Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.
Capítulo XIV
"Flecha"
…
Isabella se levantó de la cama, luego de una noche en vela. No se sentía del todo bien. El cansancio de las emociones del día anterior parecía afectarla más de lo que pretendía. Se obligó a vestir, sin embargo.
Era tan temprano, que no se atrevió a despertar a Alice, por lo que trenzó ella misma su cabello. Dio un par de vueltas por la habitación antes de decidirse a abandonarla.
Para su fortuna, no se encontró con nadie en el pasillo y podía el oler el pan recién horneado. Acató sus deseos más primitivos y acudió a las cocinas, incluso si eso significaba encontrarse con la vieja bruja.
Después de un día tan atroz, los Santos Celtas parecían apiadarse, pues las mujeres se portaron diligentes y silenciosas mientras ella comía.
Acarició la bolsita de cuero con dinero, y meditó sus opciones. Si escapaba, no tendría un lugar a donde ir, entendía el mensaje implícito de la ausencia de cartas desde la fortaleza Swan. Había sido desconocida por su padre, ya no era parte del clan. Pero tampoco sentía que podía quedarse para siempre en Inverlochy. No quería ver la cara del McCullen, no tenía ganas de lidiar con él ni su amante. Y por sobre todo, no pertenecía a este clan tampoco.
Pocas veces se había sentido tan desamparada.
Suspiró con pesar, moviendo la cabeza en círculos. Todo el tema, la agotaba. Sabía que analizar la situación implicaba tomar la mejor decisión, pero por una parte quería simple huir a las Islas Skye, o a donde su espíritu la llevara; el otro le advertía de las dificultades que aquello implicaba.
Madurar y dejar la impulsividad era una labor compleja.
—Pues bien—dijo entonces, levantándose con energía—.Seremos solo Tyr y yo. Con él me basta. Se ha terminado el momento de autocompasión, si no sigo adelante terminaré hundiéndome—se conversó a sí misma, estirando los músculos.
Las criadas no entendían lo que decía, pero el sólo hecho de verla hablando sola, ya les parecía atemorizante. Pero fingieron no estarla observando cuando se dirigió a ellas. No deseaban que ningún maleficio cayera sobre sus cabezas.
—Hoy iré al pueblo, por si necesitan algo. Me iré pronto—les dedicó una sonrisa— ¿Podrían despertar a Alice? —luego que asintieron, se marchó.
—Ésta sí que está loca—comentó una regordeta mujer, amasando con fuerzas. El resto de las cocineras, rieron.
Isabella alcanzó a escuchar, pero no le importó. Si era honesta, pocas cosas tenían relevancia esa mañana. Sólo le interesaba escuchar cotilleos sobre cómo había herido al Laird la noche anterior, pues eso significaba que su vida corría peligro. No obstante, dudaba que aquello fuera a escaparse de la alcoba, ser herido por una mujer sería una deshonra para cualquiera que se atreviera a decirlo.
Bufó, alcanzando una manzana de la mesa.
Una densa neblina cubría el paraje, dificultando la visión, humedeciéndole el cabello. Pero ella anduvo sin vacilación, internándose en la espesura matutina.
El frío calaba, sus dedos no tardaron en enfriarse tanto que pronto no los sentía. Camino despacio, comiendo sin prisas. Aún no tenía del todo claro sus siguientes pasos, y para huir de ello, recurría a lo que nunca le fallaba.
Si su mente se encontraba atribulada, el frío lograba hacerla centrar su entera atención en cómo afectaba su cuerpo, y olvidaba sus conflictos por algunos minutos. También la hacía dolorosamente consciente de que vivía, y mientras lo hiciera, todo podía pasar.
Llegó sin pensar hasta el establo. Ya había vigilantes, pero al reconocerla la dejaron andar en paz. Ella supuso que su semblante no admitiría una negativa, ni comentarios inapropiados. Imagino que su aspecto y actuar, hacían justicia a su fama de bruja.
