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Capítulo 14
Salmón
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«¿Qué importa la sordera del oído cuando la mente escucha? La sordera única y verdadera, la sordera incurable, es la de la mente.»
— Víctor Hugo
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.El camino hacia la casa de los Kageyama se ve envuelto por un silencio cómodo que después se transforma en uno lleno de ansiedad y nerviosismo. Comienza a dolerle el estómago, porque puede contar con los dedos de sus manos las experiencias traumáticas en su vida y ninguna de ellas se compara a lo que se encamina. Sólo se había enfrentado a un Kageyama a la vez, no puede creer que esta vez será a dos.
Su teléfono suena con la respuesta de Kageyama a su mensaje anterior, a su «saldré un rato, iré después, no te preocupes». Puede imaginarse el ceño fruncido en el rostro del de ojos azules al escribir «¿cómo quieres que no me preocupe, idiota?» sin interrogar más. Shoyo supone que es confianza lo que le brinda y eso le impulsa un poco para continuar.
Sigue los pasos del padre de Kageyama y le estudia mientras caminan. Su figura se ve tensa, su postura al andar es un poco rígida; tal vez también está nervioso, supone.
Al llegar, le saluda la misma vista. Los mismos objetos, siempre en el mismo lugar, acumulando capas de polvo que nadie se molesta en quitar. A pesar de que está llena de muebles, a pesar de que en algunos de ellos y en los muros hay fotografías, la casa es fría. No es más que eso, un lugar en el que se puede estar, no hay nada que grite que es un hogar.
La mujer, Kageyama-san, se acerca hacia ellos y les recibe. Sus ojos se llenan de asombro al ver que su marido está ahí. El hombre se quita el sombrero y le saluda. Shoyo aparta la mirada, no quiere inmiscuirse en un momento tan privado y en el que él no debe ser partícipe.
Mientras revisa una fotografía de un Kageyama Tobio sonriendo, feliz, ella interrumpe sus pensamientos sobre momentos perdidos invitándole a pasar a la misma cocina que visitó hace unos días, tomando asiento en el mismo lugar. Pone la tetera, con movimientos mecánicos y toma asiento junto a su marido, mientras él le explica de forma delicada y pausada lo que conversó momentos antes con Shoyo.
La mirada de ella cambia, Shoyo nota, cuando su esposo habla. Un poco de brillo es devuelto a su mirada y sus labios muestran un bosquejo de sonrisa genuina.
La tetera suena y ella se levanta, su falda cruje apenas con el movimiento y prepara té en tres pequeñas tazas de porcelana china. A Shoyo, entonces, le asalta un recuerdo sobre un juego de porcelana de su madre, la cual dejó de ocupar para ocasiones especiales y empezó a usarla diario desde que Kageyama empezó a visitarla todos los días.
«El hecho de que vengas aquí ya lo hace un día especial, Tobio-kun».
Shoyo se sobresalta cuando ella coloca la taza de té frente a él. Da las gracias y gira la taza, calientita, entre sus manos. Sus ojos se mantienen fijos en el líquido de color verde mientras, con la mirada de ambos Kageyama sobre él, rememora en voz alta lo que el propio Shoyo tuvo que pasar. Deja unas cosas para sí, como las citas que tuvieron —que Kuroo-san se empecina en aseverar que no podían llamarle cita a tener partidos cortos de vóley o correr hasta que uno de los dos se cansara para después ir a comer— y las cosas que les preocupaban.
Confiesa las veces que se quejó con Kenma, aquellas en las que Tsukishima se burlaba de él diciéndole el rey ignora al otro rey. Son esas ocasiones en las que Kageyama recién había tenido su accidente y nadie sabía algo; aquellas en las que pensaba que era su culpa, pues sentía que Kageyama se desesperaba cada vez más con él al punto de decidir que era mejor ignorarle por completo. Ríe y el sonido se le antoja amargo —lo que le hace acordarse de Kuroo otra vez—, le oprime la garganta. Les hace recordar las veces en las que fue a buscarle después del accidente —del cual seguía sin conocer— y que, cada vez que iba a visitarle, le recibía una negativa por parte de la madre de Kageyama.
