los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Capítulo 14 Cicatrices del pasado
Al día siguiente, el rey anunció la segunda prueba: recuperar un
anillo de plata escondido en lo alto de una montaña cuyo guardián
era un trol. De nuevo Jack esperó a que todos se hubieran ido y abrió
luego su cajita de rapé. De ella salió el traje de noche y viento y la
espada más afilada del mundo. Jack se puso el traje, empuñó la
espada y ¡zas! Allí estaba, en un abrir y cerrar de ojos, delante del
horrible trol y su espada. Esta batalla se prolongó un poco más que la
primera, pero al final el resultado fue el mismo. Jack tenía en su poder
el anillo de plata...
De Jack el Risueño
Cuando Bella despertó a la mañana siguiente, Vale ya había salido de la habitación. Ella
pasó la mano sobre su almohada. Todavía estaba caliente, y sentía el hueco que había dejado su cabeza. Estaba sola, como todas las mañanas de su corto matrimonio, pero esta vez era distinta: había pasado toda la noche en sus brazos. Había escuchado su respiración, había oído el lento latido de su corazón, se había dejado calentar por su piel ardiente y desnuda.
Se quedó un momento tumbada, sonriendo, antes de levantarse y llamar a Webber. Media hora después estaba abajo, lista para el desayuno. Pero su marido no aparecía por ningún lado.
—Lord Vale ha salido a caballo, señora —le dijo tímidamente uno de los lacayos—. Dijo que volvería cuando fuera hora de irse.
—Gracias —contestó ella, y entró en el pequeño reservado para desayunar. No tenía sentido salir en busca de Vale. Además, acabaría por volver.
Pero ese día su marido decidió no ir en el carruaje, sino a caballo, y ella tuvo que mecerse
dentro del coche con Webber como única compañía.
Llegaron a Edimburgo por la tarde y se detuvieron frente a la elegante casa de la tía de Vale poco después de las cinco. Vale abrió la portezuela del carruaje y Bella sólo tuvo tiempo de darle la mano antes de que su tía saliera a saludarles. La señora Whippering, una mujer baja y recia, lucía un vestido amarillo claro. Tenía las mejillas coloradas, una perpetua sonrisa y una voz bastante fuerte que usaba constantemente.
—Ésta es Bella, mi esposa —le dijo Vale cuando su tía hizo una pausa en su efusiva
bienvenida para tomar aliento.
—Me alegra muchísimo conocerte, querida —exclamó la señora Whippering—. Llámame tía Esther.
Eso hizo Bella.
La tía Esther les condujo a su casa, que al parecer había redecorado al casarse con su tercer marido.
—Marido nuevo, casa nueva —le dijo alegremente a Bella.
Edward se limitó a sonreír.
La casa era preciosa. Situada en lo alto de una de las muchas colinas de Edimburgo, estaba
construida en un límpido estilo neoclásico. Dentro, la tía Esther había optado por el mármol blanco y un suelo blanco y negro, a cuadros.
—Por aquí —dijo, avanzando rápidamente por el pasillo—. El señor Whippering está deseando conoceros.
Los condujo a un cuarto de estar decorado en rojo, con cuadros de enormes cestos de frutas en torno a una chimenea esmaltada en negro y oro. Sentado en un sofá había un señor tan alto y delgado que parecía un bastón lleno de nudos. Estaba a punto de meterse una magdalena en la boca cuando entraron.
La tía Esther voló hacia él en medio del revuelo de sus faldas amarillas.
—¡Nada de magdalenas, señor Whippering! Ya sabe que no son buenas para su digestión.
El pobre hombre dejó la magdalena y se levantó para presentarse. Era aún más alto que Vale y la casaca colgaba de su cuerpo formando pliegues, pero tenía una sonrisa muy amable al mirarles por encima de sus gafas de media luna.
—Éste es Horatio Whippering, mi marido —anunció la tía Esther con orgullo.
