Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
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Esa noche, a las ocho, un amable camarero negro les sirvió una cena compuesta de numerosos platos que Hinata casi no probó. Después de aquel beso, necesitó de todo su coraje para sentarse frente a Naruto a la mesa estrecha del vagón pullman, cubierta por un mantel de damasco. Pronto se excusó y se arrellanó incómoda en el asiento tapizado de terciopelo dejando que el monótono traqueteo la acunara, y se adormeció.
La locomotora se detuvo después de la medianoche. Hinata se despertó y miró alrededor sin saber qué hora era. El vagón estaba en la semipenumbra, alumbrado apenas por las luces de gas de la plataforma. En la oscuridad, se sentó, apartó el abrigo que la cubría y buscó a Naruto. Estaba de pie lejos de Hinata, y miraba atentamente por las ventanas, el perfil recortado por la luz. La joven aún se sentía soñolienta y se limitó a mirarlo sin atreverse a preguntarle si ya habían llegado a Newport.
Hasta en la oscuridad Naruto le parecía imponente, como si en él se mezclaran el hombre prohibido y el solitario. Al contemplar esa silueta alta y formal que apretaba con aire ausente la cabeza de león, sintió un extraño impulso de rodearlo con los brazos. Y sin embargo, otra parte de ella deseaba huir. Tenía la rara habilidad de provocarle un conflicto insoluble. Era el hombre más insensible que había conocido y, por otra parte, había algo en Naruto que la conmovía, que la ligaba a él de un modo tan profundo como si Hinata fuese arcilla que pudiese moldear a su antojo. La maquinación que puso en marcha para casarse con Hinata era una prueba contundente. Tenía toda clase de razones, desde las más duras hasta las más altruistas, para no casarse con este irlandés, pero lo había hecho. La manipulación de Naruto había sido brillante y sin embargo, analizándola con más atención, se preguntó si no existiría otra razón: la misma que le había impedido rechazar el beso.
Al evocar ese beso las mejillas de Hinata se cubrieron de rubor. Quiso imaginar que le había disgustado y comprendió que era una tontería, pues sus propias acciones demostraron lo contrario con toda claridad. En una ocasión, Kiba quiso besarla de ese modo y cuando la lengua del hombre pasó sobre los dientes cerrados de Hinata, sólo deseó detenerlo... y lo detuvo. Con Naruto; incluso en la iglesia, sintió algo por completo diferente: un deseo casi incontrolable de seguir, y aun de ir más allá. En cuanto los labios de Naruto se posaron sobre los de ella, se produjo cierta magia. De pronto, Hinata se había sentido como un animal salvaje que al fin reconoce al compañero.
"Sin embargo –pensó—, este matrimonio no es más que un contrato, una transacción comercial, calculada e impersonal, semejante a las que realiza todos los días en Wall Street. Si lo olvido y mezclo en este negocio mis sentimientos hacia él, no cabe duda de que me tratará como a un agente de Bolsa. Me aplastará."
En realidad, ya lo había hecho.
—¡Newpaht! ¡Newpaht! —Vociferó un empleado del ferrocarril con acento de Boston al entrar en el pullman. Delante iba el camarero negro encendiendo las luces.
Hinata tardó un momento en acostumbrar los ojos a la luz. Entonces, vio con qué la habían cubierto. Creyó que era una manta liviana pero no recordaba haberse tapado con ella. Atónita, descubrió que era una levita negra. La levantó para cerciorarse. No cabían dudas: era la levita de su esposo.
—Mi chaqueta no te morderá. — Comentó Naruto.
Hinata lo miró, sin saber muy bien qué quería decir. En ese momento, advirtió la manera en que sostenía la chaqueta.
—Fue muy amable de parte de usted... —Comenzó a decir cuando el hombre le volvió la espalda.
—Es tarde. Está esperándonos nuestro coche. Bajemos. —Se acercó a su esposa y se puso la levita, manteniendo el semblante tenso y hostil.
Hinata abrió la boca, tratando de decir algo, de agradecerle, de aclararle que estaba equivocado. Al observar la expresión de su esposo, guardó silencio. Esa noche ya no habría posibilidades de que cambiara de ánimo.
