Capítulo XV
La jaula
Dejó caer una sola gota de tinta sobre la hoja de papel amarillento. Le volvió a enroscar la tapa al frasquito de vidrio y lo puso aparte con los demás. El líquido color café quemado formaba un círculo perfecto, que Josefina vino a perturbar muy levemente con la yema del dedo medio, un pequeño toque que hizo estremecer al charquito oscuro. Luego, dejar huellas en el papel: una, dos, tres. Apoyó la sien sobre el escritorio: ahora estaba a la misma altura de su creación: cuatro, cinco, seis,…
Apostado en la ventana de la biblioteca había un soldado, lo podía ver desde adentro. Otro más seguro en la puerta. Habían multiplicado la indeseable compañía desde el incidente del mercado, y ahora había guardias deambulando a toda hora por cualquier rincón del rancho, hasta por los pasadizos, que de tanto buscar lograron descubrir un día. De hecho, el antiguo santuario del Zorro era ahora dormitorio y salón de póker de soldados.
A don Miguel, el vendedor de manzanas del mercado, se lo llevaron preso aquel día por haber sido uno de quienes con más vehemencia gritaron vivas al Zorro. No fue el único, unos veinte en total. Y aunque los soltaron unos días después, fue más que suficiente para que Josefina decidiera no ir más a la misa ni a comprar verduras ni a paseos absurdos; no iba a permitir que la gente se arriesgara al fusil o a la horca por su culpa.
La tinta de su dedo ya no daba para más. Había que recargar y empezar de nuevo: una, dos, tres,…
Recordó lo que dijo Diego aquel día lejano en el patio de la Misión: el tiempo no es constante, a veces se nos escapa y otras… es eterno, como levantarse en la mañana, fingir leer algún libro, tratar de que se le pegara en la cabeza alguna nueva palabra en francés del método de aprendizaje de siete u ocho tomos; almorzar, sentarse un rato en el patio, volver a entrar; que no le salieran las sonatas, se le había borrado eso de la memoria, parece que fue otra la mujer que tocó para Diego esta misma pieza que hoy no existe; a cenar y a dormir.
Era eterno.
Y siempre adentro, como la certeza de un cáncer, el miedo:
¿Cómo está?
¿Dónde está?
¿Será hoy el día en que lo capturen?
Ya había constelaciones enteras de manchitas de tinta en el papel, cuando entró don Alejandro. Los papeles que traía bajo el brazo los arrojó al suelo y quedaron desperdigados sobre la alfombra.
Era innecesario preguntar.
"No hay posibilidad de juicio, lo confirmó el Gobernador. Pensé que tal vez con esta reunión podríamos-"
El pisapapeles de mármol fue a dar contra la botella veneciana de vino, mandándola al suelo en un tintineo de vidrios rotos.
Se detuvo a tomar aire, tal vez, a buscar algún orden en lo imposible de los hechos:
"Le dispararán al verlo. Eso o la pena de muerte, da lo mismo."
Josefina tenía los ojos fijos en la copa que milagrosamente se había salvado del pisapapeles volador. Al fin habló:
"Yo solo quisiera saber que está bien, aunque no esté aquí."
"Nunca más podrá estar aquí. Don Diego de la Vega, el hijo del hacendado, eso ya no existe." Antes de cruzar de nuevo la puerta, le oyó murmurar amargamente: "se acabó".
En lugar de llamar a alguno de los sirvientes, ella misma se puso a recoger los pedazos de vidrio, a absorber el licor de la alfombra con un trapo, a poner el pisapapeles en su sitio, a ordenar los documentos y dejarlos en una esquina del escritorio, junto a las estrellas deformes de tinta negruzca.
Aunque era aún temprano, se fue a su habitación.
La verdad no se acostumbraba a decir eso, que era su habitación, como si fuese de ella solamente. No era así; era de él, de los dos en todo caso, fue aquí donde le quitó el velo y luego el vestido blanco de novia. Se miró los dos anillos en el dedo, el de compromiso y el de matrimonio: esos sí que no se los quitaba ni para bañarse ni para dormir.
Y los baúles… quizá era enfermizo tenerlos aún ahí, intactos después de dos meses, como si de un momento a otro Diego fuera a aparecer por esa puerta (o por la ventana, como en sus fantasías) y pudieran irse con su equipaje de luna de miel a España, a comprobar el olor de los olivos y el jazmín.
Los baúles…
Sin motivo aparente alguno, buscó la llave, se sentó en el piso frente al más grande y le dio vuelta al cerrojo. Esto era para abrirse cuando iniciaran una vida juntos, no así, sin saber si aún les quedaba vida por vivir.
Su chaqueta azul oscuro era lo primero.
Así se veía él con esta chaqueta en la tienda de tío Pedro, en la taberna, en la Misión o donde fuera; así se sentía, esta es la textura que le conoció primero a sus brazos, cuando la sujetó al perder el equilibrio en la biblioteca del padre Felipe; aquí estaba la forma de sus hombros y su espalda, este era su olor.
Y se derrumbó. Yaciendo sobre la alfombra y abrazada a la chaqueta como a un cuerpo muerto, se sumergió en un llanto que lo obnubilaba todo, que no admitía esperanza ni optimismos. Ahí se quedó y soñó que lo veía desde lejos, con una multitud de gente que los separaba kilómetros enteros. No lograba verle la cara, solo el cuello de la camisa, un mechón de cabello, una oreja que no la miraba y se alejaba cada vez más, como los dos desconocidos de antes: la mesera y el señor.
