𝕃𝕠𝕤𝕥


Un rubio frustrado de pie ante un espejo en casa de su madre, una pila de trajes formales sobre la cama y una costurera ansiosa por clavar sus alfileres. Menudo desastre.

—Hijo, párate derecho—ordenó Karina—. Mira al frente.

—Mama. ¿Esto es necesario?—cuestionó Reiner con fastidio.

—¡Claro que lo es!—exclamó la rubia notablemente indignada hacia su hijo—. Debes lucir muy apuesto ese día especial—soltó con la ilusión bañando sus ojos—, de seguro ella estará muy hermosa con su traje blanco.

—Sí, seguro...—habló el de ojos mieles con algo de desánimo y la razón era bastante concreta. Observaba a través del espejo aquella trenza carmesí que volaba sobre su muñeca, esa maraña de hilos rojos con un hermoso dije en forma de ancla, sonrió levemente pensando en su amando, porque aunque no lo supiera claramente, sentía que Bertholdt aún la llevaba y eso le hacía creer que aun seguían conectados con ese famoso "click".

Probarse un smoking era menos tedioso de los que parecía, pero teniendo a su madre dándole órdenes igual que a un niño pequeño, volvía aquella tarea toda una pesadilla. Reiner anhelaba acabar lo más pronto posible para irse a casa.

Cuando al fin logró zafarse de las garras de Karina huyó lo más rápido que pudo, no sin antes recibir una reprimenda por parte de ella—. Tienes que visitar a Historia más seguido—dijo la dama. Verdaderamente ella parecía más entusiasmada por la boda que su propio hijo.

El publicista abordó su automóvil pensando en los regaños que recibió de su madre. Siendo sinceros él no estaba para eso y menos a su edad, pero en cierto punto Karina tenía razón; debía afrontar su responsabilidad.

Las lloviznas humedecian las calles en una revoltosa tarde de miércoles y él conducía sin cuidado, sólo quería llegar hasta aquel estudio fotográfico. Se convenció a si mismo de ir a la casa de Bertholdt a tratar de por lo menos verle pasar por la ventana de su habitación.

Observó por largos minutos aquel pintoresco hogar, al parecer no había nadie. Esperó un buen par de horas, pero simplemente aquel hombre de ojos verdes nunca apareció. Más que sentirse triste, se sintió realmente celoso por el simple hecho de imaginar a su amado junto a otra persona, independientemente de que fuera hombre o mujer, eso simplemente le ponía muy ansioso.

Se marchó algo derrotado, con el poco orgullo que le quedaba sobre su fornido ser. Decidido esta vez de hacerle caso a su madre, se dirigió a la morada de su prometida.

Apenas llegar fue recibido por una castaña de mal rostro—. Al fin te dignas en venir...—dijo Ymir.

—¿Dónde está Historia?—cuestionó el rubio.

—Aún no ha llegado—respondió la pecosa entre dientes. Ya que la simple presencia de Reiner le daba un serio impulso de querer lanzarle un par de platos en la cara.

—¿Qué haces aquí después de todo?—indagó Braun con total despiste.

—Hoy es miércoles...—mencionó la castaña—, siempre me reúno con ella para ver películas—reveló—, pero sabrías eso si tan sólo le prestaras más atención.

—Ymir...—llamó el de ojos mieles y la castaña sólo le miró con fastidio—. Siempre he creído que no te caigo bien.

—Tienes razón—concedió la morena.

—¿Puedo saber por qué?

—Eres un pillo, Braun—señaló con certeza—. ¿Crees que no se lo que haces?

—¿Qué?—espetó confuso.

—No me quieras ver la cara de estúpida—comentó con ese humor ácido típico de ella—. Porque no vas mejor a besuquearte con tu noviecito el langaruto.

