CAPÍTULO 12
TERRY realmente gimió cuando ella se le acercó, y, por un instante, Candy tuvo remordimientos.
Pero sólo por un instante.
—¿Es que no podéis concederme ni siquiera un momento?—preguntó él mientras dejaba un cubo con agua para su caballo en el suelo.
Ella se detuvo a su lado.
—A primera vista, diría que habéis pasado demasiado tiempo solo.
Él se enderezó para mirarla a los ojos.
—¿Nunca se os ha ocurrido pensar que prefiero estar así?
—Lo que se me ocurre es que podríais no saber qué preferís, ya que dudo que hayáis pasado mucho tiempo con cualquiera que no seáis vos mismo. Si no tenéis nada con qué comparar la soledad, ¿cómo sabéis si la preferís o no?
—Nunca me han cortado el brazo, milady —dijo él mientras acariciaba el cuello de su caballo—. Pero estoy relativamente seguro de que preferiría no perderlo. Hay cosas que, simplemente, se saben.
Candy asintió, de acuerdo con él.
—Bien dicho, aunque debo confesar que me ofenden gravemente vuestras palabras, ya que comparáis mi presencia con una mutilación. No me había dado cuenta de os resultase tan molesta. Y hasta ahora, creía equivocadamente que era una persona bastante agradable.
Y entonces lo vio. Fue muy sutil realmente, un ligero toque de diversión alrededor de su boca y de sus ojos. Una nueva chispa en las gélidas profundidades de su mirada.
—¡Ajá! —dijo ella—. Así que es posible haceros sonreír.
Sus rasgos se endurecieron una vez más.
—Estoy muy lejos de estar riéndome.
Ella lo ignoró.
—¿Sabéis? Creo que es muy inteligente por vuestra parte no sonreír.
—¿Y eso por qué?
—Tan apuesto como sois, lo más seguro es que una mujer se desmayase si alguna vez le dedicarais una sonrisa.
Él puso los ojos en blanco.
—Estáis siendo ridícula.
—No, hablo completamente en serio —dijo ella, y caminó hacia él hasta que estuvieron tan cerca que realmente podía sentir el aliento de Terry sobre sus mejillas. Si se inclinase un milímetro hacia delante, se tocarían.
Su cuerpo entero se estremeció ante la proximidad del hombre, mientras recordaba con toda nitidez la sensación de aquellas manos sobre su cuerpo. El sabor de sus poderosos labios.
Casi esperaba que él se apartara pero, en cambio, permaneció absolutamente inmóvil, como si estuviese esperando algo.
Candy le sonrió mientras su corazón empezaba a latir más deprisa.
—Recuerdo una historia que me contaba mi madre de la época en que era una jovencita y vivía en la corte. Había un conde procedente del continente, y ella decía que seis de las cortesanas se desmayaron en cuanto pusieron los ojos en él. Creo que seríais igual de devastador para los sentidos de una mujer. De hecho, tenéis los dientes muy blancos, y no manchados, como tantos otros señores que he conocido. Vuestros hombros son amplios, vuestros brazos fuertes, y vuestros rasgos mucho más que simplemente agradables. Vaya, una podría decir que sois realmente apuesto. Si una se atreviera.
Con expresión estoica, él se limitó a mirarla fijamente.
—No hacéis más que halagarme.
—Estoy hablando sinceramente.
—Entonces, decidme sinceramente, ¿qué es lo que pretendéis con vuestros halagos?
—Eso es algo que ya he contestado, y lo sabéis perfectamente—Candy bajó la mirada hasta los labios, recordando lo bien que se sintió cuando estuvieron sobre los suyos. Y que se sintió todavía mejor cuando estuvieron sobre otras partes de su cuerpo.
—Milady...
Ella colocó un dedo sobre sus labios para silenciar sus palabras.
—Hay algo que me gustaría preguntaros —dijo con el corazón latiendo con fuerza en el pecho—. Sé que he sido una molestia para vos, y me disculpo por ello. Cuando algo se me mete entre ceja y ceja, no se me puede convencer fácilmente —hizo una pausa y respiró hondo para infundirse valor, dejando caer la mano desde su boca hasta el pecho—. Me gustaría que me respondierais sinceramente. ¿Me encontráis atractiva o deseable de algún modo?
Terry sabía que, en ese momento, podría mandarla a freír espárragos con una simple palabra. Era la oportunidad que había estado esperando, pero cuando contempló aquellos vibrantes ojos verdes y vio allí el miedo al rechazo, no pudo llevar la mentira a sus labios.
Habiéndole fallado las palabras, respondió de la única forma que podía: con su cuerpo.
Tomándola entre sus brazos, la apretó contra él y reclamó sus labios con los propios. Candy colocó las manos sobre sus hombros, atrayéndole hacia ella mientras él exploraba el néctar de su boca. Qué Dios lo ayudase, pero ella era su ambrosía y su talón de Aquiles.
Candy suspiró de placer mientras pasaba las manos a través del abundante cabello castaño de Terry.
Él la deseaba. Podría haberse alejado o haber herido sus sentimientos, pero no lo había hecho. Lo admitiese o no, era un buen hombre.
Y ella lo deseaba.
Con un juramento, él se apartó.
—Me niego a hacer esto —gruñó, separándose de ella.
—Terry...
—Déjame en paz —le gritó—. No quiero que te acerques a mí. ¿No entiendes que he dado mi palabra y tengo que cumplirla?
—Entonces cásate conmigo. —Aquellas palabras la sorprendieron tanto como a él.
Terry la miró fijamente.
—No puedo.
—¿Por qué? —exigió saber ella—. La gente lo hace todos los días.
—Hay muchas cosas que la gente hace todos los días y que yo no deseo hacer. Ahora déjame en paz y no me tientes más.
Candy iba a seguir discutiendo, pero algo en su interior le aconsejó que no lo hiciera.
—Muy bien, milord. No os molestaré más. Pero me gustaría que pensarais sobre el asunto detenidamente.
Empezó a alejarse de él, pero se detuvo y retrocedió.
—A propósito... —Candy esperó hasta que él la miró—. Conseguiré que riáis.
