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Capítulo 15

Vinagre y agua de mar

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«El mar siempre le llenaba de nostalgia, aunque nunca estaba segura del por qué »

—Cornelia Funke, Inkheart


Hay demasiada gente. Los estudiantes se aglomeran —porque el ser un gran campus no cambia el hecho de que el alumnado aumenta— y curiosos, comienzan a revisar las exposiciones de las otras facultades.

Afuera hay caos: los alumnos y público en general tratan de absorber un poco de información de todo lo que se les presenta. Adentro, sin embargo, Tetsuro está nervioso. Hay distintos cuadros que añaden color y contraste a las paredes blancas de las aulas que fungen y se han convertido en una improvisada galería. Washijo está ahí, por supuesto, prestando ojo crítico, desaprobando con la mirada o destrozando con muecas —apenas perceptibles— las líneas, sombras y técnicas. El monstruo que le invade, ese que provoca su ansiedad, se hace más grande con cada paso que Washijo da, cada vez que éste se acerca más y más a su colección de retratos.

La galería permanece cerrada al público, al menos hasta que el profesor tome sus decisiones respecto a todos los alumnos. Con todos en una fila, tragando saliva, sintiendo cómo la sentencia se acerca poco a poco, Washijo deja de caminar y se detiene frente a ellos. A pesar de que saben muy bien que su profesor solo hace esas exposiciones con trabajos de personas que le han gustado, el nerviosismo y la ansiedad por saber su opinión es entendible. Son muy pocos los que buscan la maestría, como Tetsuro, lo que hace que la situación sea más inquietante, pues para ellos se trata de un examen.

Tetsuro quiere buscar con la mirada a Kageyama, pero con Washijo ahí presente es difícil el hacerlo, así que opta por mirar al frente.

Washijo sabe la influencia y respeto que tiene sobre sus alumnos. No importa cuánto le critiquen otros profesores —quienes no entienden la diferencia entre ser estricto y atormentar al alumnado—, sus métodos funcionan, y para prueba, están estas dos aulas, repletas de trabajos excelentes, diferentes entre sí a pesar de ser creados por las mismas manos. Hay técnicas mixtas en cada conjunto de retratos, hay estudio, libertad y emociones expresadas y capturadas con fidelidad.

Así lo expresa ante sus alumnos, orgulloso de lo que han hecho, aunque remarcando frente a todos los errores que cada uno de ellos ha tenido. Sin embargo, esta vez, no se conforma con sus propias opiniones o pensamientos, en esta ocasión observará las reacciones de las personas al ver todo lo expuesto.

Un quejido sale de la boca de todos los estudiantes; Washijo ríe, una carcajada despreocupada y aliviada, agradecida incluso. Ordena que todos se retiren y dejen las puertas abiertas.

Tetsuro no puede evitar pensar que su juicio está a punto de comenzar.


Cuando Koshi llega a la explanada del campus, la nostalgia le invade. Hay alumnos dando información sobre sus clubes, con folletos que indican las metas que se han fijado y los logros y éxitos que han obtenido.

Revisa el mensaje en LINE que marca la invitación por parte de Hinata pues, de acuerdo con él, Kuroo ni Kageyama se molestarán en decirle que vaya. Respondió, en ese momento, que debía ir a otro lugar y que, tal vez, ellos tenían sus propios motivos para no decirle nada a nadie. Decidió cancelar algunos compromisos cuando Hinata respondió, insistente, con «debes venir, Suga-san».

—Oh, ahí están.

Vislumbra las siluetas de Hinata y Kageyama. Se dirige hacia ellos mientras se pregunta si tiene mal el edificio o si están esperando por él. No pasa mucho tiempo cuando Hinata se voltea y le ve. Una de sus manos, ya acostumbrada, comienza a hacer señas para indicarle a Kageyama que Koshi ha llegado.

—Suga-san —Hinata dice tan pronto como se encuentra con ellos—, viniste.