—Necesito mi capa. —Musitó, buscándola con la vista.
Su esposo señaló con un gesto hacia la puerta del vagón: el camarero estaba esperándola con la capa de terciopelo azul en la mano.
Hinata se levantó, el camarero se acercó para colocársela sobre los hombros. Desde que tenía memoria, los cocheros y los criados la habían ayudado a ponerse el abrigo pero en ese momento le molestó que lo hicieran unas manos extrañas. Ahora era su marido quien tenía que hacerlo y, mientras el camarero la ayudaba, Hinata miró a Naruto con el anhelo pintado en el rostro.
El carruaje rodaba por la tranquila avenida Bellevue, en dirección a Fenian Court, la mansión de Naruto. De niñas, Hinata y Hanabi habían pasado muchos días felices caminando por la playa Bailey, buscando conchillas o sentadas sobre los acantilados de Brenton Point, contemplando la marea que golpeaba contra la negra costa rocosa.
Diez años atrás Newport era una ciudad muy diferente. A lo largo de Bellevue se alineaban casas ostentosas con amplias galerías; en junio florecían por todas partes los enormes ramilletes azules de las hortensias que daban a la ciudad una atmósfera hogareña. Era el lugar de veraneo preferido por la gente del sur, que llegaba huyendo del calor sofocante, y por los veraneantes de Boston que deseaban un ambiente social más agradable que el de Cape Cod.
No obstante, todo estaba cambiando con rapidez. Los carritos tirados por burros y las comidas campestres eran reemplazados por las reuniones sociales de los Cuatrocientos. Si bien en Manhattan estaban obligados a respetar la democracia en beneficio de los negocios de los maridos, en Newport no era necesario. En este lugar, las esposas eran la autoridad indiscutible; con el dinero de los maridos ya comenzaban a elevarse los esqueletos monstruosos de enormes "cabañas" de cincuenta habitaciones que obstruían la vista del océano.
Desde el coche, Hinata contempló las altas sombras de las mansiones impresionada por la grandiosidad y, al mismo tiempo, entristecida por lo que representaban. El viejo Newport seguía el camino de los campos de pasturas a lo largo de Bellevue, e incluso se preveía una oleada de exclusividad aun más rigurosa. De todos modos, Hinata estaba harta del juego pues sólo era una fachada. Nadie sabía mejor que ella que tras todas las pretensiones yacía una apabullante inseguridad y un liso y llano temor.
¡Qué ironía descubrir que Fenian Court era la más pretenciosa de todas las construcciones!
Giraron a la izquierda y tomaron por un sendero flanqueado de olmos. Ante ellos apareció Penian Court, la mansión fabulosa: el estilo Luis XV se apreciaba, aun a la luz débil de los faroles de gas. Se habían importado toneladas de mármol para construir esa imitación del Petit Trianon. No faltaba ningún detalle rococó: casi no existían líneas rectas y abundaban los dorados. Hasta la escalinata que recorría la casa de abajo arriba era un clisé: de mármol, con balaustrada de hierro forjado rematado por un barandal de bronce resplandeciente.
Las dimensiones de la casa quitaban el aliento. Hinata había oído decir que la "cabaña junto al mar" de Uzumaki constaba de setenta y ocho habitaciones, sin contar las construcciones exteriores: el cobertizo para guardar los botes, los establos y los invernaderos. Desde el mismo momento en que la oyó mencionar, Hinata la había rebautizado: "La atrevida Fenian Court".
La bienvenida había sido ensayada como un ballet. El mayordomo tomó la capa de Hinata y el secretario entregó a Naruto los telegramas con las informaciones del cierre. El mayordomo percibió la fatiga de la señora y la condujo sin demora a las habitaciones. Preguntó a Naruto si deseaba enviar algún telegrama. Mientras Hinata se retiraba, su esposo la despidió con una rígida inclinación, con aire de absoluta indiferencia.
