Personajes de Mizuki e Igarashi
Candy empezó abrir los ojos lentamente con la mayor pereza que la pudiera caracterizar. Esa mañana sintió algo diferente, inusual al resto de las mañanas cuando se despertaba en contra de su voluntad, temprano para ir a laborar bajo los mandatos de su verdugo: Flammy Hamilton, experta en humillarla y degradarla hasta los niveles más bajos que pudiera permitírsele a la existencia humana.
Definitivamente era diferente, su nariz percibía la suave fragancia masculina y su mano tropezaba con cierta dureza.
─¿Qué es esto? ¡Miena! Te he dicho miles de veces que no te subas a mi cama, ¡vete a tu canasta a dormir!
─¿Canasta, mi pequeña pecosa?
─Esa voz… ¿pe-que-ña ¡pecosa!? ─Candy abrió los ojos de un ras y volteó sin pensar; lo más que pudo hacer fue cubrirse con ambas manos los senos ─¿Es un sueño?
─Ja, ja, ja, eres graciosa. Anoche dijiste lo mismo.
─Es que…
─Ven… ─la haló hacia él y envolviéndola en sus brazos le dijo─: terminaremos lo que iniciamos ayer.
Candy miró hacia la pelvis de su adorado rubio, notando que realmente le hacía; falta unos cuantos rounds para quedar enteramente satisfecho. Ella dejándose rodear por ese cuerpo bien tonificado y atlético; accedió a la petición de su rubio seductor.
Albert como león acechante a su presa la devoró en su totalidad; reiniciando la segunda ronda de caricias y besos que ninguno antes hubiera experimentado.
Qué feliz soy, mi sueño se hizo realidad… estoy… estoy entregándome en cuerpo y alma al hombre más exquisito de todos. Me siento en la gloria…, me duele un poco, pero, es, es delicioso tenerle dentro de mí, acariciándome, amándome. Oh, amor sigue, sigue así, continua con esos movimientos suaves y en ocasiones acelerados, contén tu palpitar que me hace… que me hace sentir… ay, mi amor… ya ni puedo pensar… solo sé que me gustas, mucho, mucho… mi amado… me siento desfallecer…¡desfallezco! ¡Desfallezco! Oh, no ahí viene otra vez esa sensación… desfallez…co, desfallecí…
Después de aquella entrega, ambos se quedaron dormidos como dos bellos durmientes. Una hora más tarde retomaban lo que ellos decidieron llamar: raund. Y esto se repetía cada treinta minutos.
Increíble de creer, ¿hasta cuándo va a seguir? Es un hombre inefable, me gusta, me gusta… decía que me… me… ya viene otra vez la… sensación.
Dos horas después se veía la tarde caer.
Recuerdo que los muchachos… oh, busco las palabras para meditar con idoneidad…este hombre, este hombre que tengo encaramado… me ocluye los pensamientos… los chicos me dijeron que lo hacían hasta quince veces en tres horas, pensé… pensé… que, que ¡mentían!, ¿qué se cree este hombre? Sacaré cuentas… está ha de ser la nú-me-ro… creo que es la decimo ¡octava! Ya… es de noche y sien-to la misma sensación… deliciosa…
Al día siguiente
Tengo hambre y sé, mis labios están resecos, ja, ja, ja qué sueño tuviste, Candy, ja, ja, ja, creer que tenías un adonis a tu lado
─¡Ilusa!
─¿Ilusa?
─¿Estás aquí?
─Sí… ─Albert miró a Candy con picardía─ ¿cuánto tiempo llevamos a…? ─y no la dejó terminar la oración.
Raund 19, 20, 21…
─¡Ahora sí!
─¿Sí, qué?
─Sí, sí…
Raund 27, 28…
Candy tienes que tomar el control sobre ti, llevas aquí no se cuanto tiempo, es tiempo de ¡afrontarlo!
Al notar que Albert despertaba nuevamente, se levantó casi enfurecida con valor y le enfrentó.
