Sábado 13 de Junio 2015
Denver
Quinn Fabray
12
—¿Os ha gustado?
—Delicioso.
—Muy de acuerdo con Quinn, estaba increíble.
—¿De veras?—cuestionó Jesse curioso frente a nosotros.
—Muy de veras. Dadle la enhorabuena a la cocinera de nuestra parte, porque estaba todo increíble. Hace años que no ceno tan bien—le respondí con total y absoluta sinceridad, notando como Robert asentía justo a mi lado disfrutando del último bocado de su plato, y Rachel bebía de su copa, la tercera de la noche, sin dejar de mirarnos.
—Muy bien, se lo diré de vuestra parte. Cariño, Robert y Quinn me han pedido que te felicite por la cena tan perfecta que nos has preparado—añadió Jesse y tanto Robert como yo la buscamos rápidamente con la mirada.
—Siempre es un placer—soltó Rachel ante nuestra sorpresa.
—¿Has cocinado tú?—fue Robert el primero en responder, ya que yo trataba de averiguar si estaban o no bromeando, pero la media sonrisa de satisfacción que le regaló Rachel acabó por completo con esa duda—Guau, pues realmente tengo…Tenemos que felicitarte, estaba todo delicioso.
—Gracias.
—No tenía ni idea de que hubieses cocinado tú—añadió—Como siempre estáis hablando de esa tal señora Hills se encarga de los catering en las fiestas, y que…
—Tú lo has dicho. La señora Hills solo viene cuando tenemos algún evento, en nuestra casa siempre suele cocinar Rachel, y ya veis que es una Chef exquisita. Yo no sé ni meter una pizza precocinada en el horno. No doy para más—Intervino Jesse.
—¿Y por qué no nos lo has dicho?—insistió Robert.
—Queríamos ver vuestras reacciones sin que os sintierais cohibidos.
—¡No inventes!—interrumpió Rachel frunciendo el cejo—Yo no quería ver nada, si no he dicho que he cocinado es porque no suelo decirlo nunca.
—Cielo, solo es una broma…
—Una broma que me deja como desconfiada delante de ellos.
—¿Qué? Vamos Rachel, no seas melodramática. Solo he querido ver sus reacciones, porque nunca me crees cuando te digo que cocinas muy bien. Ahora ya has visto que no miento.
—Bueno, pues di que no has dicho nada tú, pero no me metas a mí en tus juegos. Yo me he limitado a cocinar casi sin tiempo para hacerlo.
—Ok, lo siento… No pretendía que te molestaras—le replicó él eliminando también su sonrisa, y logrando que el ambiente volviera a enrarecerse.
Por quinta vez, de hecho.
Definitivamente no parecía haber sido una buena idea, y yo era consciente de ello antes de llegar a ese punto de la velada. Y es que las improvisaciones normalmente no suelen salir bien, sobre todo si tu humor, como el de Rachel aquella noche, no permitía desliz alguno.
Aquel sábado, casi a las 6 de la tarde y después de pasar toda la mañana eligiendo algunos muebles, y parte de la tarde limpiando lo que los albañiles iban ensuciando en mi nueva casa, Robert se presentó con la noticia de que habíamos sido invitados a cenar en la que casa de Jesse y Rachel, y no me dejó que buscase alguna excusa para rechazarla, porque la había aceptado sin siquiera contar con mi opinión.
Obviamente tampoco es que quisiera rechazarla, porque a pesar de lo improvisado de la situación tenía dos horas de margen para prepararme tanto física como psicológicamente para aquella velada, sin embargo, había algo en mi interior que me gritaba una y otra vez que no saldría bien. Que no era el día.
Fue llegar a la mansión de Jesse, y confirmar mis sospechas.
A Rachel, muy a mi pesar, tampoco parecía haberle agradado tanto la genial idea de que su marido nos invitase a cenar aquella noche, y no porque no quisiera estar con nosotros, sino porque al igual que yo, fue avisada casi sin tiempo para prepararse. Según me había estado contando pasó prácticamente todo el sábado atendiendo unos asuntos personales en las afueras de la ciudad, y solo tuvo una hora escasa para para organizarlo todo. Algo que sumado a su mal humor de aquel día, y que yo empecé a temer como posible culpable, no hacían del momento el más adecuado para pasar una velada como aquella.
Sí, y digo sentirme culpable de su malestar porque a pesar de mostrarse como la mejor de las anfitrionas, podía notar su incomodidad con mi presencia a leguas. Podía sentir sus nervios obligándola a desviar la mirada cada vez que mis ojos se cruzaban con los suyos. Ni siquiera se atrevía a mantenerla cuando hablábamos cara a cara, o el saludo frío que me regaló nada más verme. Y lógicamente, o al menos eso quise creer en aquel instante, supe que su actitud no tenía razón alguna de no ser por mi estupidez mental de no saber controlar mis gestos el día anterior, por mucho que se esmerara en utilizar a Jesse como cabeza de turco.
Lo juro.
Me lamenté y me castigué a mí misma tras haber provocado la tensión que provoqué en su librería, y lo hice muchísimo. Era consciente de lo que podía llegar a sentir al tenerla tan cerca como la tuve, porque desde el primer día en el que la volví a ver después de cinco años, supe que ese escalofrío y los nervios en el estómago me acompañarían siempre que ella estuviese presente, pero estaba convencida de poder llevarlo sin que me crease ningún tipo de problema, y mucho menos de perjudicarla.
Todo el mundo, o al menos eso quiero creer, tiene en su vida a esa persona que sin pretenderlo, se cuela en sus sueños en alguna que otra noche. A esa persona capaz de provocarte nervios y una sonrisa estúpida sin que puedas evitarlo, y no precisamente ha de ser tu pareja. Después de 7 años, unos cuantos encuentros de todo tipo y siendo consciente de que quería a Robert como nunca antes había querido a nadie, supe que Rachel Berry era mi crush, y no tenía por qué sentirme mal por ello. Pero tampoco tenía que hacerla sentir mal a ella, y en ese detalle estaba empezando a fallar por culpa de mi indiscreción.
