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Capítulo 12

Albert hervía de furia. Candy lo había llevado hasta un extremo irreconocible de frustración. Su condición de castellana no la autorizaba a sembrar el caos entre sus hombres. ¿Acaso no se daba cuenta de lo hermosa que se veía en esa actitud insolente? Su sola presencia le crispaba los nervios por el aire seductor que emanaba de ella de forma innata y sin proponérselo. Sus hombres parecían galanes enfermos de amor no correspondido; afortunadamente, ella no se había percatado del caos que creaba tan solo con una mirada o cuando paseaba de forma melancólica por el pueblo.

Ardía por ella y no podía pensar en nada más salvo en la posibilidad de conquistar su corazón, pero su impotencia rugió desde el fondo de su alma produciéndole un ahogo físico. Tratar de aferrarse a los sueños y esperanzas solo le mostraba lo vacía que estaba su vida desde hacía cinco largos años. Karen había hecho su trabajo a la perfección. Albert no era tan ignorante como para creer que las cosas podían cambiar; todo lo contrario. Era su destino y tenía que enfrentarse a él. Con una maldición contenida trató de pensar en la larga noche que le esperaba pero debía sujetar la naturaleza impulsiva de Candy antes de la llegada de su padre.

Albert suspiró entre el agotamiento y la frustración.

Le costaba respirar cuando la observaba sentada en la colina mirando el horizonte, memorizándolo. Su sonrisa complaciente le hacía ansiar algo que no se debía permitir ni soñar. Y la lucha en su interior por enterrar sus manos callosas en esa melena gloriosa le estaba comenzando a pasar factura, pero debía impedir que sus hombres acabasen perdidamente enamorados de ella, si acaso no había sucedido ya. Archie era la prueba de ello.

Candy se amonestó amargamente durante horas, ¡por qué no podría detener la lengua a tiempo! Estaba metida en un buen lío y nadie saldría en su ayuda, no tenía que haber llegado tan lejos en sus pullas. La enfurecía la pobre opinión que tenía de ella aunque comprendía que se había excedido con sus palabras, y ahora no podía retirarlas. Maldijo su ímpetu, su vanidad y la falta de sueño que padecería a partir de esa noche, pero si él en algún momento creyó que podía doblegarla, iba a sorprenderse, y mucho.

Por algo era digna hija de Castilla.

Estaba ahogada de despecho. Archie había sido enviado al norte, Candy creía que habían llegado hasta lo más del norte que se podía, pero se equivocaba. Lo habían mandado como emisario para los consejeros de otro clan; ella sabía que era un castigo por haber tenido la osadía de cogerle la mano. Transmitirle un poco de solidaridad, de empatía.

Miraba el enorme lecho con cuatro postes como si fuesen cuatro serpientes que escupiesen veneno mortal, y tragó violentamente. Como todos la ignoraban no había podido conseguir ayuda. Ahora, resultaba tarde para lamentaciones.

Albert entró de sopetón en la alcoba y se quedó parado un momento observándola confundido, como si hubiese olvidado el porqué estaba ella allí y por qué miraba su lecho con esa expresión de repulsa. Una vez controlado su temperamento belicoso, Albert trató de ahogar una sonrisa de auténtico placer al observar la congoja que mostraba ella. Todas las puertas del castillo habían sido cerradas para la castellana, deseaba darle una lección a la osada guerrera, que los hacía sentirse obnubilados por la sencilla razón de existir.

Candy lo siguió con los ojos mientras se desvestía y se volvió de inmediato, no se dignó a abrir la boca salvo cuando él le tiró una almohada pequeña y una manta que olía peor que su establo.

La misma que llevaba en su caballo en las incursiones.

¡Dios!

—Que durmáis en mi alcoba no quiere decir que compartáis mi lecho. Buscaos un rincón donde echar los huesos y procurad no molestarme.

Candy no podía creerse semejante insulto a su persona, si contenía la lengua se envenenaría.

—Cualquier caballero que se precie no me permitiría dormir en el suelo.

Albert la miró y torció la boca en una mueca de burla.

—¿Veis acaso algún caballero en la alcoba? Porque aquí solo hay una mujer insolente y un salvaje del páramo —ella no le respondió y Albert siguió atizándola—. El vinagre que ahora bebéis es solo culpa vuestra.

Ella no le iba a responder porque antes le sacaría los ojos.

—Mi único pecado ha sido pedir una merced para dejar de ser un incordio.

Albert la traspasó con sus ojos penetrantes.

—Errasteis en tres decisiones —Candy iba a protestar pero el dedo de Albert para que guardase silencio se lo impidió—. Uno: todo, absolutamente todo debéis consultarlo con el laird. ¡Vaya, yo soy el laird! Dos: mis hombres deben guardar una distancia de al menos veinte pasos en vuestra presencia.

