Un mordisco de esa deliciosa hamburguesa realmente era lo único que necesitaba para deshacerse de todos sus problemas, el solo hecho de sentir esa grasosa y deliciosa sensación en su boca era lo justo y necesario para deshacerse de todos sus problemas. Al menos asi era como lo miraba Dean en esos momentos de tensión, donde no le quedaba de otra que aferrarse a los pequeños placeres que la vida le ofrecía en tiempos desesperados como lo eran aquellos. Nuestro trío de amigos estaba sentado en una hamburguesería familiar, cada uno disfrutando a su manera de ese pequeño placer que era el degustar su paladar con algo de comida casera. Aun cuando Castiel era inhumano y, por ende, era incapaz de disfrutar la comida como sus amigos lo hacían, los acompañaba en ello como muestra de camaradería y compañerismo. Al fin y al cabo, era de las pocas cosas que podían resignarse a realizar tras llevar alrededor de 3 semanas sondeando el estado de Maine, realmente esos pequeños oasis de paz eran lo único que no hacia que cayeran en la más profunda desesperación.

Sam tenía el brazo izquierdo enyesado, resultado en una extremidad rigida e inútil que solo entorpecía hsta la acción más sencilla. Por suerte para el menor de los Winchesters, aun conservaba su habilidosa y siempre útil mano derecha, aunque aun asi resultaba gracioso verlo comer.

Sí, Dean estaba seguro que esos pequeños momentos de tranquilidad eran la principal razón de que su desespero no le haya llevado a la locura, a ninguno de ellos tras los eventos de aquella noche nefasta. Tras haber presenciado los planes del enemigo, los tres habían concordado que era obligatorio encontrar lo que sea que el hombre del sombrero buscara en Maine. Castiel mandó a varios ángeles a investigar la zona, pero ninguno reportó nada fuera de lo normal. Castiel incluso hizo el esfuerzo de explicarles la sensación que tenia aquella niebla que rodeaba al extraño, pero, aun asi, ni un solo ángel ubicó algo irregular en el ambiente. Asi es como el trio terminó siendo el que monitoreara la zona, con terribles resultados. Nada semejante habían visto antes en lo frustrante de su trabajo o amplitud del área de búsqueda, ¿ es que acaso el behemot no pudo darles una ubicación más precisa? Quizas fuera mucho pedir de esa bestia estúpida, pero si quería darles información verdaderamente útil, solo pudo haber dicho que fueran a Portland o a Lee, en su lugar, estaban perdidos 35 mil millas cuadradas de montaña, bosque y pueblos con puertos, nada que en realidad fuera a beneficiarles. Para ese punto ya habían visto poco más de la mitad, usando a Castiel como un apoyo, pues al haber estado ahí cuando se enfrentaron al vejestorio, quizás pudiera captar su esencia o algo similar. Francamente, no es como si cambiara mucho en la efectividad de su búsqueda, pero contar con la compañía de su buen amigo nunca estaba de más.

Dean llamó a la mesera con un gesto, pidiéndole la cuenta a la vez que se la comia con la mirada. Sam le miró mal, aunque era de esperarse de su hermano, el tipo se negaba a madurar pese a ya estar por entrar en los cuarentas, simplemente aun se veía como un chico. La chica volvío a los pocos minutos con la factura y una pequeña bandeja donde dejar la paga y, si eran tan amables, la propina para ella. Dean sacó un billete de su billetera y la colocó en la bandeja, levantándose ya renovado y listo para continuar con su viaje.

Bien, ¿ahora a dónde? — preguntó Castiel subiéndose al asiento de atrás.

Estaba pensando en tomar la carretera número 6 y ver a donde nos lleva, hace un rato que no vamos hacia el norte. ¿Tú que dices, Sammy? —

Suena bien, Dean. — Respondió Sam tras unos segundos revisando el mapa que siempre cargaba en la guantera, de esa manera podrían atravesar varios cuerpos de agua, que según las fuentes de Castiel, podrían estar ligados con el behemot.

Asi es como, con todo acordado, Dean encedió el motor y arrancó al instante, quemando un poco de llanta para presumir la potencia que tenia aquella bestia de los sesentas, un hermoso Impala negro.

Durante el viaje, Castiel se dispuso a ver por la ventana, rememorando su encuentro con Amiel, intentado recordar hasta el ultimo detalle que pudiera, cualquier cosa le resultaría útil a él y a su causa. Miraba los arboles pasar, viendo como estos lentamente se deformaban hasta convertirse en la fábrica, aquel lugar maldito por Dios aquella noche donde el diablo pareció caminar por segunda vez sobre la faz de la tierra.

Aun recordaba a la perfección hasta el ultimo detalle de esa noche maldita. El horroroso rostro de sese hombre mirándolos fijamente con un par de ojos decadentes de vida, pero con una malicia y odio que solo el diablo parecía poder encarnar.

Amiel estaba prácticamente a un par de metros de ellos, sosteniendo con firmeza ese viejo y malgastado bastón de pino, que gracias a su punta metálica remarcaba cada paso del viejo con un repiquete, casi como una tonada monstruosa digan de una película de horror. Castiel sostenia la mirada con aquel ser dejado de la mano del todopoderoso, intentando mantener la poca serenidad que era capaz de aparentar en esos momentos de estrés desiguales. Aquel par de ojos marrones, brillantes y refulgantes como piedras de obsidiana recién talladas, le respondían con una mirada inexpugnable y que parecía capaz de consumir su alma, si tuviera una, con tan solo sostenerla más de lo necesario.

La tensión aumentaba con cada segundo que pasaba, lo sentía en ese ambiente tan pesado, en el que cada uno de los cazadores luchaba para sobrevivir a su manera, forzando sus cuerpos a reaccionar ante el peligro que se erguia orgulloso a tan solo 12 pies de ellos. Dean no terminaba de procesar todo el asunto, solo sentía unas profundas e innaturales ganas de arrancar la cabeza del hombre de entre sus hombros usando sus propias manos, para quitarle esa sonrisa guasona que cargaba en su horrendo y desperfecto rostro. No le importaba que el viejo hubiera sobrevivido a un disparo de la Colt, nada ni nadie era inmortal, y si lo había hecho sangrar, podían tener por seguro que más temprano que tarde terminaría encontrando la manera de matarlo, podría jurarlo sobre la tumba de sus padres de desearlo.

Sam no quería luchar, sabia que de momento no tendría ningún sentido intentar resistirse a la fuerza imparable que se encontraba frente a ellos, como un muro impasible. Debian encontrar la manera de huir de ahí antes de que el hombre decidiera que se había divertido lo suficietne y terminara con sus miserables vidas de una vez por todas. Podia ver a su hermano mayor, como luchaba con todas sus fuerzas para superar esa barrera y asesinar a Amiel, ¿Asi era como se llamaba? No importaba demasiado, sabia que Dean no podría hacerle nada aun con la marca de Cain, algo le indicaba que la creatura estaba muy por encima de eso.

¿Y bien? Creia que os interesaba saber mi estirpe, ángel. — La sonrisa del hombre se enasnchaba conforme su corazón se llenaba de gozo por ver al reducido serafín, entre la espada y la pared al no decidirse realmente.

Tras ver que Castiel no daría ningún paso adelante, el hombre suspiró hondo, con una fatigada respiración cargada de una honesta decepción hacia su enemigo.

