Milady,
Hoy por fin he podido hablar con M. Ha sido ella la que se ha acercado a mí, y al principio pensé que quizá se había enterado de que he estado hablando con todos nuestros amigos sobre su estado de ánimo, y que tal vez estuviese molesta conmigo por eso. Pero no: en realidad quería decirme que había terminado la caja-trampa.
–No la he traído al instituto porque pensé que preferirías que nadie la viera –me explicó–. En realidad, lo ideal sería que te acompañase a tu casa y te ayudase a instalarla, pero no creo que sea posible, ¿verdad? –planteó con una tímida sonrisa.
Lo cierto es que mi padre tiene normas muy estrictas con respecto a las visitas. K., por ejemplo, solo puede venir cuando acompaña a su madre.
–No lo creo –murmuré–. Lo siento, M.
–No pasa nada –respondió ella–. Podemos ir a mi casa después de clase, si quieres. Así podré explicarte cómo funciona antes de que te la lleves.
Normalmente tengo el horario muy ocupado, así que tuve que explicar en casa que tenía que quedar con M. para hacer un trabajo. Sabía que no me dejarían quedarme mucho tiempo, pero no me importaba, porque al fin iba a tener la oportunidad de hablar con ella, de tratar de averiguar qué estaba pasando tras la máscara con la que ocultaba sus verdaderos sentimientos.
Porque ante los ojos de los demás ella sigue comportándose como siempre. Quizá está un poco más callada y distraída, pero poco más. Solo si te fijases muy bien serías capaz de ver lo que Lk y yo hemos descubierto (y yo necesité un akuma para darme cuenta; a Lk no le hizo falta, pero claro, él es su novio y además es una persona increíblemente empática).
Así que fuimos a su casa. Sus padres parecían sorprendidos de verme allí, pero me saludaron con amabilidad, como siempre. Son gente muy agradable.
No parecían especialmente preocupados. Le hablaban a M. con cariño, también como siempre, como si no pasase nada grave. Estaba empezando a preguntarme si Lk. y yo no nos lo estábamos imaginando todo cuando, al entrar en la habitación de M., descubrí el cambio de decoración.
Verás, el sueño de M. siempre ha sido ser diseñadora de moda. Desde que la conozco no ha dejado de dibujar, y no solo diseña, también confecciona su propia ropa, complementos... es increíblemente talentosa, hasta el punto de que ya ha ganado algún concurso de diseño a pesar de lo joven que es.
La última vez que estuve en su habitación me fijé en que tenía las paredes forradas de fotos de revistas de moda. También suele tener alguna prenda a medias en su máquina de coser, telas y patrones sobre la mesa...
Todo eso había desaparecido. Incluso el maniquí del rincón.
Sobre su escritorio, eso sí, estaba la caja en la que había estado trabajando. Me la enseñó, con una sonrisa satisfecha (una sonrisa de verdad, por fin). Era del mismo color exacto que mi piano.
–Primero pensé en esconderla dentro –explicó–, pero me parecía demasiado evidente. Luego se me ocurrió que podía acoplarse debajo, ¿ves?
Me enseñó un esquema de mi piano, que al parecer había realizado con toda la información que yo le había enviado.
–Mira; justo aquí, donde están acoplados los pedales. Para verla, alguien tendría que agacharse y mirar debajo, y a simple vista no parecería un objeto extraño, sino parte del mecanismo del piano, sin más. No te preocupes –se apresuró a añadir al ver que yo la miraba con la boca abierta–, no es difícil de instalar. Ya le he hecho agujeros para los tornillos y te daré todos los materiales e instrucciones para que lo hagas tú mismo. No vas a tener ningún problema.
Sacudí la cabeza.
–No, no, es solo que... todo es muy ingenioso, M. ¡Y lo has hecho tú sola... y en apenas unos días!
Ella se ruborizó un poco, halagada.
–Pues aún no has visto nada –sonrió.
Me mostró unos botones hábilmente camuflados en un costado de la caja. No te voy a explicar cómo funciona exactamente porque no quiero dejarlo por escrito, pero hay que presionarlos siguiendo una combinación en concreto, porque si te equivocas... salta un resorte y te pilla el dedo como si fuese una trampa para ratones.
–Y es muy doloroso –me advirtió M.–, así que asegúrate de que te aprendes bien la combinación correcta.
Contemplé la caja con más respeto.
–A veces das un poco de miedo, M.
