Advertencia: Fanfiction Angst. Puede contener violencia implícita o explícita, abuso de drogas, alcohol, abuso físico y sexual.
[ [ Este capítulo contiene fragmentos que podrían ser sensibles para algunas personas. Evítalo si te incomoda. ] ]
XIII
Informe.
Sus dientes comenzaron a castañetear tan pronto la puerta se cerró frente a él. Sus huesos se doblegaban de dolor ante el húmedo frío de su celda. Sólo su abdomen palpitaba ardiente, donde los golpes molieron sus costillas. Se tomó unos minutos para calmar su respiración antes de comenzar a analizar la situación: ubicación desconocida, captor no identificado, no rescate y bajas posibilidades de escape.
No rescate.
No buscaban dinero, armas o poder.
Sólo a él.
No rescate.
Cerró los ojos unos segundos luchando contra el pánico que comenzaba a trepar por sus extremidades. Y las manos de su captor estaban allí, en su mente, tan reales que podía sentirlas hurgar cada rincón de su piel. El aliento cálido rebotar en su cuello y la fragancia dulzona en su nariz. Sus manos sudorosas y hambrientas rosándole lascivamente. Y se sentía sucio. Tan sucio. La bilis subió por su garganta, quemando, y apenas se sostuvo lo suficiente para volcar su estómago sobre el retrete de su celda. Fue apenas unos míseros mililitros de vómito, y parecía que era más de lo que estaba dispuesto a perder, incluso si era un poco de líquido biliar y su cuerpo no tenía más que dar. Se sostuvo contra el mueble sanitario unos minutos más, mientras su cabeza dejaba de girar. Detectó muy tarde cuando la puerta tras él se abrió y cerró con apenas unos segundos de diferencia. Ni siquiera se molestó en girar de inmediato. De cualquier forma, no creyó que pudiese empeorar.
Su captor le quería, para él. La sola idea de estar con ese hijo de puta de esa manera le asqueaba. No es que le fuera repulsivo compartir su cama con otro hombre. Siempre fue un amante indiscriminado que sólo le importaba el placer, viniera de donde fuera. Pero nunca antes contra su voluntad. Dentro de toda su mierda, solo podía alegrarse de una cosa: al menos le conservaría vivo y en condiciones dignas mientras calentara su cama. Hasta que se aburriera y le cambiara por el siguiente. Prefirió no apostar sobre cuánto tiempo pasaría hasta que eso ocurriera. ¿Sería suficiente para mantener la esperanza de planificar un escape? Prefirió balancearse sobre la idea del escape antes de esperar un rescate. Si es que le estaban buscando, su captor parecía haber planificado todo esto con suficiente tiempo para borrarlo del mapa. Eso incluía los nano-chips que le permitían conectarse con la interfaz de Friday y cualquier maldito satélite orbitando. Las posibilidades de un rescate se reducían a cómo el trasero obstinado de Rogers y el resto del equipo caminaba a ciegas tras su paradero. Nada esperanzador, si es que para empezar, estaban interesados en buscarle. Si es que no había terminado fastidiando por una última vez. Así que ahí estaba de nuevo: él y sólo él como recurso único para su propio rescate. Esto era Afganistán siete años después y con bastante dependencia química de por medio.
Sonrió con amargura.
Siempre terminaba siendo sólo él.
Cada persona que llegó a su vida encontraría una dolorosa salida de su vida. Una parte de él, quería seguir teniendo fe en algunos de ellos. En un Rhodey que intentaba quitarle su derecho a elegir porque era un dolor en el trasero bastante insistente para dejarlo joderse en toda su mierda sólo. O en el idiota de Rogers luciendo realmente preocupado por su bienestar e insistía en cruzarse en su vida cada que tenía oportunidad. Él quería estar esa noche ahí ¿no fue así? Eso luego de aclarar que agotó las opciones para que no tuviera que lidiar con él esa noche. ¿Entonces, quería o no verle? ¿Cuál era el punto de todo eso? Importaría si estuviese de vuelta en la torre, con un jodido trago de whisky en su mano y una jeringa en su brazo, pero ahora sólo importaba cuanto tiempo pasaría hasta que su captor se aburriera y lo eliminara como a cualquiera de los juguetes que quizá tuvo antes que él.
Se volvió pesadamente hacía la puerta, recordando la pequeña interrupción unos segundos antes. Frente a ella, un trozo de lo que sería una baguette envuelto en plástico y una botella de agua. Era más de lo que esperaba, honestamente, pero ahora mismo su hambre parecía haber desaparecido, así que se lanzó, desesperado, sobre la botella.
Ni siquiera se detuvo cuando pasó de la mitad hasta que se amonestó mentalmente por no limitarse y guardarla para después. No sabía cuándo volverían a alimentarle o si usarían sus necesidades básicas como moneda a cambio de obediencia. Tony conocía muy bien ese negocio. Dejó la botella en la esquina contraria al inodoro, como si eso fuera a evitar su contaminación y se envolvió sobre sí mismo. Su estómago se quejaba del exceso de líquido y el frío parecía ser más penetrante ahora que su cuerpo debía gastar preciadas calorías en calentar el contenido de su estómago. Gruñó, molesto, por su cabeza comenzando a palpitar y por cada parte de su magullado cuerpo que parecía tener una razón para doler. Con nada más que su cambio de ropa, se quitó el saco para usarlo de manta improvisada. Era ridículo como no hacía la diferencia, pero el cansancio y el dolor doblegaron su conciencia hasta que los insistentes bordes en su visión finalmente lo absorbieron en un profundo abismo.
. . . . . . . . . .
