Capítulo 11
Knife se estaba impacientando. Había escuchado el absurdo relato de Deidara acerca de la inesperada visita de Nagato para hablar de la niña y no lograba comprenderlo.
—¿Por qué ese idiota no se limita a hacer su trabajo? —susurró con la voz enronquecida por la ira.
—No te preocupes, ya me encargué de él. Si vuelve a desobedecerte, le mataré.
Knife dejó escapar un sonoro bufido. No estaba dispuesto a perder más tiempo con aquel tema; se estaba hartando de esperar a que la mocosa hablara.
—Esa niña tiene que contarnos lo que sabe. Hemos derrochado mucho esfuerzo en esta empresa y no estoy dispuesto a rendirme así como así. Hasta ahora he intentado contenerme porque hasta yo sé que debemos ser cautos con un chamán, a pesar de que se trate de una miserable niña india. He oído que tienen contacto con sus dioses y me da muy mala espina. Pero si se empeña en mantener el silencio, no me quedará más remedio que actuar. Le sacaremos la información a golpes si hace falta, aunque nos enfrentemos luego a sus temibles espíritus. Pero hablará… desde luego que hablará.
—¿Vas a subir a la cabaña? —preguntó Deidara.
—No. Lo vas a hacer tú.
—Pero… Yo no puedo ahora. Mi mujer, ¿recuerdas? Esa es la misión que me encomendaste.
Por la expresión de Deidara, Knife dedujo que el cometido no le molestaba en absoluto; aún más, parecía en extremo satisfecho.
Y así era. Deidara disfrutaba torturando a Shion. Era su naturaleza perversa unida a la inusitada belleza de la mujer que se había casado con él. Una hermosa muchacha del este que jamás podría rescatar a la pequeña india de su destino. Se regocijaba cada vez que tenía la oportunidad de clavarse en ella y morder su exquisita piel. Era un trabajo simplemente maravilloso, lo mejor que Knife podía haberle encargado.
—Tienes razón. Aún es pronto y no podemos arriesgarnos. La niña tuvo una visión de esa mujer rescatándola y no quiero correr riesgos. Tendrás que permanecer con ella y vigilarla.
—¿En serio crees que esa mocosa tiene algún don especial para ver el futuro?
Knife no contestó. Se levantó de la silla en la que estaba sentado y se asomó por la ventana. Estaba muy molesto con todo aquello.
Hacía días que debería haber terminado, pero la tozudez de aquella criatura y su resistencia eran increíbles. Por Nagato, sabía que apenas comía y que rara vez dormía. Sí. Debía ser una niña especial. Sobre todo porque no tenía miedo. ¿Cómo era posible? Ese pensamiento se enquistó en su ánimo y provocó que su respiración se acelerara. No concebía que alguien pudiera eludir el pánico que debía sentir en su presencia. Todos le habían temido, siempre. Y ese temor que le profesaban alimentaba su ego como ninguna otra cosa en el mundo.
Antes de matar a cualquiera de sus víctimas, era indispensable que sufriera el pánico en sus carnes y sudara terror. Para Knife, disfrutar de la expresión aterrorizada de sus presas era mejor que el sexo. La sangre le corría con violencia por las venas, su pecho se hinchaba de satisfacción y el vértigo que le causaban los gritos de los infelices que caían en sus manos lograba que alcanzara un estado de éxtasis total.
Pero la niña india no le tenía miedo. Por muchos espíritus que tuviera de su lado, era solo una mocosa. Debería estar aterrada.
Apretó los dientes, exasperado. Se giró hacia Deidara dispuesto a comprobar una cosa. ¿Tal vez había perdido el don de hacer temblar de miedo a los demás? Había nacido para eso, no podía consentirlo.
Desenfundó el cuchillo que siempre llevaba en el cinto y su compañero abrió mucho los ojos cuando vio aquel gesto.
—¿Qué ocurre?
No parecía que estuviera atemorizado. Knife se sentó frente a él y extendió el brazo sobre la mesa. Se levantó la manga de la camisa y colocó el filo del cuchillo en su antebrazo. Sin apartar los ojos del rostro de Deidara, se realizó varios cortes seguidos en la piel. Observó la expresión de horror que cruzó por su cara y sonrió, satisfecho.
—Ahora, extiende tu brazo.
