Capítulo 13
Candy movió su peón y esperó a que Aelfread hiciera su siguiente movimiento. Tras unos momentos, levantó la mirada para saber la causa de la demora. La razón era que Aelfread no estaba prestando atención. Tenía la mirada fija en los hombres que estaban sentados en las mesas, hablando y riendo alrededor de sus jarras de cerveza: Albert, Tom, George, Jimmy y Stear.
Supuestamente, estaban discutiendo los planes del día siguiente y decidiendo quién iba a hacer qué, pero los continuos estallidos de risa hacían dudar que ése fuera el tema de conversación. Candy no creía que pudiera ser tan divertido decidir quién entrenaría a los hombres, quién se encargaría de la guardia y quién la seguiría a ella. Estaban chismorreando y, por la manera en que se divertían, se trataba de un buen chisme. Aunque, por supuesto, lo negarían hasta la muerte. «Los hombres no chismorrean, ¿acaso no lo sabes?», dirían.
Candy miró a su amiga sonriendo. Cuando la otra mujer suspiró, Candy preguntó preocupada:
—¿Qué pasa, Aelfread?
—¿Qué? Oh, nada —contestó forzando una sonrisa y volviéndose rápidamente hacia ella.
Candy permaneció un momento en silencio. Parecía contemplar el tablero, se inclinó para hacer su jugada y comentó con indiferencia:
—Las cosas marchan bien.
Ya había pasado una semana desde su última expedición a la playa. Como había prometido, Aelfread se presentó en el castillo por la mañana para ayudarla con la servidumbre. Candy estaba dispuesta a pelear por el respeto al que tenía derecho por ley. Pero no tuvo que hacerlo. Los criados eran muy amables, incluso se mostraron ansiosos por hacer su voluntad. Como no sabía que Albert había hablado con ellos, lo único que podía pensar era que el cambio drástico en su comportamiento se debía principalmente a la presencia y el apoyo de Aelfread.
—Sí —convino Aelfread e hizo también su jugada.
—No podría haberme ganado el respeto de los criados sin ti—agregó, moviendo su alfil—. Gracias.
Aelfread se encogió de hombros.
—No fue difícil ayudarte.
—Tal vez no, pero eso te ha alejado de tus propias labores e incluso, de tus paseos diarios —señaló con amabilidad, llegando finalmente a lo que creía que era la causa del descontento de su amiga. Candy estaba agradecida por su ayuda, pero sospechaba que Aelfread extrañaba el aire fresco y la paz a la que estaba acostumbrada. No deseaba ver afligida a su amiga—. No hay necesidad de que vengas mañana si deseas hacer otra cosa. Ya sé que estar encerrada entre estas cuatro paredes es muy aburrido.
Aelfread la miró extrañada mientras sostenía la reina con una mano.
—No estoy aburrida —se apresuró a tranquilizarla—. Disfruto de tu compañía, mi señora.
—Candy —la corrigió con suavidad—. Somos amigas. Aelfread esbozó una leve sonrisa.
—Sí, lo somos.
—De todas maneras, aburrida o no, hoy te veo muy inquieta, y aunque disfruto de tu compañía, sé que sueles caminar todos los días por la playa. No quiero que dejes de hacerlo por mí. Yo iría contigo encantada si no fuera por mis guardias.
Dirigió una mirada de resentimiento a los hombres que estaban en la mesa. Aunque Albert había dicho que la acompañaría a la playa, aún no había tenido tiempo de hacerlo. Ocuparse de dirigir a sus hombres y sus viajes ocasionales para supervisar a los hombres que tenía en tierra firme, le dejaban muy poco tiempo libre. Por lo general, se levantaba y partía antes de que Candy despertara, y regresaba justo a tiempo para la cena, que devoraba con apetito. Sin embargo, una vez que estaban solos en la habitación, no importaba cuan fatigado estuviese, siempre encontraba energía para hacerle el amor.