El señor Whippering se inclinó ante Vale y tomó la mano de Bella, mirándola con un pícaro
centelleo en los ojos.
Hechas las presentaciones, la tía Esther se dejó caer en el sofá.
—Sentaos, sentaos, y contadme vuestro viaje de principio a fin.
—Nos atacaron unos salteadores de caminos —dijo Vale obedientemente.
Bella le miró arqueando una ceja y él le guiñó un ojo.
—¡No! —La tía Esther puso unos ojos como platos y se volvió hacia su esposo—. ¿Ha oído usted eso, señor Whippering? ¡Unos salteadores de caminos atacaron a mi sobrino y a su esposa! Nunca había oído nada semejante. —Sacudió la cabeza y comenzó a servir el té—. Bueno, espero que consiguieras ahuyentarlos.
—Yo sólito. —Vale sonrió modestamente.
—Eres muy afortunada por tener un marido tan fuerte y valeroso —le dijo la tía Esther a
Bella.
Ella sonrió y esquivó la mirada de Edward por miedo a echarse a reír.
—A mi modo de ver deberían colgarlos, ya lo creo que sí —prosiguió la mujercilla. Pasó una taza de té a Vale, otra a Bella y otra a su marido, al que advirtió —: Ojo con ponerle crema. Acuérdate de tu digestión, querido. —Luego se recostó con un plato lleno de magdalenas sobre el regazo y anunció —: Estoy enojada contigo, querido sobrino.
—¿Y eso por qué, querida tía? —preguntó Vale. Había elegido la magdalena más gorda y la mordió, llenándose de migas la camisa.
—Pues por esta boda tan precipitada. No hacían falta tantas prisas a no ser que... —Los miró fijamente—. ¿Hay algún motivo?
Bella parpadeó y sacudió la cabeza.
—¿No? Pues entonces, ¿a qué venían tantas prisas? Acababa de llegarme la noticia de que
habías cambiado de prometida cuando, en el siguiente correo... porque fue en el siguiente correo, ¿verdad, señor Whippering? —le preguntó a su esposo. Él asintió con la cabeza, evidentemente acostumbrado a cumplir aquel papel en los monólogos de su mujer—. Eso pensaba —continuó la tía Esther—. Como iba diciendo, en el siguiente correo, me llegó una carta de tu madre anunciándome que ya te habías casado. Ni siquiera tuve tiempo de pensar en un regalo de bodas adecuado, y mucho menos de planear un viaje a Londres. Así que lo que quiero saber es por qué os habéis casado tan deprisa. El señor Whippering estuvo tres años cortejándome, ¿verdad, señor Whippering?
Un dócil gesto de asentimiento con la cabeza. —Y encima le hice esperar nueve meses para que tuviéramos un noviazgo como Dios manda antes de casarnos. No entiendo por qué tú te has casado con tanta precipitación. —Se detuvo para respirar hondo y beber un poco de té, y miró a su sobrino con el ceño ferozmente fruncido.
—Pero, tía Esther, tenía que casarme con Bella lo antes posible —respondió Vale,
fingiéndose ofendido—. Temía que me dejara plantado. Estaba rodeada de pretendientes y tuve que ir apartándolos con un palo. En cuanto me dijo que sí, corrí con ella al altar.
Remató aquella sarta de mentiras sonriendo con candor a su tía. La señora se puso a dar
palmas, entusiasmada.
—¡Desde luego que sí! ¡Muy bien hecho! Me alegro de que hayas conseguido a una señorita tan estupenda para que sea tu esposa. Parece tener la cabeza bien puesta sobre los hombros. Puede que eso equilibre tu mala cabeza.
Vale se golpeó el pecho y fingió desmayarse teatralmente.
—Me ofende usted, querida señora.
—Bah —dijo su tía—. Eres un bobo. Claro que la mayoría de los hombres lo son en lo tocante a mujeres. Hasta mí querido señor Whippering.
