Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES + 18.
Recomiendo: Bleed Out – Isak Danielson
Capítulo beteado por Melina Aragón: Beta del grupo Élite Fanfiction.
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Capítulo 13:
Lo que dice el destino
"He estado solo por un tiempo
Pero solo contigo en mi mente
(…) Sabes que lo intenté, pero tengo mucho frío por dentro
Sangra conmigo esta vez
Me ha dolido demasiado poder encontrar a alguien con quien hacerlo bien
Aprendí mucho, pero lo perdí todo
Y cuando estoy atrapado contigo me caigo
(…) Desde que me dijiste lo que sentías
No puedo pensar en nadie más
(…) Sangra conmigo esta vez hasta que nos desangremos…"
Bella no sabía qué decirle, estaba en blanco.
—¿Puedo pasar? —preguntó ella.
—Claro —afirmó Bella, abriéndole la puerta.
Estar de frente en esta oportunidad no le ayudó a ninguna. Bella sabía que detrás de la puerta estaba Edward en la cama, lo que iba a generar algún comportamiento de su parte. Tanya, por su lado, imaginaba también que él estaba aquí, era obvio al verla tan sonrojada y con esa bata en donde no había más que desnudez. La envidió tanto, tanto que quería desearle que Jacob viniera pronto y se la llevara lejos, quizá así dejaría de interponerse en lo que ella desde un principio le confió.
—¿Estabas durmiendo?
Bella cerró y se cruzó de brazos.
—Sí, la verdad es que sí.
—Con él.
Isabella se irritó bastante, incluso sobrepasando su grado de sorpresa al darse cuenta de que ella lo sabía. No había tenido tiempo de contárselo. ¿Por qué le hablaba como si se tratara de una traición de su parte? ¿Por qué se lo decía como si ellos alguna vez pudieran tener una oportunidad?
—Creí que éramos amigas —afirmó, levantando la barbilla con furia.
—Claro, eso pensé hasta que te vi actuar de la manera en la que lo haces.
Bella estaba incómoda. Entre las náuseas y el enojo con ella, sumado al dolor de discutir, todo era un remolino de sensaciones desagradables.
—¿Perdón? ¡¿Cómo quieres que me comporte?! —espetó la rubia, dando un pie hacia adelante—. ¡Yo te dije que quería a Edward! ¡Tú lo sabías y te has puesto a cogértelo como una loca!
—Ten cuidado ante la manera en la que me hablas, Tanya Denali —susurró Bella—. Está bien, sé que querías una oportunidad, pero lo que ocurre entre Edward y yo es diferente a lo que tú necesitabas de él.
—¿Qué? ¿Vas a decirme que tú, la fría de mierda a la que le gusta encontrarse con los hombres para destrozarles el corazón, siente algo por Edward? —Ella se rio—. No me hagas reír.
Bella tragó, sin poder creer lo que su mejor amiga pensaba de su persona.
—No imaginé que pensabas esas cosas de mí —respondió, muy dolida.
Ahora que tenía el escudo destruido, sus palabras pesaban mucho.
—Siempre interponiéndote en las cosas que quiero. ¡Tú sabías que me gustaba Edward! ¡Me traicionaste! —espetó Tanya, muy enojada—. ¿Ahora vienes a fingir que lo quieres?
—¡Yo no tengo nada que fingir! ¡Lo quiero y es mi novio! —le gritó, encolerizada—. Y pon un dedo encima de mi hombre y te juro que conocerás realmente quién es Isabella Swan. —Se paró frente a ella—. Voy a defender mi relación, porque me tomó años encontrar a un hombre que me respetara y me quisiera de verdad, lo sabes bien.
—¿Incluso si eso significa destruir una amistad?
Bella sonrió con pesar.
—Eso lo hiciste en el momento en que te plantaste delante de mí. No juegues conmigo, Tanya, tú sabes de lo que soy capaz por las personas que quiero.
Tanya apretó las manos, dispuesta a ir tras ella. ¡Odiaba que destruyeran sus planes!