— Toma un descanso Banner —musito Steve apenas la junta de los vengadores se disolvió. Rhodey insistió en quedarse a analizar las grabaciones, pero una llamada del secretario de seguridad cortó su motivación. Tenía que volar en carácter urgente a Washington para una reunión de emergencia. Se retiró sin antes recordarles que no perdieran de vista a Murdock y Jones. Vision volvió a los laboratorios con un Banner y Wanda siguiéndole de cerca, antes que Steve los detuviera.
— Gracias Cap, pero estoy bien —murmuró él, presionando los talones de sus manos sobre sus cuencas.
— Lo último que necesitamos ahora es perder a alguien más —sugirió Steve. Bruce pareció analizarlo unos segundos, leyendo su propio cansancio antes de asentir.
— Una siesta no estaría mal —resolvió al final el científico —Un par de horas.
Steve asintió, satisfecho. Esperaba que fuera un par muy largo de horas.
— Wanda, deberías…
Ella levantó las manos, deteniendo al soldado.
— No voy a luchar contra eso… —aceptó de inmediato con una sonrisa triste. Le había visto tomarse parpadeos largos en medio de la reunión —No seré más útil así.
Steve se alegró de que al menos, unos cuantos, aceptaran un descanso. Con el equipo agotado, continuar sería menos productivo que antes. Los necesitaba en su mejor forma. Les vio desaparecer por el pasillo que conducía al ala habitacional de complejo con tristeza antes de volver hacía Natasha.
— Están haciendo lo mejor que pueden —musitó ella, una vez que estuvieron fuera de su alcance visual —Nosotros también.
Steve mantuvo la vista clavada en el pasillo vacío, poco convencido de la afirmación de la espía. Debía haber algo más que podía hacer.
— Analizaré las grabaciones, quizá sea un buen momento de echarle un vistazo a la detective y…
Steve la detuvo mientras caminaba hacía la sala de juntas de nuevo.
— Lo haremos juntos.
— Steve…—ella le dedicó una mirada compasiva. Debía admitir que no estaba convencido de hacerlo, pero se lo debía a Tony. Ahora mismo, el millonario soportaba la peor parte de toda la situación y una parte de él quería al menos, comprenderle.
— Debo hacerlo.
Natasha sabía que si algo podía caracterizar mejor a Steve era su inquebrantable voluntad una vez que se fijaba un objetivo, que añadido a su férrea brújula moral, era inamovible. Ella suspiró, asintiendo, antes de dirigirse de vuelta a la sala de juntas.
La tormenta había cedido unas horas antes, pero el paisaje todavía estaba congelado en una escena gris frente a ellos. Sin los vengadores presentes, parecía más solitaria que antes. La espía coloco su tableta en el soporte y duplicó su pantalla en un holograma flotante. Reprodujo el primer archivo que encontró. Venía del servidor de Hill: era la grabación de los únicos minutos que Tony pasó fuera de su vista. La cámara parecía estar ubicada en algún punto alto sobre la barra de lavabos, teniendo así una vista completa de los cubículos y el resto del espacio. Un par de hombres abandonaron los servicios luego de usarlos antes que la figura errática de Tony ingresara en el lugar. Le observó registrar cubículo por cubículo vacío antes de parar y regresar con pasos cansados y apoyarse sobre la barra de lavabos. Y sólo allí, con la seguridad de la soledad, el genio desplomó sus hombros. Y de pronto su rostro lucía más viejo y más agotado de lo que parecía cuando recién entró. En zoom llegó hasta el reflejo del millonario. La imagen era lo suficientemente nítida para captar la ligera capa de sudor en su frente y la respiración superficial rebotando sonoramente en el micrófono.
Le observó aflojar su corbata mientras observaba su reflejo.
"No otra vez", musitó Tony a través de la grabación, tan débil y tan asustado que realmente lo aterrorizó. Pudo ver como Natasha se removió incómoda en su silla, antes de echarse hacia adelante, para analizar la escena. Steve por su parte, no necesitaba muchas explicaciones: sabía lo que ocurría con Tony. ¿Por qué no le llamó? ¿Por qué no sólo se retiró?
Mientras tanto, el Tony de la grabación comenzó a buscar con desesperación dentro de su saco. Steve se preguntó que podría tener al genio tan nervioso. Unos segundos después, y con el alivio marcado en su rostro, el genio observaba una pequeña bolsa plástica que sostenía en su mano con veneración. Unos segundos después, la abrió sin ceremonias y consumió lo que había dentro. Vocalizó algo que el micrófono de la cámara apenas logró captar. Natasha rebobinó la grabación, pero Steve no necesitaba volver a escucharlo. Por su audición mejorada, lo había escuchado perfectamente.
Soy un idiota.
"No, no lo eres", quería decirle Steve. El dolor rasgando su rostro era tan fuerte que Steve podía sentirlo. Lo carcomía a él también, quizá un poco más, que la angustia de no saber nada sobre él en ese instante. Porque sabía que dónde sea que estuviese, ese dolor seguía acompañándole, atormentándole. Y si Steve no hubiese sido un idiota antes, quizá podría estar allí.
Natasha volvió a rebobinar la escena hasta alcanzar a hacer un zoom al contenido de lo que Tony consumió. Era apenas una píldora hexagonal blanquesina, sin ninguna otra particularidad.
— ¿Necesitaba medicación? —inquirió Steve, sin despegar su vista del vídeo.
— No según su expediente médico —Natasha admitió con lentitud. No había una duda de fondo en su voz. Era más cómo una confirmación.