Miraron todos al señor Whippering, que se esforzaba por parecer un bribonzuelo, para lo cual le estorbaba un poco la taza de té que sostenía en equilibrio sobre las nudosas rodillas.
—Bien, os deseo que tengáis un matrimonio muy largo y feliz —declaró la tía Esther, y dio un mordisco a una magdalena—. Y fructífero.
Bella tragó saliva al oír aquella alusión a su posible descendencia y miró distraídamente su
taza de té. La idea de abrazar a un hijo suyo y de Edward, de acariciar un cabello castaño rojizo y fino como el de un bebé, hizo que la atravesara una súbita punzada de anhelo. ¡Ay, qué maravilloso sería tener un hijo!
—Gracias, tía —respondió Vale, muy serio—. Me esforzaré por engendrar al menos una docena de hijos.
—Sé que estás de guasa, pero los hijos son sumamente importantes. Sumamente importantes.
El señor Whippering y yo lo hemos hablado en numerosas ocasiones y los dos estamos de acuerdo en que los hijos hacen sentar la cabeza a los jóvenes. Y a ti, mi querido sobrino, te vendría muy bien sentarla un poco. Porque me acuerdo de aquella vez en que... —La tía Esther se interrumpió dando un respingo y un gritito al mirar el reloj de la repisa de la chimenea—. ¡Señor Whippering! ¡Mire la hora! ¡Mire la hora! ¿Por qué no me ha dicho que era tan tarde, diablo de hombre?
El señor Whippering pareció sobresaltado.
La tía Esther se meció violentamente, intentando levantarse del sofá. Pero le estorbaban las voluminosas faldas, la taza de té y el plato de magdalenas.
—¡Esta noche tenemos invitados a cenar y he de prepararme! ¡Ay! ¡Ayudadme!
El señor Whippering se levantó y sacó a su mujer del sofá.
Ella dio un brinco y corrió a llamar a la doncella.
—Va a venir sir Angus, y es terriblemente puntilloso. Pero eso a vosotros no tiene que
preocuparos —le dijo a Bella—. Cuenta unas historias deliciosas en cuanto se bebe dos copas de vino. Voy a decirle a Meg que os enseñe vuestra habitación para que subáis a asearos, si queréis. Pero a las siete en punto tenéis que estar abajo, porque no hay duda de que sir Angus estará en la puerta a la hora en punto. Luego tendremos que entretenerle de algún modo mientras esperamos a que lleguen los demás. ¡Ay! He invitado a unas personas encantadoras.
Batió palmas como una niña emocionada y el señor Whippering le sonrió con ternura, de oreja a oreja. Bella dejó a un lado su plato y se levantó, pero la tía Esther ya se había puesto a enumerar a sus invitados con los dedos.
—El señor y la señora Flowers... A ti te he sentado al lado del señor Flowers porque es siempre muy amable y sabe cuándo darle la razón a una dama. A la señorita Charlotte Stewart, que siempre sabe los mejores chismorreos. Al capitán Pickering y señora. El capitán pertenecía a la Armada, ¿sabéis?, y ha visto cosas de lo más raras, y... ¡Ah! Aquí está Meg.
Una doncella, presumiblemente Meg, entró en la sala e hizo una reverencia.
La tía Esther voló hacia ella.
—Enséñales a mi sobrino y a su esposa su habitación. La habitación azul, no la verde. Puede que la verde sea más grande, pero la azul es muchísimo más acogedora. En la verde hay corriente —le confesó a Bella—. Bueno, no lo olvidéis: a las siete en punto.
Vale, que había permanecido sentado todo ese tiempo, comiendo magdalenas con toda
tranquilidad, se levantó por fin.
—Descuida, tía. Estaremos aquí a las siete en punto y vestidos con nuestras mejores galas.
—¡Estupendo! —exclamó su tía.
Bella sonrió porque parecía inútil intentar decir nada, y comenzó a seguir a la doncella
fuera de la sala.
—¡Ay, se me olvidaba! —Dijo la tía Esther—. También va a venir otro matrimonio.