Ella sonrió, pero desvió la mirada.
–Bueno, algunos secretos... es importante que sigan siendo secretos, y hay que hacer todo lo posible por protegerlos. ¿No te parece?
También sé bastante de secretos, pero claro, no se lo podía contar.
Pero capté la indirecta. No sé si alguien le ha dicho que estoy preocupado por ella, o si se ha dado cuenta por sí sola, pero parecía querer advertirme de que no metiese los bigotes donde no me llaman.
O quizá son solo imaginaciones mías.
Lo del cambio de decoración, sin embargo, me pareció demasiado obvio como para que ella lo considerase "secreto", así que decidí que podía preguntarle al respecto.
Esperé a que terminara con sus explicaciones sobre la caja, la guardé en mi bolsa de deporte y le di las gracias por enésima vez. Pero antes de marcharme miré a mi alrededor y señalé las paredes.
–¿Ya no te interesa la moda? –pregunté.
Ella se puso colorada.
–No, yo... he decidido dejarlo.
Ya lo sospechaba por lo que me había dicho Lk, pero si te soy sincero no imaginaba que sería tan franca al respecto.
–Pero ¿por qué? ¡Si tienes muchísimo talento! Y también vocación; si no, no te pasarías todo el día dibujando.
Me miró de una forma extraña y, de nuevo, tuve la sensación de estar pasando por alto algo importante. Pero insistí:
–Eres como Lk. con la música. Él no se separa de su guitarra, tú siempre estás con tu cuaderno de bocetos.
Por eso, entre otras cosas, hacen tan buena pareja. Yo siempre he admirado a la gente que tiene una vocación así, algo que le apasiona y a lo que sabe que quiere dedicar el resto de su vida. No es mi caso, la verdad. Sé que acabaré trabajando en la empresa de mi padre, pero lo haré por tradición familiar, más que por verdadera vocación. Me da un poco igual porque, aunque no es algo que me entusiasme, al menos ya conozco el mundillo y lo cierto es que no se me ocurre una alternativa mejor. A menos que el alcalde empiece a pagarnos un sueldo por defender París. Pero entonces seríamos policías, no superhéroes. ¿No?
Pero M. negó con la cabeza.
–No es lo mismo –respondió–. Lk lleva tocando desde que era muy pequeño. A mí siempre me ha gustado dibujar, pero lo de ser diseñadora de moda era un capricho muy reciente.
–¿Un capricho? –repetí, sin poder creerlo–. ¿Cómo puedes decir eso?
–¡Porque lo es! –replicó, un poco a la defensiva–. Verás, ya voy creciendo, y supongo que ha llegado el momento de sentar la cabeza..., poner los pies en el suelo... y plantearme las cosas de otra manera. Quiero decir que ya no tengo tanto tiempo como antes, con los estudios, los ratos que tengo que ayudar a mis padres en la tienda, y si además quiero salir con Lk. y con mis amigos... no le puedo dedicar al diseño el tiempo que debería. Y hay que admitirlo, a lo mejor se me da bien, pero aún estoy muy verde y probablemente no pueda dedicarme a esto porque tengo otras responsabilidades, así que es mejor que me concentre en las cosas importantes y...
Siguió hablando, enlazando una frase con otra de forma un poco confusa, como hace cuando se aturulla. Pero capté la idea general. Y creo que he entendido lo que pasa. Y si tengo razón...
–¿Alguna vez te he contado lo que quiero hacer yo en el futuro? –le planteé.
Parpadeó. No se esperaba aquella pregunta.
–Pues... creo que no, pero... ¿no lo estás haciendo ya?
–Oh, sí, y parece que tengo una brillante carrera por delante, ¿verdad? –sonreí, guiñándole un ojo–. Brillante, pero corta.
No puedo darte detalles, milady, pero has de saber que mi trabajo es para gente joven. Cuando pase un tiempo, dentro de unos quince años más o menos, dejarán de contar conmigo. No será problema, supongo, porque para entonces mi padre tendrá otros planes para mí.
Mi padre siempre tiene planes para mí. Eso tiene sus ventajas: por ejemplo, no voy a tener que preocuparme por mi futuro, porque él ya lo tiene todo previsto, y me está preparando en consecuencia.
Pero también tiene sus inconvenientes: el primero, las grandes expectativas que ha depositado sobre mis hombros, y que a veces son una carga difícil de asimilar.
El segundo, que no es un futuro que haya elegido yo, sino que otra persona escribió para mí.