Hinata se escucha y ve feliz; Kageyama, a su lado, se ve sorprendido.

—Sí —responde—, pensé que los vería en el edificio…

—Oh, no, no. Hay mucha gente, queríamos ver lo que hizo Oikawa-san como alumno invitado, ¿verdad Kageyama?, pero no pudimos pasar.

—Washijo-sensei dijo que podíamos ir después, porque algunos de los profesores estarán ahí por un rato —Kageyama añade, después, le muestra la pantalla de su celular. Es una serie de mensajes en un chat grupal.

OikawaToru[10:27]: Acabo de ver a Washijosalir del edificio.

KageyamaTobio[10:28]:Dijo que irá por los profesores, le ha pedido a Tetsuro-san que se quede unos minutos.

OikawaToru [10:28]:?

KageyamaTobio [10:28]: Iré a encontrarme con Hinata.

OikawaToru [11:14]: ¿Cómo te sientes, Kuro-chan?¿Muy solo?

Kurooneko [11:17]: Asqueado. Si uno de ustedes ve a Tsukki, hágame un favor.

Kurooneko [11:17]: Quítenle los audífonos y me los dan.

KageyamaTobio [11:17]: Entendido. Le diré a Hinata que me ayude.

OikawaToru [11:17]: ¿No logras encontrar a alguien que te guste?

Oikawa Toru ha enviado un sticker

Kurooneko [11:18]: Dudo que haya alguien.

OikawaToru [11:18]: ¿En serio? Porque puedo pensar en un nombre.

Kuroo no respondió. A Koshi no debería importarle ese último mensaje, pero quisiera saber qué nombre quiso decir Oikawa. Sin embargo, se conforma con decir para sí «se trata de Akaashi» porque Akaashi es macarela asada a la parrilla; porque Akaashi es el sabor de la comida favorita de Kuroo.

Cuando devuelve el teléfono a Kageyama, éste sonríe al mismo tiempo que Hinata. Se encargan de arrastrarle de lugar a lugar, de distraerle y entretenerle con conversaciones bobas ante las que no puede evitar reír.

En esos momentos, se alegra de haber cancelado todo para estar ahí.


El calor se filtra por las ventanas mientras los segundos pasan. Algunas personas ponen atención a los retratos mientras otros consideran que es más divertido el perder el tiempo ahí. Sea cual sea el motivo, aquellos segundos en los que Washijo le ha pedido a Tetsuro que espere hasta que él vuelva, no parecen un instante, sino una tortura que se extiende con cada comentario absurdo o con cada sabor que le desagrada. En los últimos veinte minutos ha podido encontrar siete.

Hay un hombre cerca de él —Tetsuro deduce que tiene más de cuarenta— que arrastra las palabras al hablar y, con cada oración, parece bajar el tono de su voz. Ese, se dice, es un sabor que no ha probado.

Para no aburrirse —Kenma aún no llega y es el único, junto con Akaashi, que puede sacarle de su aburrimiento sin armar un escándalo, a diferencia de Bokuto, Oikawa o Yamamoto—, decide tratar de adivinar el sabor que está experimentando en ese momento. ¿Qué será?, se pregunta, lo único que puede distinguir es un poco de sake.

No se concentra lo suficiente en la voz de aquel hombre pues, antes que verlo, saborea la presencia de alguien más. Si había dicho antes por el chat grupal que se sentía asqueado por la constante exposición a sonidos y sabores, es nada a comparación de ese momento. Sus ojos buscan y encuentran rápido a los padres de Kageyama, viendo una copia de la expresión de Oikawa al hacer un servicio en un partido entre facultades.

Ese juego fue recién Kageyama se incorporó a la facultad y Oikawa le invitó, según él, para demostrarle que no importaba cuántos años pasaran, «Tobio-chan aún estaba lejos de igualarle». Perdieron, por supuesto. Kageyama se culpó y Tetsuro tuvo que confesar que aquel partido fue una prueba y entrenamiento para que Kageyama se enfocara en sus otros sentidos. Oikawa fue quien propuso esa idea y, en realidad, le tenía sin cuidado el hecho de que hubieran perdido.

