Capítulo XIV
El mercado
Cuando se dio cuenta de que estaba comenzando a aclarar, a Josefina se le instalaron dos ideas en la mente: una, a esa hora deberían estar los baúles en el carruaje y ellos despidiéndose de Bernardo y Cresencia para irse al puerto y tomar el barco a España, la luna de miel soñada; y dos, a esa hora también podrían estar llevando a Diego a la horca, pero no sucedió así, de modo que lo decepcionante de lo primero, perdía relevancia ante el alivio de lo segundo. Un amanecer más, unas horas más en las que Diego se mantuviera con vida, para que se ocultara en algún sitio, mientras los demás resuelven aquí. Porque tenía que haber alguna solución, alguna influencia a la que acudir, algún hilo que estos señores pudieran mover. De otro modo, no estarían aquí.
Don Alfredo, el señor Torres y los señores Del Campo (padre e hijo), con otros dos que reconocía de la fiesta de compromiso pero cuyos nombres no recordaba. Llegaron unos primero y otros después, a las nueve, a las diez, a la medianoche el último, y se habían quedado toda la noche conversando gravemente, a ratos en silencio o fumando. No podía decirse, es verdad, que los De la Vega no tuvieran buenos amigos.
"¿Gusta?" Don Alfredo vino a sentarse a su lado. Le ofreció otra taza de café. Se habían instalado todos en la oficina del Capitán, sin importarles lo que este pudiera opinar al respecto.
"Gracias."
Se supone que el café pone más alerta a la gente, pero a ella la tenía en un estado de fiebre que le aturdía los sentidos.
"Josefina, debo preguntarle algo." Echó un vistazo a los otros antes de continuar en voz baja: "Y se lo pregunto porque si tenemos alguna posibilidad de sacar a Diego de esto, debemos saber la verdad. No es una calumnia, trampa o conspiración, ¿cierto? ¿Diego realmente ha sido el Zorro todo este tiempo?"
El café estaba fuerte y sin azúcar. Josefina se tomó un trago grande para agarrar fuerzas.
"Yo sé lo mismo que saben ustedes."
Don Alfredo no quedó convencido:
"Necesito que confíe en nosotros, queremos ayudarles."
Ella no dudaba de eso. Pero a menos que fuera absolutamente necesario, de su boca no saldría.
"Lo siento. No sé más."
Debió pasar cerca de una hora más para que el trote de decenas de caballos hiciera que todos se pusieran de pie.
No lo pueden haber capturado.
Si lo capturaron, lo colgarán ahora mismo.
Pero no. Es el Zorro, ¡es Diego! Él lo puede todo. Él es hábil, él es inteligente, a estas alturas ya debe andar por Nueva York.
¿Tan lejos? ¿Cuándo lo volverás a ver?
Por el momento, lo prefiero simplemente vivo.
Casi se le salen las lágrimas de alivio, cuando Monasterio abrió la puerta con todo el aspecto de un perro rabioso que no ha dormido ni comido en tres días.
No lo capturaron.
Gracias, Dios.
El señor Del Campo y uno de los otros, abogados, lograron quedarse adentro para discutir la situación; a los demás los echaron del cuartel casi a patadas.
Al rato, vinieron a reunirse con los otros en la calle:
"Esto no pinta nada bien" reconoció el padre de Ricardo: "Para empezar, no quedan dudas: Diego es el Zorro, no tenemos cómo argumentar que alguien quisiera incriminarlo injustamente. Segundo, al escapar anoche lo ha evidenciado más aún-"
"Disculpe señor," dijo la única voz femenina del grupo: "¿Pero qué otra cosa podía hacer, dejar que lo llevaran al cadalso? El mismo Monasterio me dijo que no habría juicio."
"Mire, ya lo hecho, hecho está, ahora van a seguir buscándolo sin descanso, mandaron a pedir refuerzos de San Diego y San Francisco y en estos momentos están avisando a todos los pueblos vecinos que se aumentó la recompensar por el Zorro o Diego. Y tercero…"
"¿Tercero qué?"
"Desde este momento, toda persona que se ponga a favor de Diego, es decir, del Zorro, o lo ayude de alguna manera, es enemigo de la Corona y será declarado como traidor al Rey. Y todos sabemos cuál es el castigo que reciben los traidores." ¿Qué significaba aquello? No podía ser que… "Señora, lo siento mucho. Hicimos lo que pudimos. Hijo."