Lo admito. Si la tarde anterior se hubiese dado en otras circunstancias o mejor dicho en años pasados, en la que ninguna de las dos teníamos relaciones con nuestros chicos, la mirada que se me escapó hacia sus labios cuando me mostraba la dichosa colección de libros, se habría convertido en un beso sin dudarlo. Pero esas circunstancias, precisamente, no me permitían que esa situación no fuese más que un breve pensamiento que solía disolverse varios segundos después de que rondase por mi mente. Lógicamente, tenía que evitar a toda costa que una situación más como aquella llegase a incomodar a Rachel. Por eso, en cierto modo y aunque no estaba convencida de ello, encontré una buena excusa para no oponerme a rechazar la invitación. Quise creer que de algún modo y estando con nuestras parejas, lograría eliminar cualquier vestigio de malestar que le hubiese provocado con mi actitud, y la convencería de que mis intenciones para con ella no pasaban más de la amistad que nos propusimos lograr.
Me lo puso complicado, sobre todo aquella noche en la que cada palabra que soltaba eran como flechas hacia su propio marido, quien con su ya particular humor, ese al que empezaba a acostumbrarme durante las horas de trabajo, no dejaba de utilizar excusa alguna para agasajarla con todo tipo de piropos que ella poca gracia le hacían, y que volvían el aire denso e incómodo a nuestro alrededor.
Fueron varias veces las que Robert me miró de reojo en alguna de las tantas indirectas que se regalaron, y fueron varias las veces que vi como Rachel llegaba incluso a avergonzarse de su actitud estando nosotros presentes. Pero yo no quise darle importancia, o mejor dicho, hice todo lo posible por ignorarlo, por hacerles creer que no me percataba de nada de lo que estaba sucediendo, y simplemente me dediqué a guardar silencio mientras ellos hablaban, y responder justo cuando era necesario hacerlo.
Y la comida fue una de esas cosas que me hizo hablar. Su ensalada de pulpo y la lubina a la plancha con cous cous eran platos dignos del mejor Chef del país, sobre todo si apenas habías tenido tiempo para prepararlos.
—Creo que será mejor que vaya por el postre—dijo ella tratando de zafarse de Jesse, pero éste parecía no percatarse de ello.
—¿También has preparado postre?—preguntó Robert.—Con todo lo que hemos cenado, no sé si me entra el postre.
—Una cena sin postre no es una cena—replicó ella al tiempo que se levantaba dispuesta a ausentarse de la mesa.
—Te ayudo—añadió Jesse imitando su acción.
No supe si lo hizo porque quería hacerlo o porque buscaba un par de minutos a solas con ella para hablar o cuestionarla acerca de su actitud, pero que aquel respiro nos hizo bien a los cuatro era más que claro. O al menos yo lo agradecí, aunque la situación no fuese la más agradable de todas. Incluso Robert se percató de ese detalle. Apenas vimos cómo se perdían en dirección a la cocina y nos dejaban a solas, me lo hizo saber.
—Con lo bueno que está todo y creo que me va a sentar mal—me susurró mientras yo apuraba lo poco que quedaba en mi copa de vino—Parece que a Rachel no le agrada mucho que estemos aquí.
—Pues no lo sé, la verdad. Honestamente, creo que tiene más que ver con algo entre ellos, que con nosotros. ¿Jesse no te dijo nada?
—No, solo me llamó para invitarnos y ya. Estaba entusiasmado, y creo que lo sigue estando. Pero Rachel…
—Tendrá un mal día.
—Sí, uno de esos días vuestros en los que ni se os puede mirar.
—¿Perdón? ¿Me vas a utilizar a mí para excusarla a ella?
—Hablo en general. Tal vez podrías hablar con ella, igual es que está pasando un mal momento y necesita desahogarse.
—No creo que deba meterme en sus asuntos—le respondí sin darle demasiada importancia, procurando que mi curiosidad e interés por hablar con ella no quedase demasiado patente.—No me gusta que nadie se meta en mi vida.
—Ya, ya lo sé, pero no sé… No te digo que le preguntes, solo provocar la situación para que al menos, si es que ella lo necesita, pues pueda hacerlo. Jesse me ha comentado alguna que otra vez que Rachel no tiene amigos en Denver, y que tú precisamente le caes muy bien.
—Sí, eso ya lo sé, como también sé que tú has ido hablándole de mis amigos.
—¿Qué?—me miró confuso—¿Cómo sabes eso?
—Porque Jesse me lo ha dicho. ¿Por qué tenías que decirle algo así?
—Pues precisamente por eso, porque me estaba hablando de que su mujer no tenía amigos y no le gustaba verla así. Qué se yo, salió en la conversación cuando estábamos con los chicos…
—Pues la próxima vez procura guardarte detalles de mi vida, y más aún si es a mi propio jefe.
—Es mi amigo.
—¿Y?
—Puedes estar tranquila, Jesse es un buen amigo, y no te va a echar.
—Ok… ¿Sabes qué? Al final somos tú y yo los que terminamos discutiendo—solté completamente molesta por su comentario. Que utilizara su amistad con Jesse para asegurarme que no tendría problemas en el trabajo, era algo que no me gustaba en absoluto. Primero, porque me desvalorizaba por completo, y segundo porque odiaba ese halo de orgullo que tomaba con su actitud al creerse superior por tener un amigo rico, como lo era Jesse.
—¿Por qué? ¿Qué estoy diciendo?
—No sé, ¿tal vez que da igual lo mala que sea en mi trabajo, no voy a tener problemas porque es tu amigo?
—No he dicho eso.
—Lo has insinuado, y sabes que me molesta muchísimo que hables de ese modo. Me he ganado el puesto sin que supiese que tú eras mi novio, ¿Recuerdas?
—Sí, claro que recuerdo… —musitó recuperando su copa de vino, aún con el deje de soberbia acuñando cada centímetro de su cara—Tranquila, no volveré a hablar nada más con nadie de ti. Ni siquiera a mi madre… ¿Contenta?
No, por supuesto que no lo estaba, pero no pude hacérselo saber con palabras porque justo en ese instante aparecía de nuevo nuestro anfitrión, portando una pequeña bandeja con varias copas estrechas rellenas de algo que a simple vista parecía una especie de granizada, y que pude confirmar una vez que tuve frente a mí. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue que precisamente la creadora de aquel postre tan llamativo, no venía junto a su marido.
