Viktor Krum — Perdidos.
I wanna be loved, by you.
No es su cama en la que despierta. Al ver el reloj de arena, sabe que ha dormido mínimo unas tres horas.
Se levanta, intentando no despertar a uno de sus compañeros de clase. Una ducha rápida y luego el uniforme de Durmstrang que la noche anterior dejó listo sobre su baúl. Le lucía más que a cualquiera y era consciente de ello.
Sale del barco, hogar en los últimos meses. La primera prueba ya había pasado y, por momentos, siente que la carga sobre sus hombros se vuelve más liviana. Igor (y el resto de las personas que lo conocían) buscan en él a ese campeón, a esa persona cuyo nombre se va a encontrar en los libros, en las revistas y que nunca va a ser olvidado.
Viktor quiere eso, nunca lo va a negar. Pero al mismo tiempo quiere ser solo un chico normal que se dedique al Quidditch.
Sabe que su sueño es simplemente eso: un sueño.
Lleva ya horas caminando. Al Gran Comedor parece no caberle ya ni una pluma. El búlgaro simplemente toma un café y le dice a sus amigos que va a estar caminando, que luego se ven (como si no fuera ya suficiente pasar 24/7 con ellos).
Sin embargo, pese a que la primera impresión de los demás es que va a vagar por todo el castillo y sus terrenos, Viktor ya tiene su destino.
Tiene calculada la ruta en el tiempo exacto para terminar su café y llegar a la biblioteca.
Estante por estante, con la mirada de varios estudiantes sobre él, busca el lugar ideal. Viktor genera murmullos y es que una de las cosas que más le llama la atención es saber por qué razón los demás creen que «alguien como él no debería estar en una biblioteca». Si supieran que realmente es allí donde puede dejar de sentir presión.
Sección de Encantamientos.
Ella está allí. Su cabello castaño, completamente rebelde, cae sobre sus hombros y un mechón sobre su frente. Tiene dos libros al lado izquierdo, dos al lado derecho, el pergamino y pluma frente a ella. Es hermosa y Viktor es incapaz de quitarle los ojos de encima. Sueña con su voz, con el olor de su perfume.
Tiene que tomar aire varias veces, pensar bien en la traducción del búlgaro al inglés y luego sí hacer su aparición.
—Hermione...—, la muchacha levanta la cabeza y le sonríe; Viktor se derrite un poquito más, —¿Llegué muy temprano?—, su acento ensancha la sonrisa de la castaña.
—Está bien, así tenemos más tiempo—, Hermione saca de su mochila otro pergamino y una pluma más. No obstante, el pergamino que le da al búlgaro no está vacío. Contiene un par de frases con espacios que él tiene que rellenar y así, mejorar su inglés.
—Gracias—, y se miran el uno al otro como si nadie más estuviera allí. Hermione, con las mejillas ligeramente de tono rosa, baja la mirada y vuelve con sus estudios. Viktor, por su parte, se da el lujo de observarla unos segundos más antes de compartir su silencio y hacer sus planas a la perfección, solo para recibir esa sonrisa que le quita el sueño.