Luego caía en un sueño profundo, dejando a Candy decepcionada y suspirando. Aunque le gustaba hacer el amor con él, después sentía deseos de hablar y conocerlo mejor. Pero era difícil hacerlo cuando roncaba tan fuerte que parecía estremecer el techo de la habitación. Era una situación incómoda para Candy. Le agradaba mucho lo poco que sabía del hombre con el que se había casado, pero quería conocerlo mejor. Aún sentía que compartía su cama con alguien que era casi un extraño para ella. Descontenta, dejó escapar un sonoro suspiro al que, para su sorpresa, Aelfread se unió.
—Sí. Sé bien lo molesto que es tener a un guardia tras de uno—musitó con gravedad la otra mujer, recordándole el comentario que había hecho un momento antes.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Tom también me ha asignado guardias a mí —explicó Aelfread contrariada.
—¿Qué?
Aelfread asintió.
—Sí, es cierto. Les ha dicho a sus hombres que debo permanecer todo el día contigo. Y Albert lo sabe y está de acuerdo —agregó molesta.
Candy se mostró sorprendida.
—Pero ¿por qué?
Por un momento, Aelfread pareció incómoda, casi apenada. Luego admitió llena de orgullo:
—Estoy esperando un hijo.
—Esperando un... —Candy abrió los ojos, asombrada—. ¿Estás embarazada? Oh, Aelfread. ¡Eso es maravilloso! —gritó, dando un salto de su asiento y corriendo a abrazar a la otra mujer—. ¡Son espléndidas noticias! Debes de estar muy feliz.
Aelfread asintió y su rostro enrojeció de alegría.
—Sí.
—Y Tom debe de estar tan... —Su voz y su sonrisa se desvanecieron lentamente al ver el cambio repentino de expresión en el rostro de su amiga—. ¿Qué sucede?
Aelfread suspiró con tristeza y su mirada se dirigió a los hombres que seguían hablando y riendo en la mesa.
—Tom está feliz —dijo cautelosa—. Quiere tener hijos, como yo, pero ha estado actuando de una forma extraña desde que se lo conté la semana pasada —admitió, acongojada—. No quiere que limpie ni levante ningún peso. Ni siquiera me permite pasear por la playa. Insiste en que permanezca aquí, día tras día, y te haga compañía, como si se tratara de un favor que te hago a ti y al señor, pero cuando sugerí la otra noche que tal vez a nosotras dos nos agradaría dar un largo paseo por la playa, casi pierde los estribos. Y entonces promulgó la sentencia. Ni tú ni yo debíamos abandonar el castillo, dijo. Tenemos que sentarnos todo el día aquí, a tejer o hacer cualquier otra cosa como esposas decentes. Y jimmy no nos permite salir. ¿No te has dado cuenta hoy? Cuando he sugerido que fuéramos a dar un paseo, le ha faltado tiempo para decirnos que no podíamos salir.
—Sí —murmuró Candy, al pensar en Jimmy y cómo había rechazado tajantemente aquella sugerencia. Candy se había sentido mal al concluir que sus propias restricciones estaban coartando la libertad de su amiga, pero ahora se daba cuenta de que ambos esposos habían exagerado un poco en sus intentos por protegerlas.
Suspirando, se reclinó en su asiento y se dejó caer en él.
—Parece que Tom simplemente intenta protegerte, al igual que Albert. Tal vez acaben dándose cuenta de lo absurdo de su actitud y nos den un poco más de libertad.
—Me temo que eso no ocurrirá hasta que tenga este hijo—refunfuño Aelfread, molesta—. Por lo menos Tom no se calmará hasta entonces. Eso será en otros seis o siete meses... aunque tal vez Albert ceda un poco —añadió sin mucho entusiasmo.
Candy negó con la cabeza.
—No es muy probable. Me temo que tendré guardias y restricciones mientras MacGregor viva —y sonrió, sardónica—. Sé que es un pecado, pero estoy empezando a desear que el hombre muera —admitió con tono festivo, sin el menor asomo de culpa por aceptar algo semejante frente a su amiga. Tal y como esperaba, Aelfread tomó sus palabras con sentido del humor.