Ella se encoge en su lugar y evita la mirada preocupada e interrogante de su marido, pero a Shoyo ya no le importa eso, quiere sacar de su interior todo aquello, no le importa cuáles serán las consecuencias de lo que suceda entre los adultos frente a él. ¿Cómo puede importarle cuando quien más sufre es su hijo y no pueden hacer algo por remediarlo?
Habla de su eterna insistencia —que Kageyama llama terquedad— por verle y la forma en la que buscó sin parar la copia de la llave para poder escabullirse en la casa cuando la mujer recién se había marchado a algún lado. Recuerda lo gracioso que le pareció, el querer ingresar cuando por mucho tiempo sólo quería escapar de aquella casa. Su garganta se oprime un poco al rememorar la ansiedad extendiéndose por su cuerpo, el querer ver a Kageyama, el no saber qué era lo que realmente pasaba.
Recuerda entrar a la habitación de Kageyama, encontrándose con su figura dándole la espalda. El alivio le invadió de manera instantánea al ver que se encontraba bien. Una lágrima se escapa ahora cuando sus palabras, con un tinte de burla, salen de su boca por segunda vez.
Kageyama-kun, ¿por qué no te quitas los audífonos?
No obtuvo respuesta, Kageyama seguía imperturbable.
¿Por qué no has ido a la universidad? —preguntó de repente—. Y no sólo eso, has estado muy extraño últimamente. Kuroo-san me contó unas cosas. ¿Hay algo que quieras decirme?
Las palabras habían sido insistentes. Tal vez, se dice ahora, lo eran porque albergaba el temor de que el otro volviera a alejarse, de que pensara que no era merecedor ni siquiera de una amistad. No obtuvo reacción hasta que le quitó los audífonos —con la música en alto, tal y como Shoyo los usaba antes de que Kageyama le reprendiera por ello—: Kageyama se volteó hacia él y notó los ojos sorprendidos y cansados, el rostro pálido, las manchas oscuras bajo su mirada azulina. Sin embargo, no repite lo que se gritaron, no menciona nada sobre los golpes que intercambiaron, pero confiesa sobre la caligrafía desordenada sobre el papel, el «no puedo escucharte. Me he quedado sordo» seguido de «será mejor que te vayas» y «deja de estar ahí como idiota y vete».
Está de más decir que Shoyo no se fue y que tomó con fuerza la mano de Kageyama hasta abrazarle por completo. No expresa el intento de Kageyama por alejarse y la terquedad —y audacia— de Shoyo por impedírselo. Se guarda la sensación de las lágrimas en su cuello, de los dedos aferrándose a su ropa, la emoción presente en los gritos que el otro daba y ya no podía escuchar, gritos que aún escucha en su memoria y serán imposibles de borrar.
La sonrisa regresa al rostro de Shoyo por unos instantes y da un sorbo a su taza de té.
Kageyama fue obstinado —lo sigue siendo para algunas cosas—, pero ni ello bastó para que superara aquello. Las palabras de algunos profesores no sirvieron más que para desanimarle y hacerle sentir como si fuera una carga, como si ser diferente fuera algo malo. No hubo muestras de empatía ni un ápice de consideración, no se molestaron con hacerle las cosas un poco fáciles o mostrar algo de camaradería. Permanecer inscrito en el programa de Medicina se volvía cada día más complicado.
Kuroo y Kageyama se conocían desde antes gracias a Shoyo, quien había empezado a trabajar en Sakanoshita el año anterior a ingresar a su primer año en la universidad. Apenas si habían cruzado algunas palabras cuando Shoyo y Kageyama le encontraban en algún punto de la ciudad, pero conversaron más después de una tarde, en la que Kageyama —después de discutir con uno de los profesores, quien le había dicho que escuchar era indispensable para su carrera—, le preguntó por escrito por qué estudiaba Arte. Kuroo sonrió, sin burla ni segundas intenciones —como solían decirle a menudo—; lo hizo sabiendo que Kageyama quería honestidad, así que, cuando los kanji y kana nítidos formaron «puedes adaptarte a cualquier cosa y puedes crear cualquier cosa» como respuesta, Shoyo fue testigo de la lucha del de ojos azules por contener sus emociones.