—Os va a encantar, ¿Recordáis los slushies del instituto? Pues es parecido a esto, aunque este es completamente artesanal. Además Rachel le añade algún ingrediente secreto que no me quiere decir, pero que lo hace completamente especial.—Dijo al tiempo que nos ofrecía las copas.
—Hace años que no tomo slushies, pero jamás lo había hecho en copas de cristal.—replicó Robert, observando curioso el interior de su copa.
—¿Dónde está Rachel?—le pregunté yo sin prestarle demasiada atención al postre, y casi sin poder contenerme. Jesse me regaló una leve sonrisa completamente forzada que no me gustó en absoluto.
—En el baño, ahora vuelve… ¿Qué os parece si termínanos de tomarnos el postre en el jardín. La noche está genial, podemos sentarnos fuera y disfrutarla—Añadió cambiando radicalmente de tema.
—Por mi genial, hace un poco de calor aquí dentro, ¿Verdad cariño?—respondió Robert buscando mi aprobación, algo que yo me limité a regalarle con un leve asentimiento de cabeza.
—Pues vamos, no esperamos más. Rachel vendrá enseguida, seguro que le gusta la idea…
No dijimos nada más, o mejor dicho yo no dije nada más. Robert sí, él no dudó en entablar conversación con Jesse tras hacernos con nuestras copas de granizada de frutas, o eso pude intuir al probarla por primera vez y notar el inconfundible sabor del melón. Pero yo ni siquiera les presté atención, de hecho, lo único que logré asimilar que hablaban sobre coches cuando ya tomábamos asiento en varias bancas que tenía repartidas por el porche del inmenso jardín, frente a la piscina que lucía resplandeciente bajo el cielo casi negro de la noche. Seguía pensando en ella, en qué diablos estaba sucediendo para que se mostrara tan distante y a la vez tan atenta, para que cualquier palabra que le regalaba Jesse, fuese devuelto por ella con una indirecta nada agradable para quienes estábamos presenciándolo. Y no solo pensaba en qué diablos le sucedía, sino en cómo podría ayudarla si es que lo necesitaba, y si es que no era yo la culpable de esa actitud. Por suerte, no tardé demasiado en acabar con mis dudas.
Casi cinco minutos de ausencia después, y cuando Robert y Jesse hablaban de ir al garaje a ver algo del motor de no sé qué, apareció ella con el semblante serio, pero completamente serena, con calma.
—Siento haber tardado—fue lo primero que dijo adueñándose de una de las copas—Me he dado cuenta de que tenía una llamada de mi madre en el teléfono, y la he llamado para saber qué quería.
—¿Está todo bien?—preguntó Jesse
—Sí, sí. Me llamó solo porque yo no la he llamado esta semana, y ya sabes cómo es…
—Ok.
—Oye, ya que está aquí y Quinn no se queda a solas, podrías enseñarme ese motor, ¿No?—intervino Robert acabando por completo con la leve tregua que parecía ceñirse sobre nosotros. Y digo tregua porque fue hablar, y una batalla de miradas comenzó a delatarnos a cada uno. Robert me miró a mí, tratando de hacerme comprender que lo único que pretendía era que me quedase a solas con ella. Jesse , sin embargo, no dudó en cuestionar a su mujer para buscar algún tipo de aprobación a la petición de mi chico. Ésta le respondió como nunca imaginé que lo hiciera; mirándome directamente a mí y regalándome una leve sonrisa que yo encontré completamente delatadora, aunque por lo visto nadie más lo entendió así, y yo simplemente me limité a mirarlos uno por uno hasta esperar algún tipo de reacción por parte de los implicados.
—¿Os importa que nos ausentemos un momento?—fue Jesse el primero en interrogarnos con palabras.
—Por mí no hay problema—masculló Rachel tomando asiento en una de las banquetas, frente a mí y dando un buen sorbo de su propia granizada.
—Por mí tampoco—dije yo entendiendo que había llegado el momento, y supuse que Robert también se percató del hecho, aunque lógicamente él no sabía de mi verdadera curiosidad. O mejor dicho, de mis ganas por disculparme con ella.
—Pues entonces, vamos… Quiero que veas esa preciosidad y me odies—soltó Jesse dando por finalizada la conversación entre los cuatro, y muy a mi pesar, sus palabras también produjeron ese efecto en nosotras dos.
Apenas vimos desaparecer a nuestros chicos hacia el interior de la casa, y el silencio se adueñó de nosotras y del inmenso jardín que nos rodeaba. Un silencio solo roto por los pequeños sorbos que dábamos a la deliciosa granizada. Y lo cierto, es que si no llega a ser por ese mismo detalle, no sé si hubiese sido capaz de salir de aquel momento.
No sé por qué, pero todo lo que me rondaba por la mente para decirle en aquel instante, se quedó atrapado en mi interior y no lograba salir de mí, provocándome un incómodo bloqueo que ella pudo percibir de manera instantánea, y que curiosamente, no quiso que acabara.
Rachel se acomodó en su asiento, dejó escapar algún que otro suspiro y degustó con tranquilidad su postre, dejándome a la deriva sin saber qué o cómo hablarle. Sin llegar a comprender como parecía que entre nosotras dos todo había cambiado de un día para otro, y obviamente, por mi culpa.
—Está delicioso—balbuceé con apenas un hilo de voz—El Slushie, digo… Enhorabuena.
—Gracias. Siento no haber preparado algo más trabajado.
—Oh… No, no sientas nada. Es perfecto para después de cenar, y está riquísimo…
No dijo nada. Rachel simplemente cambió su gesto y me regaló una sonrisa más cómplice, pero de nuevo volvió a su mutismo pétreo, el cual empezaba a ponerme de los nervios. De hecho, no sé qué habría llegado a hacer de no haberme percatado de algo que llamó mi atención por pura casualidad, y que me distrajo un par de segundos, o tal vez fueron minutos, no lo sé. Simplemente alcé la mirada como si aquello me fuese a ordenar las palabras en mi cabeza, y lo vi. Imponente, enorme, tan exagerado que no quise creer lo que era hasta que ella misma me lo confirmó. Y lo hizo sin que apenas me diese cuenta.
—Se llama telescopio—musitó rompiendo el silencio, y cuando bajé la mirada hacia ella la vi sonreír divertida. Parecía que habían pasado años entre sus sonrisas, y aquella sin duda me gustaba mucho más.