— ¿Entonces…
— Cap —La mirada penetrante de Natasha sobre él lo obligó a girar. Y realmente se veía cansada. Demasiado agotada, cómo si toda la fuerza y fiereza que mostró unos minutos antes frente al resto de vengadores se hubiese esfumado. Era una súplica. No quería explicar más de lo que ya daba por hecho —Es Stark…
Steve vocalizó para añadir algo más, pero sabía que no tenía sentido. No era ser estúpido esperar lo mejor de las personas todo el tiempo. Era tener fe y valorar lo que son. Pero ahora mismo Steve tenía que admitir que Tony Stark tenía un pasado y un presente lleno de sombras que debía aceptar. El vídeo continúo, unos segundos más de un Stark reacomodando su corbata y echándole un último vistazo a su imagen antes de cruzar la puerta. Y eso era todo.
— Necesitamos volver al pethouse —sentenció con frialdad Natasha —La única diferencia entre la vida de Stark y sus custodios es esa píldora.
— No encontramos nada que…
— Buscamos en las pertenencias de un adicto veterano con un IQ bastante alto para su propio beneficio —ella se volvió de nuevo con él —Al parecer lo subestimamos.
Steve sopesó sus opciones. Sabía dónde estaba pisando ahora y quizá no quería descubrir el resultado.
— Aún podemos de donde vinieron —concluyó finalmente —Friday, reproduce las cintas de seguridad de la torre.
— Entendido Capitán.
. . . . . . . . . .
Una rutina se instaló más rápido de lo que Tony imagino. El tiempo pasaba de forma extraña para él: entre los lapsos de una cruda y dura conciencia escudriñando el blanco infinito de su celda, la agonía de la abstinencia, el hambre y el frío; para pasar a aquellas siestas de sueño ligeras con sueños inquietantes y aterradores, hasta regresar de lleno a la realidad con el agua fría golpeando sus costillas. Siempre era igual: la ridícula lucha contra los custodios que le doblaban en peso y fuerza arrastrándole por el pasillo hasta la habitación del "aseo". Era bañado, mudado y arreglado en medio de una bruma pesada que establecía el extraño perfume dulzón que llenaba su cabeza y le impedía a su mente grabar los detalles de los recorridos que le llevaban hasta la habitación donde su captor le visitaba.
Luego, estaban las cenas.
Su captor no era especialmente un gran interlocutor: de vez en cuando charlaba del clima, de la tecnología Stark o del sucio pasado armamentista de Tony. Todo esto siendo especialmente cuidadoso para recordarle cuando daño había hecho la familia Stark al país y al mundo sembrando muerte, sin obtener nunca, una respuesta o defensa del multimillonario, qué aceptaba cada palabra en silencio. A Tony se le permitía comer pequeños bocadillos que nunca aceptó, en una especie de acto de orgullo que ahogaba, horas después en su celda, cuando su abdomen dolía hasta marearlo y consumía con desesperación las pequeñas porciones de comida insípida que le proporcionaban. Era estúpido a cierto nivel, porque cada vez su mente parecía pensar menos en posibilidades de escape y más en comida, y como subsistir. El instinto de supervivencia más básico tomaba el control en su mente. Pero molestaba a su captor, cada vez que este parecía disgustarse por lo frágil de su complexión o del como sus costillas sobresaliendo de su abdomen parecían disminuir su libido. Pero nunca lo suficiente para desaparecer.
Tony podía admitir varias cosas sobre su vida: había experimentado lo suficiente en su vida para que algo le sorprendiera de verdad. En medio del frenesí de los placeres, se forjó más experiencia de lo que cualquier persona promedio estaría dispuesta a probar. Y aún con ese expediente a su favor, era duro admitir, cuán difícil era lidiar con la imposición de voluntad ajena sobre su propio cuerpo. Se sorprendió encogiéndose sobre sí mismo, de forma infantil e indefensa, ante la profundidad del tacto ajeno. Cómo si su cuerpo nunca hubiese sido tocado antes de esa manera. Cómo si su cuerpo nunca hubiese sido usado de esa forma. La paciencia y autocontrol del hombre eran admirables. Se dominaba lo suficiente para desnudar con total paciencia y esmero al genio, con el temple que sólo alguien que lleva centenares de veces haciéndolo sabe. Era gentil, sobre todo durante las ocasiones en las que Tony sólo se limitaba a ceder. Pero siempre habría algunos otros, donde no importando su cooperación, recibiría la peor cara de la situación. En ambos, sin excepción, lo haría de tal forma que pudiera sentir como cada roce le despojaba un poco más de su valor.
Pero en este momento, arrodillado frente a su captor e intentando no devolver su estómago con cada estocada que profundizaba hasta su garganta, se preguntaba si es que, de habérselo planteado, lo hubiera evitado. ¿Realmente existía dentro de sí la voluntad de defenderse? ¿Cedió sin resistencia ante las pocas posibilidades reales de negarse? ¿O en el fondo deseaba, o incluso quería, sufrir todo aquello por esa voz susurrante que le convencía que era lo que él merecía? ¿En qué momento su recién descubierto auto desprecio le ganó a su instinto de supervivencia?
El hombre terminó en su boca como de costumbre, sin poder evitar engullir el flujo cálido que inundó su boca. Un gemido débil de satisfacción después, lanzó a Tony sin ceremonias hacia un lado, como un objeto usado que cumplió su objetivo.
Quizá lo soy.