Algo extraño se dibujó en su rostro, como si estuviese viendo alguna pesadilla de antaño.
—No hay risas dentro de mí —susurró él—. Murieron hace mucho tiempo.
Candy frunció el entrecejo.
—No seáis estúpido. Todos tenemos risas dentro.
—Yo no —replicó, y entonces comenzó a caminar hacia el caballo.
Candy contempló cómo se alejaba dándole vuelta a las ideas que bullían en su cabeza. Inconscientemente, él había dejado caer otro guantelete, otro desafío, para que ella lo recogiera. Y pensaba hacerlo.
—Conseguiré que riáis, milord —le dijo—. Y cuando lo haga, sabré que me pertenecéis.
Horas después, se detuvieron para pasar la noche junto a un agradable arroyo. Mientras los hombres instalaban el campamento, Dorothy y ella se tomaron unos minutos en privado para refrescarse en el estanque.
Cuando regresaron al campamento, sus tiendas ya habían sido levantadas. Candy se detuvo un momento para contemplar a Terry mientras alzaba un pesado mazo con el que se disponía a clavar profundamente las estacas de la tienda en el suelo. La túnica blanca de lino se tensaba sobre sus músculos cuando elevaba el mazo sobre la cabeza para descargarlo con fuerza después.
La sangre de la joven empezó a correr más deprisa. Jamás había conocido a un hombre tan bien formado, tan fuerte. De hecho, mirarle la dejaba sin aliento.
Cuando Terry acabó, estaba envuelto por una fina capa de sudor. Le dijo algo a uno de sus caballeros antes de ponerse las alforjas al hombro y dirigirse hacia el estanque.
Iba a bañarse, pensó ella con un sobresalto.
Todo lo que tenía que hacer era...
¡Oh, no! Le espetó su mente. ¡No puedes hacer eso!
Candy se mordió los labios. Sí, sí que podía. ¿Quién iba a enterarse de que le había espiado?
—Adelante.
Dio un respingo al escuchar la voz de Dorothy junto a la oreja.
—¿Perdón? —le dijo.
Dorothy le dedicó una traviesa sonrisa.
—Sé lo que estáis pensando, milady. Vi cómo seguíais con la mirada a Su Señoría mientras se dirigía hacia los árboles, y digo que adelante, id a contemplarlo.
—Pero Dorothy...
—Pero Dorothy nada. Una dama debe tener la oportunidad de inspeccionar la mercancía antes de comprometerse a comprarla.
El calor inundó las mejillas de Candy. Su sirvienta podía ser muy cruda en ocasiones, pero...
Aquello era muy tentador.
Dorothy le dio un codazo.
—Adelante. Silbaré si alguien se dirige a los árboles detrás de vos.
—¿Y si me pilla?
—Decidle que os perdisteis. Eso si él es tan necio como para preguntároslo. Quién sabe, podría daros la bienvenida.
Candy echó un vistazo al campamento con indecisión. Todos estaban allí, incluso Simon, que estaba sentado con dos caballeros bebiendo cerveza de un odre.
¿Se atrevería?
—Si queréis, os acompañaré.
Candy miró a su sirvienta con los ojos entrecerrados.
—¿Qué harás qué?
Dorothy le dedicó una sonrisa maligna.
—Estaría más que contenta de acompañaros, si queréis saber la verdad.
Candy no supo qué responder a eso, hasta que Dorothy habló de nuevo.
—Milady no tendrá miedo, ¿verdad?
—No seas ridícula. Ya no soy una niña, Dorothy, y no puedes conseguir que haga esto llamándome cobarde.
—Jamás haría tal cosa —dijo Dorothy con inocencia, pero la expresión de su cara desmentía sus palabras.
Dorothy bajó la mirada al cubo que había a los pies de Candy.
—¡Oh, mirad! —exclamó Dorothy dramáticamente—. Me he quedado sin agua. ¡Qué cosa tan terrible! Vaya, creo que voy a necesitar más —Dorothy se agachó para recoger el cubo y se encaminó hacia los árboles—. ¿Querría milady unirse a mí?
—¡Eres incorregible!
Candy tenía un mal presentimiento sobre todo aquello, pero por el aspecto de su doncella, sabía que Dorothy no vacilaría.
—Dame el cubo y yo...
—Oh, no, milady —dijo Dorothy, batiendo sus pestañas de forma exagerada—. Nunca permitiría que vos fuerais a buscar agua. ¿Qué diría Su Señoría?
—¡Dorothy!
Su doncella volvió inmediatamente a comportarse como lo hacía habitualmente.
—Ahora habéis picado mi curiosidad, milady. Tengo que ir con vos, pero sólo me quedaré un minuto —adoptó un gesto de súplica—. ¿Sólo un vistacillo?
—Las dos echaremos un vistazo y regresaremos inmediatamente.
—¿Las dos?
—Las dos —repitió Candy; y respirando hondo para infundirse valor, se acercó a Dorothy y ambas se dirigieron silenciosamente hacia los árboles.
No les costó mucho encontrar a Terry. Ya se había quitado las ropas y estaba metido en el agua hasta la cintura. A Candy le ardía la cara cuando Dorothy y ella se pusieron en cuclillas detrás de un gran arbusto para mirarle a escondidas.
—¡Por los pulgares del Señor! Milady —suspiró Dorothy—, nunca he visto nada igual.
Ella tampoco. A Candy se le secó la boca al observar el profundo y fascinante movimiento de los músculos de su espalda. La piel btonceada brillaba por la humedad, y todas las partes de su cuerpo estaban bien formadas, denotando una enorme fuerza.
Tenía los hombros muy amplios y una estrecha cintura. Y alrededor del cuello llevaba un pequeño amuleto sujeto con un cordón de cuero.
El agua se deslizaba sobre su piel, acumulándose sobre el suave vello de su pecho. Incluso desde esa distancia, ella podía ver lo sólido que era su torso, y no le costaba nada recordar la sensación que tuvo al apretarse contra ese cuerpo, duro como una roca. La sensación de esos labios y esas manos sobre su piel.
Candy se mordió el labio ante esos recuerdos, y deseó tener la audacia de recorrer la corta distancia que les separaba.