Aunque trató de negarlo, Hinata se sintió herida mientras recorría los pasillos de mármol dignos de María Antonieta. Estaba tan exhausta por tantas emociones contradictorias que no pudo aprehender la grandiosidad del interior de la mansión. Ese día le habían ocurrido muchas cosas y pese a la voz de la razón que insistía en que un año después ese matrimonio sólo sería un recuerdo, el instinto le decía que su propia vida había cambiado el rumbo para siempre.
A diferencia de lo que había visto de Fenian Court, el dormitorio reservado a Hinata estaba decorado en sedantes tonos de rosado y marfil. Cuando el mayordomo la dejó sola, la joven buscó el vestidor sin saber qué puerta sería la correcta. A la izquierda, había varias puertas indefinidas y, a la derecha, dos decoradas con dorados. Supuso que ésas llevarían al vestidor y las abrió, para descubrir que daban al dormitorio de su marido.
Al comprobar que estaba vacío, exhaló un suspiro de alivio. Lo último que deseaba era toparse con ese frío irlandés mientras se preparaba para acostarse. Estaba por salir cuando de pronto advirtió cuán diferente era la habitación de Naruto comparada con el resto de la casa. De pie en el centro de una antigua alfombra Tabriz, contempló con curiosidad los dominios del amo. En el hogar ardía alegremente el fuego, entibiando la frescura de la noche de mayo. Los paneles de nogal añadían calidez; de día, la vista sobre Rhode Island debía de ser estupenda. Los cortinados eran de un sencillo lino castaño y el cubrecama, de un paño pesado de lana escocesa. En la intimidad de las habitaciones la ostentación desaparecía, dejando lugar a una encantadora simplicidad donde todo cumplía alguna función.
Hinata volvió la vista hacia el fuego. Una silla tapizada de cuero gris esperaba al dueño con un ejemplar del Chronicle plegado con prolijidad. El bastón estaba apoyado como al descuido contra el brazal. Abrió los ojos y retrocedió. Nunca había visto a Naruto sin el bastón. Si estaba ese bastón, el dueño tendría que estar...
—¿Qué haces aquí? — Dijo una voz áspera y familiar desde el otro extremo de la habitación.
Pasmada, Hinata vio a Naruto de pie en la puerta, sosteniendo una toalla como si acabara de lavarse.
Estaba vestido sólo con los calzones y había desabrochado los dos primeros botones. Desnudo, el pecho parecía más ancho que bajo la camisa. Entre el cabello rubio caído sobre la frente brillaban gotitas de agua.
Al ver que lo miraba, Naruto se frotó con la toalla.
—Te pregunté qué hacías aquí. — Repitió, arrojando la toalla sobre la cama.
—Yo... yo... — Tartamudeó como una tonta.
Vacilante, como si en realidad no quisiera hacerlo, Naruto dio un paso hacia el bastón e instó a Hinata a responder. La mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de quebrarse. Naruto caminó hasta el hogar y cada paso se hizo más dificultoso.
—¡Está usted herido! — Murmuró Hinata, impresionada. En un impulso, se acercó para ayudado pero Naruto se puso tan furioso que sin duda la habría golpeado si hubiese sido un poco menos caballeroso.
—Apártate de mí. — Refunfuñó, aferrando el bastón.
—Pero está lastimado. — Repitió, dejando caer las manos a los lados.
—No estoy lastimado. — Gruñó —. Lamento informarte, muchacha, que a otras excelentes cualidades de tu esposo deberás añadir la de lisiado.
Hinata absorbió la novedad, mientras Naruto caminaba con dificultad hasta el otro extremo de la habitación apoyándose en el bastón. Al observarlo, la mujer comprendió que lo que había interpretado como formalidad y rigidez no era otra cosa que la dependencia física de ese bastón. Ahora comprendía que se apoyaba demasiado en él para que fuese sólo un complemento elegante del atuendo. A pesar de que Naruto lo disimulaba, Hinata acababa de comprobar la evidencia del problema físico. Este hombre corpulento e intimidatorio estaba imposibillitado.
—¿Por eso fue que se cayó en Delmonico? — Preguntó Hinata con suavidad; recordó que en aquel momento había creído que su esposo había provocado deliberadamente la situación en que los encontró el sacerdote. Y ahora recordaba también que se había enganchado las piernas con el bastón.