Bella y Vale se volvieron educadamente para oír el nombre de aquellos nuevos invitados.
—El señor Paul Lahote y su esposa, lady Caroline. —La tía Esther sonrió, radiante—. Vivían
en Londres antes de trasladarse a Edimburgo, y he pensado que os gustaría conocerles. El señor Lahote es un caballero muy apuesto. Quizá lo conozcáis.
Bella se quedó sin palabras.
A Bella le pasaba algo, pensó Edward esa noche. Estaba sentada en un extremo de la larga
mesa de la cena, entre el simpático señor Flowers y el puntilloso sir Angus, cuya lengua empezaba a soltarse tras la tercera copa de vino. Bella llevaba un vestido marrón oscuro con florecillas verdes y hojas bordadas en el corpiño y alrededor de las mangas. Estaba bastante guapa; su cara ovalada y pálida tenía una expresión serena y llevaba el pelo castaño claro suavemente recogido hacia atrás. Edward dudaba que cualquier otra persona en la sala notara su desasosiego.
Bebió un sorbo de vino mientras observaba a su esposa y sonrió vagamente al inclinarse la
señora Flowers para decirle algo. Quizá Bella se sentía intimidada en compañía de personas a las que acababa de conocer. Edward sabía que era tímida, como solían serlo las hadas. No le gustaban las multitudes, ni las largas reuniones sociales. A Edward le sucedía lo contrario, pero entendía los sentimientos de su esposa, aunque nunca los hubiera compartido. Estaba acostumbrado a su envarada reticencia cuando salían.
Pero aquel desasosiego se debía a otra cosa. Algo iba mal, y le inquietaba no saber qué era.
La reunión estaba siendo bastante agradable. La cocinera de la tía Esther era muy buena, y la cena era sencilla, pero deliciosa. El estrecho comedor estaba suavemente alumbrado. Los lacayos eran generosos con las botellas de vino. La señorita Stewart estaba sentada a su derecha. Era una mujer madura, con las mejillas empolvadas y coloreadas y una enorme peluca gris. Cuando se inclinó hacia Edward, éste notó un fuerte olor a pachulí.
—Tengo entendido que acaban de llegar de Londres, ¿es así? —preguntó la dama.
—En efecto, señora —contestó Edward—. Hemos cruzado valles y colinas sólo para visitar la soleada Edimburgo.
—Bueno, al menos no han venido en invierno —replicó ella con cierto misterio—. El viaje se hace horroroso después de la primera nevada, aunque la ciudad esté bastante bonita. Como la nieve tapa el barro y el hollín... ¿Han visto ya el castillo?
—Pues no.
—Pues deben verlo. —La señorita Stewart asintió vigorosamente con la cabeza, y los volantes de debajo de su barbilla comenzaron a temblar—. Es magnífico. Hay pocos ingleses que sepan apreciar la belleza de Escocia.
Clavó en él una mirada penetrante.
Edward se apresuró a tragar el trozo de finísimo cordero que su tía había servido.
—Desde luego, desde luego. Hasta ahora, a mi esposa y a mí nos ha encantado su campiña.
—Y no es de extrañar, en mi opinión. —La señorita Stewart se puso a cortar su cordero—. Los Lahote se mudaron aquí desde Londres hará ocho o diez años, y no se han arrepentido ni un solo día. ¿Verdad, señor Lahote? —preguntó al caballero sentado frente a ella.
Paul Lahote era sorprendentemente guapo, si uno sentía predilección por los hombres de
mejillas tersas y labios rojos, como al parecer la sentían casi todas las mujeres, a juzgar por las miradas que le dirigían. Llevaba una peluca blanca como la nieve y una casaca de terciopelo rojo, con las mangas labradas en oro y verde.
Al oír la pregunta de la señorita Stewart, Lahote inclinó la cabeza y dijo:
—A mi esposa y a mí nos gusta Edimburgo.