Derrumbado en el suelo, restregó disimuladamente sus manos contra su rostro, intentando limpiar el resto de fluidos ajenos mezclados con involuntarias lágrimas reflejo de sus arcadas mientras su anfitrión recuperaba el aliento. La bilis comenzó a subir por su esófago de inmediato, pero se limitó a ignorar cualquier sensación de su cuerpo hasta que pudiera actuar respecto a ello en la soledad de su celda. Solo necesitaba un par de minutos más, mientras el hombre terminaba su copa para luego abandonarlo, y ser llevado de vuelta a su celda. Intentó aprovechar esos pequeños instantes de silencio para intentar captar todos los detalles –sonidos, objetos, movimiento– que le diera una grieta en el sistema, un rasguño a través del cual mirar y planear su escape.
— Eres demasiado dócil —comentó el hombre, sin mucha prisa, tomando su lugar en uno de los sofás del recinto —Un poco de resistencia lo hace más divertido.
Tony no respondió, aun tomando su tiempo para escudriñar el lugar, sin demostrar demasiado interés en su entorno. Sin dar señales que la droga que lo tenía embotado comenzaba a ganar dependencia y su mente lograba superar la bruma durante los últimos minutos de sus encuentros.
— Seguro ya lo sabes —canturreó él, sin esperar respuesta —No creería que el gran Tony Stark no lo probó así alguna vez.
Tony solo giró para que su captor lograra ver su mueca de asco. Podía sentir sus entrañas removiéndose en un caldo de ira. Él podría haber sido un amante desvergonzado durante sus más oscuros años, pero nunca obligó a nadie a estar con él. La simple idea le asqueaba. Cada amante, cada persona que compartió su cama lo hizo por gusto y con pleno consentimiento. Tony podía ser el playboy más cotizado de la historia, pero su código moral era tan alto como las cifras de compañeros de cama que tuvo. Soportaría todos los insultos y humillaciones por su familia, por su fortuna armamentista, por sus errores. Joder, aceptaría incluso ser humillado por su aun alta fe en las personas, pero nunca por algo que iba tangencialmente en contra de sí mismo. Algo en su rostro debió reflejar todo ese desprecio y desafío, logrando borrar la sonrisa de su captor.
— Ese es el Stark que conozco —se dibujó una sonrisa rígida que le heló la sangre, pero no dejó de mirarle con desprecio — ¿Tan mal estuvo, entonces?
— No te atrevas a insinuarlo de nuevo —la preocupación por su integridad se acababa de ir por el caño ahora. Sólo sabía que necesitaba defenderse. Necesitaba detenerlo. Un patético intento por defender su honor. O lo que quedara de él.
El hombre levantó su dedo índice, como una señal de advertencia que Tony ignoró.
— Nunca seré la misma mierda que tú —añadió con acidez.
En dos movimientos, su captor estaba de vuelta sobre él, tomándole de la barbilla con fiereza.
— No ordene que hablaras —antes de que Tony pudiera escupir de vuelta, su quijada crujió bajo el impacto de un puño sobre ella. Su vista se nubló de golpe un instante para luego volver bañada en estrellas negras. Detectó el sabor del cobre y el calor dispersándose por su rostro con rapidez. Pero el escalofrío no le asaltó hasta que sintió como era despojado de su ropa con rudeza. No hasta que sintió la mano hurgar en su trasero con fiereza. Y algo dentro de él saltó, incómodo, removiéndose en un esfuerzo inútil de quitarse de encima a su agresor.
— No planeaba tu debut así, pero lo pediste a gritos Stark —masculló el hombre. Entonces el dolor lo recorrió desde la base de su cuello donde el collar metálico se unía a su cuerpo, hasta la punta de sus pies y su cuerpo se paralizó. Su cabeza fue echada hacia atrás por la fuerza cuando una mano le tomó por el cabello para ajustarlo. Y allí estaba, la sonrisa triunfal de la persona que sabía, podía tomarlo y nada ni nadie se lo impediría. Su cuerpo flácido y congelado no respondía, pero podía sentir aún. Y debía ser un idiota si esperaba que las cosas a continuación no dolerían como sabía, lo harían.
Y el dedo dentro de él se convirtió rápidamente en dos y luego en tres cuando aún no estaba listo. Reprimió cualquier queja por mero orgullo, pero cuando fue penetrado con tan poca anticipación y cuidado. No pudo evitar el gemido doloroso y las lágrimas que brotaron por sus ojos sin control. Mantuvo su mirada clavada en el plafón de la habitación, como un último esfuerzo de evitar ver la sonrisa siempre victoriosa del hombre. El vaivén furioso sólo empeoró cuando su captor tiró su cabello hacia atrás, buscando su mirada en vano. Tony intentó ahogar cada sonido, pero el sollozo y el temblor de todo su cuerpo eran sólo reacciones involuntarias de lucha y rabia. De una lucha que no se atrevería ya a librar y de una rabia que tendría que tragar. Pero ahora mismo, con la vista clavada en el techo blanco, impoluto y etéreo podía imaginar que no estaba más allí. Ignorando el dolor que parecía partirlo en dos y el terror paralizante. Entonces estaba a millas de allí, sobrevolando una nevada Sokovia, sintiéndose vivo, con un sentido, con una misión. Bromeando sobre tonterías con los Vengadores. Acompañado. Protegido.
Seguro.
¿Y qué más era ahora mismo? Un hombre sin ningún valor además de ser el juguete sexual de un enfermo que sólo eso vio en él. Quizá todos tenían razón. Quizá el Capitán tenía razón: no era nadie sin el traje. Era un humano que se doblegaba ante un poco de dolor entre sus piernas. Un hombre que daría cualquier cosa por unas gotas de alcohol o un par de pastillas. Que no podía soportar unos cuantos días de hambruna. Indefenso.