(…)
Anita la visitaba los martes en la tarde, siempre con un pañuelo o abanico de regalo, alguna vez un paquete de almendras, todo escrupulosamente inspeccionado por los guardias primero, no vaya a ser que viniera alguna nota del malhechor. Los viernes era el padre Felipe; se sentaban en la mesita del patio a hablar sobre los progresos de Pepe en la lectoescritura, el huertito que tenía el cura en la Misión, que al fin parecía iba a dar algún fruto o las conjugaciones en francés.
Siempre había un soldado cerca, aunque generalmente estaba muriéndose de aburrimiento.
"…es el mismo caso de vouloir, ¿no? Je voulais, tu voulais, il voulait-"
"Exactamente" asintió el padre: "nous voulions, vous vouliez, vendredi prochain vous me demanderez de faire votre confession, oui?"
Le tomó un par de segundos.
Los viejos ojos azules del padre, muy abiertos, le rogaban recomponerse.
Pudo hacerlo.
"Sí. El imperfecto siempre me ha parecido difícil."
"¡No tanto como el subjuntivo!"
"¡Claro! ¿Más té?"
"Pero desde luego."
El joven lancero estaba más interesado en morderse las uñas.
(…)
Los siete días siguientes fueron un martirio, peor aún a los que ya había vivido.
En la cama demasiado grande, Josefina no encontraba una posición que acallara los gritos de su mente.
El viernes, el viernes, no sé si sobreviva de aquí al viernes.
Más te vale sobrevivir, esta es la primera esperanza real que tienes.
¿Cuál esperanza? El padre no dijo nada respecto a Diego.
¿Qué rayos te pasa? Obviamente es acerca de Diego. Él sabe algo, te dirá algo, por eso le pediremos al guardia que se vaya, que es secreto de confesión, pero en realidad es algo de Diego.
¿Algo como qué?
Que está bien, que de alguna manera-
¿Y si es una mala noticia?
No lo es.
¿Y si lo es?
Falta mucho para el viernes, no aguanto.
Aguanta. El tiempo no es constante.
¿Y eso en qué me ayuda?
Viernes.
Viernes.
Viernes...
Cuando al fin lograba conciliar el sueño a eso de la una o dos de la mañana, no duraba más de un par de horas dormida. Se despertaba con el corazón a mil, se incorporaba de un salto, una vez hasta se le cortó la respiración o algo parecido y tuvo que ponerse de pie a inspirar con todas sus fuerzas un aire que parecía de plomo.
De día tampoco era tan fácil fingir frente a todos, incluso le daba cierta culpa no poder decir nada a don Alejandro, al menos no aún. Tenía cierta gracia (mejor verlo desde ese punto de vista) recordar así sus días de ponerse nerviosa ante don Diego: tener que disimular, actuar con normalidad, poner la misma cara de antes, de siempre, no sobresaltarse con el zumbido de una mosca.
Increíblemente, lo logró.
Llegó el inalcanzable viernes y con él, el cura que la casó con su esposo perseguido y ausente.
Por suerte, era el cabo Reyes quien hacía guardia. Josefina le informó de la privacidad necesaria para su confesión, el cabo se negó, el padre le habló del estricto secreto del sacramento; ella suplicó, el cabo vaciló, el padre lo amenazó con que se iría directo al infierno por impedir la curación de un alma.
"Está bien, los veo desde adentro por la ventana" accedió al fin.
Se sentaron a la mesita, a Josefina era precisamente el alma lo que estaba a punto de salírsele por la boca. Esto podía ser lo que llevaba 70 miserables días esperando. O un desengaño.
"Acúsome padre, porque he pecado."
Adentro, el cabo Reyes le limpiaba con el dedo algún sucito a su rifle. El padre le daba la espalda a él y a la casa; habló en un susurro imposiblemente bajo:
"No reacciones en ningún momento. Mueve los labios como si estuvieras hablando. Lo que estoy a punto de decirte te pondrá en riesgo. Si lo dejamos hasta aquí, él estará tranquilo y feliz de saberte segura. Te pregunto: ¿lo dejamos hasta aquí?"
Ni siquiera registró la palabra riesgo. Pero una palabra entre todas las demás sí resaltó: él.
"No. No lo dejamos hasta aquí, yo voy adelante a lo que sea."
A sabiendas de que esa era la respuesta que obtendría, el padre asintió:
"Si es así, recuerda bien cada palabra. El 11 de mayo a las diez de la noche, nada de equipaje, nada en las manos, vas a salir por la ventana de tu habitación, no habrá guardia afuera, una vez abajo corres a la derecha hasta el cobertizo, luego a la cerca, cruzas la cerca, corres a la quebrada y al único árbol grande que se ve. Cobertizo, cerca, quebrada, árbol. Ahí estará una carreta, te metes debajo del heno, no haces preguntas, solo esperas y confías. ¿Está claro?"
Josefina repetía la información con los labios, sin voz, concentrando toda su existencia por una vez no es sus emociones, sino en un raciocinio que le permitiera no perder dato alguno:
"Sí."
"No le digas a nadie, ni a don Alejandro. Y recuerda: confía." Le puso una mano sobre la cabeza y alzó la voz: "Dios Padre misericordioso que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados te conceda por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo amén."
Le hubiera podido recitar una receta de torta de calabaza y hubiera sido lo mismo. Todo su ser se centraba en unas cuantas palabras:
11 mayo, nueve y treinta, bajar, derecha, cobertizo, cerca, quebrada, árbol grande, carreta, heno.
Esperar. Confíar.