—Siempre tú —gruñó—, ¡siempre tú! Claro, cuando algo pasaba, siempre era Isabella Swan la primera. La morena de la que todos hablaban, la gran profesional que siempre era un éxito, a la que los hombres buscaban y miraban. ¿Por qué tuviste que recurrir inmediatamente al hombre que a mí me gustaba? ¿Por qué no son como tu padre y te aborrecen como mereces? ¿Eh?
Bella sintió que se le ponían los ojos llorosos.
¿De verdad había dicho eso?
—¿Qué haces aquí? —espetó una voz masculina y muy grave.
Tanya cambió de expresión al verlo, intimidándose.
—¿Qué has dicho? —preguntó, caminando con el pecho desnudo hacia ella.
Estaba encabronado. ¿Cómo se había atrevido a decirle algo así a la mujer que amaba?
—Tú y yo…
—Nada —vociferó, muy molesto—. Has pasado acosándome días ¿y esperas que te reciba con los brazos abierto mientras insultas a mi novia?
Tanya tragó el veneno que tenía en la saliva.
—Yo quería…
—Tú no querías nada, lo único que tienes es envidia, yo no voy a darte alas ahora ni nunca. ¿Tengo que repetírtelo? Tengo novia, la tienes en frente, y voy a respetarla porque la quiero y no soy la clase de imbécil que busca encuentros esporádicos con mujeres aprovechadoras y desagradables como tú —aclaró Edward, interponiéndose entre ella y Bella, que estaba comenzando a sentirse muy mal otra vez—. Ahora lárgate y no vuelvas a dañarla más, porque yo sí soy peligroso cuando tocan a la mujer que más me importa en este mundo. Y sorpresa, nunca serás tú, sino Bella, ¿me entendiste? —Sus palabras salían arrastradas de su boca, siseando con la furia en la garganta.
Tanya apretó su bolso y los miró a los dos, sabiendo que había perdido la oportunidad de hacer las cosas de la manera legal.
Nadie iba a interponerse en sus ambiciosos planes, no cuando le había costado tanto poder alcanzar la manera de enredarse con él.
—Te has equivocado si crees que voy a renunciar a Edward por tus caprichos —soltó Bella, tomando la mano de él mientras la miraba. Le abrió la puerta, esperando que se fuera—. Tú sabes que voy a defenderlo de ti y de cualquier maldita persona que busque hacerle daño.
—Y tú te has equivocado si crees que vas a salirte con la tuya —susurró—. Bella ni siquiera sabe cómo eres tú en realidad, jugadorcito de mierda.
Cuando Tanya salió, el mismo Edward se encargó de cerrarle la puerta en las fauces. Al momento de quedarse los dos a solas, Bella sintió un fuerte mareo que la hizo tambalear, sin saber si había sido producto de lo que había pasado o de algo que ella no conocía ni tenía explicación, no ahora.
—Hey, cariño, ¿estás bien? —preguntó él, abrazándola.
Bella cerró sus ojos al sentir su olor y se sintió reconfortada mientras pasaba el mareo y la náusea.
—Sí, estoy bien mientras esté contigo —susurró.
Él le besó la frente y hundió su nariz en sus cabellos.
—Siempre —le recordó—, siempre estaré aquí.
Bella suspiró y se acomodó mejor, sin saber cómo seguir sintiéndose respecto a la bomba que había soltado Tanya.
—Necesito tomar un poco de agua —murmuró.
—Yo te lo traeré. Siéntate.
Asintió y se acomodó en el sofá, mirando hacia el frente. Le dolía horrores lo que había pasado con Tanya, ella era su mejor amiga, la mujer que siempre le recordaba que estaría para acompañarla. Se conocían hacía más de siete años, siete años que había enviado por la borda por lo que Bella sentía. Recordar las cosas crueles que había escuchado salir de su boca solo hacía que sus ojos escocieran más. Para Bella la amistad era la mejor manera de apoyarse y de crecer como ser humano, le costaba creer que Tanya nunca lo pensó así.
Entonces sintió la náusea volviéndole y por un segundo sintió mucho más miedo. Era médico, claro que sabía las posibilidades. Sabía que su enfermedad podía regresar y…
—Ten —susurró él, agachándose para mirarla mejor.