Los ojos claros de Deidara volaron hasta los de Knife. Lo que vio en ellos consiguió que se estremeciera. Sin duda, su jefe estaba poseído por una maldad de una naturaleza muy distinta a la suya.
Knife parecía un demente.
—¿Por qué habría de hacerlo? —preguntó, casi sin voz.
Lo que en verdad le preocupaba, era que tenía plena conciencia de que en cualquier momento a Knife podía pasársele por la cabeza lanzar el cuchillo contra su pecho y matarlo allí mismo. Sin ningún motivo y sin perseguir ningún fin en concreto. Solo por el simple hecho de que le apetecía hacerlo. Ahí radicaba su locura: los que trataban con él, nunca sabían a qué atenerse.
—Porque yo te lo mando.
Deidara tembló. No quería que aquel energúmeno le hiciera cortes en el brazo porque sí. Sabía de hombres que disfrutaban del dolor tanto como de una buena cabalgada entre las piernas de una mujer. Él no era de esos hombres.
Aun así, sin apartar los ojos de la expresión demente de su jefe, colocó su brazo sobre la mesa y apretó el puño, dispuesto.
Las risotadas de Knife llenaron de pronto la habitación. Deidara pensó que había perdido la cabeza.
—Abre la mano, maldita sea —le ordenó, cuando dejó de reírse.
Por su tono, pensó que el momento de peligro había pasado.
Hablaba satisfecho, como si hubiera demostrado algo. ¿Tal vez una obediencia ciega hacia su persona? Deidara no sabía lo que había pretendido con ese alarde de locura, pero se permitió el lujo de creer que ya había pasado.
En cuanto abrió la mano sobre la mesa, Knife le clavó el cuchillo en la palma.
Su alarido retumbó en las paredes de la pequeña cabaña y tuvo el impulso de arrancarse la hoja para hundirla después en el negro corazón de aquel hombre.
No tuvo tiempo. Knife siempre había sido más rápido. Escuchó el click cuando amartilló el revólver que le apuntaba.
—Ni se te ocurra —susurró como una serpiente—. Anda, ve a casa para que te cure tu querida mujercita.
Muerto de dolor, Deidara se levantó tambaleante y decidido a abandonar la habitación. Por el oro, tuvo que recordarse a sí mismo antes de salir. Soportaba aquello solo por el oro. En cuanto tuvieran el ansiado tesoro entre sus manos, podría plantearse la venganza que tanto se merecía. Knife moriría de una manera u otra, de eso se encargaría él. Pero, mientras tanto, debía seguir obedeciendo y soportando sus arrebatos de locura.
Antes de salir por la puerta, a pesar del terrible dolor que le atravesaba la mano y le subía por todo el brazo, aún tuvo fuerzas para preguntar:
—¿Y qué pasa con la maldita india? ¿Vas a matarla?
Knife negó con la cabeza y esbozó una sonrisa tan siniestra que heló la sangre en las venas a Deidara.
—No. Pero para cuando acabe con ella, deseará estar muerta.
El pueblo resultaba mucho más bullicioso desde que las mujeres tomaran posesión de sus nuevos hogares. Naruto entró a caballo y enfiló por la calle principal, fijándose en las señoras que caminaban por las aceras entarimadas y charlaban en las esquinas. Pensó en que esas mismas calles se llenarían también de chiquillos en pocos meses y no pudo evitar esbozar una sonrisa. El viejo Jiraiya sabía cómo hacer las cosas, no cabía duda.
—Fíjate, Kyuubi, son felices. Esperemos que Hinata me haya perdonado y pueda convertirse en una de ellas dentro de poco. No ha tenido, que digamos, una entrada triunfal en nuestras vidas y ahora se encontrará maldiciéndome, postrada en la cama sin poder relacionarse con sus nuevos vecinos —el vaquero suspiró, dándose cuenta de que lamentaba de veras aquella situación.
Nunca había sido su intención hacer desgraciada a ninguna mujer y tenía que intentar que Hinata se encontrase, como mínimo, a gusto con su nueva vida. Mientras avanzaba calle arriba, se prometió a sí mismo que haría todo lo que estuviese en su mano para conseguirlo. No podía ser tan difícil contentar a una esposa.
Sin pretenderlo, su mente se volvió a llenar con la imagen de la piel desnuda de Hinata. Sí, ella tenía un cuerpo delicado y suave, de formas tan tentadoras como las de la chica que salía en esos momentos del local de Mei.