—Sí. — Respondió el hombre dándole la espalda, mirando por la ventana: la única luz que se veía en medio del paisaje oscuro era la del faro de Sachuest Point.
Hinata asintió, aunque Naruto no la veía.
—Si bien esa escena lo favoreció a usted, ahora comprendo que no fue planeada.
—No.
—¿Cómo...?
Antes de que pudiese finalizar la pregunta, Naruto se volvió con brusquedad y la enfrentó:
—¡Ése no es asunto tuyo! — Exclamó, en tono hostil —. Me pregunto por qué estos malditos estúpidos de los criados te pusieron en el dormitorio contiguo del mío para que pudieras merodear por aquí y te atrevieras a hacerme semejantes preguntas.
El tono de Naruto la lastimó.
—Pienso que creen que soy su esposa. — Dijo en voz estrangulada.
Naruto se calmó, pero todavía tenía un músculo tenso en la mandíbula.
—¿Acaso no tengo derecho de saber qué cosas le afectan?
Los ojos azules se llenaron de desprecio.
—¿Compartiremos acaso esta cama matrimonial? —Echó una mirada a la cama, de pesada estructura de estilo jacobeo—. ¿Convivirás conmigo como esposa? — Resopló, disgustado—. No, eso no es lo que acordamos. No eres mi esposa, del mismo modo que no lo es la amante que tengo en Manhattan. Por lo tanto, no tienes derecho de saber nada de mí.
Esta última revelación sacudió a Hinata. Fue por completo incapaz de ocultar el horror y la sorpresa.
—¿Tiene usted una amante? — Jadeó—. ¿Todavía la conserva?
—¿Por qué no? ¿Tienes intenciones de ocupar el lugar de esa mujer?
—¡Es que... está usted casado! — Exclamó Hinata, incrédula. Si conservaba a la amante era porque no tenía el menor respeto por los votos que acababa de pronunciar unas horas atrás. Y tampoco ningún respeto por Hinata.
—En teoría, estoy casado, aunque en mi corazón estoy tan casado como Menma.
Hinata lo miró furiosa pues se consideraba traicionada. Sintió que la cólera hervía en su interior hasta quedar fuera de control, aunque se las arregló para mantener la frialdad característica de una Knickerbocker. Cuando pudo controlar la furia comprendió que lo que sentía se parecía mucho a los celos. Sin embargo, no era lógico que experimentase celos, pues eso significaría que sentía algo por ese hombre que tenía frente a sí cuando, en realidad, no sentía nada. Y nunca lo sentiría.
—Entiendo. — Respondió en tono tranquilo y frío.
Naruto contempló esa figura tiesa y desafiante y el músculo de la mandíbula se aflojó.
—Los dos podremos seguir con nuestros vicios, mientras seamos discretos.
—Por cierto que usted los tiene. — Murmuró Hinata, sin poder contenerse.
Naruto se acercó hacia Hinata con el enfado pintado en el rostro.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo?
La sujetó por el brazo y la muchacha trató de soltarse; fue inútil: la mano de Naruto la sostenía como un grillete. Se quedó quieta, y se negó a mirarlo.
—En efecto, no tiene nada que ver conmigo. — Siseó—. Y espero que opine lo mismo si alguna vez me encuentra haciendo el amor con otro hombre.
—Me da la impresión de que estuvieras celosa. Quizás, ese beso en el tren...
—¡No tendría que haber dejado que me besara! ¡Tendría que haberlo abofeteado!
Naruto soltó una risita siniestra.
—¿Te atreverías a abofetearme? ¿Y echar a perder esos helados y perfectos modales que te enseñaron? Oh, no, tesoro, tú no harías algo semejante. No tienes suficiente pasión para una cosa así.
El sarcasmo le golpeó el corazón como un martillo y resquebrajó la fachada de indiferencia. Antes de que pudiese siquiera darse cuenta, levantó la mano e hizo exactamente lo que había dicho. Cuando la bajó, le ardía. Pero sintió la satisfacción de que a Naruto también le ardería la mejilla.
