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Capítulo 11

Candy quería trasladarse a la cabaña vacía que había justo en la linde del bosque, pero Albert había negado con su cabeza varias veces. Tan lejos de su presencia no podría vigilarla. Candy montó en cólera por su negativa tajante. No soportaba las miradas desagradables que le dirigían su hermano menor y los miembros del consejo. Había quedado claro que la consideraban una intrusa molesta, y ella deseaba darles el gusto de no tener que mirarla vagabundear por la casa durante todo el día.

—Mi decisión está tomada —Albert le hizo una advertencia con los ojos.

—Soy una molestia para el clan y esta situación me hace sentir incómoda... ¡ni una vez más!

—No tenéis autoridad para decidir sobre nada.

Candy abrió los ojos con incredulidad.

—¿Soy una prisionera?

Albert iba a responderle cuando Anthony intervino. Habló con su hermano en gaélico creyendo que Candy no iba a comprender sus palabras, pero ¡qué equivocado estaba! A pesar del fuerte acento, ella había aprendido a diferenciar las formas guturales del idioma, y se quedó clavada en el suelo a medida que escuchaba a los dos hermanos discutir sobre ella. ¿Cómo podía odiarla tanto Anthony para sugerirle a su hermano que la intercambiase por una mula? Se quedó brutalmente mortificada y llena de la más absoluta vergüenza.

Quedaba claro que no le había perdonado el incidente con la horquilla.

Dio media vuelta y encaminó sus pasos fuera de la torre hacia el centro del patio. Sabía dónde podía encontrar las respuestas a todas las negativas que le ofrecía Albert.

El enfado nunca había resultado buen consejero pero ella había alcanzado el punto de ebullición necesario para el enfrentamiento. Divisó a Archie entre los hombres que holgazaneaban en el patio gastando bromas tras los entrenamientos. Se dirigió directamente hacia él y en un gaélico aceptable le recriminó.

—¡Basta de evitarme a conciencia! Tenéis muchas preguntas que responder y lo haréis ahora mismo si no deseáis que me cuelgue de vuestro cuello y no me separe de él en lo que queda de día.

El rostro horrorizado del escocés le indicó que había entendido la amenaza a la perfección. Ella, con un gesto de la cabeza, le indicó que la siguiera. Archie se levantó del abrevadero y la siguió hasta el muro de piedra arrastrando los pies. El patio había quedado en silencio y expectante.

Candy le habló ahora en un castellano suave y melodioso.

—Sé que habláis mi lengua correctamente —Archie no lo confirmó— ignoro cómo la habéis aprendido ni por qué, pero no importa. Deseo saber por qué se me evita en un lugar donde no tengo más opción que estar. Mi presencia molesta al clan, lo sé, pero juro que no hago nada a conciencia para perturbar la paz del pueblo...

—Está bien, doña Gracia —Candy entornó los ojos con dolor, había supuesto que hablaba su lengua, pero descubrirlo la había herido más de lo que imaginaba—. Nadie os quiere en el pueblo, pero siendo hija de quien sois, tenemos que aceptaros entre nosotros —Candy no entendía nada, ¿cómo podía su padre tener tanta influencia en un territorio escocés? ¿Qué podía haber hecho para que los aldeanos estuviesen en deuda?—. No es solo vuestra condición de mujer —Candy bajó los ojos al suelo—, es vuestra condición de castellana.

Ahora comprendía menos.

—¿Por qué fueron a rescatarme entonces?

—Nuestro laird hizo una promesa de honor y debe cumplirla.

—¿Quién tiene el privilegio de esa promesa?

Archie la recriminó con los ojos su actitud defensiva pero le respondió:

—Nuestro laird debe lealtad a vuestro padre —Candy seguía llena de dudas, quizás su padre había salvado la vida de Albert y éste había tratado de corresponderle yendo a buscarla, pero ¿cuándo había ocurrido ese hecho? ¿Por qué ella lo desconocía?—. Nuestro laird prometió a vuestro padre que os traería a Escocia y que os protegería con su vida hasta su llegada.

Candy no lo dudaba pero no sabía cómo contenía sus ansias.

—¿Cuánto tardará Paulina en llegar? Llevo aquí demasiado tiempo...

Archie no la dejó terminar.

—Está en Edimburgo, vendrá cuando sea posible.

Candy apretó los labios con decisión.

—Deseo mudarme a la cabaña que está en la linde del bosque, ofrece la suficiente intimidad como para no resultar una molestia—Archie alzó las cejas sorprendido—. Hablad con Albert y decidle que seréis el encargado de proteger mi espalda en su lugar.

Arvhie negó con la cabeza, absolutamente horrorizado.

—Yo no podría estar cerca de vos de la misma forma que nuestro laird.

Candy frunció el ceño al comprender sus palabras. Archie no estaba imposibilitado y saber que podía sentirse atraído por ella, la llenó de honda satisfacción. ¡Al fin un hombre de carne y hueso!