—Te entiendo. De verdad, estoy empezando a lamentar este embarazo, aunque he deseado un hijo desde que me casé con Tom. —Su mirada se dirigió nuevamente a su esposo y suspiró—. Es por su tamaño, sabe... el temor de Tom, quiero decir. Es un hombre grande, como lo era su padre. Ambos fueron bebés grandes. Tanto su abuela como su madre murieron en el parto. Teme que me suceda lo mismo.
Candy abrió los ojos, atemorizada ante aquella posibilidad, pues no había pensado en ella. Observó a Tom «El Gigante» y la preocupación empezó a rondar en su cabeza. Como su nombre lo sugería, Tom era gigantesco... y Aelfread era una joven diminuta.
En realidad no mediría más de uno cuarenta. Era casi imposible concebir la idea de que llevara un hijo de Tom en su vientre. El parto destrozaría a la mujer que tenía enfrente, pensó Candy consternada.
—No. No empieces a pensar como Tom —advirtió Aelfread con tono lúgubre, al ver la expresión de Candy—. Mi padre fue un bebé grande. Llegó a medir más de dos metros y mi abuela era de mi tamaño, y aun así se las arregló muy bien. Ella decía que lo importante eran las caderas, no la estatura. Y cuando conoció a Tom lo miró de arriba abajo, asintió y dijo que yo estaría bien. No quiero que pienses que esta criatura me va a partir en dos.
—¡Por supuesto que no! —se apresuró a decir Candy, tratando de alejar sus temores —. Además —agregó con más esperanza que convencimiento—, Paulina es una verdadera experta con las hierbas y las pócimas. No hay duda de que sabrá un par de cosas que te ayudarán. Será sencillo.
—Hmm —exclamó Aelfread sonriente—. Yo no dije que fuera fácil para mi abuela tener a mi padre. No te equivoques; según ella, fue un parto duro. Pero sobrevivió, y yo también lo haré.
—¡Por supuesto que sí! —aseguró Candy con firmeza. Había decidido hablar con Paulina sobre el asunto en cuanto pudiera. No iba a sentarse a esperar y dejar las cosas a la suerte. Aelfread se estaba convirtiendo rápidamente en la mejor amiga que había tenido y no iba a correr ningún riesgo con su salud. Ya era bastante lamentable que quizá hubiera perdido a su hermano.
Candy suspiró al pensar en ello. Todavía no sabía nada de Forswhite y eso empezaba a molestarle mucho. Si no recibía pronto noticias de aquel lugar, tendría que enviar a un hombre allí para averiguar lo que estaba pasando.
Aelfread carraspeó para llamar la atención de Candy.
— Es tu turno —explicó, señalando el tablero.
—Oh, sí —murmuró Candy, mirando distraída el tablero y moviendo la ficha mientras pensaba en la mejor manera de discutir con su esposo el envío de un hombre a Forswhite. Su conducta hacia ella era a veces tan extraña, que no estaba segura de lo que debía decirle. Era tan cariñoso y dulce en la cama como cualquier mujer pudiera desear, pero fuera de la cama era diferente. A veces frío, a veces amistoso, pero siempre distante. Y en ocasiones era abiertamente cortante con ella, como si estuviera molesto por algo. Nunca sabía cómo iba a asumir su presencia, y estaba empezando a pensar que a veces incluso le molestaba tenerla cerca.
—Sé que solamente ha pasado una semana, pero me siento como si llevara años sin ir a la playa.
Candy miró a Aelfread, alejando aquellos pensamientos de su mente.
—Sí, parece que ha pasado mucho tiempo.
—En Forswhite no había playa, pero sí un río, y yo solía ir allí a pasear por la orilla. Siempre he sentido que hay algo muy reconfortante en el agua.
—Hmm. Es una pena que no podamos ir. Mañana promete ser un día tan espléndido como hoy. Habría sido agradable hacer una merienda en la arena. Quizá darnos una zambullida.