Terry se inclinó hacia abajo para mojarse el pelo, ofreciéndole una vista perfecta de sus nalgas y de un trasero tan bien formado que se sintió invadida por la lujuria.
El cuerpo entero de Candy palpitaba mientras observaba cómo se enderezaba y se enjabonaba el cabello. Sus fuertes dedos frotaban los oscuros mechones, y el movimiento de los músculos de sus brazos, llenos de gotitas, produjo en ella unas sensaciones muy extrañas.
—Podría utilizar ese vientre como tabla de lavar —suspiró Dorothy. Entonces, le dio un codazo a Candy—. ¿Pero sabéis qué es mejor que hacer la colada en el vientre de un hombre?
Antes de que Candy pudiera contestar, escuchó un ruido extraño entre los árboles que estaban detrás de Dorothy.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—Creo que nos han pillado —murmuró Candy, señalando la dirección de la que provenía el sonido con una inclinación de cabeza.
La sirvienta se giró para mirar en el mismo momento que un jabalí salvaje aparecía entre la espesura.
Para un instante, Candy no pudo moverse.
Entonces Dorothy dio un grito que casi le revienta los tímpanos.
Terry se volvió hacia los fuertes chillidos sólo para descubrir a dos mujeres huyendo hacia el arroyo... y hacia él. Apenas tuvo tiempo para asegurar su posición antes de que ellas corriesen hacia él y lo derribaran.
Emergió del agua escupiendo para encontrar a Candy y a su doncella dando saltos, gritándole y señalando salvajemente hacia la orilla.
—¡Un jabalí, un jabalí, un jabalí! —repetía la sirvienta.
—¡Silencio! —exigió él en voz baja—. Y, si tenéis algún aprecio a vuestras vidas, dejad de moveros.
Para su asombro, ellas le obedecieron al instante. Terry dio un cauteloso paso hacia delante para situarse entre las dos mujeres y el cerdo salvaje.
Miró hacia el lugar donde su espada yacía inútilmente, a unos metros de la jadeante bestia. El animal golpeaba con fuerza el suelo con las pezuñas y les miraba con furia.
—Va a cargar contra nosotros —dijo Candy, y su voz no fue más que un pitido.
—Si permanecéis absolutamente inmóvil, no lo hará —le contestó él.
—No me estoy moviendo —susurró Candy—. Pienso quedarme aquí hasta que las ranas críen pelo.
—¿Qué vamos a hacer, milord? —preguntó la sirvienta.
Personalmente, Terry quería ponerse la ropa. Sobre todo porque Candy tenía su brazo izquierdo aferrado con tanta fuerza que estaba empezando a sentir un hormigueo en la mano por la falta de sangre. Empezó a intentar deshacerse de su agarre, pero no se atrevió a hacerlo por miedo a que el movimiento atrajese al jabalí o, peor aún, hiciese que a Candy le entrara el pánico y saliese corriendo.
—¿Podríamos dejarle atrás corriendo? —preguntó Candy.
Terry no apartó los ojos del jabalí.
—La cuestión no sería dejar al jabalí atrás, milady, sino dejarnos atrás a vuestra sirvienta y a mí.
—¿Ahora aparece vuestro sentido del humor? —su voz sonaba horrorizada.
Moviendo el brazo tan despacio como le fue posible, se libró de la mano de Candy.
—No pretendía ser gracioso. Me limitaba a constatar un hecho.
Despacio, con mucho cuidado, se aproximó a su espada.
El jabalí resopló y agitó la cabeza.
Terry se paró en seco.
Candy tragó saliva; creyó que podría morir de miedo al verlo acercarse hacia la bestia. ¿Cómo podría permanecer tan tranquilo cuando su propio corazón latía con tanta fuerza que parecía que se le iba a salir del pecho?
—¿Candy? —se escuchó la voz de Simon a través de los árboles.
Ella contuvo la respiración al oír el grito de Simon.
El jabalí se volvió hacia el sonido.
—¡Simon, ve a buscar una ballesta! —gritó Terry.
El jabalí miró de nuevo a Terry y se acercó un poco más. El hombre no hizo ni un solo movimiento mientras miraba al animal directamente a los ojos.
Candy tragó con fuerza para intentar deshacer el nudo de su garganta.
—¿Una ballesta? ¿Para qué? —preguntó Simon saliendo de entre los árboles.
El jabalí resopló una vez más, golpeó el suelo con las patas y cargó contra Simon.
Con un horrible juramento, Simon, literalmente, se encaramó en un árbol de un salto. Terry corrió a por su espada y la cogió mientras su hermano se ponía fuera del alcance de los afilados colmillos del jabalí.
—Mantenlo distraído —le ordenó Terry.
—Vaya, claro —gruñó Simon mientras elevaba las piernas—. Mantenlo distraído, dice. Mata a la maldita bestia, ¿quieres?
Mientras Terry se acercaba poco a poco hacia él, el jabalí se dio la vuelta para enfrentarlo. Terry dejó de moverse.
El tiempo pareció detenerse mientras Candy aguardaba a que el jabalí cargara contra el cuerpo desnudo de Terry. A pesar de que él llevaba la espada, ella sabía que no era rival para la bestia. Aún peor, una vez que un jabalí atacaba, no paraba hasta estar muerto.
Y si estaba herido, quien corría mayor peligro era la persona que lo había dañado.
Aterrada, supo que debía hacer algo para ayudarlo.
—Aquí, cochinito bonito, cochinito... —lo llamó Candy antes de poder evitarlo.
—¡Milady! —gritó Dorothy.
Ignorándola, Candy dio unos golpecitos en el agua.
—Ven aquí, cochinito guapo, cochinito, cochinito...
El jabalí la miró.
Casi sin respiración, Candy confió en que, de alguna manera, de algún modo, Terry la mantuviese a salvo mientras seguía manteniendo la atención del animal lejos de él.
El jabalí cargó contra ella, y Terry cargó contra él. La bestia se dio la vuelta, confundida, mientras Terry alzaba su espada. Como si percibiese que su muerte era inminente, el animal chilló de terror y huyó rápidamente hacia el bosque.
El alivio la inundó de forma tan súbita que le temblaron las piernas. Candy se arrodilló en el agua, estremeciéndose y riéndose como una histérica.
