El estudio de Sai no era lo que Sakura esperaba.

Como artista que era había

alquilado un destartalado piso en la zona de Montmartre, con dos habitaciones en el primer piso y un estudio en la buhardilla.

Completamente diferente a cualquier lugar en el que ella hubiera imaginado que residiría un rico aristócrata inglés.

Un hombre con aspecto de púgil, pelo canoso y duros ojos castaños le abrió la puerta.

Sakura dio un paso atrás alarmada, apretando el bolso contra el pecho.

Aquél era el tipo de individuo que una esperaba encontrar en un ring o en una pelea de taberna, pero nunca abriéndole una puerta en París.

Pero parecía que era el ayuda de cámara de Sai.

Ino le había dicho que los cuatro hermanos habían recogido a sus poco convencionales sirvientes personales de las calles, evitando de esa manera perder el tiempo en las agencias de personal.

Curry había sido carterista; Bellamy, boxeador; el ayuda de cámara de Naruto era gitano; y el de Itachi un empleado de banca londinense que había realizado un importante desfalco.

La expresión malencarada de Bellamy cambió cuando Sakura le dijo quién era.

La guio con suma educación por los tres tramos de escalera que conducían al estudio.

Éste ocupaba todo el piso superior y había dos enormes tragaluces que se

abrían al cielo gris de París.

La vista, todo había que decirlo, era impresionante.

Sakura deslizó los ojos por los tejados puntiagudos hasta los límites de la ciudad y las colinas llenas de nubes a lo lejos.

Sai estaba encaramado a una escalera de mano ante un lienzo enorme; el

pañuelo rojo sobre el pelo le hacía parecer un gitano.

Sostenía un largo pincel en la

mano y miraba la tela con el ceño fruncido.

Sus manos, su cara, el guardapolvo que protegía su ropa, el suelo; todo estaba salpicado de pintura.

En el lienzo de casi tres metros, que tenía enfrente, había bosquejado una columna y la figura de una mujer completamente desnuda.

Sai estaba concentrado en los pliegues de la tela que se perdía en las partes íntimas de la mujer, pero la

modelo se movía con nerviosismo.

—¿No puedes estarte quieta?

La modelo vio a Sakura y dejó de retorcerse.

Sai miró también por encima del

hombro y se quedó paralizado.

Sasuke se movió en las sombras.

Estaba despeinado, como si se hubiera pasado los dedos repetidamente por el pelo, o masajeado las sienes, como hacía tan a menudo.

Paseó sus pupilas oscuras sobre Sakura antes de mirar deliberadamente por la ventana.

Ella se aclaró la voz.

—El recepcionista del hotel me dijo que te encontraría aquí —musitó a la espalda de Sasuke.

Él no se giró.

—Cybele. —Fue Sai quien habló—. Baja y dile a Bellamy que prepare té.

La joven resopló antes de hablar con un marcado acento francés.

—No pienso acercarme a Bellamy. Me da miedo. Me mira como si quisiera

rodearme el cuello con las manos.

—No me imagino por qué será —masculló Sai.

—No importa —les interrumpió Sakura—. Da lo mismo. Sólo he venido a disculparme con los dos.

—¿De qué demonios tiene que disculparse? —inquirió Sai—. Es Inuzuka quien debería pedir perdón, ¡maldito hombre! Tiene órdenes de mantenerse alejado de nosotros.

Sakura se acercó a la ventana, apretando con fuerza el asa del bolso.

Observó la imagen de Sasuke reflejada en el cristal, sus rasgos eran completamente inexpresivos.

—Tenías razón, Sasuke—continuó ella con suavidad—. Debería haberme deshecho del inspector como si no se tratara más que de una pulga molesta.

No lo hice porque sentía curiosidad sobre algo que no es asunto mío. La señora Barrington siempre me dijo que la curiosidad era el peor de mis pecados, y tenía razón. No tengo perdón por querer indagar en la historia de tu familia, y te pido disculpas por haberlo hecho.

—Qué tierno… —se burló Cybele.

Sai se bajó de un salto de la escalera de mano y lanzó una bata a la modelo.

Luego la cogió por la oreja y la arrastró fuera del estudio.

La joven gritó y comenzó a

maldecir en francés.

El portazo que les siguió hizo vibrar las paredes antes de que se

hiciera el silencio.