Candy frunció los labios y su mirada se dirigió a los hombres de la mesa que estaban al frente, luego se acercó a su amiga.
—Tal vez podríamos escaparnos —sugirió, vacilante.
Aelfread negó con la cabeza de inmediato.
—No. Nos atraparían. Están de guardia en este momento.
—Hmm —convino Candy desanimada. Empezó a buscar otra solución y después de un momento, se le ocurrió una—. ¿Qué tal si nos escapáramos antes de que todos despertaran? La...
—No. Inmediatamente saldrían a buscarnos y nos traerían de vuelta. Es una isla pequeña y está muy vigilada. La única zona sin vigilancia son los acantilados. Es demasiado abrupta para que alguien ataque por allí... —Su voz se desvaneció mientras pronunciaba aquellas palabras y, de repente, dijo sonriente—: ¡Lo tengo!
—¿Qué? —preguntó Candy inclinándose hacia su asiento.
—Es perfecto.
—¿Qué?
—Podemos escaparnos y nadie lo notaría siquiera... si lo hacemos bien.
—¿Qué? —preguntó Candy exasperada—. ¡Dímelo!
Aelfread vaciló un momento, miró a los hombres, se inclinó hacia la mesa esperando hasta que Candy hizo lo mismo, y le explicó:
—En el castillo hay pasajes secretos que Tom... —dijo sonrojada— me mostró una vez.
Candy la miró, sorprendida.
—¿En serio? ¡Qué interesante! —Una amplia sonrisa iluminó su rostro—. En Forswhite también hay.
Aelfread sonrió.
—Estos pasajes dan a una cueva que conduce a la zona de la isla que está sin vigilancia porque es demasiado abrupta para que alguien ataque desde allí. Queda casi directamente bajo la ventana de tu habitación. El castillo está construido en el borde de esos acantilados.
Candy asintió, recordando el pequeño trecho de playa del que hablaba su amiga. La muralla del castillo terminaba donde empezaba la parte frontal del acantilado. Podía entender muy bien por qué no se molestaban en asignar guardias a esa zona. Aunque un barco pequeño pudiera atracar allí, sus tripulantes quedarían atrapados en la cabecera de la playa. La pared del acantilado era casi tan recta y lisa como la muralla del castillo.
—La cueva está al final del pequeño fragmento del acantilado que sobresale a un lado de playa. Tom me la mostró cuando llegué aquí por primera vez. Es la ruta de escape que debemos tomar si la isla es atacada y la defensa no funciona bien. —Hizo una pausa y añadió—: La entrada de la cueva permanece abierta cuando hay marea baja, pero queda sumergida bajo el agua cuando la marea está alta. Podríamos bajar, ir en bote hasta la playa y hacer una pequeña merienda, nadar... —Dejó escapar un suspiro de placer al pensar en esta posibilidad.
—Si logramos pensar en una excusa para desaparecer por alguna de las habitaciones del piso superior durante una o dos horas...
—No podemos desaparecer así, sin más —la interrumpió Aelfread, decepcionada —. Si lo hacemos enviarán a todo el castillo a buscarnos.
Candy miró a los hombres y vio que Tom las observaba. Su rostro reflejaba una mezcla de pasión, afecto y un poco de ansiedad mientras contemplaba a su menuda esposa; aquello le recordó a Candy el delicado estado de su amiga y los temores que su esposo albergaba sobre su salud.
—Oh, sí podemos. Tenemos una excusa perfecta: tu delicado estado.
Aquellas palabras sorprendieron a Aelfread y Candy explicó sonriente:
—He oído decir que las mujeres que esperan un hijo tienden a cansarse con facilidad.
—Sí —musitó Aelfread y le lanzó una mirada maliciosa a su esposo, quien había dejado de observarlas, pues estaba enfrascado en algún debate con su señor—. Tom me lo ha dicho muchas veces desde que le conté que estoy esperando un hijo.
—Bien —murmuró Candy con picardía—, es una excusa útil para nuestro plan. Podemos alegar que estás cansada. Yo sugeriré que subas a echarte un rato para descansar. ¿La habitación que está al lado de mi alcoba tiene un pasadizo?