Tetsuro siente que ve de nuevo al Kageyama que ha convivido con él contemplar su retrato, como si buscara alguna imperfección en el dibujo, pero sabe que de aquella boca no saldrán palabras con sabor a mango dulce, sino a vinagre puro.

El señor Kageyama dice algo; Tetsuro no pone atención a sus palabras, le distrae el intenso sabor a vinagre. Quiere salir corriendo de ahí.

—¿Kuroo-san?

Voltea hacia el propietario de aquel sabor y se regocija al encontrarse con el ceño fruncido de Akaashi. Agradece a todas las deidades por enviar a una persona conocida y a su cerebro por hacer que la asociación entre sonido y sabor de Akaashi sea agradable.

—¿Se encuentra bien?

Tetsuro se concentra en la macarela de la voz de Akaashi y asiente de forma lenta. Akaashi no le cree, o tal vez no quiere preguntar más, pero no impide que comience a buscar en su mochila una botella de agua para dársela.

—Gracias —dice y Akaashi asiente.

Ambos permanecen en silencio y es ahí cuando Tetsuro se vuelve a lamentar que Akaashi sea del tipo «reservado» y no hable más con él. Sin embargo, Akaashi siempre observador, descubre qué es lo que le tiene tan alerta. Urge a Tetsuro a tomarse el agua y, a cambio, él vigila a los Kageyama por un rato. Lo único en lo que parecen estar interesados es en aquello creado por su hijo y, cuando uno de los dos va a comenzar a hablar, Akaashi lo hace también; le hace preguntas, se queja de Bokuto, habla del hanami en el parque Ueno.

—Gracias —Tetsuro dice una vez más cuando los Kageyama se han ido.

Akaashi niega con la cabeza y sonríe.

—Gracias a ti. —Al ver la expresión de confusión en el rostro de Tetsuro, añade: —Por el dibujo.

Tetsuro siempre se había regocijado por ser una persona elocuente. En ese momento, por el contrario, las palabras se quedan atascadas dentro de boca, necias, sin querer salir. Washijo llega en ese momento, con los brazos ocultos detrás de su espalda y agradece a Tetsuro por su tiempo. Akaashi y él hacen una pequeña reverencia como despedida y se retiran del aula.

Tetsuro ya no se molesta en responder. Piensa que debe encontrar a Kageyama.


Koshi y los demás están enfrascados viendo un doujinshi de un club de la universidad cuando escuchan una garganta aclararse a sus espaldas.

—Tobio.

Es una voz que Koshi no ha escuchado antes, pero por la extrema y súbita rigidez del cuerpo de Hinata, supone que éste sí. Al girarse, Koshi ve una copia de Kageyama Tobio, pero más bajo de estatura y mucho mayor. Es su padre, es obvio, y le llama, pero eso solo lo pueden escuchar ellos dos.

Kageyama nota que tanto Koshi como Hinata ya no están viendo las copias de los doujinshi, sino que ven hacia atrás. Cuando abre la boca, tal vez para preguntar qué es lo que sucede, se sorprende. Su padre repite el nombre y Kageyama no puede alejar la vista de la forma de su nombre en aquellos labios, no puede creer lo que sucede. Hinata, a su lado, sale de su asombro y se acerca más hasta que sus brazos se tocan.

—Creo que será buena idea que vayamos hacia otro lugar —Koshi sugiere después de ver las miradas que los expositores les dan. Es una nerviosa y no cree que sea buena idea estar ahí por si las cosas llegasen a empeorar.

Se refugian bajo la sombra de unos árboles, alejados del tumulto, de los mirones y de cualquier persona a la que no le incumba lo que sea que esté a punto de suceder. Es en ese momento que Koshi repara en la mujer que les acompaña. Es muy bonita —le recuerda un poco a Kiyoko— y a pesar de no haberla conocido antes, Koshi cree que hubo un tiempo en el que ella no se veía así, tan triste, cansada.