Realmente esperaba más de änt, ángel, no sabes cuanto pesa en mi enervado corazón el ver que ni si quiera la más valerosa de las palomas es incapaz de alzar la mirada de sus patas. —

Un solo paso fue lo único que tomó para darle la vuelca al mundo de Castiel, algo tan absurdo era lo que se presentaba ante sus ojso que era incapaz de creer que algo de eso fuera verdad. No podía serlo, la crudeza y sinsentido de la situación era tal que debía tratarse de un chiste, un misero y estúpido chiste de mal gusto que alguna deidad parecio adecuado. O, con suerte, se tratara de una farsa. Tanto que procesar y tan poco tiempo para hacerlo, ¿qué debía hacer?

El peso de la realidad era superado por la gravedad de la situación, un peso que aun no le permitia moverse de su lugar, pero que era suficiente como para que la tortura de su alma comenzara en un proceso lento y tedioso, como quien se despierta amargamente tras el insomnio de la noche.

El alma de Amiel, si era merecedora de ser llamada asi, no era similar en lo absoluto a nada que hubiera visto, simplemente no se había topado con nada similar en sus decenas de miles de años de existencia. No, estaba seguro de que era la primera vez que se había topado con algo de una naturaleza tan aberrante, puede que en su juventud espiritual, todo fuera tan monótono que a esas alturas le costara discernir algo ocurrido hace un millón de años de una guerra finalizada tan solo unas décadas atrás.

Su naturaleza no solo era siniestra, sino corrupta e incorrupta a la vez. Algo difícil de describir usando meros conceptos humanos, pero parecía fragmentarse y unirse constantemente en un espectáculo morboso de ver, pero tan hipnotico que resultaba imposible apartar la mirada una vez que uno llegaba a verla. Lo más bizarro, en el sentido anglosajon de la palabra, es que el alma parecía estar viva. Sé que suena raro para un humano, pero un alma no es algo vivo como tal, aunque resulta indispensable para que un ser vivo exista, técnicamente esta no esta viva en lo absoluto. Pero el alma del anciano, de alguna manera, daba la sensación de estarlo. Esta se contraía y expandia crónica y esporádicamente, similar al latido de un corazón. En algunos momentos, se contraía hasta quedar del tamaño de una canica, soltando la sustancia negra de los behemots y leviatanes, dejando que flote en el aire y pudra todo lo que alguna vez fue puro y hermoso ante los ojos de Dios. Podia verlo por si mismo, esa alma solamente existía para maldecir al Padre y ensuciar todo lo digno.

Fue atraído de vuelta a la realidad por un escalofrío, una sensación familiar y conocida que se arrastraba desde una tumba oscura y olvidada para arrastrarlo a un espiral de muerte. Lo había encontrado, finalmente había dado con el bastardo que estaba asesinando a todos sus hermanos y hermanas del Cielo.

Chicos…lo tengo. — Dijo Cass en casi un susurro, con una voz tan suave que pudo haber sido malinterpretada como un suspiro, pero los chicos entendieron.

Los Winchester no pudieron evitar su sonrisa tras escuchar las palabras de su amigo, después de su larga búsqueda, dieron con el hijo de perra de Amiel. Sam volteó a ver al ángel para pedirle las indicaciones. Fue entonces que Castiel pudo verlo, ese atisbo de miedo y preocupación que siempre estaba en el rostro de Sam en situaciones asi, incrementado con el pánico de que aun no estaban seguros si lo que tenían planeado serviría para lidiar con su extraño enemigo; puede que sonriera, pero eso no significaba que estaba relajado. Cass no ocupó decirle nada al menor de los Winchester, solo un gesto bastó para decirle que se dirigieran al sur de donde estaban.

En cambio, Dean parecía ser el más rigido de los 3, pues su sonrisa desapareció tan pronto como sucedió, dando la impresión de que tal expresión nunca había existido en su rostro. Sus dedos se frotaban ansiosos contra el cuero del volante, tallándolo con manía. Se centraba en solo conducir para no volver a las memorias de horror e impotencia que signficaba aquella lejana noche, recordada con amargura por el trio de cazadores.

Dio la vuelta rápidamente, casi logrando que sus acompañantes salieran volando por la ventana y causando que las llantas derraparan en el fango húmedo de la montaña. Realmente odiaba los lunes grises como esos, grises y húmedos, desesperanzadores para un hombre como él, que solo sabia vivir en el presente con apenas un leve espinazo de lo que haría mañana. Condujo a gran velocidad a través de las montañas, atravesando un terroso sendero por el que era difícil andar a causa del lodo y las piedras desplazadas por las recientes lluvias de Maine, pero su chica podría con eso, siempre dominaba lo que sea que se le pusiera en medio y no creía que esa fuera a ser excepción alguna. Se detuvo en la parte más alta de una colina, desde la cual les era posible ver todo el terreno a su alrededor. Apagó el motor y se bajó del vehiculo, observando sus alrededores. Sam se quedó en el coche, pero Castiel se bajó para tener una mejor "recepción" de la esencia que estaban siguiendo. Se quedó de pie frente al capó y miró fijamente el horizonte, contemplando un punto etéreo e invisible en el horizonte, como si aquel radar con el que su amigo contaba, no fuera más que un espinazo indirecto e irregular, incapaz de darle un punto exacto. Sam se quedó dentro del auto para darle un momento para que charlaran, lo mejor para mantener a Dean bajo control era una charla con su amigo, pero para no perder el tiempo, sacó un mapa de la región y tachó la zona por donde habían pasado y se puso a estudiar los puntos de interés, todos aquellos lugares con una fuerte influencia espiritual, como cementerios indios e iglesias antiguas, todo lo que pudiera atraer a monstruo.

¿Pasa algo, Cass? —

No es nada, Dean. Es solo que…quizás no encontremos a quien creemos. — Respondió Cass con un tono pensativo.

¿De que hablas? Cass, tú mismo dijiste que tenias su esencia. — Habló Dean un poco desesperado, pero sin perder los estribos, no quería echarle el muerto a su amigo. — Amigo, ¿qué ocurre? — Dean pedia una explicación a gritos, aunque su tono no llegara tan alto. Apretó su puño derecho con fuerza mientras miraba a Castiel, deseando darle una paliza en ese mismo instante. Rápidamente metió la mano en su bolsillo y suspiró, sentía la marca arder en su brazo, este parecía quemarse con cada segundo que no derramaba sangre de manera burda e innecesaria.

Es su esencia, sin duda, pero los bosques están impregnados con su esencia. Eso me hace preguntar, ¿Cuánto tiempo lleva aquí? Las ropas de Amiel no parecían las de un anciano que vive en medio de la nada o en un poblado pequeño, también tenia un acento algo extraño, como si no fuera de por aquí. — Castiel seguía viendo el horizonte mientras movia su cabezad e un lado a otro, como si se tratara de un sabueso buscando un rastro en particular.

Sí, el anciano tenia una manera graciosa de hablar, tampoco parecía hablar muy bien el inglés, usaba estas palabras raras…—

Eran otras lenguas, Dean. —

Ya sé, Cass. No soy tan idiota como parezco. — Respondió Dean con una sonrisa. Se rascó el cuello intentando dar la apariencia de relajado, parecía que el punzon de la marca se había esfumado momentáneamente.