Lo siguiente que supo fue que Terry estaba a su lado, ayudándola a ponerse en pie.
—¿Os encontráis bien? —preguntó.
Ella asintió con la cabeza, apoyándose en él para poder sostenerse.
—Me siento muy agradecida, milord, de que incluso las bestias salvajes os tengan miedo.
Ella escuchó la risa de Simon mientras descendía del árbol, y sólo entonces se dio cuenta de que Terry se había tomado un momento para ponerse las calzas.
—¿Qué estabais haciendo aquí? —preguntó Terry con tono brusco.
Sintió que se ruborizaba. No se atrevía a decirle la verdad.
—Agua —dijo Dorothy antes de que Candy pudiese hablar—. Vinimos a buscar agua para el campamento, milord. El cubo estará entre los arbustos, donde lo arrojamos.
Terry dejó escapar un fuerte suspiro mientras la soltaba.
—Deberíais haber tenido más cuidado —entonces miró a su hermano—. Y tú... se suponía que debías cuidar de ellas.
—¿Y por qué crees que vine cuando lo hice? Escuché sus gritos.
Terry lo miró lleno de furia.
—¿Y no pensaste en coger una ballesta antes de venir a buscarlas?—sacudió la cabeza—. Por el amor de Dios, Simon, hay algunas cosas que un hombre debe hacer sin pensar, y coger una ballesta cuando una mujer grita es una de ellas.
Simon pareció avergonzado.
—Bueno, intentaré tenerlo presente la próxima vez que os ataque un jabalí.
Candy intercambió una mirada de miedo con Dorothy cuando Terry fue a buscar el cubo. Se entretuvo bastante en aquel lugar, y cuando no volvió enseguida, Candy fue a reunirse con él.
—¿Algo va mal, milord? —preguntó ella.
Terry recogió el cubo y le dirigió una mirada suspicaz.
—¿Vinisteis a recoger agua?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué estuvisteis las dos arrodilladas en este lugar durante el tiempo suficiente como para dejar una profunda marca en la hierba?
¡La había pillado!
—Yo... umm... —Intentó pensar una mentira que sonara razonable, pero no se le ocurría nada—. Bueno, veréis... nosotras...—Por Dios, ¿por qué no podía ocurrírsele algo?
—¿Vosotras qué? —preguntó Terry.
Un brillo diabólico resplandecía en sus ojos mientras la miraba atentamente. Oh, se estaba divirtiendo con su incomodidad.
Demasiado.
Alzando la barbilla, decidió arrebatarle la diversión.
—Está bien, vinimos a ver cómo os bañabais, si queréis saber la verdad.
Él arqueó una ceja.
—Supongo que debería sentirme halagado.
Incapaz de enfrentarse a su mirada, ella bajó la vista hasta el colgante que llevaba al cuello. Había una única rosa colgada en el cordón de cuero, descansando sobre aquellos pectorales tan duros y bien definidos. Pero lo que más llamó su atención fue la vena que latía bajo la piel, al mismo ritmo que su corazón.
Terry sentía el aliento de ella contra su pecho desnudo. Y eso envió escalofríos por todo su cuerpo.
Esperó a que ella dijese algo, pero parecía estar hechizada por el emblema heráldico que le había regalado la reina Leonor cuando ganó su primer torneo.
—¿Finalmente os habéis quedado sin palabras? —preguntó. Antes de que ella pudiera contestar, Simon y su doncella se reunieron con ellos.
Simon le arrojó su túnica.
—Deberíamos colocar un vigilante para que echara un ojo al jabalí.
—Sí. Así como a las demás cosas que pudieran atacar a un hombre cuando menos se lo espera.
Eso consiguió que ella levantara la cabeza de nuevo. Con las mejillas sonrosadas, Candy lo miró entornando sus ojos verde oscuro.
Terry sintió un abrumador impulso de besarla, y, si hubiesen estado solos, dudaba mucho que hubiese tenido las fuerzas necesarias para resistirlo. En cambio, concentró su atención en Simon, y no en sus húmedos labios. De modo que había ido a espiarle... A decir verdad, se sentía halagado; y tremendamente excitado. Pero lo que realmente quería saber era si a ella le había gustado lo que veía.
Nunca antes se había preocupado por lo que una mujer pensara de él. Pero, por alguna razón, quería que ella lo deseara tanto como él a ella.
¿Estás loco?
Sí, debía estarlo. No había otra explicación. Lo último que necesitaba era que ella lo deseara más de lo que ya lo hacía.
Con ese pensamiento en mente, agarró su túnica, le dio el cubo, y se vistió rápidamente.
—Será mejor que volvamos al campamento antes de que el jabalí regrese —dijo Terry mientras empezaba a dirigirse hacia allí.
Candy caminaba detrás de Terry, con Simon a su lado. Mientras regresaban al campamento, se dio cuenta de lo que había hecho cuando se enfrentaron al jabalí.
Sin dudar un instante, le había confiado su vida a Terry. Nunca antes había hecho una cosa semejante. Siempre había sido bastante audaz, pero nunca hasta el punto de una locura como la había demostrado con el cerdo salvaje.
Pero en el fondo de su corazón, había sabido que él no permitiría que le hiciesen daño. Y Terry había demostrado que tenía razón.
—Gracias, Lord Terry —dijo ella.
Él echó una breve mirada por encima de su hombro.
—¿Y eso por qué?
—Por salvarme.
Su mirada se suavizó.
—Entonces debería deciros lo mismo. Si no hubieseis distraído a la bestia, seguramente ahora mismo estaría tendido en el suelo con una herida muy grave.
—Oh, Terry —dijo Simon con voz de falsete mientras unía las palmas de sus manos y las levantaba hasta su hombro. Le dedicó a su hermano una mirada de adoración—. ¡Sois mi héroe también! —Simon sorbió, como si estuviese conteniendo las lágrimas, y extendió los brazos hacia los hombros de Terry—. Si no hubiese sido por vos, a estas horas el jabalí ya me habría comido vivo.
Terry empujó a su hermano para alejarle de él.
—Apártate de mí, sobón.