—Es… Es impresionante. Es enorme.
—¿Nunca has visto uno?
—Claro, claro que lo he visto, pero no de ese tamaño—dije regresando al balcón del piso superior donde parecía estar anclado— No me di cuenta de que estaba ahí el día de la fiesta.
—Es que ese día no estaba ahí. No me arriesgué a que alguien subiera e hiciera algo que no me gustase y lo quité, a pesar de los 150 kg. Ya sabes cómo son las fiestas de cumpleaños de mi marido…
—Ya, ya lo sé… De todos modos, es… Impresionante—añadí de nuevo sin saber qué más decirle, sobre todo porque esa última referencia a las fiestas de cumpleaños, y mencionar a Jesse como su marido, sonó un tanto a reprimenda. O tal vez era mi paranoia y lo entendí de esa manera. Sea como fuere, no me gustó como lo dijo, y por mi silencio posterior imaginé que lo entendió de esa manera.
—¿Nunca has mirado a través de un telescopio?—habló de nuevo rompiendo mi mutismo.
—Sí, claro que he mirado. En el colegio y el instituto. Pero nunca en uno tan grande como ese.
—¿Y qué has visto?
—Pues… La luna.
—¿La luna?
—Sí, pero apenas le prestamos atención. Nos divertía más el hecho de estar fuera de clase que lo que hacíamos. Lo siento, la astronomía no era algo divertido en el instituto.
—Ya veo… Es normal que no lo sea si lo único que te dejan ver es la luna. Ven… Te voy a demostrar que hay cosas más interesantes.
—¿Qué?—le dije al ver como se levantaba rápidamente y me invitaba a hacerlo a mí también.
—¿No quieres mirar a través de esa maravilla? Te aseguro que te puedo mostrar algo más interesante que la luna.
—¿Ahora?
—Bueno, a menos que prefieras quedarte aquí mirando las musarañas o en completo silencio… Sí, ahora—soltó y yo pude negarme a tal invitación, sobre todo porque lo de guardar silencio llegó a avergonzarme un tanto.
Así que no la hice esperar. Tomé mi copa con granizada y me dispuse a seguirla por el interior de la casa, hasta llegar a las escaleras y ascender a la primera planta. Todo ello sin apenas hablar, simplemente caminando la una detrás de la otra como hicimos aquel día, como hicimos aquella noche en los pasillos de un hotel de los Ángeles. Ni siquiera nos miramos, simplemente caminamos hasta que al igual que aquella vez, cruzamos la puerta de un dormitorio, aunque esta vez era el suyo y el de su marido. Y lógicamente, aunque también incomprensiblemente, me provocó un malestar aún mayor del que podría esperar en una situación como aquella.
Rachel no se detuvo y avanzó hacia unos ventanales que aparecían justo enfrente de la enorme cama que presidía la estancia, pero yo no pude evitar que mis piernas se bloquearan por algunos segundos mientras la veía, o mejor dicho, la imaginaba a ella durmiendo entre las sabanas de aquella cama y a Jesse justo a su lado, abrazándola como yo lo hice aquella noche.
Fue tan desmoralizador que incluso me planteé excusarme de alguna manera y salir de allí lo más rápido posible, pero para cuando esos pensamientos rondaron por mi mente, Rachel ya me miraba desde el balcón, de nuevo con su sonrisa más encantadora y con un brillo en los ojos que me atraían hacia ella como si estuviese presa de sus propias leyes de la gravedad. Como si fuese uno de esos cuerpos celestes de los que tanto le gustaba hablar, y que solían atraer entre sí a galaxias completas.
—Ven, siéntate aquí—me dijo con los nervios aflorando en su voz, como si estuviese a punto de estallar de entusiasmo, y yo la obedecí sin más.
¿Cómo no hacerlo?
Nada más tomar asiento en la pequeña banqueta con ruedas que me ofreció, supe que estaba ante la verdadera Rachel Berry.
Ver su rostro iluminado mientras preparaba el impresionante telescopio, como parecía acariciarlo más que manejarlo, y la sonrisa fija en sus labios, me hizo comprender que eso sí era lo que ella necesitaba para ser feliz. Que con aquello no necesitaba nada más, ni libros, ni librerías, ni coches, ni mansiones. De hecho, podría jurar que ni siquiera se sentía orgullosa del majestuoso telescopio, sino del poder mostrarme algo que a ella le fascinaba, y que estando al alcance de cualquiera que osara a mirar el firmamento, nadie parecía disfrutar como ella lo hacía.
Fueron varios minutos los que permanecí completamente embelesada observándola, incluso con la oscuridad invadiéndonos, ya que se encargó de apagar la luz de la habitación para que todo fuese más nítido allí arriba. Y fueron varios minutos los que estuve agradeciéndole a quien quiera que estuviese guiando nuestros caminos, que me obligase a lanzar la mirada hacia arriba para descubrir el telescopio. Los mismos minutos que ella estuvo moviendo, girando, calibrando y mil cosas más en aquellas decenas de ruedas y botones que tenía el dispositivo. Y fueron sus ojos, completamente expectantes e ilusionados los que me sacaron de mi mundo cuando se posaron sobre los míos.
—Vamos, acércate… —Me dijo con la ilusión brotando de sus labios, y yo arrastré la banqueta hasta llegar a su lado.
—¿Tengo que mirar por ahí?—le pregunté tras ver lo que suponía que era el visor, y solo porque la había visto a ella observar a través de él segundos antes. De no ser así, y por lo raro que era aquel telescopio, no habría sabido donde tendría que haberme situado.
—Así es, no tienes problemas de vista, ¿No? Nada de miopía…
—Eh… Bueno, hace unos meses me detectaron algo de miopía, pero no tengo problema alguno. Veo perfectamente por ahora.
—Ok. Si ves borroso me lo dices, ¿De acuerdo?
—Claro…
—Bien, vamos… Mira.
Fueron las palabras mágicas.
Lo juro. Juro que jamás en mi vida me sorprendí tanto con algo como cuando mi ojo izquierdo se posó en aquel visor y la información de lo que veía llegó a mi cerebro. Juro que jamás en mi vida me costó tanto asimilar que fuera real, de hecho, completamente inconsciente de lo que hacía, no dudé en separarme de él y buscarla a ella con la mirada.