— Inútil.
El cristal se disolvió en miles de fragmentos cuando tocó el suelo. Tony apenas se inmutó. Después de unos años, acostumbrado a los arrebatos de cólera de Howard cuando estaba ebrio, era complicado le sorprendieran. Pero allí estaba, destrozando su último proyecto de ciencias sólo por no ser demasiado innovador. Sólo por no ser la siguiente patente de Stark Industries. El listón del primer lugar de la feria de ciencias cayó lejos de la mesa, cómo una hoja vieja de otoño. Tony intentó contener las lágrimas de derrota frente a su padre: sabía el costo de cada lágrima derramada en su presencia. Tendría suficiente tiempo después, cuando él y mamá se fueran a la cena con los socios y quedara a solas con Jarvis.
Así que bajó la cabeza, en un patético intento de controlar un sollozo. Porque aún conservaba la esperanza de obtener la admiración de su padre y de nuevo falló. Howard pareció oler su reacción así que cruzó el salón con grandes zancadas, tirando del cabello del niño para levantar su rostro. Tony jadeó al sentirse descubierto, pero el agarre de Howard era firme y Tony demasiado menudo para zafarse.
— Los hombres Stark no lloran —sentenció sin emoción en su voz. Casi como un mantra memorizado mecánicamente —Quizá no eres un Stark.
Antes de que la mano de su padre abofeteara su mejilla con fuerza para desatar una lluvia de violencia en su memoria, su mente se despejó mientras caía al suelo, por inercia. El golpe no fue duro. La conciencia de vuelta a su situación, sí lo fue. No se movió cuando el hombre le insultó, con un discurso de palabras medidas que no grabó en su memoria. No se movió cuando, desde el suelo, le vio desaparecer por la puerta de la habitación. Y no se movió, cuando los custodios lo tomaron, casi con misericordia, para arrastrarlo de vuelta a su celda. Su mente estaba clara ahora, pero su memoria no registraba nada.
No se movió más del sitio y posición donde los hombres le arrojaron dentro de su celda el resto de la noche.
. . . . . . . . . .
Cinco nombres aparecieron en el registro que Friday arrojó. Ese era el resumen de la vida social del multimillonario desde que le desterrara. Al fondo de la lista encontró su propio nombre: una sola visita en los últimos seis meses, y era la de hace unas noches, cuando llegó por él en calidad de su guardaespaldas encubierto. Sobre él, estaba Happy Hogan. Steve había visto apenas unas cuantas ocasiones al hombre: alto, corpulento y con un gesto de desconfianza marcado en su entrecejo. Pero aún con esa imagen, para Steve le era fácil leer lo mucho que se esforzaba en parecer duro. Podía leer con facilidad lo mucho que apreciaba a Tony. El hombre sólo le visitó una vez durante esos seis meses y fue el día que Tony lo liberó de ser jefe de seguridad de la torre y a enviarlo a con Pepper. El fantasma de una mueca de dolor e incomodidad por ser enviado lejos era suficiente para que Steve comprendiera que Hogan conocía muy bien a Stark.
En el tercer lugar de la lista se encontraba Virginia Potts. Debía admitir que le sorprendió. A pesar de saber de su rompimiento, juraría que ambos regresarían eventualmente al lado del otro. Y no parecía ser lo más lejano a ello. Sólo registró una sola visita en diciembre, y según el vídeo, era para asuntos meramente de negocios. Tony hizo una salida ese día a Empresas Rand. Nada fuera de lo ordinario. Luego, estaba Rhodes. Apareció en dos ocasiones. Una visita rápida en Septiembre donde hablaron de temas de seguridad donde el Coronel pedía la opinión de Tony sobre tecnología armamentista con la que el gobierno lidiaba en ese momento. La grabación era cortada en ese punto por protocolo de seguridad y volvía a correr justo cuando el moreno se despedía del genio y abandonaba la Torre. Tony continuó trabajando el resto de la noche como si nada hubiese ocurrido. La siguiente visita fue un par de días después de Navidad. Tony ordenó no informar a nadie de su condición, pero el primero en encontrarse con él luego de aquella noche fue el Coronel. Fue apenas una hora después de que Tony fuera llevado de vuelta a su pethouse luego de pasar un par de días en el piso del ala médica de la torre. Discutieron sobre su situación: Rhodes no tuvo compasión por él. Era razonable, le conocía mejor que Steve. Tony era terco y necesitaba mano dura. Pero el moreno no se molestó en ir más allá de sus conclusiones personales y nada más. Fue una visita corta y tensa. A partir de ese día, el Coronel había comenzado un proceso legal para reclamar su tutela y declararlo incompetente de cuidarse a sí mismo. Una decisión radical, pero comprendió la posición del moreno y la desesperación que lo llevó a ese punto. No era quién, dadas las desafortunadas circunstancias, de cuestionarle. Steve comprendió que se trataba de un problema personal y la sensación incómoda de saber que él no era parte del círculo cercano al genio –y por tanto nadie tenía una responsabilidad real de mantenerle al tanto sobre los por menores de su vida personal- se alojó en el fondo de su mente. Eran colegas. Aunque Steve no lo sentía así. La lista la encabezaba el joven empresario que ahora aparecía en la pantalla de la sala.
— 42 visitas registradas en video — leyó Natasha en voz alta —comenzaron siendo cada quince días hasta que pasaron a ser cada semana. Incluso algunas semanas más de una vez. Todas con una duración aproximada entre dos horas a nueve.
Steve suspiró sonoramente.
— Entonces ahí está el caballo de Troya —concluyó Steve.