Se quedó mirando la figura de la mujer que avanzaba unos pasos por delante y gruñó interiormente sabiendo que ya no podría gozar de una belleza similar. Aquella chica debía ser nueva, porque no recordaba haber visto esa melena negra de grandes rizos en el salón de la madame. Se encontró admirando como un tonto los destellos que el sol de media mañana arrancaba al cabello azulado, que brillaba como el manto de la noche. Y lo hipnotizó el suave contoneo de aquellas delgadas caderas y el elegante perfil de su rostro que apenas podía distinguir.
Lástima que pensara ser fiel a su mujer. Aun así, un ansia conocida comenzó a adueñarse de su temple y tuvo que acelerar el paso de Kyuubi para ponerse a la altura de la joven. De pronto, le resultó imperante ver la cara de aquella chica.
Sin embargo, cuando ella detuvo en seco su caminar, refrenó el caballo. No quería que lo pillara espiando sus movimientos. Tenía una esposa esperándolo en casa, no era propio de él. Y cuando la mujer comenzó a mirar en todas direcciones como si buscara algo, y pudo admirar su rostro por completo, casi se cayó del caballo.
—¿Hinata? —preguntó, lo bastante alto para que ella pudiera escucharlo.
La joven volvió su rostro hacia él y tuvo que colocarse una mano a modo de visera para poder ver a su interlocutor. El vaquero tenía el sol a su espalda y resultaba una figura imponente, pero a contraluz era muy difícil ver la expresión de su rostro.
—¡Naruto! —exclamó, cuando al fin pudo reconocerlo—. ¿Cuándo has regresado?
No lo podía creer. Su mujer, era su mujer… ¡por todos los demonios! La hinchazón había desaparecido completamente de su cara junto con la odiosa venda para descubrir unas facciones realmente hermosas. Y su espectacular figura le dejaba sin aliento.
¿De dónde había sacado ese vestido? Se encontró frunciendo el ceño cuando bajó la vista hasta su escote, mucho más descarado de lo que cabría esperar en una esposa recatada. Pero eso no evitó que la sangre se le calentara al contemplar aquella porción de piel tersa y generosa. ¡Rayos, estaba a un paso de subirla al caballo a la fuerza y llevársela a su casa para estrenar de una vez su matrimonio!
—Acabo de llegar, justo a tiempo para verte salir del local de Mei —en cuanto pronunció aquellas palabras en voz alta se dio cuenta de lo que significaban y su ceño se acentuó—. ¿Por qué mi mujer querría visitar un lugar del todo inadecuado para ella? ¿En qué estabas pensando? ¿Y qué llevas puesto, por todos los demonios?
Hinata ahogó una exclamación. Se llevó una mano al escote, que subía y bajaba al ritmo de su agitada respiración.
—¡Llevo un vestido, por supuesto! ¿O pensabas que podría salir a la calle vestida con una de tus enormes camisas? Y ten por seguro que lo que me ha traído hasta el salón de Mei que no es tan ofensivo como lo que estás pensando. ¿Cómo te atreves a insinuarlo siquiera?
En ese momento, Kiba, otro de los vaqueros de Jiraiya, cruzó presto la calle en dirección a Hinata. Al llegar junto a ella, le cogió la mano sin permiso. La joven se sorprendió tanto que no le dio tiempo a retirarla antes de que el hombre se la acercara a los labios para besarla con galantería.
—Querida señorita, no sabía que Mei hubiera contratado más chicas.
Naruto apretó los dientes y fulminó con la mirada a aquel mequetrefe. Kiba era uno de los pocos hombres de Konoha's Valley que no había solicitado esposa. Era feliz con su estado de soltería y gozaba saltando de cama en cama en el salón de la madame. Naruto no tenía nada en contra de él, pero si no soltaba inmediatamente la mano de su mujer le haría saltar los dientes de un puñetazo.
—Creo… creo que se equivoca —musitó Hinata, mortificada por la confusión—. Yo no soy una de las chicas de Mei.
—Pero ha salido de su local y es usted muy hermosa —al decirlo, los codiciosos ojos de Kiba descendieron hasta el escote que dejaba ver el nacimiento de sus senos.