Fue en ese momento que decidió que abandonaría Medicina, cuando su cuerpo comenzó a temblar con cada pregunta que hacía y respuesta que recibía por parte de Kuroo: el programa para aprender lengua de señas que se impartía una vez por semestre en la universidad, el que algunos maestros conocían algunas señas, el que uno fuera sordo —incluso usaba aparatos auditivos— fueron algunos de los motivos que le ayudaron a seguir adelante.
También menciona a su senpai, Suga-san, y la disposición que tuvo para conversar con Kageyama y así ayudarle a seguir adelante. Los rostros de los padres de Kageyama se muestran inexpresivos, pero la forma en la que mueven sus dedos y se remueven un poco en sus asientos son indicadores suficientes de que están dándole la atención que se merece, que en realidad están escuchando sus palabras y pronto decidirán qué hacer con ellas. Hay tanto que Shoyo expresa y muchas cosas más que mantiene en secreto, cosas que no le corresponde a él revelar, como la sinestesia de Kuroo y el mensaje de que ser diferente era bueno; todas las dificultades que han tenido que atravesar, lo difícil que fue al principio de todo.
Sin embargo, con una nueva resolución en mente, decide hacer su petición.
—Tal vez, si ven lo que puede hacer, entiendan por qué quiso empezar otra vez.
El padre de Kageyama toma las manos de su esposa entre las suyas, da un apretón y no le deja ir incluso cuando ella no puede dejar de llorar, palabras inconclusas que intentan formar disculpas abandonan su boca. A Shoyo no le gusta ver llorar a una mujer, no importa quién sea, pues siempre le recuerdan a su madre, a todas aquellas ocasiones en las que era tan difícil criarlos a él y a su hermana que ella se escondía para que no la vieran llorar.
Shoyo saca de su bolsillo un pañuelo —costumbre que adoptó después de varios incidentes— y lo tiende hacia la madre de Kageyama. Ella lo agarra, de sus labios sale un agradecimiento mezclado con sus lágrimas. Shoyo no responde.
El té se queda frío y olvidado.
Lo primero que hace Tobio, tras despertar hasta muy tarde, es notar que su teléfono tiene un mensaje. Ve la lucecilla parpadeante color verde, una notificación de LINE. Cuando enciende la pantalla del teléfono se sorprende al notar la hora y que el mensaje es de Hinata, en el que le menciona que saldrá por un rato, irá a verle después y que no se preocupe. Envía su respuesta, con un típico insulto, y un sticker para indicarle que no habla tan en serio.
Piensa que ya es demasiado tarde para que Kuroo se queje si decide limpiar el apartamento con la aspiradora, pero cuando abandona su habitación nota que todo está limpio. No es que Kuroo no limpie a menudo, o que sea Tobio quien deba porque le gusta hacerlo —suele levantarse a las 7 de la mañana y, antes de hacer cualquier cosa, se pone a aspirar el departamento, cosa por la que Kuroo se ha burlado de él—, sino que está más limpio que de costumbre. Hay algunas cosas que han cambiado de lugar y otras tantas que Tobio jura no haber visto con anterioridad.
Se dirige hacia la cocina, pero se petrifica en el momento en el que la mirada de un Kuroo adulto se queda fija en él. El hombre le sonríe por un par de segundos antes de girarse otra vez hacia su hijo, quien está de pie y observando la situación. Algo dice el hombre, porque Kuroo, su senpai, cambia su semblante y asiente.