Natasha lo caviló unos instantes.
— Es joven. Un genio de la programación. ¿No sería estúpido traerle drogas a Stark cuando sabía que era grabado y registrado cada vez que lo visitaba? ¿Por qué ni siquiera se molestó en borrar los registros?
Steve se volvió hacía la espía. Odiaba no entender del todo la tecnología actual, pero su amiga tenía un punto. Había visto el expediente del chico. Era el perfil que llamaría la atención de Stark: talentoso, innovador, arriesgado y emergente. Pero también incómodamente limpio. Todo lo que había de él era una multa de tránsito por manejar sin cinturón de seguridad y nada más. Era ejemplar y muy listo. Si quería lograr algo con Stark esperaría que cubriera sus pasos, pero nunca lo hizo. Ni siquiera lo intentó.
— ¿Y si la droga la recibía por otro medio? ¿Paquetería quizá?
— Imposible —tras la pantalla holográfica, cruzando el muro, Visión se materializó —Disculpe mi intromisión, pero el Dr. Banner y la Srita. Romanoff siguen descansando. Esperaba ser de ayuda.
Steve asintió, recuperándose de verle. Aún era mucho digerir la existencia del androide.
— El Sr. Stark cuenta con un sistema avanzado de escaneo en su mensajería. El departamento de seguridad de la torre tiene total acceso a ello y sería imposible que pasara de esa manera. Revisé todos los archivos de registro de paquetería recibida el último año y no hay nada sospechoso, ilegal o potencialmente destructivo.
— Lo potencialmente destructivo siempre estuvo dentro de esa torre —bromeó en voz baja Natasha, limpiando la pantalla holográfica y ganándose la mirada confundida pero impasible de Visión.
— Por deducción, sólo deja a dos personas para introducir drogas en la Torre —señaló Steve.
Natasha enarcó una ceja, como una pregunta silenciosa.
— Su invitado número uno —admitió con más molestia de la que creyó —y el mismo Tony.
Dolió decirlo, y esperó unos instantes que alguno le negara la posibilidad, pero no fue así. El suspiro silencioso de Natasha le confirmó sus sospechas. Tony era capaz de hacerlo por sí mismo y sin interpósita.
— Podemos probarlo. Tenemos suficiente material —terció la pelirroja, desplegando el listado de archivos que contenía la USB.
— ¿Puedo ayudar con eso? —ofreció Visión. Natasha se detuvo un momento, quizá pensando en lo obvio que era agilizar el proceso con ayuda del androide tecnópata antes de asentir y retirarse de la mesa mientras el androide la ocupaba. Steve lo observó atentamente mientras desplegaba sus palmas sobre la consola del ordenador en la sala y los archivos comenzaban a flotar en la pantalla, abriendo una cascada de ventanas con cada grabación contenida. Diez segundos después. Visión se volvió con ellos, solemne, dejando desplegada solo una ventana de vídeo.
— Creo que ésta grabación podría serles útil —resolvió con sencillez. Steve recordó la respuesta neutra y fría de su predeterminada asistente virtual de su primer teléfono móvil después de despertar del hielo. No tenía una IA como Friday, así que aún sonaba terriblemente mecanizada. Aún no determinaba cuál de las dos era más escalofriante, de cualquier forma.
Ambos observaron con interés el vídeo. Tenía la misma fecha que la única visita de Pepper. Tony lucía un traje gris Oxford bastante conservador, que le daba esa pinta de hombre de negocios que Steve conocía de él solo en revistas. Tras él, el hombre joven le siguió con entusiasmo fuera del elevador. El tono casual de la conversación le reveló la cercanía que ambos compartían con el otro.
— Parece que puedes armar un caos tú solo –comentó su invitado, echándole un vistazo rápido al pethouse.
— Bueno, ya sabes, años de experiencia —balbuceó Tony. Ya sostenía en su mano un vaso de whisky que engulló en segundos. Su invitado lo observó con semblante serio.
— ¿Tan mal estuvo hoy con…
El genio cortó a su invitado levantando la mano
— No digas su nombre.
— ¿Así de mal?
Tony ladeó la cabeza, luciendo pensativo. Mantuvo un largo silencio que su invitado respetó, sin hacerlo incómodo.
— Que era eso que tenías que mostrarme –evadió finalmente, acercándose a la mesa de centro de la sala. El castaño acercó el portafolio que portaba para abrirlo. El ángulo de la cámara cubría parcialmente la vista de su contenido.
— Sin efectos colaterales, sin dependencia, más potente y furtiva a cualquier prueba de dopaje —recitó el invitado de Tony con frialdad. — Es diez veces más placentera que la heroína y tan suave que no recordarás ni tu nombre.
Steve sintió un escalofrío recorrerlo cuando cayó en cuenta que aquello que le ofrecía a iba a terminar en el cuerpo del genio. Observó casi con horror como Tony tomaba con una fascinación incontenible una ampolleta y la contemplaba con vehemencia.
— Le llamamos Centella —continúo su invitado —y es una primicia exclusiva, claro.
La sonrisa casi traviesa del nuevo amigo de Tony le provocó nauseas. Sentía repulsión por lo que venía, y lo sabía, pero no podía apartar la vista de cómo el genio se apresuraba para buscar un pequeño dispositivo donde colocó la ampolleta y dirigirla hacia su antebrazo.
— Estás demente Stark.
Tony sonrió con tristeza.
— Ya me lo han dicho antes.
Quizá fue la forma en que Tony no dudo ni un segundo inyectarse lo que sea que ese hombre le trajo. O la sonrisa cargada de satisfacción de su socio cuando el millonario cerró los ojos tras suministrarse la droga. O la forma en la que con un gesto totalmente cotidiano y confiado, su invitado se colocó a horcajadas sobre él.
