Apenas habían pasado dos minutos cuando apareció el grupo que Sasuke predijera poco antes y que estaba integrado por el medico, lord Westcliff, la señora Namikaze e Ino Yamanaka. Con los hombros reclinados contra la pared, Sasuke los observó con actitud escrutadora. Personalmente, encontraba muy divertida la obvia antipatía que existía entre Sai y la señorita Yamanaka, cuya evidente y recíproca animosidad dejaba claro que había habido algo mas palabras entre ellos.
El médico era un anciano de aspecto respetable, que llevaba casi tres décadas atendiendo a Sai ya sus parientes, los Marscherh. Tras clavar en Sasuke esos penetrantes ojos, hundidos en un rostro arrugado por la edad, el anciano preguntó con imperturbable tranquilidad:
—Señor Uchiha, me han informado de que usted ayudó al joven a llegar a su habitación. ¿Es eso cierto?
De manera concisa, Sasuke comenzó a describir al médico los síntomas y el estado de Naruto, si bien omitió que había sido él y no Sakura, quien había descubierto las evidencias de la mordedura en el tobillo del doncel. La señora Namikaze lo escuchaba con el rostro pálido por la angustia. Sin dejar de fruncir el ceño, lord Westcliff se inclinó para murmurar algo al oído de ésta, que asintió y le dio las gracias de modo distraído. Sasuke supuso que Sai acababa de prometer a la mujer que su hijo disfrutaría de los mejores cuidados hasta su completa recuperación.
—Es evidente que no podré confirmar la opinión del señor Uchiha hasta haber examinado al joven —recalcó el médico—. No obstante, sería aconsejable que comenzaran a hervir un poco de presera, en previsión de que la enfermedad haya sido ocasionada por una mordedura de víbora...
—Ya ha bebido un poco —lo interrumpió Sasuke—. Ordené que hicieran una infusión hace un cuarto de hora.
El doctor lo miró con esa expresión vejatoria reservada a aquellos que se aventuraban a anunciar un diagnóstico sin haber obtenido la titulación en medicina.
—Esa planta es un narcótico muy efectivo, señor Uchiha, y potencialmente peligroso en el caso de que el paciente no sufra de una mordedura de serpiente venenosa. Debería haber esperado a contar con la opinión de un médico antes de administrarla.
—Los síntomas de una mordedura de víbora son inconfundibles—replicó Sasuke con impaciencia, deseando que el hombre dejara de demorarse en el pasillo y fuese de inmediato a hacer su trabajo—. Además, quería aliviar las molestias del señorito Namikaze lo antes posible.
Las abundantes y canosas cejas del anciano a punto estuvieronde ocultar sus ojos.
—Está muy seguro de su propio juicio —fue su irritado comentario.
—Sí —contestó Sasuke sin parpadear.
De súbito, el conde intentó sofocar sin éxito una carcajada, antes de colocar una mano sobre el hombro del médico.
—Me temo, señor, que nos veremos obligados a permanecer aquí fuera de modo indefinido si trata de convencer a mi amigo de que ha hecho algo de modo incorrecto. «Intransigente» es el adjetivo más suave que se le podría aplicar al señor Ichiha. Le aseguro que sería mucho mejor que concentrara todos sus esfuerzos en el cuidado del señorito Namikaze.
—Tal vez —contestó el doctor de mal humor—. Aunque se diría que mi presencia resulta innecesaria a la luz del avezado diagnóstico del señor Uchiha.—Y con ese comentario sarcástico, el anciano entró en la habitación, seguido de la señora Namikaze e Ino Yamanaka.
Una vez a solas en el pasillo con Sai, Sasuke puso los ojos en blanco.
—Viejo cabrón amargado... —murmuró—. ¿Es que no podías haber traído a alguien más decrépito, Sai? Dudo mucho que vea u oiga lo suficiente para ser capaz de emitir su propio diagnostico, maldita sea.
El conde alzó una de sus negras cejas mientras observaba a Sasuke con un risueño aire de superioridad.
—Es el mejor médico de todo Hampshire. Acompáñame a la planta baja, Sasuke. Vamos a tomarnos unas copas de brandy.
Sasuke miró de soslayo a la puerta de la habitación que permanecía cerrada.
—Luego.
Sai respondió con un tono de voz despreocupado y demasiado edulcorado.
—¡Vaya! Perdóname. Está claro que prefieres esperar al médico junto a la puerta, como un perro vagabundo que aguardara las sobras de la cocina. Estaré en mi despacho... Sé un buen chico y corre a comunicarme las noticias en cuanto sepas algo.
Sasuke lo miró con frío desdén, obviamente molesto, antes de apartarse de la pared.
—Está bien —gruñó—, Voy contigo.
El conde asintió con la cabeza para mostrar su satisfacción. —El doctor me dará su informe en cuanto acabe de examinar al señorito Namikaze.
Sasuke iba sumido en sombrías reflexiones, mientras acompañaba a Sai en dirección a la escalinata, sobre su comportamiento de hacía unos minutos. Dejarse arrastrar por las emociones en lugar de seguir los dictados de la razón era una experiencia nueva para él y no le gustaba en absoluto. De todos modos, no parecía tener mucha importancia que le gustara o no. En cuanto se dio cuenta de que Naruto estaba enfermo, tuvo la impresión de que el pecho se le quedaba vacío, como si le hubieran arrancado el corazón. Ni siquiera se había cuestionado el hecho de que haría cualquier cosa para mantenerlo sano y salvo, Y, en esos momentos en los que Naruto había luchado para seguir respirando mientras lo miraba con el dolor y el miedo reflejado en los ojos, habría hecho cualquier cosa por Naruto. Cualquier cosa.
Que Dios lo ayudara si Naruto descubría alguna vez el poder que tenía sobre él... Un poder que amenazaba de forma peligrosa tanto su orgullo como su autocontrol. Quería poseerlo en cuerpo y alma, de cualquier forma imaginable que la intimidad pusiera a su disposición. La profundidad de la pasión que el muchacho despertaba en él lo asombraba; una pasión que no dejaba de crecer. Ninguno de sus allegados lo entendería, y menos aún Sai. El conde acostumbraba mantener sus emociones y deseos bajo un férreo control, y no dudaba en demostrar su desprecio por todos aquellos que hacían el tonto en aras del amor.
Y no podía decirse que lo que sentía fuera amor... Sasuke no iría tan lejos como para admitir semejante afirmación. No obstante, iba mucho más allá del mero deseo físico, Y exigía, como mínimo, una posesión absoluta.
Obligándose a ocultar esas emociones bajo una máscara inexpresiva, Sasuke siguió a Sai al interior de su estudio.
Era una estancia pequeña y austera, con las paredes cubiertas de paneles de brillante madera de roble y cuya única ornamentación consistía en una extensa vidriera. Con sus ángulos rectos y su mobiliario de estilo serio, el lugar no resultaba precisamente acogedor. Sin embargo, era una estancia muy masculina, donde se podía fumar, beber y hablar sin tapujos. Sasuke aceptó la copa de brandy que le ofreció Sai, se sentó en una de las incómodas sillas colocadas frente al escritorio y se bebió el licor de un solo trago. Acto seguido, alargó la copa e inclinó la cabeza para dar las gracias sin necesidad de hablar en cuanto su amigo volvió a llenarla.
Antes de que Sai se lanzara a una innecesaria diatriba acerca de Naruto, Sasuke decidió distraerlo con otro tema:
—No pareces llevarte muy bien con la señorita Yamanaka —dijo, sin darle mayor importancia.
Como estrategia de distracción, la referencia a la señorita Yamanaka fue de lo más efectiva.
Sai respondió con un hosco gruñido.
—Esa mocosa malcriada se ha atrevido a sugerir que yo soy el culpable del accidente del señorito Namikaze —dijo al tiempo que se servía otra copa de brandy.
Sasuke alzó las cejas.
—¿Y cómo es posible que tú seas el culpable?
—La señorita Yamanaka parece creer que, como anfitrión, es responsabilidad mía asegurarme de que mi propiedad no esté «invadida por una plaga de víboras venenosas»; ésas fueron sus palabras exactas.
—¿Y qué le respondiste?
—Me limité a señalarle a la señorita Yamanaka que los invitados que deciden permanecer vestidos cuando se aventuran de puertas afuera no suelen acabar con una mordedura de víbora. .
Sasuke no pudo evitar sonreír ante el comentario.
—Sólo está preocupada por su amigo. Sai asintió con aspecto malhumorado.
—No puede afrontar la pérdida de uno de ellos, ya que indudablemente, su número es bastante escaso.
Sasuke contempló las profundidades de su copa sin dejar de sonreír.
—Vaya nochecita más difícil has tenido... —escuchó que Sai le decía, recurriendo al sarcasmo—. Primero, te ves obligado a llevar el joven y núbil cuerpo del señorito Namikaze todo el largo camino hasta su habitación... Y; después, tienes que examinar su pierna herida. Una experiencia de lo más desagradable para ti, sin duda.
La sonrisa de Sasuke se esfumó.
—Yo no he dicho que le examinara la pierna. El conde lo observó con una mirada perspicaz.
—No hacía falta. Te conozco lo bastante bien como para asumir que no has desaprovechado semejante oportunidad.
—Admito que le he echado un vistazo a su tobillo. Y también que le corté los lazos del corsé cuando se hizo evidente que no podía día respirar. —La mirada de Sasuke retó al conde a que hiciera alguna objeción al respecto.
—Un muchacho muy servicial—murmuró Sai. Sasuke resopló.—Aunque te resulte difícil de creer, el sufrimiento de un doncel no me provoca ningún tipo de lascivia.
Sai se reclinó en su silla y le lanzó una mirada fría e inquisitiva que consiguió que a Sasuke se le erizara el vello de la nuca.
—Espero que no seas tan imbécil como para enamorarte de una criatura como ésa. Ya conoces mi opinión sobre el señorito Namikaze...
—Sí, lo has puesto de manifiesto en varias ocasiones.
—Y, además —continuó el conde—, me desagradaría mucho ver que uno de los pocos hombres con sentido común que conozco acaba convertido en uno de esos imbéciles que van por ahí balbuceando y arrojando sus sensibleras emociones a los cuatro vientos.
—No estoy enamorado.
—Pues estás... algo —insistió Sai—. Desde que te conozco, jamás te había visto hacer un despliegue sentimental como el que has hecho delante de la puerta de su habitación.
—Lo único que he desplegado ha sido un poco de compasión por otro ser humano. El conde lanzó un resoplido.
—Bajo cuyos calzones estás deseando meterte.
La franca exactitud de la observación provocó una recalcitrante sonrisa en Sasuke.
—Lo deseaba hace dos años —admitió—. Ahora se ha convertido en una especie de necesidad vital.
Sai dejó escapar un gruñido y se frotó el estrecho puente de la nariz con dos dedos.
—No hay cosa que odie más que ver a un amigo encaminarse directo al desastre. Tu debilidad, Sasuke, reside en esa incapacidad para rechazar cualquier desafío. Incluso cuando el desafío no está a tu altura.
—Me gustan los desafíos. —Sasuke hizo girar el brandy en su copa—. Pero eso no tiene nada que ver con mi interés por el.
—¡Santo Dios! —murmuró el conde—. Bébete el brandy o deja de jugar con él. Vas a marear al licor con tantas vueltas.
Sasuke le dedicó una mirada alegre, si bien un tanto misteriosa.
—Y ¿cómo, exactamente, se «marea» una copa de brandy? No, me lo digas; mi rústico cerebro no sería capaz de entender el concepto. — De modo obediente, tomó un sorbo y dejó la copa a un lado—. Y, ahora, ¿de qué estábamos hablando? ¡Ah, sí! De mi debilidad. Antes de que sigamos discutiendo el asunto, quiero que admitas que, en algún momento de tu vida, has prestado más atención al deseo que al sentido común. Porque, de no ser así, no tiene ningún sentido seguir hablando contigo de este tema.
—Por, supuesto que lo he hecho. Cualquier hombre que tenga más de doce años lo ha hecho. Sin embargo, la razón de tener un intelecto superior, no es otra que la de prevenir que caigamos en semejantes errores repetidamente...
—Bueno, pues ahí se encuentra la raíz de mi problema — concluyó Sasuke de modo razonable—. No me preocupa en absoluto esa cuestión sobre el intelecto superior. Hasta ahora, me las he apañado muy bien con mi intelecto inferior.
La mandíbula del conde adquirió una expresión pétrea.
—Existe una razón por la que el señorito Namikaze y sus carnívoras amistades no se han casado, Sasuke. Son problemáticas. Si los acontecimientos de esta tarde no te lo han dejado claro, es que no hay esperanza alguna para ti.
Tal y como Sasuke había anticipado, Naruto sufrió un malestar constante durante los días siguientes. Había acabado familiarizándose, por desgracia, con el sabor de la infusión de presera que, según prescripción del doctor, debía tomar el primer día a intervalos de cuatro horas, y a partir de entonces, cada seis. Si bien era cierto que la infusión ayudaba a que los síntomas provocados por el veneno de la víbora remitieran, seguía sin poder dormir bien y era incapaz de concentrarse en cualquier actividad más de dos minutos, a pesar de que deseaba entretenerse con algo que aliviara su aburrimiento.
Sus amigas hicieron todo lo posible por alegrarlo y distraerlo por lo cual Naruto estaba más que agradecido. Hinata se sentaba junto a el en la cama y le leía pasajes de una espeluznante novela que había sacado a hurtadillas de la biblioteca. Sakura e Ino le traían los últimos cotilleos y lo hacían reír con sus traviesas imitaciones de los distintos invitados. A petición suya, le informaban puntualmente de los progresos en la carrera por ganar las atenciones de lord Kendall. En particular, había una muchacha alta, delgada y de cabello rubio, Lady Constante Darrowby, que parecía haber atraído el interés del aristócrata.
—En mi opinión, es de lo más frígida —dijo Sakura con franqueza—. Tiene una forma de fruncir la boca que me recuerda a uno de esos monederos en los que hay que tirar de un lazo para cerrarlos, por no mencionar esa horrible costumbre de reírse como una estúpida mientras se tapa la boca con la mano, como si fuera impropio de una dama ser vista riendo en público.
—Debe de tener los dientes torcidos —aventuró Ino, esperanzada.
—Creo que es bastante aburrida—prosiguió Sakura—. No puedo imaginarme de qué hablará con Kendall, pero éste parece de lo más interesado.
—Sakura —interrumpió Ino—, estamos hablando de un hombre que cree que la mayor diversión es la contemplación de las plantas. SU umbral del aburrimiento es, obviamente, inalcanzable.
—Después de la fiesta de hoy en el lago, se celebró una merienda campestre —informó Sakura a Naruto— y, por un increíble y satisfactorio momento, creí haber pillado a lady Constance en una situación comprometida con uno de los invitados. Desapareció durante unos minutos junto a un caballero que no era lord Kendall. —¿y quién era? —preguntó Naruto.
—El señor Benjamin Muxlow, un vecino perteneciente a la aristocracia rural. Ya sabes, ese tipo de hombre que es la sal de la tierra, que posee unas cuantas hectáreas de tierras más que decentes y un puñado de sirvientes y que pretende que una esposa le dé ocho o nueve hijos, le remiende los puños de las camisas y le haga pudín de sangre de cerdo en la época de la matanza...
—Sakura —la interrumpió Ino al ver que el rostro de Naruto había adquirido cierto tono verdoso—, intenta ser un poco menos repugnante, ¿quieres? —Sonrió a Naruto a modo de disculpa—. Lo siento, querido. Pero debes admitir que los ingleses estáis dispuestos a comer ciertas cosas que harían a un americano huir de la mesa chillando de horror.
—A lo que iba —continuó Sakura con exagerada paciencia—, lady Constance desapareció después de haber sido vista en la compañía del señor, Muxlow y, como era natural, fui a buscarlos con la esperanza de poder ver algo que la desacreditara y así conseguir que Lord Kendall perdiera todo interés en ella. Ya te puedes imaginar mi satisfacción en cuanto los descubrí debajo de un árbol con las cabezas muy juntas.
— ¿Se estaban besando? —inquirió Naruto.
—No, maldita sea. Muxlow estaba ayudando a lady Constante, a devolver al nido a un pequeño petirrojo que se había caído.
— ¡Vaya! —Naruto hundió los hombros antes de añadir malhumorado—: Qué tierno por su parte.
Sabía que su abatimiento se debía, en cierta medida, a los efectos del veneno de la serpiente, por no mencionar su desagradable antídoto. No obstante, el hecho de conocer la causa de su falta de ánimo no ayudaba en absoluto a que éste mejorara.
Al ver que Naruto parecía decaído, Ino cogió un cepillo cuyo mango de plata estaba bastante deslustrado.
—Olvídate de lady Constance y de lord Kendall por ahora— le ordenó—. Déjame que te trence el cabello; te sentirás mucho mejor cuando lo tengas apartado de la cara.
— ¿Dónde está mi espejo? —preguntó Naruto, que se inclinó hacia delante para que Ino pudiera sentarse tras el.
—No lo he encontrado —fue la tranquila respuesta de Ino. Naruto no había pasado por alto la conveniente desaparición del espejo. Sabía que la enfermedad había hecho estragos en su físico: su cabello había perdido el brillo y su piel carecía del saludable color que solía tener. Además, las constantes náuseas le impedían comer, por lo que sus brazos tenían un aspecto mucho mas delgado de lo normal mientras descansaban lánguidamente sobre el cubrecama.
Esa misma noche, tumbado en el lecho a causa de sus malestares, el sonido de la música y de la danza llegó flotando hasta el a través de la ventana de su habitación, procedente del salón de baile de la planta baja. Al imaginarse a lady Constance bailando un vals en brazos de lord Kendall, se movió inquieto entre las sábanas y llegó a la triste conclusión de que sus oportunidades de contraer matrimonio habían desaparecido.
—Odio las víboras —gruñó mientras observaba a su madre, la cual estaba ordenando los objetos colocados sobre la mesita de noche: cucharillas pegajosas por la medicina, frascos, pañuelos, un cepillo para el pelo y unas cuantas horquillas—. Odio estar enfermo y odio pasear por el bosque y, sobre todo, ¡odio jugar al rounders en pololos!
—¿Qué acabas de decir, queridito? —preguntó Kushina que estaba a punto de colocar unos cuantos vasos vacíos sobre una bandeja.
Naruto negó con la cabeza, afectada por una repentina tristeza.
—Yo... nada, mamá. He estado pensando... Quiero regresar a Londres en un par de días, cuando esté mejor para viajar. No tiene sentido quedamos más tiempo aquí. Lady Constance ya es prácticamente lady Kendall y no tengo ni los ánimos ni el aspecto necesarios para atraer la atención de cualquier otro. Además...
—Yo no perdería las esperanzas todavía —comentó Kushina, que soltó la bandeja antes de inclinarse sobre su hijo para acariciarle la frente en un gesto tierno y maternal—. Aún no se ha anunciado compromiso alguno y lord Kendall ha preguntado por ti con mucha frecuencia. Además, no olvides el enorme ramo de campanillas azules que te envió. Las recogió él mismo, según me dijo.
Exhausto, Naruto echó un vistazo al rincón donde habían colocado el enorme arreglo floral cuyo intenso perfume flotaba en el aire.
—Mamá, he estado a punto de pedírtelo en varias ocasiones... ¿Podrías llevártelo de aquí? Es precioso y el gesto es encantador... Pero el olor...
—¡Vaya! No lo había pensado —dijo Kushina de inmediato. Se dirigió sin pérdida de tiempo hacia el ramo y cogió el jarrón con las flores azules de tallos curvos antes de encaminarse a la puerta—. Lo dejaré en el recibidor y le diré a una doncella que se las lleve... —Su voz se perdió a medida que se alejaba, entregada a su tarea.
Naruto comenzó a juguetear con el débil metal ondulado de una horquilla que había caído sobre la cama y frunció el ceño. El ramo de Kendall había sido uno entre muchos otros, en realidad. Las noticias de su enfermedad le habían granjeado un buen número de muestras de simpatía por parte de los invitados que se alojaban en Stony Cross Park. Incluso lord Sai le había enviado un ramo de rosas del invernadero en su nombre y en el de los Marsden.
La proliferación de jarrones de flores había conferido a la habitación un aspecto un tanto fúnebre.
Curiosamente, no había llegado ni un solo regalo de parte de Sasuke Uchiha... Ni una nota, ni unas flores. Tras su solícito comportamiento dos noches atrás, Naruto había esperado algo por su parte. Alguna pequeña muestra de preocupación... Sin embargo, resolvió que, tal vez, Sasuke había llegado a la conclusión de que era una criatura problemática y absurda que no merecía ser objeto de sus atenciones en lo sucesivo. Si eso era cierto, se alegraría sobremanera de no volver a soportar sus groserías.
No obstante, en lugar de alegrarse, se le llenaron los ojos de lágrimas y sintió una extraña presión en la garganta. No acababa el entender sus propias reacciones. Como tampoco era capaz de identificar la emoción que subyacía bajo toda esa enorme desesperanza. Parecía estar poseído por un indescriptible y extraño anhelo... al que ojalá pudiera ponerle nombre. Ojalá...
—Bueno, esto sí que es extraño —dijo Kushina, que parecía muy asombrada al regresar a la habitación—. Acabo de enconar esto justo detrás de la puerta. Alguien las ha dejado ahí, pero no lo acompaña ninguna nota. Y, por su aspecto, son nuevas, a estrenar ¿Crees que las ha dejado alguna de tus amigas? Ha debido de ser una de ellas. Un regalo tan excéntrico sólo se le puede ocurrir a una de esas chicas americanas.
Cuando levantó la cabeza de la almohada, Naruto descubrió un par de objetos en su regazo que observó con total desconcierto. Se trataba de un par de botines atados con un alegre lazo rojo. La piel era suave como la mantequilla y estaba teñida con un elegante color bronce. Los habían lustrado hasta hacerlos brillar como cristal. Con el tacón de piel bajo y las suelas cosidas con diminutas puntadas, eran unas botas para darles uso, pero sin dejar de lado la elegancia. Estaban adornadas con un delicado bordado de hojas que cubrían toda la parte delantera. Mientras las contemplaba, Naruto sintió que la risa comenzaba a burbujear en su interior.
—Debe de ser un regalo de las Yamanaka —dijo... aunque sabia que no era cierto.
Las botas eran un regalo de Sasuke, quien sabía de buena tinta que un caballero jamás debía regalar una prenda de vestir a un doncel. Naruto era consciente de que debería devolverlas de inmediato, y así lo pensó al tiempo que las sujetaba con fuerza. Sólo Sasuke podía conseguir regalarle algo tan práctico y, a la vez, tan inaceptablemente personal.
Con una sonrisa en los labios, desató el lazo rojo y alzó uno de los botines. Era muy ligero y supo, con tan sólo echarle un vistazo, que le quedarían perfectos. ¿Cómo se las habría arreglado Sasuke para saber el número que el calzaba y dónde los habría conseguido? Deslizó el dedo a lo largo de las diminutas y exquisitas puntadas que unían la suela a la brillante piel broncínea de la parte superior.
—Son muy bonitos —comentó Kushina—. Demasiado bonitos para caminar por el campo embarrado.
Naruto alzó una de las botas hasta su nariz y respiró el olor limpio y agreste de las botas recién lustradas. Pasó la yema de un dedo por el suave borde superior y la alejó un tanto para apreciarla a distancia, como si fuera una valiosa escultura.
—Ya he dado bastantes paseos por el campo —replicó con una sonrisa—. Estos botines me vendrán de perlas para caminar por los caminos de gravilla en los jardines.
Kushina, que lo miraba con cariño, alargó el brazo para acariciarle el pelo.
—Nunca habría pensado que un nuevo par de botas te animaría tanto; pero me alegro muchísimo.
¿Llamo para que suban una bandeja con un poco de sopa y unas tostadas, querida? Tienes que intentar comer algo antes de la próxima infusión.
Naruto hizo una mueca de asco.
—Sí, me apetece un poco de sopa.
Kushina asintió con satisfacción y alargó un brazo para apartar los botines.
—Te Quitaré esto de encima y los dejaré en el armario...
—Todavía no —murmuró Naruto, sujetando uno de ellos con gesto posesivo. Kushina sonrió mientras se acercaba al cordón para llamar a la servidumbre.
Mientras Naruto se recostaba y seguía acariciando la sedosa piel con las yemas de los dedos, sintió que la presión que le agobiaba el pecho se aliviaba un poco. Sin duda era la señal de que los efectos del veneno se desvanecían..., pero eso no explicaba por que de pronto se sentía aliviado y tranquilo.
Tendría que darle las gracias a Sasuke, por supuesto y decirle que su obsequio no era apropiado. Y si reconocía que el quien le había regalado las botas, no tendría más remedio que devolvérselas. Un libro de poesía, una caja de caramelos o un ramito de flores hubiese sido algo muchísimo más apropiado. Pero ningún otro regalo habría sido tan enternecedor como ése.
Naruto no se separó de las botas en toda la noche, a pesar la advertencia de su madre de que traía mala suerte dejar los zapatos sobre la cama. Cuando finalmente cedió al sueño, con la música de la orquesta aún flotando a través de la ventana, consintió dejarlas sobre la mesita de noche. Y, al despertar por la mañana, la visión de los botines lo hizo sonreír.