Lo sé, Dean, no quería ofenderte. —

Entonces, ¿cuál es tu punto? —

Le miró Dean con una extrañeza profunda por la actitud de su amigo, nunca terminaría de comprender del todo a su amigo, aunque sabia que todas sus acciones eran honestas y con buenas intenciones para con ellos, sus amigos.

Mi punto es, Dean, que todo esto es muy extraño. No sé que pase, pero no creo que sea bue…— Su cuello se giró repentinamente en un espasmo violento y rigido, extendiendo su brazo en la dirección de Dean. — Lo encontré. —

Su índice indicaba que debían seguir el camino hacia el suroeste de donde se encontraban, en aquel punto donde el sol se escondía de la vista de los hombres, desapareciendo como si su existencia solo se hubiera tratado de un sueño futil y tranquilizador. Casi en el horizonte, en aquel punto donde la mirada de los hombres se perdia, se divisaba una pequeña cordillera que destacaba por su brillo, con el fulgor de decenas de lámparas que solo resaltaban más gracias a la negrura de las montañas de los bosques de Maine contra el atardecer. Era una vista hermosa si le preguntaban, no sabia mucho del arte humano, pero tenia al sensación de que aquella hermosa visión debería ser plasmada en una pintura. Quien sabe, si vivía después de aquello, tal vez algún día el mismo se encargara de pintarlo. No debía estar demasiado lejos de donde estaban, unas 7 millas de donde se encontraban, quizás 8, pero el terreno no seria indulgente con ellos, Dean ni siquiera estaba seguro de que les fuera a ser posible llegar hasta ahí por otro medio que no fuera a pie.

¿Estas seguro? — Preguntó a su amigo, no quería sorpresas.

Completamente, Dean. El esta ahí. — Respondió Castiel con seguridad, esta vez no habría sorpresas.

Bueno, ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Qué no lo encontremos? — Comentó Dean de buen humor, ser optimista y sonreir era lo único que tenían en una situación de ese tipo.

Honestamente, Dean, eso casi seria un alivio. — Castiel bajó su mirada al oscuro fango bajo sus zapatos, por alguna razón, le recordaba a una babosa intentando engullirle. Dio la vuelta y entró al vehiculo.

Dean hizo lo propio y se apuró a subirse de nuevo a su Imapala negro, no tenían nada de tiempo que perder. Discutieron con Sam de adonde se dirigían, explicándoles este tras un rápido vistazo al mapa lo que deberían hacer para llegar.

Bueno, chicos, acorde a lo que ustedes dicen, vamos a este pico de acá, una sección rocosa al norte del Monte Katahdin de Maine. Llegar hasta el pie de la montaña no debería ser muy difícil, parece que hay varias carreteras que pasan por ahí, sin embargo, no hay ningún camino arriba para el Impala. La única carretera que nos lleva ahí seria una desviación de casi 3 horas, por lo que seria mejor simplemente internar el Impala en el bosque, bajar algunas cosas y continuar a pie. No estoy seguro, pero si el terreno es igual a aquella vez que cazamos un wendigo en la Prueba Apache, entonces solo habría que ir con un poco de cuidado para no caerse con las piedras sueltas. — Explico el menor de los Winchester a sus acompañantes.

Dicho y hecho, hicieron lo que Sam dijo. Tras casi una hora de viaje, llegaron a una curva a los pies de la montaña, tras la cual se salieron y dejaron el negro vehiculo cubierto por las hojas de otoño caídas, obviamente tras bajar todo lo necesario. Estaban optimistas sobre que el camino que les espertaba, pero al llegar a la base de la montaña se dieron cuentas de cuan equivocados estaban, el terreno no era en lo absoluto como en Apachian Trial, quizás les tome unas 4 horas llegar hasta ahí. La ladera de la montaña era un sendero casi complwetamente vertical, imponiéndose como una pared que quizás seria imposible de atravesar. Sam miró el escambroso terreno ante ellos, húmedo por las precipitaciones de los recientes días y resbaladizo por las rocas sueltas, no cabia duda de que escalarlo seria toda una pesadilla, ¿por qué no tomaron el camino largo?

Dean miró la montaña con otros ojos. Las requebrajadas rocas sobresalían de una manera antinatural de la montaña, que destacaba por ser casi tan negra como el carbón gracias a los arboles que de alguna manera sobresalían de su costado, internados en la montaña de manera extraña, como si alguien los hubiera forzado a estar ahí. Los troncos se retorcían de manera antinatural, no buscando la luz del sol, sino ocultándose de él en los pocos agujeros y cuevas de la montaña. Nunca en su vida había visto algo asi, ni siquiera con las mandrágoras, creaturas horrorosas que controlaban algunos tipos de arboles para su propio beneficio. Miraba estupefacto como algunos arboles habían usado sus propias raíces para colgarse de salientes de la montaña, como si estos intentaran despalazarse lentamente hacia arriba, reptando como almas salidas del infierno, cargando con todos sus pecados en vida y el peso de los vivos. Aquellos extraños arboles tenían hojas casi tan negras como la noche, logrando que estas logren camuflarse en medio de las rocas negras producto del carbón del lugar y la turmalina del sitio. Cada minuto que lo observaba, más alienado se sentía, como en un ambiente ajeno y extraño, ¿ese era realmente una parte del mundo en el que vivió toda su vida?

El ángel tuvo que esconder con su rostro inexpresivo el profundo horror que le embargó en esos momentos. Metió las manos en los bolsillos de su gabardina para esconder el temblor inevitable que sentía en esos en lo más profundo de su ser, casi como si su alma temblara de la misma manera en que la tierra se sacudió cuando los enemigos de David estuvieron a punto de alcanzar a David, el elegido de Dios. "Oh, padre nuestro que estas en los cielos, salvanos de esto" rezó con el horror impregnado en las profundidades de su ser, pues observaba como la montaña se asemejaba a un behemot dormido de proporciones colosales. No, no solo se asemejaba, estaba seguro de que una vez fue uno de ellos. Podia verlo, sus musculos bien definidos entre las placas de roca y el follaje de los arboles, con densas losas de berilio y turmalina sobresaliendo de entre las cuevas, que parecían heridas abiertas por el señor, exponiendo la carne ya putrefacta de las profundidades de la bestia. Dios le ampare a él y a los humanos de las creaturas que habitaban el interior de la montaña, alimentándose de la carne y de las vísceras de la ya muerta creación del todopoderoso. A Castiel solo le quedaba observar aquello con enorme temor y hasta asco, pues el lugar supuraba putrefacción por donde sea que se le viera, con una negra nube y densa nube que coronaba la cima, rodeando y ocultando aquel pueblo de todas las verdaderas creaturas de Dios, ¿cómo se le pudo pasar algo de esa magnitud a los suyos durante tanto tiempo? Respiró hondo antes de continuar con su camino, esperando que todo salga bien con él y con sus amigos.

Pese a que cada uno portaba lo estrictamente necesario consigo, la subida no fue nada fácil. Con cada paso que daban, el terreno bajo sus pies parecía menos estable y los puntos de agarre menos regulares. Dean apuntó a una gruta cercana, creyendo de manera inocente que sería un buen lugar para descansaer momentáneamente de su escalada.