Candy hinchó tanto el pecho que creyó que se iba a ahogar con su propio aire.

—Falta una.

Albert le sonrió con una sonrisa falsa y ojos sardónicos.

—Esa me la reservo para mí —Candy se sentía incapaz de descifrar el enigma de sus palabras—. ¡Dejad de ser una molestia por un día!

Candy le dio la espalda absolutamente avergonzada. Buscó un lugar lo suficientemente alejado del lecho como para extender la manta y poder tumbarse sobre ella. El duro suelo le pareció como si estuviese lleno de espinos, pero continuó callada. Ahuecó la almohada y se recostó cerca de la ventana. Cerró los ojos e intentó conciliar el sueño. Mañana iba a temblar Escocia con su furia, hoy no pensaba mostrar ni una pizca de cobardía.

Albert podía oír sus movimientos lastimosos; sabía que se excedía en su corrección, pero no podía permitir más entusiasmos de los necesarios. El mejor de sus hombres se encontraba, de momento, desterrado de su clan por culpa de las acciones de ella.

Estarían todos condenados si no la mantenía a salvo en todos los sentidos.

Suspiró. La vida en el clan se había vuelto intolerable pero en parte comprendía su resquemor. En su casa no la respetaban, su pueblo no la quería y solo el hecho de ser la hija de quien era conseguía cerrarles la boca. La oyó tiritar de frío y se compadeció, se levantó del lecho y se dirigió hacia la ventana que dejaba pasar el aire sin trabas a pesar de la piel que la cubría. La manta se le había enrollado entorno a la cadera, con lo cual tenía las piernas al aire, estaba encogida y fría. Albert meneó la cabeza con pesar. Mantenerla viva en todos los sentidos: ésas habían sido las palabras de su padre. La alzó de su posición y la llevó hasta su lecho. Estaba completamente helada. Se acostó junto a ella y la cubrió con su manta; ella tardó en volverse hacia él buscando su calor, lo mismo que un garito hambriento buscando la leche de su madre.

Albert inspiró el aroma a enebro de su pelo. Le gustaba demasiado. Tenía que admitir que lavarse tanto mostraba alguna ventaja: olía deliciosamente bien. Cerró los ojos sintiendo su tibieza y se durmió peleando con sus demonios nocturnos.

Candy despertó con una sonrisa en los labios. Estaba cómoda, caliente y nada podía ser más importante que eso. Durante días ése había sido lo primordial en su vida: mantenerse caliente en esa tierra tan fría. Su mano subió por su cadera, su cintura hasta detenerse en su pecho, pero ninguna de las supuestas sensaciones que debía estar experimentando la alcanzó. Se despertó de inmediato desorientada. El escocés estaba dormido junto a ella.

Un intenso rubor la cubrió de pies a cabeza al comprender que lo había estado tocando en sueños creyendo que era ella; afortunadamente no se había despertado. ¿Qué hacía ella en su lecho? Lo que era peor: ¿qué habían estado haciendo...?

Albert no abrió los ojos y Candy dudó en levantarse o... ¡maldita curiosidad! Se preguntó si él estaría desnudo bajo las mantas. Se moría de ganas por saber qué aspecto tenía un hombre tan imponente como él, se sentía poderosamente atraída por los planos duros de su cuerpo; pero no podía vulnerar la intimidad de una persona adulta, y menos siendo un hombre, tan solo para satisfacer su curiosidad. No tenía la suficiente experiencia como para manejar la ira de un gigante si la descubría... Candy sonrió, ¡de los cobardes nunca se cantaban baladas! Iba a levantar la manta cuando un carraspeo la sorprendió, el sonido inesperado hizo que se le subieran los colores en un completo azoro. Miró a Albert y se sintió la más miserable de todas las cotillas. Él la estaba mirando, completamente alerta. Los ojos se le habían convertido en dos pozos negros. Candy chasqueó la lengua porque dedujo que había provocado su enfado de nuevo. ¿Por qué siempre terminaban enfadados?

—¿Siente curiosidad la señora?

Ella gimió consternada al comprender que él había sido consciente de su intención, desvergüenza y descalabro pensativo. Deseó que el jergón la engullera.

—¡Mi indiscreción ha sido imperdonable!

Albert se incorporó a medias en el lecho.

—Lo justo sería pedirme permiso.

Ella dio un salto horrorizada. Encima se burlaba de ella.

—¿Cómo os atrevéis...? Vos me habéis visto con menos ropa de la que dicta el decoro y no habéis solicitado mi permiso para mirarme cuando me baño.

Albert alzó una de sus cejas en actitud chabacana.

—Siempre he respetado vuestra intimidad. Si habéis enseñado algo que el decoro señala como indecente ha sido por vuestra propia iniciativa, nunca la mía.