De cierto modo, era real. Iría a conjurar, pero no serían otros demonios más que los propios, y clamaría por la conciliación de éstos para encontrar la senda correcta.
—Si soy honesta, Tyr, no sé qué haría si no te tuviera aquí—comentó, descansando el rostro en el cuello del caballo, que bajó las pestañas como si estuviera reflexionando.
La joven esposa no tenía deseos de hablar, se limitó a acariciarlo en silencio, con los ojos cerrados. Abrigando sus manos en la calidez de su aliado más poderoso.
Cuando lo creyó prudente, luego de ocuparse de Tyr, emprendió el regreso. Aquel día prometía ser gris, con vientos gélidos y probables lluvias. Le parecía perfecto, aunque tal vez fuera un inconveniente para su travesía al pueblo.
De cualquier manera, no iba a retractarse. Quería poner distancia entre ella y Edward, entre ella y la vergüenza que la azotaba una y otra vez.
-o-
—Lamento haberte hecho madrugar—se disculpó nuevamente con Alice, al verla bostezar.
—Sabía que vendríamos, me lo habías comentado. Así que no hay problema.
—Yo no esperaba venir, pero estoy contenta—acotó Renesmee, apretando la lista que le habían encomendado para las compras. Peinada, lavada y vestida apropiadamente resultaba una niña con mucho potencial en materia de belleza. Sus piernas colgaban de la silla del carruaje, moviéndose con alegría. Sonreía, extasiada.
—Me alegro, será toda una aventura—le habló Alice con dulzura.
—Estoy feliz que nadie más quisiera venir, y me mandaran a mí.
Isabella se imaginaba el porqué de la renuencia, pero no quería escucharlo.
— ¿El señor estaba al tanto de esto? —interrogó Alice, distrayéndola del paisaje que se extendía frente a ella. Desearía haber podido traer a Tyr, y recorrer el camino, solos. No obstante, carecía de conocimientos textiles.
—Sabía que vendría a Fort Williams—se limitó a responder, volviendo la mirada, pensativa.
Se envolvió en el manto, protegiéndose del viento que las azotaba en el carromato. Su cabello se mecía casi con violencia y dudó de la firmeza del tejido que contenía sus greñas.
—Me llama la atención que viniera cuando sus padres por ley se encuentran de visita—acotó la mujer, aún más pálida que de costumbre, a causa del viento, sus ojos azules parecían brillar. En realidad era una mujer bonita, reflexionó Isabella, si fuera más regordeta sería el ideal de Edward.
Apretó los dientes ante el rumbo de sus pensamientos, y odió que el erotismo de la noche anterior asediara su sentido común.
— ¿Qué es lo que quieres saber? —Interrogó irritada—, te he dicho que no me trates con tanta formalidad.
Alice miró de reojo a Renesmee, embobada en el paisaje, aferrando entre sus dedos el papel.
—Veo que no has despertado del mejor humor—dijo entonces, relajando sus tensos músculos.
Iban lejos del chico desafortunado que dirigía el transporte de la señora, así que al darse cuenta que no tenía testigos, recuperó su porte usual, ligeramente arrogante.
—No pasé buena noche—casi gruñó.
—Eso es evidente, ¿quieres decirme por qué?
Isabella la miró con apreciación. Tal vez le viniera bien hablar con una persona, en lugar de un caballo.
—Ayer ataqué a Edward, dos veces.
— ¿Dos veces? —preguntó sorprendida.
—Una con un cuchillo, le di en el hombro… no fui capaz de matarlo.
— ¿Y la otra?
—Con su espada, en la mano.
Alice se cubrió la boca, e Isabella no supo si para demostrar desconcierto o sofocar la risa.
— ¿Por qué?
—Porque está humillándome, burlándose de mí frente a todos en este maldito castillo—apenas se contuvo de gritar, controlando que la niña no estuviera escuchando, no quería que el chisme se propagara por todos lados—.Esa…mujer, Angela, es su amante. Era su prometida antes que se casara conmigo, ese maldito Deamhan (demonio) está riéndose de mí.