—Esto es lo que pasa cuando una mujer anda visitando lugares poco o nada apropiados, en lugar de permanecer en su casa como una esposa solícita esperando el regreso de su marido —apuntó Naruto, mordaz.
Eso debió bastar para que el señor Kiba soltara la mano de Hinata, pero no lo hizo. Se limitó a parpadear, sin comprender, y posó su otra mano sobre la de la joven, de modo que los dedos femeninos quedaron aprisionados entre los de él.
Naruto saltó del caballo emitiendo un amenazador gruñido y Kiba tuvo la sensatez de dar un paso atrás.
—¿Qué ocurre? —preguntó, intimidado por el gesto fiero del vaquero.
—No escuchas a la señora, Kiba. Te ha dicho que ella no es una de las chicas de Mei, aunque su atuendo y su actitud evidencien lo contrario.
Hinata jadeó por el insulto. Miró a su marido con los ojos entrecerrados y deseó darle un puntapié en la espinilla.
—Si ella no trabaja para… ¿entonces, quién es?
—¿¡Quieres hacer el favor de soltar de una vez la mano de mi mujer!? —estalló Naruto, sin poder contenerse por más tiempo.
Kiba se deshizo de aquella mano como si quemara y dio otro paso atrás.
—Mi atuendo no es indecoroso —protestó Hinata.
—No sabía que era tu esposa, Naruto. De haberlo sabido, jamás…
—Pues ahora ya lo sabes, así que te rogaría que en el futuro te abstuvieras de tocarla.
—Y no estaba haciendo nada indecente en el salón de Mei…
—Por supuesto, Naruto, no… no volveré a cometer semejante error.
—Eso espero.
— …solo quería darme un baño, y es lo que he hecho.
Los dos hombres enmudecieron y la miraron. Kiba no pudo evitar pasear su lasciva mirada por todo su cuerpo, evocando sin duda las imágenes que aquellas palabras le habían sugerido. Sin embargo, el rostro de Naruto se ensombreció de tal manera que, en esta ocasión, fue Hinata la que dio un paso atrás.
—¿Te has vuelto loca, mujer? —siseó entre dientes, cogiéndola por el brazo con excesiva fuerza.
Ella se encogió de dolor y se retorció para que la soltara.
—Me haces daño.
—Nos vamos a casa —espetó Naruto, arrastrándola hacia el caballo.
El vaquero montó y luego la ayudó a subir, acomodándola en su regazo, bien apretada entre sus brazos. Le hervía la sangre. No le había pasado desapercibida la mirada que Kiba le había dedicado a su esposa y eso lo enfureció hasta límites insospechados. Pero no podía culparlo. Ciertamente, la responsable no era otra que su inconsciente mujercita. ¿En qué estaba pensado, por todos los diablos? Acudir al local de Mei para darse un baño, ¡sería la comidilla del pueblo durante días! Una esposa decente no visitaba esos lugares, y mucho menos se metía en una de sus bañeras, desnuda…
—¡Me vas a asfixiar! —se quejó de pronto Hinata, sobresaltándolo.
Al parecer, había ido estrujando aquel cuerpo tibio mientras su mente imaginaba lo que había ocurrido en la sala de baños. Aflojó su abrazo pero no pudo evitar soltar un gruñido cuando notó que su miembro respondía al calor y al nuevo aroma de Hinata. Su olor, decididamente femenino, unido a las imágenes que cruzaban por su cabeza, consiguió que la erección le resultase dolorosa.
—Te prefería con el tobillo herido —la atacó, intentando pensar en otra cosa—. Así al menos no me causabas problemas.
Hinata no replicó. No podía, no le salían las palabras. Se limitaba a mirar al frente, tiesa como una vara sobre las piernas de su marido. Algo mareada, notaba el calor de sus muslos a través de la tela del vestido y aún estaba aturdida por el encontronazo que acababan de tener. Su sentimientos se debatían entre dos frentes muy distintos; por un lado, quería gritarle a ese bruto que ella no era ninguna fulana y que no había nada de malo en darse un baño. Por otro lado, era muy consciente de lo que había detonado el enfado de su esposo: la lujuriosa mirada que le había dedicado el otro hombre.
Y, estúpidamente, aquel gesto posesivo de arrastrarla hasta su caballo había conseguido que algo rebullera en su interior.