—Sí. —Aelfread se inclinó de nuevo hacia delante y por un momento el placer llenó su rostro antes de preguntar, decepcionada—: Pero ¿y tú?
—Diré que me apetece una siesta después de que te hayas ido...
—Paulina nunca se lo creería —la interrumpió Aelfread, y Candy frunció el ceño.
—Sí, y ahora está muy disgustada conmigo. Se metió en problemas la última vez que me escapé y está dispuesta a obedecer cualquier regla que Albert le imponga; la amenazó con mandarla con Anthony y Eliza si la sorprendía ayudándome a escapar de nuevo. —Candy hizo una pausa y murmuró molesta—Quizá pueda convencerla. Le diré que yo sola me aburro mucho, incluso puedo bostezar de vez en cuando para que piense que estoy cansada. Si pregunta, puedo decir que Albert casi no me dejó dormir.
Aelfread sonrió.
—Y tal vez se lo crea, con un poco de suerte.
Candy se sonrojó un poco pero no reparó en el comentario.
—Me excusaré diciendo que voy a echarme una siesta hasta que tú te levantes y vayas a buscarme.
Su amiga asintió, complacida.
—Casi puedo sentir la brisa del agua y la arena bajo mis pies descalzos.
—Sí —dijo Candy—, será una aventura maravillosa.
—Llevas toda la mañana bostezando. Tal vez deberías recostarte un rato.
Candy hizo un gesto de sorpresa al oír esto y miró a Aelfread.
—Puede que haya tenido mucho trabajo esta noche, ya me entendéis... —bromeó Paulina con una risita maliciosa en los ojos.
Candy se sonrojó bastante, pues el comentario no estaba muy alejado de la realidad. No había tenido que fingir ninguno de sus bostezos. Eran reales y Albert era, de hecho, la razón de su fatiga. La había mantenido despierta hasta altas horas de la noche, por lo que bostezaba involuntariamente y con tanta frecuencia que resultaba una molestia.
—Tal vez Paulina tenga razón y debas descansar unas horas.—Aelfread se desperezó fingiendo cansancio y se llevó una mano a la espalda, arqueándola—. Todo este trabajo de costura es una fatiga para mis ojos y creo que a mí tampoco me vendría mal un poco de descanso.
Paulina interrumpió su costura y la miró, sus ojos se posaron en el estómago de la mujer.
—No sería mala idea, considerando tu estado.
Candy y Aelfread quedaron perplejas, y la sorpresa era evidente en sus rostros. Todo su plan estaba saliendo bien, pero de una manera un tanto extraña. Aelfread aún no había anunciado su embarazo y ninguna de ellas había tenido que sugerir que necesitaba un descanso. Paulina parecía más que dispuesta a hacerlo por ellas.
—¿Cómo sabes que estoy embarazada? —Aelfread formuló la pregunta que ambas mujeres se estaban haciendo.
Paulina respondió con despreocupación.
—Muchacha, hace ya mucho tiempo que estoy en esta tierra. Hay muy pocas cosas que yo no sepa. Hace una semana que sospecho que estás embarazada, y ahora estoy segura. —Paulina permaneció algunos instantes en silencio mientras ambas mujeres intentaban digerir sus palabras, y luego prosiguió—. Tienes las caderas anchas. Será un parto difícil, pero lo lograrás.
Candy sintió que su preocupación cedía al escuchar esas palabras. Si Paulina lo decía, casi podía garantizarse. Era un alivio para ella. Aún más sorprendente le resultó comprobar que, por la expresión de Aelfread, las palabras de Paulina eran un alivio también para su amiga. Parecía obvio que, a pesar de sus palabras y de su bravuconería, aquella mujer menuda no estaba tan segura de que se las arreglaría tan bien en el parto como pretendía.