Ella lo recibió y Edward pudo ver que en su mirada había un dejo de preocupación añadida a lo que ocurría con Tanya.
—¿Qué pasa, cariño? ¿Hay algo que te inquiete?
Respiró hondo. No quería preocuparlo.
—No, nada, descuida. —Le sonrió.
Edward no se lo creyó, pero prefirió no insistir, así que se sentó a su lado y le besó el hombro con cuidado. Ella dejó ir el aire y cerró sus ojos.
—Lo que esa mujer dijo sobre mí…
—No, Edward, no voy a pensar mal de ti, sé que quiere destruirnos.
Le acarició la mejilla con el dorso de sus dedos.
—¿Entonces por qué tienes esa expresión, cariño?
Ella sonrió.
—Por nada, solo… hay cosas que me cuesta escuchar cuando viene de personas que me importan.
La abrazó y se quedó con ella, sabiendo que algo seguía ahí en su mente, y no era precisamente Tanya.
.
Golpeaba el bolígrafo contra la hoja, mirando hacia el frente. Cuando Alice llegó a la oficina, no tardó en acercarse de manera sigilosa.
—Ya tengo todo para realizarte los exámenes. ¿Vas a decirme qué ocurre? —inquirió, muy asustada.
Bella respiró hondo y se aseguró de que estuviera la puerta cerrada.
—Creo que estoy enferma —susurró.
A Alice se le bajaron los hombros y sus ojos se tornaron tristes.
Bella le contó sus sospechas, desde la más inofensiva a la más aterradora. Por un momento se sintió imposibilitada de seguir, pero Alice no se separó ningún momento de ella.
—Debe ser lo otro, Bella…
—¿Y si no? —Su voz tembló.
—No lo sé —susurró—. Pero debes pensar positivo.
Ella inhaló y pensó en cómo podía estarle pasando esto cuando, desde el fondo de su corazón, se sentía más feliz. Sintió tanta rabia con el destino.
—Hazme el examen, por favor.
Alice asintió y le preparó la piel para sacarle la cantidad de sangre necesaria de la vena. Mientras aquello ocurría, Bella miraba hacia el horizonte, deseando que no fuera lo que tanto temía. Una vez le comentaron que aquello podía ocurrir, no con seguridad, pero que había una ínfima posibilidad de que esa enfermedad volviera. Solo… no quería hacer sufrir a Edward, la idea la rompía en pedazos.
Cuando su amiga metió la aguja en su vena y extrajo la cantidad, la doctora se largó a llorar, deseando poder estar con él, pero lo que menos quería era preocuparlo. Alice la miraba con la barbilla temblándole y finalmente depositó la sangre en el tubo.
—Los resultados demorarán…
—Eso lo sé —susurró—, lo sé y me aterra.
Alice le dio un abrazo.
—Bella…
—Mantén el secreto, ¿sí? Por favor.
Su amiga asintió.
Cuando ella se fue, Bella solo se dedicó a respirar hondo, intentando mantener la calma. Enfrentar estas cosas nuevamente, más adulta y más consciente, la ponían tan mal que quería quedarse en su cama, o recurrir a mamá… o a Edward.
De verdad, no quería hacerlo sufrir.
.
Edward comprendía que, de alguna u otra forma, estar ahí podía significar muchos designios en su vida, como que Bella lo enviara al carajo o que, definitivamente, él mismo lo hiciera.
—Edward —dijo Charlie, frunciendo el ceño—. ¿Qué haces aquí?
—Venía a hablar contigo.
—Bella, ¿no?
—Ya lo sabes —musitó.
Asintió.
—Te escuché en las duchas hace varios días atrás. Pasa.
Dio un paso al frente, corrompido por todo lo que tenía que decirle.
Charlie vivía solo en un loft moderno londinense hacía ya varios años. Con el pasar del tiempo, se había alejado de lo que significaba el lujo, como si eso le recordara la familia que perdió. Cuando Edward pasó cerca de la sala, justo en el sofá se veía un sujetador rojo sobre él. El jugador quiso hacerse el desentendido, pero Charlie parecía nervioso y lo guardó rápidamente en su habitación.