¡No! — Advirtiió Castiel apenas se dio cuenta de a donde se dirigían.— No es buena idea, chicos…—

¿Por qué no? ¿Pasa algo, Cass? — Preguntó el menor de los Winchester con preocupación, su amigo alado se veía muy estresado.

No es nada, Sam. — Castiel sabia que lo que habitaba aquel lugar no era nada bueno. No dudaba que fueran capaces de matarlo, pero eso podría alertar a Amiel de su presencia.— Es solo que la integridad de esta montaña no es muy buena, esas cavernas podrían derrumbarse en cualquier momento sobre nuestras cabezas. Sera mejor continuar. —

Sam le miró extrañado, pero no opinó nada. Dean fue el que se resguardó sus pensamientos apra si mismo. ¿Qué había sido aquello? Conocia lo suficientemente bien a Cas como para saber que esa no era una reacción de preocupación solo porque unas piedras pudiera caerle en la cabeza. Ademas, claro que se dio cuenta de lo que ocultaba la montaña, algo en la oscura cueva le causó escalofríos apenas poner un pie ahí, pero si Cass no veía necesario hablar de eso, no forzaría a su amigo, no debía ser nada peligroso para ellos, ¿verdad?

Sam estaba batallando aun más con cada paso que daba, pues su brazo roto aun no terminaba de sanar del todo. Resultaba que escalar una cordillera empinada no era nada fácil para un manco, pero estaba bien. Castiel se ofreció en su momento a sanar la herida, pero Sam se rechazó. Esa herida se la causó a si mismo por su estupidez, ¿cómo era posible que se le cayera la Colt, su única oportunidad, en medio de una persecución? Casi se sentía como un novato. Con un enorme esfuerzo, logró refugiarse en una saliente plana que le permitiría descansar aunque sea por unos 5 minutos antes de recorrer su recorrido. Subió la mirada, intentando adivinar que hora era sin ver al reloj de su muñeca, no vaya a ser que eso le desequilibre y caiga. Por la sombra de la montaña. Les debían quedar unos 40 minutos de luz. Se sorprendió ante ello, no había notado que llevaran tanto tiempo escalando.

Los muchachos continuaron escalando con ardo esfuerzo, finalmente llegaron al borde de la montaña, tras la cual podrían descansar. Castiel fue el primero en subir a causa de que su cuerpo no se cansaba como el de los chicos, llegando rápidamente y tan calmado como si nunca hubiera escalado entre esas siniestras rocas. Dean fue una historia completamente diferente, pues el usuario de la marca, pese a ser un luchador terco y experimentado, no estaba exento de su humanidad, trayendo consigo la mala costumbre de no hacer ejercicio y pasársela bebiendo pay; Castiel se preguntaba al verlo asi, ¿Cuándo Dean envejeció tanto? Si mal no recordaba, apenas hacían unos 5 años de conocerle a él y a Sam, pero parecían como 20; tal vez el paso de los años para los humanos era aun más inclemente de lo que parecía, engulléndole lentamente, atrapándole antes de que se diera cuenta.

Maldición, Sam… a la siguiente mejor tomaremos el camino largo. — Dean estaba sin aliento, tirado en el suelo en un intento de descansar sus agarrotados músculos tras la larga escalada que les había tocado escalar y que, para colmo, terminó tardándose más que el otro camino propuesto por ellos.

Nunca había escalado antes, fue…diferente, aunque no tan divertido como lo solia ser volar. — Justificó Castiel, claro que para él, que no sentía fatiga en realidad, fue algo sencillo. Solo debían tener cuidado de las grietas, para evadir a lo que sea que habitara la montaña. — ¿Verdad, Sam? — Preguntó a su amigo, sabia que este le daría la razón.

El temporalmente manco Sam se encontraba sujetándose con dificultad al borde de la montaña en un constante esfuezo por no caerse, por lo menos los chicos tuvieron la amabilidad de no dejarle cargar demasiado peso extra con él, cargando ellos las bolsas con armas y demás.

Tal vez tú eres el que debería dejar los pays. — Aun con la voz entrecortada por el esfuerzo, Sam seguía burlándose de su hermano mayor.—Quizás asi no estarías tan muerto, Dea…— El chicó no acabó su línea,

Sam vió la vida írsele de las manos de manera literal. Casi como si de un mal chiste se tratara, la orilla de la que estaba sujeto decidió desprenderse de ultimo momento. No fue toda la cordillera, fue un trozo apenas más grande que sus dedos lo que decidió soltarse, pero eso fue todo lo que se requería para matar a un hombre: un diminuto desliz. Eso fue suficiente para hacerle perder la concentración y causar que sus pies se resbalen de la diminuta cornisa sobre la que estaban apoyados.

Realmente el final de la vida se daba de la manera más estúpida al final de todo, toda una vida de riesgos y luchas a muerte como para que una mera sesión de alpinismo sea la primera en verle. Dean no pudo hacer nada por él, estaba tumbado en el suelo y ni de broma el tiempo seria suficiente para ello.

Castiel fue el único que hizo un esfuerzo por la vida, casi arrojándose al abismo en su arrojo por atrapar a su amigo Sam, apenas del brazo por apenas una fracción de segundo.

¿Estás bien, Sam? — Castiel miraba como la vida de su amigo prácticamente pendía de un hilo. Estaba seguro que si fuera algún otro ángel, lo hubiera soltado en ese mismo instante, todos sus hermanos se morían por matar al par de idiotas que liberaron el infierno sobre la tierra y a quienes culpaba de la mitad de las cosas que habían pasado en la ultima década. Por suerte para los Winchesters, él no era uno de ellos.

Sí…gracias, Cass. — Sam realmente agradecía haber traido a Castiel a esa cacería, aparte de Dean, era una de las pocas personas en las que realmente podía confiar en ese punto de su vida.

No agradezcas…solo no te mates. —

Oh, Sammy. — Dean sentía que le iba a dar un infarto, pero no podía quedarse quieto en un momento así. — ¿Qué ocurrió? —

No sé, el suelo simplemente se rompió. —

Ambos sacaron a Sam de ahí con un enorme esfuezo, pues el gigante de casi 2 metros no era nada liviano, Dean asumía que su hermano debía pesar alrededor de unos 100 Kg.

Castiel sabía que lo que habían presenciado no fue obra de mera casualidad, el suelo bajo sus pies y a lo largo de la montaña era casi completamente de roca, una lo suficientemente resistente como para cargar el peso de Sam y mucho más, ¿cómo sino es que sostenia aquella enorme catedral de piedra que se erguía orgullosamente en la punta de la montaña? El ángel estaba más que seguro de que lo que acababa de pasar era obra de lo que habitaba el inerior de la montaña, sino es que el mismo espíritu del behemot fue el que saboteó el camino para ellos. Sí, debía ser eso, el bastardo de Dios sabía que habían matado a sus hermanos y a que venían a ese lugar olvidado de la mano del padre y quería venganza. Por esa misma razón alcanzó a reaccionar para atrapar a Sam, sintió las negras intenciones que supuraban desde el interior de la montaña como si el mismo diablo fuera quien habitaba entre las grutas. En ese mismo instante podía sentirlo y le provocaba asco, la manera en que miles de entidades pútridas se retorcían bajo el peso de una más grande, que incluso logró interactuar con el mundo real pese a ya haber abandonado su alma hacia mucho tiempo.