Esperaba muchas cosas. Por cierto, esperaba el estallido de ese temperamento irlandés, aunque le devolviese la bofetada. Lo que la sorprendió fue que el brazo de Naruto le rodeó la cintura y la atrajo hacia él. La otra mano se aferraba al bastón aunque era evidente que no lo necesitaba, dada la fuerza con que sujetaba a Hinata. La muchacha se debatió en vano; el brazo que la apretaba era como una banda de acero.
—Suélteme. — Jadeó.
Naruto la apretó más. Hinata levantó las manos para empujarlo, y cuando sus manos se toparon con el pecho tibio y musculoso parecieron perder toda su energía. Le costaba creer que un hombre pudiese ser tan flexible y, al mismo tiempo... tan duro.
Era evidente que Naruto estaba encolerizado y también que disfrutaba de asustarla pues le habló como si fuese una chiquilla traviesa.
—Hinata, déjame explicarte algo. Esto es un trato de negocios. Si vuelves a hacer algo semejante, lo pagarás con tu marfilino traserito de Knickerbocker.
—Usted me provocó. — La muchacha trató de librarse del abrazo.
—Sí, y tú me provocaste a mí.
—¡Yo no lo provoqué! — Replicó, apoyando las manos sobre el pecho tibio.
—¿Quieres que te lo demuestre? — Murmuró el hombre, soltándole la cintura y acariciando la curva de la cadera. Le tomó la barbilla y le echó la cabeza hacia atrás. Cuando las miradas de los dos se toparon, Hinata quedó atrapada.
Hinata entreabrió los labios. Tendría que haber gritado aunque, como ya había comprobado, los besos de Naruto le producían el efecto de una droga. Cuanto más la besaba, más deseaba los besos.
La boca de Naruto ya estaba cerca de la de Hinata y, sin darse cuenta, la joven levantó la cabeza. Tuvo la sensación de que los labios le dolían por la ansiedad de sentir los de Naruto. Le pareció que tenía la boca vacía, ansiando contra su propia voluntad la caricia de esa lengua. Naruto estaba a punto de darle lo que Hinata deseaba cuando oyeron un ruido detrás de ellos. Naruto giró la cabeza y de inmediato la expresión de deseo fue reemplazada por un gesto colérico.
—¡Oh! ¡Los santos nos amparen! ¡Me pierdo en esta casa tan grande! Disculpe, señorita... eh... señora Uzumaki! Estaba buscando uno de los baúles. ¡Cielos, no sabía...!
Como si en verdad estuviese drogada, Hinata se separó de Naruto y se volvió hacia Natsu, que estaba en el dormitorio rosado y marfil. La doncella tenía las mejillas de un rojo brillante y miraba en torno, como si buscase un lugar donde ocultarse.
—Está bien, Natsu. — Dijo Hinata, con la voz todavía ronca por el deseo—. No hiciste nada malo. — Concluyó, mirando a Naruto con timidez.
—La esperaré en el vestidor, señorita... eh, señora Uzumaki. —Natsu hizo una reverencia y corrió hacia la puerta más próxima. Resultó ser la del excusado; Hinata creyó que Naruto explotaría. Colérico, dio un paso hacia el dormitorio, pero su esposa lo detuvo apoyándole las manos en el pecho. Natsu, completamente sonrojada, volvió a hacer una reverencia. Echó un vistazo al semblante del nuevo amo y corrió hacia la otra puerta. Esta vez, dio con el vestidor y, aliviada, cerró la puerta tras de sí.
En medio del silencio que siguió Hinata descubrió que tenía las manos sobre el pecho de Naruto. Las sacó como si hubiese tocado un hierro al rojo vivo. Cerró las manos como si las tuviese lastimadas... o como si quisiera conservar la sensación.
—Buenas noches. — Dijo en tono suave, y se volvió para marcharse.
Naruto le tocó el brazo.
—¿Quieres que me pase a otra habitación?
Hinata no comprendió por qué la pregunta de Naruto la ofendía. Quizá fuese un fragmento de sus creencias acerca del matrimonio pero, por algún motivo, esas palabras la hirieron como algo muy personal.
—Si lo cree necesario... Le aseguro que, sabiendo que es su dormitorio, no volveré a molestarlo.