—Quería hablar contigo —susurró—. ¿Es buen momento?
El entrenador asintió y se sentó, para luego apuntarle a la silla del frente.
—Te escucho.
Suspiró.
—Creí que ibas a golpearme al saber que ella y yo…
—No, no lo haría jamás, aunque ganas no me faltaron, sigue siendo mi hija y soy un hombre muy celoso. —Sonrió de manera queda—. Pero sé bien que ella ha sufrido en silencio, por mí culpa, por sucesos… ¿Qué clase de hombre sería si me tomara la atribución de quitarle la felicidad o de exigirle que se aleje de ti? No podría, Edward, es… inconcebible. A pesar de todo, sé la clase de hombre que eres, uno mejor que yo, uno que lucha por ganarse el corazón de la mujer que ama.
Edward tensó la mandíbula al recordar lo que ella le contó aquel día, cómo su propio padre la había dejado a la deriva cuando enfrentaba aquella enfermedad. No podía imaginarse que Carlisle abandonara de esa manera a Esme mientras enfrentaba la enfermedad de Bree, para él era casi irrisorio… grotesco.
—La dejaste —musitó, mirándolo a los ojos—. Dejaste a la mujer que amo sola cuando era una pequeña y a su madre… ¿Te das cuenta de eso?
El labio inferior de él tembló y tan pronto como respiró, las lágrimas fueron fáciles.
—No tienes idea de cuánto me arrepiento de todo lo que ocurrió, Edward, de cómo me dejé llevar por lo que significaba ser yo…
—Charlie era tu hija, ¡enfrentaba una leucemia! ¡No es una simple mierda!
—Lo sé, lo sé —sollozó. Se pasó las manos por la cabeza, sin saber de qué manera enfrentar los recuerdos—. Pero créeme que lo intenté.
—¿Qué intentaste, Charlie? ¿De verdad lo hiciste?
—Sé que nada cambiará lo que hice, pero luché cuanto pude con todo lo que significaba ser yo.
Edward mantuvo el ceño fruncido.
—¿De qué hablas?
—Puede que no me creas pero he vivido con esta mierda por años.
—Sé franco, Charlie.
Él siguió contemplándolo, dispuesto a continuar. Iba a ser una larga charla.
—Tú sabes lo difícil que es estar en este mundo. Todo puede ir en tu contra, todos pueden ir en contra de tu familia.
Tragó de manera audible.
—Mi esposa y mi hija son lo que más amo, Edward…
—Pero…
—¡Tuve que hacerlo! ¡Tuve que alejarlas! —gritó.
Edward se quedó perplejo ante su forma de reaccionar. Charlie siempre era un tipo calmado y no dado a las emociones precipitadas.
—Todo comenzó finalizando la copa de Inglaterra, fue una odisea, marqué la goleada de mi vida, con tres en el campo. Debes recordarlo, lo viste por televisión. —El jugador sonrió con nostalgia—. Supuse que sería el comienzo de lo mejor. Firmé contratos por doquier, fui rostro de tantas marcas, de tanta mierda… —Apretó los labios—. Estaba profundamente enamorado de mi esposa y de mi hija. Bella acababa de cumplir los cinco, era una nena hermosa, tanto como lo es ahora, sana, feliz… —Charlie se rompió en pedazos, pero continuó—. Quería lo mejor para ellas, de verdad, pero mi representante era un vejete de mierda, turbio como ninguno, que usó mi identificación para concretar negocios para lavado de dinero. No tenía idea del asunto hasta que las personas incorrectas llegaron a esa información.
Edward no tardó en darse cuenta de lo que él le estaba contando.
—Fueron los medios bajos, ¿no es así?
Charlie asintió con los ojos aún llorosos.
—Me chantajearon cinco años, Edward, pero lo peor ocurrió cuando consumieron mi vida, el primer año, inventando los rumores que corrían por doquier. Renée creía que tenían razón, desde las infidelidades, las fiestas, hasta los hijos repartidos por todos lados.