—¿Qué?—musitó expectante.
—No, no puede ser verdad…
—¿Cómo que no puede ser verdad?—cuestionó cambiando radicalmente su expresión por una confusión total—¿Qué ocurre?
—No puede ser verdad—añadí de nuevo automáticamente—Es una broma, ¿Verdad? Es… Es una fotografía, ¿No es cierto?
—No, no entiendo lo que dices, Quinn. ¿A qué te refieres con una fotografía?
—¡A Saturno!He… He visto Saturno… No puede ser real.
—Claro que es real, y eso es lo que quería que vieses. En la época en la que estamos es uno de los planetas que mejor se pueden ver, y por eso te lo he dirigido hacia allí. ¿No… No te gusta?
Ni siquiera pude responderle en ese instante. Tras su explicación, presa de unos nervios infantiles como los de un niño el día de Navidad al abrir sus regalos, volví a mirar a través del visor para asegurarme de que aquello real. De que allí, en mitad de un intenso cielo negro flotaba ese planeta que todo el mundo es capaz de reconocer por sus anillos exactamente igual que en las fotografías de los libros, o en los documentales de la tele. Que estaba allí y podía verlo tan perfecto, tan nítido que parecía irreal.
—Quinn, ¿Ocurre algo?—la escuché interrogarme de nuevo—¿Se ha movido o…?
Fue entonces cuando volví a mirarla a ella, para a continuación dirigir mi mirada hacia el mismo trozo de cielo donde apuntaba el portentoso cañón del telescopio por pura inercia, tratando de ver algo que era físicamente imposible a simple vista, y encontrándome con cientos de estrellas que parecían exactamente iguales. Por eso mismo, completamente incrédula, regresé a mirar de nuevo y a maravillarme por tercera vez consecutiva.
—Oh Dios…—dejé escapar sin siquiera percatarme de ello, y supe que lo había hecho porque no tardé en obtener la réplica en Rachel.
—¿Todo bien?
—No, no me lo puedo creer. Es exactamente igual que los libros, que en la tele… Si hasta se le ven los anillos, y tiene una franja…
—La división de Cassini
—¿La división qué?—
—Es la franja que separa el anillo A del anillo B. La descubrió Giovanni Cassini en el siglo XVII.
—¿En el siglo XVII? ¿De veras?, ¿Cómo?
—Con un telescopio.
—Pero… ¿Ya había telescopios en esa época?—la miré confusa y su sonrisa se hizo más patente.
—¿No te suena de nada el nombre de Galileo Galiei?
—Claro, claro que sé quién es.
—Él utilizó el primer telescopio, precisamente en ese mismo siglo… No somos tan innovadores como aparentamos.
—Ya veo… Dios— volví a mirar a través del visor—Me parece tan increíble ver como es
—¿Cómo pensabas que era?
—Pues, no, no lo sé—balbuceé de nuevo completamente en shock, y más aún me bloquee cuando volví a buscarla con la mirada. Estaba tan ensimismada esperando mi reacción que se había acercado tanto a mí que apenas nos separaban un par de palmos, y eso provocó que de nuevo me estrellase contra el brillo de sus ojos resaltando en la oscuridad que nos envolvía.
Un brillo en el que pude percibir el atenuante vidrioso que preceden a las lágrimas, y que obviamente me puso en alerta.
—Es, es genial, Rachel. Gracias. Gracias por dejarme ver algo así.
—Gracias a ti por ilusionarte como lo has hecho—me dijo alejándose un poco de mí, lo suficiente para que la situación incómoda del día anterior no volviese a darse. Y fue ese mismo gesto lo que me hizo recordar el motivo por el que quería estar a solas con ella.
Solo tenía que ser sutil.
—¿Quién no lo haría con semejante espectáculo? O sea, puedo comprender que te parezca exagerado, ya que tú estás acostumbrada a verlos a diario, o que se yo… Pero te juro que he temblado y todo al verlo. No sé, es como una de esas cosas que no esperas que te pueda llamar la atención y cuando las ves… Boom, es como si te estallara algo dentro, pero bien… Quiero decir, es bueno, muy bueno el sentimiento. De verdad, gracias.
—Deja de agradecérmelo… Solo quería que vieses algo más llamativo que la luna, y veo que he acertado. Pero no tienes que darme las gracias. Me conformo con que lo hayas disfrutado.
—Muchísimo, lo he disfrutado muchísimo. Creo que me pasaría horas mirándolo, y no estoy exagerando… Lo cierto, lo cierto es que ahora puedo empezar a comprender por qué te gusta tanto éste mundo. Si yo me he puesto así y he sentido todas esas cosas, no me quiero ni imaginar qué sentirías tú al verlo por primera vez—repliqué y un pequeño suspiro se escapó de entre sus labios con algo de añoranza. –¿Qué fue?¿Te sentiste así alguna vez al descubrir algo?—añadí viendo como poco a poco parecía abrirse más después de su actitud esquiva durante la cena.
—¿Tú que crees?
—Pues… No lo sé, ¿Tal vez al ver la luna?—bromeé y una leve carcajada que me supo a gloria se escapó de sus labios, aunque sus ojos seguían a punto de desbordarse con las lágrimas. —¿Saturno?
—No, aunque parezca extraño, la primera vez que pude ver alguno de los planetas, no llegué a emocionarme tanto. Fue… Fue otra cosa lo que me hizo amar este mundo… Algo que está a 240 años luz de nosotras.
—Supongo que eso es mucho, ¿No?
—Bueno, si Saturno está a 0,00013 años luz, básicamente a unos 1270 millones de kilómetros, pues sí… Lo que vi estaba muy muy lejos.
—Guau… ¿Y qué era?—insistí curiosa, aunque mi respuesta sonó un tanto forzada. Las cifras no eran lo mío, y que me hablase de distancias en años luz, menos aún. Pero aun así, quise saber, o mejor dicho, desee que siguiese hablándome como lo hacía.
Para mi desesperación, ella volvió a guardar silencio por algunos segundos, y sin esperarlo, regresó al telescopio. No supe lo que hacía hasta que la vi fijar de nuevo las ruedas y botones de la caja que soportaban el cañón, y dirigirlo hacia otra zona del cielo en la que yo solo podía distinguir estrellas. Tras varias comprobaciones, volvió a invitarme a que mirase a través de él, sin siquiera mencionar palabra alguna.