— Debes estar bromeando —murmuró a su lado Natasha.
— Y agregamos un poco de esto —susurró el invitado, que deslizaba sus dedos sobre la boca de Tony —…la experiencia será inolvidable.
La última frase apenas fue detectada por los micrófonos, pero el oído súper desarrollado de Steve lo captó. Apenas el rostro del castaño conectó con Tony, la grabación se detuvo. El vídeo se reanudó cuando su invitado se colocaba su chaqueta de nuevo antes de dirigirse hacia la salida. Natasha detuvo allí el metraje.
— ¿Qué ocurre? —Steve giró a donde Natasha continuaba, congelada, observando la escena. Le tomó unos segundos girarse con lentitud hacia él. Aún tenía la vista perdida, quizá demasiado ocupada conectando puntos.
— Dime donde lo viste antes —le ordenó, como si fuera la cosa más obvia. Quizá lo era pero Steve estaba tan agotado que no lograba recordarle.
— Dylan Miller es la actual pareja de la señorita Virginia Potts —resolvió con simpleza Visión. Steve volvió a la pantalla, como si de pronto el mundo se hubiese abierto frente a él. Esa media sonrisa petulante que presumió la noche, desde su butaca en el teatro. Lo que Tony observaba con recelo desde su palco.
— ¿Por qué la grabación está incompleta? —preguntó Steve de vuelta —Lo que ocurrió allí…
— Al parecer, el Sr. Stark cuenta con algoritmos de privacidad que bloquean las cámaras para proteger su privacidad, confidencialidad de datos y actividad sexual.
— Oh… —musitó apenas Steve sintiendo sus mejillas arder de pronto. La naturaleza libertina de Tony no era novedad alguna, pero siempre prefirió ignorar esa faceta de la vida del genio —No sabía que Stark…que él le gustaba…
— Stark es un amante imparcial —resolvió finalmente con sencillez Natasha —nunca le ha importado la etiqueta que tenga el placer.
Steve asintió en silencio. El aire se volvió incómodo en la sala. Sólo Visión parecía conservar la serenidad como si discutieran algo tan irrelevante como el clima o el sabor favorito de Tony. Era otro de esos choques. Los que tuvo justo cuando regresó. La sensación de querer salir corriendo y regresar a su época, cuando las cosas parecían ser más tradicionales y menos complicadas volvió a él. Cuando entendía el mundo. Ahora mismo volvía a sentirse un niño al cual le explicaban el mundo adulto una vez más. Pero, ¿por qué la imagen de Miller sobre Stark le molestaba tanto?
— ¿Hace cuánto?
— ¿A qué te refieres?
— ¿Hace cuánto tiempo Potts y Miller son pareja? —inquirió Steve casi en un susurro, aun procesándolo.
— Unos cuatro meses, quizá —Natasha ni siquiera lo reflexionó. Era obvio que lo sabía. Potts y la espía eran muy cercanas. Y aun si no lo fueran. Ella era una espía.
— Entonces cuando ocurrió todo esto…
— Sí —le confirmó ella.
— ¿Tony lo sabía?
Ella encogió los hombros. Si Tony lo supiera, ¿seguiría involucrándose con Miller como en ese vídeo? ¿O quizá se enteró en algún punto entre aquella grabación y la noche del Teatro? ¿No alejaría a Miller de Potts por mero sentido común? ¿Miller tendría algo que ver con su reciente ingreso a la bahía médica?
— Friday, reproduce la grabación del 24 de diciembre —ordenó Steve. Natasha le observó, de pronto abriendo los ojos casi con terror, como si apenas su mente hubiese conectado con ese momento.
— ¿Algún horario en particular Capitán?
— Antes de ser llevado a la bahía médica.
El vídeo se reprodujo justo cuando Tony salía del elevador.
— Friday, ¿de dónde regresó Tony esa noche?
— Según el GPS de su vehículo, hizo una breve visita a la residencia de la Srita. Potts.
Steve y Natasha intercambiaron una mirada incómoda.
Tony caminó directamente al bar y tomó la primera botella que encontró. Llenó una copa con paciencia para luego beberla en segundos y volver a colocarla sobre la barra del bar. Un deje de cotidianidad en su mirada decía que era algo que solía hacer frecuentemente. Unos segundos después, con un movimiento violento derrumbó la copa y el resto de cristalería que tenía cerca. Eso fue apenas el inicio. Tony siguió bebiendo, golpeando, destruyendo cada rincón y objeto que cruzaba su vista durante los cuarenta minutos siguientes.
En algún punto, alguien –Natasha o Visión- silenciaron el vídeo y aceleraron el tiempo de reproducción. Steve sólo observó, casi con asco, el ahínco con el que era destrozada la propiedad.
Las marcas escarlatas que dejaba a su paso porque la rabia le cegaba para siquiera detectar el daño en sus manos. El tambaleo en cada paso que lo llevó a caer más de una vez.
— Steve, no tienes que…
— Lo sé.