Bajó la mirada hacia la mesa, pero curiosamente no fue a su esposa a quien miró, sino a la de Edward.
Edward bebió otro sorbo de vino, entornando los ojos.
—Hay un ambiente social exquisito —añadió lady Caroline. Parecía bastante más mayor que su apuesto marido y tenía títulos para dar y tomar. Allí tenía que haber gato encerrado. Lady Caroline tenía el cabello rubio, tan claro que era casi blanco, y una tez pálida y rosada que la hacía parecer casi tan monocromática como un papel. Sólo sus ojos azules claros le daban un toque de color a la pobre, pero parecían perfilados por un cerco rojo en contraste con su piel incolora, razón por la cual parecía un conejo blanco.
—El jardín está precioso en esta época del año —comentó—. Quizá lady Vale y usted quieran honrarnos viniendo a tomar el té durante su estancia.
Edward vio por el rabillo del ojo que Bella se quedaba paralizada. Estaba tan inmóvil que se preguntó si aún respiraba. Sonrió amablemente.
—Lamento mucho declinar su amable invitación. Me temo que sólo vamos a pasar una noche en Edimburgo. Tengo asuntos que tratar con un amigo que vive al norte de aquí.
—¿Ah, sí? ¿Y quién es su amigo? —inquirió la señora Stewart. Bella se relajó de nuevo y
Edward fijó su atención en su vecina de mesa.
—Sir Jasper Withlock. ¿Le conoce usted?
La señorita Stewart sacudió la cabeza enérgicamente.
—He oído hablar de él, naturalmente, pero por desgracia no le conozco.
—Escribió un libro maravilloso —dijo sir Angus con voz tonante desde el otro extremo de la mesa—. Sencillamente maravilloso. Lleno de toda clase de pájaros, mamíferos, peces e insectos. Extremadamente instructivo.
—Pero ¿le ha visto usted alguna vez? —preguntó la tía Esther desde la cabecera de la mesa.
—No, no puedo decir que le conozca.
—¡Ahí lo tienen! —Exclamó triunfalmente la señora Whippering—. No conozco a una sola
persona que haya visto a ese hombre. Excepto tú, mi querido sobrino, y supongo que hace años que no le ves, ¿no es cierto?
Edward sacudió la cabeza, muy serio. Ahora fue él quien se quedó mirando la mesa mientras daba vueltas a su copa de vino.
—¿Y cómo sabemos que sigue vivo? —preguntó la tía Esther.
—He oído decir que envía cartas a la universidad —se aventuró a decir la señora Flowers, a la izquierda de Edward—. Tengo un tío que enseña allí y dice que sir Jasper es muy respetado.
—Withlock es uno de los grandes intelectuales de Escocia —afirmó sir Angus.
—Puede ser —dijo la tía Esther—. Pero no entiendo por qué no asoma nunca la cara por la
capital. Sé que le invitan a bailes y cenas y que siempre declina asistir. ¿Qué esconde ese hombre, me pregunto?
—Cicatrices —masculló sir Angus.
—Oh, pero seguro que eso no es más que un rumor —comentó lady Caroline.
La señora Flowers se inclinó hacia delante, acercando peligrosamente su amplio pecho a la
salsa de su plato.
—He oído decir que tiene la cara tan horriblemente desfigurada de cuando estuvo en la guerra de América que tiene que llevar una máscara para que la gente no se desmaye de espanto al verle.
—¡Tonterías! —bufó la señorita Stewart.
—Es cierto —se defendió la señora Flowers—. La hija de la vecina de mi hermana le vio saliendo del teatro hace dos años y se desmayó. Después estuvo en la cama delirando de fiebre y tardó meses en recuperarse.
—Parece una muchacha muy enfermiza —repuso la señorita Stewart— y no sé si me creo una palabra.
La señora Flowers se irguió, visiblemente ofendida. La tía Esther intervino:
—Bueno, mi sobrino sabrá si sir Jasper está o no horriblemente desfigurado. A fin de cuentas, estuvieron juntos en la guerra. ¿Edward?