Y eso hice. Un tanto expectante por lo que iba a ver, arrastré de nuevo mi banqueta hasta colocarme junto al visor, y me lancé a mirar a través de él para descubrir una estrella. Una simple, aunque muy brillante estrella. Una bola de fuego que parecía palpitar y que en ocasiones fluctuaba entre distintos colores.
—HIP25336—la escuché susurrar y un extraño escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Bellatrix?—cuestione, aunque sonó más a confirmación. Jamás olvidaría aquellas siglas y el curioso nombre que daba la estrella en cuestión que ocupaba las coordenadas.
—La guerrera—añadió ella respondiéndome lo que yo ya sabía.
—¿Fue esa estrella la que te enamorases de la astronomía?
—Más o menos
—¿Cómo fue? ¿Cómo y cuándo la viste? —insistí
—Pues… Fue gracias a mi padre. Él era un gran aficionado a la astronomía, le encantaba ver documentales de ciencia relacionados, incluso iba a esas reuniones que suelen hacer los aficionados en los observatorios para ver cualquier evento importante. Le, le fascinaba este mundo, y en casa se pasaba horas en el jardín observando estrellas con un planisferio como el que yo te regalé—comenzó a relatar, y yo no me atreví a apartar la mirada de aquella estrella, para no interrumpirla o cohibirla de alguna forma.—El día de su 40 cumpleaños mi madre le regaló un telescopio, cuando yo apenas tenía 9 años, y esa noche hicimos una acampada los dos en el jardín… Fue genial. Me mostró muchas cosas, como la Luna… Saturno, Marte. Recuerdo, recuerdo que cada vez que veía algo nuevo, me fascinaba… Quería tocarlos, verlos siempre que pudiese. Quería verlo todo… Y todo el tiempo. Jamás olvidaré aquella noche, y a la mañana siguiente le dije que quería buscar cosas por mí misma, que quería aprender a manejar el telescopio, pero él me dijo que no podía tocarlo hasta que no aprendiese a mirar las estrellas con el planisferio. Que el telescopio era algo muy importante y muy caro, y no podía andar toqueteándolo sin saber siquiera donde estaban situados los planetas, y qué podía o no ver según la estación. Así que me regaló su planisferio y me obligó a aprender de él. Tenía que saber manejarlo para poder utilizar el telescopio, y te juro que a pesar de la edad que tenía, nunca he me empeñado tanto en conseguir algo como lo hice con el planisferio.
Lo estudiaba, lo miraba, lo giraba una y mil veces. Me sentaba en el porche de mi casa y miraba el cielo buscando cada estrella que venía situada en el planisferio, pero apenas podía distinguir un par de ellas, hasta que poco a poco fui lográndolo. Varias semanas después, mi padre se puso enfermo y tuvo que estar un tiempo en el hospital, y… Bueno, una noche en la que mi tío se quedó a cuidarnos en casa, aproveché que no estaban ni mi padre ni mi madre, y bajé al jardín sin que nadie me viese y utilicé el telescopio para descubrir qué diablos era el cinturón de Orión. Llevaba días tratando de verlo a simple vista, pero no lo lograba. Así que no podía dejar pasar la oportunidad, y aunque mi padre no me había enseñado a utilizarlo, supe como orientarlo para dar con la constelación. Y fue entonces cuando la vi—musitó con la voz entre cortada y una sonrisa de satisfacción que pude contemplar tras no poder evitar mirarla.
—¿La estrella? ¿Vistes a Bellatrix?
—Sí. Vi y me impactó tanto, me… Me ilusionó tanto haber descubierto algo por mí misma, sin ayuda más que del planisferio.
—¿Y tu padre te descubrió?
—Así es. Dos días después volvió a casa del hospital, y regresó a su rutina de ver las estrellas cada noche… Una mañana, cuando desayunábamos antes de ir al colegio me llamó pequeña guerrera. Recuerdo… Recuerdo que mi madre empezó a cuestionarlo porque no comprendía nada, pero él no le respondió. Mi padre simplemente me miró y me dijo, a partir de ahora te llamaré pequeña guerrera, pero nunca me dijo el por qué…Hasta tres años después, que me confesó que había descubierto que utilicé el telescopio porque dejé todos los parámetros y las coordenadas perfectamente alineadas. Supo que la estrella que había visto por primera vez por mí misma, era Bellatrix… La guerrera del cazador—susurró con el orgullo invadiendo cada una de sus palabras.
—Guau… Bonita historia.
—Pues sí.
—Supongo que tu padre ahora te preguntará como utilizar éste telescopio, ¿No?—cuestioné completamente ignorante de la escena que estaba a punto de vivir. Sé que es físicamente imposible, pero yo creí escuchar mi corazón romperse en ese instante.
Rachel bajó la cabeza tratando de evitar que viese como la primera de las lágrimas caí por su mejilla, y mi alma se congeló.
—Rachel…
—Mi, mi padre murió meses después de esa historia.—Confesó dejándome enmudecida por algunos segundos en los que fui consciente de mi error.
—Oh Dios… Lo, lo siento mucho. No tenía ni idea de…
—No te lo he dicho, es lógico que no lo sepas.
—Sí pero… Dios, lo siento…
—Tranquila—musitó alzando de nuevo la mirada hacia a mí, y regalándome una sonrisa que, a pesar de confundirse con el llanto, me serenó.—Han pasado muchos años, y bueno… Es difícil superar algo así, pero se supera, te acostumbras a hablar de él en pasado. Si me ves llorar es en parte de alegría, no solo de pena. Yo jamás imaginé que él pudiese sentirse orgulloso al verme mirar por un telescopio, y ahora al verte a ti me he dado cuenta de que es posible—añadió tratando de contener las lágrimas con tiernos suspiros que la hacían más adorable aún—La primera vez que Jesse vio Saturno me dijo que en fotos se veía mejor…—continuó dejando escapar una leve carcajada completamente rota.—Fue una completa decepción para él, y para mí. Por eso me alegra que a ti te haya parecido más interesante.
No supe qué decir ni qué hacer, de hecho, los siguientes segundos o tal vez minutos, los pasé mirándola, viendo cómo se secaba las lágrimas con sus manos y seguía manteniendo una sonrisa abrumadora, casi indescifrable que me llevó al lamento más absoluto.