Reiner sintió su estómago revolverse brutalmente, la boca le supo amarga y sintió una fuerte punzada en las sienes—. ¿Fuiste tú?—soltó con despecho—. Tú le dijiste a Bertholdt, ¿verdad? ¡Querías arruinar mi relación con él!

—No—negó con expresión neutra—, ni siquiera lo conozco—agregó rodando los ojos—. Pero hace algunos meses te vi, estaban ustedes dos besándose frente a esa cafetería anticuada—precisamente ese mal recuerdo era lo que no la dejaba dormir en paz por las noches.

—¡Maldita sea!—exclamó con frustración—. Tú lo supiste todo el tiempo.

—Sí—afirmó la castaña—. ¿Sabes por qué no le he contado nada a Historia?—cuestionó al aire—. Porque yo realmente la adoro, y no quiero destruir su corazón.

Y ahora Reiner era el malo de la película, de hecho siempre lo fue. Sabía que debía remediar todo, empezando primero por su futuro matrimonio.

—No quiero casarme—reveló.

—¡¿Qué demonios te sucede?!—exclamó en cuestión la dama de pecas.

—Yo me enamoré de él—se sinceró el de ojos mieles.

—Eres tan gay como yo, Reiner—comunicó la de ojos café claro—. Te comprendo.

—Estoy perdido...—comentó sin más mientras pasaba una mano sobre sus rubios cabellos.

Estaba perdido porque no sabía a dónde ir o que hacer, perdido porque no sabía dónde estaba Bertholdt o que hacía, estaba perdido por el simple hecho de despertar cada mañana deseando tener el calor del cuerpo desnudo de aquel moreno sobre su pecho, por creer ver esos ojos de selva virgen en cada rincón se su oficina.

—¡¿A dónde crees que vas, idiota?!—gritó Ymir al ver como Reiner salía corriendo.

—¡Tengo que arreglar algunas cosas!—le respondió desde la distancia—. Dile a Historia que debo hablar seriamente con ella.

—¡Te mataré si la lastimas, bastardo!


Reiner decidió ir a buscar al amor de su vida aunque tuviera que mover cielo y tierra para encontrarlo. Cada día visitaba la casa de aquel caballero de ojos verdes, el rubio se gastaba horas afuera del estudio, pero nadie entraba ni salía. No había nadie, nunca había nadie, así que se resignó a que no le vería jamás.

El vodka se volvió su mejor amigo, porque ahogar sus penas era más fácil en ese momento. Botellas de licor vacías en el suelo de su habitación denotaban su falta de voluntad.

—Reineer~—canturreó—. ¡Atrapame si puedes!—entonces se echó a correr lo más rápido que pudo.

—¿Liebe?—murmuró mientras le buscaba entre un enorme pastizal hasta que lo encontró, era más hermoso de lo que recordaba y le sonrió como siempre, sus ojos eran como las aceitunas de un Martini; brillantes y rodeadas en su totalidad de transparencia infinita. Vestía totalmente de blanco...

El moreno se acercó lentamente hasta quedar frente al caballero de ojos mieles, le acarició la mejilla. Sus cabellos negros volaban en el viento, el de fanales olivaceos le regaló un sutil beso en la comisura del labio.

Sin pensarlo dos veces, el rubio le tomó de la cintura abrazandole contra su cuerpo, poco a poco aquel abrazo se iba tornando más y más fuere, hasta que aquel hombre de ojos verdes se esfumó como arena ente los dedos.

—¡No!—gritó Reiner al aire—. ¡Vuelve!—suplicó mientras se dejaba caer de rodillas sobre el césped—. ¡Bertholdt, yo te amo!

Su pecho subía y bajaba sin control, su corazón latía a un ritmo sobrenatural, observó su entorno; no estaba en su habitación, más bien parece que sen había quedado dormido en el sillón de la sala. Revisó una vez más la botella de vodka que yacía sobre la mesa de centro—. ¡Ya no hay alcohol!—exclamó para si mismo en aquella enorme casa.