—¿Todo el mundo conoce su...? —Archie asintió con la cabeza—. ¿Qué le ocurrió?

El guerrero dudó durante un instante antes de decidirse, optó por contarle una parte de la historia.

—No debería ser yo quien os ilustre.

Candy se mordió el labio impotente.

—Sois el único de este clan que se digna dirigirme la palabra.

La queja era del todo justificada.

—William, el hermano menor de Albert, se enamoró perdidamente de Karen, la prometida de nuestro laird y hermana de Garlan McGoshawk, nuestros vecinos y, ahora, enemigos. William perdió la cabeza como solo un hombre inmaduro puede perderla. La traidora jugó con sus sentimientos y consiguió que él obviara el compromiso de su hermano mayor llevándolo a su lecho. Albert terminó por pillarlos en pleno desvarío amoroso. Nadie supo lo que cruzó por la mente de nuestro laird al ver a su hermano y su prometida retozando como animales en celo—Archie se paró un momento antes de continuar.

»Su respuesta fue más condescendiente de lo que se merecía. La expulsó del clan y se suspendieron los festejos previos a la boda, pero William no se lo tomó todo lo bien que debiera. En un arrebato irracional de celos atacó a Albert por la espalda buscando su vida. Ambos hermanos terminaron heridos de gravedad pero William fue el único que no se recuperó de la herida mortal que le infringió Albert tratando de defenderse. William murió poco después. Karen, al no salirse con la suya, trató de asesinarlo utilizando un poderoso veneno. Nuestro laird ya no se recuperó ni de la pérdida de William, ni del intento de asesinato de la que fuera su prometida. Cuando Albert descubrió que Karen pretendía romper el compromiso impuesto por su clan aprovechándose de William y sus sentimientos, no pudo comprenderlo. El resultado es la incapacidad que padece desde entonces.

Candy se había quedado horrorizada. Sus ojos reflejaron la pena profunda que la revelación le había ocasionado. Archie le mostró con los ojos que equivocaba el sentimiento.

—Nunca le demostréis a nuestro laird vuestra conmiseración si no queréis enfrentaros a su furia.

Candy agradeció el consejo pero resultaba innecesario: ella sentía muchas cosas por Albert, pero en modo alguno era compasión.

—El veneno no causa la incapacidad.

Archie asintió.

—El remordimiento sí. Nuestro laird no puede perdonarse que su debilidad por una mujer produjese un hecho tan abominable como la muerte de su hermano. Está convencido de que ninguna mujer vale la vida de un hombre.

En el caso de Karen, ella opinaba lo mismo.

—¿La amaba mucho? —esa posibilidad le arrancó un gemido a su alma.

—Eso, ¿quién puede saberlo?

Candy estaba profundamente consternada por la tragedia que había ocurrido en el clan; ahora entendía mejor la aparente frialdad de Albert.

Archie siguió con su explicación.

—Ese es el principal motivo por el cual vuestro padre lo envió a buscaros. Sabía que nuestro laird no intentaría seduciros. Estaríais a salvo con él.

Candy chasqueó la lengua. ¿Desde cuándo conocía su padre a Albert? Debían de haberse conocido en las cruzadas y forjado una profunda amistad. ¿Por qué nunca lo había mencionado en sus cartas?

—¿No ha tratado de buscar ayuda?

Archie no le contestó y ella comprendió que ya no le diría nada más respecto a ese asunto. Volvió a la cuestión del principio. Necesitaba independencia.

—¡Os pagaré si decidís protegerme!

Candy podía esperarse todo menos la carcajada incrédula que, soltó el escocés.

—¡Ah, señora! Todo vuestro dinero no vale la furia que podéis despertar en Albert con vuestro desprecio a su esfuerzo por conservar vuestro cuello intacto.

Candy había abierto la boca pero la volvió a cerrar con los ojos llenos de melancolía y pena. Archie fue consciente de lo solitaria que se veía la castellana, intentando adaptarse a la rutina del clan sin conseguirlo. Vio la profunda desolación que asomaba desde el fondo de sus pupilas y le ofreció el único consuelo que le estaba permitido: una sonrisa.

Candy sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas que, aunque quisiera, se negaba a derramar. Alzó los ojos y miró directamente los miel de Archie, la mueca de sus labios apenas perceptible, y cuando entendió la mirada de ánimo que el escocés le mostraba, sintió un calor extenderse por cada poro de su cuerpo. ¡Al fin un amigo! En un gesto involuntario pero lleno de determinación, alzó su mano y con sus nudillos le acarició el mentón con una sonrisa.

Archie sabía que estaba mal, pero asió la mano de ella, que encerró entre las suyas para transmitirle un poco de apoyo.

—Nunca en mi vida he estado tan sola. Siempre me he sentido querida, protegida por mi padre y mi abuelo. Me resulta intolerable el silencio que encuentro a mi paso. Sé que no soy bien recibida aquí, pero ¡no tengo elección!...