—Ok… No quiero que me sigas viendo así, si quieres te puedo mostrar otra estrella… O tal vez quieras regresar, y ver dónde están los chicos…—Dijo ella consciente de la situación, tratando de cambiar por completo la conversación.
—Rachel—la detuve antes de que mi mutismo acabase con aquel momento, y ella me miró aún con la respiración un tanto entrecortada.—Quiero… Quiero pedirte disculpas.
—¿Disculpas? No, por favor, Quinn. No tienes que disculparte por algo así, no has dicho nada malo y no sabías nada, además… Que mencionen a mi padre no me hace mal.
—No, me refiero a eso.
—¿Ah no? Entonces… ¿Por qué?
—Por lo idiota que fui ayer—solté y su gesto cambió radicalmente. Tanto que temí que rechazase hablar de aquello. —No, no sé lo que me sucedió ayer, bueno mejor dicho no sé por qué no pude evitarlo… Y lo lamento muchísimo. Yo, yo no quiero que pienses que quiero crearte problemas, y te aseguro que no volverá a suceder. Simplemente te vi ahí, y… No sé, tuve una especie de Deja Vu que me bloqueó y me hizo actuar así, pero te juro que no pretendía hacerte ningún mal.
—¿Ningún mal? ¿A mí? Quinn, soy yo la que no quiere crearte problemas, soy yo la que no quiere hacerte sentir mal. Tú a mí no me haces más que bien…
—Mi actitud de ayer no fue la más correcta entre dos amigas. Fui yo la que… Bueno, la que…
—¿Me habrías besado?—Su pregunta me dejó completamente en shock y supuse que se percató de ello al corregir la cuestión—Quiero decir, si las circunstancias no hubiesen sido las que son, ¿Lo habrías hecho?
—Pues… No, no lo sé. Supongo… —Balbuceé un tanto avergonzada por mi poca valentía para hablar con claridad, como ella había hecho. Porque eso fue lo que sucedió; estuvimos a punto de besarnos. Y eso fue lo que realmente me había estado martirizando durante todo el día, no el hecho de huir despavorida.
—¿Supones?
—Rachel, yo quiero a Robert… Y respeto a Jesse, y por supuesto te respeto a ti, pero eso no quita que si ese encuentro se hubiese dado como los anteriores, pues…
—Me habrías besado…—Susurró como sorprendida, de hecho la vi dibujar incluso una leve sonrisa que me confundió aún más.
—Sería idiota si dejase pasar una oportunidad como esa—le solté pensando más en seguir viéndola sonreír como lo hacía, que en lo que podía entender de aquella confesión. Por suerte supo entenderme perfectamente, y se lo tomó tal y como yo deseaba.
—No, no tienes que pedirme disculpas por lo que sucedió ayer. Yo también actué como lo hice. Yo también dejé que llegase ese punto entre nosotras… No es tu culpa.
—No trates de excusarte, Rachel. Fui yo la que provocó esa situación y lo sabes, eres consciente de ello y por eso saliste huyendo como lo hiciste. Fui yo quien estuvo a punto de estropearlo todo, y hoy cuando te he visto y he notado tu actitud… Te juro que me siento fatal. Yo, yo quiero ser tu amiga, quiero que cuentes conmigo… No quiero que me esquives como lo has hecho hoy por miedo a que pueda hacer algo como lo que hice ayer, porque te aseguro que no va a volver a suceder.
—Quinn… Yo no te he esquivado. Si me he mostrado un poco más distante es porque no quería agobiarte.
—¿Agobiarme?
—Sé que Jesse te ha pedido que seas mi amiga…
—¿Qué? Eh… No, no me ha pedido…
—Sigues mintiendo fatal—musitó mordiéndose el labio, conteniendo una sonrisa que a mí me puso mucho más nerviosa de lo que ya estaba.
—No, no te miento, Jesse solo… Bueno, él simplemente me dijo que no tenías muchos amigos, pero eso ya lo sabía… Ya me lo dijiste.
—Excusas. Conozco a Jesse, y conozco su capacidad de persuasión cuando se propone algo, lo hizo conmigo cuando nos conocimos e incluso llegó a convencerme para que me casara con él—bromeó, pero mis nervios no me dejaban ver el lado divertido de aquella conversación. Al menos hasta ese instante— Lleva mucho tiempo insistiendo en que tenga una vida más social, y como con sus amigos no he podido congeniar pues... Supongo que ha visto la mejor de las oportunidades contigo. Sabe… Sabe que te aprecio, que me caes bien… Pero eso no justifica nada, y no me gusta que obligue a nadie a verse en comprometida a hacer algo que no quiere.
—¿Obligado? Rachel, él no me ha obligado a nada. Tengo la suerte de conocerte desde hace mucho tiempo, y no necesito que nadie me diga si debo o no acercarme a ti. A menos que sean los astros…
—Ya…Los astros.
—Hey… Confía en mí. Es cierto que Jesse me habló de ti, me dijo que no tenías muchas amistades y que yo te caía muy bien—musité con algo de orgullo forzado para hacerla sonreír—Simplemente me pidió que te diese una oportunidad, que eras una chica encantadora y muy especial, como si yo ya no lo supiera…
—¿De verdad?
—Sí—respondí sabiendo que le en cierto modo le estaba mintiendo. Porque tal vez Jesse no me obligó a que me acercara a ella, pero tal y como acababa de confesarme, su capacidad de persuasión fue bastante clara cuando me lo propuso sutilmente. No obstante, lo último que deseaba en aquel momento era hacerla sentir peor de lo que ya parecía sentirse.—Jesse simplemente me habló bien de ti, como Robert lo haría de mí, y yo de ti—añadí buscando su tranquilidad.
— Pues… No sabes cuánto me alegra oírte decir eso. Cuando, cuando he llegado esta tarde y me ha dicho que os había invitado a cenar, le propuse cancelarla… Porque quería estar preparada y no me daba tiempo a organizar todo como os merecéis, pero entonces él ha insistido… Y me ha dicho que poniendo excusas nunca tendría oportunidad de ser tu amiga. Ha sido escucharle decir eso y saber que algo tramaba… Y no estaba equivocada. No es la primera vez que hace algo así, y yo no lo soporto. Por eso he estado toda la noche distante y cortante con él. Habíamos discutido y… Bueno, siento no haberme comportado como debía, y mucho más que hayáis tenido que vivirlo. No estoy orgullosa de ello, te lo aseguro.