Y luego estaba aquella extraña oscuridad que inundaba el lugar. Ya estaba por anochecer, de no ser por las linternas los 3 quedarían dependientes de la luz de la Luna. Pero estaba seguro que todo era igual a aquella vez; la negrura de la noche no era la única cosa que causaba que opresión en su pecho. El aire a su alrededor era extremadamente pesado para un ángel, casi como intentar nadar en fango. Miró a su alrededor buscando encontrar la fuente, pero el lugar estaba tan atiborrado con aquella sustancia que contaminaba las almas, que era imposible para él determinar la fuente exacta. Era como si la misma montaña la supurara cual pus corrupta de las entrañas de la tierra, ¿tal vez sea el anterior habitante de la montaña que intentaba detenerle? No, la oscuridad de los leviatanes y los behemots era una completamente diferente, como un intento de Dios de recrear algo más. Lo que supuraba el valle y respiraban las casas era pura oscuridad, algo antinatural que no tenia cabida en ningún lugar de la creación y que solo existía como una blasfemia maldita, maldiciendo el nombre de Yahvé con cada suspiro.

Pese a la insistencia de Dean, Sam no quiso darle mayor importancia de la necesaria. Entendía la preocupación de su hermano, probablemente él habría actuado de manera similar si la situación hubiera sido diferente, pero eso no importaba ya. El pasado era solo eso, pasado, no importaba que tanto se preocupe por el "hubiera", debían estar centrados en el ahora y lo que estaba por delante, que en este caso seróa darle casa al bastardo de Amiel o a quien sea que habitara esas montañas.

No tenia esa extraña habilidad extrasensorial que tenia el ángel, pero como un hombre que había vivido su vida entera, o al menos desde que tenia memoria, en el mundo de lo extraño y de lo que iba más allá de la lógica de los hombres o de los alcances de sus sentidos, podía decir con total certeza que algo extraño pasaba en aquel pueblo. Aun no ponían un solo pie ahí, aun faltaban unas 200 yardas para llegar hasta ahí, pero ya se hacia una idea de lo que encontrarían ahí. No era un concepto que uno pudiera describir en tan solo un par de palabras, más bien era un espinazo, una sensación que uno siente en su estomago como un escalofrío. Incluso el dolor de su fractura parecía funcionar como una señal en rojo, pues el dolor se agudizó hasta un punto en el que realmente le estaba siendo difícil modificarlo, aunque también parecía ser por culpa del pequeño accidente de hacia unos momentos atrás, ¿se golpeó en la caída? Lo dudaba.

Sin más tiempo que perder, los tres avanzaron a buen paso, aunque algo lento por en cansancio, hacia el poblado. El poblado parecía de índole rural, aunque no miraban en ningún lado algún tipo de cultivos o, siquiera, algunos invernadreros. Seguramente vivieran de las minas que estaban cerca de las zonas, aunque Castiel se preocupaba más por la gente del lugar. Aunque debía admitir que aun no dominaba muy bien todo ese asunto de las sociedad y su funcionamiento, estaba seguro que el que la gente guardara las distancias con ellos no era ninguna buena señal.

Los lugareños eran gente extraña en su comportamiento y facciones. Algunos de ellos eran hombres diminutos pero fornidos, con rasgos faciales que recordaban a algunas regiones perdidas de Europa, con aquellos ojos negros e inexpresivos, casi muertos. Otros hombres eran altos y delgados cual postes telegráficos, con unas cabezas de formas y tamaños curiosas; estos en especial le recordaban a Sam sobre el viejo cuento de Sleepy Hollow, pues sus apariencias encajaban a la perfección con el profesor Ichabod Crane: "Un hombre de curiosa e incomoda apariencia; su cabeza era diminuta en proporción a su cuerpo, el cual era sacudido de carnes, con la molleja tan plana que daba la sensación de haber sido aplanada a palazos, con orejas enormes. Sus ojos eran grandes y vidriosos, con una nariz puntiaguda que solo atraía más la atención hacia tan curiosa figura. Finalmente, sus prendas de una herpillera gruesa y barata revoloteaban alrededor de él como si le quedara grande, ¿acaso sería un espantapájaro que huyó del sembrío?" Esa era la mejor descripción de los hombres del lugar, aunque Sam no diría que sus ojos eran vidriosos como los del ilustre pedagogo del cuento, sino tan llenos de apatía frente a los coloridos visitantes que casi daban la impresión de estar vacios. Casi no se veian damas por el lugar, pero las pocas que eran se dividían entre delgadas y reaquiticas ancianas que se mecían en las afueras de los hogares o jovencitas de impresionante belleza y radiante sonrisa, tan llenas de vida que realmente parecían estar fuera de tono con el lugar.

De igual manera, los varones jóvenes, parecían estar fuera de aquella extraña aura que tenia aquel raro pueblo. Se veian normales, algunos incluso podrían decir que tenían una extraña belleza y ni uno solo de ellos se miraba en mal estado de salud a diferencia de los decrépitos ancianos, aunque tenían unas extrañas manchas negras de lo que parecía hollín por todo su cuerpo. Los chicos iban y venían charlando de trivialidades con una garbo que incluso irradiaba cierta alegría al grupo de cazadores.

Avanzaron por la calle principal hasta llegar a la plazuela principal. Se traba de un camino algo espacioso, pero que hubiera resultado demasiado estrecho y transitado como para andar en el Impala; el cual estaba embaldosado con piedras para que el pueblo no se deshaga con la primera lluvia del verano. En medio, una enorme fuente de estilo gregoriano y de roca oscura decoraba el área, sobresaliendo varios metros por encimad e la turba de gente, que se movia de una manera casi serpenteante, como si se moviera en conjunto, tirados por los mismos hilos.

Al Este, de donde venían, estaban las casas donde habitaban los pocos habitantes del pueblo, no creía que estas pasaran de las 60 casas, pues aunque la ciudad era algo conglomerada y a donde sea que voltearan encontraban personas, la verdad es que pueblo tampoco era tan grande, lo más probable es que las familias sean realmente numerosas, aunque tampoco miraba niños por ahí. Solo había una colonia ahí y tenia un nombre un tanto gracioso, "Lizard Lick" o "Lamida de iguana".

Al Norte, la sección comercial, la única callen que realmente unía aquel poblado con el resto de la civilización. Habia algunas tiendas como McDonalds o Seven11, pero solo se trataban de un par de locales aislados, pues el resto eran abarrotes locales y tiendas de baratijas para los visitantes, aunque, si eran honestos, ninguno creía que algún turista inepto se atreviera a gastar su dinero en una villa difícil de encontrar y perdida de la mano del hombre. Por Dios, las mujeres, incluso las más jóvenes, usaban vestidos largos y conservadores que no mostraban nada de piel, Dean ni siquiera era capaz de divisar el tobillo de las más jóvenes, por más energéticas que estas sean. Era como haber viajado en el tiempo a los años 20s, ya que la vestimenta y la sensación general del lugar era algo viejo y hogareños, como el recuerdo de una época mejor.