—Tobio-kun —ella dice, su voz es un susurro nervioso entre el ruido que les rodea.

La distancia entre ellos, aquella no física que tienen los miembros de una familia, es obvia.

«¡No es un buen momento para ponerte a analizar todo, Koshi!» se reprende.

Alza la mirada un poco y, a lo lejos, ve a Kuroo, quien llega corriendo. Lleva el celular en una mano, una botella de agua en la otra. Koshi puede adivinar que, por su respiración agitada y la manera en la que evita a los otros dos adultos, él ya se había encontrado con ellos. Detrás de él, viene Akaashi en las mismas condiciones que el artista.

—Aquí están —Kuroo dice entre jadeos—. Los hemos buscado por todos lados. ¿Verdad, Akaashi?

Akaashi asiente mientras lucha por recuperar el aliento. Perdió la cuenta del tiempo en el que empezaron a correr, pero está seguro de que ya llevaban mucho. Se siente agotado y quiere gritar a Kuroo que es un idiota, que su cuerpo está acostumbrado al vóley y no al atletismo, pero se mantiene callado. No está de humor para perder el poco aliento que puede recuperar.

—Ah, lo siento —Hinata le responde tan pronto como nota el teléfono en la mano de Kuroo—. Guardé el celular en la backpack.

—No te preocupes por ello. —Kuroo sonríe, un gesto habitual en él. Pero esa sonrisa cambia una vez que su cuerpo se gira un poco y ahora se dirige por completo hacia los dos adultos. —Buen día, Kageyama-san.

Kuroo no da indicios de cuál de los dos Kageyama está hablando, tampoco se toma el tiempo para aclararlo.

De todas las ocasiones que Koshi ha convivido con Kuroo, nunca lo había visto así. Con los ojos cerrados y una mueca que sus labios disfrazan de sonrisa; su cuerpo se parece al de un gato al evaluar a algo o alguien, esperando el momento adecuado en el que se decidirá si se atreve y ataca o huye. El saludo, sus palabras, toda esa situación carece de la calidez con la que habla, a diario, con todos ellos.

El menor de los Kageyama parece salir de su asombro y sus ojos se enfocan en su senpai. Kuroo se pone al otro lado de Kageyama, lo que deja ver por completo a un Akaashi ya recuperado atento a todo. Sería un cuadro gracioso, Koshi se dice, si eso se diera en otras circunstancias: Akaashi siendo el antiguo senpai de Kageyama, mientras Kuroo es el actual.

Akaashi hace una seña disimulada a Koshi para que vigile a los demás; él asiente.

La presencia de ambos, Kuroo y Akaashi, hace que el ambiente sea más pesado. La conversación que entablan es extraña. Kuroo, bien erguido y sin despegar la mirada de los padres de Kageyama, se mide en cada una de las palabras que emplea —incluso usa algunas que Koshi jamás ha escuchado—, pero impregna en estas un tono sarcástico que hacen que la expresión de los señores Kageyama cambie. La mujer, durante toda la conversación no deja de mirar de soslayo a Akaashi y su atuendo blanco (1) para, después, regresar la mirada hacia su hijo.

Koshi deja de poner atención por completo a la conversación para enfocarse en los movimientos y gestos de Hinata y Kageyama, preparándose para intervenir cuando sea necesario.

—Además —Kuroo interrumpe a la mujer; se escucha amable, pero dista de serlo—, Tobio-chan siempre tiene que avanzar. A su propio paso, claro. Es solo que no había encontrado a alguien que le ayudara a hacerlo como Hinata.

El cambio de nombre no pasa desapercibido para nadie; para Koshi, es muy perceptible el tono de voz y el reproche medio oculto en las palabras.

—Kuroo-san —Akaashi llama y la expresión en el rostro de Kuroo cambia.

Kageyama da un par de jalones al suéter de Kuroo y, ante todos, comienza a hacer señas.