Sakura estudió la pintura inacabada, tomándose su tiempo para hacer acopio de valor.

La mujer del lienzo miraba hacia una bañera con agua que había a sus pies.

La piel mojada sugería que acababa de salir de ella.

Un fino paño le caía por la espalda

como si estuviera a punto de secarse.

Era una pintura tan sensual como la que le había mostrado Ino, pero Sakura percibió de inmediato la diferencia entre ellas.

La mujer de este cuadro era un objeto, una figura con curvas.

No era más humana que la bañera a sus pies o la columna a su

espalda.

La mujer del cuadro de Ino era Ino.

Sai había pintado a su esposa y

cada pincelada, cada sombra, transmitían su amor.

La fémina del lienzo inacabado

podría ser cualquiera, sin embargo, sólo Ino podría ser la modelo del otro cuadro.

Se apartó del caballete y miró de soslayo la sólida figura de Sasuke.

—Te he comprado un regalo. —Él siguió inmóvil.

Sakura abrió el bolso y sacó una cajita.

—Lo vi cuando estaba de compras con Ino. Al instante quise que fuera

tuyo.

Sasuke mantuvo tercamente la mirada apartada de ella, bloqueando la luz que penetraba por el mugriento cristal con sus anchos hombros.

Sakura dejó la cajita en la repisa de la ventana y se dio la vuelta.

Si él no quería hablar, ella no podía obligarle.

Sasuke apretó la mano contra la pulida superficie de la ventana.

—¿Cómo es posible que creas que es culpa tuya? —dijo él por fin, negándose a mirarla.

Sakura dejó caer las faldas que había alzado preparándose para salir.

—Porque si me hubiera negado a hablar con el inspector Inuzuka ayer en el parque, tú jamás le habrías visto. Debería haber ordenado que le echaran a la calle cuando apareció en casa de Ino y comenzó a verter esas horribles acusaciones contra vosotros, pero soy demasiado curiosa para mi bien. En las dos ocasiones quería escuchar lo que él tenía que decir.

Por fin Sasuke volvió la cara hacia ella, aunque no quitó la mano de la ventana.

—No me protejas. Todos intentan protegerme.

Sakura se acercó.

—¿Por qué piensas que quiero protegerte? Estuvo mal por mi parte curiosear, pero admito que quería hablar con Inuzuka para saber todo lo que pudiera sobre ti. Incluso las mentiras.

—No todo es mentira. Estábamos allí.

—Entonces diré que quería conocer la versión de Inuzuka sobre los hechos.

La mano se crispó en el cristal.

—Cuéntame lo que te dijo. Todo. —Clavó los ojos en sus labios como si

esperase sus palabras.

Ella expuso todo lo que le había dicho el inspector, incluyendo aquella brusca proposición de matrimonio.

Se reservó las especulaciones de Inuzuka sobre su padre, algo que tendría que explicar a Sasuke algún día, pero no ahora.

Cuando Sakura habló de la propuesta, Sasuke se giró hacia la ventana otra vez.

—¿Aceptaste?

—Claro que no. ¿Por qué iba a querer casarme con el inspector Inuzuka?

—Porque te arruinará como no lo hagas.

—Puede intentarlo. —Sakura le lanzó una mirada airada—. No soy una dulce flor de invernadero que deba ser protegida; sé bastante del mundo. Mi fortuna es muy reciente y la reputación de la señora Barrington ha hecho mucho por mi situación actual. Ya no soy la chica que creció en un asilo de la beneficencia y se casó con un pobre vicario. Los ricos tienen muchos privilegios. Lo cierto es que es realmente asqueroso.

Sakura se dio cuenta, cuando se calló casi sin aliento, de que Sasuke no había escuchado sus palabras.

—Perdón. Sigo hablando demasiado, en especial cuando estoy alterada. La señora Barrington me reñía a menudo por ello.

—¿Por qué demonios mencionas sin razón aparente a la señora Barrington en cada frase que dices?

Sakura parpadeó. Sasuke ya comenzaba a hablar como solía hacerlo.

—No lo sé. Supongo que ha tenido una gran influencia sobre mí. Sobre todo sus opiniones. Tenía una para cada cosa.

Él no respondió.

Se acercó a la repisa de la ventana y cogió la cajita, rompiendo el papel con sus fuertes dedos.