Al Sur estaban las minas, el fuerte comercial de aquel poblado que, según revisó Sam antes de ir, era la principal fuente de ingresos de aquella ciudad, lo que explicaba que los muchachos, seguramente la única fuerza de trabajo de la zona, estuvieran manchados de hollín y demás escoria, pues esas minas no solo contenían tourmalina sino que grandes cantidades de carbón y obsidiana. Al principio Castiel no había pensado demasiado en el asunto, pero podía ser que eso explicara el estado decrepito de los ancianos, pues cuanto más avanzaba la edad de los hombres y mujeres que veian, más irregulares eran sus fromas e insanos sus cuerpos, ¿cómo estarían sus mentes? Eso era algo en lo que no quería pensar, pues sabia que lo que habitaba la montaña no era ni de este mundo ni bondadoso.

Al Oeste, se erguía con orgullo un templo cristiano, una estructura tan vieja que daba la impresión de que había sido cosntruida mucho tiempo antes que el mismo pueblo. Era una estructura enorme que parecía datar del Siglo XIX por su estilo gregoriano, de una madera algo irregular pues había sido reparada multiples veces con el pasar de los años, aunque Sam tenia la impresión de que al principio fue de un color blanca como el cuarzo, ahora contaba con multiples parches rojos por ladrillos comunes o incluso de un color más oscuro debido al uso de materiales del interior de la montaña, suponía que en épocas de poco dinero, cosas como esas sacaban a la iglesa de apuros.

Finalmente, en el centro del pueblo, estaba un cartel que decia "Duskville", una ciudad que le quedaba como anillo al dedo, pues sus habitantes parecían habitar de manera insconciente en el mundo entre lo real y lo irreal; insconscientes de lo que habitaba en el interior de la montaña en la que habían vivido durante generaciones, pero con unos ojos que expresaban una rendición ante una amenaza de la que ni siquiera estaban conscientes. ¿cómo podrían estar conscietnes aquellos pobres diablos? La mitad de ellos probablemente ni siquiera estaban educados, pues la diminuta escuela del pueblo estaba en pésimas condiciones y parecía haber sido abandonada hacia años atrás. LA gente del lugar era alienada frente al mundo moderno, atrapados en aquella pequeña burbuja que cubria como un manto esos valles, esa aura de irrealidad constante entre esas casas. El cazador más joven tenia la impresión de que, en caso de quedarse viendo a la gente que los rodeaba durante demasiado tiempo, podría llegar a notarse ciertas irregularidades en las facciones de sus rostros que deshumanizaban a esos pobres seres, desvirtuándolos de la cualidad más básica que tenia un ser humano: su humanidad. Cada minuto que se quedaba viendo a esa gente, esa paranoia irracionl crecía en él como una bilis amarillenta y enfermiza. Sus rostros vagamente humanos ocasionalmente mostraban alguna reminiscencia de lo que fueron alguna vez, con espasmos ocasionales que formaban gestos de violentas y primitivas emociones. Sam se esforzaba por pensar en que demonios pasaba en ese pueblo, ¿realmente habían caído en el medio de un pueblucho extraño o, tal vez, seria la influencia de Amiel sobre los habitantes?

Esa era la teoría de Sam, pero Castiel veía más que él, siempre veria las verdades que les eran negadas a los ojos de los hombres por el bien de su cordura. Aquello no era simple obra de Amiel o de la corrupción que habitaba en el interior de la montaña, pues en tal caso esta no solo coromperia de a poco sus cuerpos y espiritus, sino que sus almas serían las primeras en sufrir hasta quedar reducidas a simples atisbos de lo que alguna vez fueron. Sin emabrgo, ese extrañamente no era el caso. El podía verlas, no solo no mostraban indicios de haber sido tocadas alguna vez por la corrupción de las bestias antiguas, sino que también estaban limpias de toda podredumbre que representaba la esencia de Amiel. Incluso cuando nadaban entre ella cada día de su vida, cuando la ciudad parecía estar cubierta de un denso fango similar al hollín que parecía resultar de la unión de esas 2 tipos de corrupciones maliciosas, sus almas se mantenían completamente sanas. No solo eso, sino que eran extrañametne saludables. Si el alma de un humano común podía ser comparada con un reactor nuclear, las ánimas de los nativos eran decenas de veces más potentes. No parecían pequeñas figuras brillantes, sino enormes fogatas que brillaban hasta un punto en el que solo sostener la mirada en su dirección hacia que sus ojos dolieran. Y ver a ese tumulto gigantesco de gente pasar era un espectáculo irreal, pero hermoso. Parecía un mar en llamas, una inmensa pared de fuego que se erguiá a lo ancho y extenso del mundo, con antorchas que bailaban acorde a los latidos de los corazones de esos hombres. Estar frente a una ciudad pequeña solia ser un espectáculo hermoso, como ver a alas estrellas danzar, pero lo que existía delante de ellos era algo mucho más salvaje y menos elegante, ¿habia una manera de describir ello en palabras? Simplemente el estar ahí le llenaba de vida, "recargaba sus baterías" como diría Dean; ¿el brazo de Sam sanaría más rápido debido al calor y energía que desprendían aquellas hermosas y salvajes almas? Miles de preguntas pasaban por su cabeza, pero no creía encontrar alguna respuesta nunca. Cuando todo eso acabara, enviaría a varios ángeles a esa zona para investigar esas almas, quería saber si existían más asi.

Pero la pregunta más importante aún no era respondida, ¿por qué? No había ninguna causa para que los espiritus del lugar fueran tan irregularmente grandes y sanos, menos cuando estaban bajo la cosntante influencia de esa corrupción. Sin embargo, ahí estaban, danzando ante él sin la más minima muestra de corrupción en sus almas allá del daño al que parecían estar sometidos sus cuerpos. Eso era algo que no comprendía del todo, ¿por qué sus cuerpos estaban en un estado tan derruido si sus espiritus eran tan fuertes?

Tenia la impresión de que la respuesta estaría al Oeste, en aquella iglesia de caricaturezca apariencia e incomodo ver. Esta era rodeada por animas en pena como buitres al acecho de las almas; incluso una enorme parvada de gorriones se arremolinaba sobre la torre más alta del templo, aquella donde una dañada y casi inservible campana se mecía de un lado a otro. Parecía haber perdido la mayoría del sonido, pues apenas y era capaz de escuchar las insufribles tonadas de esta. Los pajaros parecían formar horribles y retorcidas figuras cuando el campanario gritaba con fuerza, pero apenas y perdía la forma cuando esta no estaba sonando. Castiel no entendía nada de eso, sabía que el epicentro de lo que sea que estuviera pasando en la ciudad debía de venir de ahí, de la casa de Dios; ¿qué clase de ser sería el invitado de su padre?

Chicos, ¿notan algo extraño? — Preguntó Castiel, ellos deberían ser capaces de al menos sentir algo de todo eso, ¿acaso no fueron palarizados también por la esencia de Amiel en aquel almacén?

Muchas cosas, Cass, pero no estoy seguro de si sea una mejor idea decirlo en público a menos que quieras que toda esta gente nos odie. — Respondió Dean.

Sí. — Respondió Sam de manera corta. — ¿Soy el único que ve a esos pajaros? ¿Han notado que ni uno solo de ellos se ha sentado sobre la iglesia? —

Es cierto, Sammy. — Respondió Dean. — ¿Creén que deberíamos ir a investigar? —

Bueno, no creo que haga ningún daño comprobarlo, ¿Qué es lo peor que podríamos encontrarnos? ¿Un cura gordo y senil? —

O a quien vinimos a buscar. — Sentenció Castiel con una mirada llena de temor y convicción. El ángel estaba aterrado por lo que estaba por venir, aunque tenia convicción en los muchachos, ya se las habían arreglado ante cosas peores.