–Pero eso es... muy triste –murmuró M. cuando se lo conté.
Sonreí.
–No creas. Estoy acostumbrado a trabajar, a esforzarme y a ser serio y constante en todo lo que hago, así que soy capaz de mantener el nivel que me exigen sin quemarme demasiado. Y, por otro lado, aunque sé que no soy yo quien escribe el guión de mi vida... tampoco se me ocurre qué otra cosa podría hacer, si tuviese la oportunidad de elegir algo diferente.
Excepto ser superhéroe, claro. Pero eso no se lo puedo contar y, además, se trata de una actividad que de todos modos hay que compaginar con una vida real.
–Lo que quiero decir –concluí– es que, si no te he contado nunca qué quiero hacer en el futuro, es porque no tengo la menor idea. Nunca he sido la clase de niño que tiene claro qué va a ser de mayor. Por eso en el fondo no me importa que mi padre decida por mí. Lo que hago no me disgusta, se me da bien y me ofrece un futuro en la empresa familiar. Y con eso me basta.
Ella bajó la cabeza.
–Entiendo –murmuró.
Coloqué las manos sobre sus hombros.
–M. –dije, y ella levantó la mirada hacia mí–, lo que intento decirte es que tú no eres así. Tú tienes sueños, tienes una vocación, algo que te apasiona. No permitas que otros decidan por ti.
Apretó los dientes y desvió la mirada.
–¿Qué te hace pensar... que no es algo que he decidido yo?
–Lo sé, porque te conozco.
Pero M. negó con la cabeza, y por un momento pude ver la profunda tristeza que había en su mirada.
–A lo mejor no me conocías tan bien como pensabas –dijo sin más–. Gracias por el consejo, pero de verdad, es mejor así. Llegan momentos en la vida en que tienes que tomar decisiones, y asumir que hay cosas que no pueden ser... Y eso es parte de hacerse mayor, ¿no crees?
No supe qué decirle. No estaba seguro de que estuviésemos hablando de lo mismo. O tal vez sí. O quizá ella estaba refiriéndose a más de una cosa.
Pero había alzado de nuevo esa barrera entre los dos, así que me quedó claro que, si seguía presionándola, se retraería todavía más.
–Supongo que sí –admití–. Es solo que... estabas tan ilusionada con tus diseños... ¿qué pasó con el blog de moda que ibas a hacer? ¿Aquel para el que hicimos aquellas fotos?
Suspiró.
–Era un proyecto antiguo –admitió–. Llevaba meses diciendo que lo haría pero nunca tenía tiempo de ponerme con ello, así que... bueno, supongo que en algún momento tenía que admitir que no iba a hacerlo después de todo. Siento haberte hecho perder el tiempo.
–No me hiciste perder el tiempo, M. –protesté–. Estuve encantado de ayudarte. Lo haría otra vez sin dudarlo, y estoy segura de que las chicas también. Solo tienes que pedirlo, ya sabes.
Sonrió.
–Gracias, AlterEgodeCatNoir. Pero no hace falta, ya te lo he dicho. Solamente necesito un tiempo para ajustarlo todo, no hay más.
–Pero... ¿tienes tiempo para ti? –le pregunté–. ¿Para distraerte y hacer las cosas que te gustan, al menos?
M. se rio.
–Tiene gracia que seas precisamente tú quien lo pregunte, Míster Ocupado –comentó.
Me reí también, porque tiene razón. Pero justamente por eso, porque sé lo difícil que resulta, quería estar seguro de que lo estaba llevando bien.
–Mañana por la tarde hemos quedado todos en casa de Lk. y J. –prosiguió ella entonces–. Si K. y tú queréis pasaros por allí, seréis más que bienvenidos.
Lo pensé.
–Tenemos entrenamiento –recordé.
–Ah, bueno, entonces...
–No, no, quiero decir que si tenemos entrenamiento quizá sí podamos ir. Porque podemos escaparnos juntos. Si fuese un día corriente tendríamos que encontrar otra excusa.
M. me miró con cierta pena.
–¿Aún andáis así? –murmuró.
Suspiré. Lo cierto es que, preocupado por su estado de ánimo, durante estos días no he pensado mucho en mi relación con K. Es cierto que seguimos viéndonos a escondidas, buscando huecos para quedar. A K. le parece divertido, pero yo ya tengo bastantes secretos que guardar.
Me acordé entonces de que M. y K. parecen haberse distanciado.