—No tienes que disculparte por nada, al menos no conmigo. Sabía que algo te sucedía y pensé que era por lo de ayer, y tú simplemente estabas evitando que me viese en la obligación de querer ser tu amiga. Todo una confusión.
—Cierto.
—No quiero que te sientas mal por mí en ese aspecto, ¿Ok? Yo estoy encantada con haber vuelto a encontrarte y tener más tiempo para conocerte. Y si tú me quieres en tu vida, te prometo que no dejaré que vuelva a suceder lo que me pasó ayer.
—No me tienes que preguntar si te quiero en mi vida, ya formas parte de ella… ¿Recuerdas?—musitó llevándose la mano derecha hacia su hombro donde seguía luciendo su tatuaje, o mejor dicho nuestro tatuaje.
Fui yo quien se lo hizo y ahora que conocía la historia del mismo, sentía que ya no solo había sido mi primer tatuaje, sino que formaba parte de mí. Que era algo personal, mucho más de lo que podría llegar a imaginar. Y ella mucho menos.
—Bien, porque me temo que hay muchas cosas ahí arriba que quiero que me enseñes—le dije buscando de nuevo su sonrisa, y ésta no tardó en llegar. Y si no hubiese sido por la voz de Jesse tronando en mitad el jardín, se habría alargado mucho más.
La llamaba a ella desde uno de los extremos de la piscina y alzando la mirada hacia el balcón en el que nos encontrábamos, aunque era a mí a quien buscaba. Supuse que nos había visto, o tal vez intuía que estaríamos allí, porque la oscuridad a nuestro alrededor apenas nos hacía visible al resto, y Rachel no tardó levantarse de la banqueta para atenderlo.
—A Robert le acaba de llamar su jefe, por lo visto mañana va a tener que salir de viaje muy temprano, y cree que debe marcharse ya—lo escuché responder, y me lamenté.
Rachel me miró extrañada, esperando mi confirmación a algo que yo ya sabía que sucedería. Porque era habitual que cada dos o tres semanas, Robert tuviese que viajar con él por motivos de trabajo justo el único día en el que ambos descansábamos.
—Ok… Ya bajamos—le dijo ella tras afirmarle con resignación que era normal. Después de eso, no volví a hablar más. Y no lo hice no porque no quisiera, sino porque ver como se esmeraba en dejar el telescopio perfectamente protegido con una funda que al principio no tenía, ver como lo mimaba y recordar su cara al verme estallar de sorpresa por culpa de Saturno, me hizo guardar silencio y pensar en lo especial que era aquella chica. En el tiempo que habíamos pasado juntas sin que apenas nos diésemos cuenta. En los momentos que habíamos compartido echando la mirada atrás, en como sus gestos, su manera de moverse o expresarse empezaban a resultarme terriblemente familiares, como si hubiese estado a mi lado desde el día en que nací.
Sin duda alguna, había algo más que una simple amistad entre nosotras. Había algo más que el cariño de los recuerdos, de los momentos vividos y esa imperiosa necesidad por cuidarla que se forjó en mí en apenas un par de semanas.
—¿Vamos?— me dijo cuando ya estaba todo perfectamente ordenado en el balcón, e invitándome a adentrarme de nuevo en la habitación para regresar a la planta inferior. Yo por supuesto, acaté su pregunta como una orden y obedecí sin más, pensando que de nuevo haríamos el mismo recorrido a la inversa en completo silencio, pero ni siquiera permitió que abandonase la habitación para acabar con mis sospechas.—Quinn… Espera—me susurró justo detrás de mí. Cuando me giré hacia ella la vi detenida, observándome con media sonrisa y aún el rastro de las lágrimas por sus mejillas.
—Dime…
—Gracias—balbuceó un tanto indecisa y presa de unos nervios que la hicieron dudar por el paso que había dado para acercarse un poco más a mí. Supe lo que pretendía, y ver como el temor parecía bloquearla, ni siquiera me lo pensé.
Fui yo quien acortó el metro apenas que nos separaba y la abracé sabiendo que lo realmente lo necesitaba. Y no estaba equivocada. Rachel no tardó en aferrarse a mí al tiempo que dejaba escapar un suspiro sereno, como si se hubiese dejado que todos los nervios, los miedos y las dudas se escapasen de ella a través de aquel rebufo.
—Deja de darme las gracias—musité aún con ella entre mis brazos—Somos amigas, ¿No?
—Una cosa no exime de la otra. Las amigas tienen que ser agradecidas—me replicó justo cuando se separaba lentamente de mí, y yo no pude evitar sonreírle mientras aprovechaba la ocasión para limpiar sus mejillas y evitar que los chicos pudiesen intuir que había llorado.
—Me parece perfecto, pero las amigas hacen otras cosas además de darse las gracias… Como por ejemplo contarse cosas curiosas.
—¿Cosas curiosas? ¿Qué quieres que te cuente de mí que sea curioso?
—No sé… Por ejemplo, ¿Por qué sigues llamándote Rachel Berry y no Rachel ?—solté dejándola completamente sorprendida. Y no, no había improvisado.
Fueron varias las veces que pude comprobar como las dependientas de la librería se dirigían a ella como Señora Berry, además de las veces en las que ella misma se presentaba con su propio apellido, y una vez que supe que estaba casada la curiosidad comenzó a invadirme.
Tal vez aquel instante, en el que acabábamos de fundirnos en un abrazo no era el más adecuado para una pregunta de ese tipo, pero dadas las circunstancias, supuse que al menos lograría provocarle una sonrisa más distendida y acabar con sus nervios. Por suerte ella lo supo entender de esa manera.
—¿Así que quieres saber por qué sigo utilizando mi apellido de soltera?
—Son cosas que las amigas tienen que saber, ¿No crees?
—Está bien… Te lo contaré—replicó recuperando por completo la serenidad, y ese amago de orgullo que tan divertida la hacía—Y lo haré cuando me invites a tomar café.
—¿A tomar café?
—Así es… Ya sabes, como hacen las amigas.