—Creía que seguíais dormido, no pretendía hacer ningún daño.

—¿Osáis contemplarme de forma subrepticia y pretendéis que no haga nada al respecto? Os traje a mi lecho porque estabais más helada que un... ¿cómo dicen los castellanos?... carámbano. Mi máxima prioridad es manteneros a salvo en mi casa.

Candy inclinó la cabeza sumisa.

—Me podía la curiosidad. Nunca he contemplado a un hombre desnudo y... —él no la dejó terminar.

—Soy como cualquier otro hombre.

Candy entrecerró los ojos con duda. Aún tenía en mente las palabras de Archie y podía jurar por su carencia de vestidos que Albert no era como otro hombre cualquiera.

—¿Por qué padecéis esa incapacidad?

Obviando su incomodidad, decidió sincerarse en parte.

—Archie tenía que mantener la boca cerrada —emitió un suspiro—. Hace años padecí un trauma que me imposibilita tener relaciones íntimas con una mujer. Fin de la historia.

Ella no agradeció su parca explicación.

—¿Se puede curar?

Albert chasqueó la lengua con desdén.

—No deseo ser curado —Candy no pudo entender sus palabras—. Es mi castigo, he aprendido a vivir con él.

Candy seguía haciendo cábalas: todo gran señor necesitaba herederos. '

—¿No deseáis una esposa?

Albert entrecerró los ojos con burla y negó enérgicamente con la cabeza.

—Hay otras partes de mi cuerpo que funcionan perfectamente, si es que alguna vez contemplo la posibilidad de complacer a una mujer, pero nunca a una esposa o prometida —ella no lo entendió y él se percató, por primera vez, de lo inocente que era. Inocente y demasiado curiosa para su tranquilidad.

—¿El clan no necesita heredero?

Albert le sonrió amargamente.

—El clan ya tiene heredero: el hijo de mi hermano William. Ahora se encuentra viviendo con su madre hasta que alcance la mayoría de edad necesaria, en dos años vendrá con nosotros. Tengo el deber de prepararlo.

Candy asimiló la inesperada información. Siguió silenciosa especulando.

—¿Cómo se llama?

—Lean.

Candy siguió pensativa.

—Pero, ¿William era más joven que vos?

—Más joven y prolifero, su primogénito tiene ahora ocho años.

Candy estaba espantada: si los cálculos eran correctos, William había sido padre tan solo con dieciséis años.

—¿Su primogénito? ¿Cuántos hijos tiene?

—Dos más.

Candy lo miró de tal forma que Albert supo lo que pasaba por su mente.

—¿Cuántos años tenéis?

La sorpresa en la voz le arrancó una media sonrisa.

—Veintiséis. De vivir, William tendría veinticinco años Candy fue perfectamente consciente del suspiro ácido que se escapó de los labios de Albert antes de seguir con su información—. Anthony tiene veinticuatro, Stephen veintitrés.

Candy se apiadó de la madre de ellos. ¡Un hijo por año! ¡Dios bendito!

—¿No tenéis hermanas?

Albert negó con la cabeza.

—Mi madre no vivió para tenerlas. Candy lamentó su falta de tacto al ver cómo se ensombrecía el rostro de él. Decidió mostrarse alegre e intentar cambiar el tono de la conversación.

—Entonces... ¿nada de lo que yo hiciera podría despertar vuestra lujuria?

Albert negó repetidas veces. Le parecía imposible sostener una conversación de esa naturaleza con una mujer, castellana, y demasiado seductora. Se dio perfecta cuenta de que ella ignoraba lo poco convencional que se veían estando los dos en el lecho hablando de incapacidades, y separados tan solo por el delgado camisón de ella. Su incapacidad la mantenía a salvo de sus deseos, pero no de su afecto.

—No os concedáis tanta importancia, lady Gracia. No existe en el mundo una mujer que pueda tentarme, no después de lo de Karen—ella saboreó el desprecio en sus palabras—. Todas son unas porfiadas y desalmadas. Viven llenas de veneno y pudren todo lo que tocan.

Los ojos de Candy le habían devuelto un anhelo extraño y cortante en lo más profundo, pero no se retractó. Sabía que la había herido. Necesitaba poner distancia emocional entre ambos, pues su corazón estaba sufriendo la mayor tribulación de su vida, pero...

La mirada franca de Candy detonó la alarma en su cerebro, pues no estaba preparado para ella. La emoción que sintió al contemplar su meditación lo desbordó por completo.

—Entonces sois como un hermano... como el hermano que nunca tuve —Albert gimió con sorpresa inesperada. Ella susurró—: Si la intención carnal que debería preocuparme a la hora de estar con un hombre desaparece, lo que queda es un amigo comprensivo o un hermano —Albert no podía seguir el razonamiento de ella. Imposible.