La estupefacción de la joven morena fue genuina.
— ¿Estás segura?
—Por supuesto que lo estoy, los oí.
— ¿Se lo preguntaste directamente?
Isabella le dirigió una furibunda mirada.
—Ya veo, sólo lo atacaste. No pediste explicaciones.
— ¡No necesito sus explicaciones! ¡Ni sus excusas!
—No creo que los señores padres del Laird, trajeran a esa mujer sabiendo eso. Son muy amables.
—No me importa.
Se produjo un silencio, interrumpido sólo por el traqueteo de las ruedas contra el camino.
— ¿Qué harás?
—Aún no lo sé. Por eso preferí hacer este viaje, necesito meditar muy bien mis siguientes pasos.
Y la charla llegó hasta ahí, porque la algarabía del pueblo las consumió. Renesmee, se acercó un poco más a Isabella, de pronto intimidada por la multitud. Por supuesto, la niña jamás lo admitiría en voz alta.
—Puedes quedarte aquí, Quil—ofreció Alice al conductor. Un jovenzuelo desgarbado, con el ceño fruncido de forma permanente.
—Prefiero seguirlas. No tuve órdenes del señor, pero me parece mejor no quitarle el ojo de encima a la mujer.
—Es la señora del castillo, deberías tener más respeto.
—No importa, Alice. Sólo vamos—miró a Quil con su peor gesto, él tragó grueso, desviando la mirada—y tú haz lo que quieras, sólo no estorbes.
Comenzaron a andar, e Isabella procuró cubrirse la cabeza con una capa gris. No tenía ánimos para fingir cortesía a los moradores.
—Tú no te sueltes de mí—sentenció a Renesmee, cogiéndole la mano—.Si lo haces estarás en serios problemas.
—Mis padres no tendrían forma de saberlo.
—No hablo de tus padres, sino, de mí—le dedicó una mirada, que hizo a la niña consciente de dos cosas. La primera, soltarla significaba no más clases clandestinas en el bosque y la segunda, se encontraba de pésimo humor.
Caminaron las tres, entre el gentío que ni reparó en ellas. No llevaban nada muy llamativo, de manera que pasaban desapercibidas.
Alice las guió hacia un puesto que ofrecía telas. El comerciante masticaba un trozo de hierba, y vociferaba que sus productos eran de la mejor calidad del mundo entero. La joven acarició algunas, y llamó a Isabella.
—Creo que este color te quedaría muy bien.
—En realidad no me importa el color, sólo que sea muy resistente.
—Bien entonces, escogeré yo—Alice rodó los ojos y comenzó a platicar con el hombre que se rascaba la barbilla. Se formó una discusión, él quería cobrar de más y Alice no se iba a dejar.
—Nos vamos—dijo la pelinegra, cogiéndola de la mano—.No es el único que vende telas, ya gastaremos nuestro dinero en otra parte.
Él gruñó.
—Está bien—escupió la hierba y Renesmee hizo una cara de asco—.Te las venderé mujer, dame el dinero.
—Dame la tela primero—se cruzó de brazos, mirándolo con la ceja arqueada.
El comerciante accedió. Y sólo cuando Alice la tuvo en sus manos, le entregó las monedas que momentos antes Isabella le tendió.
Cuando se alejaron lo suficiente, soltó una risilla.
—Logré que me rebajara bastante—aquello parecía generarle un placer y diversión tan honesta que Isabella se sintió levemente contagiada. Poco a poco, con el aire cargado de aromas, y el ambiente festivo, comenzó a calmarse, y contentarse un poco. Ya no se creía capaz de asesinar a cualquiera que la mirase a los ojos.
— ¿Ahora vamos por la lista?
—Así es, hen (chica) —le revolvió el pelo—.Primero creo que deberíamos ir a dejar la tela, así no nos estorba.