—Pero Terry —dijo Simon de nuevo en falsete—. Sois mi héroe... Dadme un beso.
Terry eludió el abrazo de Simon y se colocó detrás de Candy.
—¿Pero qué eres tú? ¿Un lunático?
—Está bien —replicó Simon—. Entonces, Candy, besadle por mí.
Y antes de ninguno supiera lo que Simon iba a hacer, se encontró empujada hacia los brazos de Terry.
Sus cuerpos se apretaban el uno contra el otro.
Los brazos de Terry la rodeaban, y, por un momento, se quedó sin aliento al contemplar aquellos impresionantes ojos azules. La pasión crepitó entre ellos, recorriendo sus cuerpos. Robándoles la respiración y prendiendo fuego a su sangre.
Como Terry no hizo ningún esfuerzo por besarla, Simon carraspeó.
—Bien, entonces —dijo, arrancando a Candy de los brazos de su hermano y rodeándola con los propios—. Dejadme que os enseñe cómo se da un beso.
Simon inclinó la cabeza para besarla, pero antes de que pudiera hacerlo, Terry sujetó su barbilla con una mano y le apartó la cara.
—Si vuelves a acercarte de esa forma a sus labios, te castraré, hermano.
Simon le hizo un guiño a Candy.
—Lo que tú digas, querido hermano. Lo que tú digas.
Simon se apartó de ella, y Terry lo soltó.
—Pero ten en cuenta una cosa —dijo Simon mientras se alisaba la túnica de un tirón—. Si una doncella tan dulce hubiese salvado mi vida, creo que habría encontrado un modo mejor de agradecérselo que con meras palabras.
—Estoy seguro de que lo habrías hecho.
Simon lo ignoró y tomó Dorothy del brazo.
—Vaya, Dorothy, parece que olvidasteis recoger el agua. ¿Os gustaría que os acompañase de nuevo al estanque por si acaso regresa el jabalí?
—Os agradecería muchísimo vuestra caballerosidad, milord.
—Otro agradecimiento con palabras —suspiró Simon—. ¡Ay! ¿Qué va a ser de mí?
Dorothy le quitó el cubo a su ama, y por el brillo en los ojos de su doncella, Candy pudo deducir que Dorothy pensaba agradecérselo a Simon con mucho más que palabras.
Ruborizándose ante la idea de lo que su sirvienta pensaba hacer, Candy entrelazó las manos y miró a Terry.
—Deberíais ir a buscar a vuestra doncella —le advirtió Terry cuando Dorothy y Simon hubieron desaparecido de su vista—. Tengo la sensación de que mi hermano va en busca de algo más que un simple sorbo de agua.
—Y yo tengo la sensación de que Dorothy también.
Entre ellos se instaló un embarazoso silencio cuando emprendieron el camino de vuelta al campamento.
—Oh, milord, ¡qué lanza más grande y caliente tenéis!
Candy se tropezó al escuchar las palabras de Dorothy.
Terry se detuvo un momento.
—Creo que iré y...
—No —dijo ella tomando su brazo—. Dejadles con su entretenimiento.
Él la miró de reojo.
—No hay muchas damas que sean tan comprensivas con el comportamiento de sus doncellas.
—Debería sentirme mortificada, lo sé. Pero Dorothy es una gran amiga mía, y aunque tiene sus defectos, es buena y tiene un corazón generoso.
—¿Y eso es todo lo que os importa?
—Sí —dijo ella—. La gente siempre comete errores, pero al final, lo único que importa es lo que hay en su corazón.
—¿Y si no tienen corazón?
Candy vaciló ante el extraño tono de su voz.
—Todo el mundo tiene corazón.
Él sacudió la cabeza.
—No todos.
Candy lo sujetó para que se detuviese.
—Sí, Terry. Todos. ¿Sabes lo que veo cuando te miro?
Terry la estudió fijamente, preocupado por lo que diría a continuación.
—Yo no tengo corazón —confesó—. Me lo arrancaron hace mucho tiempo.
Ella colocó una mano sobre su pecho. Terry bajó la mirada. Aquella mano parecía muy frágil y muy pequeña sobre su túnica.
—Para ser un hombre que no tiene corazón, tienes un fuerte latido en el pecho.
—Eso no es más que un órgano.
—Quizás —dijo ella mirándole a los ojos—, pero sé la verdad sobre ti.
—¿Y cuál es?
Candy se deleitó con el calor de la piel del hombre, que viajaba a través de su propio brazo hasta su cuerpo. Cómo deseaba lograr que él se viera a través de sus ojos. Sólo durante un instante.
Le habían hecho mucho daño. Lo sabía. Y aunque posiblemente era el guerrero más fiero de la Cristiandad, sentía que había una parte de él que todavía era vulnerable. Una parte de sí mismo que había cerrado al mundo, y si ella lograse alcanzarla, entonces conseguiría la llave del corazón que decía no poseer.
—Un día, Terry —le susurró—. Un día verás la verdad, tal y como yo la veo. Y te darás cuenta de cómo eres en realidad.
Él se quedó con la boca abierta.
—Mi única esperanza es que no descubras nunca la verdad sobre mi naturaleza.
Y con esas palabras, se apartó de ella y recorrió el resto del camino hacia el campamento.
Candy hizo muchos intentos de seguir hablando con él, pero Terry no aprovechó ninguno de ellos.
Justo antes del crepúsculo, Dorothy y Simon volvieron.
Dorothy se tambaleó hacia ella con los ojos resplandecientes y las mejillas sonrosadas. Se inclinó hacia Candy, que estaba sentada junto al fuego, y suspiró.
—Todo lo que os puedo decir, milady, es que si Lord Terry es la mitad de habilidoso que su hermano, vais a experimentar una maravillosa cabalgata.
—¡Dorothy! —la reprendió Candy.
Su sirvienta sonrió.
—Esperad y veréis. No tenéis ni la más mínima idea de cómo...—Dorothy se interrumpió cuando uno de los caballeros pasó a su lado.
Cuando estuvieron de nuevo a solas, Dorothy arrugó la nariz.
—Esperad y veréis —susurró, y entonces se levantó para ayudar a servir la cena.