«Hablaré con ellos». Son precisas y determinadas, como sus palabras. Sus padres no hacen más que ver la rapidez con la que sus manos se mueven, ignorantes de lo que ha dicho. Se ven ansiosos, incluso decepcionados. Kageyama camina hacia adelante, sus padres siguiéndole de cerca, no sin antes dirigir al grupo una mirada cautelosa. No se alejan mucho, solo unos cuantos metros que les brindan privacidad

—De saber que estabas con ellos, te hubiese marcado a ti.

Koshi se gira para ver a Kuroo suspirar, con el entrecejo fruncido y sin despegar la mirada de los Kageyama.

El teléfono de Akaashi suena y el muchacho no duda en revisarlo. Sea cual sea el contenido del mensaje, no debe ser bueno, pues frunce el ceño y suspira molesto. Al parecer lee el mensaje unas cuantas veces antes de cerrar el teléfono y dirigirse hacia Kuroo.

—¿Estarás bien, Kuroo-san?

Kuroo asiente. Akaashi se despide de los otros. Su voz es de un volumen muy bajo y tranquilo, si es que se le compara con el de Hinata y Nishinoya. Se aleja, tranquilo, tanto que Koshi piensa que el mensaje que recibió no se trataba de una emergencia.

—Lo siento —Hinata se disculpa y baja la mirada—. Yo les dije que vinieran.

—No te disculpes —Kuroo dice. Su personalidad vuelve a ser la usual—. Pero una advertencia hubiera sido suficiente, enano. Así no hubiera hecho a Akaashi correr por todo el campus.

Apartado de ellos, Kageyama intercambia mensajes con sus padres. Se niega a hablar, sus labios se mantienen en una línea sellada, por lo que su madre no tiene más opción que escribir los que ella quiere decir en el teléfono y se lo devuelve a Kageyama para que el muchacho los lea. Después los responde ahí, con sus dedos moviéndose ágiles por la pantalla.

Koshi observa aquella conversación a la vez que cuida los movimientos de los demás. Hinata está un poco ansioso, sacando y guardando su celular de los bolsillos, viendo la hora y revisando su bandeja de correo para encontrarla igual que la última vez que la revisó. Por otro lado, Kuroo parece estar tranquilo con sus brazos cruzados a la altura del pecho, aunque lo delata el golpeteo que uno de sus dedos da a su brazo y el entrecejo fruncido. Al parecer, su paciencia tiene cierto límite y después de quejarse en voz alta, comienza a caminar hacia otro lado.

—¿A dónde vas? —Hinata llama en cuanto nota que Kuroo se aleja.

—Por algo de beber —responde sin voltear hacia atrás.

Cuando Kuroo está fuera de alcance, Hinata siente que debe aclarar la situación anterior.

—Kuroo-san no lo dice —se muerde el labio—, pero la mamá de Kageyama no le agrada.

Koshi le pone toda su atención a su kohai, a la vez que sus ojos buscan la figura de la mujer; está muy delgada, con la mirada cansada y con los nervios apoderándose de su cuerpo con cada palabra que intercambian, con cada ocasión que el teléfono le es devuelto con una respuesta nueva.

—¿Por qué? —pregunta al mismo tiempo que los padres de Kageyama se despiden de él y después desaparecen entre la multitud— ¿Por lo que sucedió con él?

La sonrisa en el rostro de Hinata es forzada. Koshi y él ven a los estudiantes hablar, reír y cambiar de un puesto a otro mientras Kageyama llega junto a ellos y sus padres se retiran del campus.

—Esa es la segunda razón —Hinata responde.

—¿Cuál es la primera, entonces?

Kageyama, a pesar de no estar presente desde el inicio de la conversación, mira con intensidad a Hinata y escoge ese momento para demostrar que sabe de qué están hablando e intervenir.

—A Tetsuro-san le gustan o no las personas por su sonido.