—¿Por qué no fuiste claro al respecto?
—El tipo que me chantajeaba era un importante director de un medio inescrupuloso de Estados Unidos. Si desestimaba los rumores, iba a publicar lo que sabía respecto al lavado de dinero. —Charlie suspiró, mirando hacia el horizonte de su loft—. Iba a irse a pique mi carrera, pero no me importó, iba a preparar una rueda de prensa para gritarlo todo… hasta que…
Charlie rompió en llanto y Edward tragó.
—Hasta que Bella fue diagnosticada.
El rostro del jugador pasó por diferentes emociones.
—El tratamiento era tan costoso y el pronóstico tan fatídico sin el dinero correcto, que… seguí con ello, acepté todo con tal de no perder lo que tenía, sin pensar que con eso mi propia hija iba a odiarme. Dejé a Renée sola con Bella, pero cada día que estaba lejos para poder blanquearme, buscando abogados, juntando el dinero, aceptando los chantajes… sentía que mi vida perdía sentido. Cada noche lloraba pensando en ellas, estando lejos, sabiendo que estaban escuchando los rumores de cómo me pasaba en fiestas con diferentes mujeres. Los medios son una mierda, buscaron la forma de destruirme aún cuando aceptaba los chantajes de parte de aquellos directores. Nunca pensé que iba a perder el sentido de todo haciendo lo que más amaba.
Edward se pasaba la mano por el cabello, inquieto, sin saber qué decirle.
—Pero… ¿por qué no le dijiste a Renée? ¡Sabías que iba a dañarse aún más sin ti…!
—¡Porque creí que todo lo que iba a saber la iba a matar! ¡Nuestra hija se estaba muriendo, joder! ¿Te das cuenta de eso? ¡Bella se estaba muriendo! —Juntó sus manos, mirándolas mientras respiraba con más calma—. De haber sabido que todo ocasionaría que mi hija me odiara, pero estaría viva, lo volvería a hacer, aun cuando ya no me quiere, prefiero eso a que no esté. Los tratamientos fueron carísimos, día tras día busqué la manera de darle lo mejor, y sé que lo material nunca iba a contrarrestar cada lejanía de mi parte, pero al menos la veo convertida en lo que es, y no puedo estar más orgulloso.
Edward no sabía qué decirle, seguía pasmado. Todo se le había cambiado de sopetón, como si la realidad estuviera de cabeza.
—Charlie, debes decirle, ¡a ambas! —exclamó—. Ellas van a entenderte.
Él se levantó y miró hacia la ventana.
—¿Crees que realmente Bella va a entenderme? He pasado mucho tiempo lejos de ella, y aunque la he buscado, sé que jamás olvidará el que haya pasado aquel instante sin ella. Mi hija es una chica sensible que tuvo que hacerse de hierro por la decepción que yo le provoqué.
Edward se acercó y puso su mano en su hombro.
—Debes hacerlo, merece saberlo, no va a odiarte si entiende por todo lo que tuviste que pasar…
—¿De verdad lo crees?
El jugador tragó.
—No lo sé, pero deberías intentarlo. Es tu hija, y aunque no lo creas, sé que te necesita.
La barbilla de Charlie tembló.
—Hijo… La amas, ¿no es así?
Edward tragó mientras asentía.
—Ella no sabe la inmensidad de lo que siento, no quiero asustarla.
—Sí, lo sé. —Suspiró—. La primera vez que vi a Renée sentí que estaba ante la mujer de mi vida. Llevo años amándola como la primera vez. —Se lamió el labio inferior, como si sintiera rabia de lo que no pudo seguir disfrutando: su amor—. Hijo —repitió—, por favor, no permitas que los medios hagan lo que nos hicieron a nosotros, de verdad, no lo permitas.
—Charlie…
—Escúchame bien. Eres más famoso que yo, mucho más, ahora los medios están hambrientos, van a buscar la manera de vender y tú ya has demostrado que estás enamorado, eres blanco, Edward, no permitas que los ensucien, en especial a mi hija.