Edward sintió que empezaban a temblarle los dedos: un terrible síntoma físico de la dolencia que le carcomía por dentro. Soltó la copa de vino para no volcarla y se apresuró a esconder la mano debajo del mantel.
—¿Edward? —insistió su tía.
Maldición, ahora todos le miraban. Tenía la garganta seca, pero no podía levantar la copa de vino.
—Sí —dijo por fin—. Sí, es cierto. Sir Jasper Withlock está desfigurado.
Cuando por fin acompañó a su tía a despedir a los invitados, Edward estaba exhausto.
Bella se había excusado poco después de la cena. Él se detuvo delante de la puerta del dormitorio que les había asignado tía Esther. Su mujer estaría probablemente acostada. Giró el pomo con cuidado para no despertarla. Pero cuando entró en la habitación vio que no estaba dormida, sino preparando un jergón en el suelo, junto a la pared del fondo. Edward se paró en seco porque no sabía si reír o jurar.
Ella levantó la mirada y le vio.
—¿Puedes acercarme la manta de la cama?
Él asintió con la cabeza, porque no se fiaba de su voz, y fue a la cama a quitar la manta. ¿Qué pensaría de él? Se acercó al fuego y le pasó la manta.
—Gracias. —Bella se inclinó y empezó a remeter la manta alrededor de un montón de
sábanas para improvisar un colchón.
¿Le preocupaba haberse casado con un loco?
Edward apartó la mirada. La habitación no era grande, pero sí acogedora. Las paredes eran de color gris azulado y una alfombra con desvaídos dibujos marrones y rosas cubría el suelo. Entonces él se acercó a la ventana y retiró la cortina para mirar fuera, pero la noche era tan oscura que no distinguió nada. Dejó caer la cortina. Webber debía de haberse marchado ya. Bella estaba desvestida. Llevaba un bonito camisón adornado con encaje y su bata.
Él se quitó la casaca y comenzó a desabrocharse el chaleco.
—Una cena encantadora.
—Sí.
—Lady Charlotte es muy divertida.
—Mmm.
Edward se quitó la corbata y la sostuvo en los dedos, mirándola distraídamente.
—Es por el ejército, creo.
Ella se quedó parada.
—¿Qué?
—Eso. —Señaló el camastro con la barbilla, sin mirarla a los ojos—. Todos los que volvimos de la guerra tenemos alguna rareza. Algunos se sobresaltan violentamente al oír ruidos fuertes. Otros no soportan ver sangre. Algunos tienen pesadillas que les despiertan de madrugada. Y otros... — Respiró hondo y cerró los ojos—. Otros no soportan dormir en lugares abiertos. Temen que les ataquen en plena noche, cuando duermen, y no... no pueden evitarlo. Tienen que dormir con la espalda contra la pared y con una vela encendida para ver venir al enemigo.
Abrió los ojos y dijo: —Es una compulsión, me temo. Sencillamente, no pueden remediarlo.
—Comprendo —dijo ella.
Sus ojos tenían una expresión tierna, como si no acabara de oír que su marido era un lunático.
Se inclinó y siguió preparando el jergón. Parecía entenderlo de verdad. Pero ¿cómo era posible? ¿Cómo podía aceptar que su marido sólo fuera un hombre a medias? Ni él mismo lo aceptaba.
Edward se sirvió vino de la jarra de cristal que había sobre la mesa. Se quedó un rato de pie, bebiendo y mirando distraídamente el fuego, hasta que recordó lo que le rondaba por la cabeza al entrar en la habitación.
Dejó la copa vacía sobre la mesa y comenzó a desabrocharse el chaleco.
—Pensarás que tengo mucha imaginación, pero por un instante, cuando nos presentaron a los Lahote, me dio la impresión de que Paul Lahote parecía reconocerte.
Ella no contestó.
El lanzó el chaleco a una silla y la miró. Bella estaba ahuecando enérgicamente la cama.