Le vio rugir cuando lanzó una botella lejos de él y caer de rodillas en medio del salón. Hubo un momento, unos cuantos minutos de aparente calma, un trance: abrazándose a sí mismo como si algo le atacara e intentara protegerse, encogiéndose hasta volverse un ovillo en el piso. Permaneció ahí un momento antes de incorporarse con torpeza, como si recién recuperara la conciencia y volver su vista hacia la barra del bar. Retomó su camino de vuelta, dejando el paso de destrucción tras de él. Tomó otra botella de la cava pero, antes que siquiera pudiera llevarla sin ceremonias a su boca, se detuvo de inmediato. Ahí, un portafolio reluciente como el que Miller le llevó antes. Algo en la firmeza de sus movimientos, adquirida luego de un ataque de rabia inducida por el alcohol, era escalofriante. La endereza de saber exactamente qué hacer. Era el gesto de Tony, con los hombros hacia atrás y la mirada aguda que le caracterizaba cuando una idea brillante culminaba finalmente en sus cavilaciones. Sus movimientos de pronto no eran los de alguien perdido en su propia ebriedad. El ángulo no lo permitió, pero era bastante claro el objeto que Tony alcanzó de nuevo entre los restos de su bar: el dispositivo con el que se drogó durante la última sesión con Miller. Colocó una dosis sobre su brazo sin preámbulo alguno. Entonces, apenas con unos segundos de descanso, Tony inyectó otra dosis.
— Eres un idiota Stark—masculló Natasha a su lado.
Resbaló hasta el suelo, pero aún desde la imagen parcial del genio perdiendo rápidamente la conciencia tras la barra, juro ver como volvía a colocar, con manos terriblemente temblorosas y débiles, el artefacto sobre su antebrazo antes de activarlo una última vez.
Tony no volvió a moverse más. Hubo un parpadeo de luces. Luego los rociadores se activaron.
— ¿Qué…
— Friday cuenta con un protocolo de emergencia en caso de accidentes. Al parecer, agotó la cadena de protocolos subsecuentes antes de ejecutar la llamada de emergencia sin autorización alfa —explicó Vision, antes siquiera que Steve lograra hilar la idea —Me pareció importante darle la autonomía a Friday de hacerlo. El Sr. Stark nunca instaló un protocolo de auto conservación.
— ¿Cuándo lo hiciste? —preguntó la espía, sorprendida.
— El último día de mudanza al Complejo. El esquema de comportamiento que Jarvis compiló me llevó a la conclusión de que sería importante crear un protocolo de seguridad para él —explicó con sencillez.
Steve asintió sin añadir más. Pasaron varios minutos antes que Tina Thurman apareciera en el vídeo. Steve no pudo ver como la recepcionista tomó los signos vitales del genio cuando Natasha cerró el vídeo.
— Creo que tenemos suficiente con esto —Natasha limpió la pantalla holográfica de golpe. Apenas la habitación volvió a quedar en silencio, Steve relajó sus hombros. Su estómago se removió con dolor cuando comenzó a asimilar toda la información que acababa de recibir. Al parecer Tony se hizo de un amante que invocó los demonios de su pasado. Ese era Tony ahora: una amalgama entre el adicto temerario y el héroe obsesivo. Una combinación peligrosa para alguien con tantos recursos a su alcance.
Steve debió prever esto.
Fury lo hizo, sin embargo.
Y a pesar de que apostaban por un Ironman siendo él mismo su mayor peligro, olvidaron que Tony Stark podía hacerlo sin problema.
— Acabo de enviar el reporte a Fury, un equipo irá por Miller —informó Natasha, sin perder el tiempo.
— ¿Qué hay de Pepper?
— Descuida, seremos discretos —le aseguró ella —Conozco a los de su tipo. Necesitamos acorralarlo. Si somos agresivos desaparecerá. Si hizo todo esto sin preocuparse por las grabaciones es porque sabía que eran borradas cada día. O al menos eso creyó. Tony dejó este respaldo porque era importante. Quizá ya sospechaba de Miller desde antes.
— O quizá sólo quería dejarnos un mensaje si es que él…
Natasha desvió su vista, incómoda. También existía esa posibilidad y lo sabía tanto como él. Ninguno de los dos mencionó nada más en voz alta. Sabían muy bien lo que habían presenciado y por qué Rhodes demandó su tutela.
— ¿Es posible que Miller supiera de los nano-chips? —caviló Steve.
— No hay forma de saberlo con certeza —respondió Visión —el proyecto Cookies'n'cream bajo el cual el Sr. Stark desarrolló los dispositivos era clasificado y prohibía a Friday documentarlo.
— Así que, si Miller se enteró de ello, no lo sabríamos.
— Es correcto —confirmó el androide.
— ¿Qué hay de Pepper? —sugirió el soldado.
— Ha estado muy alejada de Tony este último año, pero no hay forma de saberlo —meditó Natasha.
—Si ella sabía algo, existe la posibilidad de que lo mencionara a Miller.
Natasha negó lentamente.
— No Pepper. Es muy cuidadosa con ello.
— ¿Podrías confirmarlo? Ella, Happy o Rhodes. Son nuestras únicas opciones.
— Dalo por hecho —asintió ella.
— De acuerdo. Reúne al equipo, llama a Pepper y pídele que negocie otra orden para ingresar a la Torre de nuevo —ordenó el soldado.
— ¿Qué hay del Murdock y Jones? —preguntó Natasha mientras llamaba al resto del equipo desde su tableta.
— Es detective. Tráela con nosotros a la Torre. Necesitaremos toda la ayuda que podamos obtener.
. . .
INFORME DE MISIÓN DICIEMBRE 16, 1991
28 años.
Muchas gracias a los que leen y siguen aún el fic. No pienso abandonarlo. A veces es complicado actualizar pero estoy comprometida a terminarlo.
Quería avanzar todo lo que pudiera este capítulo sin saturarlos de información. Aún quedan unas dosis más de angustia, pero prometo que luego de ello tendremos un camino cuesta arriba.
Hasta la próxima.
Bethap
