No sólo te parece odioso, sino insoportable. Pero de cualquier forma vas y pasas con él la tarde. Parece dispuesto a sonreírte, a conversar de tonteras e invitarte alguna bebida caliente; le gusta el vino caliente y especiado y no deja de decir con su sonrisa radiante y presumida, que es lo mejor de la Navidad. En el fondo no toleras la forma como lo dice cada vez, como si no lo hubiera dicho antes, como si fuera una maldita novedad, mucho menos la arrogancia con la que se jacta frente a la gente, sus comentarios socarrones sobre la fortuna que tienes al estar con él, la benevolencia de su apertura a acompañarte; es un maldito pedante desagradable, pero está tan jodidamente bueno, que le aguantas con estoicismo.

Y en el fondo, no entiendes qué haces en un café, en un bar, en un restaurante junto a él.

Entonces salen a pasear y camina pegado a tu cuerpo, a veces se queda callado y deja de hablar de su buena fortuna o sus planes perfectos y te mira de reojo, tú alzas la cara y contemplas lo que hay delante, compensas su silencio y egocentrismo con un poquito del tuyo, él sonríe y sí, parece sentirse alentado e incluso contento y descubres muy dentro de ti que se parecen bastante, porque cuando él no habla de sí mismo, tú dedicas el tiempo a hablar de ti y de algún modo aquello se compensa; es Navidad, disfrutan del clima helado y la ropa invernal y mientras recorren las calles de Londres, Cormac atina a divertirse mirándote a hurtadillas llevándote por doquier.

De pronto se encuentran en un parque viendo hacia el lago congelado y la gente patina ahí entre risas; Cormac acelera el paso y se pierde a sus orillas pobladas de nieve y pierde sus botas entre la suavidad blanca, debes que seguirle porque te da picones; una nevada empieza a caer lenta sobre sus cabezas y su cabello castaño se ve más radiante que nunca, en un silencio acogedor de frío, se miran con una gran sonrisa, es un silencio largo y pronunciado, Cormac mira a la gente que patina y lo miras a él e invierten papeles después riendo por dentro.

Y es que quizá tu ego, Pansy, sea justo perfecto para el de Cormac McLaggen, eso y nada más.