─¡Basta! Llevamos horas, eternidades aquí, ¡no he-mos co-mi-do! Creo que tampoco nos hemos metido a la regadera, ¿¡crees que soy tu maquina de felación!?
Albert a medio cubrir con la sábana blanca inclinó la mirada, avergonzado de su conducta.
─Soy humana por Dios, no una maquina, ¿qué te creíste? ─Candy al verle tan triste sintió pesar por él. Realmente se le veía arrepentido─ tampoco es para tanto, quizá… ¿te emocionaste?
─Quiero resarcirle mi conducta, señorita Candy. Quiero invitarle a cenar, visitar algunas tiendas, comprarle vestidos, joyas… esas cosas que a ustedes como mujeres les gustan.
─Hm, tampoco es necesario hacer ese tipo de gastos; con la cena, hm, sería suficiente. Aceptaré encantada ─dijo guiñándole un ojo.
─Puedo hacer que le traigan unos vestidos acordes a la ocasión.
─Tengo… ─Candy buscó con la mirada su vestido que yacía tirado en el piso de la habitación y al evaluar el estado de dicha prenda meditó mejor la propuesta ─eh, sí, gracias.
─Le agradezco, señorita Candy por darme la oportunidad de reivindicarme con usted. Haré una llamada.
─Eh, de acuerdo. Mientras me meteré en la ducha.
─Claro. Luego te sigo…
─¡No! Mejor no. Quiero comer.
─Claro. Te llevaré al mejor restauran de la localidad.
─¡Gracias!
Media hora después tocaban la puerta de la cabaña. Albert agarró su pantalón y se lo puso para abrir.
─Señor aquí le trajimos su pedido: vestiduras masculinas y femeninas.
─Gracias, espere un momento olvidé la propina en mi billetera que está ─Albert hizo un sondeo rápido por los alrededores de la cama ─No veo mi billetera.
─No se preocupe se puede cargar a la cuenta.
─Gracias, por favor hágalo.
Antes de que Albert pudiera cerrar la puerta George entró.
─Llevamos dos días buscándote, ¿se puede saber qué has estado haciendo en todo este tiempo?
─Albert, ¿has visto mi braga?
─¡Oh, cielos! Ya sé lo que hacías ─expresó Georges esquivando la mirada para evitar continuar viendo.
Candy velozmente se tapó los senos y salió corriendo a refugiarse en el baño.
─Eres la comidilla de los principales líderes del mundo, ¿sabías?
─Tengo derecho a mantener mi vida en total privacidad. Tengo derecho a tomarme vacaciones como el resto de la humanidad.
─Tú no eres como el resto de la humanidad. Eres el presidente del banco mundial. Tus acciones afectan directamente al mundo, ¿en qué pensabas cuando diste públicamente esa cantidad de dinero por una mujer? ¿Has leído los diarios? ¿Para qué pregunto? Si se ve que perdiste la noción del tiempo por andar metido entre las sábanas con esa chiquilla, que cuando mucho tendrá 20 años o menos.
─No es una chiquilla, es una mujer. ¡Mi mujer!
Candy por entre la puerta observaba la discusión acalorada, se moría de la vergüenza. Ahora quedaría como una simple ramera en frente de todos, ¿con qué cara miraría otra vez al vicepresidente del banco de Chicago; el banco más grande de América e importante del mundo?
Candy medio escuchó─: espero y te hayas cuidado. No deseo estar presente cuando tu tía se entere que embarazaste a una mujer que bien difiere del estatus social de la familia Ardlay ─Acto seguido Georges se fue dando un portazo, que hizo vibrar a las paredes del lugar.
Candy al darse cuenta que su Bert entraría, en seguida se apartó de la puerta y buscó de taparse con una toalla que nunca halló.
─¿Estas bien?
─Sí ─trató de sonar serena─ creo que será mejor que llame un taxi.
─¡No! No, por favor. Te prometí una cena. Déjame tratarte como la dama que eres, por favor.
Continuará.
Si han disfrutado del capítulo me lo pueden hacer saber para saber si publico otro, gracias. Dios nos bendiga.
