, que, sentada frente a ella en la mesita que compartían, le lanzó una mirada sumamente sagaz.
En realidad, la perspicacia tenía escaso valor en una amistad: sólo conducía a preguntas violentas y a miradas de comprensión excesiva. Esme apartó ostensiblemente la mirada de su mejor amiga e intentó concentrarse en algo que no fuera la arrolladora experiencia amorosa que había tenido esa misma mañana. Y anoche. Y la mañana anterior. Miró ceñuda su taza, ahora perfectamente inmóvil. Tal vez la superabundancia de sexo estaba trastornando su cerebro. Eso explicaría su incapacidad para pensar en otra cosa. No podía ser sano pensar, cavilar, obsesionarse constantemente con un hombre y sus largas piernas, su ancho pecho y su durísimo pene. Esme tosió encima del té y miró a Bella con expresión compungida. Su amiga dijo: —He traducido el título del primer cuento de ese libro que me diste. Se llama Corazón de Hierro.
—¿De veras? —Esme se olvidó un momento de sus cavilaciones. Se acordaba de aquel cuento. Corazón de Hierro. Era sobre un hombre valiente, fuerte y leal. Un hombre como Carlisle, pensó de pronto. Qué extraño. Frente a ella, Bella se aclaró la garganta.
—Lord Vale preguntó por ti anoche. Esme estuvo a punto de verter el té. Dejó apresuradamente la taza sobre la mesa. Obviamente, no estaba hecha para aquellos subterfugios. Tenía los nervios de punta.
—¿Qué le dijiste? Su amiga levantó sus ratoniles cejas de color marrón.
—Nada. De todos modos, ni siquiera habría reparado en mí. El cínico comentario de Bella distrajo a Esme de sus preocupaciones.
—No seas tonta. Claro que habría reparado en ti.
—No sabe cómo me llamo.
—¿Qué? Bella asintió con la cabeza, sin asomo de autocompasión en sus ojos marrones y firmes. —No tiene ni idea de quién soy. Esme miró hacia donde su prometido estaba sentado entre un grupito de señoritas. Edward hacía aspavientos; parecía estar contando alguna anécdota, y su mano derecha estuvo a punto de tirar la cofia de la señora sentada a su lado. Esme deseó decirle de nuevo a Bella que no fuera tonta, pero lo cierto era que seguramente Edward no tenía ni idea de cómo se llamaba su amiga. Siempre había prestado más atención a las mujeres más bellas de su círculo. Era de esperar, supuso. Los hombres eran bastante superficiales en ese aspecto: les importaba mucho más el físico de una mujer que sus sentimientos o su intelecto. A la mayoría, al menos.
Carlisle se había sentado al otro lado del salón, flanqueado por su hermana y por la señora Shioban, una dama de avanzada edad bastante insulsa. La señora Shioban le estaba contando algo y él tenía la cabeza inclinada hacia ella, pero sus ojos se encontraron cuando ella le miró. Pero enseguida apartó la mirada, sintiendo que el rubor invadía sus mejillas. Maldito fuera aquel hombre. No le bastaba con haberse servido de su cuerpo esa misma mañana hasta provocarle agujetas del modo más terrible y delicioso; también tenía que ocupar su pensamiento cuando estaba despierta.
—Espero que tomaras precauciones —dijo Bella frente a ella.
—¿Qué? —preguntó Esme con excesiva brusquedad. Su amiga la miró como si supiera que estaba pensando en otra cosa.
—He dicho que confío en que anoche tomaras precauciones. Esme la miró fijamente.
—¿De qué estás hablando?
—Algo para no quedarte encinta... Esme se atragantó.
—¿Estás bien? —le preguntó su amiga del alma como si no acabara de lanzar una bomba en medio de la conversación. Esme sacudió la mano mientras bebía un sorbo de té. Pensó por un momento en negar que hubiera pasado la noche con Carlisle, pero la conversación parecía haber rebasado ese punto hacía rato. Prefirió concentrarse en el asunto más acuciante.
—Sí, bueno, claro. ¿Cómo... cómo...? Bella la miraba con severidad.
—No puedo creer que te hayas embarcado en una aventura sin tomar las medidas adecuadas. Hay esponjas que encajan en el cuerpo de la mujer...
—¿Cómo es que estás enterada de esas cosas? —preguntó Esme, maravillada. Bella no estaba casada y presumiblemente era virgen.
—Hay libros, si a una le interesan. Esme abrió los ojos de par en par.
—¿Libros sobre...?
—Sí.
—Santo cielo.
—Presta atención —dijo Bella con firmeza—. ¿Has tomado las medidas adecuadas?
—Creo que es demasiado tarde para eso —masculló Esme. Se llevó la mano a la tripa cubierta de encaje sin darse cuenta y la apartó rápidamente. ¿Cómo era posible que no hubiera pensado en algo tan fundamental, incluso en medio del ardor de la pasión? La posibilidad de quedarse embarazada era un riesgo cierto, un riesgo que no podía permitirse. Edward era muy mundano, pero ningún hombre quería que su heredero fuera hijo de otro hombre. Si estaba encinta, tendría que casarse con Carlisle. La sola idea hizo que se le revolviera el estómago. No tendría dónde esconderse, viviendo con aquel hombre. Estaría expuesta constantemente: sus emociones, sus peores rasgos de carácter abiertos a él. Carlisle la veía, la veía de verdad, como ningún otro hombre la había visto, y a ella aquello no le gustaba. Él le exigiría cosas, emociones que no quería sentir, y no podría esconderse tras una fachada impostada.
El espanto debió notársele en la cara, porque Bella se inclinó hacia delante y puso la mano sobre la suya.
—No te angusties. Es demasiado pronto para saberlo; puede que no haya de qué preocuparse. A no ser que... —Arrugó el ceño —. A no ser que esto lleve pasando más tiempo del que creo.
—No —sollozó Esme—. No, no. Acaba de... —Pero no pudo acabar la frase. ¿Qué pensaría Bella de ella? Se había acostado con un hombre al que conocía desde hacía poco tiempo, y en una fiesta a la que estaba invitado su novio. Bella le dio unas palmaditas en la mano.
—Entonces no tiene sentido preocuparse. Disfruta del resto de la fiesta y no vuelvas a hacerlo sin tomar precauciones.
—Claro que no. —Esme exhaló un suspiro para tranquilizarse—. Ni siquiera volveré a mirarle. Y desde luego no pienso... —Desdeñó con un ademán el resto de la frase e irguió los hombros —. Voy a evitarle. No habrá una próxima vez.
—Hmm —murmuró Bella ambiguamente, aunque parecía escéptica. Y Esme no podía reprochárselo. Lo había intentado, pero su tono le había sonado inseguro hasta a ella misma. Su mirada se deslizó sin quererlo hacia el rincón donde estaba sentado Carlisle. Él la estaba observando con los ojos entornados. Esme estaba segura de que los demás sólo veían en su semblante una expresión despreocupada. Ella, no.
En sus ojos veía lujuria, ansias de poseerla y una convicción profunda en su propia fortaleza. Aquel hombre no renunciaría a ella sin luchar. Santo cielo, ¿dónde se había metido?