Edward comenzaba a negar.
—Y si alguna vez ella y tú tienen un hijo, por favor, nunca hagas lo que hice yo.
El jugador le apretó el hombro, permitiendo que Charlie llorara con cada sentimiento rompiéndole la calma desde la médula.
.
Desde que supo la verdad de Charlie, Edward parecía querer darle todo el amor posible a Bella, como si quisiera contrarrestar todo lo que pudo faltarle. Era imposible, eran amores diferentes, pero salía desde su interior, no podía evitarlo.
Estaba jugando en medio de la cancha, preparando lo que sería su debut en la copa en tres días más. Charlie miraba detenidamente con los brazos cruzados, mientras que los demás compañeros aguardaban en la banca.
Uno de los volantes se cruzó, pero Edward esquivó fácil, y para molestarlo simplemente le guiñó un ojo.
—Te extrañábamos aquí, hijo de puta. —Se rio Emmett, el defensa, palpándole la espalda con fuerza.
—Llegó la estrella. ¿Listo para ser opacado?
—Siempre tan imbécil —espetó Quil, gritando desde el otro extremo.
—Nada me desconcentra. Llegué con todo el poder.
Mientras volvían a jugar, Bella cruzó la zona de las bancas y se sentó para verlo en la cancha. Era la primera vez que lo hacía. Cuando Edward se dio cuenta de que su novia había llegado, dio un traspié con uno de sus compañeros, cayendo de bruces en el césped. Ella se largó a reír y se apoyó en la reja del terreno de juego, esperándolo. Cuando corrió a su encuentro, ambos se miraron con una sonrisa.
—Espero que no te hayas lesionado —lo molestó Bella.
—No importa, te tengo a ti para cualquier accidente.
—Juegas maravilloso.
Que se lo dijera ella era tan significante que la sonrisa no se la iba a quitar nadie.
Él se alejó del campo y se fue con ella, mientras Charlie miraba con una sonrisa sincera. Edward aprovechó de pasar su brazo junto a su cintura, apegándola a su compañía.
—¿Estás mejor del estómago? —preguntó, volviéndose a preocupar por lo de anoche.
Bella se había pasado vomitando.
—Sí, claro que sí, estuve fatal, pero ahora he mejorado —murmuró en respuesta, ignorando el hecho de que se sentía cada vez más débil, como si alguien le quitara las fuerzas. Eso, y sumado al dolor de cabeza, la tenía tan asustada que apenas pudo dormir, aunque lo que más quería era hacerlo.
—Bueno, confío en ti, tú eres la doctora.
Tragó, sin saber qué responder al respecto. Claro que era médico, y por la misma razón, sus sospechas eran cada vez más claras. Desde que se encontró el hematoma en la espalda, la ansiedad la consumía.
Edward le repartió suaves besos mientras la abrazaba, lo que a ella la mantuvo en vilo, casi al borde del llanto. ¿De qué manera le decía las sospechas? ¿De qué manera rompía con la ilusión que sentía su corazón y el suyo?
Iba a decirle que lo quería, pero Edward recibió una llamada. Se disculpó, apenado, y contestó de forma rápida. Bella lo miraba interactuar y una sonrisa ilusionada emergió, contemplando cómo aquel guapo jugador estaba haciéndole sentir cada vez más feliz. Estaba enamorada, mucho.
—Necesito que me acompañes a un lugar especial —le dijo luego de cortar.
Bella miró, intrigada.
—¿Adónde?
—A ver cómo Steve está tras las rejas.
.
Steve estaba sentado con las manos juntas, sudado, incómodo, y con la rabia en cada célula de su cuerpo.
Sabía quién lo había provocado.
—Hola, Steve —saludó Bella, mirándolo tras las rejas.
—Bella. —Él apretó la mandíbula mientras entrecerraba sus ojos.
—Creíste que las cosas iban a ser fáciles para ti, ¿no?
—Ni siquiera se trata de ti…
—No, se trata de gente que yo conozco, gente a la que cuidé, curé y protegí en un momento de mucho dolor. Son enfermos de cáncer, idiota —gruñó ella—. ¿Cómo pudiste?