Bien, asi podremos sacarle algunas palabras a ese vejestorio. — Dean apretó su chaqueta contra su cuerpo, sintiendo el bulto metalico y rigido de sus armas, esta vez iban armados hasta los dientes contra lo que sea que el anciano tuviera para arrojarles.

Bien, pero no creo que sea buena idea hacerlo a plena luz del día, ¿ y si esperamos a que anochezca? Tras la misa dominicana no debería quedar nadie en la iglesia, a menos que tengan algo demasiado preciado para proteger. — Propuso Sam.

Bien, es lo mejor. —

Y todo acordado, mataron el tiempo en aquel poblado. Para Dean no fue la cosa más divertida en aquella diminuta y maldita ciudad de casas grises y gente a medio morir; ni siquiera el que algunas de las chicas jóvenes parecieran super modelos era capaz de alegrarle las horas ahí. Aun cuando ellas le sonreían al pasar, algo había en esas hermosas sonrisas de dientes aperlados que no terminaba de creer, aparte de ello, ¿cuántos años debían de tener? Estaba seguro que en Duskville solo tenía 2 generaciones de muchachos al parecer: ancianos y jóvenes. En ningún momento había visto ni un solo niño en todo el pueblo, ¡ni si quiera un bebé en los brazos de su madre! Tampoco miraba personas de su edad, se preguntaba donde podrían estar esas generaciones perdidas.

Les tomó casi 1 hora encontrar un bar y debían admitir que la comida había sido una de las cosas más asequerosas que había probado en su vida. Era un extraño tipo de embutido de un color grisáceo y una textura que era difícil de describir, pero podía decir con toda certeza que era repulsiva. Podria jurar que eran intestinos crudos y aplastados hasta formar aquella masa uniforme, ¿de eso estarían hechas todas las salchichas? En ese caso, no entendía por qué esa era tan mala. Oh, espera, ¡Sí sabía! Las malditas salchichas estaban crudas, incluso podía sentir algunos trozos de mierda de lo que sea que estuviera digiriendo el animal al momento de morir. Esta cosa venia acompañada de unos frijoles de lata, benditos frijoles de lata que le salvaban de tener que probar más de la rustica gastronomía local.

Sam no tuvo más remedio que comérselo sin hacer gestos, aunque al final tuvo que ordenar otras 2 porciones de frijoles para quitarse esa asquerosa sensación que dejaba el embutido de intestinos estilo Duskville. Y en cuanto a Castiel, Castiel prefirió no comer, dijo algo sobre que no lo necesitaba al ser un ángel, aunque los hermanos tenían la vaga idea de que este se dio cuenta antes que ellos de que la comdia seria de todo menos apetitosa.

Finalmente el momento decisivo llegó. Tras alrededor de una hora y media de espera, aparte de unas apestosas salchichas, llegó el momento. Castiel y los 2 hermanos estaban de pie frente a la impotenente construcción de ladrillo negro y rojo, fundiéndose de una manera tan antinatural y forzada como lo era aquel mismo pueblo. La única campana que aun cumplia decentemente su función sonó como un grito en la parte superior de la iglesia, pues la otra torre no simplemente perdió las tan llamadas "llamadas de los ángeles", sino que ella misma ya no estaba, quedando simplemente un trozo algo grande de la base y un hueco enorme tapado a medias con planchas de madera y barro.

La gente salió con los pies arrastrándose y la mirada baja, murmurando lo que parecían versículos de la biblía a medio aprender, en un punto en el que parecían esforzarse por recordar lo que se les había enseñado apenas minutos atrás, pero sin mayor triunfo que el que tendría un niño de 5 años intentando recitar todo un capitulo de Sheakspeare de memoria. Sus ojos se miraban pesados y sus miradas perdidas; aunque Castiel miraba que las llamas de sus almas danzaban mucho más grandes y revitalizadas que antes, sus cuerpos parecían verse aun más decrépitos que cuando los habían visto antes de que comenzara la misa nocturna, algunos parecían haber terminado de perder su mente, pues sus ojos ni siquiera parpadeaban, perdidos en la miseria del vacío y en la extrañeza de la confusa realidad, ¿qué pasaría con tan raras almas? Seguían ahí, en un estado vegetativo, casi tan muertas como era posible serlo mientras el corazón latiera.

Castiel metió las manos en los bolsillos de su gabardina, mirando la lóbrega capilla con una sensación de encogimiento y arredramiento en lo profundo de su corazón. Ahora que estaban a tan solo 2 pasos de la puerta, podía ver con claridad lo que yacía entre las gruesas puertas de Abedul del edificio; pura oscuridad. Podría jurar que la visibilidad ahí adentro era aun menor de lo que un ser humano podría ver en una noche sin luna, simplemente le era imposible discernir cualquier figura en el interior del templo, ni siquiera las almas alumbraban algo de esa negra bruma, es más, parecían no existir hasta que sus cuerpos físicos daban un paso fuera del umbra; incluso asi, podía ver como la niebla se expandía y estiraba para atraerlos de vuelta, intentando consumirlos.

Sam solo apretó la bolsa que tenía llenad de agua bendita y Borax, cualquier cosa que les pudiera servir para lidiar conesas cosas. No estaban seguros de que el anciano fuera débil a alguna de esas cosas, ni siquiera estaban seguros si lo que habían traido podría servir de algo contra él, con suerte podrían capturarlo y sacarle toda la información antes de hallar una manera efectiva de liquidarlo. Por mientras, todo lo que Sam traía en esa bolsa sería para lidiar con Behemots en caso de aparecer, suponían que tendrían las mismas debilidades que los leviatanes, sus hembras acorde a la palabra de Mettatron.

Dean apretó la colt en el bolsillo de su chaqueta, comprobando por enecima vez que el arma este ahí, lista para disparar y acabar con ese maldito bastardo en el momento preciso. Quizá no le fuera a matar, pero defintivamente era la mejor opción que tenían sin recurrir a la daga de Caín, una opción que solo conduciría a la tragedia con seguridad. Podia sentir como la marca hervía, resentida por no haber sido útil la ultima vez que se encontraron con el anciano y con ansias de separar permanentemente su cabeza de sus hombros, parecía rugir con un dolor indescriptible, provocado por la sed de sangre de la marca, quería derramar cada gota de sangre hasta que simplemente no haya más que derramar. Soltó el arma antes de que terminara pasando una innecesaria tragedia, no había ninguna necesidad de apurarse.

Los 3 entraron al edificio a un paso lento, pero seguro. Era lo único que podrían hacer ante lo que estaba por venir, la presión arroladora que rodeaba al anciano, esa sensación descomunal de desigualdad e impotencia, como ver a un gigante desde el punto de vista de una hormiga. Pero para su sorpresa, no pasó nada. Estar en ese lugar era lo más normal del pueblo entero, incluso Sam podría decir que era algo tranquilizador. Para Castiel, su presencia ahí seguía sin ser bienvenida, pero no por mano de la oscuridad o de su enemigo, simplemente se sentía enajenado en esa llamda Casa de Dios, un edificio supuestamente sano usado por los humanos para llamar por clemencia y ayuda del todo poderoso, como si este pudiera escuchar alguna de sus palabras; y aun si lo hacía, nunca las respondería. Aun pese a llevar decenas de miles de años, incluso haber estado ahí cuando la primera de las iglesias cristianas se fundó, no terminaba de sentirse aceptado en ese lugar, ¿acaso sería su padre indicándole que nunca sería bienvenido ahí? ¿Tanto los odiaba su padre por todo lo que sus hermanos caidos hicieron?