Mientras comían, los caballeros del séquito intercambiaron historias de aventuras, pero Candy no estaba escuchando. Se trataba de los mismos cuentos de siempre, que había escuchado en incontables ocasiones.
Además, tenía otros asuntos en los que pensar. Como hacer reír a Terry.
Se había pasado todo el rato intentando encontrar la forma de conseguirlo. Masticando la liebre asada, escuchó a Terry y a Simon hablando sobre el modo de obrar del rey con los franceses y los escoceses. No era de extrañar que el hombre no se riese nunca. ¿Quién encontraría divertido algo tan árido y aburrido como la política?
Lo que Terry necesitaba era un chiste. Sí, eso podría traer una chispa de alegría a sus ojos.
Esperó hasta que ellos hubieron terminado su discusión, y entonces se inclinó hacia delante.
—¿Milord? —le preguntó a Terry—. ¿Sabéis cuántos bizantinos hacen falta para encender un fuego?
Su mirada reflejó algo a camino entre el fastidio y el escepticismo mientras se agachaba para recoger su copa.
—No puedo imaginármelo.
—Dos —dijo ella simplemente—. Uno para encender el fuego y otro para empezar la polémica.
Simón estalló en carcajadas, pero Terry se limitó a mirarla de reojo.
Un fracaso.
Candy tamborileaba con los dedos mientras pensaba en otro.
—Muy bien —comenzó de nuevo—. ¿Cuántos normandos se necesitan para encender un fuego?
—¿Tres? —preguntó él con indiferencia.
—No, ¿por qué molestarse en encender un fuego cuando hay un monasterio sobre la siguiente colina?
Varios caballeros se unieron a las risas de Simon en esa ocasión. Pero Terry seguía sin demostrar la menor señal de diversión. Más bien todo lo contrario, parecía aún más serio.
—Vamos, Terry —dijo Simon—. Ése ha sido muy gracioso.
Terry se limitó a dar un sorbo a su vino.
—¿Os sabéis más, milady? —preguntó otro de los caballeros.
—Sí —contestó ella, volviéndose para mirarlo—. ¿Cuántos romanos hacen falta para encender un fuego?
Terry intentó desterrar aquella voz suave fuera de su mente, pero, por alguna razón, no pudo hacerlo. De hecho, todo su cuerpo estaba pendiente de ella. De la manera en que la brisa mecía los rizos rubios de su pelo. De la forma en que la luz del fuego jugueteaba sobre los relieves de su rostro, añadiendo hermosas chispas a sus ojos.
Sabía lo que ella estaba tratando de hacer. Pero, aun así, no podía evitar sentirse divertido.
—No tengo ni la más mínima idea de cuántos romanos se necesitan, milady —dijo otro de sus caballeros, Nicholas.
—Mil y uno —añadió ella.
Terry arqueó una ceja al escuchar su respuesta.
—¿Mil y uno? —preguntó, a pesar de su propósito de ignorarla.
—Sí. Se requiere al emperador para que emita la orden de que se encienda el fuego, novecientos noventa y nueve gobernadores romanos para comunicar el mandato, y un esclavo para encenderlo.
El resto de su compañía se divertía y, si se atreviese a admitirlo, tendría que reconocer que él también lo había encontrado bastante gracioso. Si hubiese sido el tipo de hombre que reía, se habría unido a su hermano y a sus hombres, pero habían pasado demasiados años.
Ya no podía recordar ni siquiera cómo era reírse.
Candy suspiró y miró a Simon.
—Vuestro hermano es un hombre muy duro.
Terry casi se ahoga con el vino.
Ella frunció el entrecejo.
—Milord, ¿os encontráis bien? —le preguntó, dándole palmaditas en el dorso de la mano.
—Estoy bien —dijo Terry, y se apartó para evitar su contacto—. Vuestras palabras me pillaron desprevenido, nada más.
Una vez más, Simon estalló en carcajadas.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
Simon sacudió la cabeza.
—Dejaré que mi hermano os explique lo duro que puede llegar a ser.
—Simon —le advirtió él.
—Ni se te ocurra empezar a gruñirme cuando has sido tú el que empezó todo esto.
Desconcertada, Candy miró a uno y a otro, hasta que Terry se levantó y se fue.
Candy contempló cómo se alejaba del campamento.
—¿Dije algo malo? —le preguntó a Simon.
—Ha sido únicamente la elección de vuestras palabras.
Ella seguía sin entender, y, por la expresión del rostro de Simon, no creía que él fuese a colaborar.
Pero no tuvo que hacerlo. Dorothy se colocó detrás de ella y le susurró la respuesta al oído.
El calor inundó la cara de Candy, y ésta se negó a mirar a Simon ni a nadie más. Su azoramiento era demasiado grande.
Terminaron de comer en silencio, y Terry ocupó un puesto algo más allá del alcance de la luz del fuego.
La compañía se retiró, y Candy y Dorothy se fueron a sus camas a dormir.
Horas después, candy yacía sobre su lecho tratando de hacer todo lo posible para dormirse. Pero no era capaz.
Dorothy estaba en el catre de al lado, roncando poderosamente. Candy echó hacia atrás los cobertores y se dirigió hacia las alforjas. Renunciando al sueño, buscó el libro que Anny le había dado y lo sacó de la tienda para llevarlo hasta donde el fuego ardía lentamente.
No había nadie por allí. Ni siquiera veía a Terry en su puesto.
Ahogando un bostezo, abrió el libro... para cerrarlo de golpe inmediatamente después.
El calor abrasó su rostro al recordar las imágenes. ¡Tenía que ser un error! Probablemente no había visto lo que había creído ver...
Tímidamente, Candy abrió el libro de nuevo, y sus ojos se abrieron de par en par al ver los dibujos de hombres y mujeres haciéndose cosas indescriptibles los unos a los otros.
El rubor ardía en su cara mientras abría el libro un poco más.
—No me extraña que me dijeses que lo guardara hasta que estuviese a solas —susurró, mirando apresuradamente a su alrededor para asegurarse de que nadie podía verla.
Afortunadamente, el campamento aún estaba vacío.
Avergonzada y asombrada por el regalo de Anny, Candy vio el pedazo de pergamino que había sido plegado en la portada del libro.