Tobio está nervioso, sabe que hablan de él y siente como si estuviera a punto de emitirse un juicio en su contra. Se siente igual de nervioso que cuando está en presencia de la madre de Hinata y ella le regala una de esas sonrisas, un gesto que le indica que sabe demasiado y le hará hablar pronto. Aunque, cuando está de nueva cuenta frente a él, la sonrisa en el rostro del padre de Kuroo es diferente —más tranquila y reconfortante de lo que creyó al principio— no es una que pueda corresponder sin más. La mano del hombre se extiende y entrega a Tobio una tarjeta con su información de contacto y otro trozo de papel.
Con una duda que no se creía capaz de sentir, Tobio toma ambos papeles y lee el contenido de cada uno de ellos. Más tarde guardará los datos de la tarjeta en su teléfono, está seguro, pero es el fragmento de hoja el que le sorprende más.
«Estoy al tanto de tu situación.
Siéntete como en casa y no dudes en pedirme cualquier cosa que necesites.
Gracias por cuidar de Tetsuro.»
Los ojos azules de Tobio reflejan sorpresa y, al fondo, ve a Kuroo reír. Se pregunta cuál es la expresión en su rostro, en qué se ha transformado para causar tal reacción.
Kuroo hace amago de acompañar a su padre, pero éste le detiene con un movimiento de su mano. Dice algo y Tobio frunce el ceño, tratando de concentrarse, porque no puede leer bien sus labios, aunque no importa mucho, pues Kuroo-san se retira —no sin antes hacer una pequeña reverencia a modo de despedida—.
—Llegó desde temprano —Kuroo mueve sus manos mientras ve la espalda de su padre alejarse—. No quisimos despertarte.
Tobio comprende, asiente.
—¿Y la exposición? —Tobio pregunta porque no quiere seguir pensando en la tarjeta y el trozo de papel que pesan, como una piedra, en su bolsillo. Quiere cambiar rápido de tema y alejar de su mente esa amabilidad que no está acostumbrado a recibir.
Kuroo no menciona nada sobre el cambio de tema y, como reacción, hace una mueca y Tobio sonríe. Sabe del nerviosismo del otro, pues con cada día que pasa se hace más notorio. Así como es una oportunidad para muchos —como para el mismo Tobio, según las palabras de Oikawa al saber que la exposición era bajo la supervisión de Washijo— es un examen para otros y, para Kuroo, se trata de éste último. La decisión la había tomado hacía dos años y de esta exposición dependía su ingreso al posgrado.
—Washijo quiere todos los dibujos para mañana —suspira.
—Yo ya entregué los míos —confiesa y Kuroo alza una ceja—, hace tres días me dijo que no me daría ni un día más.
—¿Oya? Puedo imaginarme su expresión, da mucho miedo, ¿cierto?
Tobio confirma a la vez que recuerda a su profesor y la forma en la que sus ojos fríos parecen clavarle en su lugar. Un escalofrío recorre su cuerpo y niega con la cabeza para alejar esa imagen.
—Es en dos días, ¿lo tendrás listo para mañana?
La expresión en el rostro de Kuroo se suaviza más de lo normal. Aunque Tobio no lo remarca en voz alta, ha sido testigo en distintas ocasiones de cómo esa máscara que su senpai usa va desapareciendo poco a poco.
—Sí —responde y parece ser el mismo Kuroo de siempre—. Solo quiero que el color se vea mejor, así que le daré un último toque.
Kuroo comienza a poner la comida caliente frente a él, con sumo cuidado, para no tirarlo y no quemarse. La macarela se ve deliciosa, el arroz apetitoso. Agradece por la comida y da un primer bocado; un sonido —del cual se da cuenta por la pequeña vibración en su garganta— escapa de su boca.
Tobio está a punto de decir cuán delicioso sabe todo, pero Kuroo le interrumpe dando un par de toquecitos en la mesa, es un movimiento que Tobio no esperaba, pero que ya está acostumbrado a buscar y sentir. Levanta la mirada para encontrarse con la misma expresión que Kuroo tenía cuando le habló de su sinestesia y, con las manos posicionadas a la altura de su pecho, comienza a hacer señas precisas y claras mientras sonríe.
Tetsuro está bien.