Kageyama se escucha... bien. También se ve bien. Koshi busca algún indicio de incomodidad en su rostro; no encuentra nada. Kageyama, por otro lado, busca entre las cosas de Hinata algo que pueda comer.

—Es por el sabor —Hinata le corrige, aun sabiendo que el sonido es algo que solo está en los recuerdos de Kageyama.

Koshi quiere decir que los dos están en lo correcto, solo para tranquilizarlos, que no peleen y, por supuesto, no llamar más la atención.

—Ella es agua de mar —Kuroo, a sus espaldas, responde. Lleva un jugo de melocotón en la mano y toma un trago.

Kuroo cierra los ojos y parece concentrarse en algo. Koshi cree que, como les comentó una vez, está tratando de alejar los sonidos que llegan de todas partes y traen sabores múltiples con ellos. Se está enfocando en tener consigo a los que está acostumbrado y de aquellos que gusta saborear. Koshi se imagina el agua salada y tibia, con arena entre sus olas, invadiendo su boca y regalándole una sensación no grata, tal y como le sucedió en una ocasión cuando iba en el instituto y, junto con Daichi y Asahi decidieron ir de excursión a la playa.

Kozume llega a pocos segundos de la confesión de Kuroo. El ambiente cambia de inmediato. Kuroo se relaja, se nota en su postura y en la forma en la que sus hombros caen; Kageyama se olvida por completo de sus padres y fija su atención en el recién llegado, después en su boca y finaliza en sus manos, esperando cualquier movimiento que éstas puedan realizar; Hinata, por otro lado, siempre más expresivo, da un par de brincos al verle y sonríe como si no hubiese visto al otro en mucho tiempo.

Entonces, cuando las emociones se tranquilizan y disipan hasta devolver la atmósfera usual, Koshi pone atención en el jugo que Kuroo lleva consigo. Sonríe. La marca de la bebida, el dibujo caricaturesco de la fruta, los katakana enormes y remarcados con colores... todo ello le recuerda una de esas conversaciones nocturnas, de aquellas que empiezan por texto y se transforman en llamadas, cuando a Koshi se le ocurrió preguntar por más: más anécdotas, más sonidos, más arte, más sabores… Kuroo, entonces, compartió el que más atesora: el de su abuela. Aquel momento en el que la anciana confiesa con voz alegre y vivaz el sabor del nombre de su nieto; el cómo Kuroo ahora busca cosas que le recuerden o tengan ese sabor. Kuroo sonrió todo el tiempo mientras le contaba y, ahora sabe, Koshi había querido escucharle y verle así, sonriendo y feliz, por más tiempo. Es, por ende, lo que Koshi recuerda con más cariño.

Kuroo, en ese momento, voltea a verle. Alza una ceja, sin comprender por qué Koshi tiene la mirada puesta sobre él, por qué sonríe. Koshi señala el jugo en una de las manos de Kuroo y, cuando éste entiende, sonríe también.

—Tampoco me agrada su padre —Kuroo continúa y da otro sorbo a su jugo—. No, enano —añade al ver que Hinata estaba a punto de replicar algo—, son… buenas personas, supongo, pero estar con ellos… tener siempre la sensación del vinagre y el agua de mar no es de las mejores.

—¿Qué hubieras hecho si yo tuviera un sabor horrible, Kuroo? —Kozume pregunta, lo que desconcierta un poco a los demás.

Kuroo ve a su amigo con atención, buscando en su rostro algo maligno o segundas intenciones. Algo debe notar porque, poco después y sin pensar en las palabras, confiesa que, no le importa qué sabor desagradable tuviera la voz de Kozume, lo soportaría porque se trata de él. Kozume enmudece, solo sonríe.

Koshi se pregunta si le sucedería lo mismo. Si él tuviera un sabor horrible, ¿Kuroo le habría hablado y mantenido la amistad que tienen ahora?

—Ah, Keiji me dijo que encontró algo interesante en la exposición de Kuroo.