Se levantó con un enorme dolor en la zona lumbar, con la boca seca caminó hasta el cuarto de baño. Se mantuvo por largos minutos mirándose en el espejo, totalmente desaliñado, con ojeras enormes bajo sus ojos, barba de más de una semana y el cabello relativamente largo.

¿Hace cuánto que no iba al trabajo?

—Sólo mírate—se habló a si mismo—, Reiner Braun, siempre has sido débil—comentó mientas posaba las manos con furia sobre la encimera del lavabo—, siempre has hecho lo que los demás han querido, lo que te han ordenado—soltó con rencor. ¿Por qué inscribirse en el equipo de rugby? ¿Por qué dejarse meter una idea por los ojos?—. Me doy asco...

Cuando decidió que ya había reprochado lo suficiente, se despojó de su ropa y entró en la ducha, pegó su frente al las frías baldosas observando fijamente sus propios pies. Dejó que la lluvia artificial cayera sobre él, se aseó con pocas ganas. Al salir se envolvió con la toalla y se dirigió a su habitación, repentinamente su estómago rugió; tenía un hambre voraz. Se cepilló los dientes diciéndole adiós al aliento alcoholizado.

Se alistó con lo primero que encontró; una sudadera muy vieja, un pantalón de mezclilla bastante gastado y unos tenis. Salió de su hogar, tenía pensado ir al supermercado conduciendo, pero no se sentía en ánimos para hacerlo. ¿Por qué no ir caminado? Igualmente estaba relativamente cerca.

Un par de cuadras le distanciaban de aquella tienda de conveniencia, al llegar entró dejando que el aire frío de la puerta automática revolviera su cabello, deambulaba entre los pasillos mirando las coloridas etiquetas de los productos que ahí vendían, tomó unas cuantas latas de atún y un paquete grande de galletas saladas; no es porque no tuviera dinero, sino que simplemente no tenia ganas de nada.

Iba directo a la caja para pagar por lo que había elegido, cortó camino por el pasillo de las mascotas, y para su sorpresa un buen amigo yacía ahí analizando el alimento para perros.

—Hola Marcel—saludó el rubio.

—¿Qué hay, grandote?—comentó en cuestión el de cabellos castaños.

Reiner sabía muy bien que tenía un amigo en común con Bertholdt, de hecho se moría por preguntar sobre el paradero del moreno.

Verás, él es una persona muy frágil, a pesar de reflejar una actitud relajada y excéntrica, en el fondo es un chico tímido. Siempre da todo en una relación.

Sólo no lo lastimes, por favor...

Como por obra del destino, recordó aquella conversación que tuvo por teléfono con Marcel, aquella tarde en que le reveló sus sentimientos por Hoover. Realmente era un idiota.

—Casi nada—respondió el ojimiel cuando logró salir de su laguna mental—. No sabía que tenias mascota—agregó para aligerar su carga de conciencia.

—Ah, lo dices por esto—dijo mientras señalaba la bolsa de alimento canino—. Tengo un amigo que está en estado crítico en un hospital ceca de aquí, y yo me ofrecí a cuidar a su perro mientras él despierta del coma.

—Diablos, pobre chico—expresó Braun.

Galliard sacó su teléfono móvil del bolsillo de su pantalón, se dispuso a buscar una fotografía del can—. Lo más triste de todo es que no me deja dormir por las noches, parece que extraña mucho a su dueño—reveló taciturno—, éste es el perrito...

Las latas de atún chocaron estrepitosamente contra el suelo al igual que las galletas saladas, Reiner se descolocó por completo, sus rodillas flaquearon al instante, sintió una severa presión en el pecho y su estómago se sintió absurdamente vacío.

Podría jurar que estaba a punto de sufrir un infarto.

—¿Rin...go?—logró mascullar casi que hiperventilando—. ¿B-Berth-holdt está en c-coma?


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"Liebe". Significa: "Amor".