Kuroo, no; Tetsuro baja las manos y le da un apretón en el hombro para después abandonar la cocina.
La calidez del gesto se extiende por todo el cuerpo y, de forma súbita, la comida enfrente de Tobio sabe mucho mejor que antes.
Al abandonar la casa de los Kageyama, Shoyo siente que ha dado un gran paso a la vez que, entre más se aleja, la incomodidad que le acompaña se aleja de forma gradual. Piensa en cómo ambos Kageyama se quedaron, en un momento privado en el que trataban de asimilar todo lo que les había dicho; tan ensimismados estaban que no le escucharon —tal vez no vieron oportuno el responder— cuando mencionó que se iba.
Un escalofrío recorre su cuerpo al recordar el par de ojos azules de su Kageyama, cree que es muy probable que se moleste en cuanto se entere de lo que Shoyo ha hecho, pero ya lidiará con eso si llega a suceder. Empieza a caminar más rápido y termina por correr. Quiere ver a Kageyama lo más pronto posible.
En poco tiempo llega al apartamento de Kuroo. Le falta el aliento y, aunque toma bocanadas de aire, no pierde mucho tiempo en tocar el timbre varias veces. ¿Por qué Kuroo-san no se apresura a abrir? Kageyama no tiene idea de lo que sucede mientras él está ahí afuera, eso lo sabe muy bien; recuerda a Kuroo mencionando algo sobre una luz conectada al timbre de la puerta, para que Kageyama sepa cuando alguien llama y, si así lo desea, él pueda ir a revisar de quién se trata.
La puerta se abre frente a él. Shoyo se apresura en quitarse los zapatos, en dar un saludo escueto y casi corre hacia la sala. Ignora lo que Kuroo dice, no tiene tiempo para ello.
En la sala, le recibe un sonido estruendoso, una risa horrible a la vez que un fantasma se apresura hacia él. No puede contener el grito que sale de su boca, trata de huir solo para tropezarse y estampar su rostro contra el suelo. Kuroo llega junto a él, riéndose a carcajadas mientras intenta ayudarle a levantarse. Después de dos intentos fallidos, Shoyo suelta la mano de Kuroo y se levanta por propia cuenta, si seguía así, lo único que lograrían era que Kuroo se le uniera en el piso pues no puede dejar de reír.
El sonido del disparador de la cámara, seguido de un grito de agonía le indican que es seguro voltear a ver. El personaje de Kageyama corre —si es que a eso se le puede llamar correr— entre las calles de la aldea, en busca de ítems.
—¿Por qué deben seguir con ese juego? —se queja en voz alta—. ¿No pueden poner otro? —reclama a la vez que enciende la luz.
A Kageyama le sorprende la luz y se gira para encontrarse con una mueca extraña en el rostro de Hinata. Permanece en silencio unos cuantos segundos antes de comprender la situación.
—Es un buen juego porque no necesito escucharlo —replica—. Además, Kozume-san se llevó los otros y Tetsuro-san dijo que este estaría bien.
Ese detalle no pasa desapercibido para Shoyo, quien olvida por completo lo del juego para centrarse en cosas más importantes, como ese cambio de nombre.
—¿Tetsuro-san? —pregunta aún con duda y Kageyama, al comprender lo que ha dicho, regresa su atención hacia el juego e ignora por completo a Shoyo.
Ve a Kuroo, quien ha dejado de reír y ahora se dirige en silencio hacia el sillón en el que ha dejado sus cosas —unos cuantos papeles y múltiples lápices— para continuar lo que sea que estuviera dibujando. Shoyo no pierde más tiempo y, determinado, se pone frente a Kageyama.
—Hey, Kageyama-san, ¿por qué le dices Tetsuro-san? ¿Por qué te llama Tetsuro-san?
Shoyo pregunta en voz alta y con señas, pero Kageyama finge no entenderle a la vez que encuentra otro fantasma; Kuroo se encoge de hombros mientras vuelve a pasar el lápiz rojo por el papel una última vez.