—Estoy bien—acotó Quil, siguiéndolas de cerca.
—Bien entonces—aceptó la castaña, encogiendo los hombros— ¿Qué tienes primero?
Y de aquel modo se entregaron a la labor de comprar provisiones. Pasearon por lugares que hervían de vida, vieron a algunos artesanos componiendo su arte, otros cantando y pregonando cosas que realmente Isabella no llegó a comprender.
Escuchaba música de diferentes lugares, eran tantos estímulos, que por fin la joven dejó de pensar en los recientes hechos y se dedicó a disfrutar oculta por el manto que protegía su identidad.
Se sentía bien no tener que jugar ningún papel, no tener que ser "alguien" o "algo". Toda su vida fue la fierecilla Swan, la irreverente… la hija del jefe de la alianza. Y ahora, era la señora de un castillo, la intrusa en un clan que la rechazaba por lo que era.
No importaba todo eso mientras hacía las compras y los niños jugaban a su alrededor gritando, no tenía relevancia para nadie. Y se sentía tan bien, que Isabella deseó poderse quedar más tiempo.
El mundo tenía otros planes, sin embargo.
Lo que comenzó siendo unas cuantas gotas, pronto se convirtió en una lluvia torrencial. La gente corrió a ponerse a salvo, riendo mientras se empapaba. Y ellos no fueron la excepción.
Renesmee aferraba la nota, mientras con la otra mano trataba de secarse un poco el rostro.
— ¿Estás bien?
— ¡Sí! —contestó la niña, con una sonrisa.
—Se estropeará la tela—comentó Alice con el ceño fruncido, cruzando los brazos.
Isabella no la tomó mucho en cuenta, mirando cómo todo el entorno se despejaba.
Aguardaron escondidos bajo un escaparate unos cuantos minutos, hasta que pareció menguar un poco la intensidad. Entonces se precipitaron por los caminos llenos de lodo hacia el carromato.
Cercanos ya de su destino, Alice se resbaló y cayó al suelo. Isabella se apresuró en ayudarla. Con el viento que soplaba furioso, la capa que cubría su rostro voló hacia atrás y al agacharse su ropa se volvió marrón.
De pronto, una flecha dio justo donde minutos antes se encontraba la joven castaña.
Reaccionó antes de pensar, empujó a Renesmee bajo una carreta de madera, repleta de hojas de verduras descartadas. Y cogiendo a Alice, rodó de costado hasta ocultarse del lugar donde vino la flecha.
— ¡Quil! ¡Ponte a cubierto! —gritó entonces. Y otra se incrustó en la madera del puesto donde se refugiaban.
Vio los ojos asustados de la niña a través de la madera y maldijo no tener nada más que un par de cuchillos. Si contara con el arco… si tan solo pudiera hacer algo mejor.
La lluvia volvía a caer, borrando sus pisadas sobre el lodo. Poca gente permanecía cerca, e Isabella dejó de pensar en lo que no tenía. No le quedaba otro camino más que huir… o intentarlo al menos.
—Alice, tendrás que ir hacia el carromato. Procura ocultarte, el lodo cuidará tus espaldas, pero debes ser rápida.
—¿Qué harás tú? —la mujer trataba de mantener la calma, pero sus labios temblaban, y sus ojos revelaban el temor.
—Debo ir por Renesmee.
Entonces otra flecha voló cerca de su ubicación, pero esta vez otra salió en respuesta. Al mirar hacia atrás, se dio cuenta que Quil la había oído y manteniéndose a resguardo en la parte posterior de coche, contraatacaba.
Desde el otro lado del descampado, oyó un gemido agudo de dolor.
—¡Ve! ¡Ahora! —Alice acató la orden y poniéndose en pie echó a correr. Flechas cayeron, acelerando el corazón de la joven, sin embargo, la vio llegar sin problemas hasta Quil.