Archie vaciló ante las palabras de ella. Se acercó un poco más y trató de pasar su brazo por los hombros de Candy, que habían comenzado a temblar.

El atronador grito de Albert les hizo volver la cabeza a los dos en el acto. Archie cuadró los hombros y se apartó de ella de forma brusca. Miró a Albert y entendió la orden. Asintió con la cabeza y se alejó; ella se quedó quieta en el extremo del patio sin obedecer. Sabía que Archie tendría problemas por su culpa y una ira ciega comenzó a invadirla. No se movió. Albert dirigió los pasos encolerizados hacia ella. Candy seguía sin bajar la guardia, esperando.

Sintió una pequeña flojera en las rodillas cuando vio avanzar hacia ella casi dos metros de profunda ira. Había roto el protocolo al dirigirse directamente a uno de sus hombres sin tomar en cuenta las jerarquías e incluso se había atrevido a tocarlo, pero no se arrepentía. Fue retrocediendo a medida que él iba avanzando, y cuando la espalda de ella toco el frío muro, se acobardó. Sopesó la posibilidad de echar a correr, pero imaginó que no le serviría de nada pues él la alcanzaría en dos zancadas apenas sin esfuerzo y Candy jamás se dejaría avergonzar en una huida semejante.

¡Maldito orgullo castellano!

—¡Nunca volváis a dirigiros a mis hombres sin mi permiso!

Ella ya se temía algo así, y levantó el rostro con desafío.

—¡Juro por mi sangre que no se me va a ignorar un día más!

—¡Mujer insolente y orgullosa!

Candy se resintió por el insulto desmerecido.

—Soy un ser humano arrastrado a un lugar lejos, inhóspito, donde no conozco la lengua, las costumbres, ni se me permite hacer nada salvo perder el tiempo contando las piedras —tomó aire con determinación—. Estoy cansada de esperar a una mujer que no he visto en mi vida. Horrorizada al ver a sus hombres que se alejan de mí cuando me acerco igual que si tuviese la peste. Solo necesito un poco de calor humano —volvió a tomar resuello—, y no soy más orgullosa que vos, ¡salvaje del páramo!

El insulto de ella no le hizo efecto alguno.

—Estáis aquí en este lugar inhóspito y lejos porque alguien os quiere muerta. No se os permite hacer nada porque vuestro padre es alguien muy poderoso, y mis hombres se alejan horrorizados porque sois una maldita castellana arrogante, temeraria y llena de defectos —Candy ahogó una exclamación dolida; ella ignoraba que su padre fuese alguien tan importante en Escocia—. Volved a desobedecedme otra vez —bajó el tono de la voz hasta dejarla en un susurro—, y conoceréis lo que mi mano es capaz de hacerle a vuestro trasero.

Candy deseó provocarlo pues había despertado la ira de ella con sus palabras.

—Si deseo retozar con todos los hombres de este clan no dudéis que lo haré y os juro que mi condición de castellana arrogante y temeraria no será un impedimento para llevármelos a todos al lecho.

Albert avanzó otro paso con gélida mirada. Estaba tan cerca de ella que se bebía su aliento entrecortado. Sus ojos azules se parecían al cielo en plena tormenta cuando la miraban.

—Si alguno de mis hombres se atreve siquiera a rozaros, morirá bajo mi mano y vuestra será la culpa.

Candy se sentía herida en su feminidad, creyó que la consideraba inferior y poco atractiva. Se veía tan superior a ella que no osaría mancharse las manos tocándola. Los ojos de ella despedían decepción, él continuó:

—Provocad a uno de mis hombres solo una vez... —calló un momento—, ¡y ateneos a las consecuencias!

Esas palabras más que atemorizarla la envalentonaron.

—¡Juro por mi vida que antes de que acabe la semana os habréis quedado sin hombres si es que cumplís vuestra palabra!

Albert no podía entender la temeridad de ella. Endureció tanto su mirada que parecía de granito. Candy no se amedrentó, seguía mirándolo llena de cólera amarga y una rabia desmedida.

Albert se dio la vuelta, ella le increpó impulsiva:

—Por cierto, necesito un lecho más grande.

Albert se volvió estupefacto. Candy ya no podía retroceder, aunque lamentó sus palabras, no las retiró.

—Esta noche dormiréis en mi alcoba, así sabré en todo momento en qué lecho estáis dormida y con quién.

Ella abrió los ojos espantada.

—Eso es del todo imposible...

Él la miró tan intensamente que Candy se ruborizó.

—Os advertí sobre las consecuencias si persistíais en esa actitud indolente.

—¡Albert!

Él alzó una mano y ella temió que la golpease pero solo se mesó el pelo cansado.

—Para vos, laird Ardley.

La dejó hecha un manojo de nervios y temiendo la llegada de la noche.

CONTINUARA