—Estoy pensando que a las dos os sentaría bien un corto descanso—continuó diciendo Paulina—. Le vendría muy bien al hijo que llevas dentro, Aelfread. —Su mirada se dirigió a Candy—.Y aunque seguramente ahora te sientes bien gracias a mis pócimas y ungüentos, tu espalda aún está sanando, mi niña. Deberías cuidarla un poquito más, que últimamente te estás descuidando.
—¡Tal vez descanse un rato, después de todo! —Candy miró a su amiga. —Descansaré si tú lo haces.
Aelfread asintió.
—En vez de ir hasta tu cabaña, ¿por qué no descansas en la habitación que está al lado de la mía? —sugirió Candy como si la idea se le acabara de ocurrir—. Está vacía. Así Tom sabrá que realmente estás durmiendo, y que no te has largado a recoger flores o algo así, cuando escapes al rígido escrutinio de Archie.—Miró a Archie, quien permanecía de pie junto a la chimenea, y su sonrisa se hizo más profunda cuando éste respondió con un gesto.
—¿No es ninguna molestia?
—No. Ninguna molestia —aseguró Candy y se incorporó—. Ve tú primero. Creo que voy a tomar una jarra de aguamiel antes de recostarme.
Por un momento, Aelfread vaciló, luego se puso de pie a su lado.
—Creo que yo también tomaré una jarra de aguamiel.
Candy se dio vuelta sonriendo y se dirigió hacia la cocina, sintiéndose casi culpable por la forma en que había sucedido todo. Era sorprendente con cuánta facilidad habían pasado las cosas. Era casi como si Paulina tuviera conocimiento de sus planes y estuviera dispuesta a ayudarlas, pensó mientras atravesaban las puertas hasta la cocina y se disponían a poner en marcha la segunda parte de su plan: reunir comida para su merienda.
No era una tarea sencilla. Aparte del cocinero, había por lo menos otros tres criados en la cocina. Cuando Candy mencionó que querían una jarra de aguamiel, los tres interrumpieron sus labores para preparársela. Candy declinó rápidamente la oferta y les hizo señas de que siguieran con sus quehaceres. Luego emprendió la tarea tan lentamente como le fue posible, mientras tomaba todo lo necesario para el festín que se iban a dar.
Con Aelfread como escudo, logró meterse en el bolsillo una pequeña hogaza de pan, sin que nadie lo advirtiera, cuando pasó por la mesa donde lo estaban calentando. A continuación, tomó un trozo grande de queso, aunque Aelfread en realidad tuvo que distraer a la muchacha que lo estaba cortando para que Candy pudiera cogerlo. Y, por último, fueron a buscar el aguamiel.
Candy estaba vertiendo el líquido en jarras, cuando miró involuntariamente justo en el momento en que Aelfread se acercaba con cautela a la mesa de al lado, de donde tomó dos manzanas y las introdujo en la parte superior de su vestido. Parecía que aquellas esferas rojas y redondas se sentían un poco frías contra su carne, o por lo menos eso concluyó Candy cuando su amiga empezó a hacer muecas y a bailar. Sus movimientos llamaron la atención del cocinero, quien miraba a las mujeres con curiosidad, aunque afortunadamente no reparó en lo inusualmente abundantes que, de pronto, tenía Aelfread los pechos. Candy tuvo que toser para ocultar una carcajada mientras se alejaba.
Aelfread se hizo a su lado de inmediato, fingiendo una falsa simpatía mientras golpeaba la espalda de Candy y le decía que esperaba que no se fuera a resfriar. Candy no sabía si sucumbir a otro estallido de risa o quejarse. Lo último que necesitaba era que las personas de aquel lugar pensaran que había vuelto a enfermar. Empezaban a dejar de creer que ella era una debilucha enfermiza.
Candy puso una de las jarras de aguamiel en la mano de su amiga e hizo un ruido sibilante para advertirle sobre la posición irregular de su corpiño. Bebió rápidamente de su propia jarra y le dirigió una mirada al cocinero por encima del hombro de la pequeña Aelfread, mientras ésta se acomodaba las manzanas.