Mirando alrededor, Isabella se arrastró hacia el carro.
—Renesmee—la niña miraba con los ojos abiertos al frente, respirando agitada—Renesmee—volvió a llamar, y en esta oportunidad la observó—.Tenemos que irnos, dame tu mano.
—N-no sé si puedo—jadeó, aferrando el papel en su mano como si su vida dependiera de ello.
—Sí puedes, toma mi mano.
—Tengo miedo—confesó entonces, y unas grandes lágrimas abandonaron sus ojos, limpiando ahí donde el lodo la cubría.
—Hen (niña), yo también lo tengo, es aquí cuando realmente eres valiente. Cuando tienes miedo, pero no te rindes—las palabras parecieron surtir efecto—tienes que volver para entregar lo que compramos, y cumplir con la misión que te encomendaron. No te puedes dar por vencida. Dame tu mano para que podamos irnos.
Renesmee dejó de temblar tanto, aspiró con fuerza y gateó hasta que sus manos se tocaron, entonces Isabella jaló de ella.
—Ahora tenemos que correr hacia Quil y Alice, ¿los ves? No está tan lejos, iré justo tras de ti. Prometo que voy a protegerte, ¿sí?
La niña asintió, cambiando su expresión por una de férrea convicción, bastante inusual en una chiquilla de su edad.
—¡Ahora! —y Renesmee corrió, ajena a cómo caían las flechas tan cerca de ambas.
Para Isabella, aquella corta distancia resultó eterna. Su corazón latía con tanta fuerza que le dolía, pero no tenía tiempo para ocuparse de esas nimiedades. En cuanto alcanzó a ambos, observó hacia el otro lado.
Descubrió a tres arqueros, pero sabía que había otro más en alguna ventana.
Maldijo entre dientes.
—Quil, debemos irnos ahora.
—Pero no puedo disparar y conducir.
—Dame el arco, conoces mejor los caminos que yo ¡Apresúrate! No es tiempo de cuestionarme—el joven asintió, entregándole el arma y el carcaj. No tenía tantas flechas como hubiera deseado—Alice, Renesmee, tiéndanse en el suelo, usen las compras para cubrirse.
—Isabella, no…
— ¡Ahora! —Apenas cumplieron sus demandas, Isabella se concentró en ser lo más precisa que nunca había sido en su vida. La lluvia no era algo nuevo, había entrenado centenares de veces en esas condiciones, conocía a la perfección cómo afectaba la trayectoria de las flechas.
Nunca su vida y la de otros habían dependido de su puntería, sin embargo.
Abandonó las preocupaciones, cuando una flecha dio en la parte trasera del carro, cerca de su cuerpo.
Tensó, respiró y disparó sin vacilar.
El grito le llegó segundos después, al igual que otro disparo.
Volvió a repetir la rutina que tan bien conocía, exigiéndole a su mente una calma más fuerte que nunca.
Cuando el carromato comenzó a moverse, el carcaj cayó hacia atrás. Había cometido el error de no asegurarlo a su cuerpo.
Maldijo a viva voz. Agachándose para recogerlo, volviéndose un blanco fácil. Sus dedos lo rozaron, pero tuvo que apartarse al detectar un disparo que por poco le da en el pecho.
— ¡Aquí está! —oyó la voz de Renesmee, tendiéndole el carcaj y para cuando Isabella se dio cuenta que volvían a dispararle era muy tarde.
Su cuerpo se movió por sí solo, cogiendo a la niña y poniendo su cuerpo como escudo entre ella y la flecha.
Sintió el impacto en el brazo, y apretó los dientes. Conteniéndose de gritar.
— ¡Isabella! ¡Te dieron! ¡Estás sangrando!
Quil volvió la cabeza y los colores huyeron de su empapado rostro.
— ¡Mira al frente y ve más deprisa! Alice, coge a Renesmee, no la dejes volver a levantarse—ordenó con voz dura.