La improvisada intimidad sobre el lomo de su montura tuvo un extraño efecto en ella. De pronto, se sentía demasiado cohibida. No podía apartar la vista del camino, incapaz de elevar los ojos hasta el rostro moreno de Naruto. Sentía la tensión del hombre y se preguntaba si él también notaba ese desconocido e inquietante hormigueo en la boca del estómago.
—Yo… lamento haberte incomodado delante de tu amigo —se excusó, con la voz temblorosa. Vaya, estaba más nerviosa de lo que querría admitir.
—¿Cómo? ¿Te disculpas? ¿No discutes? —se burló él, aunque su voz no sonaba divertida—. ¿Qué ha sido de la esposa peleona que dejé malherida hace unos días?
La timidez que la había invadido minutos antes abandonó por completo su espíritu tras ese comentario y se revolvió para fulminarlo con la mirada.
—¡Pues supongo que ha tenido que valerse por sí misma! ¿Acaso esperabas que me quedara postrada en la cama, llorando por tu abandono?
—Ni mucho menos. Aunque admito que tampoco esperaba verte exhibiendo tus encantos a todos los hombre de Konoha's Valley.
—Yo no me estaba exhibiendo —repitió ella, marcando cada palabra con furia—. Necesitaba un baño, estaba mugrienta y olía como el anca de una mula. ¿Acaso no te agrada mi nuevo aspecto? — le preguntó, colocándose un mechón de pelo sobre los hombros y retándole con la mirada.
Naruto la contempló extasiado. Sí, era bella, muy hermosa.
Ahondó en sus ojos perlas admirando lo que el baño no había podido adornar más: su vida, su intenso brillo y el ardor que lo había atraído desde el principio.
—Este vestido es muy bonito, Naruto, y me gusta —prosiguió Hinata, aprovechando la dilación de su marido—. No quiero volver a ponerme los vestidos de Kurenai, me quedan enormes. Y, por supuesto, no pienso usar nunca más ninguna de tus camisas. Resulta que Ino es una modista maravillosa…
—¿Ino? —bufó—. ¡Podría contarte un montón de cosas acerca de Ino, y ninguna se ajusta al concepto de modista, puedes creerme!
Hinata no pudo controlarse. Le dio un codazo en las costillas con toda la fuerza que fue capaz y saltó del caballo. Naruto, sin aliento, temió que se dislocara el otro tobillo, pero la joven demostró que aún conservaba una habilidad sorprendente después de su viaje desde Independence.
—¡Eres un bruto sin sentimientos! —le chilló desde el suelo—. ¿Por qué no te molestas en conocer a las personas antes de juzgarlas?
—Debería darte una tunda en el trasero, mujer…
—¡Hinata, maldita sea! ¡Me llamo Hinata! ¿Cuándo te aprenderás mi nombre? —tras gritarle, salió corriendo en dirección a la cabaña.
Sabía que él la seguiría y que continuarían con la discusión.
Pero necesitaba alejarse un poco y respirar. Aquel hombre la sacaba de sus casillas como nunca lo había hecho nadie. Apenas habían intercambiado cuatro frases, ¿por qué se sentía tan furiosa? ¿Tan…tan… frustrada?
Cuando llegó a la casa, sin resuello, entró y cerró la puerta, apoyándose contra ella para reponerse. Y se dio cuenta de que su marido seguramente la creía una loca redomada. El último día lo había despedido arrojándole un quinqué a la cabeza y ahora lo recibía golpeando sus costillas y gritándole improperios. El futuro no se presentaba muy halagüeño, a decir verdad.
Caminó unos pasos por la habitación, intentando serenarse. La furia le latía en las sienes y sentía que, si no conseguía relajarse, tendría un dolor de cabeza horrible toda la tarde. No era normal… Se masajeó la frente, notando que una extraña presión se instalaba detrás de sus ojos. Aquello no podía ser producto del mal humor.
Aquello era algo más profundo, más antiguo, más conocido…
Y entonces ocurrió.
Un extraño vértigo la hizo caer de rodillas. Hacía mucho tiempo que no se sentía así. Notaba las extremidades blandas, licuadas, y tuvo que apelar a toda su fuerza de voluntad para intentar cerrar la mente, como había estado haciendo durante tantos años. Pero las imágenes eran demasiado poderosas esta vez y pujaron hasta introducirse con fuerza en su conciencia.