Kozume menciona después de un rato, cuando Kuroo se marcha para buscar un contenedor de basura. Su sonrisa no da una buena sensación a nadie, a excepción tal vez, de Kageyama —siempre ansioso por ver el trabajo de su senpai— , quien replica el gesto y asiente. Los ojos de color ámbar de Kenma brillan y a Koshi le da curiosidad.

—¿Oh? ¡Vamos! —Hinata interviene, entusiasmado—. Estábamos en camino antes de encontrarnos a los papás de Kageyama.

Esperan a que Kuroo regrese para ponerse en marcha y, cuando se reúne con ellos y Kozume cuenta su idea, Kuroo desvía la mirada, avergonzado.


El nerviosismo de Kuroo no desaparece ni siquiera cuando llegan a la galería. Su teléfono suena y Koshi jura que nunca antes había visto a alguien sentirse tan aliviado por una interrupción. Habla unos minutos y, después de colgar, les informa que Ukai-san necesita ayuda con unas cosas. Hinata se ofrece para acompañarle, pero Kuroo declina la oferta, añade que también han llamado a Tsukishima. Hinata asiente, entonces, y deciden verse en el apartamento de Kuroo más tarde.

Cuando se despide de ellos, hay algo en sus ojos que Koshi no sabe descifrar. No intercambian palabras, y al entrar a la galería el sentimiento de inquietud no se aleja de él.

Un joven, tal vez unos años mayor, les da la bienvenida. A su lado, un anciano, muy serio, permanece callado. Kageyama hace una ligera reverencia a modo de saludo, Hinata le imita.

Koshi deduce que ese anciano es el profesor tan temido y del que ha escuchado. Le mira de soslayo. Su postura erguida y los brazos detrás de su espalda hacen que, a pesar de no ser muy alto, sea una figura imponente. Desborda respeto, y miedo. Tal vez es por ello que Hinata se mantiene serio, que lucha por contener la emoción para no tener que enfrentarse al profesor y, peor aún, que les pida retirarse del aula y les prohíba la entrada.

A pesar de ello, es la exposición de Kageyama la que Hinata busca primero. Se entretiene con lo que ha hecho, maravillándose ante cada rostro conocido que se le presenta.

Koshi pasa por cada uno de los trabajos exhibidos, apreciando los detalles del grafito en el papel y las pinceladas de óleo sobre los lienzos. Lee las tarjetas que acompañan a las obras: los títulos pensados o apresurados, los nombres de los autores, las técnicas que utilizaron... Camina, ve cada uno de los títulos y, cuando reconoce el nombre en una de las tarjetas , se detiene de inmediato. Lo plasmado en el papel es una copia perfecta de una fotografía digital vista en la pantalla de una cámara tiempo atrás. La cercanía que se veía en la fotografía está reflejada en el papel, como un degradado que va desde tonos rojizos —como el cabello de Hinata— hasta el negro —como el de Kageyama—. Recuerda esa tarde en el templo, ser testigo de diversas emociones y de una demostración de sonido-sabor, una experiencia que algún día desea volver a vivir.

Sonríe y se sigue con el otro retrato, el cual muestra a Bokuto con el uniforme del equipo del club vóleibol del instituto. Éste muestra al joven con el rostro viendo hacia el cielo, ojos cerrados y una sonrisa tan amplia que deja ver sus dientes. El dibujo rebosa de tantos detalles que bien podría pasar por una fotografía en escala de grises. A la derecha del de Bokuto, se muestra el de Akaashi, que contrasta mucho con las expresiones serenas que el muchacho siempre muestra. Koshi supone por el mismo uniforme que el que Bokuto usó, la sonrisa e incredulidad en el rostro dibujado de Akaashi, que ambas expresiones pertenecen al mismo partido.

Koshi ve los demás, maravillado ante los detalles, las paletas de colores tomando el mismo como base, las expresiones dibujadas, que no puede evitar sentir cómo la emoción le recorre el cuerpo.