I once was lost…but now, I´m found

Los chicos no estaban tan encimismados con el lugar como lo estaba Cass, aunque ciertamente iban detrás de él para asegurarse de poder cubrirlo en caso de ataque, pues este era el más expuesto de todos ellos. La estructura era aun más sencilla por dentro de lo que era por fuera, incluso se le podría tachar de humilde para ese caso. El salón principal constaba de un pasillo sin cuadros ni pinturas extravagantes como la mayoría de iglesias acostumbraban a tener, solamente había un cuadro de Jesus en una descolorida y agrietada pared, un cuadro del rey de los Judíos siendo cruficicado, mostrando un gesto de amargura y dolor que era inusual en esos cuadros, incluso podría decirse que había odio en su mirada. Bajo el cuadro, justamente a donde daba la mirada de aquel inusual Jesucristo de la pinutra, estaba un hombre arrodillado a los pies del altar, hincado sobre esa desgastada y pútrida madera, seguramente se trataría del Padre de la parroquia haciendo sus oraciones tras la comunión, pues traía ropajes negros. Dean fijó su mirada en la extraña figura del hombre. Parecía estar rezando, aunque sus murmuros eran inentendibles, en gran parte gracias a los desafinados cantos y alabanzas que emanaban del viejo tocadiscos del templo, un instrumento desgastado que ya evidenciaba fallas de estar fallando. En definitiva ningún miembro del equipo sabía como lidiar con aquella situación, no miraban a Amiel por ningún lado y Castiel estaba seguro de su presencia, ¿por qué demonios, sino, estaría aquel lugar tan lleno de esa pútrida esencía? Incluso podría decirse que esta comenzaba a filtrarse por las paredes, nada tenía sentido si él no estaba ahí. No veía nada, no podía ver un carajo, era como si esa densa niebla hubiera obtenido consciencia, enredándose y contrayéndose de una manera errática y extraña, devorando todo lo que estuviera a su alcance, enredándolos en un laberinto sin comienzo ni fin. Al menos asi se miraba para Castiel, aunque los chicos solo podían ver al tipo arrodillado. ¿Qué tan terrible era el enemigo del que les habló el behemot de la planta automotriz? Realmente ese parecía ser el destino de ellos, simplemente caminaron campantes hacia la guillotina que era el bastón del viejo.

I was blind, now I see

El himno se vio cortado por una falla en el tocadiscos, abriéndole paso a un silencio sepulcral, ni siquiera los muertos parecían atreverse a susurrar sus maldades y lamentos en aquel lugar tan alejado de la luz del todo poderoso. Al menos eso podría haber sido, de no ser por los gimoteos del cura, cuyos murmuros finalmente se hicieron oir, elevándose en aquel absoluto silencio hasta el punto en que su voz era totalmente comprensible aun sin perder el llanto de su voz. Finalmente tomó una pausa para recuperar el aliento y se limpió el rostro con un pañuelo que sacó de entre sus prendas, obviamente no quería dar una imagen débil a los desmolarizados creyentes de Duskville. Seguia frotándose con mania el rostro con aquel amarillento trapo, los muchachos podían reconocer a un hombre roto, un hombre hecho a la antigua como lo era un cura, llorando a los pies del templo, solo podía significar que su temple había llegado al limite. Esa era la máxima expresión de dolor, el que un hombre de esa época se quebrara solo podía significar que llegó a su limite.

Padre nuestro que estas en los cielos…llevo años haciéndome estas preguntas pese a mi infinita devoción hacia ti. — Cass, que seguía deambulando de un lado a otro como un pollo sin cabeza, moviéndose entre esa bruma de oscuridad con una creciente confusión, se sintió forzado a mirar al hombre, atraído como una mosca a la luz por sus plegarias. — sé que hemos pecado padre, lo sé. El hombre a lo largo de su historia a cometido crímenes tan horrendos que sus sombras nos persiguen hasta nuestros días, como pesados grilletes que nos atan al mundo terrenal. Pero dime, Padre, ¿Cuánto deberemos de pagar por las obras de los que vivieron antes que nosotros? Sé que eres bueno, señor, sé que eres puro amor y bondad y eso es lo que tú deseas ver en tus corderos. — El cura titubeaba constantemente, como si estuviera indeciso sobre que preguntar, probablemente el hombre ya ni siquiera creía en Dios. Pero más raro que un padre ateo, era que este mantuviera ese tono firme digno de un líder. ¿No se habría dado cuenta de los muchachos o simplemente no le importaba?— pero…padre, ¿cómo podemos saber lo que es correcto cuando todos te malentiendes? Cada hombre toma lo que le conviene de tus enseñanzas, buscando hacerse más ricos a tus expensas. ¿Sabes lo que ha causado la falta de claridad de tus palabras? ¿El que los hombres solo puedan hacer conjeturas de lo que quieren decir tus palabras? — Su voz iba dejando atrás el llanto para tomar forma, una firmeza infundida en el resentimiento.— Tantas muertes, asesinatos, genocidios…¡¿Hasta cuando, Yahvé?! ¿Cuánta negligencia puede mostrar un Dios amoroso? ¡Responde, Yahve! — Su voz había dejado atrás todo rastro de dolor o duda para convertise en un hervidero de ira, una fogata de sentimientos que se erguía en un estruendo atronador que ponía incluso al ángel en un mero lugar de espectador. Su ira solo aumentaba y subía hasta un punto en que los chicos podían jurar sentir el calor de su rabia, todo gracias a la negligencia del Dios que tanto adoraba.— ¡¿Tienes una idea de lo que ha causado que la gente se guíe solo por su fé?! Dime, Dios, ¡¿Qué esperabas al permitir al demonio andar sobre esta tierra y a tus jinetes cabalgar sobre el terreno de los hombres?!...¿O es qué les diste libre albedrío para condenarnos? — Tal y como ese extraño arranque de ira comenzó, se esfumó, dejando al hombre en ese estado depresivo; lagrimas corrían por sus mejillas, aunque este ya no se molestaba en limpiarlas.— O, tal vez, todo esto es un mero juego para ti. Un Dios todopoderoso no tiene ninguna razón para preocuparse por insignificante humanos. Simplemente eres un niño malcriado, que maltrata sus juguetes por la mera curiosidad de ver cuanto duran antes de romperse…—

El trio de cazadores estaba estupefacto. No era nada nuevo para un ángel ver como un hombre, incluso el más religioso, perdía su fé. Pero no fue eso lo que hizo que todos se tensaran y desenfundaran sus armas de inmediato. El pastor se levantó lentamente sobre sus firmes pero cansadas piernas. Se dio la vuelta mientras se limpiaba el rostro con el pañuelo, revelando una bizarra verdad ante los ojos de los cazadores. Ahí, con ojos llorosos y una expresión de profunda amargura y dolor, estaba el mismo rostro que habían visto aquella noche; ahí, llorando ante ellos, estaba Amiel.