Vio una chimenea, un fuego encendido…
Las brasas al rojo recibieron con un chisporroteo el hierro de marcar. Hacía mucho calor en la pequeña cabaña y Nagato sudaba copiosamente, quizá no tanto por la temperatura como por el miedo.
La niña, sin embargo, ni siquiera temblaba.
—Es tu última oportunidad —la amenazó Knife—, ya estoy muy cansado.
—Libérame y descansa —contestó ella, muy serena.
Los ojos asesinos del hombre la hubiesen matado allí mismo si no guardara el secreto que él codiciaba por encima de todo.
—¿Dónde está el oro? Señálalo en el mapa. ¡Pon tu asqueroso dedo indio sobre el papel! —la furia conseguía que se convulsionara con violencia y Nagato temió por la vida de la niña.
Sarada permaneció impávida, contemplando a su captor con los ojos rojos más abiertos que de costumbre.
—Bien, si es así como lo quieres…
Knife recogió el hierro, ahora al rojo vivo en su extremo, y se acercó a la niña con paso lento. Le invadió el cosquilleo de costumbre al acercarse a su víctima y se relamió, deleitándose anticipadamente con el aullido de dolor que resonaría en aquella solitaria montaña.
Se inclinó sobre Sarada y acercó el hierro a su cara.
Los ojos enormes de la niña cambiaron, formando tres remolinos negros en sus ojos completamente rojos.
Nagato giró la cara, no quería verlo. Notaba el corazón golpetear frenéticamente contra las costillas y era consciente de que tenía que impedirlo… Pero no podía.
El grito restalló como un trueno, estremeciendo a Nagato. Tardó dos segundos en percatarse de que no había sido la voz de Sarada, sino la del propio Knife, la que había retumbado contra las paredes.
Contempló la escena estupefacto. Su jefe se sujetaba la cara con una mano mientras trastabillaba hacia atrás por el dolor. No lo entendía. La niña no parecía haberse movido. El hierro aún continuaba en la mano de Knife, aunque cayó al suelo un segundo después, con un golpe metálico.
—Déjame ver —se ofreció Nagato, acercándose a Knife para examinarle la cara.
Este apartó la mano crispada con cuidado y Nagato parpadeó, incrédulo. Su mejilla estaba intacta.
—No… no veo nada —tartamudeó—. No tienes ninguna herida, ¿qué ha pasado?
La respiración agitada de Knife se volvió más violenta. Se pasó la mano por la cara varias veces, asimilando las palabras de Nagato. No podía ser. Había sentido el hierro al rojo vivo atravesándole la carne.
Había notado el olor a quemado de su propia piel. Entrecerró los ojos, observando con cautela y rabia a su cautiva.
—Pequeña zorra. Ya estoy harto de ti…
Desenfundó su revólver y apuntó a la niña.
—¿Qué haces? —chilló Nagato, presa del pánico.
—Algo que debimos hacer hace muchos días: matarla —susurró, amartillando el arma.
Justo cuando su dedo acarició el gatillo y apretó, Nagato aferró su muñeca y levantó su brazo, consiguiendo que el tiro se perdiera en un punto del techo de la cabaña.
—¡Piénsalo, maldita sea! ¡Si la matas, todo esto no habrá servido para nada! —vociferó Nagato, envalentonado. El miedo por la niña era más fuerte que su propio miedo a morir—. Déjame hablar con ella —le pidió, más calmado—. Ahora Sarada confía en mí y tal vez pueda conseguir que entre en razón.
Knife le miró con ojos de loco. Por un momento, Nagato creyó que le iba a pegar un tiro en ese mismo instante por entrometerse. Ambos hombres jadeaban por las violentas emociones de aquel momento. Al final, el oscuro joven le concedió su petición, aunque Nagato no supo si fue porque el negro corazón de Knife había conseguido ablandarse, o porque la extraña magia de la niña había impedido que la marcara con el hierro.
—De acuerdo, habla con ella. Tienes tres días… Si no consigues que te diga dónde está el oro, la matarás tú mismo —sentenció.
Nagato le observó marchar y un alivio infinito invadió su cuerpo.
Había conseguido más tiempo para Sarada. Ahora, solo tenía que pensar en cómo saldría de aquello, porque una cosa estaba clara: la niña jamás les revelaría lo que querían saber.
Continuará...