Entonces, llega al último. Este le enmudece y roba el aliento. Kozume llega a su lado y se detiene junto a él. Le estudia el rostro —puede sentir los ojos color ámbar clavados en él—, intrigado por el ruido que ha escapado desde su garganta y, al ver su expresión, gira su vista hacia el dibujo frente a ellos.

—Ese no soy yo —se le ocurre decir lo que piensa en voz alta.

A diferencia de Koshi, Kozume no luce nada sorprendido por su retrato.

—¿En serio? —responde con un toque de burla, del cual Koshi se hubiese sentido orgulloso si no fuera porque el dibujo frente a él es más importante en estos momentos—. Porque yo sé que eres tú, y sé que los demás que lo han visto también saben que eres tú.

Recuerda ese momento al ver los detalles dibujados en la taza de té. El día que acompañó a Kuroo a Sakanoshita, cuando habló por primera vez sobre saborear los sonidos. Las manos del dibujo replican en rojo las manchas de tinta que, en las suyas, eran negras. Había escrito tanto con un bolígrafo defectuoso que no se dio cuenta hasta que ya era muy tarde. Aunque se lavó las manos, no pudo deshacerse de toda la tinta, así que optó por dejar todo así y pelearse con ello después.

Se acerca más para ver las líneas que delinean el rostro —su rostro— que parece estar hecho con arcilla. La curvatura de su sonrisa es delgada y suave, apenas perceptible. Se difumina y es un ligero contraste ante el rojo que pinta su cara en el papel.

—Kuroo tiene una forma rara de demostrar su afecto por las personas.

Cuando Koshi voltea, nota que Kozume tiene el ceño fruncido y está viendo hacia su rostro, una mezcla de grafito, tonos sepia y carbón, a diferencia del de Koshi . Kozume se gira para contemplar una vez más el que parece estar hecho de arcilla, el de Koshi, y frunce el ceño.

—O su frustración.

—¿Por qué? —Koshi se reprende, de todas las cosas que pudo decir, se le ocurre una pregunta.

Kozume se acerca y mira a su alrededor, cuidando que nadie más les ponga atención. Le recuerda a un gato, cauteloso del humano que le ofrece comida o una caricia.

—Hace dos años que quería hacer ese dibujo —confiesa. Una sonrisa le adorna el rostro y el brillo en sus ojos es indiscutible.

Koshi no sabe qué hacer con esa respuesta. Tiene calor. Siente mucho calor en sus mejillas, en sus orejas y un cosquilleo muy diferente al anterior le recorre todo el cuerpo. Kozume no está diciendo lo que él cree que está diciendo... ¿o sí?

—Sé que no es correcto que yo te lo diga —continúa —, pero si fuera por Kuroo, nunca te enterarías de nada.

No, no se está sonrojando por las palabras de Kozume, se dice. Es porque hace calor, es porque toda esta gente está dentro de las aulas pequeñas y el espacio es muy reducido. Voltea de nueva cuenta —con la cara roja, las manos heladas— para ver a Kozume, éste sonríe.

—¿Por qué dijiste «dos años»? —pregunta, aún acalorado y en voz muy baja.

—Mmm... —Kozume pretende pensarlo demasiado, pero su sonrisa se transforma en un gesto habitual, uno que ha visto usar a Kuroo y que el propio Koshi ha tenido cuando molesta a Daichi—. Será mejor que se lo preguntes a Kuroo.

Koshi asiente y respira profundo. Su corazón no deja de latir como loco.


Notas:
1. No sé en otros lugares, pero en la facultad de Medicina de la Universidad a la que fui, es obligatorio que los alumnos vayan siempre de blanco.

Este ha sido uno de los capítulos más difíciles de escribir, aunque quedo conforme con él. Perdón por la tardanza, pero tuve que devolver la computadora en la que trabajaba y no me queda otra más que pedir prestada (a ratos muy escasos) la suya a alguien más. Espero poder tener una propia tan pronto como pueda, mientras tanto seguiré escribiendo en el celular (aunque es muy incómodo).

Gracias por leer.