–¿No te importará que vaya con ella? –le pregunté–. Últimamente tengo la sensación de que no habláis mucho...
M. desvió la mirada.
–Es que hemos estado ocupadas, las dos –respondió–, pero seguimos siendo buenas amigas. Así que claro, podéis venir los dos, no faltaría más. Me alegraré mucho de volver a verla.
Me pareció sincera, pero triste. Sigo sin saber qué ha pasado entre ellas, pero al menos parece que no hay rencor por ninguna de las dos partes. Algo es algo.
Así que hemos quedado todos para mañana. Ya he escrito a K. comentándoselo, y le parece bien. Es verdad que desde que empezamos a salir intentamos pasar solos todo el tiempo posible, porque no tenemos muchas ocasiones para vernos. Pero creo que ya va siendo hora de que hagamos un poco de vida social. Aunque lo paso bien con ella, si te soy sincero empiezo a echar de menos a mis amigos.
Tengo una teoría sobre M., aunque no sé si es correcta: creo que sus padres quieren que se encargue del negocio familiar cuando sea mayor. Por lo que sé, es una tradición en la familia, su abuelo se dedicaba a lo mismo que su padre y quizá es lo que esperan de ella también. Ya he visto a M. ayudando a sus padres cuando tienen trabajo extra, y sé que está aprendiendo el oficio (y no lo hace mal). Supongo que a su padre le haría ilusión (una vez, incluso me preguntó a mí, a Cat Noir, quiero decir, si no estaría interesado en asociarme con él cuando deje de ser superhéroe).
Los padres de M. no parecen el tipo de gente que obligaría a su hija a renunciar a sus sueños para tomar las riendas del negocio de la familia. Además, siempre me ha parecido que estaban muy orgullosos de sus logros en el mundo del diseño.
Claro que, ahora que lo pienso, M. tuvo hace poco la oportunidad de irse a Nueva York a formarse con una prestigiosa crítica de moda y la rechazó. Nos dijo que se debía a que no quería separarse de su familia y sus amigos, pero quizá pensó que sus padres preferían que se quedara. Es decir, que no sería la primera vez que elige a su familia por encima de su vocación.
Quizá tiene razón, y en el fondo su pasión por la moda no es tan profunda como todos pensábamos. O a lo mejor sí, pero no quiere decepcionar a su familia.
En todo caso, ella ha hablado de "nuevas responsabilidades" y, salvo por el hecho de que la profesora de ciencias nos aprieta este año todavía más que el anterior, si es que eso era posible, a simple vista no parece que M. tenga otras cosas que hacer, salvo ayudar a sus padres en la tienda.
Y de ahí mi teoría. Tener más responsabilidades te agobia, te cansa, te estresa, pero no te sume en una tristeza como la de M... salvo que hayas tenido que renunciar a algo que realmente amas.
Y si se trata de eso, la verdad, no sé qué puedo hacer yo para ayudar. No soy precisamente el más indicado para dar consejos al respecto porque siempre he hecho lo que mi padre esperaba de mí.
Pero claro, de todos modos tampoco he tenido nunca sueños de futuro como los de M.
Al llegar a casa he colocado la caja bajo el piano. Tal como me dijo M., no he tenido ningún problema. Apenas se nota que está, y una vez conoces la combinación, es muy fácil de abrir. Así que ya tengo un escondite perfecto para esconder tu diario. Me siento mucho más tranquilo ahora.
(Plagg quería esconder su queso dentro de la caja también y hemos tenido una discusión por eso, pero he conseguido convencerlo de que no era una buena idea. No quiero que tu diario apeste a Camembert, y supongo que a ti no te gustaría tampoco).
Me voy a la cama, es tarde. Dormiré más tranquilo ahora que sé que el diario está a buen recaudo, gracias a M.
Releyendo lo que he escrito estos días me doy cuenta de que estoy hablando mucho de ella, pero es que no te imaginas lo extraordinaria que es, y lo mucho que me gustaría ayudarla. Porque M. siempre ha estado ahí para mí cuando la he necesitado, y yo quiero hacer lo mismo por ella. Supongo que verla llorar el otro día me tocó alguna fibra sensible. ¿Qué clase de héroe soy si no puedo ayudar a las personas que me importan?
Ya que al parecer no puedo hacer nada por ti, espero conseguir de algún modo devolverle la sonrisa a ella.
Siempre tuyo,
Cat Noir