Ricardo miró a Josefina y a su padre alternativamente. Tampoco se había esperado esta, estaba seguro de que existía alguna equivocación, no podía ser que el blandengue de Diego fuera el paladín de la justicia que hasta él mismo había llegado a admirar en algún momento. Sea lo que fuese, siguió a su padre al carruaje.
Los señores sin nombre también se retiraron, no sin antes decir algo entre dientes o hacer algún gesto de cortesía.
Solo quedaban don Nacho y don Alfredo.
"Yo recuerdo… cuando fui acusado injustamente, fue el Zorro quien me salvó en más de una ocasión. Fue Diego. Pero… tengo una esposa e hija por quienes velar, yo…"
Don Nacho no dijo más. Se fue.
"Escúcheme. Todos estamos muy tensos, hay que esperar que las cosas se calmen un poco. Permítame llevarla a su casa."
Le empezaron a doler los huesos, tal vez del golpe contra la pared, pero más como algo interno que se le destruía.
"Yo traje… un caballo, está bien, yo me voy en mi caballo."
"Usted está muy alterada, permítame-"
"No. Váyase."
Don Alfredo dijo entonces, en un susurro y casi sin mover los labios:
"Créame que algo vamos a hacer. Solo necesitamos tiempo."
"Si lo capturan, eso es precisamente lo que él no tendrá."
"Por favor, créame. No están solos."
Don Alfredo al fin consiguió el valor (si puede llamarse de ese modo) para darle la espalda e irse.
Ya eran más de las ocho de la mañana. Algunas carretas comenzaban a pasar, un anciano guiando a un burro, una chica que vendía tamales y se dirigía al mercado. En el último segundo, Josefina se apartó para dejar pasar un carruaje que no había visto venir.
No quería irse a casa, como que aquí no ha pasado nada. Pero no veía otra opción. Tal vez debería esperar allá por don Alejandro y…
"Señora, disculpe." Tampoco había visto llegar al sargento García y a los dos soldados que le acompañaban.
Despierta. Pon atención.
Él logró escapar, eso es lo que importa.
Está herido.
Fue en el brazo.
O en el hombro, o en el pecho…
No, ya lo habrían encontrado. Seguro que la bala solo lo rozó.
Pon atención.
"Es mi deber informarle que de ahora en adelante contará usted con escolta."
"¿Quiere decir que me van a tener vigilada?"
"No, no vigilada, es… bueno, sí. El capitán dice que tal vez el Zorro… don Diego, quiera comunicarse con usted o con don Alejandro. Por eso la acompañaremos al rancho y estaremos con ustedes hasta que llegue el relevo, y así… sucesivamente."
A lo largo de los años en que le había servido vino en la taberna, casi siempre a costillas de otro, luego como amigo de Diego e invitado a su boda prácticamente horas atrás, Josefina había visto alegría, buen humor, algunas veces seriedad, en el rostro del sargento; aburrimiento, perplejidad, hasta tristeza, sí, le vio tristeza en el velorio de tío Pedro, lo recordaba. Pero nunca había visto esto: vergüenza.
Eso no la detuvo, sino que más bien la alentó:
"Usted también traiciona a su amigo entonces. Usted, que lo consideramos parte de la familia y se sentó en nuestra mesa en nuestra boda."
"Señora, por favor, yo solo cumplo órdenes, no lo haga más difícil-"
"Es usted un traidor."
Con vergüenza y todo, al sargento no le quedaba otra:
"Señora, no nos haga llevarla por la fuerza. Por favor."
Estaba agotada física y mentalmente. Había que ceder.
Se subió al caballo y flanqueada por los dos soldados, con el sargento García a la retaguardia, se encaminó al rancho De la Vega.
(…)
Los baúles estaban alineados contra la pared, cerrados y listos. El vestido de novia aún pendía de un costado del armario. En la mesita estaba la bandeja con el desayuno que le trajo Cresencia, del que solo probó un par de bocados. Del otro lado, el vacío: el lado de la cama donde él había estado junto a ella solo una vez.
Las tejas/estrellas se le hacían tejas solamente, a la vez que se le ocurrían desenlaces inverosímiles para todo esto: Diego apareciendo de pronto en la ventana, ella montaba con él en Tornado y se iban galopando hacia el atardecer; cambiaban de repente a Monasterio por otro tipo, o al mismo Gobernador, y el nuevo ocupante del cargo se daba cuenta de que el Zorro era un hombre justo, le daba amnistía, Diego volvía con el brazo en un cabestrillo y de nuevo se iban galopando juntos, tal vez de paseo; se hacía un juicio, lo declaraban inocente y… sí, todos los escenarios terminaban con los dos sonriendo y dando un paseo a caballo.