—Pero yo podría molestarte a ti, ¿sabes?
—Confío en usted — Musitó.
—Ése es un error.
Hinata lo miró, alarmada por la franqueza de su esposo. No quedaba nada por decir, de modo que se retiró a su propio dormitorio, cerrando con firmeza las puertas dobles profusamente adornadas con sobredorados.
Natsu ya había dejado el peinador sobre la cama estilo Luis Felipe cuando Hinata fue al vestidor donde la doncella la esperaba. Las dos estaban demasiado turbadas para conversar y Hinata, obediente, se puso las prendas del ajuar nupcial que semejaba una nube de espuma de color duranzo. La joven no se avergonzaba de que Natsu la viese en ropa interior pues la doncella la había visto desnuda desde que estaba a su servicio, pero lo sugestivo de ese atuendo la perturbaba. Se miró en el espejo de cuerpo entero y comprobó que se le veían los pezones, apenas cubiertos por una niebla de seda de color durazno. El ajuar era una elección de Naruto. ¡Por cierto que no había tenido la menor consideración hacia el recato de Hinata!
—Es un alivio que esté casada, señora. Sin duda, usar una cosa así sería inapropiado para una señorita. — Natsu meneó la cabeza, contemplando la imagen del ama en el espejo.
Hinata hizo un gesto de asentimiento y despidió a Natsu. Ya casi había llegado la madrugada. El día fue increíblemente largo, y se alegraba de acostarse y más aún de cubrir su propia desnudez con el cobertor de satén. Cuando Natsu apagó las luces y salió, Hinata creyó que se dormiría en un santiamén; no fue así. En la oscuridad, fijó la mirada en las enormes puertas doradas que comunicaban con el dormitorio de Naruto, y pensó en el hombre que estaba al otro lado. Su esposo no iría al dormitorio de Hinata. La muchacha no podía imaginar que llegaran a tal grado de intimidad. A fin de cuentas, eran bastante semejantes. Los dos eran reprimidos y cerebrales. Y la lógica indicaba a Hinata que enamorarse no formaba parte del arreglo con el esposo.
No obstante, por más que se empeñó en negar lo peculiar de la situación, continuó removiéndose en la cama y mirando hacia las puertas doradas. Una y otra vez se le presentaba la imagen de Naruto al otro lado, con la mano en el aire a punto de apoyarla en el picaporte, una expresión decidida y tensa en el rostro. Imaginaba cientos de escenas, desde la más cruda a la más sublime, que podrían ocurrir entre los dos si esa noche su esposo iba a su habitación. Tendida en la oscuridad, mientras el alba comenzaba a asomar en el horizonte, Hinata se representó todas las escenas posibles y ninguna llegaba a su culminación. Por fin, se durmió, pensando con tristeza en que la noche de bodas había terminado. Y nunca imaginó que sería tan solitaria.
—¡Yo no quiero ir a Newport! Menma, ¿por qué Naruto me obliga a ir? ¡Es su luna de miel! ¡Me sentiré como una estúpida junto a ellos! —protestaba Karin, mientras bajaban los baúles por las inmensas escaleras de mármol de la mansión de la Quinta Avenida. Los ayudantes extra ya estaban en la estación Gran Central y el pullman de los Uzumaki estaba listo para otro viaje al norte.
Disgustada, Karin observó los baúles que salían. Se volvió hacia su hermano.
— Menma, estoy segura de que sabes de este asunto más de lo que me dices, así que confiesa o me la tomaré contigo. — Frunció las cejas y dirigió a su hermano una mirada tan enfadada que Menma no pudo menos que reír.
—Karin, tesoro, — Dijo Menma rodeando el hombro de su hermana con el brazo y llevándola a la sala—, déjame que te explique un par de cosas acerca del matrimonio de Naruto. La primera es que Naruto no sabe qué es lo que le conviene. ¿Lo sabías?
Karin sacudió los rizos pelirrojos.
—¿Sabes también que Naruto no es del todo perfecto... a pesar de ser mi hermano?
—Oh, te burlas de mí. —Lo empujó—. Ya veo que no me dirás nada...