—No me trates como si tú fueras perfecta…
—No, no soy perfecta, pero jamás haría lo que hiciste.
—Te crees invencible ahora que tienes el apoyo de ese jugadorcito de mierda. Qué bajo has caído.
Bella sonrió.
—Bajo caí contigo, que por poco haces que tus amigos abusen de mí. Pude haberte denunciado en ese entonces, incluso cuando me quitaste del hospital por usar la intimidad contra mí —espetó—. Pero no lo hice y viviste años sin castigo. Ahora lo tienes.
Steve se levantó con furia, y de no haber sido por los barrotes, Bella podría haber recibido un golpe de su parte. Edward salió de la lejanía y lo tomó desde la camisa, aprovechando que pudo meter las manos tras los huecos del calabozo.
—Hey, bastardo, ¿así que eso querías hacer? —preguntó, apretándolo con fuerza.
La policía tuvo que sacarlo de encima, porque iba a darle un puñetazo.
—No tienes los huevos para tratar con decencia a una mujer —insistió, dispuesto a acercarse a pesar de la autoridad policial—. Pero, aunque no vas a pagar lo que quisiste hacerle y lo que lograste en su trabajo, al menos tú ya no tienes el tuyo y ya no podrás volver a aprovecharte de ella, doctorcito de mierda.
Cuando lo soltó, Steve cayó hacia atrás.
—Espero te la pases mucho tiempo en máxima seguridad.
Steve se puso pálido y Bella sonrió.
—Eso dijo el fiscal, mínimo treinta años, ¿te das cuenta? No debiste hacer todo lo que hiciste, pero tienes lo que mereces. Adiós, Steve —dijo Bella, sonriéndole.
—Nunca serás feliz si sigues odiando, lo sabes bien, ¿eh?
Bella se rio.
—En realidad, no necesito perdonarte para ser feliz. Puedo vivir recordándote como el miserable que se aprovechó de mí y me quitó un trabajo que amaba. Gracias a Dios, no todos los hombres son como tú. Buen viaje a prisión.
Bella se dio la vuelta con Edward, quien le sostenía su cintura con cuidado.
Cuando salieron, ella sintió un mareo y se sujetó de él.
—¿Estás bien? —le preguntó al oído.
La doctora tragó.
—Claro que sí.
Los resultados estaban en cuatro días más. ¿Qué esperaba? No lo sabía, pero cada día estaba más segura, y le asustaba.
.
Edward dejó ir su último aliento y Bella sintió cómo sus paredes estrangulaban su miembro, sintiendo el culmen de la pasión. Sudaban y sus cabellos se pegaban entre sí, de la misma forma en la que sus fluidos lo hacían al igual que sus respiraciones. Él le gruñó al oído y le mordió el lóbulo, haciéndole sonreír mientras empinaba aún más su culo para su deleite.
—¿No vas a darme más? ¿Eh? —le jugueteó Edward, pasando su mano por sus senos, juntando su espalda a su pecho.
Ella buscó sus labios y lo besó, mientras su jugador se mantenía en su interior.
—¿Tres no es mucho para ti? —respondió riéndose.
—Nunca es suficiente. Aunque, si te soy sincero, me sentiría igual a gusto si solo me quedo abrazándote.
Bella se quejó mientras su miembro le indicaba su unión, aún chocando en sus entrañas.
Edward se acomodó a su lado y la volvió a besar.
—Te tengo algo —le hizo saber, levantándose desnudo del diván.
Ella se mordió el labio mientras lo contemplaba.
—Dime qué, estoy expectante.
Edward buscó entre sus cosas y dio con la camiseta de la suerte, aquella que llevaba cuando necesitaba ganar. Hoy sentía que ya lo había ganado todo y que ahora pertenecía a la mujer que amaba.
—Esta camiseta significa mucho para mí —susurró, entregándosela.
Bella lo miró.
—Siempre me ha dado una suerte impresionante y creo que es momento de que llegue quien significó el golpe final: tú.