Pero ninguno era real. Lo verdaderamente real era esta desolación de abismo.
Cuando algo parezca demasiado bueno para ser verdad, lo es. Así decía tío Pedro. Tal vez había tenido razón.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano al escuchar unas voces afuera:
"¿…y qué cree que está haciendo al acosar a una dama de esta manera como si fuese una criminal?"
"Señor, yo cumplo órdenes."
"¡Esta es mi casa y las órdenes las doy yo!"
Josefina abrió la puerta.
Nunca había visto a don Alejandro despeinado, con la corbata torcida y para más, con unas ojeras gigantes.
"Hija…"
Ninguno de los dos había previsto este abrazo. Para ella, fue ese recuerdo de su padre en los mejores tiempos, de tío Pedro en las no muy frecuentes ocasiones en la vida en que le había dado un abrazo. Para don Alejandro, fue casi como abrazar al propio Diego, pues fue él mismo quien, entre tantas señoritas ricas o pobres que con gusto se habrían dejado cortejar por él, había sabido elegir justo a esta.
El soldado se quedó afuera de la habitación haciendo guardia.
Don Alejandro se dejó caer en la silla del escritorio; ella, en el borde de la cama.
"Lo querían colgar pero se escapó lo han buscado pero no lo han encontrado yo no sé cómo lo atraparon en primer lugar no sé cómo-"
"Bernardo y Alfredo me contaron todo. También a Monasterio le hice una visita. Vi que le dejaste un recuerdo," se señaló la frente, haciendo referencia al rasguño que le adornaba la cara al Comandante: "Bien hecho, yo mismo estuve a punto de volarle los dientes, ¡mandar a mi hijo a la horca!, por Dios, cuando lo único que ha hecho es ayudar a la gente decente y velar por que se haga justicia." Don Alejandro tampoco había pegado un ojo. Le tomó más de seis horas llegar a Los Ángeles con el caballo medio muerto de agotamiento y sin saber si iba a encontrar a Diego aún con vida. "¿Tú sabías? Que él es… ¿lo sabías?"
Josefina asintió.
"Lo imaginé. Él confía en ti y ya veo por qué."
"¿Qué vamos a hacer, don Alejandro?"
Meditó unos instantes antes de responder:
"Lo que vamos a hacer… es lo que yo no haría. Es lo que haría el Zorro. Debemos ser astutos como él. Reconozco que muchas veces me dejo llevar por mis impulsos, pero Diego no, él analiza las cosas con paciencia. Aún no tengo idea de cómo, o del qué, hija, pero es lo que debemos hacer."
"¿Usted cree que él esté…?"
"Él va a estar bien."
Lo dijo tanto para ella, como para sí mismo.
(…)
Desde lo alto del púlpito, el padre hacía oír su voz ante toda la concurrencia, con las gracias celestiales como tema del día. Al mismo tiempo, Josefina hacía su mejor esfuerzo por ignorar las miradas sobre sí.
Esta fue la primera idea de don Alejandro:
"Monasterio no debe pensar que estamos en casa todo el tiempo esperando señales de Diego. Debemos aparentar cierto grado de normalidad", había dicho. Para ello, Josefina debía ir a misa y luego al mercado este domingo, acompañada por Bernardo y, lamentablemente, por sus dos sombras de uniforme, sentados en el banco justo detrás de ella, como si tuviera una gárgola pegada a cada hombro. Al mismo tiempo, don Alejandro atendería los asuntos del rancho, con su respectivo sargento, cabo o soldado raso husmeando desde cerca.
Normalidad.
Normalidad cuando Diego podría estar pasando hambre o frío o calor o dolor o-
Detente. Diego es demasiado capaz como para pasar alguna necesidad de ese tipo. Además, don Alejandro mandó a unos vaqueros de caza, supuestamente, pero están buscándolo en este mismo instante.
Si no lo han encontrado los lanceros, dudo que ellos lo hagan.
Ten fe.