—Oh, sí, mi amor. Siéntate aquí como una buena chica y te diré todo lo que necesitas saber acerca de tu viaje a Newport y acerca del matrimonio de Naruto.
—De acuerdo, dímelo. — Exigió Karin luego de sentarse.
—¿Te agrada Hinata? — Comenzó Menma.
—Sí. Es un encanto.
—Estoy de acuerdo.
Karin comenzó a decir algo, y Menma levantó una mano.
—Karin, el matrimonio de nuestro hermano tiene dificultades y tal vez nosotros podamos salvarlo.
Karin contuvo el aliento, con la desesperación pintada en el semblante.
—Hay cosas que no conoces acerca de nuestro hermano. –Menma le dio la espalda, como para insinuarle la gravedad de la situación. Sin embargo, en los burlones ojos azules apareció una chispa traviesa cuando se volvió para mirarla—. Te cuento esto pues creo que te dará una orientación para ayudarlo.
—¿Qué es lo que no sé con respecto a Naruto?
—Es tímido. —Menma tuvo que morderse el labio para no reír.
La muchacha adoptó una expresión confundida.
—¿Que Naruto es tímido? — Repitió, incrédula. Miró en derredor, tratando de entender lo que decía su hermano. Como Menma seguía dándole la espalda, de súbito comprendió—. ¡Oh, pedazo de tonto! Estás tomándome el pelo. Naruto no es tímido.
Con gran esfuerzo de voluntad, Menma se puso serio. Se dio la vuelta.
—Sí, lo es, Karin y eso puede arruinar el matrimonio. Tienes que creerlo. Confío en ti para que lo ayudes. Cuando estés en Newport, tienes que lograr que Naruto y la novia estén juntos todo el tiempo; de lo contrario, nunca se curará de este "mal".
—¡Menma, Naruto no es tímido! Ganó mucho dinero, y trata todos los días con esos hombres del Mercado de Valores...
—Pero lo que lo asustan son las mujeres. Tiene miedo de las mujeres.
—Sin embargo, una vez lo vi con esa señorita Amaru Dumont, una actriz amiga de Naruto. Estaba un poco ebrio y no advirtió que yo también estaba en la biblioteca. La abrazó y la besó, Menma; recuerdo bien que no se mostró para nada tímido. ¡Caramba, sin pedirle siquiera permiso, le metió la mano y la apretó...!
—¡Olvida que viste esa escena! — Exclamó Menma, horrorizado de que la virginal hermanita menor conociera semejantes actividades y lo que era peor aun, en la propia casa de los Uzumaki —. ¿Por qué no se lo contaste a nadie?
Karin pareció sorprendida.
—¿A quién tendría que habérselo contado?
—¡No sé, a alguien! Sin duda, ver ésa... — Comenzó a titubear— ... me imagino que ver algo así te habrá suscitado muchas preguntas...
—No.
Menma se quedó estupefacto: no sabía si sentirse aliviado porque su hermana no lo acosaba con preguntas incómodas o espantado de que supiera más de lo conveniente. Al comprender que Naruto no era el único culpable de que Karin presenciara una escena vergonzosa, un leve rubor le tiñó las mejillas. No se atrevió a hacer más preguntas y cambió de tema.
—Olvídate de Amaru Dumont, Karin. No pertenece a la misma clase que Hinata. Lo comprendes, ¿verdad?
Para alivio de Menma, karin asintió.
—Magnífico; entonces, ¿te das cuenta de que Naruto puede sufrir un ataque repentino de timidez al encontrarse frente a una mujer tan refinada como Hinata Hyuga?
—Supongo que sí.
—Por ese motivo quiere que estés ahí, ¿entiendes ahora? Tiene miedo de quedarse a solas con su esposa.
—¿Te parece, Menma?
Hermano, que Dios me perdone. No sé qué hacer. Menma hizo un gesto de rotunda convicción.
—¿Y qué tengo que hacer para ayudado?
Disimuló con un carraspeo la sonrisa triunfal. Se sentó y volvió a rodear a su hermanita con el brazo.
—Karin, mi amor, estuve todo el día pensándolo. Te diré lo que debes hacer...
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.
Continuará...