Bella arqueó las cejas y se la acercó al pecho, mirando su nombre en la parte trasera junto al número.
—Llévala contigo cuando esté lejos de ti.
La doctora sintió que se le acumulaban los ojos de lágrimas.
—Te quiero tanto —susurró en respuesta a sus gestos.
Edward le acarició la mejilla.
—De verdad, te quiero tanto —aseguró, acariciándole las mejillas—. Tanto que… nunca voy a dejarte, esté donde esté.
El jugador frunció ligeramente el ceño.
—Pero yo te quiero conmigo siempre, no hables de distancia.
Ella bajó la mirada.
—¿Puedo llevarla ahora? —preguntó con una sonrisa.
Edward sonrió.
—Sí, quiero verte con ella.
Cuando Bella se la puso, su jugador se aventó hacia ella, regándole besos por todo el cuello. Ella acabó riéndose y le acarició el cabello con suavidad.
—¿Cuándo lo podremos decir? —inquirió ella, acomodando las piernas para que él pudiera meterse entre ellas.
—Cuando todo se calme, cariño —susurró—, tú y yo podremos gritarlo.
Ella tragó y él se dio cuenta de cuán nerviosa la ponía aquello.
—Tranquila, no permitiré que nada se acerque a ti.
Bella sabía que se refería a los medios.
—Eres magnífico, Edward —le recordó—, pase lo que pase, nunca lo olvides, ¿sí?
Él le besó la frente con cuidado.
—Y tú, recuerda que eres la mujer de mi vida, pase lo que pase.
Los ojos de ella se sintieron escocidos, así como creció el dolor en su corazón.
—Eres todo para mí, eres… una mujer tan inteligente, tan maravillosa. —Le besó el cuello—. Te quiero, Bella.
—Y yo a ti, mi Engreído.
—Y para que sepas que realmente lo eres todo, te haré una cena maravillosa antes de que tenga que irme a esa mierda de entrevista.
Bella se rio.
—¡Sí! Estoy hambrienta.
Edward se puso rápidamente el pantalón de pijama y se fue hacia la cocina para prepararle algo a su novia. Cuando ella quedó a solas, miró hacia el horizonte, sin saber si aprovechar ese momento para hacer lo que tenía planeado desde el comienzo del día. Pero no, no iba a darle vueltas al asunto y corrió hacia el baño con el test en las manos.
Temblaba.
Respiró hondo antes de tomar aquel pequeño test e hizo lo que la prueba ameritaba, paso por paso. Si era positivo ella… iba a gritar de emoción, porque no solo significaba que Edward y ella iban a tener un bebé, sino porque… eso significaba que no existía su mayor temor.
Tragó, realizó cada paso y esperó pacientemente a que el resultado apareciera en esa prueba. Y cuando el tiempo parecía más intenso y desesperante, Bella vio lo que decía en la pantalla.
Gimió.
Buenos días, les traigo el antepenúltimo capítulo de esta historia. Como verán, la realidad de Charlie es completamente ignorada por Bella, ella ni siquiera sospecha lo que realmente ocurrió con su padre y por qué pasaron todas esas cosas. Para muchas puede que no sea justificable todo, pero sí hay una mera certeza de esto, y es que él al menos nunca se alejó por falta de interés o amor por su familia, al contrario. El amor entre Edward y Bella está en su punto más lindo, pero la amenaza de Tanya no es en vano, ¿qué creen que podría hacer ella? Lo que sí está preocupando a Bella es su estado de salud, sus sospechas pueden ser aclaradas pronto, pero ese test, con su resultado, define si es lo que tanto teme o algo hermoso por venir. ¿Qué dicen ustedes? ¿Cuál creen que sea el resultado? ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlas
Agradezco sus comentarios, voy a dejar sus nombres en el capítulo final, una cada una, porque sé que para ustedes es importante, así como lo es también para mí, cada gracias que ustedes me dejan es infinito, no saben lo feliz que me hacen y en todo lo que afectan, sobre todo en este último tiempo en donde las malas palabras y las malas acciones están en su apogeo, de verdad, infinitas gracias a todas
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