Lo arrancó, vio que estaba dirigido a ella y entonces lo leyó:
Mi querida Candy:
Sé la curiosidad que sientes sobre los asuntos que ocurren entre hombres y mujeres. Éste es el libro que mi madre me dio la noche antes de mi boda. Es impactante, pero lo encontrarás muy esclarecedor y te servirá de mucha ayuda. Y, a juzgar por la mirada de Lord Terrence, estoy bastante segura de que le darás mucho mejor uso que yo con Orrick.
Mi mejor consejo: estudia la posición número setenta y tres. Parece ser la favorita de Orrick.
Tu amiga que te quiere, Anny.
Candy se mordisqueó la punta del dedo mientras meditaba sobre la nota de Anny. ¡Dios bendito, a su padre le daría un infarto si alguna vez se enteraba de que tenía una cosa así!
Debería arrojarlo al fuego y terminar con aquello. Eso sería lo que haría una dama decente.
Lo malo es que ella era una desvergonzada. Al final, su curiosidad aumentó hasta tal punto que se encontró a sí misma mirando alrededor para asegurarse de que no había nadie, y abriendo el libro de nuevo.
Lo inclinó hacia el fuego y trató de comprender la manera en que el hombre y la mujer estaban entrelazados en la posición setenta y tres. Con las manos cubriendo los pechos de la mujer, el hombre yacía de lado, a espaldas de ésta, y parecía estar embistiendo...
—¿Qué es eso?
Candy ahogó un grito al escuchar la voz de Terry, y cerró el libro de golpe. Levantó la cabeza para ver que él estaba de pie, justo a su lado.
¡Dios de los cielos! La había pillado otra vez.
¿Podría alguna vez sentirse más avergonzada?
—No es nada —dijo ella rápidamente.
—¿Es lo que os dio Anny antes de partir?
Ella asintió y colocó el libro bajo su brazo.
—¿Puedo verlo? —preguntó él, extendiendo una mano para cogerlo.
Los ojos de Candy se abrieron a más no poder ante el mero pensamiento de que él pudiese echarle un vistazo a lo que ella acababa de ver. ¿Qué pensaría de ella si lo hiciera?
A decir verdad, no quería saberlo.
—¡Oh, no! —jadeó Candy, poniéndolo fuera de su alcance.
Él frunció el ceño.
—¿Pero qué es lo que os pasa?
—Nada —dijo ella, poniéndose en pie—. Absolutamente nada.
—Entonces permitidme...
—No, no. Tengo que volver a la cama.
Pero antes de que pudiera moverse, él le quitó el libro de las manos y lo abrió.
Terry sintió que se quedaba sin aliento mientras contemplaba horrorizado las imágenes de personas desnudas, y, en algunos casos, más de dos, en todas las posiciones sexuales habidas y por haber.
No había vuelto a ver ese libro desde hacía años. Era esa clase de cosas que los caballeros compartían en las épocas de campaña, presumiendo de hacerlas con señoras de virtud cuestionable.
Nunca habría creído que encontraría uno en manos de una dama de buena cuna. ¡Y virgen, además!
Cerrando la boca, que se le había quedado abierta, miró a Candy para observar su rostro; estaba tan ruborizada que parecía que estaba en llamas.
No supo qué decir.
¿Qué se le decía a una dama después de aquello?
Muy lentamente, cerró el libro y se lo devolvió.
Candy no dijo ni una palabra cuando lo cogió. Podía sentir la mirada incrédula de Terry clavada en ella, y, en ese momento, deseó poder meterse en un enorme agujero para no tener que enfrentarse a él.
Abochornada y ruborizada, Candy apoyó la frente contra la ajada cubierta de cuero del libro. ¿Podría sentirse peor alguna vez? ¡Mataría a Anny por esto! ¿Pero en qué estaba pensando esa mujer?
Aunque viviera dos mil años, jamás olvidaría la mirada de asombro en el rostro de Terry.
¿Qué pensaría de ella?
—Terry, yo no sabía que el libro...
No, no era eso lo que debería haber dicho; se dio cuenta cuando él la miró arqueando una ceja.
—Soy virgen, milord —dijo, aunque le costaba pronunciar esas palabras—. No sé qué poseyó a Anny para que me diese una cosa...
Él sacudió la cabeza.
—No hablemos más del tema. Olvidaremos todo este asunto.
Candy respiró hondo, agradecida por su indulgencia.
—¿No creéis que deberíais acostaros ahora? —preguntó él con voz tensa.
—No puedo dormir, y preferiría quedarme con vos que estar acostada en mi cama, escuchando los ronquidos de Dorothy.
—¿Por qué?
Candy inclinó la cabeza para observar la confusión de su rostro.
—¿Tan duro os resulta creer que alguien desee vuestra compañía?
—Sí —contestó él sencillamente—. Nadie lo había hecho antes. ¿Qué os hace tan diferente?
Candy dejó el libro a un lado y se puso de pie para enfrentarlo.
—Puede que yo sea la única persona con la que habéis tratado a menudo. Creo que vuestra costumbre de permanecer a solas ha logrado apartar hasta al más decidido.
—Pero no a vos.
Ella sonrió.
—No, a mí no. Pero es que yo soy más testaruda que la mayoría.
—Estoy completamente de acuerdo.
Candy anhelaba tocarlo, pero había algo en su postura que le advertía que no lo hiciera. Así que se dedicó a contemplar el oscuro bosque.
Terry escuchaba el sonido de la respiración de la mujer. Estaban muy cerca, sin rozarse, pero aun así, podía sentir su presencia igual que si se estuviesen tocando físicamente.
—Había un hombre —dijo ella, rompiendo el silencio— que fue a confesarse llevando un pavo.
Terry suspiró resignadamente ante el nuevo intento de hacerle reír.
¿Admitiría su derrota alguna vez?
—¿Un pavo? —inquirió él, preguntándose por qué se molestaba en animarla, y, aun así, incapaz de detenerse.
—Sí. Le rogó al sacerdote: "Perdonadme, padre, porque he pecado. Acabo de robar este pavo para alimentar a mis pobres hijos hambrientos. ¿Os importaría quedaros con él para que el Señor pueda perdonarme?".