Fe…
Le había dado gracias a Dios al saber que no lo habían atrapado. No podía apartarse de eso ahora. Miró el rostro doloroso del Cristo en lo alto de la cruz:
Que esté bien, por favor. Que esté bien… protégelo…
El monaguillo la estaba mirando también, un chico de unos catorce años.
¿Le sonrió?
¿Y…? ¿Lo había imaginado? ¿Hizo el chico la señal de la zeta con el dedo, muy levemente, con la manga ancha de su vestimenta eclesiástica casi tapándole los nudillos?
Ahora a ponerse de pie, lo hizo de prisa. La anciana doña Dolores, como siempre, repartía el escueto misal de dos hojas que contenía las oraciones de los fieles.
El corazón le dio un salto al abrirlo: una zeta pintada en tinta cruzaba las páginas de extremo a extremo. Lo cerró de inmediato.
No le quitó los ojos al Cristo durante el resto de la misa.
(…)
La iglesia y el mercado se encontraban en extremos opuestos de la plaza central. Josefina atravesó las calles de tierra, caminando muy derecha, Bernardo a su lado y los otros sin perderle pisada. Sentía que todo a su alrededor estaba suspendido en el aire con cuerdas invisibles, que todos eran actores y las casas eran solo fachadas, pero los demás no se daban cuenta; solo ella sentía, casi podía tocar esta especie de farsa extraña que estaba representando.
"Buenos días."
"Buenos días."
"Buenos días, señora De la Vega."
"Buenos…" Otra zeta en el aire. "…días."
Los duraznos estaban a dos por uno. Los espárragos, a medio peso el manojo. Ni siquiera había pensado en qué iba a comprar. Cualquier cosa.
Manzanas. Manzanas estaría bien.
"Buenos días don Miguel, seis manzanas por favor. ¿Cuánto es?"
"Para ti, nada."
"Pero… dígame algún precio por favor. ¿Un peso?"
Los soldados tenían su atención en un puesto de tabaco. Don Miguel se le acercó un poco: "Para la familia del Zorro, son gratis."
Una de las frutas tenía una zeta tallada con el filo de un cuchillo.
"Ah… gracias."
¿Esto era parte de la normalidad que querían aparentar?
Siguió avanzando sintiéndose como un muñequito de cuerda. Jóvenes y viejos, varias personas más le hicieron el signo de la zeta disimuladamente, aunque un niño que blandía un palo de madera como espada lo hizo sin ningún miramiento.
"Buenos días. Cuatro, eh, seis peras por favor. ¿Cuánto es?"
La doña le pidió acercarse. Más. Un poco más. Le dijo casi al oído:
"Van por la casa, es un gusto atender a la esposa del Zorro."
Era un milagro que los lanceros aún no se hubieran dado cuenta de nada. Mejor irse de una vez y no seguir tentando la suerte.
Atravesar de nuevo la plaza parecía una tarea enorme.
Y entonces, vino un murmullo: "Viva… viva el Zorro…"
Como siempre, Bernardo representaba su papel a la perfección, fingiendo no oír nada. Pero lo oía. Todo al que le funcionaban las orejas, lo oía, ahora más alto:
"¡Viva el Zorro!"
"¡¿Quién dijo eso?!" vociferó uno de los guardias. El mercado se paralizó, una postal pintoresca de algún pueblecito perfecto. "¿Quién es el traidor de la Corona? ¿No fue nadie, eh?"
"¡Fui yo!" gritó un muchacho.
"¡Y yo!" lo siguió otro, y otro, y varias personas más.
Los soldados ya empuñaban los rifles y volteaban a todos lados, cuando cada vez eran más los que se unían a los ¡viva el Zorro! y a dibujar zetas invisibles en el aire.
"¡El defensor de la justicia!"
"¡Viva el Zorro!"
"¡Déjenlo en paz!"
"¡Dejen a esta muchacha tranquila, perros!"
"¡VIVA EL ZORRO!"
Bernardo cargaba la cesta con las frutas, Josefina tenía el misal apretado en una mano. Cada rostro la miraba con simpatía y no por ella misma, sino por él, porque todos sabían la verdad: que él no era un criminal, sino todo lo contrario.
Se le hizo un nudo en el pecho cuando alguien exclamó:
"¡Viva don Diego de la Vega!"
(…)
Nota: no recuerdo que en la serie de 1957 la gente tomara café; tampoco sé si las frutas que mencioné se dan en esa zona. Supongamos que sí. ¡Gracias por leer! Y por fa déjenme sus opiniones, ¡gracias!