Gracias a los Dioses Celtas, el arquero carecía de puntería y la flecha sólo rozó su brazo. No se molestó en atender la herida, estaba segura que sería algo menor.
Su resolución se endureció, sin embargo.
Con una determinación propia de un guerrero que ha perdido algo querido, ubicó una flecha y disparó, tan precisa como sólo ella podía ser.
Sonrió cuando oyó el alarido.
Volvió a disparar, esperando matarlos a todos. Quería hacerlo, deseaba la sangre de aquellos que osaron reclamar la de sus amigas.
Aye, quería a Alice y a la niña como amigas. Y no estaba dispuesta a dejar esa afrenta impune.
Cuando dejaban atrás la ciudad y las flechas de los arqueros que restaban no los alcanzaban, ella se permitió relajar un poco su postura.
Sin embargo, no contaba con que un hombre delgado y ágil apareciera de la nada, saltando desde la ventana de una casa.
No tuvo que pensarlo, tenía tanta ira que tensó y disparó sin piedad hacia la cara del intruso que buscaba treparse al carromato.
La flecha le dio de lleno, haciendo que la sangre salpicara sobre ella. El cuerpo inerte del hombre cayó duramente al suelo, quedándose ahí mientras la lluvia trazaba caminos en la tierra, mezclando la sangre y el lodo.
Se percató que aquella era la última flecha, de modo que dejó el arco y cogió los cuchillos que traía atados a las piernas.
—¡¿Estás bien?! —preguntó Alice, con lágrimas en los ojos.
A la joven la descolocó verla así, ni siquiera aquella noche en el establo, cuando estuvo a punto de ser violada, lucía un semblante tan desesperado.
—Ah…, sí, ¿cómo está Renesmee?
—Bien…, sólo asustada—cuando la pelinegra pareció percatarse de su estado, se secó las lágrimas y respiró.
—No deberían salir aún, puede haber alguien en el camino.
—Estás sangrando—acotó Alice.
—No lo he mirado siquiera, pero la flecha sólo me rozó.
—Eso crees tú—regañó, tratando de recuperar su carácter habitual, pero sus manos temblaban cuando arrancó un trozó de su vestido y lo ataba al brazo de la joven.
Isabella siseó, apretando los dientes ante la improvisada venda… tal vez, sólo tal vez había sido más que un rasguño. No lo vería hasta llegar, sin embargo. Necesitaba sus energías y mente concentradas para proteger a quienes iban con ella.
—Gracias, regresa ahí por favor. Renesmee necesita contención, no sé de eso. Soy muy dura con ella.
—Nuevamente, eso crees tú—y entonces le sonrió, pero fue una sonrisa triste. Y sus ojos parecían apagados.
Pronto desvió la mirada, y continuó vigilando el camino que dejaban atrás. Sólo esperaba contar con la suerte necesaria para que las ruedas no se estancaran a consecuencia del barro.
Hola, hola! Bastante movido este capítulo, no creen? ¿cómo reaccionará Edward? Espero ansiosa leer qué opinan!
Cómo han estado mis queridas lectoras? Espero que muy bien y pasando unas bonitas fiestas. Lamento no haber podido actualizar el sábado pasado, pero pues, no me dio el tiempo. Pero aquí estoy! Para desearles una feliz navidad! Pretendo dedicarme de lleno a avanzar mucho, y así poder tener más capítulos pronto y regresar a publicar dos días a la semana.
Poco a poco nos acercamos a tiempos oscuros, mis niñas, jaja. Nada más eso diré.
Y! Quiero darles las gracias por los reviews! Me alegran la vida, de verdad. Gracias por las alertas, los favoritos, los lectores nuevos y aquellos que deciden dejar de ser silenciosos y manifestarse, se los agradezco mucho.
Y pues nada, espero tener listo otro para poder desearles un feliz año nuevo. Pero por ahora, me despido.
Un abrazote bellas!
Nos estamos leyendo.
Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que pude haber pasado por alto.
