CAPÍTULO XI
THUNDER ROAD
«Lying out there like a killer in the sun
Hey, I know it's late, we can make it if we run
Oh oh oh oh, Thunder Road
Sit tight, take hold, Thunder Road»
Habré mencionado cientos de veces el castillo, las clases y a los profesores. Normalmente todo lo que formaba parte de la rutina era un completo coñazo, pero quinto… se nos fue de las manos.
Aquel verano Remus había encontrado un libro. Libro que James catalogaba como «aburrido de cojones», Peter ni había empezado y que yo me ventilé en un par de semanas.
—¡Lo vas a leer, James! Aunque sea lo último que haga, ¡leerás ese libro!
Dicho y hecho. Al jodido Potter no le quedó más remedio que hacerme caso —porque a ver quién me aguanta—.
Se lo terminó una noche bajo nuestra atenta mirada. Lo cerró despacio y, como siempre, su reacción se hizo de rogar. Teatrero como él solo, dejó el libro sobre la mesa con cuidado, posó las manos sobre sus rodillas y entonces lo dijo:
—Deberíamos aprender élfico.
Yo celebré su respuesta. Remus arrugó el ceño.
—Eso no es una opinión.
—¡Que le ha flipado, tío! —exclamé.
—¡Pete! ¡Tu turno! —James le lanzó el libro y Lupin lo cazó al aire.
—Con cuidado —advirtió.
No hicimos demasiado caso a la propuesta de James, no hasta que apareció con un tomo titulado La gramática del Quenya. Éramos demasiado vagos para aprender otro idioma, pero lo suficiente pícaros como para adoptar los símbolos y comenzar a escribir con ellos en inglés. Empezamos con nuestros nombres y acabamos haciendo enormes chuletas en la pizarra que nos echaron más de una mano en los exámenes.
Después nos descubrieron.
«¿Sabéis lo que es un beso negro?».
James deslizó sobre la mesa un pedazo de pergamino. Tardé lo mío en convertir los símbolos en letras. Remus entrecerraba los ojos, pensativo.
«Sí», escribió este último.
«Yo también», completé.
«Es un beso en el culo, puaj», escribió igualmente.
«Te hemos dicho que ya lo sabíamos», protesté.
«¿Os imagináis darle uno a McGonagall?».
Ese fue Peter.
—Señor Pettigrew —La mencionada apareció en escena arrebatándole la nota de las manos. La ojeó un par de veces y después volvió a dejarla sobre la mesa—. Confío en que si está perdiendo el tiempo con el «pinto y coloreo» será capaz de realizar el encantamiento a la perfección.
—No, profesora. Lo siento.
McGonagall asintió y prosiguió con la explicación. Aquello nos sirvió a todos de advertencia y guardamos la nota… hasta la siguiente clase.
«¿Practicaríais el BDSM?». Esta vez fui yo el que empezó.
«No. ¿Por qué? ¿Estás interesado en dominarnos a alguno?», se mofó James.
«O al revés», prosiguió Peter.
«Ja-ja-ja. Muy graciosos».
«¿Con qué profesora os acostaríais?». Remus miraba a la pizarra, serio, como si no acabase de escribir aquello.
«Con la de Runas». James fue el primero en responder. Peter lo secundó.
«Con el de Criaturas», escribí yo.
Mis tres compañeros se giraron de inmediato. Yo fingí escuchar al de DCAO con una amplia sonrisa en el rostro.
—¿Vas en serio? —susurró Remus.
—Has preguntado, te he respondido.
—¿Te va… eso? —James parecía horrorizado—. Quiero decir, me parece bien. Yo —verborreaba claramente incómodo— no quería insinuar nada.
—No te preocupes, Jimmy, no me gustas. Tu culito está a salvo.
—Cabrón —cuchicheó.
—Señores —El profesor nos miró por encima de sus gafas, igual de cuadradas que él—. Veo que tienen completamente superados sus conocimientos sobre licántropos y metamorfos —Me mordí los carrillos para no reír—. Informaré a la jefa de su casa de que les resultan prioritarios los chascarrillos y las notitas —dijo tomando exactamente la misma hoja que ella y agitándola en el aire.
»Esto se quedará conmigo hasta entonces —informó.
Mierda.
Al día siguiente McGonagall quería hablar con nosotros.