—¡Pero es maravilloso! —ella seguía especulando en silencio, alzó sus ojos y le ofreció una sonrisa que jamás mostraría a su género si no se sintiese absolutamente confiada. Era una sonrisa abierta, sincera. De las que se ofrecen a un familiar o amigo, y él decidió en ese instante que no deseaba ser catalogado en ninguna de las dos.

—He tenido pocas oportunidades de tener verdaderos amigos, personas a las que confiar mis dudas. He extrañado tanto una amiga —Albert estuvo a punto de sujetar un rizo, pero se contuvo a tiempo. En ese momento Candy se veía completamente vulnerable y él, demasiado influenciado por su sensualidad.

—Desde que recuerdo he tenido una espada en la mano y un libro de cuentas en la otra.

—Conozco el sentimiento de pesar cuando la obligación es lo primero y nos ata con una cadena de pesados eslabones —le respondió Albert.

—Soy lo único que mi abuelo tiene en el mundo. Me ha criado con la fortaleza necesaria para ocuparme de mi herencia sin un titubeo, pero en el camino se quedaron todas las ilusiones de una niña que aprendió demasiado pronto lo que significa la palabra responsabilidad —Candy amplió todavía más la sonrisa—. Será un gran honor para mí consideraros como mi amigo del alma—hizo una pausa—; hay muy pocas mujeres en el clan—Albert agradeció el cambio oportuno de tema.

—Las que alcanzan la edad casadera suelen ser raptadas por miembros de otro clan —Candy jadeó horrorizada. Ahora entendía con exactitud lo que quería decir la expresión salvaje—. Anthony y Stephen no encuentran mujeres con la suficiente edad para ser raptadas.

Candy creía que se estaba burlando de ella y volvió al asunto espinoso de su incapacidad de forma sorpresiva.

—En Toledo tenemos un médico maravilloso, es un erudito en curas —Albert alzó las cejas con interrogación—.

Cuando vuelva... —se quedó callada un momento y lo miró con una duda en la profundidad de sus ojos de esmeralda—. Si decidís acompañarme os puede examinar y tratar de curar vuestra dolencia.

Cómo podía mostrarse tan ingenua lo tenía apabullado.

Candy hizo algo de lo más sorprendente: saltó del lecho al mismo tiempo que le daba la espalda, se deslizó el camisón por un hombro, después por el otro hasta dejarlo caer hacia sus caderas. La espalda gloriosa de ella lo dejó momentáneamente obnubilado. Albert gimió por el espectáculo que ofrecía ella en su desnudez, insolencia, hermosura, y desgraciadamente, confianza.

Candy se vistió dejándolo tan aturdido que no pudo moverse. Había aceptado sin ninguna duda la explicación de él y había optado por mostrarse en su presencia como si lo hiciese delante de una sirvienta.

Albert carraspeó incómodo.

—El decoro indica que uno no debe mostrarse desnudo con tanto descaro, al menos, no delante de un hombre, aunque esté incapacitado —Candy le contestó con burla.

—Pero tendría que esperar a la doncella, y ¡sorpresa!, no tengo doncella. Se supone que vos deberíais levantaros antes que yo y permitidme la suficiente intimidad para poder acicalarme, ¿cierto? Pero aquí solo hay una mujer insolente y un salvaje que remolonea demasiado entre las sábanas —repitió las mismas palabras que él le había soltado la noche anterior—, y puesto que no vais a saltar sobre mí para someterme a vuestra licenciosa lujuriosa, he decidido desprenderme de mi vergüenza y vestirme para disfrutar de este maravilloso día.

Albert se tragó la retahíla de ella sin protestar.

—Que no pueda cumplir como hombre no significa que no pueda sentir como hombre.

Candy entrecerró los ojos por sus palabras sin comprenderlo.

—Pero yo soy una castellana arrogante, temeraria y llena de defectos, no lo suficientemente hermosa como para provocar la lascivia en un hombre, así que, ¿de qué habláis?»

Albert comprobó la mordacidad de la boca de ella. Algún día le haría retirar sus palabras sobre lo no suficientemente hermosa... ¡Si con solo contemplarla le temblaban las rodillas!

—Mostráis una actitud excesivamente ligera en mi presencia.

Candy terminó de cerrarse el vestido, se calzó las botas y se volvió.

—Ya habéis dejado claro que nada de lo que yo haga puede incitaros, así que... ahorraos el sermón, laird. Hace un día demasiado hermoso y yo me siento demasiado contenta —Candy no le permitió una respuesta, atravesó la alcoba rápidamente y salió por la puerta soltando un montón de alegría a cada paso.

CONTINUARA