Ambas terminaron rápidamente sus bebidas, luego se escaparon de la cocina con su botín, abriéndose paso por las escaleras hacia el piso superior. Conscientes de que Archie las había seguido para montar guardia en el pasillo, se despidieron con mucha ceremonia.
—¡Que descanses!
—¡Que descanses!
Y cada una entró en su respectiva habitación.
Candy cerró la puerta e inmediatamente se dirigió a la pared que daba a la habitación de Aelfread. Allí era donde se suponía que estaba la entrada al pasadizo secreto, pero no lograba ver el lugar exacto, pues estaba muy oculto. Se encontraba examinando en silencio la pared cuando ésta se abrió hacia dentro, justo al lado de la chimenea.
—Así que es aquí donde está —sonrió Candy al ver a Aelfread asomar la cabeza a la habitación—. Intenté encontrarlo anoche, pero Albert subió antes de que pudiera descubrirlo. —Se acercó y miró hacia la oscuridad de los túneles.
—Es difícil de encontrar —dijo Aelfread, sonriendo como una niña—. ¿Estás lista?
—Sí... —empezó a decir Candy y se detuvo, girando hacia la puerta de la recámara. Se quedó inmóvil por un momento, esforzándose en oír. Acto seguido le hizo una seña a Aelfread para que entrara de nuevo en el túnel, indicándole que permaneciera en silencio, y dejó la pared de nuevo en la misma posición de antes. Cuando acabó de hacerlo, se apresuró hacia el otro lado de la habitación, fue a la cama y tiró de las sábanas.
Entonces, la puerta se abrió y entró Albert.
—Así que es cierto —exclamó, sorprendido, mientras cerraba la puerta.
Candy se quedó paralizada. La culpa le hacía preguntarse a qué se refería exactamente; sonrió dócilmente y preguntó.
—¿Qué?
—Paulina me dijo que habías subido a descansar, pero no me lo creí.
Candy se relajó un poco y se encogió de hombros. Se sentó en el borde de la cama.
—Estoy un poco cansada, eso es todo.
Albert se tumbó a su lado.
—¿No te habrás resfriado?
—No —aseguró Candy con una sonrisa—. Sólo estoy un poco cansada. No he descansado mucho últimamente.
La culpa se hizo evidente en el rostro de Albert y Candy lo tranquilizó.
—No es culpa tuya; he disfrutado mucho con mi falta de sueño—admitió un poco sonrojada.
—¿En serio? —murmuró y se arrellanó a su lado—. Hoy tenía intención de cumplir mi promesa de llevarte a la playa, pero si estás cansada, quizá sería mejor que te echaras una siesta. Y tal vez yo debería hacer lo mismo —le dijo acariciándole el brazo—Puedo darte un masaje relajante hasta que te duermas.
Candy abrió los ojos, espantada por el tono de su voz. Era el tono que generalmente encendía el fuego en su vientre... además de otros lugares. Desgraciadamente, con Aelfread esperando al otro lado de la pared de la habitación, ese tono sólo provocó pánico, en lugar de pasión en Candy. Estaba buscando desesperadamente una excusa cuando, súbitamente, Albert se inclinó hacia ella y la besó. Supo, por la pasión del beso, que era demasiado tarde para cualquier intento de evitar la situación. Todo lo que podía esperar era un milagro cuando Albert apretó su espalda contra la cama y sus manos se deslizaron hasta los lazos de su traje.
Ese milagro ocurrió en forma de un golpe en la puerta.
Albert se separó reacio del abrazo que había iniciado y miró hacia la puerta cerrada.
—¿Sí?
—George me envía a buscarte. Hay alguien en tierra firme que quiere verte —le dijo Stear a través de la puerta.
—Bajaré en un momento —anunció Albert con resignación, y luego se dirigió decepcionado a Candy—. Esto tendrá que esperar, querida mía —murmuró, besándola suavemente antes de incorporarse—. Te compensaré esta noche. Mientras tanto, descansa.
Antes de abandonar la habitación se detuvo para cubrirla con las mantas.
CONTINUARA