La abrió y miró al interior antes de sacar un alfiler de oro repujado.

—Es para la corbata —dijo Sakura—. Estoy segura de que posees una docena de ellos, pero me pareció bonito.

Sasuke continuó con los ojos clavados en el regalo, como si nunca hubiera visto tal cosa.

—Mandé incluir una inscripción al dorso.

Sasuke giró el alfiler y sus ojos brillaron cuando leyó las palabras que Sakura había ordenado que grabaran en la joyería.

«Para Sasuke, mi amigo.S.

—Pónmelo —le pidió.

Sakura deslizó el alfiler en la seda con dedos temblorosos.

El cuerpo de Sasuke era duro bajo la chaqueta y ella reposó la mano en su pecho durante un momento.

—¿Me perdonas? —preguntó.

—No.

El corazón se le aceleró.

—Supongo que era esperar demasiado.

—No hay nada que perdonar. —Sasuke le apresó la mano—. Pensé que abandonarías París después de la escena en el parque.

—No podía hacerlo, tu hermano aún no me ha enseñado a pintar. —Él frunció el ceño y Sakura añadió apresuradamente—: Era una broma.

Sasuke siguió con el ceño fruncido.

—¿Por qué te has quedado?

—Quería estar segura de que estabas bien.

Sasuke clavó los ojos en los de ella durante un instante.

—Bueno, ya me has visto.

Sakura recordó su rostro casi púrpura, sus roncas maldiciones, sus manos cerradas en duros puños.

Su hermano y Curry arrastrándole lejos.

—Logro contenerme casi todo el tiempo. Pero cuando vi que él te tocaba, mi Sakura, estallé. Te he asustado.

—Sí, un poco. —Pero no cómo él suponía.

El padre de Sakura había sido propenso a dejarse llevar por una violenta furia cuando estaba borracho.

Entonces, ella escapaba y se ocultaba en el primer rincón que encontrara hasta que él salía de casa.

Con Sasuke no había sentido la necesidad de escapar.

No le cabía duda de que hubiera hecho daño a Inuzuka, pero en ningún momento temió que se lo hiciera a ella.

Sabía que no lo haría.

Su único temor había sido que se hiciera daño a sí mismo o que le arrestara la policía.

Sakura apoyó la mejilla contra la almidonada tela de la pechera de Sasuke.

—Me has dicho que no quieres que te proteja, pero no quiero que te pase nada.

—No quiero que mientas por mí. —Su voz retumbó bajo su oído por encima del fuerte latido de su corazón—. Itachi miente por mí. Sai y Naruto mienten; Curry miente.

—Parece como si estuvieras conjugando el verbo mentir. Yo miento, tú mientes, él miente…

Sasuke se quedó callado y ella levantó la vista.

—Sasuke, te aseguro que yo no miento.

Él le pasó el dorso de los dedos por la mejilla.

Sakura sintió la alocada necesidad

de seguir hablando.

—Esas nubes son muy negras. Puede que llueva.

—Bien. Entonces estará demasiado oscuro para pintar y Sai mandará a esa maldita chica a su casa.

—No es su amante, ¿verdad? —Sakura le puso los dedos sobre los labios—. Oh,cariño, no puedo evitar hacer preguntas. No es necesario que me respondas.

—No son amantes.

—Bien. —Sakura vaciló—. ¿Nosotros somos amantes?

—El alfiler dice que somos amigos.

—Bueno, pone eso porque no podía decirle al joyero que grabara «mi amante». Además, Ino me acompañaba.

Sasuke permaneció mucho rato en silencio, mirándola de reojo y volviendo a apartar la vista.

Ella le observó parpadear y desviar los ojos con inquietud, sin fijarlos

en ningún lugar.

—Te dije que no podría enamorarme —dijo él—. Pero tú ya lo has hecho.

A ella se le aceleró el corazón.

—¿Lo he hecho?

—De tu marido.

Todo el mundo quería hablar de Thomas Haruno.

—Es cierto. Le amé muchísimo.

—¿Cómo es esa sensación? —Sus palabras fueron un murmullo tan quedo que ella apenas pudo escucharlas—. Dime lo que se siente cuando se ama, Sakura. Quiero

entenderlo.

La autora del libro es Jennifer Ashley.

Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto