Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.
Hay besos silenciosos, besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan sólo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.
Hay besos que calcinan y que hieren,
hay besos que arrebatan los sentidos,
hay besos misteriosos que han dejado
mil sueños errantes y perdidos.
Hay besos problemáticos que encierran
una clave que nadie ha descifrado,
hay besos que engendran la tragedia
cuantas rosas en broche han deshojado.
Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.
Hay besos que parecen azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.
Judas besa a Jesús y deja impresa
en su rostro de Dios, la felonía,
mientras la Magdalena con sus besos
fortifica piadosa su agonía.
Desde entonces en los besos palpita
el amor, la traición y los dolores,
en las bodas humanas se parecen
a la brisa que juega con las flores.
Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.
Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.
¿Te acuerdas del primero...? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenáronse de lágrimas tus ojos.
¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos... vibró un beso,
y qué viste después...? Sangre en mis labios.
Yo te enseñe a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
¡yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca!
—Gabriela Mistral
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Continuaron tocando algunos segundos más; Levi no se detuvo hasta que el cello dejó de sonar.
—Petra, por qué demonios has parado.
Mikasa comenzó a aplaudir sin saber exactamente por qué, se sentía como una loca, pero no podía detenerse. Esos ojos azules mirándola con perplejidad hacían que sus rodillas temblaran, mordió el interior de sus mejillas para que el dolor la mantuviese en pie.
—Tengo la respuesta.
―Te dije que podía esp…
―Lo sé, pero no tenemos por qué esperar.
―Me retiro, gracias, profesor. ―Inteligentemente Petra había recogido sus cosas con asombrosa velocidad y salía del cuarto huyendo de aquella ignominiosa situación.
―Ha sido grosero, Mikasa, estaba en medio de una clase.
―Me sorprendí, creí que no tocabas en piano.
― ¿y que toda la cháchara que te daba era fanfarronería?
―Era factible.
―Olvidaré tu impertinencia, mocosa, ¿cuál es tu respuesta?
―Quiero la canción más impresionante que hayas escuchado, destrozaré ese escenario. No iré a Alemania.
Ciertamente le sorprendía. Esos días ensayando con Petra solo los habían llenado pensamientos sobre Mikasa y lo lamentable que iba a ser perder su talento dada la codependencia que tenia hacia su hermanastro. Para él era inminente que la sobreprotectora niña fuese tras el chico, algo ocurrió que cambió radicalmente la mentalidad de la chica. Fuese lo que fuese se percibía aliviado, pero no era apropiado mostrarlo.
―Ahora mismo no se me ocurre ninguna pieza apropiada. Has mostrado coraje hoy, el suficiente para que te deje entrar aquí nuevamente.
― ¿No me harás perder un fin de semana o sí?
― ¿y qué propones?
―55 34 45 65 00 ¿Lo tienes o lo anoto?
―No trates de llamarme senil o te costará, Mikasa.
No pudo más. La cara irritada de Levi era más que graciosa y por mucho que apretaba los labios la sonrisa apareció como una bomba. Así de destructiva fue para el receptor: su cara mudó a la estupefacción y notando la debilidad de su ceño se apresuró a darle la espalda.
―Tendrás las partituras esta tarde. Puedes irte. Tendrás el horario de siempre.
―Hasta entonces.
Aun después de abandonar la sala, Mikasa seguía sonriendo.
El resto de la tarde fue un tanto agónica, comprobando si su teléfono no estaba silenciado, abriendo de vez en cuando sus redes sociales sin hallar algo interesante.
A las 11 de la noche, casi cuando creía que sí tenia por profesor a un hombre senil…el teléfono vibró sutilmente.
No había mensaje de texto, solo una liga que conducía a la versión PDF de las partituras de la pieza. Tenía tanta ansiedad y había esperado por la canción toda la tarde que en cuanto leyó quiso practicarlo, pero ya era muy tarde y al señor Jaegër no iba a gustarle para nada así que se limitó a hundir la cabeza en la almohada y esperar ansiosamente a que la mañana llegara.
Eren trabajaba los fines de semana también: salía de casa con la excusa de ir a Rose a practicar los sábados y los domingos a casa de unos amigos, Mikasa no se molestó en desmentirlo. Desde entonces apenas cruzaban miradas y nunca palabras. Con la casa sola durante el día ella practicaba, pero no había logrado completar la canción ni una sola vez. No es que la técnica exigiese más de lo que poseía, sino que cuando la tocaba imaginaba a Levi criticando cada parte y buscaba mejorarla antes de avanzar a la siguiente. Así se le terminaron las horas de práctica y el fin de semana.
El lunes en la mañana salió emocionada, quería que el enano odioso que tenía por profesor se quedase callado ante lo mucho que había avanzado en solo dos días. Le contó a Sasha y ésta muy emocionada ya planeaba una salida al centro comercial para elegir el vestido de gala que usaría.
― ¡Apuesto a que algo rojo luciría de maravilla en ti! ¡Algo tan rojo como una deliciosa manzana, o una fresa! Y tu cabello en un maravilloso moño, no tan pulcro, algo suelto.
―Si sigues hablando mientras comes te atragantarás, vamos que aun queda bastante tiempo para la presentación.
Ese día al finalizar la práctica Levi estaba más hablador que de costumbre y decidió aprovechar el momento:
― ¿Alguna queja?
―No exactamente, es sólo que no sabía a quien preguntarle sobre el vestuario. ¿qué debería usar para ese día?
― ¿No es eso algo que le preguntas a tu madre o a alguien que sea una mujer?
―Soy huérfana.
Levi notó el brillo desaparecer de los ojos de su estudiante cuando acabó de hacer aquella franca declaración.
―No debí preguntar eso. ―pasó su mano por su cabello, tirando de él con relativa fuerza. ―Le diré a Hange que te ayude, es la primera vez en mucho tiempo que tengo un estudiante a mi cargo y no sé qué hacer exactamente.
―Sí, supongo que no debí preguntarle al hombre que viene todos los días con camisas blancas y pantalón negro.
―Ese será tu vestuario, apuesto a que te quedaría bien. ―sintió la sonrisa asomar a su rostro y antes de que ella pudiera verlo giró la vista hacia la ventana. ―Al diablo, mocosa, fuera de aquí. Acabó la clase.
―No dijiste nada sobre la pieza.
―Creo que lo haces bien, no tanto como para ganar ni impresionar, pero vas por buen camino. Vete ya, tengo que ir a planchar mis innumerables camisas blancas.
El resto de la semana fue más o menos así: acudir a clases durante el día, ir a los ensayos por la tarde, regresar a casa y preparar la cena, evitar a Eren y la mirada inquisidora de Grisha que pese a ser un padre ausente notaba la atmosfera tensa y cambiada que imperaba desde hace varios días.
Solo una vez se cruzó con Petra por uno de los pasillos camino a la sala de ensayos, con el enorme cello al hombro que era un poco más grande que ella. En una fracción de segundo sus ojos se cruzaron, pero inmediatamente voltearon a cualquier otro punto menos sus caras.
Aun Mikasa se preguntaba por qué esa chica estaba a cargo de Levi, fue entonces que se le ocurrió darle uso al usuario no registrado que tenia en la mensajería.
El sábado en la noche después de dar muchas vueltas en la cama, se atrevió a mandar un meme. Era un poco estúpido, pero el método más infalible y casual de iniciar una conversación. Científicamente comprobado, por quién, bueno…algunos cuantos debían tener la certeza de ello.
Levi: No entiendo, qué mierda con ese gato. ¿Por qué come ensalada?
Mikasa: Que nadie te escuche decir eso que te creerán aun más viejo.
Levi: ¿No te enseñaron modales, niña? ¿Qué sucede? ¿Necesitas ayuda?
Fue entonces cuando titubeo sobre el tema principal por el que inició la conversación pero ya era demasiado tarde para retractarse.
Mikasa: ¿Por qué de pronto empezaste a enseñar cello?
Levi: Fue un encargo de Hange.
Ambos se sorprendieron por la honestidad, muchos malentendidos se ahorrarían.
Mikasa: Es tarde, deberías dormir o te verás aún más viejo.
Después de lanzar a bomba, Mikasa apagó el teléfono y se durmió, aun con la sonrisa maliciosa que le quedaba cuando contrariaba a Levi, cuando lo veía fruncir el ceño con mayor fuerza o lo contrario, cuando no acababa de torcer la boca en algo parecido a la sonrisa que había admirado en aquel video de su presentación en Viena.
A una semana del concierto Levi comenzó a portarse extraño, cada vez miraba menos a Mikasa y esta no lo había dejado pasar. Le intrigaba el súbito cambio de actitud de su profesor, pero ya no se sentía furiosa ni odiaba su forma de ser. A veces cuando llegaba temprano aun podía encontrarlo sentado en el alfeizar de la única fenestra del cuarto, mirando hacia la nada, el sol fulgurando en sus iris…era la imagen más melancólica y hermosa que hubiese contemplado en su vida.
―¿Te duele?
―No, las recomendaciones que me diste fueron muy buenas. Hago los ejercicios de calentamiento antes de venir aquí y en casa antes de practicar.
―Bien, si no hay ningún calambre entonces por qué dejaste de tocar.
―Tú también lo hiciste. ―Mikasa se giró en el taburete para mirar los ojos de su profesor, estupefacto ante tal repentino cuestionamiento.
―Eso no importa. Mi tiempo pasó, pero tú eres joven.
―No eres tan viejo.
―No sabes cuántos años tengo.
― ¿Me lo dirás?
―Por supuesto que no. Empieza de nuevo.
―Te vi tocar. En el concierto de Viena, naturalmente no estuve ahí, pero aun en video lograste trasmitirme algo que nunca había sentido antes al escuchar música y que aun hoy no puedo nombrar.
―Es todo.
― ¿A que le tienes miedo?
No respondió, salió de la sala sin decir palabra dejando sola a Mikasa. Ella no perdió tiempo apresuradamente tomó su bolsa y salió tras él.
― ¡A que le tienes miedo! ―le gritó a mitad del patio que separaba los edificios modernos donde impartían clases teóricas de la torre vieja donde practicaba con el piano, ya completamente cubierto de nieve. ―¡Levi, mírame, carajo!
― ¡A ti! ―Mikasa sintió que su fuerza la abandonaba, el aire salió de sus pulmones en un quejido mudo. ― A lo que siento cuando estoy contigo.
Se quedó quieta. Las piernas no le respondían, solo miraba las enrojecidas mejillas de Levi a causa del frio.
Era incapaz de realizar otro movimiento, huir o acortar la distancia entre los dos. La nieve no solo volvía gélido el ambiente sino que había congelado el tiempo. Esa escena sacada de una película romántica se reproducía en la vida de Mikasa. Ahora mismo.
Entonces la nieve crujió, estremeciendo cada musculo en el cuerpo de la chica.
― Qué… qué quieres decir…
―No sabía que tenías problemas auditivos, ve al médico. ― Así, con esa frase, él se dio vuelta y comenzó a caminar de nuevo.
Estupefacta, la chica fue presa de un nuevo sentimiento: furia. Sin pensárselo dos veces, se agachó y tomó hielo que compactó cerrando el puño con fuerza.
Lo siguiente fue el sonido de la nieve estrellándose en la chaqueta del profesor. Se detuvo y en un reflejo giró sobre sus talones en el momento justo en que Mikasa lanzaba otra bola y le daba de lleno en la ceja izquierda.
Ella no se detuvo, continuó rascando hielo, a pesar de que sus dedos pasaron de rojos a tonalidades violáceas, y las arrojaba con fuerza sin mirar a dónde apuntaba o si su blanco seguía ahí. Solo quería liberar la furia que la carcomía.
― ¡Es un idiota! ¡Enano cretino! ¡Estúpido!
Empezó a jadear cuando las lágrimas le dificultaban respirar. Ni siquiera entendía por qué lloraba, simplemente sucedió asi como el que dos brazos fuertes aprisionaron su cuerpo, deteniendo sus lanzamientos y también su respiración una vez que el aroma masculino inundó su nariz.
―Soy todo eso, ya lo sé. —Una voz grave susurró sobre su cabello.
No se atrevió a mirarle el rostro, quiso seguir pataleando y liberarse, pero ya no encontró fuerzas. La calidez que se filtraba a través de las finas hebras de sus ropas, inducia en ella un sueño tranquilizante.
Un goteo sutil la trajo de vuelta, miró el hielo que se teñía de rojo.
―Mierda, sí que sabes tirar, Mikasa.
―Lo siento...lo siento mucho, yo no me di cuenta de a dónde tiraba― su primer impulso fue tocar el lugar de la herida, pero Levi lo evitó echándose hacia atrás.
―Estará bien, nada que no cierren cinco puntos en la sala de urgencias.
―Te llevaré.
―Desde cuándo tienes auto. Vamos, necesitas ir adentro. Mira tus manos, Dios...— Las ganas de llorar volvieron porque las manos ásperas de Levi eran como fuego cálido y agónico, torturando a una inestable Mikasa. Lo último en lo que podía pensar eran sus manos. Al diablo, ni siquiera podía pensar.
Por otro lado, la herida no dejaba de sangrar y eso bastó para que Mikasa recuperase su habitual compostura. Salieron por la puerta trasera de la academia. Levi conducía un auto negro, pequeño y elegante.
―Te llevaré a casa y después iré al hospital.
―Olvídalo, no quiero morir porque la sangre cegó tu visión. Iremos al hospital primero o no te diré mi dirección.
Ya en urgencias los médicos determinaron que no era algo serio y con algunos vendoletes bastaría para mantener los bordes de la herida en su lugar a fin de que la cicatrización dejase el área tal y como estaba antes.
Cuando salieron había aun más nieve en la calle que antes.
―Estaré bien, ahora debería llevarte a casa antes de que la nieve nos impida avanzar.
Mikasa no se atrevió a pronunciar otra palabra, solo asintió.
Enfrente del browstone, Mikasa bajó del auto y antes de cerrar la puerta susurró un lo siento. Levi esperó a que entrase en casa y luego arrancó el auto, necesitaba una buena taza de café y unos analgésicos.
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Creyó que no habría nadie en casa, pero para su sorpresa, Eren estaba sentado en la sala.
― ¿Has enloquecido, Mikasa?
― ¿De qué hablas?
― Cómo pudiste, él no es como tú.
― ¿Quién?
―Ese era el auto del profesor Levi, ¿no?
―¿Me estás espiando? ¡Desde cuándo te importa lo que suceda conmigo!
―Mikasa, es un hombre mayor, papá enloquecerá cuando…
―¿Cuándo lo sepa? No estoy de humor para tus reclamos. Aunque te equivocas, tú no estás a su altura pero yo sí. Estoy harta de reprimir mi verdadero yo para no resaltar más que tú. Pero hay cosas que no se pueden ocultar: como tu falta de talento. —abandonó la sala tal como hizo él, aquel día en que anunció se iría a Alemania.
Estaba tan cansada física y mentalmente que se quedó dormida al instante y no despertaría hasta que incesantes golpes sobre su puerta la trajeran de regreso desde los brazoa de Morfeo. Un Morfeo que curiosamente olía a su profesor.
—¡Mikasa! ¡Mikasa!
—¿Qué sucede?
—Vistete, cenaremos fuera esta noche.
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― ¿Qué hacemos aquí, papá? ―Eren no podía ocultar la irritación que le causaba haber faltado a su trabajo eso explicaba que estuviese en casa tan temprano. Grisha lucía inusualmente complacido y con aquella misma alegría respondió a su hijo:
―Celebrar.
― ¿Qué exactamente?
―Tu presentación en el concierto de invierno.
Mikasa en silencio hasta ese momento, no más animada y necesaria de lo que podía ser el centro de mesa con flores lilas o la copa de vino que sostenía en sus manos, abrió los ojos con sorpresa. Eren la imitó, paralizándose en su silla.
― ¿Concierto?
―Esta mañana llegó a mi oficina un boleto para el concierto navideño de Rose, dijeron que el programa sería una completa sorpresa, pero estoy seguro de que pudiste entrar, después de todo has estado ensayando los sábados. Ahora entiendo todo, felicidades, hijo.
Ella no dijo nada, esperando que dijese la verdad pero después de toda la cena, cuando entraban al auto para regresar... supo que había sido una ingenua pues era obvio que no diría nada.
Grisha podía ser un padre ausente y temperamental pero no dejaba de ser un hombre honrado que la había recibido y cuidado por más de 15 años. Le debía mucho y aunque nunca lo había considerado su padre, no creía que alguien se mereciera un engaño como ese y peor decepción que se llevaría en caso de asistir al concierto pues el nombre de su mentiroso hijo no figuraría en ningún lado.
― ¿y qué pieza vas a tocar, Eren?
La noche podía estar considerablemente fresca, pero nada fría comparada con el efecto que tuvieron esas palabras en el chico.
―Es una sorpresa, ¿no lo entendiste?
―Bueno, pero podrías decirnos, somos tu familia. ―apoyó el señor Jaegër.
―Sí, Eren, dinos.
―No.
Mikasa no soportó la irritación que la mentira y el engaño suscitaron en ella y simplemente explotó:
―Eren no tocará, la que se presentará en el festival soy yo.
Después de esa declaración prosiguió un silenció atroz y luego la llana voz de Grisha.
― ¿Cuándo pensabas decírmelo?
―El mismo día en que tu me dijeras que tengo un medio hermano y que tú tienes otra familia.
― ¿Qué clase de tontería es esa?
―Me iré a Alemania antes de ese estúpido concierto porque estoy cansado de tener que soportar la farsa en que vivo. ¿Creíste que no lo sabía? ¡No me insultes!
―Cállate ya Eren, tu madre estaría decepcionada de escucharte y en su tumba…
― ¡Deja a mi madre fuera de esto!
― ¡Cuidado al frente!
Una intensa luz cegó a todos y sus voces fueron enmascaradas por el irritante pitido del camión que los embistió.
Lo siguiente fueron cristales volando por todos lados, el sonido del metal crujiendo mientras las estructuras del auto se doblaban y finalmente silencio.
Las bolsas de aire de los asientos delanteros protegieron al conductor y a Eren, pero Mikasa en el asiento trasero, no traía cinturón de seguridad. Con el impacto, su cuerpo entero fue proyectado hacia el frente estrellándose contra el asiento de Grisha e inmediatamente el contragolpe la devolvió hacia atrás en un brusco movimiento que la estrelló contra el techo del auto.
Esa noche se apagaron las estrellas.
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