»"Ciertamente no" dijo el sacerdote "Tendréis que devolvérselo a aquél a quien se lo robasteis"
»Pero padre, lo he intentado y él se ha negado, ¿qué debo hacer?
»El sacerdote contestó "Si lo que decís es cierto, entonces la voluntad de Dios es que os quedéis con el pavo. Id en paz.
»El hombre se lo agradeció al cura y regresó corriendo a su casa.
Una vez que el sacerdote acabó con el resto de las confesiones, volvió a su residencia. Cuando se dirigió a su corral, se dio cuenta de que alguien le había robado un pavo.
Terry la miró sin reír, sin sonreír siquiera.
—¿Y cuántos chistes más os sabéis, milady?
Ella le dedicó una sonrisa radiante.
—Bastantes, en realidad. A mi padre le encantan los bufones, y siempre tenemos varios en el salón.
Le dolió la cabeza al imaginarse cuántos más tendría que soportar.
—Entonces, ¿tendré que seguir escuchando estas cosas durante el resto del año?
—A menos que me lo pongáis fácil y os riáis ahora.
Eso casi le hace sonreír, pero se contuvo a tiempo.
—Deberíais ser consciente de que, como vos, jamás admitiré la derrota.
Ella se inclinó hacia delante hasta que la punta de su nariz casi rozaba la de Terry.
—Siempre hay una primera vez —apartándose ligeramente, añadió—. Una hija se dirigió a su padre en busca de consejo.
"Decidme, padre, ¿con quién debo casarme, con Harry o con Stephen?"
»"Con Stephen", respondió el padre.
»"¿Por qué?", le preguntó ella.
»"Porque le he estado pidiendo dinero prestado los seis últimos meses y aún sigue viniendo a verte"
Terry dirigió la mirada de vuelta a la oscuridad del bosque.
—No es tan bueno como el de los normandos.
Ella arqueó una ceja.
—¿Así que os gustó uno al menos?
—Si dijese que sí, ¿os iríais a la cama?
—Si pudiera dormir, estaría encantada de regresar a mi lecho, pero como no puedo, prefiero quedarme aquí fuera y molestar al causante de que no pueda entregarme al sueño.
Terry no estaba seguro de que le gustara el giro que estaba tomando la conversación.
—¿Y cómo es que yo os impido dormir?
—Me atormentáis en sueños.
No, aquello no le gustaba en absoluto.
—No quiero seguir escuchando esto.
Ella extendió la mano para acariciar la de él.
—Entonces, ¿querréis olvidar lo que os dije sobre lo de que quería un marido y tratarme sólo como a una amiga?
Sentía la cálida mano de ella sobre la suya. Los largos y pálidos dedos sobre los suyos bronceados. ¿Cómo podía una mano tan frágil sacudirle hasta lo más profundo de su alma?
—No tengo ningún amigo —susurró él, permitiendo, por alguna misteriosa razón, que ella entrelazara sus dedos con los de él.
—¿Ni siquiera Enrique?
—Soy su vasallo y le sirvo como tal. Mantenemos una relación cordial, pero no puede decirse que seamos amigos.
Ella acarició el dorso de sus nudillos con los dedos, enviando oleadas de calor a sus ingles.
—Jamás pensé que conocería a alguien tan solo como yo.
Terry se aclaró la garganta.
—Nunca dije que me encontrara solo.
—¿Y no lo estáis?
Él no contestó. No podía negar la verdad. Sí, estaba solo. Siempre lo había estado.
—¿Sabéis lo que es un amigo, milord?
—Un enemigo disfrazado.
Candy se quedó atónita, y su mano dejó de proporcionarle aquel torturante asalto a sus sentidos.
—¿Eso creéis?
Él apartó la mano.
—Lo sé por experiencia. Sin amistad, no hay traición. De hecho, nunca habréis escuchado a nadie decir: «Traicionó a su enemigo».
—¿Y por eso no confiáis en nadie?
—Confío en el hecho de que, tarde o temprano, todo el mundo traiciona.
Ella hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—¿Y eso os incluye a vos también, milord? Cuando decís que todo el mundo traiciona, ¿significa eso que traicionaríais al rey al que servís tan celosamente?
—¿No lo he hecho ya?
Ella frunció el entrecejo.
—¿Qué queréis decir?
—Le juré que no os tocaría, y, hasta ahora, os he besado dos veces, por no mencionar lo que hicimos anoche. Me parece a mí que eso es traicionarle, ya que él confiaba en mi palabra. Y aquí estáis, a mi lado a la luz de la luna, intentando seducirme una vez más.
Ella se puso rígida.
—Entonces, perdonadme por seduciros, milord; creía que compartíais mis sentimientos. Qué estúpido por mi parte. Creo que volveré a la cama y os dejaré que os aséis en vuestro propio fuego.
Terry la contempló mientras recogía su libro y se dirigía hacia su tienda.
Cómo deseaba poder "asarse en su propio fuego", como ella había expuesto tan elocuentemente, pero, a decir verdad, lo único que se estaba asando era su propia lujuria.
Durante todos esos años, había vivido en un confortable capullo, amortiguando todos los sentimientos. Nada le había puesto furioso, nada le había puesto triste, y, por supuesto, nada había conseguido divertirle.
Hasta el día que la había visto con aquel maldito pollo. Eso sí había sido gracioso.
Sintió que las comisuras de sus labios se crispaban al verla en su mente, tendiendo la gallina hacia los labios del hombre.
Terry se contuvo.
—¡Sal de mi cabeza! —gruñó, apretándose un puño contra la frente.
No era de extrañar que los monjes se castraran a sí mismos para no ser tentados por las mujeres. En ese momento, la castración le parecía una opción muy viable.
Inesperadamente, su mirada vagó hasta su tienda. Vio la sombra de Candy, iluminada desde dentro, mientras ella se quitaba la túnica, y pudo contemplar todas las curvas de su cuerpo a través de la lona.
Sus ingles cobraron vida, exigiendo que la tomara en ese mismo instante, mientras todos dormían.
Con un siseo, cambió de postura.
Sí, la castración era, de hecho, una opción muy viable.
CONTINUARA