De uno en uno.
—Black, sí, pase.
Tomé aire y me encaminé hacia ella.
—Siéntese. ¿Reconoce esto?
—Sí, profesora.
—¿Y qué puede decir al respecto?
—Mire, quería contarles una cosa a mis amigos y no queríamos molestar así que…
—Black, tranquilícese —interrumpió—. No le doy ningún tipo de importancia. Son unos chicos aplicados, tomaré esto como una travesura, nada más. He hablado con el profesor Giesler y no les castigará, pero se han acabado las notitas y los idiomas inventados, ¿está claro?
—Muy claro, profesora.
—Bien, puede marcharse.
»Y, Black, sean un poco listos; no bromeen en clase de alguien tan cuadriculado como Hans.
Minerva me sonrió. En aquel momento pensé que, en sus años de estudiante, tuvo que ser la peor de las rebeldes.
Pero no os engañéis, no siempre fuimos los chicos malos.
—Peter, vamos. No hagas que me arrodille.
Pettigrew era el único —aparte de mí mismo— que parecía tener un mínimo talento musical y, cómo no, yo llevaba varios años intentando que se apuntase al coro del colegio conmigo.
—Que no, Sirius, que me da vergüenza.
—¿Y si vamos todos? —preguntó Remus.
—Bueno, en ese caso me lo pensaría.
Horas más tarde nos encontrábamos llamando al despacho de Flitwick. El semiduende parecía gratamente sorprendido de vernos allí.
—Queremos apuntarnos al coro. Sabemos que ya han empezado los ensayos, pero de verdad que estamos dispuestos a estudiar lo que haga falta —supliqué.
—No se apure, no se apure. Claro que pueden entrar. Los ensayos son martes, jueves y domingos de siete a ocho y media de la tarde. Les apuntaré en la lista.
Fue dando pasos cortos hasta su escritorio.
—Peter Pettigrew —rumió mientras escribía—, Remus Lupin, James Potter y Sirius Black. ¿Sabe, Black? —Guardó la libreta y volvió a nuestro lado—, un tío suyo, Alphard, también se apuntó al coro hace ya unos años.
—Sí, señor, me lo ha contado. Es mi padrino.
En aquellos meses como alumnos del coro del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería descubrimos que lo de cantar a Remus se le daba bien —para variar—, que efectivamente Peter lo hacía de puta madre y que James tenía una oreja delante de la otra. De verdad que no he escuchado a nadie hacer tales estropicios.
También que Mary Macdonald era un cielo y que Marlene McKinnon nos odiaba —sabe Godric por qué—.
La misma escena se repetía al final de todos y cada uno de los ensayos.
—¿Por qué no volvemos juntos, Marlene? —preguntaba Mary—. ¿Venís, chicos?
Creo que Remus le gustaba.
—Porque no. Vamos —respondía la otra.
Aquel día en concreto, a James le dio por preguntar.
—Oye, Marlene. ¿Se puede saber qué te pasa con nosotros?
—¿Con vosotros? —preguntó, claramente confundida—. Nada. Al que no quiero ver ni en pintura es a él —Me señaló—. Es un Black.
No supe cómo reaccionar. Me quedé congelado, como si aquel asunto no fuera conmigo.
—¿Qué? —preguntó mi amigo.
—James, déjalo —pidió Remus.
—Mary, vamos.
—¿Qué mosca le ha picado? —insistió James.
—Se cree que su madre fue asesinada por Arcturus Black III después de que le dieran el beso a su hermana —respondió Peter en un susurro.
—Mi abuelo —respondí—. La madre de Marlene formaba parte del tribunal del Wizengamot y su voto en el juicio de Lycoris Black era decisivo. Lo hizo a favor de la condena y Arcturus entró en cólera. No encontraron nada para inculparlo, pero es lo que pasó.
Coro se transformó en una completa tortura. Aquello no fue como lo de Isabella; Marlene era mi compañera y yo había crecido sabiendo la verdad, pero nunca me había parado a pensarlo. Me sentía culpable, joder. ¿Y qué se suponía que podía hacer? Pues no molestar. Más de una vez estuve tentado de acercarme y disculparme, pero ¿por qué? Yo no había tenido nada que ver, no había cometido el delito, no era mi abuelo.
Mis disculpas no le devolverían a su madre.