—¿Esposa mía?
Ella se irguió y le miró con la barbilla levantada y la espalda recta, como si se enfrentara a un batallón de fusilamiento.
—Estuvimos prometidos.
Edward se limitó a mirarla. Sabía que había algo (alguien), pero ella nunca le había dicho que hubiera estado prometida. Qué tonto había sido, en realidad. Y ahora que lo sabía... Se dio cuenta de que sentía un arrebato de celos. Antaño, Bella había tenido intención de casarse con otro,
con Paul Lahote. ¿Había querido al lindo Paul Lahote, con sus labios rojos?
—¿Le querías? —preguntó.
Bella le miró un momento; luego se inclinó para acabar de preparar el jergón.
—Fue hace más de diez años. Yo sólo tenía dieciocho.
Edward ladeó la cabeza. Bella no había contestado a su pregunta.
—¿Dónde os conocisteis?
—En una cena como la de esta noche. —Cogió una almohada y alisó su funda—. Estaba sentado a mi lado y fue muy amable. No me dio la espalda, como solían hacer casi todos los caballeros en aquella época, cuando no me ponía a hablar con ellos inmediatamente.
Edward se sacó la camisa por la cabeza. Sin duda él había sido uno de esos caballeros tan
descorteses.
Bella dejó la almohada sobre el jergón.
—Me llevaba a dar paseos por el parque, bailaba conmigo en los bailes, y hacía todas esas cosas que hace un caballero cuando corteja a una dama. Me cortejó durante varios meses y después pidió mi mano en matrimonio a mi padre. Naturalmente, mi padre dijo que sí.
Edward se sentó para quitarse los zapatos y las medias.
—Entonces, ¿por qué no estás casada con él?
Ella se encogió de hombros.
—Se declaró en octubre y pensábamos casarnos en junio.
Edward hizo una mueca. Ellos se habían casado en junio. Se acercó a ella y la ayudó suavemente a despojarse de la bata. Luego la tomó de la mano y se tumbó en el jergón con ella. Bella se movió para colocar la cabeza sobre su hombro. Él comenzó a acariciar ociosamente su largo cabello. Era curioso cuan cómodo podía ser un jergón estando con ella.
—Yo compré mi ajuar —prosiguió ella con voz queda, y su aliento rozó el pecho desnudo de Edward—. Mandé las invitaciones, hice los preparativos para la boda. Luego, un día, Paul vino a verme y me dijo que se había enamorado de otra. Naturalmente, le dejé marchar.
—Naturalmente —masculló Edward.
Lahote era un sucio canalla. Sólo un cerdo seducía a una jovencita y luego la dejaba plantada casi frente al altar. Edward acarició el cabello de su dulce esposa como si quisiera consolarla por el dolor que había sufrido hacía casi una década y pensó en su matrimonio y en su lecho nupcial.
Por fin suspiró.
—Fuisteis amantes.
No se molestó en formular aquella frase como una pregunta, pero casi le sorprendió que ella no lo negara.
—Sí, durante un tiempo.
Edward arrugó el ceño. Ella hablaba con voz demasiado monocorde. Él se removió, inquieto.
—No te forzó, ¿verdad?
—No.
—¿Ni te amenazó en modo alguno?
—No. Fue muy amable.
Edward cerró los ojos. Dios, cuánto odiaba todo aquello. Su mano había dejado de moverse sobre el pelo de Bella, y era consciente de que apretaba con fuerza un mechón.
Exhaló y abrió la mano con cuidado.
—¿Qué ocurre, entonces? Hay algo más que no me dices, cariño mío.
Bella se quedó callada tanto tiempo que Edward empezó a pensar que había imaginado
todo aquello en medio de la neblina de sus celos. Tal vez no hubiera nada más.
Pero, al final, ella exhaló un suspiro desvalido y solitario, y dijo:
—Poco después de que Paul rompiera el compromiso, descubrí que estaba engordando.
